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viernes, 31 de octubre de 2014

"Hombre" de Martin Ritt

He vuelto a ver "Hombre", un western poco conocido pero que, sin duda, es un film más que correcto. A mí me gusta, a pesar de que muestra un ritmo de acción algo lento. La película aborda interesantes dilemas existenciales y realiza disecciones psicológicas muy acertadas sobre unos personajes sometidos a la presión de unas circunstancias fuertemente adversas.

No pude evitar encontrar paralelismos con "La Diligencia" de Ford. De hecho, creo que el abanico de personajes que viajaban, tanto en la diligencia fordiana como en la rittiana, resultaban parecidas muestras representativas de una misma población siempre universal: la mujer fuerte y con carácter, el señor aparentemente respetable que resulta ser un vulgar ladrón; y el individuo serio y distante, estigmatizado por el grupo, que finalmente ejercerá de héroe. Y, por último, la gran masa que, a modo de comparsa, servirá para que los protagonistas desempeñen sus roles.

Paul Newman está genial, sin duda su mejor papel interpretativo en un western, pero también podemos hallar algunas escenas sabrosonas por parte de los malosos bandidos que asaltarán la diligencia, como la que sucede cuando el líder de la banda debe hacerse con un billete para viajar en el transporte y, al no quedar plazas, coacciona a los viajeros hasta que amedranta a un soldado y se hace con la suya. Y todo ello ante las miradas atónitas y atemorizadas del resto de pasajeros, en lo que constituye un magnífico retrato de la insolidaridad y cobardía ante la desgracia del prójimo.

La película, de hecho, es dura y arremete sin concesiones contra la naturaleza humana; contra la inmoralidad, la cobardía y la indignidad de unos personajes que necesitarán de su correspondiente mesías, y el sacrificio del mismo (Paul Newman), para justificar la trascendental esencia del ser humano; para justificar el necesario sacrificio de los mejores por tal de salvar los principios y las bases de la civilización.

Me gustó esa diligencia de "Hombre", ese micromundo repleto de diferentes tipos humanos; habitado por distintas clases de personas expuestas al drama de vivir; y me gustó, principalmente, porque en pocas películas como en ésta puede apreciarse en toda su plenitud la miseria humana.

Analicemos los arquetipos presentes en tan excelente western:

El hombre libre: Paul Newman encarna al perfecto superhombre, a la hermosa bestia rubia que sabe que su existencia solo tiene sentido en la media que pueda preservar su vida y su libertad; que es consciente de que debe prescindir de determinadas consideraciones morales para poder llevar una existencia auténtica, fijando su mirada "más allá del bien y del mal".
De hecho, el personaje de Newman, John Russell, es un tipo individualista y seguro de sí mismo. El hecho de ser mestizo y de haber sido criado en el seno de las costumbres apaches, le alejan de las miserias e hipocresías propias de la moral del "hombre blanco". Su egoísmo no debe interpretarse como una inmoralidad, pues es tan solo un mecanismo de defensa; es el egoísmo de quienes han entendido que la libertad es su bien más preciado. John Russell, desde luego, estaría más cerca de poder considerarse un anarquista, centrado en la preservación de su yo individual, antes que un altruista humanista preocupado por el prójimo.
Algunos críticos, legitimando la creencia de que la civilización occidental es superior a cualquier cultura primitiva, han señalado - erróneamente en mi opinión-  que Russell buscaba "integrarse" en la sociedad de esos personajes humanos, demasiado humanos y ebrios de valores morales, que le estigmatizaban por su condición de mestizo. No es así.
Los grandes humanistas de la civilización occidental, que siempre dan por sentadas las bondades morales heredadas del judeocristianismo, son incapaces de realizar cualquier análisis o interpretación reflexiva que no esté sesgada por sus apriorísticas creencias. John Russell tan solo pretendía ser libre siendo él mismo, conduciéndose según los principios de su propia moral. ¿Para qué necesitaba la "aprobación" de un grupo de cínicos e hipócritas?

Pero, atención, en "Hombre" también son hombres libres los integrantes del grupo de bandidos, individuos que no solo miran, como Russell, "más allá del bien y del mal", sino que además viven y actúan más allá del bien y del mal. Ya analizaremos más adelante este importante matiz diferenciador.

