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lunes, 26 de mayo de 2014

Dialécticas de la liberación (cristianismo, marxismo y feminismo).

En una de mis reflexiones, titulada "Crítica al Manifiesto Comunista", señalé, sin profundizar al respecto, los paralelismos que Bertrand Russell halló entre el cristianismo primigenio y el marxismo.
El judaísmo creó originariamente toda su dialéctica en torno al enfrentamiento entre el pueblo de Israel vs los demás pueblos (gentiles) que, además, fueron históricamente sus dominadores. Así nacía, de hecho, la primera dialéctica de la liberación de la historia: el pueblo elegido por Dios frente a los dominadores que impedían su liberación (Egipto, primero, y más tarde Roma).
El cristianismo, que se gestó durante la dominación de Roma, y pronto se convertiría en una alternativa al judaísmo, universalizó la dialéctica de la liberación (urbi et orbi).
La propuesta de liberación cristiana, a través del amor al prójimo, constituyó, de facto, la primera gran deconstrucción filosófica de la historia y, por ende, de la humanidad, para superar a los poderes o fuerzas dominadoras del momento (Roma).
Toda interpretación dialéctica de la historia parte de la idea común de que la lucha entre contrarios es el motor primero, principio y causa, del devenir histórico y de la humanidad.
Así, la dialéctica judeocristiana intentó superar el antagonismo existente entre gentiles y el pueblo elegido, a través de una síntesis de reconciliación: el amor universal a Dios, el cual convertía a todos los hombres en hermanos. Todos iguales, nadie más que nadie. El cristianismo asentaba, así, no solo las bases de un primigenio igualitarismo, sino que además hacía una promesa de vida eterna: aseguraba, tras la muerte, una justa recompensa en el reino de los cielos, que no en la Tierra.

Si nos fijamos, Marx lo único que hizo fue una deconstrucción del judeocristianismo (reinterpretación) para ajustarlo a las necesidades de su época. Así, los otrora grupos antagónicos, gentiles vs cristianos, pasaron a ser los burgueses vs los proletarios. El socialismo utópico ensayó una nueva síntesis reconciliadora entre ambas clases sociales. Por supuesto, la propuesta reconciliadora del socialismo, como antes la del cristianismo, fue unilateral y estuvo impuesta por una de las partes en conflicto. Si el cristianismo obligó a aceptar como conciencia auténtica (la verdadera) la de los cristianos frente a los paganos, el marxismo hizo lo propio y sentenció que la conciencia auténtica (dictamen de la historia mediante) era la proletaria frente a la burguesa. Todos iguales, nadie más que nadie. La ideal comunidad socialista habría de estar formada únicamente por la clase trabajadora.
Allí donde el cristianismo reveló, sagradas escrituras mediante, que Dios era el ente o ser supremo que daba sentido a la existencia humana, Marx hizo lo propio, a través de un nuevo método de análisis que dio en llamarse materialismo dialéctico, para proclamar que el devenir de la historia había dictaminado que la clase proletaria era el nuevo pueblo elegido para construir el utópico y universal socialismo. Esta nueva dialéctica de la liberación, con las mismas aspiraciones de universalidad que el cristianismo, permitiría a todos los trabajadores del mundo sacudirse el yugo opresor de las clases dominantes (burguesía capitalista).

No toca ahora discutir la validez del materialismo dialéctico como método filosófico que se autolegitimó a sí mismo frente al tradicional idealismo, más espiritual y heredero del judeocristianismo. Baste, tan solo, señalar sus aciertos: cuestionar la verdad de las revelaciones (sagradas escrituras) en tanto éstas eran imposibles de probar, y obligarse a analizar la realidad de forma objetiva. El problema, que siempre es el mismo en lo que respecta a métodos de análisis filosóficos, es que estos siempre están sesgados ideológicamente en mayor o menor medida, pues si se acepta que toda verdad es relativa (y el marxismo lo reconoció, de facto, en "El manifiesto comunista") es claro que cualquier análisis o interpretación (diferente perspectiva) de la realidad será susceptible de pecar de subjetividad.

