domingo, 3 de septiembre de 2017

La psicología como antropotécnica de domesticación.

Introducción.

Un "leído ilustrado" es un humanista civilizado y endiosado en la soberbia de quienes creen pertenecer al círculo de los alfabetizados.
Decía Peter Sloterdijk que el humanismo, en sus orígenes, se constituyó como un reducido "club" de alfabetizados; un reducido círculo elitista formado por quienes sabían leer y, por tanto, se erigían en custodios del saber. Dicho círculo fue ampliándose a lo largo de la historia, a través de un constante esfuerzo por universalizar y transmitir al conjunto de la humanidad el saber que solo era accesible a unos pocos elegidos.
El primer ministro francés, Édouard Philippe, ha escrito un libro con un título muy "sugestivo" al respecto de lo que hablo: "Des hommes qui lisent". El título resulta en sí mismo muy significativo. El autor podría haber titulado su obra como "Les hommes qui lisent" (los hombres que leen) , pero ese "des", que podríamos traducir por "aquellos", o los pocos hombres que, entre muchos, leen, vuelve a hacer hincapié en ese carácter de grupo selecto propio del círculo de los alfabetizados, o ilustrados, como se prefiera. No todos los hombres leen.

¿Quiénes pertenecen al club de los alfabetizados?


La pregunta no es en absoluto baladí. El primer ministro francés, por lo visto, asegura que él mismo se convirtió en convencido liberal por haberse obligado a cuestionar, leyendo mucho, las "verdades" que, a través de la pedagogía social, había recibido. Nada que objetar. De hecho, yo mismo he seguido una trayectoria intelectual (permítaseme la soberbia) muy parecida. Me declaro convencido liberal, pero con matices que corrigen el exceso de "idealismo" y que, ahora, no viene al caso comentar.
Pareciera que Édouard Philippe nos dijera que solo a través de la lectura podríamos llegar a "ilustrarnos", no solo para pertenecer al selecto club de los alfabetizados (civilizados humanistas), sino, más importante aún, para formar parte de los guardianes que custodian la Verdad (con mayúsculas).
¿Y qué verdad custodian nuestros humanistas ilustrados? Pareciera que Édouard Philippe se estuviese refiriendo a la "verdad liberal". Pero haciendo memoria, recordé a otro "ilustrado", español en este caso, y de cuyo nombre no quiero acordarme, que, para referirse a quienes pertenecían al selecto club de los "buenos y justos" humanistas, los denominaba leídos marxistas.

Está claro que para pertenecer al club de los alfabetizados hay que leer mucho, hay que ser una "persona leída"; en este crucial punto coinciden el primer ministro francés (liberal)  y nuestro "anónimo" intelectual marxista. Sin embargo, resulta obvio que la verdad que debe ser custodiada (liberalismo vs marxismo) no es la misma para ambos ilustrados, de lo cual cabe concluirse que "diferentes" clases de hombres, por mucho que lean, harán suyas diferentes verdades a las que guardar celosamente.
Pero la verdad, no lo olvidemos, no solo debe ser guardada, sino, más importante aún, debe ser transmitida e inculcada en las masas, debe ser aceptada por la mayoría de los hombres que no leen o que no se obligan a leer lo suficiente. Por esta razón, el ilustrado primer ministro francés aboga por articular un sistema educativo orientado a acrecentar el número de hombres que lean. ¿Pensará que, así, la verdad liberal hará libres, mejores, más buenos y justos a los ciudadanos? También Marx creyó firmemente que la verdad marxista, "su verdad", haría libres a los hombres, más buenos y justos.

Inculcar verdades.


Si la verdad pertenenece a los leídos, a los ilustrados y civilizados humanistas, y estos desean que "sus" respectivas verdades sean adoptadas por todo el conjunto de una sociedad, los guardianes de dichas verdades deberán valerse de antropotécnicas civilizadoras, es decir, deberán servirse de herramientas que les permitan transmitir sus verdades (cosmovisiones ideológicas) para aumentar (universalizar) el círculo de los alfabetizados (hombres que leen y saben).
La primera y más importante herramienta (antropotécnica) que utilizan los hombres para civilizarse a sí mismos y a otros hombres (domarlos y domesticarlos en una verdad) es la que adopta la forma de un sistema educativo encargado de alejar a las masas de la barbarie de los "brutos" (no leídos) y, así, acercarlos a las bondades de los buenos civilizados (ya leídos y, por tanto, ya domesticados).
Pero el sistema educativo tan solo es un conjunto de granjas-escuelas (Peter Sloterdijk) destinado a engordar y cebar ganado humano (domarlo y domesticarlo) en determinadas "verdades". Y de nada sirve un entramado educativo, por numerosos que sean los recursos materiales de los que disponga, si, primero, no hay un "alma o espíritu" que le dote de esencia y/o significado; si primero no hay una conciencia colectiva verdadera que sea deseada por las masas.

Efectivamente, los no leídos tienen que ser seducidos y convencidos de que necesitan leer, de que necesitan aprender y conocer para poder pertenecer al selecto círculo de los alfabetizados. Pero para poder convencerles de que es necesario leer, aprender y saber, hay que lograr, primero, que los futuros lectores estén dispuestos a esforzarse y sacrificarse.

¡He aquí el gran obstáculo con el que chocan todas las conciencias ilustradas que necesitan fervientes creyentes para sus verdades institucionalizadas!
Desde tiempos inmemoriales, las élites ilustradas han despreciado a las masas ignorantes, pero no tanto por la ignorancia intrínseca a las mismas, que también, como por la indocilidad y rebeldía que éstas mostraban ante las verdades que debían ser conquistadas con sacrificio y esfuerzo.
Las masas no desean esforzarse ni sacrificarse, sino satisfacer sus apetitos más particulares (individuales) con el mínimo trabajo posible, si ello fuere posible.

¿Cómo lograr el autosacrificio voluntario de un individuo?


Las antropotécnicas destinadas a lograr domar y domesticar (civilizar) al ser humano han ido perfeccionándose a lo largo de la historia. El primigenio poder coactivo, sustentado en el uso de la fuerza, solo requería herramientas rudimentarias, tales como látigos, grilletes, galeras y mazmorras, para poder controlar a las masas y, así, conseguir que los individuos aceptaran determinadas verdades. Muy pronto, sin embargo, las conciencias ilustradas entendieron que las antropotécnicas coactivas, que abusaban del uso de la fuerza, no eran tan eficaces como las antropotécnicas seductoras para conseguir que las voluntades individuales se doblegaran ante la suprema voluntad de una verdad institucionalizada.
El círculo de alfabetizados, los "leídos humanistas", entendieron que, efectivamente, el saber era poder, pero ¿sobre qué necesitaban saber y aprender para lograr el sacrificio voluntario de los individuos? Pues necesitaban conocer y comprender la psicología (psicodinámica de la conciencia) no solo de las masas, sino de la generalidad de los individuos. Las nuevas antropotécnicas entendieron que el trabajo de convencer y seducir a las masas, para que se sacrificaran, precisaba del concurso voluntario de cada individuo. Es decir, las conciencias ilustradas descubrieron que tenía que ser el propio individuo quien se exigiese (coaccionara) a sí mismo y, mejor aún, que se sacrificara por una idea y/o causa creyendo firmemente que su autosacrificio era voluntario y fruto de su libre elección.

