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jueves, 27 de mayo de 2021

DE COJONES Y CHUMINOS (reflexión seria aunque no lo parezca)


INTRODUCCIÓN

Esta reflexión es una continuación más jocoso-transgresora (también pedagógica) de "Los nuevos dioses". Ver aquí: El sepulcro de Don Quijote: LOS NUEVOS DIOSES (los filósofos de la sospecha) (sanchopancesco.blogspot.com)
Desde que los pensadores de la sospecha: Nietzsche, Marx y Freud dejaran abierta la puerta de la duda, respecto a lo que es real, no han parado de proliferar “posmodernos” dispuestos a hacernos creer que la realidad es lo que dictaminan sus cojones, y no los hechos, nudos y testarudos, que se dan ante sus ojos. Así, la realidad y la verdad han quedado “desdibujadas”, cuando no descaradamente negadas, por nuevos valores morales transmutados, deconstruidos e interpretados hermenéutica y psicoanalíticamente.
Este nuevo “modo de ser”, en-y-con la sospecha, ha degenerado en un círculo vicioso de “interpretación y reinterpretación ad nauseam” que cuestiona la facticidad que se da en la realidad y, por tanto, también los hechos que en ella se consuman.
Las conciencias nacidas en la época de las “posverdades” han aprendido, desde la cuna, que la verdad ya no emerge de la realidad, sino de sus santos cojones, aunque las femimarxistas, como no podía ser de otra manera, insisten en que la verdad surge en realidad, desnuda y empoderada, del chumino.
MENTES POSMODERNAS
En verdad, las conciencias individuales de hoy no son más esquizofrénicas que las de hace unas décadas, pero han padecido, desde la cuna, una sistemática y constante preparación (manipulación y adoctrinamiento) para endiosarse y poder alcanzar una meta suprema: el empoderamiento del yo (atención a este concepto).
El yo empoderado es una suerte de nuevo dios, tan seguro de su verdad que no duda, ni por un instante, en dictaminar él mismo qué es realidad o ficción, verdad o mentira, bueno o malo…
Así son “las mentes posmodernas”, conciencias que se disfrazan de “almas bellas” o de “equidistancia buenrollera” que, en realidad, son diosecillas empequeñecidas que viven, también, en diminutas moradas de verdades hechas a la medida de sus sentimientos y emociones; de sus deseos en definitiva.
La labor de un perseguidor de "roedoreh", ahora reconvertido en guardián de la realidad material, consistirá en descubrir a estos replicantes (falsos hombres de carne y hueso) que se obstinan en negar la verdad, aquella que se desoculta en la realidad abierta, para, así, imponer la verdad surgida de sus cojones y chuminos.
DIME QUÉ VES
A un hermeneuta solo se le puede desenmascarar con más hermenéutica. De nada servirá mostrarle la realidad a través de la razón, es decir, a través de razonamientos argumentados y fundamentados. El “alma bella” y el “equidistonto”, entrenados en la sospecha, no atenderán a razones, sino a los deseos de sus santos cojones… o chuminos.
La evaluación consistirá en mostrarles una serie de imágenes que harán las veces de tests proyectivos (tipo Rorschach).
Primera imagen: la bandera de España.
Una persona sana, sin prejuicios ni resentimientos ideológicos, verá una tela con forma rectangular, con dos franjas rojas y una gualda, y en el centro el escudo constitucional.
Pues hete aquí que el equidistonto, autohipnosis consciente mediante, verá en su mente, en vez del escudo constitucional, una orgullosa águila de San Juan. La realidad no será lo que vea el sujeto en el ex-sistere (mundo exterior), sino el “modo de ser” que se manifieste y actualice como presencia real en su conciencia. Y él, nuestro equidistonto, no sólo verá un águila de san Juan donde no la hay, sino que, además, deseará fervientemente que la bandera rojigualda que ve sea una tricolor republicana.
Esta disonancia cognitiva (ya dediqué una reflexión a este tema) o incongruencia entre lo que realmente es el objeto y lo que el individuo desea que sea, provocará en el pequeño diosecillo una tremenda frustración.
¿Cómo superará la frustración este yo empoderado y contrariado?
MECANISMOS DE AUTOENGAÑOS
Lo que hará el “equidistonto”, contrariado y frustrado, será racionalizar sus deseos (vía psicológica) y construir argumentos falaces (vía filosófica o sofista) por tal de negar la razón de ser de la actual bandera española.
Racionalización psicológica: El sujeto equidistonto se autoconvencerá de que las banderas, en tanto que meros símbolos, no tienen, en realidad, ninguna importancia trascendental. Proclamará, cual cínico mentiroso, que las banderas no significan nada para él; a él, pequeño diosecillo, no le representa ninguna bandera, ni ninguna bandera le pone la carne de gallina ni le pone de pie (letra del grupo Barricada). Pero ¡oh, sorpresa!, a estos mismos equidistontos se les ve el cínico plumero cuando, traicionados por sus verdaderos sentimientos, rinden honores a una ikurriña.
Argumentación falaz: la mayoría de los equidistontos (falsos equidistantes) tiran de argumentos sofistas, siendo el más recurrente de ellos la analogía falaz, consistente en establecer una igualación entre dos realidades muy diferentes. Cuando un equidistonto, por ejemplo, os diga que la bandera española tiene la misma importancia, simbólica e institucional, que una ikurriña o una estelada, deberéis echar mano a vuestra browning dialéctica. Están igualando torticeramente el símbolo de una nación auténtica, con trayectoria histórica real, con los trapos de regiones que aspiran a ser naciones, pero no lo son ni nunca lo fueron.
CONCLUSIÓN
El caso de la bandera es perfectamente extrapolable a VOX o al propio concepto de España. El yo empoderado del equidistonto se negará a ver en VOX lo que realmente es: un partido democrático y constitucionalista, porque él “sospecha”, en su mente resentida y frustrada, que es fascista. Así, no dudará en establecer otra analogía falaz, igualando a un partido “limpio” como VOX con un partido lleno de “suciedad moral” (nido de violentos y asesinos, torturadores y secuestradores) como Bildu. Dirán, como tantos pseudointelectuales en España, que ambos partidos son igual de “malos” e indeseables.
Durante décadas, a partir de la Transición para ser más exactos, también España ha sido negada como nación real, y todo porque un puñado de tontilocos, con la ayuda de los equidistontos del PSC (caso de Cataluña), se han obcecado en negar la realidad de los hechos, con tal de, así, imponer sus deseos y hacer reales sus naciones ficticias a través de políticas de facto, que están dispuestas, incluso, a vulnerar la legalidad. ¡Por sus cojones!

martes, 27 de octubre de 2020

LOS NUEVOS DIOSES (los filósofos de la sospecha)

INTRODUCCIÓN

Siguiendo las apreciaciones de Heidegger, y anteriormente las de Nietzsche, podríamos decir que la muerte de Dios no significó el abandono de las creencias en mundos suprasensibles e idealismos utópicos, sino tan solo la sustitución del Dios cristiano por otros nuevos "dioses".

La necesidad de creer es un rasgo inherente y constitutivo de la naturaleza humana. El ser humano necesita creer para no desesperar (Kierkegaard) y para salvarse del sentimiento trágico de vivir (Unamuno); necesita creer para escapar del anodadamiento (Heidegger) y, en última instancia, para huir del suicidio (Camus). Filosofamos, pensamos y reflexionamos, para poder creer y para no desesperar, esta es la verdad que se esconde bajo la tramposa virtud que nos insta a conocer por conocer (trampa desenmascarada por Nietzsche).

“Si Dios no existiera se tendría que inventar” (Miguel de Unamuno) y, añadiría yo, tendría que “inventarse” a imagen y semejanza de las nuevas conciencias y sus respectivas razones de ser.

Anteriormente, Heidegger ya había caído en la cuenta de que el marxismo era una suerte de pseudoreligión, un nuevo credo o conciencia prepotente, dispuesta a ocupar el lugar de la tradicional conciencia burguesa y su Dios cristiano y occidental. De hecho, pese a las advertencias de Heidegger (silenciado a través del siempre eficaz estigma del nacionalsocialismo), durante el SXX se impuso la fe ciega en un nuevo dios eslavo o conciencia de clase (marxismo), al que Ortega le atribuyó ser el portador de una pseudomoral eslava; una pseudomoral sustituta de la tradicional moral occidental.

LOS ASESINOS DEL DIOS CRISTIANO

¿Hubo premeditación y alevosía en aquellos pensadores que participaron en el “asesinato” del Dios judeocristiano? ¿Existió realmente un interés crítico para poder hallar la verdad, o tan solo les movió el particularismo egocéntrico que les impelía a reivindicar sus respectivas propuestas teóricas o nuevas deidades?

Resulta curioso que, detrás de la crítica al Dios cristiano, por parte de los principales filósofos de la sospecha (Nietzsche, Freud y Marx), siempre subyazca la vindicación de sus respectivos sucedáneos o dioses particulares.

Criptobudismo: Nietzsche fue el precursor de lo que Peter Sloterdijk denominó criptobudismo, una nueva moral que, por cierto, también estuvo muy presente en Heidegger y en la obra de otros pensadores alemanes como Hermann Hesse.

El criptobudismo, o reinterpretación budista del idealismo hegeliano, aspira a un nuevo poshumanismo o, como proclamara Nietzsche, a una nueva clase de hombre (el superhombre). La verdad que le fue revelada a Nietzsche, a través de aforismos cargados de simbolismo, fue casi la misma que halló Heidegger en el claro del bosque; la misma verdad sobre la que Hermann Hesse reflexionaba una y otra vez, obsesivamente, en obras como “El juego de abalorios”, “El viaje a Oriente” o “Siddhartha”.

Se trataría, resumidamente, de hallar la paz espiritual y vivir una vida auténtica; se trataría de huir del engaño (mundo de apariencias) a través de la comunión o el cuidado del ser (Heidegger). Se trataría de buscar la fusión con el Uno absoluto o ser supremo (Hermann Hesse) y de abrazar la verdad de Zaratustra (Nietzsche). Se trataría de utilizar la reflexión meditativa de Heidegger, la meditación budista (Siddhartha) y el ascenso a la cima de Nietzsche para encontrarnos a nosotros mismos a través de vías o caminos de búsqueda y superación.

Nada nuevo que no hubiese descubierto siglos antes San Agustín.

Psicoanálisis: Freud también descubrió un nuevo dios: el Yo. Un dios al que también había que salvar de la vida inauténtica y de las falsas conciencias, por supuesto recorriendo también una vía; el camino de la introspección psicoanalítica. Freud también hizo hincapié en la necesidad de llegar a lo “oculto”, al subconsciente, descubriendo y desarticulando los mecanismos de defensa que el ello y el superyó, en constante conflicto dialéctico, tejían para sumirnos en el sentimiento trágico de vivir y en la desesperación (léase angustia, ansiedad y depresión).

Marxismo: Karl Marx hiló más fino. Se dedicó tan solo a reinterpretar la moral judeocristiana a través de un nuevo catecismo pseudoreligioso que, astutamente, y por recomendación de Engels, rebautizó como manifiesto (El manifiesto comunista), eliminando, así, cualquier connotación que pudiera recordar al tradicional cristianismo occidental. La nueva conciencia marxista, incluso siendo una burda copia del cristianismo, y una perversión que transmutaba, de hecho, los valores cristianos, se presentó al mundo como un nuevo dios; una nueva conciencia con una nueva verdad revelada bajo el brazo.

Hasta aquí los nuevos dioses que los filósofos de la sospecha propusieron como alternativa a los seres humanos: criptobudismo, psicoanálisis  y marxismo. Ahora hablemos de quienes se enfrentaron a ellos, también razón en mano, convirtiéndose en los últimos faros y atalayas de resistencia de Occidente.

