jueves, 27 de mayo de 2021
DE COJONES Y CHUMINOS (reflexión seria aunque no lo parezca)
martes, 27 de octubre de 2020
LOS NUEVOS DIOSES (los filósofos de la sospecha)
INTRODUCCIÓN
Siguiendo las apreciaciones de Heidegger, y anteriormente las de Nietzsche, podríamos decir que la muerte de Dios no significó el abandono de las creencias en mundos suprasensibles e idealismos utópicos, sino tan solo la sustitución del Dios cristiano por otros nuevos "dioses".
La necesidad de creer es un rasgo inherente y constitutivo de la naturaleza humana. El ser humano necesita creer para no desesperar (Kierkegaard) y para salvarse del sentimiento trágico de vivir (Unamuno); necesita creer para escapar del anodadamiento (Heidegger) y, en última instancia, para huir del suicidio (Camus). Filosofamos, pensamos y reflexionamos, para poder creer y para no desesperar, esta es la verdad que se esconde bajo la tramposa virtud que nos insta a conocer por conocer (trampa desenmascarada por Nietzsche).
“Si Dios no existiera se tendría que inventar” (Miguel de Unamuno) y, añadiría yo, tendría que “inventarse” a imagen y semejanza de las nuevas conciencias y sus respectivas razones de ser.
Anteriormente, Heidegger ya había caído en la cuenta de que el marxismo era una suerte de pseudoreligión, un nuevo credo o conciencia prepotente, dispuesta a ocupar el lugar de la tradicional conciencia burguesa y su Dios cristiano y occidental. De hecho, pese a las advertencias de Heidegger (silenciado a través del siempre eficaz estigma del nacionalsocialismo), durante el SXX se impuso la fe ciega en un nuevo dios eslavo o conciencia de clase (marxismo), al que Ortega le atribuyó ser el portador de una pseudomoral eslava; una pseudomoral sustituta de la tradicional moral occidental.
LOS ASESINOS DEL DIOS CRISTIANO
¿Hubo premeditación y alevosía en aquellos pensadores que participaron en el “asesinato” del Dios judeocristiano? ¿Existió realmente un interés crítico para poder hallar la verdad, o tan solo les movió el particularismo egocéntrico que les impelía a reivindicar sus respectivas propuestas teóricas o nuevas deidades?
Resulta curioso que, detrás de la crítica al Dios cristiano, por parte de los principales filósofos de la sospecha (Nietzsche, Freud y Marx), siempre subyazca la vindicación de sus respectivos sucedáneos o dioses particulares.
Criptobudismo: Nietzsche fue el precursor de lo que Peter Sloterdijk denominó criptobudismo, una nueva moral que, por cierto, también estuvo muy presente en Heidegger y en la obra de otros pensadores alemanes como Hermann Hesse.
El criptobudismo, o reinterpretación budista del idealismo hegeliano, aspira a un nuevo poshumanismo o, como proclamara Nietzsche, a una nueva clase de hombre (el superhombre). La verdad que le fue revelada a Nietzsche, a través de aforismos cargados de simbolismo, fue casi la misma que halló Heidegger en el claro del bosque; la misma verdad sobre la que Hermann Hesse reflexionaba una y otra vez, obsesivamente, en obras como “El juego de abalorios”, “El viaje a Oriente” o “Siddhartha”.
Se trataría, resumidamente, de hallar la paz espiritual y vivir una vida auténtica; se trataría de huir del engaño (mundo de apariencias) a través de la comunión o el cuidado del ser (Heidegger). Se trataría de buscar la fusión con el Uno absoluto o ser supremo (Hermann Hesse) y de abrazar la verdad de Zaratustra (Nietzsche). Se trataría de utilizar la reflexión meditativa de Heidegger, la meditación budista (Siddhartha) y el ascenso a la cima de Nietzsche para encontrarnos a nosotros mismos a través de vías o caminos de búsqueda y superación.
Nada nuevo que no hubiese descubierto siglos antes San Agustín.
Psicoanálisis: Freud también descubrió un nuevo dios: el Yo. Un dios al que también había que salvar de la vida inauténtica y de las falsas conciencias, por supuesto recorriendo también una vía; el camino de la introspección psicoanalítica. Freud también hizo hincapié en la necesidad de llegar a lo “oculto”, al subconsciente, descubriendo y desarticulando los mecanismos de defensa que el ello y el superyó, en constante conflicto dialéctico, tejían para sumirnos en el sentimiento trágico de vivir y en la desesperación (léase angustia, ansiedad y depresión).
Marxismo: Karl Marx hiló más fino. Se dedicó tan solo a reinterpretar la moral judeocristiana a través de un nuevo catecismo pseudoreligioso que, astutamente, y por recomendación de Engels, rebautizó como manifiesto (El manifiesto comunista), eliminando, así, cualquier connotación que pudiera recordar al tradicional cristianismo occidental. La nueva conciencia marxista, incluso siendo una burda copia del cristianismo, y una perversión que transmutaba, de hecho, los valores cristianos, se presentó al mundo como un nuevo dios; una nueva conciencia con una nueva verdad revelada bajo el brazo.
Hasta aquí los nuevos dioses que los filósofos de la sospecha propusieron como alternativa a los seres humanos: criptobudismo, psicoanálisis y marxismo. Ahora hablemos de quienes se enfrentaron a ellos, también razón en mano, convirtiéndose en los últimos faros y atalayas de resistencia de Occidente.
RACIOVITALISMO Y EXISTENCIALISMO ESPAÑOLES
Resulta triste y paradójico que la única nación de Occidente que se mantuvo firme en la defensa del Dios cristiano y, por ende, preservó la generalidad de los valores inherentes a la moral occidental, haya sido destruida.
Los dos filósofos más importantes de los SXIX y XX, Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset, no solo se caracterizaron por su defensa y amor a España y a su razón de ser, sino que, además, dieron forma a dos propuestas filosóficas originalmente españolas: el raciovitalismo y el existencialismo cristiano; filosofías, o modos de pensar, que se opusieron a las propuestas alternativas de los filósofos de la sospecha anteriormente citados.
Se me dirá que Unamuno no fue tan original como Ortega al esbozar (ni siquiera sistematizó mínimamente su propuesta) su filosofía existencialista, muy desarrollada también por pensadores como Heidegger o Sartre, entre otros. Y yo responderé que el existencialismo español (unamuniano) fue un híbrido que fusionó la filosofía existencial de Kierkegaard con el catolicismo español. Más tarde llegaría Gustavo Bueno, con su materialismo filosófico, para recoger el testigo de estos dos insignes filósofos españoles, para proporcionarnos otra creativa propuesta de salvación. Pero ahora toca rendir homenaje a quienes, en mi opinión, y con permiso de Suárez, Zubiri, Fernández de la Mora, Marías, Morente, Zambrano… han sido (son) los filósofos más egregios que ha dado España para goce y deleite de todos los españoles de bien: Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno.
lunes, 3 de febrero de 2020
JUSTICIA SOCIAL (el último esencialismo)
Antes de que Nietzsche nos anunciara "la muerte de Dios", entendida ésta como el olvido del mundo suprasensible o celestial, Hegel todavía hizo un último esfuerzo por tal de desvelar el fin último del "espíritu" (sentido del ser) aferrándose a la última metafísica (con permiso de Heidegger) que pudiera permitirle a la humanidad conocer cuál sería su destino último: la síntesis o final de la historia en un todo absoluto (sentido o razón de ser).
La dialéctica hegeliana, esa lucha entre las relaciones conflictivas que se dan entre el mundo y los individuos, fue retomada por Karl Marx para demostrar que, efectivamente, el devenir de la historia no era caprichoso, sino que obedecía a una "lógica" interna (científica) que no era tanto "espiritual" (esencialista) como material. Nació, así, el materialismo dialéctico y la dialéctica histórica. De esta manera, pretendidamente "científica", Marx asumió "la muerte de Dios" y, al tiempo, superó la dialéctica del espíritu de Hegel transformándola en una dialéctica materialista.
