miércoles, 26 de julio de 2023

EURABIA O CRISTIANISMO HEGELIANO PARTE II

INTRODUCCIÓN

Le explicaba al amigo José, en anteriores comentarios de la parte I de esta reflexión:

Un cristiano hegeliano puede ser, perfectamente, también un ateo; porque lo que importa no es creer en un ente supremo (Dios) sino en un espíritu colectivo que aglutine y permita la perdurabilidad de la cosmovisión y razón de ser occidental.

Ahora quisiera matizar y añadir que ni siquiera sería necesario creer verdaderamente en ningún espíritu o razón de ser colectiva. Tan sólo tendríamos que desear creer, como señalara el psicólogo William James, en la verdad sentida que quisiéramos hacer nuestra. Se trataría, en realidad, de obligarnos a querer creer; obligarnos a autoengañarnos o autohipnotizarnos, como se prefiera, para huir de la náusea ante la nada y el sinsentido de la existencia.

Hace ya muchos años le pregunté a un buen amigo, comunista convencido, si había leído a Marx. Me respondió que no, que no había leído a Marx. Sin embargo, él creía en Marx y, por supuesto, en las bondades del comunismo. De manera parecida, cientos de miles de individuos se dicen cristianos sin haber leído la Biblia.

Para creer en algo no es necesario leer ni conocer, sino tan sólo sentir, es decir, tan sólo necesitamos descubrir qué clase de persona somos, y será nuestro modo de ser el que elija aquella filosofía y/o ideología más acorde con nuestro Yo (Fichte).

Mi tesis postula, por lo tanto, que en tiempos de la razón cínica (Peter Sloterdijk) sólo puede imperar el relativismo cultural y epistemológico (¿qué es la verdad?, preguntó cínicamente Poncio Pilatos), porque una vez desenmascaradas todas las prepotencias inherentes a los grandes metarrelatos del pasado (cristianismo, marxismo, capitalismo...) nadie puede creer realmente de corazón y con verdadera fe en los mismos. 

Ahora, la razón, que antaño fuese ilustrada, ya sólo puede ser cínica e hipócrita, sólo puede obligarse a creer en nuevos microrrelatos (femimarxismo, ecologismo, animalismo, ideologías LGTBI y queer...).

La intelligentsia humanista, los nuevos pastores del ser, no pudiendo defender ya los viejos y obsoletos metarrelatos del pasado lo han apostado todo a un nuevo poshumanismo multicultural que defiende la pluralidad de conciencias.

La apuesta, desde luego, es atrevida, pero también generosa: que cada cual se autorrealice o se identifique con la verdad sentida que desee. Nada que objetar.

Sin embargo, este nuevo poshumanismo, emancipador y sin duda con aspiración universalista, choca con el único gran metarrelato que todavía no ha limado suficientemente su celo dogmático: el Islam.

Incluso a los musulmanes más moderados y tolerantes les cuesta aceptar, por ejemplo, la realidad de la homosexualidad, un modo de ser que ya se ha visibilizado y aceptado ampliamente en Occidente.

¿Qué sucederá en Eurabia de aquí a unas décadas, cuando las sociedades europeas estén fuertemente islamizadas? ¿Perderán los homosexuales y las mujeres, sobre todo, derechos y libertades que costaron siglos conquistar?

Hasta ahora, Europa había apostado por políticas multiculturales de integración, sin duda loables, despreocupándose de la posibilidad de que en el futuro pudiera producirse un choque entre civilizaciones.

La intención era buena, pero lo ocurrido recientemente en Francia ha dejado al desnudo una terrible y dolorosa verdad: la integración multicultural ha fracasado.

Quizá ya sea hora de que Europa recupere al viejo Hegel, pero readaptándolo a la realidad de los nuevos tiempos posmodernos.

LA FENOMENOLOGÍA DEL ESPÍRITU

Hegel hizo una pertinente distinción entre religión positiva, revelada y heredera de la tradición, y religión natural, producto de la reflexión razonada. El filósofo alemán creía que era necesario buscar una síntesis entre los sentimientos, mitos y razón, para, así, dar forma a una suerte de nueva religión ideológica.

Dicha religion ideológica tendría como objetivo fomentar el sentimiento de pertenencia a un proyecto común, pero, al mismo tiempo, debería permitir el libre desarrollo de una ética individual, sin someter a los ciudadanos a los dictados de una moral colectiva.

Los individuos, siguiendo los dictados de la razón, deberían alcanzar una voluntaria autonomía moral, es decir, deberían hacer suya una concreta cosmovisión (normas y valores), pero voluntariamente y sin coacciones.

Esta propuesta hegeliana, en mi opinión, tiene varios puntos en común con algunas de las tesis de Slavoj Zizek y Gustavo Bueno, ambos marxistas (curioso).

Decía Zizek, en su obra "Menos que nada", que la adhesión a un líder, y a una determinada cosmovisión ideológica, debía producirse libre y conscientemente, sin coacciones por parte de un Estado impositor. Por eso, Zizek definía su modo de ser comunista como el propio de un ateo-religioso, porque el comunismo, según él, era una suerte de religión que no creía en Dios, pero sí creía, al modo hegeliano, en un proyecto común universalista o fin último; es decir, sentía y creía pertenecer a algo más que una moral teologal; sentía que pertenecía a algo parecido a lo que Rousseau denominó religión civil: el sentimiento de pertenencia a una razón de ser y a los símbolos culturales comunes de una civilización.