RACIOVITALISMO Y EXISTENCIALISMO ESPAÑOLES

Resulta triste y paradójico que la única nación de Occidente que se mantuvo firme en la defensa del Dios cristiano y, por ende, preservó la generalidad de los valores inherentes a la moral occidental, haya sido destruida.

Los dos filósofos más importantes de los SXIX y XX, Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset, no solo se caracterizaron por su defensa y amor a España y a su razón de ser, sino que, además, dieron forma a dos propuestas filosóficas originalmente españolas: el raciovitalismo y el existencialismo cristiano; filosofías, o modos de pensar, que se opusieron a las propuestas alternativas de los filósofos de la sospecha anteriormente citados.

Se me dirá que Unamuno no fue tan original como Ortega al esbozar (ni siquiera sistematizó mínimamente su propuesta) su filosofía existencialista, muy desarrollada también por pensadores como Heidegger o Sartre, entre otros. Y yo responderé que el existencialismo español (unamuniano) fue un híbrido que fusionó la filosofía existencial de Kierkegaard con el catolicismo español. Más tarde llegaría Gustavo Bueno, con su materialismo filosófico, para recoger el testigo de estos dos insignes filósofos españoles, para proporcionarnos otra creativa propuesta de salvación. Pero ahora toca rendir homenaje a quienes, en mi opinión, y con permiso de Suárez, Zubiri, Fernández de la Mora, Marías, Morente, Zambrano… han sido (son) los filósofos más egregios que ha dado España para goce y deleite de todos los españoles de bien: Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno.


lunes, 3 de febrero de 2020

JUSTICIA SOCIAL (el último esencialismo)

INTRODUCCIÓN

Antes de que Nietzsche nos anunciara "la muerte de Dios", entendida ésta como el olvido del mundo suprasensible o celestial, Hegel todavía hizo un último esfuerzo por tal de desvelar el fin último del "espíritu" (sentido del ser) aferrándose a la última metafísica (con permiso de Heidegger) que pudiera permitirle a la humanidad conocer cuál sería su destino último: la síntesis o final de la historia en un todo absoluto (sentido o razón de ser).
La dialéctica hegeliana, esa lucha entre las relaciones conflictivas que se dan entre el mundo y los individuos, fue retomada por Karl Marx para demostrar que, efectivamente, el devenir de la historia no era caprichoso, sino que obedecía a una "lógica" interna (científica) que no era tanto "espiritual" (esencialista) como material. Nació, así, el materialismo dialéctico y la dialéctica histórica. De esta manera, pretendidamente "científica", Marx asumió "la muerte de Dios" y, al tiempo, superó la dialéctica del espíritu de Hegel transformándola en una dialéctica materialista.

FENÓMENO Y CONCIENCIA

¿Qué es la persona? Básicamente un YO consciente de serlo (primera certeza cartesiana). El ser humano es constitutivamente un yo individual (conciencia) que comparte una conciencia social o colectiva (en y con los otros) a lo largo del tiempo (historia). Por tanto, el ser humano está definido por estas tres dimensiones (individual, social e histórica) que determinarán la manera en que su conciencia (Yo) habrá de relacionarse en el mundo con-y-en los otros.

¿Qué es el mundo? Un conjunto de fenómenos. Pero el mundo no es tan solo el conjunto de cosas (entes) que la conciencia del sujeto experiencia y/o aprehende como elementos (objetos) de la realidad, sino que es también el producto resultante, vivenciado en la conciencia, de un modo de ser o pre-ser. Ello se debe a que el fenómeno no se manifiesta puro en la conciencia del sujeto, como un ser-en-sí mismo, sino que inevitablemente se conforma en la mente del individuo a partir de lo que éste aprehende de la realidad más los pre-conceptos y pre-juicios sitos en su conciencia.

Así pues, las relaciones entre la conciencia y los fenómenos se llevan a cabo a través de una dialéctica o proceso constante de búsqueda de sentido (esencia). Y ello es así porque al ser imposible que el fenómeno pueda experienciarse en su forma pura en la conciencia, ésta no tiene más remedio que interpretarlo; es decir, la dialéctica es, en última instancia, un proceso hermenéutico cuyo fin último es interpretar el mundo para crear una cosmovisión, un sistema lógico que permita conocerlo y, lo más importante, permita saber ¿por qué y para qué somos?

¿POR QUÉ Y PARA QUE SOMOS? (la existencia)

Muerto Dios, y con él la creencia en mundos suprasensibles, la humanidad quedó huérfana de sentido. ¿Qué sentido tiene para los individuos ser-en-el tiempo por un intervalo finito para, al final, descubrir que tan solo son "seres para la muerte"; seres indigentes, sin posibilidad de salvación, que se diluirán en el olvido de la nada? ¿Qué sentido tiene, entonces, sacrificarse en la vida por y para nada? Ninguno. Por ello la existencia humana debe transcendentalizarse, si no a través de la religión tradicional, sí a través de nuevas religiones ideológicas. Toda ideología es en sí misma, y por más que pretenda negarse, un esencialismo; es decir, es una razón, en última instancia, por la que poder conseguir que los individuos se obliguen a vivir y sacrificarse. O, como dijera Camus, una razón para eludir el suicidio y evitar la desidia vital que conduce a la autoinmolación.

JUSTICIA SOCIAL

El espíritu (léase el sentido del ser), según Hegel, habría de desvelarse al final de la historia como un Absoluto o síntesis resultante de la lucha (dialéctica) entre conciencias. Pero el espíritu hegeliano se nos revelaría como un esencialismo nacionalista y alemán; como un particularismo que, por dictamen del devenir histórico, devendría absoluto universal. Pero lo esencial, concluyó Marx enmendando a Hegel, debería ser lograr articular una sociedad universal feliz donde imperase la "justicia social" para toda la humanidad, una humanidad sin patrias, sin dioses, sin reyes ni tribunos. Es decir, la esencia, entendida como sentido o razón humana, habría de consistir en alcanzar un fin último: una síntesis feliz que diera por concluida la historia.
¿Pero qué es la "justicia social"? ¿Cómo alcanzarla?

Veamos algunas definiciones de lo que es o debería ser la justicia social:

Justicia social utilitarista: según Stuart Mill se alcanzaría la justicia en aquella sociedad donde el mayor número de sus ciudadanos fuesen felices. Habría, así, mayor justicia social cuanto mayor felicidad colectiva.

Justicia social marxista (utópica): según el marxismo una sociedad justa sería aquella en la que el Estado diera a cada ciudadano según sus necesidades y le exigiera según sus capacidades. La felicidad sería el resultado de una existencia des-preocupada (desestresada) con las adversidades vitales, pues desaparecido el Capitalismo, y con él la razón de ser de las clases sociales en conflicto, se lograría un reparto justo de la riqueza.

Justicia social razonable: según John Rawls, la justicia social se alcanzaría a través de un contrato social entre los ciudadanos y el Estado, articulando políticas para distribuir la riqueza de manera "razonable" y logrando un consenso aceptando el pluralismo político y confesional de cada conciencia individual.

Podríamos aceptar, salvando algunas diferencias conceptuales, que la justicia utilitarista se correspondería con una cosmovisión liberal, es decir, con una interpretación liberal del mundo. La justicia social marxista se correspondería con una cosmovisión justificada científicamente (supuestamente) pero que no dejaría de fundamentarse en un idealismo esencialista o "deseo" de alcanzar un justo fin último (el final de la historia). Por último, la definición de justicia propuesta por Rawls se correspondería con una concepción "democrática", social y/o liberal, centrada, como el marxista, en el interés de lograr un reparto justo de la riqueza, pero no a través de un Estado omnipresente y totalitario, sino a través del acuerdo consensuado entre ciudadanos.

CONCLUSIÓN

Las ideologías del SXX, como antes sucediera con las religiones, defienden la necesidad de creer en sus respectivos credos esencialistas; es decir, instan a la ciudadanía a creer en una determinada cosmovisión (interpretación del mundo y el fin último del mismo) que dé sentido a sus vidas.
La justicia social se ha convertido, así, en un nuevo Dios; una idea hipostasiada y/o sustantivada que ha de alcanzarse a través del cumplimiento de unas normas sociales (leyes éticas de los hombres) sin que sea ya importante, para el conjunto de la sociedad, que se cumplan, o no, las leyes morales de las religiones tradicionales.

Pero alcanzar la justicia social, como comulgar con Dios o con cualquier ideal esencialista, exige sacrificio, trabajo y superación por parte de todas y cada una de las conciencias individuales que conforman la conciencia colectiva. La felicidad nunca es gratis. Y, como ha sucedido a lo largo de la historia, las propuestas ideológicas del SXX, ya tradicionales, también están siendo cuestionadas por nuevas conciencias disidentes que se pretenden revolucionarias y, por supuesto, más justas.

Entre las principales conciencias que se muestran contrarias o reacias a aceptar las ideologías más relevantes del SXX (liberalismo, marxismo-leninismo y socialdemocracia) se encuentran, por supuesto, las conciencias religiosas, pero también nuevas conciencias, como la animalista o la conciencia femimarxista. Esta última conciencia, surgida de la síntesis entre un primer feminismo liberal (igualitario) y un tardío feminismo radical marxista (supremacista) está mutando, rápida y de forma preocupante, en una suerte de pseudoreligión que, de nuevo, en vez de aceptar la pluralidad de conciencias, ha optado por el conflicto entre las mismas. El femimarxismo ha sustituido la lucha de clases por la lucha de géneros, declarándole, así, la guerra sin cuartel al género masculino, al que acusa de ser un opresor heteropatriarcal; una nueva manera de designar a la otrora conciencia enemiga burguesa y capitalista.

Sin embargo, tanto la clase de género como la clase social son conceptos inexistentes; son construcciones teóricas o ideas creadas expresamente para servir a los fines de determinadas cosmovisiones ideológicas.

Según el femimarxismo, la justicia social solo será posible en una sociedad matriarcal donde la conciencia feminista logre erigirse, dictadura de género mediante, en la única conciencia auténtica. La ciega fe en esta nueva pseudoreligión ya está provocando importantes conflictos y desigualdades sociales, como la que ha supuesto en España la implantación de la LVGI; una ley que vulnera derechos y libertades de los hombres tan solo por el hecho de que estos sean hombres.

Occidente ha vuelto a las luchas intestinas (ahora entre hombres y mujeres) en el "claro del bosque", pero, como no podía ser de otra manera, por mor de alcanzar utópicos ideales de justicia social.






domingo, 3 de septiembre de 2017

La psicología como antropotécnica de domesticación.

Introducción.

Un "leído ilustrado" es un humanista civilizado y endiosado en la soberbia de quienes creen pertenecer al círculo de los alfabetizados.
Decía Peter Sloterdijk que el humanismo, en sus orígenes, se constituyó como un reducido "club" de alfabetizados; un reducido círculo elitista formado por quienes sabían leer y, por tanto, se erigían en custodios del saber. Dicho círculo fue ampliándose a lo largo de la historia, a través de un constante esfuerzo por universalizar y transmitir al conjunto de la humanidad el saber que solo era accesible a unos pocos elegidos.
El primer ministro francés, Édouard Philippe, ha escrito un libro con un título muy "sugestivo" al respecto de lo que hablo: "Des hommes qui lisent". El título resulta en sí mismo muy significativo. El autor podría haber titulado su obra como "Les hommes qui lisent" (los hombres que leen) , pero ese "des", que podríamos traducir por "aquellos", o los pocos hombres que, entre muchos, leen, vuelve a hacer hincapié en ese carácter de grupo selecto propio del círculo de los alfabetizados, o ilustrados, como se prefiera. No todos los hombres leen.

¿Quiénes pertenecen al club de los alfabetizados?


