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lunes, 27 de marzo de 2017

Cosmovisiones poéticas (parte II).

Introducción.

Decíamos que toda cosmovisión es una creación poética; y toda creación es un deseo o aspiración de llegar a consumar una idea en hecho, pues anhela que lo que no-es pueda llegar-a-ser.
Toda cosmovisión supone, por tanto, una representación e interpretación del mundo y del ser para que un determinado Dasein histórico (poder institucionalizado) pueda apropiarse de significados y sentidos del ex-sistere. Y cuando un Dasein histórico se apropia de un sentido de vida, a través de una determinada cosmovisión interpretativa, tiene que imponerlo para dominar; para domesticar y civilizar al parque humano según los dictados de su programa de vida.

Programas de vida.

Dijimos, también, que toda creación es, primero e inevitablemente, aristoi, es decir, es la poesía visionaria e idealista (representada en la conciencia) del Yo particular e individual de un poeta. Pero solo si la cosmovisión de una conciencia individual es aceptada y asumida por el Dasein histórico, dicha conciencia pasará a ser colectiva e institucionalizada.
Así pues, el objetivo a la hora de institucionalizar (normativizar y reglamentar) un programa de vida será lograr que este sea aceptado por la mayoría de las conciencias individuales que forman una sociedad. La mayoría de las conciencias individuales deberá aceptarlo y asumirlo como propio, y no importará si dicha apropiación se da por voluntaria convicción, tras meditada reflexión en el claro del bosque, o si, por el contrario, es el fruto de hábiles condicionamientos y manipuladoras pedagogías sociales. Todo vale en el amor y la guerra, y cualquier medio es perfectamente legítimo para domesticar y civilizar a las masas. Aquellas masas que se nieguen a ser "programadas" a través de sistemas totalitarios verticales, se dejarán seducir por las estrategias psicológicas de sistemas "democráticos" y sus programas de vida aparentemente horizontales.
¿Qué sociedad será más libre?
Sin duda, aquella que permita al mayor número de conciencias individuales llevar a cabo sus propios programas de vida dentro de un macro-programa de vida institucionalizado. En cualquier caso, la libertad individual deberá acomodarse o "subyugarse", según la percepción que estas tengan del programa social que dirige sus vidas, a través de la coacción del poder institucionalizado políticamente,

El problema de institucionalizar un programa de vida, el que sea, es que, al haber tenido este un origen individual, solo podrá acomodarse e integrarse, realmente, en la clase de persona que sea afín a la conciencia individual que lo creó. Por eso, más que a determinadas ideologías, las masas siguen a determinados líderes; y más que a una filosofía concreta escogemos, en no pocas ocasiones, a un pensador o un conjunto de pensadores como referentes ideológicos.
El éxito de un programa de vida no dependerá, por tanto, de la validez de sus bien argumentadas y razonadas bondades ético-morales, sino del grado de afinidad psicológica que la conciencia del líder o el pensador de turno logre tener con el resto de conciencias individuales.

La psicología de los poetas.

Como puede observarse, estoy postulando una tesis:

"Si escogemos una ideología, por afinidad con la psicología poética que subyace en ella, se hará necesario analizar los perfiles psicológicos de los poetas para comprender el porqué de sus creativas cosmovisiones y nuestras elecciones".

Comencemos la criba de nuestra búsqueda diferenciando, a priori, entre dos clases de personas:

1) Individuos aristois, que autoafirman su yo, buscándose a sí mismos a través de programas de vida propios.
2) Individuos-masa que diluyen su yo, dejándose llevar por programas de vida institucionalizados.

Ahora centrémonos en el individuo aristoi y descubramos de qué manera, o a través de qué vías, logra autoafirmar su yo o conciencia individual. Básicamente optará por dos vías ya señaladas en el capítulo anterior: un camino introspectivo (conocerse a sí mismo) y un camino comunicativo (darse a conocer a los demás). Pero para ello, el creador narcisista (todo poeta es un narcisista, como ya convenimos) deberá psicoanalizarse.

Los primeros psicoanalistas.

Desde luego, todo poeta, como ya señalamos, es un sufridor; es alguien a quien le pre-ocupa las adversidades e incontingencias del ex-sistere. Si no temiera la finitud de su ser, el poeta no se instaría a salvar y/o positivar el hecho de que es, tan solo, un ser para la muerte. ¿En serio? ¿De verdad su singular y excepcional yo, su genialidad, se diluirá en la nada como el más gris y mediocre de los yoes de cualquier individuo-masa? ¿Por qué, entonces, él ve más lejos que los demás, intuye y siente más que los demás, por qué cree saber más que los demás? ¿Por qué él es tan especial?

Pues el poeta es un ser especial, como ya hemos señalado, porque su componente narcisista es tan acusado en su personalidad que le insta a centrarse en las necesidades de salvación de su yo.
El lema de todo poeta, por más que la mayoría de ellos intenten disimularlo con disfraces de humanismo e hipócrita bonhomía, siempre es yo, yo, y después yo.
Todo poeta es un narcista y, por fuer, será un soberbio prepotente.
Ellos lo saben, están tan pagados de sí mismos que son conscientes de la prepotencia que les insta a ser dominantes y señoriales, es decir, son conocedores de la soberbia que les empuja a autoafirmar su conciencia como la mejor. ¿Pero por qué su conciencia es la mejor? Pues porque es la suya.

La respuesta, en realidad, es harto sencilla. todo poeta sabe que su conciencia es la auténtica y la mejor porque es la suya; porque así lo siente él, así lo experiencia y vivencia él.
Pero todo poeta, por más que se sepa narcisista prepotente y señorial, tendrá dos opciones de salvación: salvarse a-sí-mismo, aislándose del resto de conciencias, o salvarse en y con los demás, legitimando y justificando su singular conciencia como justa aspirante para ser reconocida como conciencia colectiva.