El hombre cínico: aparece representado por el corrupto agente indígena, que no duda en robar a los apaches de la reserva que está a su cargo. Pero el arquetipo del cinismo también queda muy bien retratado a través del personaje del corrupto sheriff que, aliándose con los bandidos, abandonará el bando de los "hombres de bien" para lucrarse a través del asalto a la diligencia.
Obsérvese que estos individuos también son egoístas. Pero no debemos confundir - error habitual- el egoísmo libertario de John Russell - que se debe a sí mismo porque es consciente del sacro deber de preservar su vida - del egoísmo cínico de quienes, aparentando una altruista bonhomía, carecen de escrúpulos morales y no dudan en sacrificar al prójimo por tal de satisfacer sus particularistas fines.

Por supuesto, podríamos detenernos a analizar al resto de los personajes, pero estos no resultan relevantes en la dialéctica - lucha de contrarios-  que se plantea entre dos formas de vida: la vida auténtica (libre) vs la vida del autoengaño (cínica). El resto de los personajes es ganado domesticado, es decir, son individuos tan humanos y civilizados que ya dejaron de ser "hombres" y se olvidaron de mirar "más allá del bien y del mal".

Análisis existencial.

Sé que he abusado excesivamente del término "más allá del bien y del mal", pero es que resulta del todo inevitable realizar una reflexión existencial, sobre la vida y la muerte, sin tener presentes los condicionantes morales. La moral, de hecho, será la encargada de convertir a los "hombres" de carne y hueso en humanos sumisos y dóciles; la moral será la encargada de domesticar a los últimos hombres libres por tal de convertirlos en ganado resignado.
Pocas películas como "Hombre" han abordado - magistralmente en mi opinión - la eterna pugna filosófica obcecada en determinar el origen de la esencia humana: ¿es el existencialismo un humanismo o el hombre es, tan solo, el pastor del Ser?
¿El Dasein  (el ser-ahí)  podría entenderse como un hombre preocupado por el cuidado del Ser o como un humano que se justifica a sí mismo como esencia?
Hombre vs humano: el hombre libre, todavía inmerso en la naturaleza y actuando como pastor en la misma, en contraposición al hombre que dejó de serlo por tal de devenir humano, demasiado humano y civilizado.
Nos encontramos, de nuevo, ante el sempiterno antagonismo entre la provincia heideggeriana vs la humanista civilización sartriana. Un dilema existencial todavía no resuelto; dos concepciones existenciales sobre la esencia del ser que se han demostrado fallidas, en tanto ninguna ha sido capaz de salvar al ser humano del anonadamiento o angustia frente a la nada: el nihilismo desesperanzador.

Democracia: o de cómo Sartre vence a Heidegger ante las masas.

Resulta relativamente fácil que hoy, como ayer, Sartre venza a Heidegger ante las adormiladas conciencias colectivas de las masas occidentales. Sartre siempre vencerá por dictamen democrático, es decir, siempre podrá legitimar moralmente su existencialismo humanista ante el Occidente civilizado, pues el humanismo sartriano - reinterpretación marxista de la teoría de la liberación cristiana- jamás se atrevió, como sí hiciera Heidegger, a mirar "más allá del bien y del mal".
Y digo "mirar", que no necesariamente actuar o vivir "más allá del bien y del mal", porque sigue existiendo una delgada línea roja que separa la mera contemplación reflexiva de la acción decidida. Dicha delgada línea roja sería lo que Nietzsche denominó voluntad de poder.

Sí, es cierto, Sartre, como otrora Jesucristo, lo sigue teniendo relativamente fácil para seducir a unas masas occidentales todavía ebrias de excesivo "humanismo", lo cual, por cierto, le va de perlas a los dogmáticos suprematismos de turno (comunismo e islamismo), que no dudan en aprovecharse de tan ventajosa circunstancia.
Sin embargo, las élites intelectuales sí escucharon atentamente a Heidegger; es más, fueron incapaces en su momento, tras la II GM, de condenarle por supuesto colaboracionismo con el nacionalsocialismo.
¿Por qué el mundo intelectual no fue capaz de condenar a Heidegger?
Pues porque el pensador alemán se obligó a ver; se obligó a buscar el sentido del Ser a través de su magnífica obra "Ser y tiempo"; se obligó a analizar la existencia a través de un riguroso método fenomenológico, intentando evitar los sesgos de la tradición y la moral judeocristiana; se obligó en definitiva a ser honesto y, por consiguiente, no tuvo más remedio que mirar "más allá del bien y del mal". ¿Le condenarían por ser honesto y mirar más allá de la moral humanista?