La pregunta no es en absoluto baladí. El primer ministro francés, por lo visto, asegura que él mismo se convirtió en convencido liberal por haberse obligado a cuestionar, leyendo mucho, las "verdades" que, a través de la pedagogía social, había recibido. Nada que objetar. De hecho, yo mismo he seguido una trayectoria intelectual (permítaseme la soberbia) muy parecida. Me declaro convencido liberal, pero con matices que corrigen el exceso de "idealismo" (liberalismo puro) y que, ahora, no viene al caso comentar.
Pareciera que Édouard Philippe nos dijera que solo a través de la lectura podríamos llegar a "ilustrarnos", no solo para pertenecer al selecto club de los alfabetizados (civilizados humanistas), sino, más importante aún, para formar parte de los guardianes que custodian la Verdad (con mayúsculas).
¿Y qué verdad custodian nuestros humanistas ilustrados? Pareciera que Édouard Philippe se estuviese refiriendo a la "verdad liberal". Pero haciendo memoria, recordé a otro "ilustrado", español en este caso, y de cuyo nombre no quiero acordarme, que, para referirse a quienes pertenecían al selecto club de los "buenos y justos" humanistas, los denominaba leídos marxistas.

Está claro que para pertenecer al club de los alfabetizados hay que leer mucho, hay que ser una "persona leída"; en este crucial punto coinciden el primer ministro francés (liberal)  y nuestro "anónimo" intelectual marxista. Sin embargo, resulta obvio que la verdad que debe ser custodiada (liberalismo vs marxismo) no es la misma para ambos ilustrados, de lo cual cabe concluirse que "diferentes" clases de hombres, por mucho que lean, harán suyas diferentes verdades a las que guardar celosamente.
Pero la verdad, no lo olvidemos, no solo debe ser guardada, sino, más importante aún, debe ser transmitida e inculcada en las masas, debe ser aceptada por la mayoría de los hombres que no leen o que no se obligan a leer lo suficiente. Por esta razón, el ilustrado primer ministro francés aboga por articular un sistema educativo orientado a acrecentar el número de hombres que lean. ¿Pensará que, así, la verdad liberal hará libres, mejores, más buenos y justos a los ciudadanos? También Marx creyó firmemente que la verdad marxista, "su verdad", haría libres a los hombres, más buenos y justos.

Inculcar verdades.


Si la verdad pertenenece a los leídos, a los ilustrados y civilizados humanistas, y estos desean que "sus" respectivas verdades sean adoptadas por todo el conjunto de una sociedad, los guardianes de dichas verdades deberán valerse de antropotécnicas civilizadoras, es decir, deberán servirse de herramientas que les permitan transmitir sus verdades (cosmovisiones ideológicas) para aumentar (universalizar) el círculo de los alfabetizados (hombres que leen y saben).
La primera y más importante herramienta (antropotécnica) que utilizan los hombres para civilizarse a sí mismos y a otros hombres (domarlos y domesticarlos en una verdad) es la que adopta la forma de un sistema educativo encargado de alejar a las masas de la barbarie de los "brutos" (no leídos) y, así, acercarlos a las bondades de los buenos civilizados (ya leídos y, por tanto, ya domesticados).
Pero el sistema educativo tan solo es un conjunto de granjas-escuelas (Peter Sloterdijk) destinado a engordar y cebar ganado humano (domarlo y domesticarlo) en determinadas "verdades". Y de nada sirve un entramado educativo, por numerosos que sean los recursos materiales de los que disponga, si, primero, no hay un "alma o espíritu" que le dote de esencia y/o significado; si primero no hay una conciencia colectiva verdadera que sea deseada por las masas.

Efectivamente, los no leídos tienen que ser seducidos y convencidos de que necesitan leer, de que necesitan aprender y conocer para poder pertenecer al selecto círculo de los alfabetizados. Pero para poder convencerles de que es necesario leer, aprender y saber, hay que lograr, primero, que los futuros lectores estén dispuestos a esforzarse y sacrificarse.

¡He aquí el gran obstáculo con el que chocan todas las conciencias ilustradas que necesitan fervientes creyentes para sus verdades institucionalizadas!
Desde tiempos inmemoriales, las élites ilustradas han despreciado a las masas ignorantes, pero no tanto por la ignorancia intrínseca a las mismas, que también, como por la indocilidad y rebeldía que éstas mostraban ante las verdades que debían ser conquistadas con sacrificio y esfuerzo.
Las masas no desean esforzarse ni sacrificarse, sino satisfacer sus apetitos más particulares (individuales) con el mínimo trabajo posible, si ello fuere posible.

¿Cómo lograr el autosacrificio voluntario de un individuo?


Las antropotécnicas destinadas a lograr domar y domesticar (civilizar) al ser humano han ido perfeccionándose a lo largo de la historia. El primigenio poder coactivo, sustentado en el uso de la fuerza, solo requería herramientas rudimentarias, tales como látigos, grilletes, galeras y mazmorras, para poder controlar a las masas y, así, conseguir que los individuos aceptaran determinadas verdades. Muy pronto, sin embargo, las conciencias ilustradas entendieron que las antropotécnicas coactivas, que abusaban del uso de la fuerza, no eran tan eficaces como las antropotécnicas seductoras para conseguir que las voluntades individuales se doblegaran ante la suprema voluntad de una verdad institucionalizada.
El círculo de alfabetizados, los "leídos humanistas", entendieron que, efectivamente, el saber era poder, pero ¿sobre qué necesitaban saber y aprender para lograr el sacrificio voluntario de los individuos? Pues necesitaban conocer y comprender la psicología (psicodinámica de la conciencia) no solo de las masas, sino de la generalidad de los individuos. Las nuevas antropotécnicas entendieron que el trabajo de convencer y seducir a las masas, para que se sacrificaran, precisaba del concurso voluntario de cada individuo. Es decir, las conciencias ilustradas descubrieron que tenía que ser el propio individuo quien se exigiese (coaccionara) a sí mismo y, mejor aún, que se sacrificara por una idea y/o causa creyendo firmemente que su autosacrificio era voluntario y fruto de su libre elección.

La psicología como antropotécncia de domesticación.


Los primeros conocedores de la psicología humana descubrieron muy pronto que el miedo era un rasgo inherente a todos los seres vivos, una emoción primaria destinada a preservar y autoconservar la vida del individuo. Entendieron que los peores miedos del ser humano eran los que se generaban desde la desesperanza ante la muerte, el dolor y el sufrimiento.
Pronto, muy pronto, las conciencias ilustradas, ya fueren religiosas y/o ideológicas, comprendieron que para que los individuos superaran sus miedos primarios debían generar esperanzas, es decir, debían creer en susgestivas posibilidades de salvación.
Solo un creyente puede llegar a autosacrificarse voluntariamente (libremente) en aras de defender una verdad, confiado, paradójicamente, de que su sacrificio supondrá, al tiempo, su salvación.

¿Cómo elaborar una magnífica antropotécnica capaz de seducir y convencer a los individuos de que son realmente libres?
Pues conociendo, primero, la psicología humana o lo que, en términos más filosóficos, dio en llamarse conciencia individual y las primeras religiones denominaron alma.

El Yo.


¿Qué es el Yo? Podríamos definirlo como la conciencia que de sí mismo tiene cada individuo. Todo individuo "se sabe y se reconoce" como verdad incuestionable (cogito ergo sum). La verdad del Yo es la primera certeza que tienen los individuos en el ex-sistere (ser-ahí que es el mundo), porque son ellos mismos quienes, valga la redundancia, tienen conciencia de sí mismos; saben que son una realidad en-sí-misma, un ser-en sí.
Así, el Yo es un dios en sí mismo, la razón de ser o verdad primera que, sabiéndose única e irrepetible, reconoce en la vida (su propia perdurabilidad temporal) la única verdad radical. Pero la verdad radical que es la vida (perdurabilidad del ser) no puede entenderse sin la muerte (no-ser). Por esto mismo, la segunda certeza que tiene el Yo, tras reconocerse como un ser-en sí, es que también es un ser para la muerte (Heidegger). El Yo reconoce la tragedia, el sinsentido, de que "su verdad" (la verdad de ser en-sí mismo) se perderá en la nada y dejará de ser, lo cual le generará miedo e incertidumbre (inseguridad) y le provocará angustia existencial.

Las conciencias ilustradas, los leídos alfabetizados, comprendieron que había que domar, controlar y domesticar los miedos individuales, a la postre los causantes de las angustias de las conciencias individuales. Controlando los miedos individuales podrían controlar, también, los miedos colectivos.


Negar el miedo.


No hay que tener miedo, esta es la primera máxima que inculcan todas las conciencias colectivas a las diferentes conciencias individuales a través de la pedagogía social. Los ilustrados leídos saben que si erradican los miedos de las masas estas quedan paralizadas, pacificadas en definitiva y, por tanto, sumisas y controladas.
Un individuo con miedos irracionales e incontrolados es un peligro para otros individuos, pero una masa que actúa movida por el miedo es un peligro para todo el ente social.
Las conciencias ilustradas han descubierto muchas maneras de negar los miedos y de convencer a las conciencias individuales de que no hay que tener miedo. Veamos algunos ejemplos:

Miedo a la muerte: superar el miedo a la muerte (segunda certeza reconocida por la conciencia individual) ha sido históricamente la empresa a la que con más empeño se han dedicado las antropotécnicas civilizadoras. Para ello, las religiones sobre todo, se encargaron de hacerles creer a las masas (primer engaño terapéutico institucionalizado) que sus respectivas conciencias individuales, singulares e irrepetibles, alcanzarían otra vida tras la muerte.
La promesa de vida eterna, pero, conllevaba implícita una exigencia: el sacrificio voluntario de la conciencia individual (la pérdida de su libertad). Si un padre (Abraham) está dispuesto a sacrificar a su propio hijo, no dudará en sacrificar su propia vida por mor de defender una idea o causa convertida en creencia. Solo los creyentes son susceptibles de aceptar el propio autosacrificio.

Miedo a las incertidumbres: pero a medida que el ser humano se fue emancipando de las antropotécnicas religiosas, se hizo necesario que nuevas técnicas de domesticación ocuparan el lugar de las mismas. No tardaron en surgir las ideologías de la felicidad o de la liberación (segundos engaños terapéuticos institucionalizados), que entendieron que muerto Dios (Nietzsche) ya solo cabía apelar al sacrificio de las masas proponiéndoles a estas, a cambio, nuevas promesas de esperanza, ya no tanto de salvación (vida en otro más allá) como de paz y seguridad en la tierra.
Los psicólogos comprendieron que la mejor antropotécnica, tras la posmodernidad, sería la que proporcionara el mayor grado de felicidad al mayor numero posible de individuos (utilitarismo de William James) y los más refinados conocedores de la psicología humana (Marx, mucho más refinado que Freud) comprendieron que la felicidad debía gozarse en el discurrir de una vida terrenal o mundana, que no celestial ni psíquica (terapia psicoanalítica).
Sin embargo, las nuevas promesas de felicidad también llevaban implícitas exigencias de autosacrificio individual, tales como esfuerzo para aprender y mejorarse personalmente. El marxismo, de hecho, despreciaba tanto al lumpemproletariado (subproletarios sin conciencia de clase) como la élite buguesa despreciaba a las masas indóciles incapaces de esforzarse para ser mejores. Todas las conciencias ilustradas, leídos liberales y marxistas, son, al cabo, herederos de la moral Occidental que, desde la antigua Grecia y la vieja moral judeocristiana, creen que el "saber por el saber" (última trampa de la moral en el parecer de Nietzsche) es la máxima virtud a la que debe aspirar toda conciencia individual. Es decir, hay que aspirar a ser un "leído humanista", no importa tanto si liberal o marxista, siguiendo la máxima agustina (judeocristianismo) del "conócete, acéptate, supérate", que se podría traducir fácilmente por "esfuérzate y sacrifícate".