1) Salvación personal, vivenciada y experienciada en la propia conciencia.
2) Salvación institucionalizada, legitimada y aceptada por una conciencia colectiva.

Ahora, analicemos nosotros mismos a dos de los primeros poetas de Occidente, cuyas poesías, legados de la civilización griega, todavía perduran en la conciencia colectiva de la humanidad a través del Dasein histórico: Heráclito y Sócrates.

¿Por qué Heráclito y Sócrates?
Pues porque se me antojan los dos prototipos de poetas que inauguraron, por así decirlo, las dos vías de salvación a las que me he referido: salvación personal vs salvación colectiva.

Heráclito

El poeta de la prepotencia soberbiamente desnuda, decidió recogerse en-sí-mismo, obligándose a callar mientras hablaran los corruptos ciudadanos de Efeso. Él sabía su verdad, la sentía, la experienciaba y vivenciaba a través de los textos de su enigmática y oscura poesía. ¿Vosotros, pobres infelices, no la entendéis? Pues tanto peor para vosotros. Yo me salvo a mí mismo, pues de eso se trata. He aquí una verdad prepotente desnuda; despreciar al "otro" mientras se autoafirma el yo narcisista propio.

Sócrates

El poeta de la prepotencia y la soberbia enmascaradas. Sócrates habló, y habló mucho, para, desde su prepotencia poética, despreciar a los demás aparentando, primero, que se autodespreciaba también a sí mismo. Yo sé la verdad, decía el orgulloso Sócrates, y es que no sé nada; pero no solo me limitaré a vivenciar y experienciar mi verdad íntimamente. Antes, pero, necesito despreciaros y señalaros que vosotros no tenéis ninguna verdad. He aquí una verdad prepotente enmascarada; despreciar al "otro" ocultando el componente narcisista propio, disfrazándolo convenientemente de falsa humildad.

Resulta obvio que ambos poetas fueron narcisistas y prepotentes, pero, entonces, ¿por qué el "hablar" dialéctico de Sócrates se impuso en la civilización occidental al "callar" meditativo de Heráclito.
Pues por una cuestión de números estrechamente ligada al sistema democrático que se desarrolló en la Grecia clásica. La verdad dejó de pertenecer a uno, si era el mejor, aunque fuesen cientos los que le contradecían; la verdad pasó a ser la verdad deseada por las mayorías.
Los números ganaron la partida a la mejor verdad íntima y experienciada y exigieron que esta, para ser aceptada colectivamente, fuese sancionada por amplías mayorías. Desde entonces, se hizo necesario hablar, hablar mucho y bien. Había nacido el tiempo de los sofistas. Incluso Sócrates, aunque disfrazado de falsa humildad, era un sofista, el Sofista (en mayúsculas); fue el padre o poeta creador de una verdad: nadie tiene la Verdad, ergo la Verdad (con mayúsculas) solo podrían tenerla quienes mejor hablasen sobre ella; quienes, dialéctica y argumentos de razón mediante, mejor supieran legitimarla y justificarla ante el resto de conciencias.

Nota: cerraré el último capítulo dedicándoselo a los herederos de Heráclito y Sócrates; dos tipos de poetas que darán forma a diferentes cosmovisiones,

miércoles, 22 de marzo de 2017

Cosmovisiones poéticas (parte I).

Introducción.

Las ideas son algo más que representaciones de la realidad en la conciencia (en la mente del sujeto); son, además, los finos hilos de los que están tejidos los sueños. ¿Y qué son los sueños sino maravillosas, y las más de las veces, utópicas cosmovisiones?
Las ideas se conciben, se hallan, descubren o se construyen (tanto da la vía a partir de la cual se gestan) a partir del dolor de un sujeto, de un único y singular individuo. No hay creación (poiesis) sin dolor, y solo determinados individuos están dotados biogenéticamente para sentir, interpretar y buscar la cura para el dolor de una época.

Poetas creadores.

Todos los grandes pensadores, que en la historia de la humanidad han sido, por fuer fueron poetas, o creadores en la acepción griega del término.
Conseguir que lo que no-es pueda llegar-a-ser, este es el gran reto que enfrenta la filosofía desde que el hombre se enseñoreó del mundo; desde que fue expulsado del Paraíso para ganarse el pan con el sudor de su frente, es decir, desde que se vio obligado a un constante quehacer vital operativo para poder llegar-a-ser y perdurar en el tiempo.
Las circunstancias que determinan y condicionan las vidas de los individuos son, a priori, siempre adversas y ponen en peligro la salvaguarda del yo indivual. La misión urgente y primera de todo ser vivo, incluido el animal de realidades que es el ser humano, será, por tanto, la de salvar sus circunstacias, instado por ineludibles imperativos vitales de supervivencia.
Pero el ser humano, constitutivamente moral y racional, no solo debe salvar sus circunstancias sino que también está obligado por otro imperativo, de carácter moral, a justificar el cómo y para qué salvarlas.
Todos los grandes poetas (filósofos) han tenido que conciliar el imperativo vital (preservación y conservación del yo individual) con el imperativo moral (adecuándolo a la vida en sociedad), ya que el yo individual no solo es un ser-en-sí (autoconsciente de su propio ser) sino también un ser-ahí, en y con lo otro, en el mundo y con los demás "yoes" sociales. Y es que, si bien es cierto que el hombre es constitutivamente moral y racional, también es cierto que es, al tiempo, un yo individual, un yo social y un yo histórico. Lo que podríamos llamar una Santísima Trinidad.
La historia de la filosofía ha sido, por tanto, la historia de la lucha dialéctica entre imperativos vitales vs imperativos morales; la lucha entre las diferentes ideologías o cosmovisiones (sueños de poetas) orientados más a la preservación del yo individual o a la integración de este en un yo colectivo.