La psicología como antropotécncia de domesticación.


Los primeros conocedores de la psicología humana descubrieron muy pronto que el miedo era un rasgo inherente a todos los seres vivos, una emoción primaria destinada a preservar y autoconservar la vida del individuo. Entendieron que los peores miedos del ser humano eran los que se generaban desde la desesperanza ante la muerte, el dolor y el sufrimiento.
Pronto, muy pronto, las conciencias ilustradas, ya fueren religiosas y/o ideológicas, comprendieron que para que los individuos superaran sus miedos primarios debían generar esperanzas, es decir, debían creer en susgestivas posibilidades de salvación.
Solo un creyente puede llegar a autosacrificarse voluntariamente (libremente) en aras de defender una verdad, confiado, paradójicamente, de que su sacrificio supondrá, al tiempo, su salvación.

¿Cómo elaborar una magnífica antropotécnica capaz de seducir y convencer a los individuos de que son realmente libres?
Pues conociendo, primero, la psicología humana o lo que, en términos más filosóficos, dio en llamarse conciencia individual y las primeras religiones denominaron alma.

El Yo.


¿Qué es el Yo? Podríamos definirlo como la conciencia que de sí mismo tiene cada individuo. Todo individuo "se sabe y se reconoce" como verdad incuestionable (cogito ergo sum). La verdad del Yo es la primera certeza que tienen los individuos en el ex-sistere (ser-ahí que es el mundo), porque son ellos mismos quienes, valga la redundancia, tienen conciencia de sí mismos; saben que son una realidad en-sí-misma, un ser-en sí.
Así, el Yo es un dios en sí mismo, la razón de ser o verdad primera que, sabiéndose única e irrepetible, reconoce en la vida (su propia perdurabilidad temporal) la única verdad radical. Pero la verdad radical que es la vida (perdurabilidad del ser) no puede entenderse sin la muerte (no-ser). Por esto mismo, la segunda certeza que tiene el Yo, tras reconocerse como un ser-en sí, es que también es un ser para la muerte (Heidegger). El Yo reconoce la tragedia, el sinsentido, de que "su verdad" (la verdad de ser en-sí mismo) se perderá en la nada y dejará de ser, lo cual le generará miedo e incertidumbre (inseguridad) y le provocará angustia existencial.

Las conciencias ilustradas, los leídos alfabetizados, comprendieron que había que domar, controlar y domesticar los miedos individuales, a la postre los causantes de las angustias de las conciencias individuales. Controlando los miedos individuales podrían controlar, también, los miedos colectivos.


Negar el miedo.


No hay que tener miedo, esta es la primera máxima que inculcan todas las conciencias colectivas a las diferentes conciencias individuales a través de la pedagogía social. Los ilustrados leídos saben que si erradican los miedos de las masas estas quedan paralizadas, pacificadas en definitiva y, por tanto, sumisas y controladas.
Un individuo con miedos irracionales e incontrolados es un peligro para otros individuos, pero una masa que actúa movida por el miedo es un peligro para todo el ente social.
Las conciencias ilustradas han descubierto muchas maneras de negar los miedos y de convencer a las conciencias individuales de que no hay que tener miedo. Veamos algunos ejemplos:

Miedo a la muerte: superar el miedo a la muerte (segunda certeza reconocida por la conciencia individual) ha sido históricamente la empresa a la que con más empeño se han dedicado las antropotécnicas civilizadoras. Para ello, las religiones sobre todo, se encargaron de hacerles creer a las masas (primer engaño terapéutico institucionalizado) que sus respectivas conciencias individuales, singulares e irrepetibles, alcanzarían otra vida tras la muerte.
La promesa de vida eterna, pero, conllevaba implícita una exigencia: el sacrificio voluntario de la conciencia individual (la pérdida de su libertad). Si un padre (Abraham) está dispuesto a sacrificar a su propio hijo, no dudará en sacrificar su propia vida por mor de defender una idea o causa convertida en creencia. Solo los creyentes son susceptibles de aceptar el propio autosacrificio.

Miedo a las incertidumbres: pero a medida que el ser humano se fue emancipando de las antropotécnicas religiosas, se hizo necesario que nuevas técnicas de domesticación ocuparan el lugar de las mismas. No tardaron en surgir las ideologías de la felicidad o de la liberación (segundos engaños terapéuticos institucionalizados), que entendieron que muerto Dios (Nietzsche) ya solo cabía apelar al sacrificio de las masas proponiéndoles a estas, a cambio, nuevas promesas de esperanza, ya no tanto de salvación (vida en otro más allá) como de paz y seguridad en la tierra.
Los psicólogos comprendieron que la mejor antropotécnica, tras la posmodernidad, sería la que proporcionara el mayor grado de felicidad al mayor numero posible de individuos (utilitarismo de William James) y los más refinados conocedores de la psicología humana (Marx, mucho más refinado que Freud) comprendieron que la felicidad debía gozarse en el discurrir de una vida terrenal o mundana, que no celestial ni psíquica (terapia psicoanalítica).
Sin embargo, las nuevas promesas de felicidad también llevaban implícitas exigencias de autosacrificio individual, tales como esfuerzo para aprender y mejorarse personalmente. El marxismo, de hecho, despreciaba tanto al lumpemproletariado (subproletarios sin conciencia de clase) como la élite buguesa despreciaba a las masas indóciles incapaces de esforzarse para ser mejores. Todas las conciencias ilustradas, leídos liberales y marxistas, son, al cabo, herederos de la moral Occidental que, desde la antigua Grecia y la vieja moral judeocristiana, creen que el "saber por el saber" (última trampa de la moral en el parecer de Nietzsche) es la máxima virtud a la que debe aspirar toda conciencia individual. Es decir, hay que aspirar a ser un "leído humanista", no importa tanto si liberal o marxista, siguiendo la máxima agustina (judeocristianismo) del "conócete, acéptate, supérate", que se podría traducir fácilmente por "esfuérzate y sacrifícate".