Miedo al fracaso: cuando las masas "olvidaron" el miedo a la muerte (no es lo mismo olvidar que superar) y se sintieron satisfechas en sus felices vidas cotidianas (al menos en las sociedades occidentales de los estados del bienestar) se convirtieron en animales de lujo (Peter Sloterdijk); cada conciencia individual autoafirmó al diosecillo engreido que llevaba dentro, y lo dejó libre, con tanta necedad como soberbia, para exigir que su último miedo fuese negado: el miedo al fracaso.
¡Los dioses no pueden fracasar!
Así, aparecieron nuevas antropotécnicas civilizadoras destinadas a saciar los apetitos de señorío y endiosamiento de cada conciencia individual (tercer engaño terapéutico institucionalizado).
En muchas sociedades occidentales actuales no se permite el fracaso. Los sistemas educativos se han olvidado de las exigencias del humanismo tradicional que pedían trabajo y sacrificio a cambio de bienestar, seguridad y felicidad.
Nunca, como hoy, fueron tan necias las masas, tan necias que se creen dioses con derecho a todo sin dar nada a cambio. Nadie piensa en la muerte, hasta que le llega un cáncer o un infarto al corazón; pocos, muy pocos, se esfuerzan en aprender en sistemas educativos que tienen por norma facilitar el aprobado general, por tal de desterrar el miedo al fracaso de las aulas y garantizar la felicidad de los niños.
Los jóvenes reclaman sus derechos al trabajo, la vivienda y al bienestar pidiendo ayudas, subvenciones y prestaciones sociales. No pueden esforzarse para lograrlos, porque nunca les enseñaron cómo sacrificarse. No tienen miedo a la muerte, ni a las incertidumbres ni al fracaso, y si tienen miedos, no han podido aprender a superarlos, porque tampoco les enseñaron cómo hacerlo.

Conclusión


Las diferentes antropotécnicas humanistas, herramientas terapéuticas institucionalizadas por las conciencias ilustradas, comprendieron la psicología de los individuos, conocieron sus miedos y sus angustias, y optaron, siempre y en todos los momentos históricos, por engañarles terapéuticamente por tal de "civilizarles", es decir, por tal de domarlos y domesticarlos y, así, pacificar y controlar a las masas. Descubrieron que el mejor engaño era el autoengaño al que se obligaba el propio individuo; el autoengaño que, sutil y hábilmente, era programado (mediante condicionamiento social) por los leídos pertenecientes al círculo de alfabetizados, los ilustrados humanistas.
¿Cuál puede ser el futuro de una sociedad que se niega a reconocer sus miedos?
Recientemente, tras el atentado islamista en Barcelona, miles de conciencias individuales se autoengañaron y decidieron proclamar al mundo que ellas "no tenían miedo". ¿No tenían miedo o no querían reconocer sus miedos?
Alguien, llegados a este punto, podría rebatirme recurriendo a las antropotécnicas de nuestro actual humanismo ilustrado, para señalarme que he escrito "atentado islamista" y no "yihadista". Se trataría de domar, así, mi conciencia individual para que mi "opinión" no trascendiera al resto de conciencias individuales, pues de lo que se trata es de afirmar la verdad de la conciencia colectiva (verdad institucionalizada), la cual defiende que no es lo mismo Islam que yihadismo. Y, sin embargo, en el Corán (libro sagrado del Islam) se reconoce explícitamente la obligación de todo buen musulmán de practicar la "lucha santa" (yihad).
Así, se niega una verdad y se niega el derecho legítimo a tener miedo al Islam, y se consigue una masa dócil y pacífica, civilizada y domesticada, engañada y que se insta a autoengañarse para seguir siendo feliz, no obligándose a pre-ocuparse, es decir, se consigue un cuerpo social que reniega del deber de ocuparse con antelación de su devenir futuro y del de las futuras generaciones.

martes, 10 de mayo de 2016

Locura y genialidad (parte IV)

Efectivamente, no existen órganos especiales, ni cualidades especiales (poderes extrasensoriales) para aprehender determinadas posibilidades del ser en la realidad abierta.
El alma y el espíritu son construcciones o, como yo prefiero denominarlas: son hallazgos de la razón. No es que la razón las "encuentre" en algún mundo suprasensible y/o ideal (Platón), pero sí podríamos decir que las encuentra en sí misma (en la razón), en tanto la persona humana (Yo) las construye en y desde sí misma, a partir de la dinámica a la que le impele la tensión teologal: la necesidad de dar un sentido al ser absoluto relativo que es su persona.

Yo creo en la intuición, entendida como el insight cognitivo al que ya me referí en su momento, como un "darse cuenta de" o "caer en la cuenta" de un determinado fenómeno a través de un modo de ser vivenciado y experienciado (realidad virtual).

La vía estética tan solo es una vía más de la razón para construirnos a nosotros mismos y, así, dotarnos de sentido; para significar nuestra existencia y positivar la muerte.

Ahora, bien, y en contra de lo que sostienen las tesis materialistas (sobre todo el marxismo), no todos los tipos de personas están capacitados para desarrollar o vivenciar lo que podríamos denominar "experiencias místicas", en un lenguaje más irracional y metafórico, o insight cognitivo, en lenguaje lógico-racional. No importa cómo denominemos a ese modo de experienciar que solo algunas personas, dotadas de gran humildad ontológica (Heidegger) pueden aprehender.

La tensión teologal a la que se refiriera Zubiri hace referencia a la necesidad de afrontar un problema vital: cómo hacernos a nosotros mismos, es decir, cómo podemos llegar a ser nosotros mismos. Zubiri lo denomina problema teologal. Para ello debemos instarnos a descubrir quiénes somos (de nuevo San Agustín, al cual no hay que ver como un místico, sino como un precursor del psicoanálisis, insisto en ello).
El artista y/o creador es, tan solo, aquel individuo que pre-siente en su Yo la imperiosa necesidad de transcendentalizar su carácter mundano y ser algo más que un ser absoluto relativo, es decir, un Yo incompleto.

Los defensores del materialismo podrían rebatir::
No hay, en ningún creador, algo puramente original ni creativo. Para ser Nietzsche, o Holderlin u Homero, es necesario estudiar y aplicarse continuamente, además de poseer una especial inclinación estética. Decía Hegel que el genio sólo se presenta especialmente fecundo tras largos y continuados estudios.

Discrepo y disiento con vehemencia. ¡Por supuesto que en todo gran artista subyace algo original y creativo! ¡Subyace su único y singular Yo! Subyace un tipo de hombre que no es común ni mediocre, pues se insta a sí mismo a conocerse, aceptarse y superarse.
El genio subyace, efectivamente, en un determinado tipo de hombre, pero no siempre dicho genio se presenta o manifiesta, que es a lo que se refería Hegel. El genio es un pre-ser en potencia que permanece latente en un determinado tipo de Yo. Solo si ese Yo personal tiene la oportunidad (posibilidad) y se insta a "descubrirse a sí mismo", a través de trabajo y estudio, su genio se hará visible.
Alguien que no tenga dentro de sí dicho genio ya podrá estudiar y esforzarse, formarse y conocer todas las técnicas de una vía estética determinada, pero como mucho no pasará de ser un artista mediocre o del montón.
Yo entiendo que a los dogmáticos defensores de perversos y falaces igualitarismos les cueste reconocer esta verdad.

Pero, lo siento mucho, no todos los tipos humanos son iguales, por más que a algunos les interese sostener tal falacia para, así, legitimar las aspiraciones de utópicas ideologías.
Podríamos decir, aceptando que posiblemente pequemos de reduccionistas, que hay dos tipos básicos de hombres: los que buscan una vida auténtica vs los que se dejan llevar por la vida inauténtica impuesta por el Das-man (sí, de nuevo Heidegger).

Volvemos a encontrar coincidencias entre San Agustín, Heidegger, Ortega y Zubiri, y, atención, también Marx.

Todos los grandes pensadores (incluiremos a Marx para no herir susceptibilidades) fueron conscientes de la gran diferencia existente entre dos tipos humanos básicos: los paganos (San Agustín), los hombres-sujeto (Hegel), hombres-masa (Ortega), hombres inmersos en el Das-man (Heidegger) u hombres-alienados (Marx) frente a los que ven la luz.

¿Quiénes son los que ven la luz? Pues dependerá del suprematismo ideológico que cada pastor del ser defienda; dependerá de la conciencia verdadera que cada creador pretenda universalizar.
Para San Agustín el hombre auténtico sería el creyente en Dios, para Hegel sería aquel que armonizara su espíritu (conciencia) con el mundo, para Ortega sería el aristoi, para Heidegger el Dasein preocupado por el sentido del ser, para Marx el proletario consciente...

Todos los grandes pensadores, incluido Marx, distinguieron entre dos tipos de hombres; los preocupados vs los despreocupados. No nos importa, para el tema que nos ocupa, saber qué les preocupaba sino qué hacían ante el problema vital de tener que conocerse a sí mismos; ¿aceptaban dicha preocupación (teísmo religioso y/o ideológico) o la negaban y pasaban de ella?

Mi tesis sostenía:
No es que el loco esté desapegado de la realidad, como sostienen falazmente la mayoría de los manuales de psicología, sino que está desapegado del sentido de realidad impuesto por una conciencia colectiva determinada.

Lo que pretendo, con la tesis que intento desarrollar, es ir más allá de lo que los grandes pensadores vieron con claridad meridiana: existen diferentes tipos de hombres.
Lo que pretendo, aceptando como evidente dicha diferencia antropológica entre tipos humanos, si se prefiere ver así, es intentar descubrir qué es lo que subyace en ese tipo determinado de hombre que se insta a conocerse, aceptarse y superarse; ¿qué subyace en todo individuo creador y buscador de esencias (sentidos)?

Podríamos decir, efectivamente, que lo que subyace es el genio. ¿Pero qué es el genio?

Desde mi punto de vista, el genio sería el conjunto de rasgos o notas biogenéticas que determinan el Yo de una persona. Y, dependiendo de cómo sea dicha predeterminación biogenética, y de las posibilidades que se le ofrezcan a dicho Yo en la realidad abierta, se podrá, o no, manifestar el genio o esa inquietud apriorística que determina el ser genio.

¿Y qué determina que en unos individuos exista, o esté latente o pre-presente, dicha inquietud apriorística que impele al genio a manifestarse? Pues un determinado perfil que, de momento, he considerado que estaría constituido por tres caracteres o tendencias innatas:

1) Tendencia a la autorreflexión e introspección.
2) Tendencia al antigregarismo grupal.
3) Tendencia egocéntrica (a satisfacer necesidades e inquietudes del propio Yo personal).

Por supuesto, estoy dando gruesos brochazos, pero todo buen conocedor del arte de pintar sabe que primero hay que esbozar, crear y distribuir espacios, plantear los diferentes tonos y contrastes con gruesas pinceladas en óleo muy diluido. Después, poco a poco, usaremos los pinceles finos para concretar y matizar los detalles, hasta que la idea tome forma y se haga comprensible y reconocible.

En una primera aproximación, sin embargo, sospecho (sí, intuyo) que dichos rasgos (tendencias) aparecen más presentes, al menos estadísticamente, en un determinado tipo de hombre que suele estar estigmatizado socialmente, un freak u outsider que, en no pocas ocasiones, muestra algún tipo de extraña rareza, consecuencia de su personalidad desajustada y desintegrada

Llegados a este punto, solo cabe someter a estudio y evaluación otra nueva tesis: ¿existe una significativa correlación entre el genio (inquietud creadora) y los individuos con cierto grado de locura?

Creo que sí, que resulta evidente (hay evidencias) de que el genio y la locura están estrechamente relacionados, pero es claro que habría que demostrarlo. ¿Cómo?

Algún crítico podrá alegar que no todos los genios comparten rasgos de locura (entendida como sinónimo de desajuste y desintegración).