FENÓMENO Y CONCIENCIA
¿Qué es la persona? Básicamente un YO consciente de serlo (primera certeza cartesiana). El ser humano es constitutivamente un yo individual (conciencia) que comparte una conciencia social o colectiva (en y con los otros) a lo largo del tiempo (historia). Por tanto, el ser humano está definido por estas tres dimensiones (individual, social e histórica) que determinarán la manera en que su conciencia (Yo) habrá de relacionarse en el mundo con-y-en los otros.
¿Qué es el mundo? Un conjunto de fenómenos. Pero el mundo no es tan solo el conjunto de cosas (entes) que la conciencia del sujeto experiencia y/o aprehende como elementos (objetos) de la realidad, sino que es también el producto resultante, vivenciado en la conciencia, de un modo de ser o pre-ser. Ello se debe a que el fenómeno no se manifiesta puro en la conciencia del sujeto, como un ser-en-sí mismo, sino que inevitablemente se conforma en la mente del individuo a partir de lo que éste aprehende de la realidad más los pre-conceptos y pre-juicios sitos en su conciencia.
Así pues, las relaciones entre la conciencia y los fenómenos se llevan a cabo a través de una dialéctica o proceso constante de búsqueda de sentido (esencia). Y ello es así porque al ser imposible que el fenómeno pueda experienciarse en su forma pura en la conciencia, ésta no tiene más remedio que interpretarlo; es decir, la dialéctica es, en última instancia, un proceso hermenéutico cuyo fin último es interpretar el mundo para crear una cosmovisión, un sistema lógico que permita conocerlo y, lo más importante, permita saber ¿por qué y para qué somos?
¿POR QUÉ Y PARA QUE SOMOS? (la existencia)
Muerto Dios, y con él la creencia en mundos suprasensibles, la humanidad quedó huérfana de sentido. ¿Qué sentido tiene para los individuos ser-en-el tiempo por un intervalo finito para, al final, descubrir que tan solo son "seres para la muerte"; seres indigentes, sin posibilidad de salvación, que se diluirán en el olvido de la nada? ¿Qué sentido tiene, entonces, sacrificarse en la vida por y para nada? Ninguno. Por ello la existencia humana debe transcendentalizarse, si no a través de la religión tradicional, sí a través de nuevas religiones ideológicas. Toda ideología es en sí misma, y por más que pretenda negarse, un esencialismo; es decir, es una razón, en última instancia, por la que poder conseguir que los individuos se obliguen a vivir y sacrificarse. O, como dijera Camus, una razón para eludir el suicidio y evitar la desidia vital que conduce a la autoinmolación.
JUSTICIA SOCIAL
El espíritu (léase el sentido del ser), según Hegel, habría de desvelarse al final de la historia como un Absoluto o síntesis resultante de la lucha (dialéctica) entre conciencias. Pero el espíritu hegeliano se nos revelaría como un esencialismo nacionalista y alemán; como un particularismo que, por dictamen del devenir histórico, devendría absoluto universal. Pero lo esencial, concluyó Marx enmendando a Hegel, debería ser lograr articular una sociedad universal feliz donde imperase la "justicia social" para toda la humanidad, una humanidad sin patrias, sin dioses, sin reyes ni tribunos. Es decir, la esencia, entendida como sentido o razón humana, habría de consistir en alcanzar un fin último: una síntesis feliz que diera por concluida la historia.
¿Pero qué es la "justicia social"? ¿Cómo alcanzarla?
Veamos algunas definiciones de lo que es o debería ser la justicia social:
Justicia social utilitarista: según Stuart Mill se alcanzaría la justicia en aquella sociedad donde el mayor número de sus ciudadanos fuesen felices. Habría, así, mayor justicia social cuanto mayor felicidad colectiva.
Justicia social marxista (utópica): según el marxismo una sociedad justa sería aquella en la que el Estado diera a cada ciudadano según sus necesidades y le exigiera según sus capacidades. La felicidad sería el resultado de una existencia des-preocupada (desestresada) con las adversidades vitales, pues desaparecido el Capitalismo, y con él la razón de ser de las clases sociales en conflicto, se lograría un reparto justo de la riqueza.
Justicia social razonable: según John Rawls, la justicia social se alcanzaría a través de un contrato social entre los ciudadanos y el Estado, articulando políticas para distribuir la riqueza de manera "razonable" y logrando un consenso aceptando el pluralismo político y confesional de cada conciencia individual.
Podríamos aceptar, salvando algunas diferencias conceptuales, que la justicia utilitarista se correspondería con una cosmovisión liberal, es decir, con una interpretación liberal del mundo. La justicia social marxista se correspondería con una cosmovisión justificada científicamente (supuestamente) pero que no dejaría de fundamentarse en un idealismo esencialista o "deseo" de alcanzar un justo fin último (el final de la historia). Por último, la definición de justicia propuesta por Rawls se correspondería con una concepción "democrática", social y/o liberal, centrada, como el marxista, en el interés de lograr un reparto justo de la riqueza, pero no a través de un Estado omnipresente y totalitario, sino a través del acuerdo consensuado entre ciudadanos.
CONCLUSIÓN
Las ideologías del SXX, como antes sucediera con las religiones, defienden la necesidad de creer en sus respectivos credos esencialistas; es decir, instan a la ciudadanía a creer en una determinada cosmovisión (interpretación del mundo y el fin último del mismo) que dé sentido a sus vidas.
La justicia social se ha convertido, así, en un nuevo Dios; una idea hipostasiada y/o sustantivada que ha de alcanzarse a través del cumplimiento de unas normas sociales (leyes éticas de los hombres) sin que sea ya importante, para el conjunto de la sociedad, que se cumplan, o no, las leyes morales de las religiones tradicionales.
Pero alcanzar la justicia social, como comulgar con Dios o con cualquier ideal esencialista, exige sacrificio, trabajo y superación por parte de todas y cada una de las conciencias individuales que conforman la conciencia colectiva. La felicidad nunca es gratis. Y, como ha sucedido a lo largo de la historia, las propuestas ideológicas del SXX, ya tradicionales, también están siendo cuestionadas por nuevas conciencias disidentes que se pretenden revolucionarias y, por supuesto, más justas.
Entre las principales conciencias que se muestran contrarias o reacias a aceptar las ideologías más relevantes del SXX (liberalismo, marxismo-leninismo y socialdemocracia) se encuentran, por supuesto, las conciencias religiosas, pero también nuevas conciencias, como la animalista o la conciencia femimarxista. Esta última conciencia, surgida de la síntesis entre un primer feminismo liberal (igualitario) y un tardío feminismo radical marxista (supremacista) está mutando, rápida y de forma preocupante, en una suerte de pseudoreligión que, de nuevo, en vez de aceptar la pluralidad de conciencias, ha optado por el conflicto entre las mismas. El femimarxismo ha sustituido la lucha de clases por la lucha de géneros, declarándole, así, la guerra sin cuartel al género masculino, al que acusa de ser un opresor heteropatriarcal; una nueva manera de designar a la otrora conciencia enemiga burguesa y capitalista.
Sin embargo, tanto la clase de género como la clase social son conceptos inexistentes; son construcciones teóricas o ideas creadas expresamente para servir a los fines de determinadas cosmovisiones ideológicas.
Según el femimarxismo, la justicia social solo será posible en una sociedad matriarcal donde la conciencia feminista logre erigirse, dictadura de género mediante, en la única conciencia auténtica. La ciega fe en esta nueva pseudoreligión ya está provocando importantes conflictos y desigualdades sociales, como la que ha supuesto en España la implantación de la LVGI; una ley que vulnera derechos y libertades de los hombres tan solo por el hecho de que estos sean hombres.
Occidente ha vuelto a las luchas intestinas (ahora entre hombres y mujeres) en el "claro del bosque", pero, como no podía ser de otra manera, por mor de alcanzar utópicos ideales de justicia social.
domingo, 3 de septiembre de 2017
La psicología como antropotécnica de domesticación.
Introducción.
