lunes, 3 de febrero de 2020

JUSTICIA SOCIAL (el último esencialismo)

INTRODUCCIÓN

Antes de que Nietzsche nos anunciara "la muerte de Dios", entendida ésta como el olvido del mundo suprasensible o celestial, Hegel todavía hizo un último esfuerzo por tal de desvelar el fin último del "espíritu" (sentido del ser) aferrándose a la última metafísica (con permiso de Heidegger) que pudiera permitirle a la humanidad conocer cuál sería su destino último: la síntesis o final de la historia en un todo absoluto (sentido o razón de ser).
La dialéctica hegeliana, esa lucha entre las relaciones conflictivas que se dan entre el mundo y los individuos, fue retomada por Karl Marx para demostrar que, efectivamente, el devenir de la historia no era caprichoso, sino que obedecía a una "lógica" interna (científica) que no era tanto "espiritual" (esencialista) como material. Nació, así, el materialismo dialéctico y la dialéctica histórica. De esta manera, pretendidamente "científica", Marx asumió "la muerte de Dios" y, al tiempo, superó la dialéctica del espíritu de Hegel transformándola en una dialéctica materialista.

FENÓMENO Y CONCIENCIA

¿Qué es la persona? Básicamente un YO consciente de serlo (primera certeza cartesiana). El ser humano es constitutivamente un yo individual (conciencia) que comparte una conciencia social o colectiva (en y con los otros) a lo largo del tiempo (historia). Por tanto, el ser humano está definido por estas tres dimensiones (individual, social e histórica) que determinarán la manera en que su conciencia (Yo) habrá de relacionarse en el mundo con-y-en los otros.

¿Qué es el mundo? Un conjunto de fenómenos. Pero el mundo no es tan solo el conjunto de cosas (entes) que la conciencia del sujeto experiencia y/o aprehende como elementos (objetos) de la realidad, sino que es también el producto resultante, vivenciado en la conciencia, de un modo de ser o pre-ser. Ello se debe a que el fenómeno no se manifiesta puro en la conciencia del sujeto, como un ser-en-sí mismo, sino que inevitablemente se conforma en la mente del individuo a partir de lo que éste aprehende de la realidad más los pre-conceptos y pre-juicios sitos en su conciencia.

Así pues, las relaciones entre la conciencia y los fenómenos se llevan a cabo a través de una dialéctica o proceso constante de búsqueda de sentido (esencia). Y ello es así porque al ser imposible que el fenómeno pueda experienciarse en su forma pura en la conciencia, ésta no tiene más remedio que interpretarlo; es decir, la dialéctica es, en última instancia, un proceso hermenéutico cuyo fin último es interpretar el mundo para crear una cosmovisión, un sistema lógico que permita conocerlo y, lo más importante, permita saber ¿por qué y para qué somos?

¿POR QUÉ Y PARA QUE SOMOS? (la existencia)

Muerto Dios, y con él la creencia en mundos suprasensibles, la humanidad quedó huérfana de sentido. ¿Qué sentido tiene para los individuos ser-en-el tiempo por un intervalo finito para, al final, descubrir que tan solo son "seres para la muerte"; seres indigentes, sin posibilidad de salvación, que se diluirán en el olvido de la nada? ¿Qué sentido tiene, entonces, sacrificarse en la vida por y para nada? Ninguno. Por ello la existencia humana debe transcendentalizarse, si no a través de la religión tradicional, sí a través de nuevas religiones ideológicas. Toda ideología es en sí misma, y por más que pretenda negarse, un esencialismo; es decir, es una razón, en última instancia, por la que poder conseguir que los individuos se obliguen a vivir y sacrificarse. O, como dijera Camus, una razón para eludir el suicidio y evitar la desidia vital que conduce a la autoinmolación.

JUSTICIA SOCIAL

El espíritu (léase el sentido del ser), según Hegel, habría de desvelarse al final de la historia como un Absoluto o síntesis resultante de la lucha (dialéctica) entre conciencias. Pero el espíritu hegeliano se nos revelaría como un esencialismo nacionalista y alemán; como un particularismo que, por dictamen del devenir histórico, devendría absoluto universal. Pero lo esencial, concluyó Marx enmendando a Hegel, debería ser lograr articular una sociedad universal feliz donde imperase la "justicia social" para toda la humanidad, una humanidad sin patrias, sin dioses, sin reyes ni tribunos. Es decir, la esencia, entendida como sentido o razón humana, habría de consistir en alcanzar un fin último: una síntesis feliz que diera por concluida la historia.
¿Pero qué es la "justicia social"? ¿Cómo alcanzarla?