El fracaso de los poetas.

Los grandes filósofos, como los grandes soñadores y creadores que son, no pueden evitar pensar con altura de miras, es decir, no les basta con salvarse a sí mismos, sino que se obligan a articular complejos sistemas filosóficos para salvar a los demás. Lo que en un principio no es más que un conjunto de ideas particulares, creadas a partir de un singular yo individual y unas concretas y singulares circunstancias, acabará convirtiéndose en ideología o religión con aspiración de validez universal.
¿Pero por qué los grandes poetas sienten la necesidad de universalizar sus particulares cosmovisiones o sistemas de creencias? O dicho de otra manera: ¿por qué para legitimar una creencia o un sistema filosófico cualquiera hay, primero, que legitimarlo y justificarlo como "bueno y justo" para toda la humanidad?
Sí, ya hemos dicho que el ser humano es constitutivamente racional y moral, pero ¿por qué a los poetas no les basta con autojustificar y/o autolegitimar sus ensoñaciones solo para sí mismos?
En mi opinión, la necesidad de justificación universal corresponde tan solo a una necesidad narcisista de autoafirmación del yo individual a través del reconocimiento del yo social.

Debe resultar duro y frustante, para alguien que se sabe o se "intuye" genio o individuo excepcional, tener que ver cómo se pasa la vida mientras se llega la muerte, y mientras su yo, único y genial, se diluye en una vida sin sentido; en una vida inauténtica que pasará inadvertida entre las otras muchas vidas mediocres de multitud de individuos-masa. Al genio debe resultarle tan insoportable traicionar cobardemente el imperativo biogenético que le insta a reivindicar su Yo auténtico, que estaría dispuesto, incluso, a beber la cicuta o a ser crucificado, y todo por tal de autoafirmarse ante el mundo y la humanidad entera.

Así pues, el primer objetivo del genio o del poeta filósofo será trabajar (quehacer) para, a partir de los dictados de su yo individual, construir sistemas y/o cosmovisiones que puedan servir de guías espirituales y/o ideológicas al yo colectivo.
Si el yo colectivo  o Dasein histórico hace suya la propuesta domesticadora y civilizadora del filósofo poeta, entonces éste habrá conseguido su objetivo: autentificar su vida,  lo cual significará darle sentido a la misma.
¿Pero qué pasa con los poetas que fracasan?
Pues que acaban ensimismados y encerrados, orgullosos y altaneros, en las prisiones de sus yoes individuales; en las cárceles de sus narcisistas e inquebrantables yoes auténticos. Algunos acabarán abandonándose en los brazos de la locura, pero otros, que a punto estuvieron de tocar la gloria con la yema de sus dedos, e incapaces de tomar la cicuta, optarán por el retiro espiritual en soledad; eligirán recluirse en-sí-mismos, en armonía y comunión con el ser y/o con Dios, pero distanciados de las masas que, inconscientes, dejan pasar sus vidas diluyéndose en la inautenticidad del ser.

¿De qué están hechos los poetas?

Todos los poetas son buscadores, son individuos introspectivos que se buscan a sí mismos (y a su verdad) y son, al tiempo, agudos observadores que buscan la verdad en los demás. Y todo buscador es un sufridor: "no busca quien no sufre", de la misma manera que no ama quien no desea.
Ya tenemos la defición de filósofo: individuo que ama el saber porque desea dejar de sufrir.
Pero si todos los poetas y filósofos son creadores, en tanto que sufridores, deberíamos preguntarnos qué les hace sufrir, ¿por qué sufren?
El poeta sufre porque es terriblemente consciente de la finitud de su ser; él, que se sabe único y excepcional, no puede aceptar el hecho de tener que morir; no puede asumir la realidad de que tan solo es un ser para la muerte. Este terrible y doloroso sufrimiento existencial activa el componente narcisista inherente a todo genio creador. Solo quien se ama incondicionalmente a sí mismo, por encima de todas las cosas, se insta a salvarse de la muerte; se obliga a buscar, a través del conocimiento y del constante quehacer. Y el poeta buscará conocimiento (certeza y verdad), pero no por "amor al arte", como suele decirse, ni por amor al prójimo o al bien común, como nos han dicho los poetas más cínicos y taimados. El poeta creará, primero y sobre todo, para salvarse justificándose ante sí mismo, pero al ser un ser-ahí, en lo otro y con lo otro, necesariamente, y debido a su condición de animal social, deberá también buscar la aprobación y el reconocimiento de los demás. Al narcisista no le vale, tan solo, con mirarse frente al espejo durante horas interminables. Sí, él se repetirá mil veces que es bello y único, pero esa verdad de su ser-en-sí bien la sabe él. Necesita, además, la otra verdad; la verdad que solo puede ser sancionada institucionalmente, reconocida y aprobada por el ser-ahí, en el mundo.

Creación del engaño.