De manera parecida, Gustavo Bueno se autoproclamó ateo-católico, pero en vez de fundamentar dicho modo de ser a partir de una síntesis hegeliana (sentimientos y razón) lo hizo únicamente a través de los postulados de la razón del materialismo filosófico, prescindiendo de cualquier atisbo de idealismo sentimental.

Gustavo Bueno prescindió de la idea de espíritu hegeliano, es decir, prescindió de la abstracciones de la autoconciencia individual y colectiva, que sí hace suyas Zizek, porque Bueno fue, ante todo, aristotélico.

ARISTÓTELES FRENTE A HEGEL

Hegel consideró que la razón analítica de Kant era, en realidad, una razón del entendimiento, es decir, Hegel creyó que la razón podía construirse  o fundamentarse reflexivamente, porque, al cabo, la razón era el producto de las necesidades específicas de cada época. Así, cada época habría expresado a lo largo de la historia una concreta dialéctica de contrarios, fruto de la escisión entre razón y sentimientos.

La razón analítica de Kant hacía suyos dos principios de la lógica aristotélica que, hasta Hegel, parecían incuestionables:

1) El principio de identidad: A no puede dejar de ser A

2) El principio de no contradicción: A no puede ser al mismo tiempo no A

Sin embargo, Hegel superó los principios de la lógica aristotélica a través del lenguaje de la teología, porque, en su opinión, el filósofo debía poseer tanta fuerza estética como el poeta. Así tenía que ser, porque la filosofía debía crear nuevos mitos, ficciones sugerentes que permitieran crear un relato.

El relato, para Hegel, era el proceso narrativo a través del cual se manifestaba y se mantenía vivo el espíritu en su doble dimensión individual y colectiva para afrontar problemas teóricos y existenciales.

En esta definición de relato se halla la clave para entender no sólo a Hegel, sino a los actuales microrrelatos, tales como la ideología de género, la ideología queer o las crecientes mareas animalistas y ecologistas.

Hegel hizo suyo el lenguaje de la teología porque éste le permitía crear un relato burlando los dos principios ya citados de la lógica aristotélica.

De hecho, el avispado Hegel advirtió que el relato cristiano era tremendamente sugerente y poderoso porque negaba el principio de la lógica que postulaba que A no podía ser al mismo tiempo A y no A. 

La especulación teológica sí afirma que Jesús es al tiempo hombre y Dios, es decir, Jesús, contra toda lógica, sí puede ser A y no A.

Ahora se entiende mejor por qué Judith Butler, la ideóloga de la performatividad del género, se declara hegeliana:

Si Jesús podía ser al mismo tiempo hombre y Dios, ¿por qué un hombre no va a poder ser una mujer? Mejor aún ¿por qué no identificarnos con un género fluido que nos permita, según nuestra verdad sentida, ser A o B, hombre o mujer?

Negando la lógica aristotélica se niega la tradicional razón kantiana a través de la cual se fundamentan la ciencia y la biología. 

Y aquí quería llegar.

El metarrelato del Islam no está por la labor de asumir las nuevas espiritualidades o verdades sentidas que se están imponiendo en Occidente a través de la institucionalización (legal) de  políticas coactivas e impositoras. No puede, porque el Islam todavía está sometido, nunca mejor dicho, a los dictados de una religión revelada que todavía no permite el libre desarrollo de una ética individual; una ética que sí se permite, de momento, en Occidente.

Pero, claro, los seguidores de Gustavo Bueno, todavía fieles a los principios de la lógica aristotélica, también se niegan a construir relatos que pudieran resultar sugerentes y atractivos para dar forma a una espiritualidad cristiana y hegeliana.

CONCLUSIÓN

Yo sospecho que somos millones los occidentales que no comulgamos con el metarrelato, supremacista y dogmático del Islam. Tampoco podemos hacer nuestros, al ser contrarios a los principios de la razón lógica, los postulados hegelianos del trasnochado metarrelato comunista (Zizek). Ni podemos asumir las verdades sentidas de los microrrelatos que pretenden imponer las nuevas ideologias LGTBI y queer .

Pero, en mi opinión, sí hay que pensar a Hegel contra Hegel, o, al menos, contra sus hijos díscolos comunistas y demás ideólogos de peregrinas identidades de género.

Las sociedades europeas deberían crear un nuevo metarrelato cristiano y hegeliano a través del cual se manifestara y perviviera la espiritualidad occidental; deberían construir una serie de abstracciones (mitos y rituales litúrgicos) individuales y colectivos, que les permitieran salvar sus legados histórico-culturales.

Pero dicho relato debería difundirse, a la manera que proponía Hegel, a través de una razón sugerente que seduzca a los ciudadanos. Jamás debería imponerse, craso error que están cometiendo el femimarxismo y la Europa habermasiana, a través de políticas coactivas y/o penalizadoras, sino a través de una activa pedagogía social en toda la superestructura (educación, medios de comunicación y órganos e instituciones culturales).

Está claro que, en la actual época que nos ha tocado vivir, de nada sirve el razonamiento lógico. Es falso, como ha demostrado el reciente fracaso de VOX, que el dato (la realidad objetiva) mate al relato (el sentir subjetivo). Sólo un relato más poderoso y sugerente puede vencer a otro relato.