Un "leído ilustrado" es un humanista civilizado y endiosado en la soberbia de quienes creen pertenecer al círculo de los alfabetizados.Decía Peter Sloterdijk que el humanismo, en sus orígenes, se constituyó como un reducido "club" de alfabetizados; un reducido círculo elitista formado por quienes sabían leer y, por tanto, se erigían en custodios del saber. Dicho círculo fue ampliándose a lo largo de la historia, a través de un constante esfuerzo por universalizar y transmitir al conjunto de la humanidad el saber que solo era accesible a unos pocos elegidos.
El primer ministro francés, Édouard Philippe, ha escrito un libro con un título muy "sugestivo" al respecto de lo que hablo: "Des hommes qui lisent". El título resulta en sí mismo muy significativo. El autor podría haber titulado su obra como "Les hommes qui lisent" (los hombres que leen) , pero ese "des", que podríamos traducir por "aquellos", o los pocos hombres que, entre muchos, leen, vuelve a hacer hincapié en ese carácter de grupo selecto propio del círculo de los alfabetizados, o ilustrados, como se prefiera. No todos los hombres leen.
¿Quiénes pertenecen al club de los alfabetizados?
La pregunta no es en absoluto baladí. El primer ministro francés, por lo visto, asegura que él mismo se convirtió en convencido liberal por haberse obligado a cuestionar, leyendo mucho, las "verdades" que, a través de la pedagogía social, había recibido. Nada que objetar. De hecho, yo mismo he seguido una trayectoria intelectual (permítaseme la soberbia) muy parecida. Me declaro convencido liberal, pero con matices que corrigen el exceso de "idealismo" (liberalismo puro) y que, ahora, no viene al caso comentar.
Pareciera que Édouard Philippe nos dijera que solo a través de la lectura podríamos llegar a "ilustrarnos", no solo para pertenecer al selecto club de los alfabetizados (civilizados humanistas), sino, más importante aún, para formar parte de los guardianes que custodian la Verdad (con mayúsculas).
¿Y qué verdad custodian nuestros humanistas ilustrados? Pareciera que Édouard Philippe se estuviese refiriendo a la "verdad liberal". Pero haciendo memoria, recordé a otro "ilustrado", español en este caso, y de cuyo nombre no quiero acordarme, que, para referirse a quienes pertenecían al selecto club de los "buenos y justos" humanistas, los denominaba leídos marxistas.
Está claro que para pertenecer al club de los alfabetizados hay que leer mucho, hay que ser una "persona leída"; en este crucial punto coinciden el primer ministro francés (liberal) y nuestro "anónimo" intelectual marxista. Sin embargo, resulta obvio que la verdad que debe ser custodiada (liberalismo vs marxismo) no es la misma para ambos ilustrados, de lo cual cabe concluirse que "diferentes" clases de hombres, por mucho que lean, harán suyas diferentes verdades a las que guardar celosamente.
Pero la verdad, no lo olvidemos, no solo debe ser guardada, sino, más importante aún, debe ser transmitida e inculcada en las masas, debe ser aceptada por la mayoría de los hombres que no leen o que no se obligan a leer lo suficiente. Por esta razón, el ilustrado primer ministro francés aboga por articular un sistema educativo orientado a acrecentar el número de hombres que lean. ¿Pensará que, así, la verdad liberal hará libres, mejores, más buenos y justos a los ciudadanos? También Marx creyó firmemente que la verdad marxista, "su verdad", haría libres a los hombres, más buenos y justos.
Inculcar verdades.
Si la verdad pertenenece a los leídos, a los ilustrados y civilizados humanistas, y estos desean que "sus" respectivas verdades sean adoptadas por todo el conjunto de una sociedad, los guardianes de dichas verdades deberán valerse de antropotécnicas civilizadoras, es decir, deberán servirse de herramientas que les permitan transmitir sus verdades (cosmovisiones ideológicas) para aumentar (universalizar) el círculo de los alfabetizados (hombres que leen y saben).
La primera y más importante herramienta (antropotécnica) que utilizan los hombres para civilizarse a sí mismos y a otros hombres (domarlos y domesticarlos en una verdad) es la que adopta la forma de un sistema educativo encargado de alejar a las masas de la barbarie de los "brutos" (no leídos) y, así, acercarlos a las bondades de los buenos civilizados (ya leídos y, por tanto, ya domesticados).
Pero el sistema educativo tan solo es un conjunto de granjas-escuelas (Peter Sloterdijk) destinado a engordar y cebar ganado humano (domarlo y domesticarlo) en determinadas "verdades". Y de nada sirve un entramado educativo, por numerosos que sean los recursos materiales de los que disponga, si, primero, no hay un "alma o espíritu" que le dote de esencia y/o significado; si primero no hay una conciencia colectiva verdadera que sea deseada por las masas.
Efectivamente, los no leídos tienen que ser seducidos y convencidos de que necesitan leer, de que necesitan aprender y conocer para poder pertenecer al selecto círculo de los alfabetizados. Pero para poder convencerles de que es necesario leer, aprender y saber, hay que lograr, primero, que los futuros lectores estén dispuestos a esforzarse y sacrificarse.
¡He aquí el gran obstáculo con el que chocan todas las conciencias ilustradas que necesitan fervientes creyentes para sus verdades institucionalizadas!
Desde tiempos inmemoriales, las élites ilustradas han despreciado a las masas ignorantes, pero no tanto por la ignorancia intrínseca a las mismas, que también, como por la indocilidad y rebeldía que éstas mostraban ante las verdades que debían ser conquistadas con sacrificio y esfuerzo.
Las masas no desean esforzarse ni sacrificarse, sino satisfacer sus apetitos más particulares (individuales) con el mínimo trabajo posible, si ello fuere posible.
¿Cómo lograr el autosacrificio voluntario de un individuo?
Las antropotécnicas destinadas a lograr domar y domesticar (civilizar) al ser humano han ido perfeccionándose a lo largo de la historia. El primigenio poder coactivo, sustentado en el uso de la fuerza, solo requería herramientas rudimentarias, tales como látigos, grilletes, galeras y mazmorras, para poder controlar a las masas y, así, conseguir que los individuos aceptaran determinadas verdades. Muy pronto, sin embargo, las conciencias ilustradas entendieron que las antropotécnicas coactivas, que abusaban del uso de la fuerza, no eran tan eficaces como las antropotécnicas seductoras para conseguir que las voluntades individuales se doblegaran ante la suprema voluntad de una verdad institucionalizada.
El círculo de alfabetizados, los "leídos humanistas", entendieron que, efectivamente, el saber era poder, pero ¿sobre qué necesitaban saber y aprender para lograr el sacrificio voluntario de los individuos? Pues necesitaban conocer y comprender la psicología (psicodinámica de la conciencia) no solo de las masas, sino de la generalidad de los individuos. Las nuevas antropotécnicas entendieron que el trabajo de convencer y seducir a las masas, para que se sacrificaran, precisaba del concurso voluntario de cada individuo. Es decir, las conciencias ilustradas descubrieron que tenía que ser el propio individuo quien se exigiese (coaccionara) a sí mismo y, mejor aún, que se sacrificara por una idea y/o causa creyendo firmemente que su autosacrificio era voluntario y fruto de su libre elección.
La psicología como antropotécncia de domesticación.
Los primeros conocedores de la psicología humana descubrieron muy pronto que el miedo era un rasgo inherente a todos los seres vivos, una emoción primaria destinada a preservar y autoconservar la vida del individuo. Entendieron que los peores miedos del ser humano eran los que se generaban desde la desesperanza ante la muerte, el dolor y el sufrimiento.
Pronto, muy pronto, las conciencias ilustradas, ya fueren religiosas y/o ideológicas, comprendieron que para que los individuos superaran sus miedos primarios debían generar esperanzas, es decir, debían creer en susgestivas posibilidades de salvación.
Solo un creyente puede llegar a autosacrificarse voluntariamente (libremente) en aras de defender una verdad, confiado, paradójicamente, de que su sacrificio supondrá, al tiempo, su salvación.
¿Cómo elaborar una magnífica antropotécnica capaz de seducir y convencer a los individuos de que son realmente libres?