¿Y cómo demuestran dichos críticos que no todos los genios presentan, o presentaron en el pasado, cierto grado de locura?

Me podrían citar a Platón y Aristóteles, Darío, Juan Ramón Jiménez y Lorca como ejemplo de genios que, supuestamente, no compartían rasgos de locura o desajuste y desintegración social.
Yo no estaría tan seguro de ello. No tenemos documentación que haga referencia a los perfiles psicológicos de Platón y Aristóteles, pero me atrevería a asegurar que en los poetas que se han enumerado subyacía, sin duda, esa tensión teologal a la que se refiriera Zubiri y que Unamuno bautizara como sentimiento trágico de vivir.
Sabemos que Empédocles se arrojó a un volcán creyéndose inmortal.
Por otro lado, hoy tenemos evidencias de que Kant, el racional y genial Kant, era posiblemente un hipocondríaco con rasgos maníaco-obsesivos. Más evidentes y conocidos fueron los desajustes de Nietzsche o Wittgenstein. Kierkegaard y Unamuno, como Camus y Sartre, fueron irredentos depresivos que se salvaron a través de su filosofía, como Emil Cioran.
¿Y los pintores? Tenemos a Van Gogh, el pintor loco por excelencia, pero también a Modigliani, Chagall, Pollock, Dalí... y seguramente a otros muchos cuyos desajustes eran menos visibles o fueron menos conocidos.

En fin, mi bello cuadro va tomando forma a medida que comienzo a usar los pinceles más finos y de pelo de marta.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

"Normas para el parque humano" de Peter Sloterdijk (parte III)

Introducción.

Vimos, en la parte II de esta reseña sobre "Normas para el parque humano", que el mismo Heidegger, tras señalar el fracaso del humanismo tradicional como programa de domesticación, respondía negativamente a la posibilidad de un nuevo humanismo pastoral:

...no hay ningún camino que pueda conducir del tradicional humanismo a este nuevo humanismo, que supondría un ejercicio intensivo de humildad ontológica.

En el parecer de Heidegger, las masas no están preparadas para tener cuidado del sentido del Ser, ya que no disponen de las actitudes propias del asceta meditabundo: paciencia expectante para recibir los dictados del Ser en el claro del bosque.

Propuesta de Sloterdijk

La grave cuestión que se le plantea a la humanidad es: si el humanismo tradicional ha fracasado como escuela de domesticación, y no hay alternativa al mismo, ¿qué amansará (domesticará) a los hombres de manera que no se embrutezcan?

Para hallar respuesta a esta urgente pregunta, Sloterdijk superará la filosofía pastoral ontológica de Heidegger considerando que el hombre, o ser-sostenido-dentro del Ser, más que una cuestión ontológica es una cuestión de historia social.

El hombre, en el parecer de Sloterdijk (y como ya señalara Ortega), tiene historia social, determinada a su vez por una historia natural y una historia cultural:

Historia natural: a través de la cual el hombre se convirtió en animal abierto al mundo (animal de realidades según Zubiri). Explicaría la aventura de la hominización que daría lugar a la revolución antropogenética. Heidegger la obvió en su intento por preservar ontológicamente puro el punto de partida del hombre como ser-ahí y ser-en-el mundo.
El proceso de humanización provocaría que el hombre, como animal, se precipitase fuera de su entorno para entrar en la casa del Ser: el lenguaje.

Historia cultural: la casa del lenguaje a través de la cual el hombre se dotó de antropotécnicas (técnicas domesticadoras) para amansar su animalidad.
Una vez que el hombre se tornó sedentario y se instaló en la casa del lenguaje, se obligó a un proceso de civilización (amansamiento o domesticación).

El claro del bosque heideggeriano, en realidad, sería un paso fronterizo entre la historia natural y la historia cultural del hombre.

Según Sloterdijk, la compleja realidad bio-política entre casa/hombre/animal generaría problemas de relación en la vida hogareña que obligaría al hombre a construir teorías por tal de solventarlos.
La construcción de una teoría requería una mirada serena para mirar por la ventana de la casa, es decir, obligaba a contemplar los claros del bosque dentro de los muros del hogar. En este sentido, el paseo (movimiento + reflexión) también sería producto de la vida hogareña, pues el paseante que medita por caminos del campo y del bosque (Heidegger) también regresa finalmente a casa.
Por tanto, señala Sloterdijk, la casa (historia social) del hombre es tan importante como el paseo (meditación ontológica) en el claro del bosque.

Conclusión: el claro del bosque no es solo un lugar para la meditación expectante (Heidegger) sino que también es un campo de batalla donde se decide y se selecciona. No es suficiente la filosofía pastoral pasiva de la meditación sino que hay que decidir y elegir a través de la acción (Ortega).
Levantar casas (sociedades) implica tomar decisiones: ¿qué hacer con los hombres que las habitan? ¿Qué tipo de hombres deben habitarlas?

Para responder a estas preguntas, sobre todo en lo que se refiere al tipo de hombre que debería habitar las casas (sociedad),  Sloterdijk propone hablar sin miedo sobre nuevas técnicas de domesticación (antropoctécnicas) y técnicas de selección (eugenesia y selección prenatal). Propone hablar y tenerlas en consideración, pero en absoluto aboga por implantarlas inevitablemente.
Y para apoyar su propuesta, sobre pensar en un nuevo post-humanismo que se sirviese de nuevas técnicas  de domesticación y selección del ganado humano, analiza y rescata el pensamiento de dos grandes filósofos: Nietzsche y Platón.

Nietzsche

Según Sloterdijk, Nietzsche vio la gravedad del tema que nos ocupa: ¿qué tipo de hombres deberían habitar las sociedades futuras?
En "Así habló Zaratustra" ya se hizo referencia a un tipo de hombre empequeñecido por la virtud humanista.
Zaratustra, paseando junto a una fila de casas, se dio cuenta de que las viviendas tenían los portales muy bajos, pues los hombres se habían vuelto más pequeños debido a la doctrina de la felicidad y la virtud (humanismo).
Zaratrustra se dio cuenta de que los hombres (humanismo) eran criadores exitosos; y se dio cuenta de que había una necesaria relación entre leer, estar sentado y apaciguado.
¿Qué hay detrás de dicha relación sospechada por Zaratustra?
Nietzsche vio con claridad que esa tríada, leer/sentado/apaciguado, evidenciaba que, a través de la hábil asociación de ética y genética, los hombres se habían autosometido al amansamiento poniendo en marcha un proceso de selección y cría orientado a la docilidad del animal doméstico (ganado humano). Nietzsche se dio cuenta de que no había nada de ingenuo ni cándido en que los hombres fuesen criados para la candidez.
Pero Nietzsche fue más allá y vislumbró la existencia de un conflicto de base entre criadores del hombre hacia lo pequeño y los criadores hacia lo grande; un conflicto entre humanistas (empequeñecedores) y super-humanistas.
Los malos lectores (fascismos) vieron en la idea del superhombre una propuesta de evasión hacia la animalidad, pero lo que Nietzsche pretendía era diferenciar lo demasiado humano de lo humano. Lo que Nietzsche señaló de forma clara fue:

Los hombres son animales de los cuales unos crían a sus semejantes, mientras los otros son criados.

Conclusión: Nietzsche vio que la misma cultura literaria (humanista) era en sí misma fuertemente selectiva: letrados vs iletrados. Y nos alertó de que era necesario superar la candidez del humanismo; esa candidez que hizo que el humanismo (ebrio de virtudes) no viese que, a lo largo de la historia, lecciones y selecciones han ido estrechamente unidos.
La propia candidez (virtuosa) que subyace en el humanismo, le genera un malestar en el poder de elegir, es decir, los hombres se niegan explícitamente a ejercer el poder de selección, dando lugar a una ética de las acciones de omisión.

Ética de las acciones de omisión: postularía que es preferible no hacer, permanecer sentado y apaciguado, antes que actuar y ser rechazado y/o estigmatizado por la masa civilizada (mansa y domesticada). De esta manera, vemos que el humanismo no consiste tan solo en la amistad del hombre con el hombre, sino que el hombre representa para el hombre la máxima violencia; una violencia que se legitimaría contra aquellos que abogasen por una ética de acción de hechos.
Así, Nietzsche puso de manifiesto la violencia enmascarada que subyacía en la propia razón de ser del humanismo.

Platón

Si Nietzsche desenmascaró la falsa candidez del humanismo, Platón, siglos antes, ya postuló la necesidad de seleccionar a los buenos pastores (criadores y domesticadores).
En "El político", Platón presenta, en el parecer de Sloterdijk, la carta magna de una politología pastoral europea: la necesidad de buenos criadores para seleccionar al mejor tipo de hombre.
Platón habló de la comunidad humana como si de un parque zoológico se tratara (parque humano) y se preguntó sobre cómo debería ser el buen pastor encargado de la cría y selección del ganado humano.
Platón abordó un tema tabú para el humanismo tradicional: la desigualdad entre los hombres.
Decía Platón que la desigualdad entre hombres podría considerarse gradual o específica.
Una desigualdad gradual entre cuidadores y protegidos presupondría que el rebaño tendría capacidad de elegir a los mejores pastores, mientras que una desigualdad específica consideraría que el rebaño tendría que elegir con conocimiento de causa al mejor pastor.
El arte del pastoreo podía ser violento-tiránico o voluntario; el primero estaría basado en la fortaleza guerrera y el segundo en la prudencia filosófica, y lo óptimo sería equilibrar ambas fuerzas en el programa de crianza y selección del ganado humano. Ambos extremos serían indeseables, pues un exceso de fortaleza guerrera conduciría a una sociedad militarizada, pero un exceso de prudencia filosófica conduciría a una relajación en la vida urbana que conduciría a la esclavitud o autoinmolación vital.
Platón se hace eco, de nuevo, de esa ética de la acción por omisión (exceso de virtud humanista) que podría llevar a una sociedad a un estado de esclavitud (ser subyugada por otras civilizaciones o sociedades).

Conclusión: las sociedades actuales ya no solo están desasistidas por los dioses, sino que también los más sabios se han retirado (a leer, sentados y apaciguados) olvidándose del cuidado del hombre.
Y de los sabios del pasado ya solo quedan sus libros, pero ¿quiénes los leen?
Ante semejante panorama ¿no cabría preguntarnos, sin miedo, cómo se deberían realizar las nuevas tareas post-humanistas para garantizar la cría y selección de un ganado humano que no se abandonara a la barbarie (embrutecimiento) pero  tampoco a la autoinmolación vital (candidez humanista).


viernes, 15 de agosto de 2014

La depresión desde una perspectiva filosófica.

Introducción.
La psicología en general considera la depresión como una enfermedad de la mente; la claudicación o desesperanza que mina el estado de ánimo de las personas inhibiéndoles a éstas las ganas de hacer, luchar y proyectar, impidiéndoles, en definitiva, el constante quehacer vital. Pero Unamuno, más sagaz, consideró que la enfermedad, en sí misma, radicaba en la propia esencia humana, es decir, sostenía que el hombre era un animal enfermo (ver "Del sentimiento trágico de la vida").

¿Cómo no ha de estar enfermo, ebrio de angustia y desesperanza, un ser conocedor y sabedor de que su destino último será inevitablemente la muerte? ¿Cómo puede obligarse a luchar y, aún más, tener ganas de vivir, un ser que sabe que algún día dejará de existir y perderá la consciencia de sí mismo y de su particular yo?
El ser humano es un ser enfermo en tanto padece y sufre lo que Unamuno denominó sentimiento trágico de vivir. Pero incluso aceptando que, realmente, todos los seres humanos seamos animales enfermos, infectados de nihilismo, náusea ante la vida o anonadamiento... ¿Cuáles serían los mecanismos o defensas psicológicas que permitirían a unos individuos superar y salvar el drama que es el vivir (Ortega)?