Miedo al fracaso: cuando las masas "olvidaron" el miedo a la muerte (no es lo mismo olvidar que superar) y se sintieron satisfechas en sus felices vidas cotidianas (al menos en las sociedades occidentales de los estados del bienestar) se convirtieron en animales de lujo (Peter Sloterdijk); cada conciencia individual autoafirmó al diosecillo engreido que llevaba dentro, y lo dejó libre, con tanta necedad como soberbia, para exigir que su último miedo fuese negado: el miedo al fracaso.
¡Los dioses no pueden fracasar!
Así, aparecieron nuevas antropotécnicas civilizadoras destinadas a saciar los apetitos de señorío y endiosamiento de cada conciencia individual (tercer engaño terapéutico institucionalizado).
En muchas sociedades occidentales actuales no se permite el fracaso. Los sistemas educativos se han olvidado de las exigencias del humanismo tradicional que pedían trabajo y sacrificio a cambio de bienestar, seguridad y felicidad.
Nunca, como hoy, fueron tan necias las masas, tan necias que se creen dioses con derecho a todo sin dar nada a cambio. Nadie piensa en la muerte, hasta que le llega un cáncer o un infarto al corazón; pocos, muy pocos, se esfuerzan en aprender en sistemas educativos que tienen por norma facilitar el aprobado general, por tal de desterrar el miedo al fracaso de las aulas y garantizar la felicidad de los niños.
Los jóvenes reclaman sus derechos al trabajo, la vivienda y al bienestar pidiendo ayudas, subvenciones y prestaciones sociales. No pueden esforzarse para lograrlos, porque nunca les enseñaron cómo sacrificarse. No tienen miedo a la muerte, ni a las incertidumbres ni al fracaso, y si tienen miedos, no han podido aprender a superarlos, porque tampoco les enseñaron cómo hacerlo.

Conclusión


Las diferentes antropotécnicas humanistas, herramientas terapéuticas institucionalizadas por las conciencias ilustradas, comprendieron la psicología de los individuos, conocieron sus miedos y sus angustias, y optaron, siempre y en todos los momentos históricos, por engañarles terapéuticamente por tal de "civilizarles", es decir, por tal de domarlos y domesticarlos y, así, pacificar y controlar a las masas. Descubrieron que el mejor engaño era el autoengaño al que se obligaba el propio individuo; el autoengaño que, sutil y hábilmente, era programado (mediante condicionamiento social) por los leídos pertenecientes al círculo de alfabetizados, los ilustrados humanistas.
¿Cuál puede ser el futuro de una sociedad que se niega a reconocer sus miedos?
Recientemente, tras el atentado islamista en Barcelona, miles de conciencias individuales se autoengañaron y decidieron proclamar al mundo que ellas "no tenían miedo". ¿No tenían miedo o no querían reconocer sus miedos?
Alguien, llegados a este punto, podría reabatirme recurriendo a las antropotécnicas de nuestro actual humanismo ilustrado, para señalarme que he escrito "atentado islamista" y no "yihadista". Se trataría de domar, así, mi conciencia individual para que mi "opinión" no trascendiera al resto de conciencias individuales, pues de lo que se trata es de afirmar la verdad de la conciencia colectiva (verdad institucionalizada), la cual defiende que no es lo mismo Islam que yihadismo. Y, sin embargo, en el Corán (libro sagrado del Islam) se reconoce explícitamente la obligación de todo buen musulmán de practicar la "lucha santa" (yihad).
Así, se niega una verdad y se niega el derecho legítimo a tener miedo al Islam, y se consigue una masa dócil y pacífica, civilizada y domesticada, engañada y que se insta a autoengañarse para seguir siendo feliz, no obligándose a pre-ocuparse, es decir, se consigue un cuerpo social que reniega del deber de ocuparse con antelación de su devenir futuro y del de las futuras generaciones.

martes, 30 de mayo de 2017

"Dialéctica de la Ilustración" de Horkheimer y Adorno (parte II)


Introducción.

El prólogo de 1969 (tras la derrota del nazismo) indicaba que la teoría de la DI atribuía a la verdad un momento temporal, es decir, señalaba que la verdad sería aquella institucionalizada y reconocida por el Dasein histórico en cada período histórico concreto.
Antes, en el prólogo de 1944-1947, la DI se proponía comprender por qué la humanidad, en vez de entrar en un verdadero estado humano (humanismo) se hundía en un nuevo género de barbarie (en alusión al nacionalsocialismo).

La tesis era la siguiente:

El pensamiento triunfante, en cuanto abandona su elemento crítico, se convierte en instrumento de lo existente (pensamiento dominante).

Tras la II GM no serán necesarios los censores para garantizar la supremacía de un pensamiento dominante, ya que toda la sociedad, a través de la opinión pública, actuará, de facto, como gran censora.
Las masas son educadas técnicamente (pedagogía y condicionamietno social) para caer en el despotismo.
La falsa claridad, expresión alternativa del mito, consistirá en una ocultación a través de la familiaridad del concepto. Heidegger se refirió, de forma parecida, a la vida inauténtica del Das-man, donde la vida cotidiana (institucionalizada) impedía la pre-ocupación por el sentido del ser.

La vida actual tecnificada, al tiempo que domina la naturaleza, también domina al hombre. Entonces el espíritu del hombre se desvanece y se convierte en bien de consumo; el hombre se transforma en consumidor de bienes, pero también en un bien cultural universalizado, domesticado y "entontecido" al mismo tiempo, por las antropotécnicas civilizadoras de la ideología de turno.

Capítulo I, concepto de Ilustración.


El objetivo primero de la Ilustración consiste en liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Y para ello, la Ilustración pretende disolver los mitos y la imaginación mediante la ciencia.
El saber para dominar la naturaleza instrumentaliza el saber como poder; poder para dominar el medio físico, pero también para domesticar (civilizar) a los hombres.
Este saber, entendido como saber como poder, se remonta a las consideraciones de Bacon y Lutero, para quienes no importaba la satisfacción en alcanzar la virtud de la verdad (el conocimiento por el conocimiento), sino la operatividad de la misma. Había que saber para poder hallar los procedimientos más eficaces, para trabajar y obrar logrando hacer, es decir, consiguiendo consumar la idea en hecho.

Las primeras cosmologías presocráticas intentaron racionalizar las causas primeras (agua, tierra, fuego...), pero, a partir de Platón, los dioses fueron absorbidos por el logos filosófico. La razón se impuso al mito imaginativo, pues, desde siempre, la Ilustración vio en el mito la proyección de lo subjetivo en la Naturaleza (los dioses tienen forma de hombre porque los hombres los crearon - Jenófanes- ).
la Ilustración, por tanto, no acepta la subjetividad, sino que pretende reducirlo todo a una unidad objetiva o conocimiento universal. A través de la razón y la lógica, la Ilustración crea sistemas para reducir la historia a hechos y las cosas a materia.