Oligarquía: o de cómo Heidegger supera a Sartre ante las élites intelectuales.

En su magnífico ensayo "Carta sobre el humanismo", Heidegger le enmienda la plana al endiosado "humanismo" y, de paso, a Sartre.
Tras comprender la verdad que encierra este pequeño pero valiosísimo ensayo, las mentes más preclaras no tuvieron más remedio que aceptar que, efectivamente, aquel  humanismo que tanto dijo defender la dignidad de los hombres, a fuer de humanizarlos, acabó convirtiéndolos en esclavos serviles de una civilización cuyo fin último era, en definitiva, domesticarlos.
Cualquier intelectual que se precie, por poco que haya reflexionado sobre el tema, es consciente de estar inmerso en una vida inauténtica pre-programa a través de pedagogía social. Y, peor aún, cualquiera que se obligue a mirar más allá del bien y del mal llegará a la conclusión de que toda teoría de la liberación o suprematismo (religioso o ideológico) acabará inevitablemente diseñando e implantando nuevos programas de domesticación.
Quedó demostrado que el humanismo era tan solo domesticación, porque la gran civilización, el gran ente social que conforma la humanidad, solo puede gestionarse a través de programas de vida que "domestiquen", que controlen y proporcionen falsos sentidos a la existencia de los hombres.

Triunfo del cinismo

A las élites intelectuales se les planteó, entonces, un grave dilema: ¿debían ser honestos y mirar a la Nada, cara a cara, sin miedo ni esperanza? ¿O sería preferible el autoengaño cínico, por tal de poder seguir manteniendo "viva" la esperanza de una cada vez más decadente y nihilista civilización?

Como bien habrá sospechado el lector que se haya obligado a llegar hasta este punto de mi larga reflexión, las élites intelectuales vendieron su alma al Diablo, a la cruda realidad, y optaron por el autoengaño del cinismo antes que por la dolorosa opción de obligarse a ser honestos.
Desde entonces, desde que finalizara la II GM, decidieron estigmatizar al suprematismo nacionalsocialista, sin duda ebrio de una orgullosa voluntad de poder que ponía en peligro los mismos cimientos de la civilización. Pero con la caída del suprematismo nacionalsocialista también caía en desgracia, al menos para las mentes menos ilustradas, la honesta metafísica de Heidegger.

Así tenía que ser, porque el suprematismo nazi era demasiado orgulloso y honesto; tan honesto que reveló su verdad a los cuatro vientos, jactándose de una superioridad moral que le permitía actuar "más allá del bien y del mal".
El cinismo de quienes se sentían obligados a preservar el falso humanismo de la civilización occidental, estableciendo morales que definieran perfectamente lo "bueno" y lo "malo", no tuvo más remedio que aliarse con el mismo Diablo; con el único capaz de hacer creer a las masas ignorantes que el existencialismo seguía siendo un humanismo: el comunismo.

Solo hay una actitud existencial que no puede permitirse un programa de vida domesticador: la honestidad. Por este mismo motivo, mientras los garantes del humanismo de Occidente se mostraban públicamente intolerantes con Heidegger, en privado, círculos intelectuales de Europa y de EEUU, entendieron que era necesario "civilizar la provincia heideggeriana" o, como dijera Habermas: "se hacía necesario pensar a Heidegger contra Heidegger".
El triunfo del cinismo ideológico, capaz de pervertir la verdad y de legitimar cualquier medio inmoralmente, ha acabado justificando una nueva clase de hombre que vive y actúa "más allá del bien y del mal"; un hombre que sabe la verdad, al menos la intuye, pero que se cuida mucho de no comunicársela a las masas; un hombre que sabe que no existen morales universales que puedan limitar su voluntad de poder pero que, al tiempo, se esforzará por hacer creer a los demás que deben seguir sumisamente determinados valores morales.
La figura del prototípico hombre cínico se legitimará a través del escaparate público, aparentando talante democrático y proclamando defender unos valores éticos y morales, pero en su quehacer privado obrará y se conducirá tan solo en beneficio propio y de sus particularistas intereses.