De entrada, y es opinión personal, creo que habría que entender la superación y la salvación de la angustia como metas u objetivos a alcanzar para, en última instancia, evitar el suicidio; es decir, no existe cura para la enfermedad del alma, pues lo único que podemos hacer es burlar dicha enfermedad a través de argucias y artimañas que nos permitan engañar a la existencia. Burlar y engañar, no hay más, por más que a tan taimados remedios se les haya pretendido dignificar con ropajes científicos (neurociencias) o pseudocientíficos (psicología).
¿Qué son los mecanismos de defensa psicológicos sino engaños programados por nuestra mente, a veces incluso inconscientemente, para evitar el sufrimiento? ¿Qué es una terapia, sino una burla orquestada y perfectamente dirigida por un profesional para conseguir que el paciente pueda llegar a autoengañarse a sí mismo?

Podríamos sostener que, potencialmente, todos los seres humanos, en tanto que infectados a priori del sentimiento trágico que supone el hecho de vivir, tenemos una predisposición a la depresión e incluso, en último término, podríamos llegar a desear nuestra propia autoinmolación o suicido vital.
Desde luego, la depresión, entendida como falta de ánimo o ausencia de ganas de vivir (hacer, interactuar, proyectar y planificar...) puede aparecer en la mayoría de las personas en algún momento de sus vidas, por cortos o breves períodos de tiempo, con mayor o menor intensidad. ¿Quién no se ha sentido deprimido en alguna ocasión?

Espiritualidad, engaño y poesía.

No voy a reflexionar sobre la depresión (el título de este pretencioso pseudoensayo ya da fe de ello) desde una perspectiva psicológica, menos aún desde el campo de las neurociencias o la neuropsiquiatría.
Sí, está comprobada científicamente la implicación de ciertos neurotransmisores (sustancias químicas) en el desarrollo de la depresión (serotonina, noradrenalina y dopamina). Pero las causas de las depresiones, además de biológicas, también pueden ser psicológicas o ambientales.
Ante un episodio depresivo, el paciente podrá ser más o menos consciente del porqué de su estado de ánimo apático y de su angustia, dependiendo de la gravedad o evidencia de las causas que lo provoquen. Resulta fácil establecer una relación causa-efecto cuando, por ejemplo, la persona deprimida ha sufrido la pérdida de un ser querido o sufre algún tipo de grave enfermedad.
Sin embargo, existe un tipo de depresión difícil de explicar: aquélla en la que el sujeto dice no saber por qué se siente decaído y triste; aquella en la que el sujeto desconoce por qué ha perdido las ganas de vivir.
La ciencia acude rauda ante este tipo de depresiones sin aparentes causas ambientales o psicológicas (dependientes de rasgos de personalidad) y nos propone una explicación desde la neuropsiquiatría o la herencia genética; y, por supuesto, tras la objetiva explicación científica, proporciona medicación para la cura, ahora sí entendida como solución, que no como superación o salvación.
La cura hace desaparecer la depresión, pero solo en algunos episodios depresivos que no son crónicos. Cuando la depresión es crónica, la medicación solo puede mantener artificialmente un adecuado estado de ánimo que le permita al individuo hacer una vida normal.

Y aquí quería llegar.
Muchos grandes pensadores, sospecho que Unamuno y Sartre entre ellos, por supuesto también Camus, fueron personalidades depresivas. ¿Quiénes, sino unos depresivos irredentos, sentirían sentimientos trágicos o náuseas ante el hecho absurdo de vivir? De hecho, el más sincero de todos ellos, Albert Camus, lo dijo con meridiana y sincera claridad: "Solo existe un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio". Y Camus aún fue más certero y preciso: "Se puede evitar el suicidio, pero no se puede evitar pensar en él".
¡Exacto! Podemos evitar el trágico y fatal final al que puede llevarnos la desesperación y la angustia existencial, pero no podemos evitar seguir pensado en el suicido como solución.

¿Por qué Camus creyó evitar el suicidio a través de la filosofía?
Pues porque desarrolló toda una auto-terapia, o autoengaño si se prefiere, para salvarse a sí mismo, que no curarse. La filosofía salva pero no cura; nos salva de desear autoinmolarnos en un determinado momento de debilidad, pero no nos cura de la enfermedad del alma que nos sumerge en la angustia existencial.
Me gusta referirme a la enfermedad del alma, utilizando conscientemente connotaciones espirituales, porque lo que está enfermo en el hombre, desde el principio de los tiempos, es su alma, su espíritu, su razón para vivir. La filosofía, por tanto, es una artimaña tan válida o tan poco válida como la religión: un engaño al cabo para permitirnos soportar el absurdo que es la existencia.
Ahora bien, dependiendo del grado de cinismo o hipocresía de las personas, éstas recurrirán a uno u otro tipo de engaño o argucia para salvarse a sí mismas del suicidio o autoinmolación vital.
Obsérvese que en varias ocasiones me he referido a la autoinmolación vital, una suerte de suicidio irresponsable al que también podemos llegar, como personas o grupos colectivos, tras la pérdida de referentes y valores morales, espirituales en definitiva. De hecho, Occidente camina imparable hacia una futura autoinmolación vital. Occidente no tiene cura, pero tampoco está por la labor de buscar una superación o salvación al nihilismo que le está matando lentamente, poco a poco. Pero ahora no toca tratar este polémico tema.

Clases de personas y sus respectivos tipos de engaños o autoengaños.

Decía, coincidiendo con Camus, que es inevitable pensar en el suicidio, al menos cuando se llega a la certeza (y yo temo haber llegado a ella) de que realmente la existencia es un completo absurdo sin sentido. Que se lo pregunten a Heidegger, incapaz al final de hallar el sentido del ser, por más que se obligara a preguntarse sobre él. O mejor aún, preguntémoselo a Wittgenstein, el gran filósofo resignado que claudicó ante la vida y optó por callar y dejarse morir.
Tengo la sospecha de que cuando una persona es terriblemente sincera consigo misma, hasta el punto de que se obliga a no mentirse o autoengañarse, como sea y con la artimaña que sea (religión, filosofía, arte, poesía...), solo le queda dejarse morir. Así, en verdad podríamos considerar a Wittgenstein como el último y único superhombre del pensamiento humano capaz de ser consecuente con la lógica pura que dictamina, sin sentimentalismos ni trampas existenciales, que la vida es una mierda; una gran farsa o absurdo, o un sueño, como dijera el poeta.
Todos los demás somos supervivientes, es decir, grandes fariseos, cínicos o hipócritas, que sabedores de que no existe cura para la enfermedad del alma, nos inventamos trampas y engaños para burlar la enfermedad, para superar la depresión y vivir, sin más, hasta que nos llega el morir.

Pero sospecho que Wittgenstein tan solo ha sido uno de los primeros mártires y que, poco a poco, a medida que el nihilismo y el anonadamiento, la angustia frente a la nada, se vaya instalando en nuestras maltrechas y débiles almas acabaremos por desenmascararnos a nosotros mismos y todas nuestra mentiras. ¿Queda algo de energía vital o espiritual, hoy, en las decadentes sociedades occidentales? No, porque, como Wittgenstein, cada vez hay más claudicantes, racionalistas ebrios de honestidad que se obcecan en matar la vida a fuer de negarse a hacer trampas; a fuer de negarse a autoengañarse y de negarse a utilizar las artimañas tradicionales de la religión, la mística, la fantasía. ¿Qué fue lo que acabó con el Reino de Fantasía sino la Nada (magnífico Michael Ende)?

De momento, negado el espíritu, solo nos queda la filosofía, moribunda, todo hay que decirlo, y por eso no es de extrañar que el vacío dejado por la religión y el pensamiento más "sesudo" haya sido ocupado al asalto por los poetas. ¡Y mucho cuidado con los poetas, con esos grandes fingidores y maestros de la mentira y el engaño! ¡Y cuidado especial con el poeta político!
Pero lleguemos a las tres clases básicas de personas:

1) Las religiosas y/o espirituales (incluyo místicas varias y tendencias cripto-budistas, tan de moda).

2) Las filosóficas y racionales (incluyo filósofos, metafísicos e ideólogos varios).

3) Las poéticas y artistas en general: actores, pintores, literatos y, sobre todo, políticos.

Dicha clasificación solo atiende a un criterio: el tipo de engaño o autoengaño utilizado por cada clase de persona para burlar la depresión, el drama de vivir o el sentimiento trágico de vivir.
Ninguna de estas clases de personas es honesta, pues todas han optado por dar sentido a sus vidas a través de diferentes engaños y argucias, es decir, todas han preferido mentir antes que morir.

Los religiosos y místicos: son los mentirosos que, hoy, resulta más fácil desenmascarar. De hecho, la creencia en dioses o entes espirituales ya solo puede sostenerse desde la fe irracional de algunas personas que, a través de dicho autoengaño, consiguen dar sentido a sus vidas y burlar la angustia frente a la muerte. Nada que objetar: sálvese, que no cúrese, el que pueda.

Los filósofos y racionalistas: todos en el mismo saco, desde los presocráticos, hasta los clásicos, pasando por Descartes, Hegel, Kant y hasta llegar a Nietzsche, el único con cierto atisbo de honestidad, que, sin embargo, también prefirió vivir, aunque solo fuese engañándose al creer que con su genial locura dejaba en evidencia al resto de hipócritas. Al final, pero, un embaucador más que supo cómo evitar el suicidio.

Los poetas y artistas en general: son los grandes embaucadores y fingidores, farsantes e hipócritas por excelencia. No en vano eran los preferidos de Nietzsche. Quizás otrora, el loco alemán acertó en ver en ellos una alternativa a las tradicionales religiones y filosofías del momento. Pero ahora sabemos, al menos algunos de nosotros, que la poesía no es más que el engaño más inmoral perpetrado por quienes pretenden salvarse a sí mismos, evitando el suicidio a costa de legitimar su arte como herencia para la humanidad y el bien común. A este tipo de poetas, tan dados a salvar sus culos a través de los ropajes de la bonhomía y fingidos altruismos, pertenece la peligrosa especie de los políticos.
¿Qué tienen en común cualquier ferviente creyente, de cualquier dogma religioso, y cualquier político con éxito? Pues que ambos saben cómo vender un necesario mensaje de esperanza para dar sentido a la existencia de las masas. Ambos seducen, los dos prometen; los dos se aprovechan de la desesperanza de los pueblos. Dios será el supremum que impartirá justicia para unos, y el Estado omnipresente será el medio a través del cual los otros alcanzarán su utópico paraíso en la Tierra.

¿Qué es la libertad, al cabo, comparada con el gozo de vivir sabiendo que en la otra vida nos irá mejor, o sabiendo que ningún esfuerzo será necesario cuando Papá Estado nos "mantenga bien cebados y castrados" proporcionándonos subvenciones, ayudas, prestaciones, subsidios...?

Todos los farsantes y sus engaños están ya desenmascarados. ¿Qué nos queda por hacer? ¿Qué podemos hacer para sobrevivir a la desesperanza? ¿Volvemos a erigir en dioses todopoderosos a los gurús de turno capaces de seducir y prometer utópicas felicidades a las masas?
Nunca, como hoy, los últimos hombres de carne y hueso estuvieron tan solos y desamparados.

Apéndice 1

Opinión personal: todos somos unos farsantes en tanto nos servimos de autoengaños para superar el sentimiento trágico de vivir.
La verdad desnuda, cruda y sin paños calientes, es que la vida, per se, no tiene sentido. Somos los seres humanos, a través de nuestra consciencia, heredada por el logos histórico si lo preferimos, quienes en cada época hemos creado sentidos para sobrellevar la carga de la existencia.
Es cierto que a lo largo del devenir de la historia los autoengaños se han ido perfeccionando, desde los más burdos que rendían culto a las fuerzas de la naturaleza, pasando por los autoengaños místicos-religiosos hasta llegar a los más recientes autoengaños de los diferentes suprematismos ideológicos.
Cada época, sintiendo el dolor trágico de la finitud del ser (el drama de vivir, que diría Ortega) ha creado, bien fuera a través de la fe o de la razón, sentidos para evitar el suicidio, individual y/o colectivo; para evitar la desidia existencial y conseguir que el ganado humano pudiera ser domesticado y criado conforme a unas creencias que habría de llevarle a salvadores fines últimos.