Pues conociendo, primero, la psicología humana o lo que, en términos más filosóficos, dio en llamarse conciencia individual y las primeras religiones denominaron alma.
El Yo.
¿Qué es el Yo? Podríamos definirlo como la conciencia que de sí mismo tiene cada individuo. Todo individuo "se sabe y se reconoce" como verdad incuestionable (cogito ergo sum). La verdad del Yo es la primera certeza que tienen los individuos en el ex-sistere (ser-ahí que es el mundo), porque son ellos mismos quienes, valga la redundancia, tienen conciencia de sí mismos; saben que son una realidad en-sí-misma, un ser-en sí.
Así, el Yo es un dios en sí mismo, la razón de ser o verdad primera que, sabiéndose única e irrepetible, reconoce en la vida (su propia perdurabilidad temporal) la única verdad radical. Pero la verdad radical que es la vida (perdurabilidad del ser) no puede entenderse sin la muerte (no-ser). Por esto mismo, la segunda certeza que tiene el Yo, tras reconocerse como un ser-en sí, es que también es un ser para la muerte (Heidegger). El Yo reconoce la tragedia, el sinsentido, de que "su verdad" (la verdad de ser en-sí mismo) se perderá en la nada y dejará de ser, lo cual le generará miedo e incertidumbre (inseguridad) y le provocará angustia existencial.
Las conciencias ilustradas, los leídos alfabetizados, comprendieron que había que domar, controlar y domesticar los miedos individuales, a la postre los causantes de las angustias de las conciencias individuales. Controlando los miedos individuales podrían controlar, también, los miedos colectivos.
Negar el miedo.
No hay que tener miedo, esta es la primera máxima que inculcan todas las conciencias colectivas a las diferentes conciencias individuales a través de la pedagogía social. Los ilustrados leídos saben que si erradican los miedos de las masas estas quedan paralizadas, pacificadas en definitiva y, por tanto, sumisas y controladas.
Un individuo con miedos irracionales e incontrolados es un peligro para otros individuos, pero una masa que actúa movida por el miedo es un peligro para todo el ente social.
Las conciencias ilustradas han descubierto muchas maneras de negar los miedos y de convencer a las conciencias individuales de que no hay que tener miedo. Veamos algunos ejemplos:
Miedo a la muerte: superar el miedo a la muerte (segunda certeza reconocida por la conciencia individual) ha sido históricamente la empresa a la que con más empeño se han dedicado las antropotécnicas civilizadoras. Para ello, las religiones sobre todo, se encargaron de hacerles creer a las masas (primer engaño terapéutico institucionalizado) que sus respectivas conciencias individuales, singulares e irrepetibles, alcanzarían otra vida tras la muerte.
La promesa de vida eterna, pero, conllevaba implícita una exigencia: el sacrificio voluntario de la conciencia individual (la pérdida de su libertad). Si un padre (Abraham) está dispuesto a sacrificar a su propio hijo, no dudará en sacrificar su propia vida por mor de defender una idea o causa convertida en creencia. Solo los creyentes son susceptibles de aceptar el propio autosacrificio.
Miedo a las incertidumbres: pero a medida que el ser humano se fue emancipando de las antropotécnicas religiosas, se hizo necesario que nuevas técnicas de domesticación ocuparan el lugar de las mismas. No tardaron en surgir las ideologías de la felicidad o de la liberación (segundos engaños terapéuticos institucionalizados), que entendieron que muerto Dios (Nietzsche) ya solo cabía apelar al sacrificio de las masas proponiéndoles a estas, a cambio, nuevas promesas de esperanza, ya no tanto de salvación (vida en otro más allá) como de paz y seguridad en la tierra.
Los psicólogos comprendieron que la mejor antropotécnica, tras la posmodernidad, sería la que proporcionara el mayor grado de felicidad al mayor numero posible de individuos (utilitarismo de William James) y los más refinados conocedores de la psicología humana (Marx, mucho más refinado que Freud) comprendieron que la felicidad debía gozarse en el discurrir de una vida terrenal o mundana, que no celestial ni psíquica (terapia psicoanalítica).
Sin embargo, las nuevas promesas de felicidad también llevaban implícitas exigencias de autosacrificio individual, tales como esfuerzo para aprender y mejorarse personalmente. El marxismo, de hecho, despreciaba tanto al lumpemproletariado (subproletarios sin conciencia de clase) como la élite buguesa despreciaba a las masas indóciles incapaces de esforzarse para ser mejores. Todas las conciencias ilustradas, leídos liberales y marxistas, son, al cabo, herederos de la moral Occidental que, desde la antigua Grecia y la vieja moral judeocristiana, creen que el "saber por el saber" (última trampa de la moral en el parecer de Nietzsche) es la máxima virtud a la que debe aspirar toda conciencia individual. Es decir, hay que aspirar a ser un "leído humanista", no importa tanto si liberal o marxista, siguiendo la máxima agustina (judeocristianismo) del "conócete, acéptate, supérate", que se podría traducir fácilmente por "esfuérzate y sacrifícate".
Miedo al fracaso: cuando las masas "olvidaron" el miedo a la muerte (no es lo mismo olvidar que superar) y se sintieron satisfechas en sus felices vidas cotidianas (al menos en las sociedades occidentales de los estados del bienestar) se convirtieron en animales de lujo (Peter Sloterdijk); cada conciencia individual autoafirmó al diosecillo engreido que llevaba dentro, y lo dejó libre, con tanta necedad como soberbia, para exigir que su último miedo fuese negado: el miedo al fracaso.
¡Los dioses no pueden fracasar!
Así, aparecieron nuevas antropotécnicas civilizadoras destinadas a saciar los apetitos de señorío y endiosamiento de cada conciencia individual (tercer engaño terapéutico institucionalizado).
En muchas sociedades occidentales actuales no se permite el fracaso. Los sistemas educativos se han olvidado de las exigencias del humanismo tradicional que pedían trabajo y sacrificio a cambio de bienestar, seguridad y felicidad.
Nunca, como hoy, fueron tan necias las masas, tan necias que se creen dioses con derecho a todo sin dar nada a cambio. Nadie piensa en la muerte, hasta que le llega un cáncer o un infarto al corazón; pocos, muy pocos, se esfuerzan en aprender en sistemas educativos que tienen por norma facilitar el aprobado general, por tal de desterrar el miedo al fracaso de las aulas y garantizar la felicidad de los niños.
Los jóvenes reclaman sus derechos al trabajo, la vivienda y al bienestar pidiendo ayudas, subvenciones y prestaciones sociales. No pueden esforzarse para lograrlos, porque nunca les enseñaron cómo sacrificarse. No tienen miedo a la muerte, ni a las incertidumbres ni al fracaso, y si tienen miedos, no han podido aprender a superarlos, porque tampoco les enseñaron cómo hacerlo.
Conclusión
¿Cuál puede ser el futuro de una sociedad que se niega a reconocer sus miedos?
Recientemente, tras el atentado islamista en Barcelona, miles de conciencias individuales se autoengañaron y decidieron proclamar al mundo que ellas "no tenían miedo". ¿No tenían miedo o no querían reconocer sus miedos?
Alguien, llegados a este punto, podría rebatirme recurriendo a las antropotécnicas de nuestro actual humanismo ilustrado, para señalarme que he escrito "atentado islamista" y no "yihadista". Se trataría de domar, así, mi conciencia individual para que mi "opinión" no trascendiera al resto de conciencias individuales, pues de lo que se trata es de afirmar la verdad de la conciencia colectiva (verdad institucionalizada), la cual defiende que no es lo mismo Islam que yihadismo. Y, sin embargo, en el Corán (libro sagrado del Islam) se reconoce explícitamente la obligación de todo buen musulmán de practicar la "lucha santa" (yihad).