Sin embargo, desde un punto de vista psicológico, Marx fue mucho más inteligente que Jesucristo, y su gran acierto, que a la postre le permitiría lograr una rápida difusión de sus ideas entre las masas, consistió en prometerles a éstas un paraíso terrenal, es decir, les propuso reducir el tiempo del aplazamiento de las recompensas cristianas. Con la consecución de la utópica sociedad proletaria ya no habría que sufrir una vida de miserias para llegar a un incierto paraíso celestial tras la muerte; el paraíso socialista podía lograrse en la Tierra, a través de la lucha del proletariado. Y, lo más importante, podría disfrutarse en vida.

La psicología evolutiva nos ha enseñado que ningún niño hasta lo dos o tres años aproximadamente, es capaz de aplazar recompensas. Los niños son exigentes, impacientes y muy egocéntricos; su yo está orientado a la inmediata satisfacción de sus intereses y necesidades.
El proceso de maduración de los niños pasa por diferentes etapas o estadios, a través de los cuales adquirirán, entre otras habilidades cognitivas, el autocontrol de las emociones y el aplazamiento de las recompensas.
Madurar es difícil, pues exige trabajo y sacrificio. Dicho así, puede parecer políticamente incorrecto, incluso cruel, aseverar que un niño deba sacrificarse. Pero es que, de hecho, todo aprendizaje supone un sacrificio vital. El mero hecho de ir al escuela constituye en sí mismo un sacrificio vital, pues la vida libre que pudiera llevar cualquier niño, respondiendo tan solo a sus instintos e impulsos más naturales, se restringe en aras de una necesaria educación y formación.
¿Y qué supone toda educación, sino un aprender a aplazar recompensas?
El niño aprenderá que solo podrá jugar y divertirse cuando haya cumplido con sus deberes y obligaciones; aprenderá que deberá dominar sus impulsos a través de la socialización; aprenderá, en definitiva, que para obtener un aprobado primero tendrá que esforzarse estudiando y trabajando.
La pedagogía social, de hecho, y también en nuestra madurez, nos sigue enseñando cómo aplazar recompensas a lo largo de toda nuestra existencia: tendremos una jubilación cuando hayamos pasado toda nuestra vida trabajando; dispondremos realmente de nuestra vivienda cuando paguemos la hipoteca al banco...

¡Y hete aquí que aparece el marxismo, dialéctica de la liberación en mano, y nos propone no aplazar nuestras merecidas recompensas vitales!
El mensaje reduccionista que cala entre las masas, por supuesto erróneo, es el de que con el socialismo ya no hay que sacrificarse más; podremos vivir mejor y tendremos nuestras necesidades básicas cubiertas por un bienintencionado Estado protector.
¿Qué niño no suscribiría tan golosa propuesta?
De hecho, desde que el socialismo español implantara la LOGSE, nuestros niños son ahora más felices. Sí, vale, también son más ignorantes, pero ¿Qué importa? Lo importante es que nuestros niños no sufran y que todos reciban su correspondiente aprobado.
¿Que el día de mañana no estarán preparados para encontrar un trabajo? No pasa nada, ellos ya saben que tendrán derecho a prestaciones, subvenciones y a multitud de tipos de ayudas que les garantizarán la subsistencia.
Por supuesto, ni los ideólogos del marxismo ni sus intelectuales son niños. La élite intelectual que todavía se obstina en revisar y actualizar la teoría marxista está constituida por gente de valía, está concienciada (en el sentido más positivo del término) y es portadora, todavía, de loables valores éticos y morales.
El problema es que las masas, las que se muestran fervientes seguidoras de opciones de izquierdas, no votan, en su mayoría al menos, unos ideales de igualdad, justicia y progreso, sino que votan como niños egocéntricos e inmaduros, esperando que el Estado les recompense (satisfaga sus necesidades) como ellos se merecen.
Reclaman derechos y más derechos, pero no quieren saber nada de obligaciones, y si el partido de los suyos les decepciona (pongamos por ejemplo el PSOE) no tienen empacho alguno en votar al PP. ¿Qué importan los valores? De esos hay muchos, lo que las masas desean es la felicidad, no aplazar recompensas a las que tienen derecho porque sí, porque ellas lo valen.
Cuando un sistema comunista llega al poder... ¿Qué es lo primero que se ve obligado a hacer?
Una dictadura. Sí, porque nadie mejor que sus ideólogos saben del carácter rebelde e indócil de las masas. ¿Cómo no habrían de saberlo si fueron ellos, la intelligentsia ideológica, quienes se encargaron de rebelarles contra el sistema, quienes se encargaron de hacerles creer que era posible vivir teniendo todas las necesidades básicas cubiertas y sin sacrificio alguno?