Paradoja: los mitos víctimas de la Ilustracion (logos filosófico) ya eran producto de la propia Ilustración. No podía haber mito sin logos; sin las narraciones y explicaciones que representaban e interpretaban el mundo. El mito ya tenía como objetivo primero someter el mundo al hombre, es decir, dominarlo ("...que los hombres manden en los peces del mar y en las aves del cielo.").
Así, la esencia (sentido y significado) de las cosas mundanas se reducirá a materia o substrato de dominio; el ser de la cosa-en-sí se convertirá en el ser-para-él (para el hombre).

La Ilustración evoluciona y se perfecciona a lo largo de la historia, disolviendo las verdades de determinados períodos históricos, crítica mediante, y sustituyéndolas por nuevas verdades más acordes con el logos o la razón imperante del momento.

Evolución histórica de la Ilustración.

La verdad postulada por la magia, todavía religada al mundo y respetando la esencia de la cosa en-sí, fue sustituida por la verdad del mito, que, en tanto ya era Ilustración, se ensoñoreaba del mundo. Frente a la trascendencia, se impodrá el principio de la inmanencia: todo acontecer es repetición (ciencia empírica) y solo hay autoconservación que implica que lo distinto se iguale.
La autoconservación exige repetición del fenómeno y la igualación de lo distinto; no cabe la injusticia de lo diferente.
Será esta obsesión de la Ilustración por negar lo diferente, la que paradójicamente, al tiempo que liberará a los hombres dándoles un sí-mismo particular, los someterá y dominará (domesticará) igualándolos (uniformándolos) a los demás hombres (ej: comunismo).
La Ilustración, en tanto que antropotécnica civilizadora y domesticadora, nunca reconoció del todo la singularidad o diferencia del ser-en-sí mismo, por lo que articuló normas y reglas para el parque humano, es decir, necesitó hacer uso de la fuerza del derecho coactivo (coacción social).
La unidad del colectivo manipulado, pedagogía social mediante, siempre supone la negación de cada individuo particular.

No podemos decir, por tanto, que los totalitarismos (nazismo y comunismo) sean recaídas en la barbarie, pues, muy al contrario, significan el triunfo del humanismo más ilustrado y civilizador, criador y domesticador de hombres, que imponen la igualdad represiva.

La conciencia del ser-en-sí del individuo (pensamiento) reconoció tempranamente "su" verdad (existía en tanto se pensaba a sí misma), pero no podía tener certeza de la verdad del ser-en-sí de las cosas; no podía acceder a la esencia trascendente que en las cosas era más que su realidad ya conocida. Heidegger se referió al ser del ente, una verdad esquiva que se mostraba al tiempo que se ocultaba, y que Zubiri reconoció como una realidad que era más que la suma de sus partes.
El hombre primitivo experienció la complejidad enigmática del ser, o de la realidad abierta ante él, como algo sobrenatural, como sustancia espiritual que era inaccesible a través de sus órganos sensoriales.
Así pues, el hombre sumido en el enigma de lo sobrenatural, desdoblará la naturaleza, reconociéndole a esta un ser de la cosa aparente observable (accesible a los sentidos) y una esencia o espíritu que dará lugar al mito.
La angustia ante el enigma y la complejidad del ser, ante la vida y la realidad abierta, instará al ser humano a desarrollar una dialéctica que enfrentará la naturaleza (lo aparente) vs el mito (la esencia o espíritu).
La razón ilustrada creerá que para superar la angustia, la pre-ocupación por la cuestión del ser (Heidegger), o el problema teologal (Zubiri), bastará con dominar la naturaleza, es decir, bastará con saber y conocer (ciencia) por tal de disolver al mito y la verdad trascendente que este representa. La Ilustración pretenderá separar ciencia y poesía para, así, superar los relatos míticos, y para ello se apropiará del lenguaje, que pasará de la palabra al lenguaje científico y de este al puro cálculo (método científico).
Cada uno de los dos principios aislados, Ciencia y Arte, conduce a la destrucción de la verdad. Ya Platón proscribió la poesía con el mismo desdén que el positivismo proscribe al idealismo. Desde entonces, el arte es un proscrito, pues se sustrae del contexto de la realidad aparente para entrar en contacto con lo mágico. En la obra de arte se desdobla la cosa en apariencia y en esencia o sentido que se desoculta a través de la misma creación artística (Heidegger).
El protestantismo creyó hallar el principio trascendente de la verdad (su esencia) aferrándose a la palabra (logos), pero Heidegger sostuvo que el ser era inaccesible a través del lenguaje formal y tradicional, y que era necesario recurrir al lenguaje poético.
Al final, hallar la verdad siempre será cuestión de fe, ya sea teniendo fe en la religión o en la razón.

La Ilustración, sin embargo, identifica el pensamiento con la matemática (ciencia) y eleva a las matemáticas a instancia absoluta e incuestionable. Pero, como bien señaló Husserl, al matematizar la naturaleza, la naturaleza pasa a ser idealizada, convirtiéndose el pensamiento en instrumento.
El positivismo, erigido en juez de la Razón Ilsutrada, no aceptará el estudio de mundos mágicos, religiosos o metafísicos, pues no desea salir de su círculo materialista-realista.

Kant concluyó en la "Crítica de la razón pura" que lo que puede ser penetrado por la ciencia no es el ser. Así, la Ilustración se centrará tan solo en el dato, en el proceso científico de la repetición que no va más allá de lo objetivo. Y el mundo se verá, siguiendo a Kant, como un gigantesco juicio analítico.
De esta manera, la razón ilustrada reifica (cosifica) las almas. Y los individuos, convertidos en "cosas", hacen lo que la sociedad espera de ellos (alienación). El individuo es programado socialmente, normativizado y domesticado. De lo que se trata es de que el propio individuo, sin ser consciente de ello, acepte su propia autoalienación, para, así, lograr su autoconservación (seguridad y protección). La tecnología (antropotécnica) convertirá al individuo en instrumento al servicio del fin social.
Las normas y reglas, coacción social, exigen sumisión, pues solo en tanto el hombre es dominado puede este, al tiempo, garantizar su autoconservación.
A través de la subordinación de toda la vida (naturaleza y seres humanos) a las exigencias de la autoconservación, la minoría que manda garantiza su propia seguridad y la del TODO.
Desde siempre, el hombre ha tenido que elegir entre la sumisión a la naturaleza o la sumisión a una sociedad que domine la naturaleza y le garantice su autoconservación.

Frase genial: De la inmadurez de los sometidos vive la excesiva madurez de la sociedad.