Será esta imperiosa necesidad de legitimar su verdad ante sí mismo, pero tambien a través de los otros (mundo y sociedad), la que instará al poeta a crear engaños e ilusiones. Toda verdad surgida de una conciencia o ser-en-sí es una verdad particular, única y singular; es la verdad de un irrepetible y excepcional Yo.
Si cada conciencia individual produce o crea su verdad (su particular representación ideal del mundo), solo cabe concluir que hay tantas verdades como sujetos, o, sencillamente, que no hay Verdad, entendida ésta como certeza universal, única y absoluta.
Así pues, podría decirse que toda verdad institucionalizada, asumida por un individuo cualquiera, será una mentira, en tanto dicha verdad no será su verdad, sino la verdad de otra conciencia individual que fue institucionalizada y validada como "buena y justa" para todo el conjunto de una sociedad o, incluso, de la humanidad.
Los poetas, entonces, tendrán dos opciones para positivar el engaño, es decir, para "vender" su verdad a los demás de manera que puedan salvar su angustia existencial: podrán disfrazar su soberbia narcisista con los ropajes de la falsa humildad o podrán mostrar su narcisismo desnudo y altaneramente orgulloso.
De la clase de persona que sea el poeta, dependerá que su narcisismo sea más o menos visible y, por tanto, que éste pueda ser más fácilmente descubierto, atacado, criticado y/o censurado socialmente.

Narcisismo vestido de humildad vs narcisismo orgullosamente desnudo.

Quienes hayan leído "La genealogía de la moral" de Nietzsche, sabrán que si bien la moral, como hemos convenido, es constitutiva de todos los seres humanos (no hay ser humano inmoral) sí es cierto que la moral (las reglas y normas que han de domesticar y civilizar al parque humano) es susceptible de ser valorada, como buena o mala. La valoración moral sí dependerá de la clase de persona que seamos, pues dependiendo de la biogenética de nuestro ser-en-sí, optaremos por la cautela de ocultar nuestro narcisismo o por la soberbia de exhibirlo orgullosamente desnudo.
Pero no toca ahora, siguiendo la línea del pensamiento nietzscheano, explicar por qué y cómo el narcisismo cauteloso (judeocristiano) se impuso al narcisismo desnudo aristoi.

Ahora toca hablar de poetas, y todos los poetas, sin excepción, son, además de racionales y morales, narcisistas. Incluso me atrevería a decir que todos y cada uno de nosotros somos narcisistas, somos conciencias individuales o yoes tan apegados y religados a nuestro ser-en-sí que, por fuer, este se constituye en verdad propia incuestionable. Somos una verdad absoluta respecto a nosotros mismos, pero una verdad relativa respecto a lo otro (el ser absoluto-relativo al que se refiriera Zubiri). Este carácter relativo de nuestra conciencia, y por ser ésta constitutivamente racional, moral y verdadera, nos insta (impele) a buscar y complementar nuestra verdad en y con lo otro (ser, mundo, humanidad). Así, todo individuo, sea o no poeta, es poseedor de su razón, su moral y su verdad.
Pero, entonces, si todos los seres humanos son portadores de razón, moral y verdad, ¿qué distingue al común de los mortales de los poetas?
Ya lo hemos dicho: lo que distingue a un individuo cualquiera de un poeta es el marcado carácter narcisista de éste. El acentuado narcisismo del poeta le instará a mitigar su sufrimiento existencial autoafirmándose ante sí mismo y ante los demás.
El poeta, por tanto, se desentenderá, o dejará en un segundo plano, las exigencias de una existencia inauténtica. La vida cotidiana, programada por el das-man para satisfacer las necesidades más materialistas, quedará relegada ante la necesidad de desarrollar un proyecto vital creador; un proyecto que optará por buscar una vida auténtica, es decir, que eligirá buscar la verdad de su yo.

Pero tanto los poetas que enmascaran su narcisismo como quienes lo exhiben orgullosamente, deben, necesariamente, recorrer dos caminos: un camino interior (introspectivo) y un camino exterior (comunicativo). Solo las formas narcisistas diferenciarán al poeta cauteloso del poeta soberbio, y solo la sociedad, a través del poder institucionalizado, decidirá qué poetas serán los "buenos" o los "malos".

martes, 13 de diciembre de 2016

El saber y la verdad (parte III)


Introducción.

A partir de lo explicado hasta ahora, podríamos concluir que la verdad del ser es la verdad que halla y/o construye cada individuo para dar sentido a su vida.
Cada individuo construye "su verdad", su es-sentia, reflexionando (pensando) sobre el carácter finito de su existencia; meditando sobre la vida y la muerte. Y lo hace instado por una necesidad de autorrealización y/o salvación personal, creando su propio proyecto vital para dar un significado a su existencia.
Pero al individuo se le presentan dos problemas u obstáculos que dificultarán la búsqueda de "su verdad":
1) Su propia personalidad o perfil psicológico.
2) El ente social.

1) Perfiles psicológicos o clases de personas.

Podríamos considerar dos perfiles psicológicos bien diferenciados: el optimista antropológico vs el pesimista antropológico, que se corresponderían, salvando diferencias, con personalidades predispuestas a la fe y personalidades con una predisposición al escepticismo.

Decía Erich Fromm que podríamos considerar dos tipos de fe para salvar la incertidumbre escéptica:

1) La fe auténtica y genuina que surgiría como expresión de una íntima relación del individuo con el mundo y la humanidad. Sería una fe que afirmaría la vida.

2) La fe que nace de la necesidad de obtener certidumbre frente a la soledad e inseguridad. Sería una fe basada en una actitud negativa hacia la vida.

El escepticismo, a su vez, también podría darse como actitud resignada que asume la falta de sentido en la vida y la existencia, o como cinismo hipócrita que defiende sentidos de vida en los que no cree realmente. Ambos perfiles podrían considerarse como propios de pesimistas antropológicos y, en cierta manera, ya fueron explicados en las reflexiones anteriores de "El saber y la verdad" (partes I y II).