Ganará la conciencia que con más fuerza desee creer en su verdad sentida, y no la conciencia que todavía siga apegada a racionales lógicas aristotélicas.




viernes, 21 de julio de 2023

EURABIA O CRISTIANISMO HEGELIANO (salvar a Occidente) PARTE I

INTRODUCCIÓN

Unamuno creyó que la única manera de salvar al cristianismo pasaba, inevitablemente, por salvar a Occidente de su decadencia moral. Así nos lo explicó Don Miguel en su obra "La agonía del cristianismo". El insigne filósofo pensaba que Occidente agonizaba porque también agonizaba el cristianismo, y viceversa. La agonía de Occidente y la del cristianismo eran una misma agonía provocada por la perdida de valores tradicionales y, sobre todo, debida a la perdida de fe espiritual.

Sin embargo, Unamuno no realizó ninguna propuesta fundamentada filosóficamente para salvar al occidente cristiano. No pudo hacerla, porque su preocupación, como él mismo insistía en señalar, era espiritual y, por tanto, individual. Para Unamuno la agonía del auténtico cristiano era una cuestión íntima y muy personal, un asunto entre su alma y Dios. Por eso Unamuno se mostró muy beligerante con lo que denominó cristianismo social, un cristianismo politizado que aspiraba no tanto a salvar almas como a generar transformaciones sociales.

Ortega y Gasset sí propuso la unificación de Europa, en la forma de un novedoso proyecto supranacional confederado, que pudiera salvaguardarla de posibles amenazas externas.

Pero ni Unamuno ni Ortega, entonces, pensaron que el Islam pudiera ser una importante amenaza para Occidente, porque a principios del SXX, y cuando Ortega publicó "La rebelión de las masas" en 1930, sólo el comunismo y la China maoísta se consideraban potenciales enemigos de la civilización occidental. No obstante, Ortega sí que apuntó, en la ya mencionada "Rebelión de las masas", que el gran magma islámico podría devenir una amenaza futura:

"La probabilidad de un Estado europeo se impone necesariamente, La ocasión que lo impulse puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales,  o bien una sacudida del gran magma islámico".

Ya en 1930 Ortega apostaba por una Europa fuerte y unida que pudiera hacer frente a futuras amenazas (chinas o islámicas) susceptibles de provocar posibles choques entre civilizaciones.

Yo había pensado titular esta reflexión "Occidente frente al Islam", pero los recientes acontecimientos ocurridos en Francia, país inmerso literalmente en una guerra civil entre franceses autóctonos y masas de inmigrantes musulmanes, me han hecho ver que el occidente allende los mares, integrado sobre todo por países como EEUU, Australia o Nueva Zelanda, todavía se encuentra lejos y a salvo de las sacudidas del gran magma islámico.

Sin embargo, la vieja y decadente Europa sí está dramáticamente enfrentada al Islam, hasta el punto de haberse convertido, de hecho, en Eurabia, tal y como anunció que sucedería la pensadora Oriana Fallaci.

La escritora Oriana Fallaci (1929-2006) acusó al Islam de ser el enemigo que se había instalado en Europa, en nuestras casas y sin querer dialogar (cita literal). Acusó al Islam de no querer integrarse en la sociedades occidentales, pero también acusó a la izquierda europea de ser antioccidental, entre otros motivos, por permitir y alentar la inmigración ilegal musulmana.

Curiosamente, Fallaci, que desde muy joven había sido profundamente anticlerical, sintió una gran admiración por el Papa Benedicto XVI, y ya en su madurez se definió como una atea-cristiana. Más adelante recuperaré está peculiar autodefinición para relacionarla con la de ateo-religioso de Slavoj Zizek y la de ateo-católico de Gustavo Bueno.

Quizá fue Spengler, autor de "La decadencia de Occidente" (publicada en dos volúmenes en 1918 y 1922) el primero en refererirse a la desaparición de la civilización occidental. Enríquez de Aguilar escribió lo siguiente en las páginas de El Español Digital (2021) a colación de la profética obra de Spengler:

"De acuerdo con su teoría, Spengler anunciaba ya en 1922 la decadencia de Occidente, cuya etapa final consideró que coincidiría con el inicio del S XXI.

Hoy, la lectura de "La decadencia de Occidente" nos parece esencial, porque parece que nos toca vivir esa etapa de decadencia, de absoluta degeneración, previa a su final; lo que venga después no sabemos qué será, pero no será lo mismo."

¿Qué ha sucedido en Europa durante las últimas décadas para que, a pesar de las advertencias de pensadores como Spengler, Ortega, Oriana Fallaci..., el Islam haya podido dar forma a Eurabia, delante de nuestras narices y sin que nadie le chistara?

Han sucedido muchas cosas, sin duda, pero una de las más relevantes ya fue señalada por Oriana Fallaci: la izquierda europea, profundamente antioccidental, ha favorecido la implantación de irresponsables políticas de inmigración (políticas de puertas abiertas) que han facilitado la desintegración de la razón de ser occidental de la vieja Europa.


LA IZQUIERDA EUROPEA ANTIOCCIDENTAL

La civilización europea comenzó a constituirse a partir del primer proyecto humanista universal llevado a cabo por Roma (Heidegger en "Cartas sobre el humanismo") y más tarde por el cristianismo, también un proyecto humanista universal.

Como bien señaló Unamuno en "La agonía del cristianismo", el destino de la civilización occidental estuvo, desde el principio, ligado a la razón de ser cristiana. Pero el carácter cristiano de occidente comenzó a debilitarse y/o diluirse a partir del SXVIII, con el triunfo de las ideas ilustradas y la Revolución Francesa (1789). La razón y la ciencia moderna acabaron por desterrar la "espiritualidad cristiana" a un rincón olvidado de la historia, ya que la fe espiritual fue despreciada al ser considerada una creencia suprasensible, esencialista o metafísica.