Los hombres son reducidos a simples seres iguales entre sí por el aislamiento en la colectividad coactivamente dirigida, ya que el poder del sistema crece sobre los hombres en la medida que los sustrae del poder de la naturaleza.
Solo si el espíritu (conciencia) se reconoce humildemente (humildad ontológica) como dominio puede disolver su pretensión de dominar. Todo espíritu-conciencia que se arrogue ser el único verdadero tenderá a no reconocer su pretensión de dominar en cuanto alcance el poder; se mostrará como una conciencia prepotente y cínica que lo único que hará será sustituir a un dominador por otro.
En este último punto subyace la crítica de Horkheimer y Adorno al marxismo:
El marxismo elevó la necesidad de justificar sus fundamentos degradando al espíritu (conciencia individual) y sometiéndolo por tal de aspirar a una cima suprema y utópica. Así, absorbió las libertades individuales, convirtiéndose con ello en un totalitarismo socialista.

viernes, 5 de mayo de 2017

Unamuno, hijos y proyectos vitales.

Introducción

Llega un momento en la vida en que, inevitablemente, hacemos un balance sobre nuestra existencia. Nos preguntamos si nuestro paso por el mundo habrá tenido algún sentido; evaluamos el éxito o fracaso de nuestros proyectos vitales y caemos en la cuenta de que mientras estuvimos viviendo estresados, y sacrificándonos para llevarlos a cabo, la vida se nos "iba pasando" mientras se nos llegaba la muerte.
Siempre olvidamos que tan solo somos "seres para la muerte"; vivimos endiosados, seguros de que, por fuer, nuestra existencia debe positivarse a través de una autorrealización personal que hemos de buscar estudiando, trabajando, esforzándonos, sacrificándonos...

Hijos

Puede parecer falso o pretencioso, pero la verdad (así lo creo yo) es que, en líneas generales, no me arrepiento de cómo ha transcurrido mi vida. Tomé decisiones erradas y otras acertadas, sufrí mucho y disfruté aún más. O no... no sé. Supongo que la percepción final, a la hora de hacer la lectura de nuestra balanza vital, depende de si nuestras formas de ser y de pensar tienden más al pesimismo o al optimismo existencial.
Yo bien sé que toda mi vida he sido, y sigo siendo, un pesimista irredento. He sentido el sentimiento trágico de vivir, doloroso y desgarrador, mucho antes de haber conocido la magnífica obra de mi admirado Unamuno. El maestro Don Miguel no me enseñó ni me descubrió nada, sino que me "salvó" de mi particular dolor mostrándome el suyo. En no pocas ocasiones, leyendo a Unamuno, he creído verme a mí mismo sintiendo y pensando lo mismo que él, haciéndome las mismas preguntas que él y dando las mismas respuestas que él.
Antes de leer "Niebla", y el hermoso pasaje en que Unamuno creyó vivenciar su propia muerte, sintiendo un frío escalofrío que le recorría la espalda, yo ya había experienciado esa misma sensación angustiosa en muchas ocasiones.
Cuando descubrí al filósofo Don Fulgencio, personaje de "Amor y pedagogía", dedicándose a calcular los años que vivieron los pensadores que más admiraba, también me recordé a mí mismo, siendo adolescente, realizando cálculos parecidos.
Cuanto más leía a Unamuno más me veía reflejado en él. Así, caí en la cuenta de que Unamuno no me gustaba porque fuese uno de los filósofos españoles más brillantes, que también, sino porque yo mismo era Unamuno y me enrogullecía de ser Unamuno.
Leer "Del sentimiento trágico de la vida" fue como leerme a mí mismo; significó encontrarme, cara a cara, con mis sempiternos pensamientos existenciales sobre la vida y la muerte.
Sí, sí, dejar huella en la eternidad y un legado para la humanidad es importante, pero más importante es vivir y perdurar, prolongar la ex-sistencia de nuestro ser en el mundo, mal que sea sufriendo y pasando calamidades. Mejor ser que no ser. Siempre se trata de la misma cuestión shakespeariana.
Y fue en su obra magna "Del sentimiento trágico de la vida" donde Unamuno nos habló de los hijos, de su razón de ser, que no es otra que la de permitir que nuestra existencia perdure a través de la de ellos.
Dicha creencia, de perdurar a través de nuestros hijos, no deja de ser un estúpido sentimentalismo, como lo denominara el propio Unamuno. ¿Pero qué le queda al ser humano indigente, que sabe que solo "es para la muerte", mas que consolarse, o autoengañarse, con terapéuticos sentimentalismos?

Justificando autoengaños

Para cualquiera que se obligue a ser mínimamente racional, resulta obvia la falsedad del autoengaño consistente en necesitar creer que nos perpetuaremos a través de nuestros hijos. Cualquier espíritu libre, celoso de la salvaguarda de su particular e individual yo, sabe que al morir no solo dejará de existir su materia corpórea, sino también su conciencia subjetiva, o alma, por decirlo más poéticamente.
La fantasía recurrente de imaginarnos muertos, ya fuere en un paraíso terrenal, o vagando libres por el universo convertidos en alguna suerte de energía, no tendría sentido alguno si no fuera porque dicha existencia postmortem abriría una maravillosa y ansiada posibilidad; la posibilidad de poder ser testigos del devenir vital de nuetros hijos.
¿Quién no se ha imaginado que, tras morir, se convierte en un espíritu etéreo que, desde el más allá, sigue curioso y expectante las vidas de sus descendientes?
A través del autoengaño de la inmortalidad fantaseamos para poder aceptar el tránsito de una existencia activa, en la que somos los protagonistas del drama que es nuestro vivir, a una existencia pasiva donde ya solo podríamos ejercer de meros espectadores.
Una vez muertos ya solo podríamos sentir, vivenciar y experienciar emociones a través de la telenovela que protagonizarían nuestros hijos y nietos y, por qué no, todas las sucesivas generaciones herederas de la "sangre de nuestra propia sangre".
Pero la fantasía o autoengaño también se reafirma a través de una promesa de esperanza; la esperanza de que, en otra vida, podremos reencontrarnos con todos nuestros seres queridos, con nuestros padres y con nuestros hijos.
¿No resulta realmente maravilloso comprobar hasta qué punto nuestra sed de inmortalidad, nos insta a urdir las más fantásticas e imposibles ensoñaciones?

Verdad en el autoengaño.