Una vez que las avanzadas sociedades occidentales son conscientes del fracaso del socialismo utópico, no tienen más remedio que crear híbridos ideológicos: socioliberalismo, anarcoliberalismo, anarcocapitalismo...

Pero hete aquí que ante el fracaso de la transmutación de valores llevada a cabo por el marxismo, aparece la Escuela de Frankfurt, con Theodor Adorno al frente de la misma, y se vuelven a ensayar nuevas dialécticas, entre ellas las de la ilustración y la negación.
Ahora, constatada y certificada la crisis ideológica de la postmodernidad, se prescindirá descaradamente de la objetividad racional del materialismo dialéctico y se legitimará abiertamente la irracionalidad del deconstructivismo (interpretación subjetiva de la historia) al servicio de los intereses de diferentes grupos o clases; todos ellos con agravios y cuentas pendientes con el tradicional poder dominante. Nacerá, así, la última y más importante dialéctica de la liberación de la época más reciente: el feminismo.

El feminismo se despoja de la hipocresía del marxismo, aunque la esencia del mismo subyace en su propia razón de ser, como veremos más adelante. Pero con la nueva propuesta de liberación de la mujer, el feminismo reconoce, implícitamente, que el materialismo dialéctico del marxismo fue, tan solo, una herramienta necesaria para disfrazar de racionalidad la primera gran deconstrucción subjetiva de la historia.
Toda deconstrucción es interpretación, hermenéutica al cabo, y está al servicio de los intereses de un grupo que aspira a ostentar el poder; y el feminismo, sin complejos, decide arrogarse el derecho a hacer su propia deconstrucción de la historia según sus intereses de "sexo"*, que no de clase. Nada que objetar. Todo grupo o "parte de", aunque no sea consciente de ello, realiza el mismo ejercicio pseudofilosófico por tal de legitimar su verdad o conciencia auténtica.
El feminismo se muestra con un nuevo espíritu revolucionario, poético y artístico, pacífico y más acorde con las sensibilidades actuales. Ha hecho suyo el dolor de una época sumida en la desesperanza y el nihilismo, como antaño hicieran Marx y Engels durante la deshumanizada revolución industrial, pero el feminismo propone una cura de pensamiento defensivo frente a las proclamas beligerantes de las pretéritas dictaduras proletarias.
El pensamiento defensivo, caracterizado por la resistencia y la oposición pacífica frente a las injusticias, dice no desear el poder, porque ello supondría cometer los mismos errores que las tradicionales sociedades patriarcales dominantes. Pero he ahí una vez más, como bien señala la pensadora María Teresa Zubiaurre, la gran aporía a resolver: ¿Cómo podría el feminismo defender su razón de ser sin aspirar a controlar el poder?