Todas las izquierdas a lo largo de la historia, desde la primera izquierda definida jacobina hasta la maoísta, se autoproclamaron racionalistas y/o materialistas, es decir, se definieron como ideologías carentes de fundamentos religiosos y metafísicos.

Esta primigenia obsesión de las izquierdas por desprenderse de esencialismos sigue muy viva en los actuales dirigentes europeos. De hecho, la Europa globalista de hoy, que sueña con implantar la Agenda 2030, se autoproclama racional y constitucionalista y, por supuesto, laica.

La Europa habermasiana (socialdemócrata) desprecia profundadamente tanto al cristianismo como a las identidades nacionales, por considerarlas ebrias de esencialismos metafísicos, y por eso apuesta por las entidades políticas (democracia deliberativa, leyes constitucionales, diálogo comunicativo...) para articular una Europa supranacional que pueda despojar de soberanía nacional a los países que la integran.

Sin embargo, las políticas que lleva a cabo la Unión Europea pecan de no pocas incongruencias que dejan al desnudo su cínico e hipócrita doble rasero moral. Resulta curioso, cuanto menos, que en Europa siga despreciándose abiertamente la religión cristiana, al tiempo que se condesciende y se articulan políticas harto permisivas con la religión islámica. La intelligentzia europea (socialdemócrata, insisto) coacciona y penaliza a los países miembros de la UE que defienden sus respectivas soberanías nacionales, ya sea porque no permiten la entrada de inmigrantes musulmanes, caso de Polonia, o por negarse a suscribir determinados postulados de la globalista Agenda 2030.

En España, por ejemplo, las izquierdas siguen en su empeño de desterrar la religión católica de la enseñanza pública, mientras alientan y permiten que se den clases del Corán en las escuelas. Otro tanto sucede con la lengua común española, que en Cataluña, sin ir mas lejos, se persigue y es ninguneada, mientras en muchos colegios catalanes se comienzan a dar clases de lengua árabe.

La UE, que se vanagloria de despreciar cualquier esencialismo metafísico y/o religioso, ha devenido un fallido proyecto supranacional que no duda en subyugar a sus ciudadanos llevándolos a la ruina económica y social, por mor de satisfacer sus idealistas aspiraciones; ensoñaciones teleológicas ebrias de diversos esencialismos metafísicos que están presentes en los nuevos metadiscursos ecologistas y de género.

Si nos fijamos, la Europa habermasiada, no olvidemos que una Europa de izquierdas, dice despreciar las identidades nacionales y la religión cristiana por considerarlas impregnadas de fundamentaciones metafísicas, pero esta misma Europa socialdemócrata y constitucionalista se muestra harto permisiva con el Islam, una religión que, en el parecer del filósofo Peter Sloterdijk, todavía no ha limado suficientemente su celo dogmático.

¿Por qué las izquierdas europeas desprecian la religión cristiana pero, al tiempo, condescienden con la religión islámica?

La respuesta la dio Oriana Fallaci cuando señaló que la izquierda europea era/es profundamente antioccidental. Porque ser antioccidental implica, necesariamente, ser anticristiano y enemigo de las naciones soberanas.

Cuando Oriana Fallaci comprendió que la desintegración de Europa llegaría de la mano del Islam, y que éste era el medio a través del cual las izquierdas europeas pretendían dinamitar los dos pilares de la civilización occidental: nacionalismo y cristianismo, decidió que no tenía por qué estar reñido ser atea y cristiana; es más, Fallaci comprendió que soló una conciencia o razón de ser cristiana podría hacer frente a su conciencia antagónica islámica.

Oriana Fallaci, al proclamarse atea-cristiana,  fue la primera pensadora en deshacer la tramposa ilusión de alternativas de la que se servían las izquierdas para imponer su laicismo. El nudo gordiano que nos legó el perverso marxismo no podía desatarse utilizando la lógica y la razón, porque la lógica racional exigía justificaciones coherentes que no permitían incongruencias como, por ejemplo, la de ser ateo y, al tiempo, cristiano.

Oriana Fallaci, militante de izquierdas y anticlerical durante toda su rebelde juventud, decidió defender a Occidente de la amenaza del Islam. Y lo hizo cortando de un certero y valiente tajo la trampa que durante décadas construyó el marxismo para generar sentimientos de culpa y complejos en los escrupulosos liberales. Por supuesto que podemos ser ateos y cristianos, porque el ateo no cree en entes suprasensibles (dioses) pero puede creer perfectamente en una razón de ser o cosmovisión cristiana que dé sentido a su existencia. 

Se trataba, sencillamente, de anteponer el metarrelato cristiano al marxista, por una mera cuestión de supervivencia, por imperativo vital y existencial. Se trataba de articular una nueva propuesta liberal-conservadora que no sólo se preocupara por las necesidades materiales de la nación, sino también por las espirituales.

METARRELATOS

Decía que hoy, más que nunca, es necesario recuperar una liturgia espiritual, occidental y cristiana, que pueda salvar a Europa del gran magma islámico, porque sólo la fuerza espiritual (ojo, no necesariamente religiosa) nos permitirá sortear las tramposas ilusiones de alternativas con las que las izquierdas antioccidentales anulan la vitalidad y la voluntad de ser de las naciones europeas.