Ahora, pero, me centraré en los dos perfiles psicológicos humanos (optimistas antropológicos) que tienen fe; que creen en una determinada verdad, ya sea religiosa y/o ideológica.
La fe surgida como necesidad de certidumbre, a la que se refiriera Fromm, se me antoja muy similar a la verdad en la que cree la razón pragmática. La razón instrumental no cree en una verdad porque esta le haya sido revelada, sino porque la misma razón la construye (su verdad)  a la medida de sus necesidades. Como ejemplo de esta fe, pragmática e instrumental, podríamos señalar la religión laica del marxismo.
Por lo tanto, tampoco me interesa este tipo de fe o razón pragmática, cuya prepotencia enmascarada ya hace tiempo que fue puesta al desnudo y descubierta como racionalización psicológica (Erich Fromm) y como razón cínica (Peter Sloterdijk).

Para poder salvar a la humanidad (tarea imposible en el parecer del pesimista Heidegger) ya no nos vale la razón cínica que se ha desenmascarado como falsa razón ilustrada. Las vías de salvación del SXX han fracasado. Ni el capitalismo, pero tampoco el comunismo ni la socialdemocracia que intentó buscar el equilibrio entre libertad individual e interés colectivo, han podido salvar a las masas de la angustia ante las inseguridades e incertidumbres vitales que se presentan en el actual SXXI: más crisis, más pobreza, más deterioro medioambiental, más guerras...
Así, la pregunta queda reducida a una única posibilidad (la posibilidad heideggeriana de que solo  un Dios pueda salvarnos):

¿Es todavía posible que la humanidad pueda salvarse a través del desarrollo de una fe genuina y auténtica (humildad ontológica)?
Un pensador lo creyó posible: Xavier Zubiri. Y otro pensador más actual, Peter Sloterdijk, está por la misma labor de hallar vías alternativas para salvar a la humanidad.
Ambas vías, la original vía zubiriana y la creativa o estética vía de Sloterdijk,  parten del supuesto de que la humanidad solo podrá salvarse en la medida en que los individuos, libres y conscientes de serlo, se reconozcan y encuentren su equilibrio (su verdad) en lo otro y con lo otro.

La coexistencia precede a la existencia (Peter Sloterdijk)

El revolucionario Sloterdijk, partiendo de Heidegger, supera el posicionamientos teológico (la esencia precede a la existencia), el humanista (la existencia precede a la esencia), y el del propio Heidegger (la esencia coincide con la existencia) y reformula el conocido problema ontológico de la siguiente manera: La coexistencia precede a la existencia.
Peter Sloterdijk, aunque formado en la Escuela de Frankfurt, no se centrará tanto en la salvación del humanismo a través de la vía política (socialdemocracia), como hace su colega Habermas, sino que apostará por un nuevo poshumanismo; apostará por un nuevo y revolucionario prototipo de hombre más globalizador y menos "humano"; es decir, apostará por un tipo de hombre menos antropocéntrico (humanista), que no se endiose y se enseñoreé del mundo y de la vida que este contiene, sino que se convierta realmente en su pastor. Un pastor del ser, no solo de los demás hombres, sino también de los animales portadores de derechos e incluso de las máquinas, entendidas estas como creaciones humanas con derechos propios.
La propuesta de Sloterdijk es profundamente transgresora, y quizás imposible de ser llevada a la práctica, pero no cabe duda de que en la misma subyacen dos ideas claves:

1) El hombre no es el dueño, sino el pastor del ser.
2) En tanto que pastor, el hombre debe reconocer su coexistencia en y con lo otro y con los demás.

Lo que intentará demostrar Sloterdik es que el hombre nunca es uno, ni nunca es un ser-en sí que esté solo. Siempre, en el parecer de Sloterdijk, el hombre está en comunión con "el otro", incluso ya en la placenta, antes de nacer, sostiene Sloterdijk que el pre-ser ya se está relacionando con su entorno placentario, y a través de los vínculos con la madre-placenta comienza a desarrollar su yo-en-y-con el otro.
El vínculo entre el ser-en sí del individuo con "el otro" pasará de ser dual (vínculo  materno) a ser múltiple (vínculo social) tras su nacimiento.
Y es en este punto, que concierne al momento de nacer, donde Sloterdijk muestra semejanzas con la propuesta zubiriana. Ambos pensadores corregirán la aseveración de Heidegger: El hombre es arrojado desnudo al mundo, y sostendrán que el hombre nace religado al mundo (Zubiri) y que el hombre ya nace vinculado al mundo (Sloterdijk).

Se me antoja, por tanto, que el concepto de coexistencia o de ser-en sí vinculado en y con lo otro de Slotedijk es muy parecido al concepto de religación de Zubiri.

El hombre nace religado a la realidad (mundo).

Decía en el comentario correspondiente a "El hombre y Dios" de Zubiri:
Según Zubiri, el hombre se hace (a sí mismo) a través de acciones; siendo agente, actor y autor de dichas acciones, y estando en la realidad, construyendo su realidad personal relativamente absoluta. Y ese hacerse, estando en la realidad, se produce por el poder de lo real que impele al hombre a ello.
El poder de lo real es fundamento último del hombre que le impele a la religación, le liga a la realidad para llegar a ser él mismo.
La religación no es solo manifestativa (ser) y experiencial (posibilidades de ser), sino también enigmática. La relación (religación) entre el hombre y la realidad es enigmática porque lo que se manifiesta tiene modos de significar que nos obligan a adoptar una forma de realidad, porque lo que aprehendemos es real, pero no la realidad. Este es el problema de la realidad: ser un más que en ella misma.
Y como el hombre no puede aprehender la realidad, sino significados de la misma, se muestra inquieto y preocupado e, instado por su conciencia y la volición de verdad real, se obliga a buscar el fundamento de su relativo ser absoluto.
La búsqueda del fundamento de su relativo ser absoluto (ser-en sí), impele al hombre a resolver el problema de la realidad-fundamento. Así, el problema de la realidad-fundamento es el problema de Dios y podemos concluir que el problema de Dios es constitutivo de la persona.