Y sin embargo, a pesar de toda la retórica en torno al pensamiento defensivo que subyace en su dialéctica, el feminismo vuelve a decirnos lo mismo, pero interpretando la realidad desde otra perspectiva y a través de otros valores.
Donde antes había un pueblo elegido (judeocristianimo) y el marxismo propuso una clase elegida (proletariado) ahora será un sexo (femenino) el llamado a llevar a cabo la última gran revolución de la humanidad.
Si el cristianismo propuso una revolución igualitaria entre todos los hombres, y el marxismo entre todos los proletarios, el feminismo propondrá la revolución igualitaria entre sexos (hombres y mujeres). Sin embargo, sus conciencias prepotentes les delatan a todos ellos. El cristianismo solo acepta la salvación del buen cristiano, el marxismo la del proletario consciente y el feminismo la de la mujer rebelde y castradora.
Cada uno de estos supremacismos se muestra beligerante con los herejes de cada época. Pero el feminismo, haciendo uso del pensamiento defensivo, "suaviza" sus formas de lucha y troca la hoguera inquisidora y el gulag reeducador por acciones subversivas y provocadoras (mostrar sus pechos desnudos, profanar iglesias...) y, sobre todo, haciendo boicots y escraches a cualquier hereje que no se reconozca "feminista".
El feminismo pretenderá sustituir el tradicional patriarcado dominante (Dios = padre) por sociedades matriarcales (naturaleza= madre) y por ello resultará inevitable que, frente a la rigidez de la racionalidad masculina, apueste por la flexibilidad de la irracionalidad femenina. La intuición, la sensibilidad y el arte se antepondrán a la razón y la lógica. El amor y el pacifismo serán los valores antagónicos a la competitividad, agresividad y beligerancia masculina.
De nuevo se repite el error del cristianismo y el marxismo de pretender crear una nueva conciencia auténtica de forma unilateral y según los valores e intereses de una "parte de", en este caso desde la perspectiva sesgada del sexo femenino.
Sí, es cierto, cambian las formas, pues allí donde había una instintiva masculinidad dispuesta a dominar haciendo uso de la fuerza, el feminismo ejercerá una resistencia pasiva, transgresora y reivindicativa, por tal de lograr la liberación de la mujer y, a la postre, de toda la humanidad, pues el feminismo se erige, como sus predecesores, en una nueva alternativa o cosmovisión para dar sentido a la existencia humana, pero a través de los valores matriarcales.
Y es llegados a este punto, en lo concerniente al interés en legitimarse como alternativa de salvación universal, cuando el feminismo vuelve a cometer los mismos errores que las teorías críticas que le precedieron en el pasado, pues si antes todos debían ser cristianos, y después proletarios, ahora todo el que se precie de ser una buena persona, defensora de valores de igualdad y de justicia, habrá de abrazar la nueva conciencia auténtica y proclamarse feminista. ¡Amén!

* El feminismo no busca la igualdad entre los sexos, sino la supremacía del sexo femenino. No tiene sentido hablar de "géneros", sino de sexos, como no tiene sentido hablar de "clases", sino de personas. Ningún supremacismo, convertido en teoría de la liberación, pretende realmente "liberar" a TODAS las clases de personas, sean del sexo que sean, sino solo a aquellas que formen "parte de" la conciencia verdadera creada por él mismo.



jueves, 15 de mayo de 2014

"Crítica de la razón cínica", de Peter Sloterdijk (apuntes)


Sloterdijk define el cinismo como una falsa conciencia ilustrada, la conciencia de quienes se dan cuenta de que todo se ha desenmascarado y pese a ello no hacen nada, viendo cómo los demás siguen empeñados en "sostener y no enmendar" trasnochadas ideologías. El cinismo difuso que impregna la civilización occidental se caracterizaría por la huida de quienes, siendo conscientes del callejón sin salida en el que se encuentran las sociedades actuales, prefieren sobrevivir y subsistir, que no vivir, tomando los últimos rayos de Sol en un desvencijado tonel (Diógenes de Sinope) antes que mezclarse con el manso y adoctrinado rebaño de la civilización.

¿Cómo se han convertido en cínicos los ilustrados?

El cinismo es consecuencia del fracaso de las diferentes teorías críticas que se han sucedido a lo largo de la historia, las cuales combatieron las falsas conciencias del enemigo por tal de mejor legitimar sus conciencias verdaderas. El ilustrado se ha dado cuenta, en definitiva, de que toda teoría que a lo largo de la historia pretendió legitimar su verdad no pudo evitar la cosificación de la conciencia enemiga. En este sentido, Sloterdijk señala a la crítica ideológica marxista como la que con mayor deshumor ha cosificado la conciencia enemiga (falsa conciencia en su parecer).

Las teorías críticas a lo largo de la historia.

En su magnífico ensayo "Crítica de la razón cínica", Sloterdijk nos explica que tras reconocer Kant el fracaso de la razón pura para responder a las cuestiones radicales de la vida, la filosofía se sumergió en un desesperanzador nihilismo. La razón pura, la lógica racional y el cientifismo positivista, como bien señaló Kant, no podía dar respuestas a las cuestiones metafísicas más transcendentales (Dios, existencia, muerte...). Así que, desde que Nietzsche certificara la muerte de Dios, el pensamiento occidental, con Heidegger al frente, ensayó la búsqueda del sentido del ser por vías alternativas a la teología y el cientifismo. Pero la última metafísica occidental obcecada en desvelar la verdad desnuda del ex-sistere también fracasó. Heidegger acabó reconociendo que solo un dios podría salvar al hombre.