Veamos algunas definiciones de lo que es o debería ser la justicia social:

Justicia social utilitarista: según Stuart Mill se alcanzaría la justicia en aquella sociedad donde el mayor número de sus ciudadanos fuesen felices. Habría, así, mayor justicia social cuanto mayor felicidad colectiva.

Justicia social marxista (utópica): según el marxismo una sociedad justa sería aquella en la que el Estado diera a cada ciudadano según sus necesidades y le exigiera según sus capacidades. La felicidad sería el resultado de una existencia des-preocupada (desestresada) con las adversidades vitales, pues desaparecido el Capitalismo, y con él la razón de ser de las clases sociales en conflicto, se lograría un reparto justo de la riqueza.

Justicia social razonable: según John Rawls, la justicia social se alcanzaría a través de un contrato social entre los ciudadanos y el Estado, articulando políticas para distribuir la riqueza de manera "razonable" y logrando un consenso aceptando el pluralismo político y confesional de cada conciencia individual.

Podríamos aceptar, salvando algunas diferencias conceptuales, que la justicia utilitarista se correspondería con una cosmovisión liberal, es decir, con una interpretación liberal del mundo. La justicia social marxista se correspondería con una cosmovisión justificada científicamente (supuestamente) pero que no dejaría de fundamentarse en un idealismo esencialista o "deseo" de alcanzar un justo fin último (el final de la historia). Por último, la definición de justicia propuesta por Rawls se correspondería con una concepción "democrática", social y/o liberal, centrada, como el marxista, en el interés de lograr un reparto justo de la riqueza, pero no a través de un Estado omnipresente y totalitario, sino a través del acuerdo consensuado entre ciudadanos.

CONCLUSIÓN

Las ideologías del SXX, como antes sucediera con las religiones, defienden la necesidad de creer en sus respectivos credos esencialistas; es decir, instan a la ciudadanía a creer en una determinada cosmovisión (interpretación del mundo y el fin último del mismo) que dé sentido a sus vidas.
La justicia social se ha convertido, así, en un nuevo Dios; una idea hipostasiada y/o sustantivada que ha de alcanzarse a través del cumplimiento de unas normas sociales (leyes éticas de los hombres) sin que sea ya importante, para el conjunto de la sociedad, que se cumplan, o no, las leyes morales de las religiones tradicionales.

Pero alcanzar la justicia social, como comulgar con Dios o con cualquier ideal esencialista, exige sacrificio, trabajo y superación por parte de todas y cada una de las conciencias individuales que conforman la conciencia colectiva. La felicidad nunca es gratis. Y, como ha sucedido a lo largo de la historia, las propuestas ideológicas del SXX, ya tradicionales, también están siendo cuestionadas por nuevas conciencias disidentes que se pretenden revolucionarias y, por supuesto, más justas.

Entre las principales conciencias que se muestran contrarias o reacias a aceptar las ideologías más relevantes del SXX (liberalismo, marxismo-leninismo y socialdemocracia) se encuentran, por supuesto, las conciencias religiosas, pero también nuevas conciencias, como la animalista o la conciencia femimarxista. Esta última conciencia, surgida de la síntesis entre un primer feminismo liberal (igualitario) y un tardío feminismo radical marxista (supremacista) está mutando, rápida y de forma preocupante, en una suerte de pseudoreligión que, de nuevo, en vez de aceptar la pluralidad de conciencias, ha optado por el conflicto entre las mismas. El femimarxismo ha sustituido la lucha de clases por la lucha de géneros, declarándole, así, la guerra sin cuartel al género masculino, al que acusa de ser un opresor heteropatriarcal; una nueva manera de designar a la otrora conciencia enemiga burguesa y capitalista.

Sin embargo, tanto la clase de género como la clase social son conceptos inexistentes; son construcciones teóricas o ideas creadas expresamente para servir a los fines de determinadas cosmovisiones ideológicas.

Según el femimarxismo, la justicia social solo será posible en una sociedad matriarcal donde la conciencia feminista logre erigirse, dictadura de género mediante, en la única conciencia auténtica. La ciega fe en esta nueva pseudoreligión ya está provocando importantes conflictos y desigualdades sociales, como la que ha supuesto en España la implantación de la LVGI; una ley que vulnera derechos y libertades de los hombres tan solo por el hecho de que estos sean hombres.

Occidente ha vuelto a las luchas intestinas (ahora entre hombres y mujeres) en el "claro del bosque", pero, como no podía ser de otra manera, por mor de alcanzar utópicos ideales de justicia social.