Tanto Sloterdijk como Zubiri enfantizan, como hiciera Erich Fromm, en la necesidad de que el hombre, su ser-en sí, esté vinculado, religado o en equilibrio con el ser-en y ser-con el otro: mundo, vida y sociedad.
Ya hemos visto que dependiendo de la clase de persona que seamos optaremos por la resignación pesimista (no hay sentido) o por el optimismo creador (estamos impelidos o vinculados al mundo de tal manera que, inevitablemente, somos seres con sentido).
Ahora bien, si aceptamos que el ser humano es "algo" más que un ente y que, por lo tanto, su ser-en sí también es un ser-en-y-con lo otro, estamos obligados a dotarnos de esencia construyéndola, a través del ejercicio de nuestra propia libertad.
Cuando un individuo cualquiera construye o halla "su sentido", de hecho está dotándose de "su verdad": la verdad de su ser.
¿Pero qué ocurre si un individuo, haciendo uso de su libertad individual, no tiene posibilidad alguna de autoafirmarse o autorrealizarse, a través de "su verdad", en la Verdad normativizada e institucionalizada del ente social?

2) El ente social.


El ente social también es un ser-en sí mismo, solo que colectivo en vez de individual. De hecho, lo que pretendió señalar Heidegger, al referirse al Dasein histórico, es que el Dasein individual siempre es de suyo, y desde el momento de nacer, historia y memoria colectiva.
Ningún hombre, por libre que se pretenda, es tan solo un ser-en sí puro y genuino, sino que es la suma de todo el logos histórico-cultural y filogenético de su especie y del grupo social en el que se encuentra inmerso desde el momento de nacer. El hombre está condicionado, al tiempo, por una determinada herencia biogenética y por unas concretas antropotécnicas (reglas y normas sociales).
El ente social, por tanto, también posee su VERDAD; una única verdad y/o razón de ser que hace posible que pueda autoconservarse a través del dominio de la naturaleza, y ejerciendo el dominio y la coacción sobre todos los miembros del grupo social.

La verdad colectiva del ente social podrá coincidir, o no, con la verdad particular de cada individuo, o dicho de otra manera: dependiendo de la clase de persona que seamos nos encontraremos más cómodos y/o adaptados en una determinada clase de sistema social.
Cuanto más represor sea un sistema de las libertades individuales, más exigente se mostrará en reconocer y aceptar como verdadera una única clase de personas; es decir, una única CONCIENCIA VERDADERA.
Lo ideal (utópico) sería que la conciencia verdadera de un ente social estuviera refrendada, asumida y aceptada, por una única clase de hombres que hiciera suya la conciencia del ente colectivo.
Pero ni en la realidad, ni en los más conocidos relatos utópicos ("1984", "Un mundo feliz"), se da una perfecta simbiosis o equilibrio entre las diferentes libertades individuales (portadoras de sus verdades particulares) y el ente social (portador de una verdad colectiva).

Siempre, en todo ente social, hay disidentes; individuos que no sienten como propia la verdad colectiva.
¿Qué hacer con los disidentes? ¿Se les tolera, se les "reeduca" o se les extermina directamente?
Actualmente, la mayoría de los entes sociales o Dasein históricos, han corregido los excesos prepotentes y despóticos del pasado mostrándose más tolerantes con las libertades individuales de sus miembros.
Pero la humanidad, el humanismo, sigue en grave peligro, pues todavía quedan suprematismos ideológicos y religiosos dispuestos a imponer a sangre y fuego sus respectivas conciencias verdaderas. El neocomunismo, que pervive en países como Corea del Norte, y el Islam, en su versión más dogmática y beligerante, siguen empeñados en imponer sus respectivas verdades particulares como únicas y absolutas verdades universales.
¿Qué hacemos ante la amenaza que suponen las disidencias de dichos suprematismos que no aceptan como suya la verdad del Dasein histórico, más civilizado y humanista, que ha logrado imponerse a lo largo y ancho del mundo?

De la respuesta que demos a esta pregunta dependerá el futuro del humanismo y, por tanto, el de la civilización tal y como la entendemos; de la respuesta que demos dependerá qué verdad o conciencia auténtica se arrogará el derecho de haber hallado o construido la verdad del ser (sentido) para poder guiar, domar y domesticar (civilizar) a todo el conjunto del parque humano.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Las tres edades de la razón.

Introducción.

Siempre, como suelo sostener, la vida precede a la razón; es decir, primero sentimos y experimentamos y, solo después, razonamos el porqué de nuestros sentimientos y justificamos racionalmente las acciones que de nuestro sentir se derivan.

Desde muy joven ya me resultaban "chocantes" (incomprensibles) las normas y reglas establecidas por los guardianes de la razón. Una de estas normas, o verdades socialmente normativizadas, era aquella que nos espetaban cuando, ante un agravio, chillábamos o respondíamos con verborrea beligerante ante una ofensa: "si gritas pierdes la razón", nos decían, como si por el hecho de no moderar nuestras formas y nuestro lenguaje, "domándolos y domesticándolos," nuestra lógica respuesta, del todo racional, mutara en irracional.
¿Pero cómo puede perderse la razón por el mero hecho de ser gritada alto y fuerte; por el hecho de ser defendida con enérgica pasión?
¿Acaso puede perderse también la verdad, dependiendo de cómo se argumente, se proclame o se defienda?