Sacrificio de la honestidad

Bueno, y aquí quería llegar.
La película "Hombre" concluye con la muerte voluntaria de John Russell, el cual da su vida para salvar a una rehén. Y con la muerte del anárquico y libertario Russell se rubrica, una vez más, el triunfo del domesticador humanismo que nos insta a la autoinmolación vital. Marx, una vez más, acaba con los sueños libertarios de Bakunin.
A través de su sacrificio, Russell se trascendentaliza y pasa de ser un simple hombre de carne y hueso a convertirse en todo un ser humano henchido de esencia. ¡Tomad ejemplo!
Pero sin Dios... ¿para qué sirvió el sacrificio voluntario de Russell dando su vida por el prójimo?
Sirvió, tan solo, para salvaguardar la moral de los cínicos, pues mientras los ingenuos hombres honestos se autoinmolan, los cínicos sobreviven. Por eso los cínicos deben continuar haciéndonos creer que Dios existe o, en su defecto, deben convencernos de que lo más inherente al ser humano es conducirse a través del cumplimento de loables valores éticos y morales.

Veamos qué sucede en la escena final de "Hombre":

Los bandidos tienen como rehén a la mujer del corrupto agente indígena, y a cambio de su liberación exigen canjearla por el dinero robado en la reserva de los apaches.
John Russell analiza fríamente la situación y advierte al grupo de que quien se preste voluntario para realizar el intercambio no saldrá con vida. Por supuesto no sería él quien arriesgase su vida por la mujer del corrupto agente indígena.
Mientras, el marido de la rehén, gran cínico sabedor de la terrible verdad, le confiesa a otro de los pasajeros:

- No hay nada después de la muerte.
- ¿De verdad? - le pregunta su interlocutor. ¿Está usted seguro de ello?
- Nada, no hay nada - responde seguro el corrupto.

Y, en consecuencia, el cínico corrupto, como Russell, también decide no arriesgar su vida, ni siquiera por tal de salvar la de su mujer.
Obsérvese, sin embargo, que los motivos de ambos hombres son completamente distintos: el egoísmo que le insta a Russell a preservar su propia vida, y el miedo a la Nada en el caso del cínico.
Cuando ya parece que la suerte de la rehén está echada, una mujer del grupo, viendo que nadie está dispuesto a sacrificarse por la pobre desgraciada, decide presentarse voluntaria para llevar a cabo el intercambio con los bandidos. Gana la moral judeocristiana. Tiene que ser una mujer quien ponga a prueba a los "hombres" de verdad.
Es entonces cuando Russell, el egoísta honesto, decide ocupar su lugar.
¿Por qué? ¿Por qué se presenta voluntario para el sacrificio?
Pues porque así lo exige el moral humanismo que programa nuestras vidas y, sobre todo, para hacer creer a los espectadores que un hombre libre siempre puede elegir: el camino malo o erróneo de los bandidos o el camino de los "hombres" de bien.
A los cínicos no les interesa que todos los que sean capaces de "mirar" más allá del bien y del mal acaben obrando "mal", es decir, no les interesa que estos se interpongan vitalmente contra sus propios intereses. Los cínicos saben que los bandidos son un caso perdido, son hombres libres que ya no solo miran sino que actúan más allá de cualquier valor moral. El bandido sabe, como lo sabe Russell, que la moral es un invento para subyugar a las masas; y por ello jamás se sacrificará por nada, ni por nadie, que no sea él mismo. El cínico, como el bandido, también conoce esta verdad.
Así, el cínico corrupto intuye que los bandidos escucharon a Heidegger con atención, ergo no puede esperar piedad de ellos, pero aún confía en que los últimos hombres ingenuos se dejen seducir por falsos humanismos y acaben autoinmolándose, muriendo voluntariamente y permitiéndole salvar su cínico pellejo.
Y los cínicos ganan la partida que es la vida, pues mientras los ingenuos se sacrifican, combatiendo a los malvados, ellos logran salvar sus hipócritas culos.

Los últimos hombres libres se matan entre sí: el bandido y el ingenuo Russell mueren, sabedores de que no hay nada más allá de la vida, mientras que los cínicos sobreviven y ganan tiempo. Todo se reduce a vivir más tiempo cuando ya no hay dioses que garanticen vidas eternas.