Es falso, como insisten en señalar las mentes más racionales, que el dato mata al relato. Por supuesto, para una mente racional y lógica, los datos, es decir, los hechos objetivos, deberían anteponerse a los relatos fantasiosos y subjetivos. Pero en tiempos posmodernos, donde impera la razón cínica, profundamente emocional y sentimental, solo un relato bien construido y fundamentado podrá vencer a su antagonista.

El metarrelato marxista castró y secuestró al tradicional liberalismo occidental convirtiéndolo en un permisivo liberalismo social, haciéndole caer en al trampa de una falsa ilusión de alternativas: si era conservador, entonces también era fascista. De esta manera, el liberalismo se enfrentó a una aporía que conducía a un callejón sin salida: si los liberales defendían a sus respectivas naciones, mostrándose dispuestos a salvaguardar la razón de ser de las mismas y su legado histórico-cultural, entonces eran tildados de fascistas. Pero si el liberalismo condescendía y permitía que sus sociedades coexistieran con conciencias antagónicas y contrarias a los valores de la civilización occidental, entonces el liberalismo claudicaba y se entregaba sumiso a una lenta y progresiva invasión, ya fuere comunista o islámica.

Cuando el liberalismo primigenio, republicano y nacional, mutó en liberalismo social, quedó rendido al metarrelato marxista. El liberalismo, lleno de complejos y carente de fuerza espiritual, se autoinmoló, renegando de sí mismo para no parecer un bárbaro irracional o un vulgar fascista. 

Así, el liberalismo social, convertido en liberalismo permisivo (Zizek), no tuvo más remedio que condescender y permitir que el comunismo y el Islam camparan alegremente por Europa, porque prohibir o ponerle límites al multiculturalismo o pluralidad de conciencias hubiese sido propio de fachas.


DEL AUTOENGAÑO A LA AUTOHIPNOSIS CÍNICA

Pensaba Unamuno, y con él supongo que la generalidad de los viejos liberales, que recurrir a autoengaños era deshonesto e inmoral.

Unamuno no pudo aceptar autoengaños cínicos que le permitieran creer en Dios cuando, en realidad, él era agónicamente consciente de haber perdido la fe (ver "La agonía del cristianismo"). Y es que Unamuno, como el resto de liberales de la vieja escuela, se obligó, ante la duda y la falta de fe, a ser permisivo y tolerante aceptando la pluralidad de conciencias en el claro del bosque.

Por eso Unamuno se mostró contradictorio en los albores de 1936, primero apoyando el Alzamiento Nacional para salvar a la España cristiana y occidental, pero más tarde arrepintiéndose, para, así, alejarse de la vehemencia de los bárbaros nacionalcatólicos y volver al redil de los buenos y talanteros liberales.

No, Unamuno no pudo traicionar a la diosa razón, pero la posmodernidad sí descubrió cómo burlar la razón, la lógica y el sentido común, a través de una serie de autoengaños cínicos que le permitirían legitimar e imponer nuevos microrrelatos o verdades sentidas.

Para Unamuno ser cristiano consistía en mantener viva la fe espiritual, pero de verdad, reconociéndose uno mismo como un verdadero creyente. Por este motivo, Unamuno, tanto en "Del sentimiento trágico de la vida" como en "La agonía del cristianismo", criticó duramente la apuesta de Pascal, considerándola un razonamiento utilitarista o pragmático que nada tenía que ver con la verdadera fe.

Vino a decir Pascal que "creer en Dios" era una apuesta segura, pues si Dios no existía nada se habría perdio por haber creído en él. Pero si Dios existiese, creer en él salvaría nuestras almas.

Unamuno, por supuesto, no creía que la falsa impostura de Pascal pudiera salvar el alma de quienes se autoengañaban pensando que la verdadera fe espiritual podía sustituirse por una artera y utilitarista apuesta. 

También el psicólogo William James recurrió a un autoengaño más sofisticado para poder creer en Dios ante la falta de auténtica fe.

Argumentó James que era posible llegar a creer en Dios si nos obligábamos a ello, apelando a una voluntad de creer que, a fuer de ser deseada, nos autoconvenciese de su existencia. Por supuesto, Unamuno tampoco aceptó este ardid psicológico, refinado autoengaño, por considerar que la verdadera fe espiritual nacía espontáneamente en y desde el individuo, y no como consecuencia de construir una creencia cognitiva fundamentada en los deseos y voliciones del sujeto.

Sin embargo, en mi humilde opinión, debemos reconocerle a William James haber sido el primero en descubrir los principios de la estrategia psicológica que Peter Sloterdijk denominaría autohipnosis cínica, al cabo un autoengaño psicológico consistente en construir y legitimar creencias en función de los intereses de los metarrelatos o metadiscursos de la ideología de turno.

LA REINVENCIÓN DE LA METAFÍSICA EN LA POSMODERNIDAD

Decía Ortega que "la vida es drama y exigencia programática, por lo que toda acción vital es acción posible que provoca titubeos metafísicos".

Ortega nos habló de titubeos metafísicos, porque entendió que si la vida era constante pre-ocupación (ocuparse con antelacion) por cuestiones futuras, era obvio que ese anticiparse a lo que todavía no era, se manifestaba y actualizaba en la conciencia del sujeto como un pre-ser o idea hegeliana que aspiraba a consumarse como futuro-ser-en-el mundo.