Así, se niega una verdad y se niega el derecho legítimo a tener miedo al Islam, y se consigue una masa dócil y pacífica, civilizada y domesticada, engañada y que se insta a autoengañarse para seguir siendo feliz, no obligándose a pre-ocuparse, es decir, se consigue un cuerpo social que reniega del deber de ocuparse con antelación de su devenir futuro y del de las futuras generaciones.
martes, 10 de mayo de 2016
Locura y genialidad (parte IV)
El alma y el espíritu son construcciones o, como yo prefiero denominarlas: son hallazgos de la razón. No es que la razón las "encuentre" en algún mundo suprasensible y/o ideal (Platón), pero sí podríamos decir que las encuentra en sí misma (en la razón), en tanto la persona humana (Yo) las construye en y desde sí misma, a partir de la dinámica a la que le impele la tensión teologal: la necesidad de dar un sentido al ser absoluto relativo que es su persona.
Yo creo en la intuición, entendida como el insight cognitivo al que ya me referí en su momento, como un "darse cuenta de" o "caer en la cuenta" de un determinado fenómeno a través de un modo de ser vivenciado y experienciado (realidad virtual).
La vía estética tan solo es una vía más de la razón para construirnos a nosotros mismos y, así, dotarnos de sentido; para significar nuestra existencia y positivar la muerte.
Ahora, bien, y en contra de lo que sostienen las tesis materialistas (sobre todo el marxismo), no todos los tipos de personas están capacitados para desarrollar o vivenciar lo que podríamos denominar "experiencias místicas", en un lenguaje más irracional y metafórico, o insight cognitivo, en lenguaje lógico-racional. No importa cómo denominemos a ese modo de experienciar que solo algunas personas, dotadas de gran humildad ontológica (Heidegger) pueden aprehender.
La tensión teologal a la que se refiriera Zubiri hace referencia a la necesidad de afrontar un problema vital: cómo hacernos a nosotros mismos, es decir, cómo podemos llegar a ser nosotros mismos. Zubiri lo denomina problema teologal. Para ello debemos instarnos a descubrir quiénes somos (de nuevo San Agustín, al cual no hay que ver como un místico, sino como un precursor del psicoanálisis, insisto en ello).
El artista y/o creador es, tan solo, aquel individuo que pre-siente en su Yo la imperiosa necesidad de transcendentalizar su carácter mundano y ser algo más que un ser absoluto relativo, es decir, un Yo incompleto.
Los defensores del materialismo podrían rebatir::
Discrepo y disiento con vehemencia. ¡Por supuesto que en todo gran artista subyace algo original y creativo! ¡Subyace su único y singular Yo! Subyace un tipo de hombre que no es común ni mediocre, pues se insta a sí mismo a conocerse, aceptarse y superarse.
El genio subyace, efectivamente, en un determinado tipo de hombre, pero no siempre dicho genio se presenta o manifiesta, que es a lo que se refería Hegel. El genio es un pre-ser en potencia que permanece latente en un determinado tipo de Yo. Solo si ese Yo personal tiene la oportunidad (posibilidad) y se insta a "descubrirse a sí mismo", a través de trabajo y estudio, su genio se hará visible.
Alguien que no tenga dentro de sí dicho genio ya podrá estudiar y esforzarse, formarse y conocer todas las técnicas de una vía estética determinada, pero como mucho no pasará de ser un artista mediocre o del montón.
Yo entiendo que a los dogmáticos defensores de perversos y falaces igualitarismos les cueste reconocer esta verdad.
Pero, lo siento mucho, no todos los tipos humanos son iguales, por más que a algunos les interese sostener tal falacia para, así, legitimar las aspiraciones de utópicas ideologías.
Podríamos decir, aceptando que posiblemente pequemos de reduccionistas, que hay dos tipos básicos de hombres: los que buscan una vida auténtica vs los que se dejan llevar por la vida inauténtica impuesta por el Das-man (sí, de nuevo Heidegger).
Volvemos a encontrar coincidencias entre San Agustín, Heidegger, Ortega y Zubiri, y, atención, también Marx.
Todos los grandes pensadores (incluiremos a Marx para no herir susceptibilidades) fueron conscientes de la gran diferencia existente entre dos tipos humanos básicos: los paganos (San Agustín), los hombres-sujeto (Hegel), hombres-masa (Ortega), hombres inmersos en el Das-man (Heidegger) u hombres-alienados (Marx) frente a los que ven la luz.
¿Quiénes son los que ven la luz? Pues dependerá del suprematismo ideológico que cada pastor del ser defienda; dependerá de la conciencia verdadera que cada creador pretenda universalizar.
Para San Agustín el hombre auténtico sería el creyente en Dios, para Hegel sería aquel que armonizara su espíritu (conciencia) con el mundo, para Ortega sería el aristoi, para Heidegger el Dasein preocupado por el sentido del ser, para Marx el proletario consciente...
Todos los grandes pensadores, incluido Marx, distinguieron entre dos tipos de hombres; los preocupados vs los despreocupados. No nos importa, para el tema que nos ocupa, saber qué les preocupaba sino qué hacían ante el problema vital de tener que conocerse a sí mismos; ¿aceptaban dicha preocupación (teísmo religioso y/o ideológico) o la negaban y pasaban de ella?
Mi tesis sostenía:
Lo que pretendo, con la tesis que intento desarrollar, es ir más allá de lo que los grandes pensadores vieron con claridad meridiana: existen diferentes tipos de hombres.
Lo que pretendo, aceptando como evidente dicha diferencia antropológica entre tipos humanos, si se prefiere ver así, es intentar descubrir qué es lo que subyace en ese tipo determinado de hombre que se insta a conocerse, aceptarse y superarse; ¿qué subyace en todo individuo creador y buscador de esencias (sentidos)?
Podríamos decir, efectivamente, que lo que subyace es el genio. ¿Pero qué es el genio?
Desde mi punto de vista, el genio sería el conjunto de rasgos o notas biogenéticas que determinan el Yo de una persona. Y, dependiendo de cómo sea dicha predeterminación biogenética, y de las posibilidades que se le ofrezcan a dicho Yo en la realidad abierta, se podrá, o no, manifestar el genio o esa inquietud apriorística que determina el ser genio.
¿Y qué determina que en unos individuos exista, o esté latente o pre-presente, dicha inquietud apriorística que impele al genio a manifestarse? Pues un determinado perfil que, de momento, he considerado que estaría constituido por tres caracteres o tendencias innatas:
1) Tendencia a la autorreflexión e introspección.
2) Tendencia al antigregarismo grupal.
3) Tendencia egocéntrica (a satisfacer necesidades e inquietudes del propio Yo personal).
Por supuesto, estoy dando gruesos brochazos, pero todo buen conocedor del arte de pintar sabe que primero hay que esbozar, crear y distribuir espacios, plantear los diferentes tonos y contrastes con gruesas pinceladas en óleo muy diluido. Después, poco a poco, usaremos los pinceles finos para concretar y matizar los detalles, hasta que la idea tome forma y se haga comprensible y reconocible.
En una primera aproximación, sin embargo, sospecho (sí, intuyo) que dichos rasgos (tendencias) aparecen más presentes, al menos estadísticamente, en un determinado tipo de hombre que suele estar estigmatizado socialmente, un freak u outsider que, en no pocas ocasiones, muestra algún tipo de extraña rareza, consecuencia de su personalidad desajustada y desintegrada
Llegados a este punto, solo cabe someter a estudio y evaluación otra nueva tesis: ¿existe una significativa correlación entre el genio (inquietud creadora) y los individuos con cierto grado de locura?
Creo que sí, que resulta evidente (hay evidencias) de que el genio y la locura están estrechamente relacionados, pero es claro que habría que demostrarlo. ¿Cómo?
Algún crítico podrá alegar que no todos los genios comparten rasgos de locura (entendida como sinónimo de desajuste y desintegración).
¿Y cómo demuestran dichos críticos que no todos los genios presentan, o presentaron en el pasado, cierto grado de locura?
Me podrían citar a Platón y Aristóteles, Darío, Juan Ramón Jiménez y Lorca como ejemplo de genios que, supuestamente, no compartían rasgos de locura o desajuste y desintegración social.
Yo no estaría tan seguro de ello. No tenemos documentación que haga referencia a los perfiles psicológicos de Platón y Aristóteles, pero me atrevería a asegurar que en los poetas que se han enumerado subyacía, sin duda, esa tensión teologal a la que se refiriera Zubiri y que Unamuno bautizara como sentimiento trágico de vivir.