Sin embargo, el genial director Martin Ritt, aún habiéndose doblegado a las exigencias de un final moralizador y humanista, no pudo evitar reconocer la honestidad del bandido, el cual, antes de morir, quiso conocer el nombre de aquel "hombre" de carne y hueso que, como él, supo mirar más allá del bien y del mal:

- ¿Cuál era su nombre? - fueron las últimas palabras del moribundo bandido.
- Se llamaba John Russell- le contestó el conductor de la diligencia.

Así, se consumó el reconocimiento entre iguales, entre dos hombres libres; y así terminó uno de los mejores westerns de todos los tiempos, con una impagable lección vital: mientras los últimos hombres libres se matan entre sí, los cínicos corruptos sobreviven, amparados en la doble moralidad de un decadente humanismo.

 
 

jueves, 24 de abril de 2014

Democracia: una gran farsa.

En una reflexión anterior (ver aquí) expliqué la imposibilidad de vertebrar sociedades a través de verdaderos Estados democráticos. No se trata tanto de que las élites no deseen la democracia, que también, como del hecho de que las diferentes oligarquías sean conscientes de que resulta del todo utópico llevar una radical democracia (auténtica) a la praxis de la realidad.

¿Qué deberían hacer, entonces, quienes son conscientes de tan trágica y amarga verdad? ¿Nos confiesan que la democracia es un ideal imposible, y se arriesgan a que las masas enfurecidas vuelvan a colocar guillotinas en las plazas de los pueblos? ¿O nos engañan como a los niños consentidos y egocéntricos que somos?

Pues nos engañan como a niños, por supuesto. Pero ¿Cómo nos engañan?
El cómo nos engañen dependerá de la clase de político que pretenda vendernos la necesidad de creer en la consecución de una verdadera democracia; dependerá, en definitiva, de si hemos de vérnosla con algunos de los siguientes perfiles, tan característicos de nuestros sofistas:

El político iluso: el creyente.
Abunda sobre todo entre los jóvenes que se inician en política, y entre quienes, cuales eternos púberes, se niegan a madurar, es decir, se niegan a reconocer la crudeza de la realidad. Los jóvenes, por naturaleza, todavía creen en ideales románticos, máxime cuando su "formación" intelectual deja mucho que desear y sus aspiraciones en el mundo de la política están motivadas por lecciones que han recibido de "oídas", bien de sus mayores o de agrupaciones afines a determinadas ideologías. Desde luego, pocos jóvenes llegan a la política, al menos en España, a través de un duro recorrido vital de esfuerzo, trabajo y superación.
Pero existen también políticos maduros, algunos con importantes bagajes intelectuales, que, cuales jóvenes ilusionados, también son fervientes creyentes: creen en el ser humano y en las utopías. Son soñadores y poetas más que políticos. No podemos decir, en conciencia, que estos políticos ebrios de romanticismo nos engañen. No, en tanto sería más correcto decir que en realidad se engañan a sí mismos. Son dignos de admiración, porque todavía son puros y no han llegado al estadio resignado del político cínico, y menos aún han hecho suya la mentira del inmoral hipócrita. Y, sin embargo, el autoengaño inconsciente que practican estos políticos es la mejor manera, quizás la única, de engañar a las masas haciéndoles creer que las democracias auténticas son posibles.
El político iluso nos engaña a través de su inconsciente autoengaño.

El político cínico: el pragmático.
El político cínico suele ser ya una persona entrada en años; de vuelta de todo, como se suele decir. Las más de las veces es inteligente y conocedor de las limitaciones del ser humano. También sabe de la imposibilidad de articular verdaderos Estados democráticos en las sociedades actuales. El paradigma de dicho político sería Winston Churchill, demócrata que lo fue, no tanto por creer que fuese factible un auténtico Estado democrático como por pensar que la democracia era el menos malo de los sistemas de gobierno conocidos.
No es de extrañar que la "democracia", o lo más parecido a la misma, funcione mejor en los países anglosajones (padres del pragmatismo) y en la Europa del norte, donde el estricto protestantismo (obras son amores y no buenas razones) alejó a sus gentes del idealista y permisivo catolicismo, éste siempre presto a perdonar corruptelas y fraudes.
Estos políticos han sabido convertir la mentira, al menos, en pragmático utilitarismo. Vale, se dicen a sí mimos, nuestros sistemas democráticos no serán perfectos, pero sí son necesarios para hacerles creer a las masas que son ciudadanos libres.
El político cínico nos invita a desear ser engañados, por nuestro propio bien.