Sí, los autoengaños son fantásticos y resultan absurdos para las mentes más racionales, pero hay algo de verdad en la necesidad de instarnos a creer que nuestras vidas tendrán sentido en la medida en que estas puedan perdurar a través de las de nuestros hijos.
En toda creencia poética, mística o religiosa, subyace un imperativo vital, orgánico y material, que tiene una verdadera razón de ser; que tiene sentido y significado: el de posibilitar que el género humano perviva. Los individuos podrán morir, pero no así la especie humana. Por esta razón, los hombres, en tanto que padres, se sacrificarán por la especie a través del sacrificio al que se obligan por sus hijos.
El viejo Dios de los judíos entendió que si quería imponer su voluntad sobre los hombres de carne y hueso, estos tendrían que ofrecerle su bien más preciado: los hijos.
Abraham, el hombre domado y civilizado por la antropotécnica de la religión, se doblegó ante las exigencias de su Señor y se dispuso a sacrificar a su hijo en una pira funeraria; se dispuso a sacrificar a la vida misma en aras de rendir culto a una idea, a un sueño, a una locura de la razón humana. Y así, Abraham devino humano, tan humano que se olvidó de comportarse como un hombre de carne y hueso.
Y, sin embargo, los hombres de carne y hueso también aceptan el sacrificio, pero el propio, no el de la sangre de su sangre, no el de la carne que ha de ser promesa de vida y esperanza.
Llegados a cierta edad, quienes tenemos hijos entendemos que nuestro tiempo ya pasó. Los más sesudos psicólogos y psicoanalistas lo llaman la crisis de los 40, que bien podría ser en algunos casos la de los 50 o la de los 60. Comprendemos, al alcanzar estas edades "críticas", que ya hicimos por nosotros todo lo que debíamos o pudimos hacer. Y entonces, resignados, aceptamos que solo cabe seguir luchando por nuestros hijos. Aceptamos el maravilloso autoengaño de seguir viviendo dándolo todo sin esperar nada a cambio. ¿Cabe mayor sacrificio?
Sin embargo, a quienes hemos vivido toda la vida en una constante crisis existencial, no tiene que venirnos ningún "comecocos" a ponernos en orden las seseras, las cuales, por cierto, nunca estuvieron dormidas, sino, al contrario, siempre permanecieron despiertas y expectantes a los dictados del ser.
Las crisis normativizadas (reconocidas socialmente), de tener algún sentido, solo lo tendrían para quienes nunca se preocuparon por la cuestión del ser; servirían de "toque de atención" para quienes vivieron descuidados, ignorando a la de la guadaña, creyéndose dioses inmortales.
¿Pero qué han de decirles a los espíritus libres los curas y bachilleres guardianes de la razón, custodios de las normas y reglas del parque humano, que estos ya no sepan?
Los espíritus libres ya saben perfectamente que han de autoengañarse, sí o sí, pero lo harán de acorde con la verdad vivenciada en sus conciencias, y no conforme a los engaños terapéuticos institucionalizados por vulgares poetas y titiriteros al servicio de la pedagogía social.

martes, 18 de abril de 2017

Violación y suicidio en "Por trece razones".

Introducción.

Desde muy pequeño he tenido curiosidad por todo, por cualquier tipo de saber relacionado con el mundo y los seres humanos. Durante mi etapa de escolar recuerdo que devoraba y leía compulsivamente, lo mismo la literatura prohibida que mis progenitores escondían detrás de una estantería, que las revistas eróticas y satíricas de mi padre (Lib y "El Papus"); también alucinaba con las páginas de sucesos de "El Caso" y con su consulta sexológica, donde descubrí a Masters y Johnson muchos años antes de que me los presentaran oficialmente en la facultad.
Todo me interesaba.
Después de "empaparme" precozmente de lecturas para adultos, y tras la censura que mi madre impuso cuando ya fue demasiado tarde, me convertí en un voraz lector de cómics y de libros de ciencia ficción. Al llegar al instituto me aficioné, también, a la lectura de "revistas para chicas" (Vale y Súper Pop); lo mismo me las prestaban las compañeras de clase que se las pillaba a mi desprevenida  hermana.
Con los programas de televisión me pasaba lo mismo; podía quedarme "embobado" viendo "La Clave", mientras mi padre y mi hermano conspiraban contra mí para cambiar de canal y ver un aburrido partido de fútbol. Pero, sobre todo, podía pasarme horas y horas viendo dibujos animados (me encantaba el gato Jinks de "Pixie y Dixie").
La verdad es que, actualmente, también disfruto con mis hijos viendo "Hora de aventuras", "Historias corrientes" o "Gumball", una animación llena de humor inteligente. Siempre es sano, para lograr un buen equilibrio emocinal y estar a la última, no perder el hilo comunicativo y afectivo con las nuevas generaciones. Y lo último en series de tv, para telespectadores que aspiren a algo más que ver superhéroes con poderes sobrenaturales, se llama "Por trece razones".

Por 13 razones.

Mi hija, complicada adolescente allá donde las hubiere, me informó sobre la última novedad de Netflix: la serie de tv "Por trece razones", basada en la novela de Jay Asher. Ella ya se había leído el libro, pero no le gustó en exceso. Sin embargo, yo decidí ver la serie, porque el difícil mundo de la adolescencia siempre resulta tan interesante como enigmático para los padres.

La magnífica serie "Por trece razones", en la misma línea reflexiva que "Leftovers", nos sumerge de lleno en las vidas cotidianas de un grupo de adolescentes que serán, al tiempo, seres atormentados y "atormentadores", víctimas y verdugos de sí mismos y de los demás.
La serie hace suya y defiende con una gran calidad humana y artística (fotografía, guión, actuaciones...) la máxima de Hermann Hesse: "No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno".
Por esto mismo,  este nuevo producto de Netflix es una serie inteligente que trata sobre los sentimientos y las emociones, pero en absoluto desde una perspectiva pueril o ñoña, sino desde un realismo que, por momentos, puede llegar a resultar angustiante para el espectador dispuesto a empatizar con el dolor de los personajes.
El error común de los adultos consiste en minimizar y quitarle importancia a esos pequeños e insignificantes sentimientos de los adolescentes; sentimientos que se nos antojan desbordados y desproporcionados. No entendemos que un problema, insignificante ante nuestros ojos de adultos, pueda ser vivenciado por un adolescente como algo trágico que le haga experienciar un dolor existencial insoportable. Tan insoportable como para hacerle fantasear con ideas suicidas o, incluso, conducirle al suicidio.

Catarsis introspectiva.