Tesis

Así, llegué a la conclusión, a través de una obligada y profunda reflexión, de que no existía ningún ser humano que fuese realmente irracional, sino que las descalificaciones a determinadas ideas y/o acciones, deslegitimadas como irracionales, eran producto del proceder autodefensivo del poder social (coactivo y represivo) y no tanto una conclusión lógica sustentada por imparciales argumentos de verdad. ¿Qué argumentos lógicos podrían demostrar que la razón se perdiese por el mero hecho de ser gritada enérgicamente? Ninguno.

Por tanto, la tesis que pretenderé defender y demostrar a continuación desvela una incómoda y peligrosa verdad:

Todos los hombres, en tanto que inteligentes, son inevitablemente racionales, morales y poseedores de la verdad. No existe hombre alguno que sea inmoral e irracional; no existe hombre alguno que carezca de "su" verdad.

Inteligencia y razón

Si nos obligamos a ser sinceros y honestos podremos hallar la verdad radical que se esconde detrás de esa supuesta esencia que subyace en el ente que es el ser humano y que le permite trascender su pura condición de animal: ser un animal de realidades en un mundo que hace suyo.
La verdad radical, fácil de comprobar si echamos un rápido vistazo a lo largo de la historia, es que el ser humano se ha erigido como especie dominante del planeta tierra. Esta verdad es incuestionable, y a partir de esta verdad irrefutable podremos preguntarnos: ¿cómo, por qué y para qué el ser humano se ha convertido en señor de "su" mundo?
¿Cómo ha impuesto su señorío el ser humano en el mundo? Pues a través del dominio, haciéndolo suyo.
¿Por qué? Porque ha podido y ha tenido la herramienta para poder hacerlo: la inteligencia.
¿Para qué? Para garantizar su autoconservación , perdurar en el tiempo y soñar con la eternidad.

Podríamos concluir, por tanto, que la esencia (sentido de ser) del ente humano reside en su voluntad de no extinguirse; en el deseo de perdurar en el tiempo ("lo inherente al ser es perdurar en el tiempo", Spinoza). Pero para poder ser y sobrevivir a las adversidades del ex-sistere (autoconservarse en el mundo) el ser humano debe dominar su entorno; debe controlarlo y hacerlo predecible. Es entonces, ante la necesidad de controlar y predecir su mundo, dominarlo al cabo, cuando el Dasein (ser-ahí) hace uso de una habilidad que le es propia: la inteligencia o habilidad de poder elegir (los demás animales no eligen, sino que responden automáticamente a estímulos del medio).
El hecho de tener que elegir la mejor opción para garantizar su autoconservación, de entre las múltiples posibilidades que le ofrece la realidad abierta, obliga al ser humano a realizar dos actos inherentes al imperativo de elegir (al imperativo vital de ser): razonar y justificar.
Vemos, así, que es el imperativo vital el que insta al Dasein (hombre inmerso en el mundo) a autoconservarse y sobrevivir; le insta a tener que elegir, es decir, le empuja a inteligir la realidad que le envuelve.
Inteligir supone, precisamente, analizar, evaluar y predecir las respuestas del medio (las consecuencias o efectos de las acciones humanas) para tener argumentos de peso que apoyen o rechacen tomar decisiones (elecciones). Así, las acciones y elecciones humanas requieren, primero, del uso de la razón (evaluación y análisis) y posteriormente de una justificación, aunque no necesariamente por este orden.

Cuento pedagógico.

Según mi tesis, primero sentimos y deseamos y solo después razonamos. Consideremos el siguiente ejemplo: un individuo, en un clan primitivo, siente el deseo irrefrenable de comerse las últimas reservas de comida. Este es un deseo vital imperativo, porque le obliga a hacerse con la comida para poder sobrevivir. El individuo en cuestión contemplará varias opciones (razonando) para hacerse con la comida:

Opción A: evalúa la posibilidad de robar la comida, sin más, cuando nadie le vea. Sabe que existe la posibilidad de ser descubierto. Tiene que decidir, entonces, si decide correr el riesgo de que los demás le descubran.

Opción B: decide que al llegar la noche matará uno a uno a los 10 miembros integrantes del clan. Sabe que, entonces, podrá hacerse con la comida sin ningún problema. Pero se da cuenta, razonando, de que existe la posibilidad de que él solo, sin la ayuda de los otros miembros del clan, tampoco pueda sobrevivir durante mucho tiempo (cazar, procurarse refugio y defenderse de los animales salvajes).

Estas dos opciones, robar y asesinar, son, a priori, racionales y morales. Y dichas opciones se postulan como posibilidades solo cuando nuestro individuo siente el deseo de comer. Las dos opciones se han servido de la razón para evaluar las diferentes posibilidades que ofrece la realidad abierta (las circunstancias). Y las dos opciones se han justificado (moralmente) a través del incontestable imperativo de supervivencia: robar o asesinar para comer, para sobrevivir, para poder seguir siendo.

Tanto dará que el individuo de nuestro ejemplo decida, finalmente, robar o matar, pues en ambos casos lo habría hecho a través del uso de su inteligencia o capacidad para inteligir (elegir), es decir, previamente habría razonado y justificado sus acciones. No podríamos decir, ante el proceder de semejante sujeto, que fuese irracional ni inmoral.