El político hipócrita: el falso.
Es el heredero de ese catolicismo mal entendido y peor interpretado, que cree que todo pecador tiene asegurada la salvación tras el oportuno arrepentimiento. Son los hipócritas de la doble moral (a Dios rogando y con el mazo dando), son los defensores de la mentira piadosa que todo lo justifica. Comunismo y socialismo son la otra cara de esta misma moneda, los artífices de haber trocado un suprematismo religioso por otro ideológico, pero, al cabo, igual de hipócrita y fariseo.
Los políticos hipócritas son los más dañinos, pues sus propios dogmas (judeocristianos, comunistas o socialistas) son en sí mismos la antítesis de una auténtica democracia, pero nos quieren hacer creer que todo principio de libertad radica en la sumisión voluntaria de los ciudadanos, bien a un Dios todopoderoso o a un Estado omnipresente. Nos hacen creer que el pienso cebador (subvenciones, prestaciones, ayudas solidarias...) que nos proporcionan sus diosecillos (celestiales o terrenales) son derechos de la ciudadanía; nos hacen creer que la cárcel de oro, en que vivimos los animales de lujo en que nos hemos convertido, es en realidad un sistema democrático garante de las sacras libertades individuales.
Estos políticos hipócritas siguen empeñados en convencernos de sus engaños.
¡Cómo les gusta la frase de Unamuno, que siempre descontextualizan, para proclamar aquello de "venceréis pero no convenceréis"! ¡Cómo si a lo largo de la historia se hubiese podido convencer limpiamente al contrario, sin guerras o sin argucias manipuladoras!
Estos fariseos quieren hacernos creer que hay más humanismo y talante democrático en quienes pretenden convencer a fuer de mentir, adoctrinar y manipular la historia, que en quienes pretenden vencer por las bravas, a base de bombas y cobardes tiros en la nuca.
¿Y dónde está la nobleza en una u otra acción? ¿Qué diferencia hay entre que me sodomicen a pelo, padeciendo terribles dolores, o que lo hagan con talantera y farisea vaselina? ¿La diferencia está en las formas, me decís? Pues, como diría Reverte, yo me cisco en las formas si al final mi honor, mi razón de ser, mi dignidad y mi singular idiosincrasia, heredadas por imperativo de la historia, son mancilladas por los hipócritas talanteros de turno.

¿Una sodomización (injusticia histórica si se prefiere) consumada a través de un pacífico dictamen democrático ha de ser más justa, más buena y mejor aceptada, que otra llevada a cabo a través de la violencia? ¿Por qué?

lunes, 17 de marzo de 2014

Democracia, ese imposible ideal.

Hemos necesitado una grave crisis para que una importante parte de la ciudadanía despierte de su largo letargo invernal; hemos necesitado perder aquello que creíamos poseer por derecho propio, ese maná que caía del cielo en forma de sempiterno Estado de bienestar, para darnos cuenta de que somos los nuevos esclavos en un sistema donde los actuales señores (contubernio política-Banca) siguen ejerciendo pretéritos derechos de pernada y reclamando ignominiosos diezmos a las sumisas y resignadas masas.
Y ello es debido a que todavía quedan demasiados hombres-masa que se niegan a aceptar su condición de ciudadanos; todavía queda demasiado ganado cebado con pienso adoctrinador que solo muge o bala para reclamar, llorar y pedir su ración de pienso; todavía quedan demasiados individuos incapaces de hacer y de crear, incapaces de sacrificarse y de esforzarse para poder ser.
Es más fácil que sigamos exigiéndoles a nuestros granjeros que llenen de comida nuestros pesebres, mal que sea con sobras o despojos malolientes; sigue siendo más fácil escenificar y dramatizar nuestra ira y nuestras frustraciones a través de manifestaciones y vanos actos de protesta. Preferimos cualquier acto de "lucha" reivindicativa, como llamamos eufemísticamente a las estériles acciones destinadas a alimentar nuestros egos y calmar nuestras conciencias, antes que mejorarnos, primero, a nosotros mismos por tal de devenir auténticos ciudadanos.