Hoy, cualquiera que se obligue a sincerarse frente a la verdad, sabe que no hay ningún fin último en la existencia humana, es decir, que ésta carece de sentido. Y es entonces cuando llegan los poetas, grandes cínicos conocedores de tan terrible realidad, para, a través de sus obras, salvarse ellos mismos y hacernos creer que los demás también podemos salvarnos aferrándonos a filosofías de la estética, del deporte y de los espectáculos para masas.
Unamuno fue un poeta, más que filósofo en el parecer de Zambrano (yo también lo creo), y por eso sabía muy bien que se autoengañaba a sí mismo cuando, sediento de eternidad, recurría a la irracionalidad del arte para calmar la sed de perdurabilidad que le reclamaba su atormentado yo; ansias de desear seguir siendo que la razón le negaba.

Apéndice 2

Creo que Unamuno, en su "Del sentimiento trágico de vivir" lo deja bien claro. Unamuno tenía hambre de eternidad, deseaba seguir viviendo y perdurando en el tiempo, y la fe le instaba a creer en ello. Sin embargo, la terca razón le dictaba (a través de inapelables argumentos que el propio Unamuno enumeró en "Del sentimiento trágico de vivir") que la creencia en la vida eterna (vida después de la muerte) era tan solo un autoengaño.
En realidad, Unamuno teme dejar de ser él mismo, pues, como bien señala en "Del sentimiento", ¿de qué le "valdría" seguir siendo, por ejemplo, en un paraíso perfecto donde perdiese la conciencia única y personal de su yo?
Somos seres enfermos en tanto somos conscientes de nuestra finitud y de que nuestro yo, singular y único, dejará de ser algún día; esto nos provoca angustia y puede llevarnos a la depresión (tema central de esta reflexión). Esta es la tragedia unamuniana.

Todos los farsantes lo son, tanto si son cínicos conscientes de su autoengaño como si son ilusos que creen ciegamente en el mismo. Esta es mi opinión.
No valen valoraciones referentes a la intencionalidad, pues la intencionalidad siempre es la misma: la salvación o cura del individuo ante al sinsentido de la existencia.
¿Era el párroco de "San Manuel Bueno, mártir", por ejemplo, un farsante?
Yo creo que sí, por más que su intencionalidad fuese "buena" y se obligara a ejercer su oficio, a pesar de haber perdido la fe, por tal de salvar a sus feligreses.
El problema radica, creo, en que otorgamos a la palabra farsante connotaciones negativas (¿valoración moral?). Si no gusta el término farsante, cambiémoslo por el de  comediantes, que sería también más del gusto de Unamuno.

Todos los que nos obligamos a salvarnos de la depresión, en última instancia del suicidio, no tenemos más remedio que seguir con la farsa, o con la comedia que es la vida, por tal de crear sentidos que justifiquen nuestra existencia. Y si no somos capaces de crearlos, como hiciera Marx a través de su dialéctica, por ejemplo,, nos decimos a nosotros mismos (de nuevo autoengañándonos) que el sentido de la vida no es otro que el de seguir buscando su sentido. Con afán deportivo, añadiría Ortega.

Apéndice 3

Los comentarios parecen haberse centrado en exceso en Unamuno. Y Unamuno, desde luego, no era el tema central de mi reflexión (la depresión).
Quizás, más que recurrir a Unamuno, deberíamos callar sobre lo que no se puede hablar (Wittgenstein). En este sentido, quizás el autor del "Tractatus" pudiera considerarse como el antagónico a los demás farsantes, o comediantes, obcecados en crear y/o buscar "sentidos" vitales.

"La alternativa (a la constante incertidumbre) es aferrarse a alguna explicación que se pretenda definitiva - tanto de sentido como de sinsentido - y que puede aparentar darnos la satisfacción de concluir nuestra búsqueda."

Por eso, para salvarnos o curarnos, debemos aferrarnos a alguna creencia que "burle" (o aparente dar satisfacción) al sinsentido que es el drama de vivir. De lo contrario, de no aferrarnos a alguna creencia (autoengaño en definitiva), corremos el peligro de deprimirnos.
El autoengaño (aunque solo proporcione breves descansillos) es una necesidad vital y no hay que verlo como una mentira premeditada, sino como una autojustificación de nuestra existencia que nos insta a luchar, a través de un constante quehacer, para no claudicar (deprimirnos) frente a la vida.
Nadie puede vivir en un constante espacio radical de incertidumbre (la vida) sin darse a sí mismo algunas treguas en forma de autoengaños o "burlas" que le alejen de la depresión.

Apéndice 4

Yo no me "acomodo" en ninguna creencia o petición de principio inapelable, pues de lo contrario no estaría argumentando, razón mediante, sobre el sinsentido de la existencia.
Sostengo una opinión, pero no me "acomodo" en ella, es decir, intento dar una explicación, desde un punto de vista filosófico, de la depresión, entendida ésta como desidia y ausencia de ganas de vivir.
¿Qué intento demostrar?
Apunto una evidencia clara (no diremos verdad, para no pecar de dogmático): para afrontar el drama de vivir hay que encontrarle un sentido a nuestra existencia.

Todos necesitamos creer en algo. Pero es que dicha necesidad de creer en algo puede llevarnos, efectivamente, tanto a creer en Dios, en Buda o Alá, como a creer en la Iglesia de la Cienciología, la francmasonería, utópicos suprematismos ideológicos (comunismo, nacionalsocialismo, anarquismo...) o, sencillamente, puede llevarnos a no creer en nada (en el sinsentido de la existencia).

Ahora bien, ahora que ya estamos de acuerdo en que podemos creer tanto en un sentido (fundamento o finalidad última de nuestra existencia) como en un sinsentido de la vida (somos seres para la muerte)... ¿Qué opciones tenemos para no "petrificarnos", es decir, para obligarnos y motivarnos al constante quehacer vital?

¡El autoengaño es la única opción!, tal es mi tesis.

Da igual si somos o no conscientes de ello, da igual si lo hacemos siendo fervientes creyentes o si tan solo recurrimos a pragmáticos instrumentalismos (decía William James, al respecto, que no era necesario creer, sino tan solo desear creer).

¿Y en qué consiste el autoengaño?

Pues en crear tablas de salvación, ya sea a través de la religión, ideologías, arte o filosofía.

¿Y por qué creamos tablas de salvación?

Pues por tal de mantener viva la esperanza de que vivimos por algo y para algo que nos trasciende.

Nos obligamos (autoengañamos) a tener esperanzas para encontrar un sentido o un porqué.
Y he aquí la esencia de todo autoengaño: la necesidad vital de tener la esperanza de ser algo más que nada; la esperanza de que, efectivamente, en el se rhumano haya un plus de esencia.

No digo, por tanto, que el autoengaño sea "malo", sino necesario, ni acuso a la humanidad de ser una farsante; no acuso porque no emito juicio alguno en términos morales, sino que me limito a explicar por qué, en todo superviviente que se obliga a resistir al drama de vivir, subyace un autoengaño. Llamadlo "mecanismo de defensa" si lo preferís, porque al cabo lo que hacemos para no vivir en la desesperación es "obligarnos a" tener esperanza en algo; en ese "algo" que ya es más que nada.

Apéndice 5

Afirmo que la vida es un sinsentido porque el mundo, en sí mismo, carecería de cualquier significado o fundamento si el ser humano (Dasein) no se lo otorgase.
La cuestión sería preguntarnos por qué el ser humano está necesitado de otorgar un sentido a su existencia.
Mi respuesta al respecto es clara y, como Camus, creo que toda acción destinada a crear y/o buscar sentidos (tales como la acción de filosofar) lo que pretende es evitar el suicidio, es decir, pretende buscar una cura o salvación frente a la depresión y la autoinmolación vital, tanto individual como colectiva.

Efectivamente, también podríamos argumentar lo siguiente:

Podría argumentarse en sentido opuesto, con otra petición de principio, que la vida tiene sentido porque es evidente que lo tiene, tal y como lo demuestra la experiencia de vivir.

Podría argumentarse que lo estructural y natural de la vida es la sensación de plenitud, que el ser humano es una estructura narrativa que tiende a la plenitud, a la coherencia, y que a veces cae en autoengaños limitantes que, finalmente, logra superar para volver a su estado normal de coherencia. Podríamos decir, añadiendo unos cuantos autores que le den un aire de autoridad a la argumentación, que eso es el círculo hermenéutico de Heidegger y la hermenéutica de Gadamer, y también el carácter narrativo de la vida del que hablan los fenomenólogos. Podríamos decir que la vida es un sistema que tiende al equilibrio y que la depresión es una enfermedad de ajuste.

Sí, pero dichas argumentaciones ya serían fruto de autoengaños filosóficos. Quienes creen en un sentido de la vida es porque tienen fe y esperanza en que todo responda a un porqué, da igual si religioso, ideológico o determinado por la física cuántica.
Por supuesto que es cuestión de perspectivas el que cada cual pueda creer que la vida tiene o no tiene sentido. Pero es que da igual que lo tenga o no lo tenga, porque estamos pre-programados socialmente para creer en sentidos y fines últimos que puedan facilitar la domesticación y cría del ganado humano.
La vida en sociedad diseña falsas conciencias, alienas a la individualidad, que pretenden engañar a las masas, pero de la manera más efectiva: haciendo que cada individuo se autoengañe a sí mismo por tal de que no sea consciente de que ha sido engañado por el ente social.


Apéndice 6

Lo que diferencia al hombre del animal son sus diferentes respuestas ante el medio; los animales responden tan solo a estímulos y están condicionados biológicamente para actuar mediante respuestas automáticas, mientras que el hombre, haciendo uso de su inteligencia sentiente, aprehende la realidad justificando (evaluando y eligiendo entre diferentes respuestas alternativas). El hecho de someter a juicio previo todas las acciones (por qué, cómo y para qué) hace que, antes o después, los seres humanos se cuestionen, también, el porqué de su existencia (su ser en sí) y, más tarde, el porqué de la existencia (sentido del ser ahí, en el mundo). Al no encontrar respuestas, se desespera y se angustia (pierde la esperanza) y es entonces, para evitar la consiguiente depresión y/o autoinmolación, cuando comienza a crear autoengaños (religiones, filosofías, arte, ideologías). Esta es la historia de la humanidad y así es la tendencia natural de los seres humanos.
La tendencia al suicidio es genuina, la primera, porque a través de su inteligencia el hombre, al no encontrar respuestas sobre el sentido del ser, se angustia. Después, tras sentir el dolor y la angustia, es cuando "se pone las pilas" y se dedica a trascendentalizarse, a dotarse de esencia y sentido, a través de los susodichos autoengaños.


Apéndice 7

El "sentido" en sí mismo no es un autoengaño, sino una necesidad vital para positivar la muerte (lo efímero de nuestra existencia). Serían las creaciones (artísticas) y las búsquedas de vías (religiosas, filosóficas...), para hallar el sentido de la vida, las que constituirían los autoengaños propiamente dichos.


Apéndice 8

En mi planteamiento subyace un problema moral.
Desde el momento en que aceptamos el relativismo moral sabemos que no hay salvación ("Sin salvación, tras las huellas de Heidegger", de Sloterdijk), es decir, somos conscientes del sinsentido de la existencia (el hombre es un ser para la muerte).
Es entonces, cuando somos conscientes de que lo mismo da estudiar que drogarse, ver a Bergman o ver fútbol, ser "bueno" o "malo", cuando se hace necesario, por imperativo vital, recurrir al autoengaño.
 