Sabemos que Empédocles se arrojó a un volcán creyéndose inmortal.
Por otro lado, hoy tenemos evidencias de que Kant, el racional y genial Kant, era posiblemente un hipocondríaco con rasgos maníaco-obsesivos. Más evidentes y conocidos fueron los desajustes de Nietzsche o Wittgenstein. Kierkegaard y Unamuno, como Camus y Sartre, fueron irredentos depresivos que se salvaron a través de su filosofía, como Emil Cioran.
¿Y los pintores? Tenemos a Van Gogh, el pintor loco por excelencia, pero también a Modigliani, Chagall, Pollock, Dalí... y seguramente a otros muchos cuyos desajustes eran menos visibles o fueron menos conocidos.
En fin, mi bello cuadro va tomando forma a medida que comienzo a usar los pinceles más finos y de pelo de marta.
miércoles, 30 de diciembre de 2015
"Normas para el parque humano" de Peter Sloterdijk (parte III)
viernes, 15 de agosto de 2014
La depresión desde una perspectiva filosófica.
Apéndice 1
Opinión personal: todos somos unos farsantes en tanto nos servimos de autoengaños para superar el sentimiento trágico de vivir.
La verdad desnuda, cruda y sin paños calientes, es que la vida, per se, no tiene sentido. Somos los seres humanos, a través de nuestra consciencia, heredada por el logos histórico si lo preferimos, quienes en cada época hemos creado sentidos para sobrellevar la carga de la existencia.
Es cierto que a lo largo del devenir de la historia los autoengaños se han ido perfeccionando, desde los más burdos que rendían culto a las fuerzas de la naturaleza, pasando por los autoengaños místicos-religiosos hasta llegar a los más recientes autoengaños de los diferentes suprematismos ideológicos.
Cada época, sintiendo el dolor trágico de la finitud del ser (el drama de vivir, que diría Ortega) ha creado, bien fuera a través de la fe o de la razón, sentidos para evitar el suicidio, individual y/o colectivo; para evitar la desidia existencial y conseguir que el ganado humano pudiera ser domesticado y criado conforme a unas creencias que habría de llevarle a salvadores fines últimos.
Hoy, cualquiera que se obligue a sincerarse frente a la verdad, sabe que no hay ningún fin último en la existencia humana, es decir, que ésta carece de sentido. Y es entonces cuando llegan los poetas, grandes cínicos conocedores de tan terrible realidad, para, a través de sus obras, salvarse ellos mismos y hacernos creer que los demás también podemos salvarnos aferrándonos a filosofías de la estética, del deporte y de los espectáculos para masas.
Unamuno fue un poeta, más que filósofo en el parecer de Zambrano (yo también lo creo), y por eso sabía muy bien que se autoengañaba a sí mismo cuando, sediento de eternidad, recurría a la irracionalidad del arte para calmar la sed de perdurabilidad que le reclamaba su atormentado yo; ansias de desear seguir siendo que la razón le negaba.
Apéndice 2
Creo que Unamuno, en su "Del sentimiento trágico de vivir" lo deja bien claro. Unamuno tenía hambre de eternidad, deseaba seguir viviendo y perdurando en el tiempo, y la fe le instaba a creer en ello. Sin embargo, la terca razón le dictaba (a través de inapelables argumentos que el propio Unamuno enumeró en "Del sentimiento trágico de vivir") que la creencia en la vida eterna (vida después de la muerte) era tan solo un autoengaño.
En realidad, Unamuno teme dejar de ser él mismo, pues, como bien señala en "Del sentimiento", ¿de qué le "valdría" seguir siendo, por ejemplo, en un paraíso perfecto donde perdiese la conciencia única y personal de su yo?
Somos seres enfermos en tanto somos conscientes de nuestra finitud y de que nuestro yo, singular y único, dejará de ser algún día; esto nos provoca angustia y puede llevarnos a la depresión (tema central de esta reflexión). Esta es la tragedia unamuniana.
Todos los farsantes lo son, tanto si son cínicos conscientes de su autoengaño como si son ilusos que creen ciegamente en el mismo. Esta es mi opinión.
No valen valoraciones referentes a la intencionalidad, pues la intencionalidad siempre es la misma: la salvación o cura del individuo ante al sinsentido de la existencia.
¿Era el párroco de "San Manuel Bueno, mártir", por ejemplo, un farsante?
Yo creo que sí, por más que su intencionalidad fuese "buena" y se obligara a ejercer su oficio, a pesar de haber perdido la fe, por tal de salvar a sus feligreses.
El problema radica, creo, en que otorgamos a la palabra farsante connotaciones negativas (¿valoración moral?). Si no gusta el término farsante, cambiémoslo por el de comediantes, que sería también más del gusto de Unamuno.
Todos los que nos obligamos a salvarnos de la depresión, en última instancia del suicidio, no tenemos más remedio que seguir con la farsa, o con la comedia que es la vida, por tal de crear sentidos que justifiquen nuestra existencia. Y si no somos capaces de crearlos, como hiciera Marx a través de su dialéctica, por ejemplo,, nos decimos a nosotros mismos (de nuevo autoengañándonos) que el sentido de la vida no es otro que el de seguir buscando su sentido. Con afán deportivo, añadiría Ortega.
Apéndice 3
Los comentarios parecen haberse centrado en exceso en Unamuno. Y Unamuno, desde luego, no era el tema central de mi reflexión (la depresión).
Quizás, más que recurrir a Unamuno, deberíamos callar sobre lo que no se puede hablar (Wittgenstein). En este sentido, quizás el autor del "Tractatus" pudiera considerarse como el antagónico a los demás farsantes, o comediantes, obcecados en crear y/o buscar "sentidos" vitales.
"La alternativa (a la constante incertidumbre) es aferrarse a alguna explicación que se pretenda definitiva - tanto de sentido como de sinsentido - y que puede aparentar darnos la satisfacción de concluir nuestra búsqueda."
Por eso, para salvarnos o curarnos, debemos aferrarnos a alguna creencia que "burle" (o aparente dar satisfacción) al sinsentido que es el drama de vivir. De lo contrario, de no aferrarnos a alguna creencia (autoengaño en definitiva), corremos el peligro de deprimirnos.
El autoengaño (aunque solo proporcione breves descansillos) es una necesidad vital y no hay que verlo como una mentira premeditada, sino como una autojustificación de nuestra existencia que nos insta a luchar, a través de un constante quehacer, para no claudicar (deprimirnos) frente a la vida.
Nadie puede vivir en un constante espacio radical de incertidumbre (la vida) sin darse a sí mismo algunas treguas en forma de autoengaños o "burlas" que le alejen de la depresión.
Apéndice 4
Yo no me "acomodo" en ninguna creencia o petición de principio inapelable, pues de lo contrario no estaría argumentando, razón mediante, sobre el sinsentido de la existencia.
Sostengo una opinión, pero no me "acomodo" en ella, es decir, intento dar una explicación, desde un punto de vista filosófico, de la depresión, entendida ésta como desidia y ausencia de ganas de vivir.
¿Qué intento demostrar?
Apunto una evidencia clara (no diremos verdad, para no pecar de dogmático): para afrontar el drama de vivir hay que encontrarle un sentido a nuestra existencia.
Todos necesitamos creer en algo. Pero es que dicha necesidad de creer en algo puede llevarnos, efectivamente, tanto a creer en Dios, en Buda o Alá, como a creer en la Iglesia de la Cienciología, la francmasonería, utópicos suprematismos ideológicos (comunismo, nacionalsocialismo, anarquismo...) o, sencillamente, puede llevarnos a no creer en nada (en el sinsentido de la existencia).
Ahora bien, ahora que ya estamos de acuerdo en que podemos creer tanto en un sentido (fundamento o finalidad última de nuestra existencia) como en un sinsentido de la vida (somos seres para la muerte)... ¿Qué opciones tenemos para no "petrificarnos", es decir, para obligarnos y motivarnos al constante quehacer vital?