Siempre suelo decir que las mejores obras de arte, de cine y televisión, como en el caso que nos ocupa, son las que sugieren, las que permiten que las conciencias de los espectadores se abran a las diferentes posibilidades de sentir y vivenciar que les ofrece la realidad en la ficción.
Y "Por trece razones" logra, sobradamente, el objetivo de hacernos reflexionar a través de la ficción para, así, poder autodescubrirnos a nosotros mismos en nuestro singular y particular ser-en-sí, y también poder descubrir a los demás en el ser-ahí del ex-sistere.
Aunque es bien sabido que el ser humano es constitutivamente un yo individual, pero también un yo social y un yo histórico, no solemos reflexionar, al menos con suficiente atención meditativa, sobre cómo nuestra conciencia (yo personal) se relaciona con y en lo "otro"; cómo se socializa y llega a conciliar o equilibrar la verdad del sí-mismo con la verdad en y con los demás.
Sin embargo, la adolescencia es un período crítico de obligada reflexión; una etapa evolutiva en la que el yo egocéntrico del niño debe crecer para abrirse al mundo, a los demás y a la sociedad en general. Nadie puede escapar de esta dura prueba de fuego que es la adolescencia, y que exige crecer y madurar. Una etapa complicada, porque al joven que se desconozca por completo a sí mismo, le será muy díficil empatizar socialmente para poder conectar con los demás. Pero al adolescente encerrado en sí mismo, obsesivamente instrospectivo y celoso defensor de la verdad de un yo narcisista y prepotente, también le resultará casi imposible relacionarse satisfactoriamente en y con lo otro.

Lo más interesante de esta serie es que conseguirá que muchos adolescentes se identifiquen con el dolor y el sufrimiento de los jóvenes personajes; pero, atención, porque creo que para los adultos la serie abrirá muchas más posibilidades, pues ellos podrán volver a vivenciar (rememorar) cómo fueron sus adolescencias, podrán cuestionarse su rol actual como padres o, incluso, podrán juzgar la figura del orientador del instituto (personaje clave en la trama de "Por trece razones").
De hecho, toda la serie es, en sí misma, un gran juicio; un juicio bien orquestado a la moral y la ética, un juicio al concepto de verdad; un juicio a las víctimas y a los verdugos. Un juicio inteligente sobre el animal de realidades que es el ser  humano.

Hannah Baker

¿Cómo se ve a sí mismo un adolescente?
La mayoría de los adolescentes suelen ser muy severos consigo mismos; ven imperfecciones y defectos donde no los hay, o los sobredimensionan y exageran en caso de que los haya. Les resulta imposible obtener una autoimagen nítida y clara de sí mismos, por lo que necesitan verse y reconocerse a través de los diferentes espejos que les proporcionan los demás; a través de las miradas y, sobre todo, de las críticas y opiniones de los demás.
Hannah Baker, la protagonista de "Por trece razones", como todos los adolescentes, también necesitó conocerse a sí misma a través de las miradas y la opinión crítica de los demás. Lo tenía todo a su favor, pues era una chica guapa, simpática e inteligente que, además, comenzaba una nueva vida en una nueva ciudad donde tendría la oportunidad de conocer a nuevos amigos. Y, a pesar de todo ello, se suicidó.
¿Pero por qué se suicida una chica guapa, sociable e inteligente que, a priori, parece tenerlo todo a su favor para ser feliz y tener éxito en la vida?
La propia Hannah Baker nos dará las "trece razones" que, según ella, le condujeron al suicidio; nos explicará la verdad vivenciada (su verdad) que le instó a acabar con su vida.
Obsérvese que he escrito verdad vivenciada, porque la verdad, cuando hablamos de sentimientos, nunca es objetiva, sino que es un sentir experienciado que adquiere un modo de ser real en la conciencia individual de cada sujeto,
El hecho de que la verdad de Hannah sea una verdad vivenciada, única y personal, dificultará que pueda ser comunicada, tanto al resto de personajes de la serie como a los propios telespectadores. Por eso Hannah, en un intento desesperado por comprenderse a sí misma y salvarse del suicidio ("darle una última oportunidad a la vida") decidirá verbalizar su verdad, racionalizarla (dar razones) para buscar un sentido a su sufrimiento; para encontrar una salida alternativa al suicidio.

La verdad verbalizada.

La única razón por la que alguien se obliga a verbalizar, convertir en logos su íntima verdad vivenciada, es para compartirla con los demás.
Hannah desnudó su alma, su sufrimiento personal, para que este, ya objetivado, explicado y racionalizado, pudiera ser entendido por los demás. Pensaba Hannah, como piensa todo creador que busca la cura de un dolor personal, que cuando la verdad vivenciada es asumida socialmente adquiere carácter de universal; la verdad personal se convierte en más "verdadera" y auténtica, porque pasa de manifestarse como un modo de ser real, oculto en la conciciencia individual, a desvelarse como verdad en el ex-sistere, en y con los demás.
La verdad íntima desvelada adquirirá status de auténtica verdad en la medida que sea compartida con los demás, de la misma manera que se nos antoja que la verdad que ocultamos y no reconocemos (ante los otros) no podrá legitimarse como auténtica.
Hannah grabará en unas cintas de cassette las razones que le empujaron al suicidio, y dejará instrucciones para que dichas cintas lleguen a los protagonistas de las mismas: a todos aquellos chicos y chicas que, directa o indirectamente, tuvieron algo que ver con su fatídica decisión final. Así, la vivencia de Hannah se hará verbo, y el verbo se convertirá en Verdad.
Ya antes, sin embargo, Hannah ensayó otra vía artística y creativa para superar su dolor: la poesía. Pero cuando parecía que el descubrimiento de la vía poética podría salvarla de su angustia existencial, la sensibilidad blanda de Hannah, muy fácil y susceptible de ser herida, le impidió recorrer ese camino de salvación.

Perfiles de personalidad.

Ya hemos dicho que Hannah era una chica guapa, simpática e inteligente, pero ¿cómo era Hannah emocionalmente?
En mi opinión, Hannah era extremadamente sensible, poseía un marcado rasgo de sensibilidad blanda, fácil de herir.
A lo largo de todos los capítulos de la serie se suceden episodios en los que Hannah se siente herida y ofendida, no solo cuando objetivamente es agredida verbalmente por sus compañeros de instituto, sino también cuando interrelaciona con sus amigos más íntimos y estos no responden a sus expectativas afectivas o no muestran excesivo tacto emocional en sus conductas. Hannah se siente defraudada a menudo, sobre todo por su mejor amigo (Clay), que es un chico, también hay que decirlo, que no es demasiado hábil en las relaciones sociales y al que le cuesta empatizar con los demás e interpretar el entorno circundante.
De hecho, Hannah era una chica de una gran inteligencia emocional, pero que no tenía mecanismos de defensa resistentes para superar la frustración y la decepción que le generaban sus relaciones con chicos y chicas más primarios emocionalmente, más inmaduros, en definitiva, que ella.
El mejor amigo de Hannah, Clay Jensen, también era un chico muy inteligente, pero mostraba una importante inmadurez emocional. Esto exasperaba a Hannah, pues Clay era honesto y sincero, un chico imaginativo como ella y una persona de confianza. Pero Clay no captaba las sutiles señales que le mandaba Hannah, bien a través de códigos de comunicación no verbal o mediante guiños intencionados (bromas, mensajes con doble sentido...). ¡Tonto! ¿No ves que estoy por ti?, parecía decirle una y otra vez a Don Casco (mote que Hannah le había puesto a Clay). Pues no, Clay no lo veía, pues no era capaz de interpretar las sutiles señales del entorno, menos aún las de la íntima amiga por la que él sentía un gran afecto, pero, al tiempo, pensaba que estaba fuera de su alcance para llegar a ser algo más.