Tenemos que crear valores positivos y para ello tenemos que justificarlos (acto moral). Pero dichos valores que, en efecto, son positivos y beneficiosos para seguir apostando por la vida (y alejarnos del hastío y/o la autoinmolación) no son valores a priori ni universales: no son verdades transcendentales, sino verdades instrumentales, elaboradas por la razón para dar sentido a nuestras vidas.
Pues bien, lo que sostengo es que dichas verdades instrumentales son autoengaños, en tanto las hemos creado a través de nuestra conciencia, pues hemos llegado a la conclusión de que tanto la verdad como la moral son relativas.

Los autoengaños, o justificaciones positivas para vivir (existir), se elaboran siempre a través de la razón, la cual se vale de diferentes vías (científicas, religiosas, filosóficas..).

Aquí quedó bien resumido:

¿Y en qué consiste el engaño que teje el psicólogo desde su consulta, el sacerdote desde su púlpito, el filósofo desde su cátedra o el ideólogo desde su poltrona? Consiste, sencillamente, en inventar un sentido; consiste en crear e imaginar lo que no puede ni podrá ser hallado: el sentido del ser.

Apéndice 9

Todo ser humano es moral en tanto que racional. Y ser moral significa que tenemos la necesidad (a priori) de justificar nuestros actos. Los griegos clásicos fueron unos grandes justificadores. De hecho, la moral entendida como virtud fue una de las más importantes creaciones de la historia del hombre, cuyo fin último era el de justificar las acciones humanas a través de valores de justicia y bondad. Quiero decir, con esto, que podríamos hablar de muchas morales: la moral del aristos vs la del esclavo, la moral judeocristiana vs la musulmana... Hay tantas morales (relativismo moral) como culturas, grupos humanos o psiques individuales. Yo sostengo, de hecho, que la libertad (gran autoengaño) consiste, tan solo, en poder elegir entre un abanico de engaños (vías de autocuración que den sentido a nuestras vidas).

El engaño que es reconocido conscientemente se convierte en autoengaño.
Curiosamente, no ha mucho, Peter Sloterdijk, haciendo suya la propuesta de William James, de instarnos a querer creer, se ha referido a la autohipnosis, que no sería más que un autoengaño, como yo sostenía, generado en nuestra psique por tal de salvarnos de la angustia.

El autoengaño (la creación o búsqueda mística, religiosa o filosófica), o autohipnosis de Sloterdijk, se elabora, precisamente, para superar la tristeza, la angustia o el sentimiento trágico de vivir.
No hay que ver connotaciones negativas y/o pesimistas en la necesidad de recurrir a autoengaños (ilusiones o creaciones de esperanza). De hecho, todos recurrimos a ellos, salvo quienes se rinden, dejan de crear y/o de buscar vías salvadoras y se abandonan a la autoinmolación vital.

Dicho de manera jocoso-cartesiana: "Me autoengaño, ergo existo".

Yo diría: nos autoengañamos para no reconocer como engaños las ilusiones y creencias que nos salvan de la angustia vital.

Apéndice 10

Podríamos decir que el ser humano, en tanto que inteligente (racional) necesita justificar sus actos, es decir, es inevitablemente moral.

Dejemos de lado el hecho de que el ser humano esté o no enfermo (definición en exceso poética de Unamuno) o de que el hombre sea un ser para la muerte (radical conclusión de Heidegger).
Lo que importa, para lo que pretendo explicar, es que la generalidad de los seres humanos (¿podría haber excepciones?) sienten en algún momento de su vida lo que Unamuno llamó el sentimiento trágico de vivir, y los psicólogos y psiquiatras consideran "desajustes" del estado de ánimo (labilidad emocional, apatía, anhedonia...) que suelen acompañar a estados de estrés y ansiedad y, en última instancia, pueden desembocar en una depresión.
Las depresiones más graves y persistentes en el tiempo pueden originar ideas autolesivas o de autoinmolación (suicidio).
Bien, la pregunta sería: ¿por qué hay personas que no perciben la vida como un sentimiento trágico o un drama que ha de ser vivido (Ortega)?
La psicología, la psiquiatría, la psicobiología y las neurociencias en general, responden rápidamente desde un punto de vista científico y proporcionan explicaciones para todos los desajustes o alteraciones del estado de ánimo (estrés, ansiedad, depresión, ideas suicidas...).

Estas explicaciones no nos interesan, porque estamos afrontando la depresión (y todo el conjunto de síntomas "antivitales" que suelen acompañarla) desde una perspectiva filosófica.

Queremos averiguar qué es lo que hace resistentes a algunas personas a la angustia existencial. ¿Cómo logran superar dicha angustia?

La angustia se supera a través de la creación; la creación entendida como constante quehacer; entendida como una constante lucha que nos proyecta en el tiempo y en el espacio y nos insta a superar circunstancias adversas.
La cura, en definitiva, consistiría en ser y hacer en la vida.

Estamos de acuerdo, pues, en que para no caer en la apatía de la depresión (inactividad), y poder seguir siendo y proyectándonos en la vida, necesitamos crear. Pero crear no es tan solo hacer, sino también idear y buscar.
Lo que digo es que los que son resistentes al drama de vivir lo son porque son creadores y/o buscadores.

Y lo que sostengo es que las creaciones, como las diferentes vías de búsqueda que utilizamos para hallar conocimientos, verdades o el sentido de la vida (vías místicas, religiosas, filosóficas, científicas, ideológicas...) son autoengaños necesarios para poder vivir sin miedo ni esperanza.
¡He aquí el gran propósito del autoengaño! Ayudarnos a vivir sin miedo (a la muerte) y sin esperanza (en otra vida o en la perdurabilidad eterna de nuestro ser).

Los autoengaños, por tanto, tienen una finalidad positiva: positivar la muerte (valga la redundancia) para sobrellevar el sinsentido de la existencia, ya sea creando o buscando sentidos o razones al ex-sitere (la vida). Pero el autoengaño, además de ser positivo y necesario, está construido desde una mentira, también positiva y necesaria.

Este doble carácter del autoengaño (como creación positiva y falsa a la vez) creo que puede no entenderse.

Ya he explicado por qué el autoengaño es positivo y necesario. ¿Pero por qué, además, el autoengaño es falso?

El autoengaño es falso (de ahí que lo denomine "autoengaño" y no creencia ilusoria, creencia moral o espiritual) porque todas las creaciones (artísticas, literarias, políticas...) y todas la vías de búsqueda (tanto racionales como irracionales) son falsas, es decir, solo existen como exigencias de la inteligencia humana; como ineludibles imperativos vitales, si se prefiere. Y no sirven para nada, en tanto ninguna nos salva de la muerte. Solo sirven para burlar la angustia ante la muerte y para hacernos creer que somos seres dotados de verdad o esencia transcendental.

Como he explicado, los autoengaños nos hacen creer que los seres humanos tenemos una esencia transcendental. ¿Cómo consiguen "endiosarnos" los autoengaños hasta el punto de hacernos creer que el hecho de ser humanos es una esencia en sí misma?
Pues a través de razonamientos instrumentales, es decir, autoobligándonos a creer en lo que, en el fondo de nuestro ser, sabemos que no sirve para nada y es mentira.

¿Y qué es un razonamiento instrumental? Es un razonamiento que crea verdades, valores y "sentidos vitales" para salvar el relativismo, tanto de la verdad como de la moral; para salvar el sinsentido de la existencia, haciéndonos creer que "el ser es algo, más que nada" (Heidegger).

Apéndice 11

Yo no digo que la depresión no sea una enfermedad, que sí lo es. Lo que señalo es que hay formas de depresión que no se explican, al menos por completo, desde la psicología y/o la psiquiatría.
Desde luego, cuando Unamuno se refería (siempre a través de poéticas metáforas) a los hombres como "seres enfermos", en tanto que infectos de angustia existencial, creo que pensaba en un rasgo (¿existencial?) inherente a todos los seres humanos (¿un universal?).

Uno podría preguntarse, por ejemplo, si ese estado al que llamamos depresivo es constitutivo o no de todo ser humano.

Exacto, esta es la cuestión. Y yo sostengo que sí, que la depresión, además de entenderse como trastorno psíquico, puede entenderse como un rasgo constitutivo del ser humano.

Precisamente, Unamuno, aunque de forma poética, se refirió a la "enfermedad" del ser humano como un rasgo constitutivo del propio ser humano.
Yo creo que antes de que cualquier gran filósofo, sistemático y metodológico, pueda "apresar" la verdad de una hipótesis de forma rigurosa, siempre hay poetas y soñadores que, a través de la intuición, abren los caminos del conocimiento.
A este respecto, ha tiempo desarrollé una reflexión donde señalaba cómo Unamuno abrió el camino a Zubiri para que éste pudiese dar un paso más, superando a Husserl, Ortega y Marías, al demostrar (rigurosidad filosófica mediante) que la virtualidad en el pensamiento (modo de ser real en la conciencia) ya era una realidad en sí misma, realidad virtual o realidad en la ficción, pero realidad al cabo.


Estamos determinados psicobiológicmante, sin duda. Los avances de las neurociencias y la biogenética han demostrado  la existencia de determinados genes, cuya presencia, aumentan las probabilidades de desarrollar conductas concretas. Pero también hay un determinismo cultural que condiciona nuestra conducta, el que sostiene, razón instrumental mediante, la creencia en un sujeto transcendental. Yo creo que éste último determinismo, o creencia en una transcendentalidad del sujeto, es un necesario autoengaño para superar el relativismo moral, o para superar aporías circulares, como prefieras, pero no es en absoluto demostrable, ni siquiera filogenéticamente. 


Suscribo:
La antropología y la psicología llevan ventaja a los kantianos (idealistas) que todavía necesitan creer en un sujeto transcendental (conste que yo comparto dicha necesidad). Ambas ciencias ha tiempo que despojaron al ser humano de todos sus transcendens para dejar al denudo, tan solo, al hombre de carne y hueso; y para ello no tuvieron más remedio que buscar y mirar "más allá del bien y del mal".



Apéndice 12

Todos sabemos qué es la depresión; mucho más que una enfermedad, como bien se apunta aquí:
El ser humano a veces pierde el norte y no sabe ya qué quiere y no quiere hacer, sufre un vacío de motivos para vivir, todo parece ya hecho. Esto le quita motivación para esforzarse hasta en hacer el más mínimo esfuerzo, y le conduce a caer en rutinas de cansancio y apatía, cuyo extremo es el suicidio.

Vivimos tiempos convulsos. Nos ha tocado vivir, quizás, el ocaso de la civilización Occidental; vivimos, quienes somos conscientes de ello, el final del sueño humanista.
El humanismo ha fracasado, pues de tan buenista, bienintencionado y soñador que se obligó a ser, no pudo evitar dejarse morir y abandonarse a una irresponsable autoinmolación vital. Sin esperanzas no hay ilusión. Y esto, precisamente, es la depresión: ausencia de esperanzas e ilusiones para afrontar el quehacer vital.

Ya no se trata de una enfermedad (si es que alguna vez la depresión lo fue) sino del sentir generalizado de toda una generación. Toda una generación, en gran número al menos, sumida en la desesperanza e incapaz de encontrar razones por las que vivir y seguir luchando.

Y cuando alguien se siente incapaz de encontrar el "sentido" o el "porqué" de su existencia; cuando no consigue una razón por la que seguir manteniendo vivas las llamas de la esperanza y la ilusión, no tiene más remedio que autoengañarse; no tiene más remedio que obligarse a creer en algo, en una bella mentira creada artificiosamente por la razón humana; un bello y necesario autoengaño cuya única finalidad (instrumental) será la de seguir manteniéndonos vivos.