¡El autoengaño es la única opción!, tal es mi tesis.
Da igual si somos o no conscientes de ello, da igual si lo hacemos siendo fervientes creyentes o si tan solo recurrimos a pragmáticos instrumentalismos (decía William James, al respecto, que no era necesario creer, sino tan solo desear creer).
¿Y en qué consiste el autoengaño?
Pues en crear tablas de salvación, ya sea a través de la religión, ideologías, arte o filosofía.
¿Y por qué creamos tablas de salvación?
Pues por tal de mantener viva la esperanza de que vivimos por algo y para algo que nos trasciende.
Nos obligamos (autoengañamos) a tener esperanzas para encontrar un sentido o un porqué.
Y he aquí la esencia de todo autoengaño: la necesidad vital de tener la esperanza de ser algo más que nada; la esperanza de que, efectivamente, en el se rhumano haya un plus de esencia.
No digo, por tanto, que el autoengaño sea "malo", sino necesario, ni acuso a la humanidad de ser una farsante; no acuso porque no emito juicio alguno en términos morales, sino que me limito a explicar por qué, en todo superviviente que se obliga a resistir al drama de vivir, subyace un autoengaño. Llamadlo "mecanismo de defensa" si lo preferís, porque al cabo lo que hacemos para no vivir en la desesperación es "obligarnos a" tener esperanza en algo; en ese "algo" que ya es más que nada.
Apéndice 5
Afirmo que la vida es un sinsentido porque el mundo, en sí mismo, carecería de cualquier significado o fundamento si el ser humano (Dasein) no se lo otorgase.
La cuestión sería preguntarnos por qué el ser humano está necesitado de otorgar un sentido a su existencia.
Mi respuesta al respecto es clara y, como Camus, creo que toda acción destinada a crear y/o buscar sentidos (tales como la acción de filosofar) lo que pretende es evitar el suicidio, es decir, pretende buscar una cura o salvación frente a la depresión y la autoinmolación vital, tanto individual como colectiva.
Efectivamente, también podríamos argumentar lo siguiente:
Podría argumentarse que lo estructural y natural de la vida es la sensación de plenitud, que el ser humano es una estructura narrativa que tiende a la plenitud, a la coherencia, y que a veces cae en autoengaños limitantes que, finalmente, logra superar para volver a su estado normal de coherencia. Podríamos decir, añadiendo unos cuantos autores que le den un aire de autoridad a la argumentación, que eso es el círculo hermenéutico de Heidegger y la hermenéutica de Gadamer, y también el carácter narrativo de la vida del que hablan los fenomenólogos. Podríamos decir que la vida es un sistema que tiende al equilibrio y que la depresión es una enfermedad de ajuste.
Sí, pero dichas argumentaciones ya serían fruto de autoengaños filosóficos. Quienes creen en un sentido de la vida es porque tienen fe y esperanza en que todo responda a un porqué, da igual si religioso, ideológico o determinado por la física cuántica.
Por supuesto que es cuestión de perspectivas el que cada cual pueda creer que la vida tiene o no tiene sentido. Pero es que da igual que lo tenga o no lo tenga, porque estamos pre-programados socialmente para creer en sentidos y fines últimos que puedan facilitar la domesticación y cría del ganado humano.
La vida en sociedad diseña falsas conciencias, alienas a la individualidad, que pretenden engañar a las masas, pero de la manera más efectiva: haciendo que cada individuo se autoengañe a sí mismo por tal de que no sea consciente de que ha sido engañado por el ente social.
Apéndice 6
Lo que diferencia al hombre del animal son sus diferentes respuestas ante el medio; los animales responden tan solo a estímulos y están condicionados biológicamente para actuar mediante respuestas automáticas, mientras que el hombre, haciendo uso de su inteligencia sentiente, aprehende la realidad justificando (evaluando y eligiendo entre diferentes respuestas alternativas). El hecho de someter a juicio previo todas las acciones (por qué, cómo y para qué) hace que, antes o después, los seres humanos se cuestionen, también, el porqué de su existencia (su ser en sí) y, más tarde, el porqué de la existencia (sentido del ser ahí, en el mundo). Al no encontrar respuestas, se desespera y se angustia (pierde la esperanza) y es entonces, para evitar la consiguiente depresión y/o autoinmolación, cuando comienza a crear autoengaños (religiones, filosofías, arte, ideologías). Esta es la historia de la humanidad y así es la tendencia natural de los seres humanos.
La tendencia al suicidio es genuina, la primera, porque a través de su inteligencia el hombre, al no encontrar respuestas sobre el sentido del ser, se angustia. Después, tras sentir el dolor y la angustia, es cuando "se pone las pilas" y se dedica a trascendentalizarse, a dotarse de esencia y sentido, a través de los susodichos autoengaños.
Apéndice 7
El "sentido" en sí mismo no es un autoengaño, sino una necesidad vital para positivar la muerte (lo efímero de nuestra existencia). Serían las creaciones (artísticas) y las búsquedas de vías (religiosas, filosóficas...), para hallar el sentido de la vida, las que constituirían los autoengaños propiamente dichos.
Apéndice 8
En mi planteamiento subyace un problema moral.
Desde el momento en que aceptamos el relativismo moral sabemos que no hay salvación ("Sin salvación, tras las huellas de Heidegger", de Sloterdijk), es decir, somos conscientes del sinsentido de la existencia (el hombre es un ser para la muerte).
Es entonces, cuando somos conscientes de que lo mismo da estudiar que drogarse, ver a Bergman o ver fútbol, ser "bueno" o "malo", cuando se hace necesario, por imperativo vital, recurrir al autoengaño.
Tenemos que crear valores positivos y para ello tenemos que justificarlos (acto moral). Pero dichos valores que, en efecto, son positivos y beneficiosos para seguir apostando por la vida (y alejarnos del hastío y/o la autoinmolación) no son valores a priori ni universales: no son verdades transcendentales, sino verdades instrumentales, elaboradas por la razón para dar sentido a nuestras vidas.
Pues bien, lo que sostengo es que dichas verdades instrumentales son autoengaños, en tanto las hemos creado a través de nuestra conciencia, pues hemos llegado a la conclusión de que tanto la verdad como la moral son relativas.
Los autoengaños, o justificaciones positivas para vivir (existir), se elaboran siempre a través de la razón, la cual se vale de diferentes vías (científicas, religiosas, filosóficas..).
Aquí quedó bien resumido:
Apéndice 9
Todo ser humano es moral en tanto que racional. Y ser moral significa que tenemos la necesidad (a priori) de justificar nuestros actos. Los griegos clásicos fueron unos grandes justificadores. De hecho, la moral entendida como virtud fue una de las más importantes creaciones de la historia del hombre, cuyo fin último era el de justificar las acciones humanas a través de valores de justicia y bondad. Quiero decir, con esto, que podríamos hablar de muchas morales: la moral del aristos vs la del esclavo, la moral judeocristiana vs la musulmana... Hay tantas morales (relativismo moral) como culturas, grupos humanos o psiques individuales. Yo sostengo, de hecho, que la libertad (gran autoengaño) consiste, tan solo, en poder elegir entre un abanico de engaños (vías de autocuración que den sentido a nuestras vidas).
El engaño que es reconocido conscientemente se convierte en autoengaño.
Curiosamente, no ha mucho, Peter Sloterdijk, haciendo suya la propuesta de William James, de instarnos a querer creer, se ha referido a la autohipnosis, que no sería más que un autoengaño, como yo sostenía, generado en nuestra psique por tal de salvarnos de la angustia.
El autoengaño (la creación o búsqueda mística, religiosa o filosófica), o autohipnosis de Sloterdijk, se elabora, precisamente, para superar la tristeza, la angustia o el sentimiento trágico de vivir.
No hay que ver connotaciones negativas y/o pesimistas en la necesidad de recurrir a autoengaños (ilusiones o creaciones de esperanza). De hecho, todos recurrimos a ellos, salvo quienes se rinden, dejan de crear y/o de buscar vías salvadoras y se abandonan a la autoinmolación vital.
Dicho de manera jocoso-cartesiana: "Me autoengaño, ergo existo".