La metafísica hegeliana, por tanto, ha estado presente en todos los metarrelatos que pretendieron dar sentido a la marcha de la historia o ansíaban la consecución de un fin último absoluto. Pero en el parecer de Lyotard, los grandes metarrelatos (cristianismo, ilustración, marxismo y capitalismo) ya habían sido superados por la posmodernidad, es decir, ya no seducían ni concienciaban a las masas. Por esta razón, Lyotard, hijo de la posmodernidad y del marxismo cultural, abogó por la defensa e implantación de microrrelatos resultantes de la pluralidad cultural y la diversidad de conciencias. Se comenzó a legitimar, así, el multiculturalismo que actualmente imponen las élites globalistas en la decadente Europa.

La cultura posmoderna, heredera de la Escuela de Frankfurt, y como bien observó Peter Sloterdijk en su "Crítica de la razón cínica", recelaba de cualquier conciencia prepotente que se erigiese en autoridad indiscutible. Ya no tenían vigencia los grandes metadiscursos de otrora, pues ninguno de ellos había conducido realmente a la liberación y emancipacion de los individuos. Por ello Theodor Adorno, desconfiando de los metarrelatos tradicionales, que consideraba prepotencias señoriales autoritarias, defendió la articulación de un nuevo pensamiento sensible, emocional y sentimental, que respetara, como ya indicara Lyotard, la diversidad y pluralidad de conciencias.

Ciertamente, el recelo y desconfianza en los grandes metarrelatos ocasionó que las sociedades occidentales se tornaran incrédulas (Lyotard). Pero esa primera incredulidad, en el parecer de Sloterdijk, dio paso a la configuración de un nuevo modo de ser occidental, fundamentado en lo que el filósofo alemán llamó razón cínica.

Los nuevos microrrelatos, en realidad nuevas conciencias posmodernas, se desprendieron de cualquier atisbo de fundamentación racional y lógica, apelando a sus respectivos derecho-a-ser en base a justificaciones sentimentales y/o victimistas. Dichos microrrelatos se sirvieron de una nueva razón cínica donde el sofisma, el engaño, la manipulación y tergiversación de la verdad, en el parecer de Sloterdijk, se convirtieron en los argumentos por excelencia.

Según Sloterdijk, estas nuevas conciencias (microrrelatos) se legitiman gracias a una estrategia psicológica que él denomina autohipnosis cínica, un autoengaño, como ya hemos visto, que es heredero de la voluntad de creer de William James.

A través de la autohipnosis cínica los indidividuos salvan las disonancias cognitivas (disincronías entre la realidad y los deseos del yo), obligándose a creer en aquello que mejor sirve a sus intereses emocionales y sentimentales.

Esta nueva razón cínica posmoderna salva a la izquierda, permitiéndole superar el trasnochado materialismo dialéctico marxista, reinventándose éste en la forma de un nuevo marxismo cultural.

Este nuevo marxismo cultural ha adelantado al liberalismo social por la izquierda, erigiéndose en una propuesta todavía más tolerante y permisiva ante la pluralidad de conciencias, hasta el punto de imponer, legislación institucional mediante, lo que yo llamo una multiplicidad de verdades sentidas.

LA IMPOSICIÓN DE LAS VERDADES SENTIDAS

No, no me he desviado del tema de esta refexión: "Eurabia". No lo he hecho, porque, como intentaré demostrar a continuación, si el Islam está consiguiendo configurar una nueva realidad histórica llamada Eurabia, ha sido, principalmente, porque la actual Europa socialdemócrata es profundamente antioccidental, es decir, es una convencida antinacionalista y anticristiana.

La verdad, la cruda verdad, es que el marxismo no ha fracasado en su empeño de articular su soñado proyecto internacionalista.

El marxismo ha sabido mutar, o metamorfosear, como señaló López Laso, reinventándose y adaptándose al sentir de la posmodernidad; ha sabido utilizar el multiculturalismo y la pluralidad de conciencias en su propio beneficio, para, así, ensayar un nuevo proyecto internacionalista, ahora globalista, que sigue los postulados hegelianos para conducir a la humanidad a un último fin absoluto o final de la historia.

Hoy, un hombre cualquiera, con un par de cojones de toro, puede autodefinirse como una mujer, y toda la sociedad, en su conjunto, deberá aceptar su verdad sentida, ¿por qué no aceptar la verdad sentida del Islam?

Toda verdad sentida es una verdad subjetiva que experimenta el sujeto en su conciencia (Hegel), a pesar de que dicha verdad o modo de pre-ser no pudiera tener su correspondencia con la realidad. Ya no importa la verdad aristotélica sujeta a la lógica racional, pues si lo que sentimos no se corresponde con la realidad, pues tanto peor para la realidad.

Un hombre que se autoperciba como mujer se podrá autoengañar, autohipnosis cínica mediante, diciéndose a sí mismo que la verdad es lo que él desea fervientemente que sea verdad, y no lo que dicte la realidad, la ciencia o la biología. De esta manera, la propuesta psicológica de Willian James ha encontrado, a pesar de las reticencias de Unamuno en el pasado, un tardío reconocimiento posmoderno.

Ahora resulta más fácil que nunca burlar las disonancias cognitivas, las discrepancias entre los deseos del yo y la realidad. Por eso, también triunfa la verdad sentida de los nacionalismo fraccionarios, porque no importa, por ejemplo, que Cataluña nunca haya sido históricamente ni un reino ni una nación. Basta con que la conciencia colectiva o espíritu hegeliano de todo un pueblo crea que Cataluña es una nación.