Sin embargo, antes de que Heidegger quemara las últimas naves de la metafísica con "Ser y tiempo" en la búsqueda del sentido del ser, un joven y brillante William James (se le atribuyó un CI superior a 200) escribió un lúcido y pragmático ensayo titulado " La voluntad de creer". Venía a decir James que no era tan importante el "creer" como el "desear creer", es decir, lo importante no era tanto estar seguro de una verdad absoluta como el tener la firme voluntad de creer en dicha verdad.
La razón se convertía, así, en instrumento y se orientaba a un fin último pragmático, consistente en facilitar la vida y, por tanto, destinado a la consecución de la felicidad. No deja de resultar paradójico que James, una de las mentes más brillantes de su tiempo, legitimase, razón mediante, la sagaz observación de Freud: "Hay dos maneras de ser felices, una es hacerse el idiota, y la otra es serlo".
Cuando un intelecto superior reconoce que la única manera de ser feliz es no siendo en exceso inteligente, o racional en todo caso, nos está diciendo claramente que la inteligencia no proporciona la felicidad, sino al contrario, nos aleja de ella. Por eso el psicólogo William James aceptó una verdad instrumental, no absoluta, por tal de sanar y proporcionar felicidad a los hombres: si creer en Dios proporciona la felicidad, ¿por qué no utilizar terapeúticamente la voluntad de creer?
Freud, de hecho, también utilizó el psicoanálisis como una verdad instrumental, no probada científicamente, pero sí susceptible de validarse a través de sus resultados, es decir, a través de la capacidad demostrada para proporcionar bienestar y felicidad.

Los críticos de la razón instrumental

Antes de que Sloterdijk señalara el negativismo del pensamiento defensivo (cripto-budista) de quienes criticaron este racionalismo instrumental, nuestro genial Unamuno, en su "Del sentimiento trágico", ya se encargó de enmendarle la plana, como solía gustar, al pragmático William James. ¿De verdad le vale a nuestro yo individual y atormentado, al menos para mitigar su angustia existencial, autoengañarse conscientemente? ¿Era factible, de hecho, construir una conciencia a partir de buenos deseos?

Pues sí, las corrientes románticas más sensibles y preocupadas por la estética más que por la ética, ebrias de poesía irracional, acabarían legitimando un nuevo pensamiento defensivo encargado de desenmascarar las falsas conciencias del tradicional pensamiento racional. Así, las actuales corrientes filosóficas y, sobre todo, psicológicas (Gestalt transcendental, psicología positiva...) han articulado sus teorías en torno al ser humano proponiendo una nueva espiritualidad; un nuevo pensamiento alejado de la necesidad de ostentar el poder. Los misticismos más peregrinos, de inspiración oriental, han inundado la vida occidental, intentando ocupar el vacío que dejaron las vías más racionales (razón pura) y religiosas (monoteísmos tradicionales).

La razón ilustrada, inteligente y sagaz, verá, sin embargo, la paradoja inherente a este nuevo pensar, el cual tan solo transmutará valores, es decir, aspirará a convertir la falsa conciencia del enemigo en lo que ellos considerarán conciencia verdadera. Así, descubiertas y puestas a la luz las falacias del marxismo, lo cual significó tanto como poner al descubierto la falsa conciencia que dicha ideología había logrado insertar en el subconsciente colectivo de las masas, se hicieron necesarias nuevas propuestas; nuevas revisiones del marxismo primigenio. Y es que, como bien dice Sloterdijk: "Una cultura neopagana que no cree en una vida después de la muerte tiene consiguientemente que buscarla antes de ésta". Y añado yo: y las culturas neopaganas deberán buscar una nueva vida (esperanza) como sea, y con la dosis de creatividad que fuere. Porque ya no importa la verdad universal y absoluta de nuestros padres, sino la verdad inventada e ilusionante de nuestras madres.