Yo diría: nos autoengañamos para no reconocer como engaños las ilusiones y creencias que nos salvan de la angustia vital.
Apéndice 10
Podríamos decir que el ser humano, en tanto que inteligente (racional) necesita justificar sus actos, es decir, es inevitablemente moral.
Dejemos de lado el hecho de que el ser humano esté o no enfermo (definición en exceso poética de Unamuno) o de que el hombre sea un ser para la muerte (radical conclusión de Heidegger).
Lo que importa, para lo que pretendo explicar, es que la generalidad de los seres humanos (¿podría haber excepciones?) sienten en algún momento de su vida lo que Unamuno llamó el sentimiento trágico de vivir, y los psicólogos y psiquiatras consideran "desajustes" del estado de ánimo (labilidad emocional, apatía, anhedonia...) que suelen acompañar a estados de estrés y ansiedad y, en última instancia, pueden desembocar en una depresión.
Las depresiones más graves y persistentes en el tiempo pueden originar ideas autolesivas o de autoinmolación (suicidio).
Bien, la pregunta sería: ¿por qué hay personas que no perciben la vida como un sentimiento trágico o un drama que ha de ser vivido (Ortega)?
La psicología, la psiquiatría, la psicobiología y las neurociencias en general, responden rápidamente desde un punto de vista científico y proporcionan explicaciones para todos los desajustes o alteraciones del estado de ánimo (estrés, ansiedad, depresión, ideas suicidas...).
Estas explicaciones no nos interesan, porque estamos afrontando la depresión (y todo el conjunto de síntomas "antivitales" que suelen acompañarla) desde una perspectiva filosófica.
Queremos averiguar qué es lo que hace resistentes a algunas personas a la angustia existencial. ¿Cómo logran superar dicha angustia?
La angustia se supera a través de la creación; la creación entendida como constante quehacer; entendida como una constante lucha que nos proyecta en el tiempo y en el espacio y nos insta a superar circunstancias adversas.
La cura, en definitiva, consistiría en ser y hacer en la vida.
Estamos de acuerdo, pues, en que para no caer en la apatía de la depresión (inactividad), y poder seguir siendo y proyectándonos en la vida, necesitamos crear. Pero crear no es tan solo hacer, sino también idear y buscar.
Lo que digo es que los que son resistentes al drama de vivir lo son porque son creadores y/o buscadores.
Y lo que sostengo es que las creaciones, como las diferentes vías de búsqueda que utilizamos para hallar conocimientos, verdades o el sentido de la vida (vías místicas, religiosas, filosóficas, científicas, ideológicas...) son autoengaños necesarios para poder vivir sin miedo ni esperanza.
¡He aquí el gran propósito del autoengaño! Ayudarnos a vivir sin miedo (a la muerte) y sin esperanza (en otra vida o en la perdurabilidad eterna de nuestro ser).
Los autoengaños, por tanto, tienen una finalidad positiva: positivar la muerte (valga la redundancia) para sobrellevar el sinsentido de la existencia, ya sea creando o buscando sentidos o razones al ex-sitere (la vida). Pero el autoengaño, además de ser positivo y necesario, está construido desde una mentira, también positiva y necesaria.
Este doble carácter del autoengaño (como creación positiva y falsa a la vez) creo que puede no entenderse.
Ya he explicado por qué el autoengaño es positivo y necesario. ¿Pero por qué, además, el autoengaño es falso?
El autoengaño es falso (de ahí que lo denomine "autoengaño" y no creencia ilusoria, creencia moral o espiritual) porque todas las creaciones (artísticas, literarias, políticas...) y todas la vías de búsqueda (tanto racionales como irracionales) son falsas, es decir, solo existen como exigencias de la inteligencia humana; como ineludibles imperativos vitales, si se prefiere. Y no sirven para nada, en tanto ninguna nos salva de la muerte. Solo sirven para burlar la angustia ante la muerte y para hacernos creer que somos seres dotados de verdad o esencia transcendental.
Como he explicado, los autoengaños nos hacen creer que los seres humanos tenemos una esencia transcendental. ¿Cómo consiguen "endiosarnos" los autoengaños hasta el punto de hacernos creer que el hecho de ser humanos es una esencia en sí misma?
Pues a través de razonamientos instrumentales, es decir, autoobligándonos a creer en lo que, en el fondo de nuestro ser, sabemos que no sirve para nada y es mentira.
¿Y qué es un razonamiento instrumental? Es un razonamiento que crea verdades, valores y "sentidos vitales" para salvar el relativismo, tanto de la verdad como de la moral; para salvar el sinsentido de la existencia, haciéndonos creer que "el ser es algo, más que nada" (Heidegger).
Apéndice 11
Yo no digo que la depresión no sea una enfermedad, que sí lo es. Lo que señalo es que hay formas de depresión que no se explican, al menos por completo, desde la psicología y/o la psiquiatría.
Desde luego, cuando Unamuno se refería (siempre a través de poéticas metáforas) a los hombres como "seres enfermos", en tanto que infectos de angustia existencial, creo que pensaba en un rasgo (¿existencial?) inherente a todos los seres humanos (¿un universal?).
Exacto, esta es la cuestión. Y yo sostengo que sí, que la depresión, además de entenderse como trastorno psíquico, puede entenderse como un rasgo constitutivo del ser humano.
Precisamente, Unamuno, aunque de forma poética, se refirió a la "enfermedad" del ser humano como un rasgo constitutivo del propio ser humano.
Yo creo que antes de que cualquier gran filósofo, sistemático y metodológico, pueda "apresar" la verdad de una hipótesis de forma rigurosa, siempre hay poetas y soñadores que, a través de la intuición, abren los caminos del conocimiento.
A este respecto, ha tiempo desarrollé una reflexión donde señalaba cómo Unamuno abrió el camino a Zubiri para que éste pudiese dar un paso más, superando a Husserl, Ortega y Marías, al demostrar (rigurosidad filosófica mediante) que la virtualidad en el pensamiento (modo de ser real en la conciencia) ya era una realidad en sí misma, realidad virtual o realidad en la ficción, pero realidad al cabo.
Estamos determinados psicobiológicmante, sin duda. Los avances de las neurociencias y la biogenética han demostrado la existencia de determinados genes, cuya presencia, aumentan las probabilidades de desarrollar conductas concretas. Pero también hay un determinismo cultural que condiciona nuestra conducta, el que sostiene, razón instrumental mediante, la creencia en un sujeto transcendental. Yo creo que éste último determinismo, o creencia en una transcendentalidad del sujeto, es un necesario autoengaño para superar el relativismo moral, o para superar aporías circulares, como prefieras, pero no es en absoluto demostrable, ni siquiera filogenéticamente.
Suscribo:
Apéndice 12
Todos sabemos qué es la depresión; mucho más que una enfermedad, como bien se apunta aquí:
Vivimos tiempos convulsos. Nos ha tocado vivir, quizás, el ocaso de la civilización Occidental; vivimos, quienes somos conscientes de ello, el final del sueño humanista.
El humanismo ha fracasado, pues de tan buenista, bienintencionado y soñador que se obligó a ser, no pudo evitar dejarse morir y abandonarse a una irresponsable autoinmolación vital. Sin esperanzas no hay ilusión. Y esto, precisamente, es la depresión: ausencia de esperanzas e ilusiones para afrontar el quehacer vital.
Ya no se trata de una enfermedad (si es que alguna vez la depresión lo fue) sino del sentir generalizado de toda una generación. Toda una generación, en gran número al menos, sumida en la desesperanza e incapaz de encontrar razones por las que vivir y seguir luchando.
Y cuando alguien se siente incapaz de encontrar el "sentido" o el "porqué" de su existencia; cuando no consigue una razón por la que seguir manteniendo vivas las llamas de la esperanza y la ilusión, no tiene más remedio que autoengañarse; no tiene más remedio que obligarse a creer en algo, en una bella mentira creada artificiosamente por la razón humana; un bello y necesario autoengaño cuya única finalidad (instrumental) será la de seguir manteniéndonos vivos.