Las izquierdas antioccidentales nos dicen que las violaciones y abusos sexuales que muchos musulmanes cometen en Europa no son fruto de la maldad, sino de sus creencias culturales, es decir, son fruto de sus verdades sentidas; porque muchos de estos delincuentes creen, realmente, que la mujer es un ser inferior que debe someterse al varón.

¿Cómo hacer frente a esta multitud de verdades sentidas que están destrozando  la civilización occidental?

VOLVER A HEGEL

Mi tesis es osada, lo sé, pero se fundamenta en la necesidad, imperativo vital y existencial, de crear un nuevo cristianismo hegeliano que pueda salvar a Occidente del gran magma islámico. 

En la segunda parte de esta reflexión relacionaré "la fenomenología del espirítu" de Hegel con las tesis de Judith Butler (la performatividad del genéro) y las del comunista Zizek, ateo-religioso, confrontándolas con la propuesta de la razón histórica cristiana de Gustavo Bueno, que también postuló un nuevo modo de ser ateo-católico





martes, 4 de julio de 2023

"La agonía del cristianismo" de Unamuno (parte II)

INTRODUCCIÓN

Unamuno se pregunta qué es el cristianismo en el capítulo 2 de su librito "la agonía del cristianismo", reflexionando sobre el origen judío del mismo y llegando a unas interesantes conclusiones.

Fue San Pablo, en el parecer de Unamuno, quien elaboró una suerte de síntesis entre las creencias de fariseos y saduceos, aportando componentes helénicos (inmortalidad del alma) a la nueva doctrina cristiana.

Los fariseos, decía Unamno, creían en la resurrección de la carne y en la otra vida, pero los saduceos no. 

Escribió Unamuno:

Los judíos saduceos, materialistas, buscaban la resurrección de la carne en los hijos. Y en el dinero, claro...

Los saduceos, más materialistas que los fariseos, creían que el Mesías era el propio pueblo judío, el pueblo escogido. Por eso los saduceos, al no creeer en la resurrección de la carne ni en "la otra vida", buscaron la perdurabilidad del pueblo judío a través de la prole (los hijos). De ahí que Carlos Marx, un judío saduceo en el parecer de Unamuno, hiciera una filosofía del proletariado exenta de espiritualidad; porque la perdurabilidad de una idea (la razón de ser de un pueblo) sólo puede garantizarse en tanto, a lo largo de la historia, pervivan sucesivas generaciones de individuos que transmitan y mantengan viva la Verdad de esa idea o razón de ser.


EL JUDAÍSMO HELENIZADO Y EL ESPÍRITU HEGELIANO


Según Unamuno, fue San Pablo, el fariseo platonizante, es decir, idealista, quien fusionó los dogmas de la resurrección de la carne (creencia farisea) y la inmortalidad del alma (creencia helénica). Para ello San Pablo convirtió el Verbo (Evangelio) en letra (Biblia). 

Esta conversión del Verbo en letra, reveló a San Pablo como el Apóstol de los Gentiles, es decir, el apóstol de los paganos, porque, según Unamuno:

La inmortalidad del alma que se escribe, del espíritu de la letra, es un dogma filosófico pagano. Basta leer el Fedón de Platón para convencerse.

A Unamuno no se le escapó que, en realidad, además del idealismo platónico, era la idea del espíritu hegeliano la que subyacía tanto en la doctrina cristiana como en la marxista. El cristianismo anunciaba la salvación de las almas, y el marxismo la salvación de los hombres en una idealizada sociedad sin clases. Ambos proclamaban el final de la historia.

En el capítulo 3, titulado "Verbo y letra", Unamuno explica que durante una discusión entre Lenin y Marx, Lenin le hizo observar a Marx algo que reñía con la realidad. Pero Marx, obviando la evidencia de la observación realizada por Lenin, se limitó a contestarle: Tanto peor para la realidad.

Unamuno nos dice que Marx tomó de Hegel la negadora expresión "tanto peor para la realidad", porque claro, a Hegel no le importaba tanto lo que era como lo que podría llegar a ser; y lo que podría llegar a ser siempre sería una síntesis o fin último absoluto que pondría fin a las luchas entre conciencias.

Es una pena que Unamuno, más enfrascado en cuestiones teológicas, no desarrollara con mayor profundidad algunas pinceladas filosóficas que enriquecían sus autodiálogos reflexivos.

Marx tomó mucho de Hegel, como todos sabemos y sabía Unamuno. 

Unamuno lo explicaba en el capítulo 3:  "Marx creía que las cosas hacían a los hombres y producían cosas", es decir, Marx creía que los modos de producción determinaban las creencias y la cultura de los hombres (la superestructura). 

Hoy sabemos que no es así. Pero ya entonces, en 1923, Unamuno receló de este postulado marxista, porque Unamuno, conocedor de Hegel, sabía que, en realidad, eran las ideas las que hacían a los hombres.

Unamuno vio un claro paralelismo entre el cristianismo y el marxismo. De hecho, el marxismo, en tanto que hegeliano, también era un evangelio, porque lo evangélico siempre es la esperanza en el fin de la historia (cita en el capítulo 3). 

El marxismo, como el cristianismo, también aspiraba a crear un determinado modo de ser hombre, pero Unamuno receló de ese nuevo modo de ser que atentaba, directamente, contra los cimientos del cristianismo. Y receló, sobre todo, del caballo de Troya que fue el cristianismo social, porque la fusión del cristianismo con el marxismo sólo podría llevar a Occidente a su autoinmolación.