Democracia y ciudadanía.

A muchos de los que se les llena la boca con la palabra democracia se les olvida, o simplemente ignoran, que solo una sociedad de ciudadanos libres puede aspirar a ser verdaderamente democrática. A otros, sospechando que, efectivamente, no puede haber democracia sin ciudadanía, no se les ocurre mejor trampa vital (perversión dialéctica) que la de autoproclamarse ciudadanos, así, por las bravas y porque ellos lo valen.
La falacia nominalista, consistente en definir conceptos o establecer calificaciones en base a lo que se desea ser o parecer (deseos irracionales), está muy generalizada entre quienes se autoproclaman ciudadanos tan solo por tal de legitimar sus Derechos, pero ¡ay!, ignorando el cumplimiento de sus deberes y obligaciones.
Todos sabemos que la democracia tuvo su origen en Grecia, en aquella lejana civilización helénica, cuna de Occidente, donde los ciudadanos libres eran dueños de sus destinos. Pero muchos olvidan, o no saben, que la democracia griega no tenía carácter universal: no todos los habitantes de una polis eran considerados ciudadanos, ergo no todos tenían los mismos derechos. Y es que el ciudadano griego, además del derecho a decidir, tenía también la obligación de servir y de ser celoso en la salvaguarda de su patria (polis).
El mismo Rousseau, al que pienso que muchos han leído en vano o, sencillamente, han tergiversado interesadamente, dejó escrito en su "Emilio":

Pero no te retraiga, querido Emilio, tan suave vida de obligaciones penosas, si alguna vez te las imponen: acuérdate de que los romanos abandonaban el arado por la toga consular. Si te llama el príncipe o el Estado al servicio de la patria, déjalo todo para ir a desempeñar, en el puesto que te señalen, el honroso papel de ciudadano."

Rousseau equiparaba la voluntad general con el deseo de buscar el bien común, pues las voluntades particulares solo buscarían bienes particularistas. Así, el filósofo francés creyó, como los romanos, que los auténticos ciudadanos lo eran en tanto estos se sentían obligados a desempeñar determinados deberes y obligaciones. Solo siendo un auténtico ciudadano se podía ser un hombre libre.
Pero a pesar de que en su "Emilio" Rousseau se refiere a Roma, las ideas para la creación de un Estado ideal, con auténticos ciudadanos, las extrajo de Licurgo (legislador espartano).
Licurgo sostenía que había que subordinar todos los intereses privados al bien público, estructurando la vida social sobre un modelo de vida militar; la educación de los jóvenes se encomendaba al Estado y era obligada la sobriedad (estoicismo) en la vida privada.
Al politólogo Pablo Ney Ferreira no le pasó inadvertida semejante contradicción paradójica: ¿Cómo fue posible que un defensor de las libertades individuales e ideólogo de la Revolución Francesa sintiese tanta admiración por el sistema espartano, un sistema denostado por el liberalismo moderno? Ver "Rousseau y el republicanismo antiguo" de Ney Ferreira.

Tampoco a mí, sin pretender pasar por el docto Ferreira, se me pasó por alto otra aparente contradicción en el discurso de Rousseau: ¿Cómo fue posible que un ilustre intelectual que enunciara que "es contrario a las leyes de la naturaleza, como quiera que se definan, que un imbécil guíe a un hombre sabio" acabase delegando tan irresponsablemente el destino de una comunidad, polis o nación, en el dictamen de la voluntad popular?

Libertad individual vs bien común.