Y es que, si se analiza concienzudamente, el marxismo pecó de la misma instrumentalidad que éste le criticara a las pragmáticas y deshumanizadas sociedades capitalistas, porque allí donde otrora se defendió la voluntad de creer en un Dios, el marxismo impuso la voluntad de creer en una sociedad utópica socialista. Dicha consecución del socialismo utópico, significaría, por supuesto, alcanzar la felicidad para la humanidad; aquella misma felicidad que William James pensó que podría alcanzar la humanidad a través de la voluntad de creer en un Dios, o en una religión.
Eso sí, el marxismo se cuidó mucho de llamar justicia a su particular visión o modo instrumental de poder alcanzar la felicidad.
De la misma manera que hiciera el marxismo (trocando valores y transmutando unas conciencias falsas por otras nuevas) hicieron las nuevas corrientes psicológicas más sugestivas (hipnosis, psicoanálisis, psicología positiva...) y  los misticismos más espiritualistas (budismo, tao...).
Todas las teorías críticas de la postmodernidad parten de una misma raíz o punto en común: crear nuevas y verdaderas conciencias, es decir, crear nuevos fieles y adeptos a nuevos proyectos y formas de vida.
Allí donde antes hubo un creyente en Dios y en la razón, ahora encontraremos a un creyente en el socialismo, en el budismo, el taoísmo, o en el psicoanálisis.

Pero no pueden haber fieles creyentes si primero no hay voluntad de creer, es decir, si primero no se construyen los sólidos cimientos de una nueva conciencia que pueda ser inserta en el subconsciente colectivo y, al tiempo desenmascare y deslegitime a la falsa conciencia heredada por la historia y la tradición. Y para tener "conciencia de" algo nuevo, primero hay que sufrir las circunstancias que configuran nuestra realidad, nuestro entorno vital y social para, después, someterlas a crítica.
Sostiene Sloterdijk que para ser un gran crítico, o creador de grandes teorías filosóficas, es necesario sentir las heridas del ex-sistere; es necesario ser un sufridor y sentir el dolor que nos infligen nuestras circunstancias.
La crítica es el trabajo al que se obligan aquellos que son los primeros en sentir el dolor de una época (pioneros de su tiempo); es la ingrata labor que realizarán los espíritus más atormentados por tal de señalar las heridas de una sociedad y buscar su curación.
Si la modernidad nos abocó al nihilismo existencial, la postmodernidad, una vez certificada y consensuada la muerte de Dios, se dedicará a transmutar las otrora verdades eternas y universales por verdades que serán reveladas por los críticos de turno, que no por Dios.

La teoría crítica marxista.

El dolor de toda una época, la época de la revolución industrial y el auge del capitalismo, fue sentido por Marx y Engels; y ese dolor que sintieron despertó la necesidad de la crítica, y la crítica se encargó de crear, mediante una razón instrumental denominada materialismo dialéctico, una nueva conciencia: la conciencia proletaria.

Así, la dialéctica hegeliana fue utilizada por Marx para llevar a cabo lo que podríamos considerar la primera importante deconstrucción de la historia; una reinterpretación de la historia a través de la negación de unos valores tradicionales y la reivindicación de otros valores de nuevo cuño, más acordes con el sentir o dolor, como se prefiera, de la época en curso.
Pero la historia siguió fluyendo, transcurriendo linealmente hacia un hipotético final que algunos se obstinan en negar, pues reconocer que hemos llegado a un punto final en la historia de la humanidad sería tanto como prescindir de la necesidad de seguir luchando, haciendo y creando. Sería tanto como aceptar la autoinmolación vital a la que nos insta el nihilismo desesperanzador en el que está angustiosamente inmersa la ilustración cínica.

Las teorías críticas herederas del marxismo (deconstructivismo y feminismo)

Por eso, para evitar una resignada autoinmolación vital, los que todavía se obligan a creer y no aceptan que hayamos llegado al punto y final de la historia de la humanidad, vuelven a revisar la propuesta marxista y vuelven a crear alternativas, que será tanto como volver a reinterpretar la historia y la esencia humana, a través de nuevas teorías.
La dialéctica de la lucha de clases será revisada y sometida a una crítica constante, dando paso a nuevos críticos y a la construcción de nuevas conciencias deseosas de señalar nuevas heridas sociales y, por tanto, obstinadas en proponer nuevas curas para dar un nuevo sentido a la humanidad.