Y era esta creencia tan heideggeriana sobre la autoinmolación de occidente (Heidegger ya nos adviritió de que en el seno del humanismo anidaba el germen de su propia autodestrucción) la que, seguramente, generó la angustia y la agonía unamuniana, porque, de manera parecida, también Unamuno creyó que en el seno del cristianismo anidaba el germen que habría de destruir occidente.

Por ello no dudó Unamuno en enmendarle la plana al mismísimo Spengler, autor de la profética "La decadencia de Occidente", señalando que el hundimiento de occidente no era otra cosa que la agonía del cristianismo (cita literal).


EL CRISTIANISMO SOCIAL


La pre-ocupación de Unamuno ante la proliferación de lo que él llamó cristianismo social quedó patente en el siguiente párrafo del capítulo 6 titulado "El supuesto cristianismo social":

 ¡Qué es eso del reino social de Jesucristo, con que tanto nos marean los jesuitas?

Los jesuitas, los degenerados hijos de Íñigo de Loyola, nos vienen con la cantinela esa del reinado social de Jesucristo, y con ese criterio político quieren tratar los problemas políticos, económicos y sociales. El Cristo nada tiene que ver ni con el socialismo ni con la propiedad privada.

Según Unamuno, el auténtico cristianismo quiere buscar la vida eterna fuera de la historia (cita literal). Por eso Unamuno no aceptaba el "caracter social" y político que, influenciado por el marxismo, comenzó a atribuírsele al cristianismo.

¿Qué temía realmente Unamuno de ese "cristianismo social" que comenzaba a emerger a principios del SXX? ¿Acaso temía que el marxismo, astutamente, diluyera el primigenio mensaje cristiano en una suerte de ideología evangélica?

En este párrafo Unamuno nos da la respuesta:

Si muere la fe cristiana, la fe desesperada y agónica morirá nuestra civilización; si muere nuestra civilización morirá la fe cristiana.

El cristianismo comenzó a agonizar cuando se hizo político. Y desde entonces, y en el parecer de Unamuno, se están muriendo la civilización occidental y el cristianismo, al mismo tiempo, porque la muerte de uno lleva consigo irremediablemente la muerte del otro.


CONCLUSIÓN


Unamuno vivió con dolor la agonía del cristianismo que, en su parecer, suponía también la agonía de la civilización occidental.

Recordemos de nuevo (ver parte I) las palabras de Unamuno:

El cristianismo mata a la civilización occidental; a la vez que ésta a aquel. Y así viven, matándose. Y muchos creen que nace una nueva religión... el bolchevismo.

Yo me atrevería a interpretar estas palabras de Unamuno de la siguiente manera:

Lo que nos quería decir Unamuno (recordemos, en 1923) es que Occidente agonizaba en la medida que perdía su fe espiritual; es decir, la civilización occidental se hundía en la decadencia (Spengler) en la medida que se olvidaba del problema teologal y de las cuestiones metafísicas o del alma (el Ser heideggeriano).

Desde el momento en que Occidente sustituyó el cristianismo espiritual por un cristianismo social (jesuita y marxista) se despojó a sí mismo de alma y, con ello, abandonó la defensa de su razón de ser, dejando a otras conciencias antagónicas (bolcheviques) imponer sus respectivas verdades. Por eso, escribió Unamuno:

Un cristiano puede suicidarse racionalmente y puede matar la inteligencia de los demás. Y es lo que hacen los jesuitas. Hoy apenas hay nada más tonto que un jesuita; por lo menos un jesuita español.

Heidegger, de manera parecida, nos hubiera dicho que un humanista podía autoinmolarse, porque el pensador alemán, como Unamuno, también vio en el evangelio marxista (una religión en el parecer de Heidegeger) una amenaza contra la civilización occidental.

¿Pero a qué amenazas concretas se refería Unamuno?

Unamuno no sabía qué conciencia ocuparía el lugar que dejaba vacante la agonizante civilización occidental, pero se atrevió a especular:

¿Sería el bolchevismo o el fascismo? ¿El peligro amarillo, el peligro negro? ¿El peligro musulmán?

Unamuno enumeró diferentes conciencias que, ante la agonía del cristianismo y Occidente, podrían imponer sus respectivas razones de ser. Pero lo más curioso es que, sin apostar claramente por ninguna, sí se atrevió a descartar el peligro musulmán:

En cuanto el mahometismo tiene que actuar en la historia, haciéndose civil y político, se cristianiza, se hace cristiano. Lo que quiere decir que se hace agónico.

Supongo que en 1923 el Islam no podía considerarse una amenaza para Occidente. Unamuno consideró que el Islam, en tanto que religión monoteísta como el cristianismo, acabaría padeciendo los mismos males que occidente en la medida que se politizara y mutara en una suerte de Islamismo social.

Sin embargo, la civilización islámica ha demostrado que, lejos de hacerse agónica, es decir, lejos de perder su espiritualidad como vaticinó Unamuno, se ha convertido en una conciencia fuerte capaz de mantener viva su fe, conquistando Europa (ahora Eurabia) no sólo a través del vientre de sus mujeres; a través de su prole, como los saduceos, sino preservando su fe ante los contaminantes ideológicos (femimarxismo, ideologías de género, animalismo, veganismo...) que, de facto, ya han destruido la cristiandad y a Occidente.