El hecho de que Rousseau parezca paradójico o contradictorio se debe, a mi entender, a que las sociedades actuales (ebrias de trasnochadas ideologías del todo "blanco o negro", de "derechas o de izquierdas") todavía no han sabido reconciliar los dos pilares básicos de todo sistema que aspire a ser auténticamente democrático: garantizar las libertades individuales y preservar el bien común.
El verdadero ciudadano tiene que ser auténticamente libre para poder desempeñar su propio proyecto vital, pero no puede eludir la responsabilidad de cumplir con sus deberes y obligaciones hacia la comunidad a la que pertenece.
Sostiene Peter Sloterdijk que las dos grandes ideologías en pugna (verticalidad vs horizontalidad) siguen en su empeño por adoctrinar, es decir, siguen obstinadas en controlar las granjas-escuelas que habrán de proporcionales sucesivas generaciones de ganado sumiso, hombres-masa incapaces de conducirse como responsables ciudadanos.
 Solo los auténticos CIUDADANOS (insisto en el término) se comprometerán, no sólo en la defensa de sus derechos sino también en la aceptación de sus deberes y obligaciones.
La verdadera democracia, la auténtica, es aquélla en la que los ciudadanos tienen un papel activo y comprometido para defender las libertades individuales, garantizar la igualdad de oportunidades, la justicia (principios liberales) pero también en la que los mismos ciudadanos preservan el bien común y se sienten responsables de la salvaguarda de una herencia histórico-cultural, espiritual e identitaria común.
Cuando un país carece de ciudadanía responsable, es decir, cuando no existen individuos que sienten apego hacia sus raíces histórico-culturales y/o espirituales; individuos que no sienten la imperiosa necesidad de defender y preservar el legado de sus mayores. En ese país, decía, no puede haber democracia, no auténtica democracia.

¿Cómo ser auténtico ciudadano y lograr una auténtica democracia?

Pablo Ney Ferreira, intentando superar el dualismo aparentemente irreconciliable entre libertad individual y bien común, abogó por un nuevo sistema social que dio en llamar liberal-comunista. ¡Será por etiquetas!
Pero ya antes, en España, el filósofo Ortega y Gasset abogó por la necesidad de superar la hemiplejia moral de ser "de izquierdas o de derechas", proponiendo la creatividad como opción a la imposición de las falsas ilusiones de alternativas propuestas por trasnochadas ideologías. También Falange Española buscó una conciliación entre libertad individual y bien común, pero no pudo evitar pecar de los mismos defectos adoctrinadores que otros suprematismos ideológicos, como el comunismo (queda pendiente un análisis crítico de los 27 puntos).
En mi opinión, en absoluto fatalista sino crudamente realista, es imposible articular un sistema auténticamente democrático en sociedades complejas y con un número importante de habitantes.
No recuerdo si fue Alexis de Tocqueville, aunque el nombre del autor no es relevante para sopesar la veracidad de lo que expondré, quien argumentó que la democracia solo era posible en pequeñas comunidades donde poder vertebrar un sistema de consejos y asambleas que permitieran la participación directa de la ciudadanía. De hecho, sí fue Tocqueville quien nos alertó de los peligros de las democracias convertidas en sistemas que legitimaran despotismos más o menos encubiertos, como el que, sin ir más lejos, practica nuestra inmoral partitocracia.
Y nuestro olvidado filósofo Gonzalo Fernández de la Mora, estigmatizado por ser ministro de Franco, dijo crudas verdades que muchos han aprovechado para denostarlo. Decía de la Mora que en cualquier democracia, por mucho que se autodenominara así por tal de legitimarse ante los ojos de la ciudadanía, siempre era un grupo reducido de hombres (elite oligárquica) quien decidía los destinos de los pueblos. Yo aún digo más: las oligarquías son, además, las creadoras de las voluntades populares, las encargadas, manipulación adoctrinadora y pedagógica mediante, de hacer desear a las masas aquello que la misma oligarquía desea.
Así pues, expuestas las debilidades de un sistema, excesivamente idealizado per se, y comprobado que la ciudadanía no es tal, sino masa sumisa y resignada en su mayoría, no cabe albergar demasiadas esperanzas en la consecución de un sistema auténticamente democrático.
Sin embargo, sí podemos acercarnos a un ideal democrático. De hecho, la vida es una constante lucha o quehacer cotidiano por alcanzar lejanos ideales.
La única manera de hacer más democráticas nuestras sociedades es luchando y trabajando, pero no gritando y vociferando al ritmo de cacerolas y pancartas, sino instándonos a ser mejores nosotros mismos. Cuantos más hombres y mujeres se formen y se obliguen a querer saber y conocer; cuantos más se obliguen a someter a crítica la verdad establecida, más ciudadanos de verdad existirán y cuanto más ciudadanos responsables y auténticos tengamos, más cerca estaremos de poder articular una democracia respetuosa con las libertades individuales, pero también defensora del bien común.