La dialéctica ilustrada de Theodor Adorno (Escuela de Frankfurt) supondrá, de facto, una revisión y actualización de la dialéctica de clases. Esta obra realizará una deconstrucción metódica (una nueva interpretación) del espíritu ilustrado, al que se le criticará haber hecho coincidir razón con autoridad, es decir, se le acusará de haberse servido de la razón para dominar a los individuos e impedir su liberación. La lucha de contrarios, ahora, en vez de centrarse en burgueses vs proletarios, se centrará en el dualismo liberación vs dominación. Se criticará, paradójicamente, a la razón instrumental, acusada de crear verdades históricamente al servicio de los intereses de las clases dominantes, es decir, se le acusará de crear falsas conciencias.
El descubrimiento de esta nueva lucha, o nuevo enfoque, legitimará las reivindicaciones de cualquier minoría o grupo social que se sintiese reprimido a lo largo de la historia.

A partir de la Escuela de Frankfurt, y sobre todo de la obra de Adorno, aparecerían nuevas deconstrucciones de la historia (interpretaciones al cabo, también susceptibles de legitimarse a través de razones instrumentales) que culminarían con el deconstructivismo de Jacques Derrida.
El feminismo, de hecho, reivindicará su conciencia verdadera frente a la falsa conciencia del tradicional patriarcado, identificado éste con una razón ilustrada tradicionalmente al servicio de la autoridad dominante que no permitía la liberación de la mujer.

Conclusiones:

Pero como bien apunta Sloterdijk: "Toda teoría sensible, crítica con la razón, es algo sospechoso. Efectivamente, sus fundadores, y Adorno en primera línea, tenían un concepto de lo sensible reducido en sentido exclusivo, se fundamenta en una actitud de reproche, mezcla de sufrimiento e ira contra todo lo que tiene poder".
Sloterdijk ve en Adorno al padre de una nueva forma de pensamiento negativo; un pensar emocional y estético que arremeterá contra la razón, por considerar a ésta como una herramienta de la ilustración al servicio de los poderosos y de las clases dominantes. En la dialéctica ilustrada y la dialéctica de la negación de Adorno, percibirá Sloterdijk la negatividad implícita en las corrientes sensibles y estéticas del actual pensamiento occidental que se muestran críticas con la razón, ebrias de connotaciones cripto-budistas y caracterizadas por un pensar defensivo: un pensar de resistencia frente al poder, un pensar orientado a un saber que no ansiará el poder; un pensar que solo podrá provenir de la madre, en tanto el mundo varonil, del padre, ha sido tradicionalmente el que legitimó la autoridad de los poderosos cercenadores de libertades.
La lucha entre conciencias está servida; las diferentes ideologías en pugna se enfrentan en un nuevo campo de batalla donde ganará quien mejor deslegitime al contrario sin pegar un solo tiro, sin verter ni una sola gota de sangre; ganará quien mejor logre despojar de esencia al enemigo, es decir, quien consiga hacerle creer al contrario que su conciencia es la falsa y la de su oponente es la verdadera.
Y en una batalla que se desarrollará desde la aceptación de un apriorístico relativismo ético y moral será inevitable hacer uso y abuso de falacias (ad hominem, prejuicios...) será inevitable tergiversar la historia reinterpretándola al gusto del consumidor de una determinada verdad. De hecho, el deconstructivismo a través del cual se legitima el feminismo es pura hermenéutica, mera interpretación subjetiva de una "parte de" con respeto al todo que es la humanidad.
Como bien señala la pensadora María Teresa Zubiaurre, el feminismo no puede aceptar el final de la historia, en tanto a dicho movimiento todavía no le ha sido dada la posibilidad de hacer prevalecer su verdadera conciencia frente a la falsa conciencia del patriarcado. Por eso, según la autora, el feminismo se vuelve astuto y su lema ya no es la solidaridad femenina, ni el abierto antagonismo con el hombre, sino el justo acceso al poder para colonizar un centro de concordia a través de una premeditada corrección política.
Al final, se repite la eterna paradoja de la historia, la cual acaba desenmascarando a aquellos movimientos que a través de un pensamiento defensivo decían no desear ostentar el poder (propio de la razón ilustrada patriarcal) aunque finalmente terminan buscándolo y doblegándose a los dictados de la falsa conciencia que decían rechazar.