Negación de la verdad de Hannah

Ya hemos explicado cómo una verdad personal e íntima, que solo puede vivenciarse en la conciencia del sujeto, necesita ser compartida y reconocida por los "otros" para poder ser sancionada públicamente como Verdad objetiva.
Las trece razones que Hannah graba en una cassette constituyen, de hecho, la verbalización necesaria para que la verdad experienciada por ella sea reconocida por los demás (sus compañeros) como objetiva y real en el ser-ahí del mundo, y no solo en el ser-en-si de la conciencia de la propia Hannah.
Pero además de ser verbalizada, la verdad de Hannah necesita ser confesada para, así, poder "dar otra alternativa a la vida" y superar las tentaciones suicidas.

El papel de confesor, en la serie, le correspondió al orientador del instituto; un individuo que se obligaba a empatizar con el dolor de los alumnos, pero que, como quedó reflejado en la entrevista que mantuvo con Hannah, carecía de la formación propia de un psiquiatra o un psicólogo.
Cuando Hannah, armándose de valor, decidió confesarle al orientador la verdad de su violación, este, quizás, no estuvo a la altura de las circunstancias.
Pienso que la escena entre Hannah y el orientador (la última de las trece razones de su suicidio) es clave para entender la decisión final de la joven adolescente.
Hannah, desde luego, no supo verbalizar con suficiente claridad objetiva si había sido violada o, tan solo, se arrepentía de haber tenido una relación sexual confusa o insatisfactoria.
Efectivamente, los telespectaores sabemos que Hannah fue violada, por la sencilla razón de que fuimos testigos de su negativa (verbalizada) a tener relaciones sexuales con su violador. Pero Hannah no hizo nada, más allá de negarse, con voz trémula y débil, a tener sexo; no gritó, no forcejeó, no luchó para zafarse de su agresor, el cual, como se aprecia en la serie, mancilló a Hannah con relativa facilidad.
La manera en que Hannah le relata su vivencia al orientador, reconociéndole que no opuso resistencia, hace que éste dude sobre la veracidad que Hannah verbalizó, aunque la joven (insisto en este punto) dejara bien claro que ella le pidió a su agresor que parase y no consumase el acto de violación.
Cuando Hannah salió del despacho del orientador, esperó unos minutos fuera, con la esperanza de que el confundido orientador saliese detrás de ella y la "salvara", no ya solo aceptando su verdad, sino acompañándola y ofreciéndole apoyo emocional. No fue así.

¿Cuándo se produce una violación?

Desde el momento en que la voluntad de un individuo vulnera la de otro.
Yo lo veo como un conflicto entre voluntades. La voluntad del sujeto que impone sus deseos de poseer, agredir o humillar, contra el sujeto que no desea que su libertad sea vulnerada. Al final, siempre se reduce todo a la lucha entre el fuerte y el débil. Triste, pero cierto.

A lo largo de la serie se suceden dos violaciones, y en ninguna de ellas las chicas mancilladas oponen resistencia. En el primer caso, la chica yace inconsciente por embriaguez y el violador aprovecha la ocasión  para imponer su voluntad. Hannah, sin embargo, está consciente en todo momento; es más, está aterrada, paralizada y bloqueada, y solo acierta a decirle a su agresor que pare. No sabe cómo frenar a su agresor con contundencia y la violación se consuma ante la aparente pasividad de Hannah.
No importa que las dos víctimas, por causas distintas, permanecieran pasivas ante la agresión. Lo importante es que en ninguno de los dos casos fue respetada la libertad de las agredidas a negarse. La chica inconsciente no pudo ejercer, sencillamente, su libertad para decidir si deseaba o no mantener relaciones sexuales, pero Hannah sí ejerció su libertad para negarse, aunque fuese tímidamente y bloqueda por el miedo. Ninguna de las dos libertades de las víctimas fueron respetadas.

La violación de Hannah produce dolor en el telespectador, porque éste ya se ha convertido en cómplice de su sufrimiento a lo largo de varios capítulos. El espectador, que ya ha empatizado con Hannah, entiende que es un chica sensible y fácil de herir, pero, cuando llega la terrible escena de la violación, no puede por menos que exclamar: ¡Haz algo! ¡Grita, patalea, pide ayuda! Y, entonces, el espectador amigo no puede evitar, inconscientemente, culpar a Hannah y convertirse en su peor enemigo; porque Hannah le defrauda, la joven sumisa le falla y no responde como él hubiese deseado que respondiera; porque, en definitiva, la pasividad de Hannah duele mucho más que la violación en sí misma. La violación, al ser consumada sin resistencia, resulta doblemente dolorosa y terrible a los ojos del telespectador, porque no solo se vulnera la libertad de Hannah cuando dice "no", sino que, además, parece que la víctima legitime la agresión como una relación sexual consentida.
Esta aparente legitimación de la violación, malinterpretándola como una relación sexual consentida, constituye en sí misma una segunda violación.

Todo individuo que es agredido y humillado se siente culpable de ser como es; ser débil y no saber defender la propia dignidad e integridad personal ya es muy doloroso de por sí. Para cualquier víctima, cuya voluntad ha sido violada,  resulta bastante difícil vivir con la vergüenza de sentirse cobarde o fracasada como para, además, tener que soportar las miradas de quienes, quizás sin darse cuenta, les reprenden por su pasiva forma de ser; máxime si dichas miradas son las de sus seres más queridos.

Para los chicos que sufren acoso escolar, por ejemplo, resulta casi más dolorosa la mirada de desaprobación, cuando no de desprecio, de un padre herido en su orgullo, que las miradas burlonas y despectivas de los propios agresores. ¿Por qué tengo un hijo tan "nenazas"? se preguntan muchos padres en silencio aunque, en ocasiones, la rabia y la impotencia les hacen verbalizar sus sentimientos, arrojándolos, inmisericordes, a la cara del hijo que no responde a sus expectativas.
Toda víctima, máxime si es un joven adolescente, necesita comprensión y afecto; necesita apoyo emocional que le haga superar no solo la agresión, sino también la vergüenza y el desprecio que siente contra sí mismo.

En fin, una serie de tv inteligente, para ver, para reflexionar  y para sentir.