Conclusión: no podemos hablar de individuos irracionales ni inmorales, sino de individuos con mejores o peores razones para elegir una opción, y con mejores o peores razones para justificarla. De hecho, razón (elección) y moral (justificación) están tan estrechamente relacionadas entre sí que podríamos considerar que se dan conjuntamente coincidiendo en el tiempo.

¿Son siempre coincidentes razón y moral?

Yo creo que sí, que el ser humano tiende a argumentar (razonar) al tiempo que justifica su elección para legitimarla como buena. ¿Qué sentido tendría la elección de una opción que no fuese "buena" para uno mismo?
Volvamos atrás en el tiempo para imaginarnos a dos hombres prehistóricos que han descubierto que comiendo determinados frutos alcanzan un placentero estado de embriaguez; una sensación mágica que diluye su "yo" (ser-en sí mismo) en un todo místico y espiritual.
Ellos están seguros de que esos frutos son "buenos" para ellos, ergo su elección se justifica como moralmente buena. Sus razones son libres y están al servicio de sus respectivos placeres (sentidos).
Pero hete aquí que el chamán del clan los descubre, alegres y despreocupados mientras ríen, saltan y disfrutan de su eufórico estado.
El chamán, persona seria y responsable, pronto advierte que aquellos dos díscolos seres son un peligro para la autoconservación del clan. Aquellos inconscientes no solo tenían sus facultades visiblemente afectadas, sino que no mostraban interés por las actividades que debían realizar: cazar, pescar, fabricar rudimentarias lanzas de piedra... ¿Y si el resto de los miembros del clan también descubrían aquellos frutos embriagadores?
Pronto, el racional chamán, vio con claridad que la ingesta imprudente de aquellos frutos ponía en peligro la supervivencia del clan; pronto advirtió que tenía que dominar la situación para conservar y salvaguardar el futuro del clan.
Así, el chamán decidió secuestrar la razón individual de los homínidos que, libremente, decidían embriagarse, para supeditarla a la razón del grupo; para someterla al interés de lo común y lo colectivo. Entonces, dictó que comer aquellos frutos constituía un acto tan irracional como malo.
Pero el chamán, por más que razonó con los dos individuos que gustaban de embriagarse, no conseguía convencerles. ¿Por qué habría de ser más racional y bueno no comer aquellos frutos?
El astuto brujo, entonces, ideó la manera de imponer reglas y normas para "su" parque tribal; proyectó la manera de domar y domesticar los instintos de aquellos dos sujetos que iban de por libre: articular un sistema que fuese al tiempo coactivo y liberador.
La norma impondría una verdad: comer frutos embriagadores era malo. Y dicha verdad se argumentaría (legitimaría) a través de una creencia mágico-religiosa. Quienes violaran la norma serían castigados (coacción social mediante) pero quienes se mostraran fieles cumplidores de la misma serían recompensados a través de un rito ceremonial que, dos o tres veces al año, les permitiría transgredir la norma sagrada comiendo tantos frutos embriagadores como quisieran. Habían nacido el Derecho (deber de cumplimiento) y la festividad colectiva (oportunidad de trasgresión) a partir de la necesidad de domesticar a nuestros primeros antepasados; habían nacido las normas y las reglas sociales como instrumentos de dominio para autoconservar la pervivencia del clan, por encima de las libertades individuales, y convirtiendo todo aquello que fuese peligroso y amenazante para el clan en irracional y malo.

Esta pequeña pero didáctica historia ilustra cómo el ente social, la cosmovisión de un Dasein histórico, se apropia de la verdad en beneficio propio: para asegurar su dominio sobre la naturaleza y, así, garantizar la autoconservación de la razón de ser colectiva. Lo racional y lo aceptado moralmente será todo aquello que beneficie al clan, la tribu, la nación, el imperio; lo racional y bueno será todo aquello que asegure la supervivencia de una determinada razón de ser, de una determinada verdad.
La razón solo pudo erigirse en diosa todopoderosa y en verdad universal, cuando las primeras élites (primeros ilustrados con información y responsabilidad ontológica) decidieron hacer uso de su voluntad de poder para imponerla al grupo.

Epílogo.

Nuestro pedagógico cuentecillo estaría inconcluso si no explicásemos a nuestros pacientes lectores qué fue de aquel clan que, con el transcurrir del tiempo, devendría tribu, nación, e incluso imperio y civilización humana, demasiado humana.
Pues sucedió que, milenios más tarde, el clan creció y devino una numerosa tribu que entró en contacto con otras tribus; las tribus se organizaron en naciones y las naciones crearon imperios. Y los chamanes de cada imperio, ahora sabios ilustrados que servían a reyes y emperadores, cayeron en la cuenta de que lo que era racional y bueno en sus sociedades cerradas podía considerarse irracional y malo en otras sociedades vecinas. ¿Qué era verdad y qué era mentira, se preguntaron atónitos y perplejos?

LAS TRES EDADES DE LA RAZÓN

El poder para decidir qué es bueno y qué es malo, o qué es moralmente aceptable o inaceptable, no emana directamente de quienes lo ostentan (reyes, emperadores o políticos). No, el poder emana del Dasein histórico a través de todos los medios (órganos e instituciones) que el ser colectivo desarrolla (tradiciones, ritos y ceremonias...) para domar y domesticar los apetitos particulares (el ser en sí individual); y todo por tal de salvaguardarse a sí mismo. Se trata de someter, reducir y domar las libertades individuales (ser-en sí) por tal de garantizar la seguridad que nos ofrece el ser colectivo o Dasein histórico.
Pero no puede haber poder si, primero, no hay una verdad en la que creer; una verdad que pueda ser amada y defendida; una verdad por la que morir si fuese necesario.
Y tampoco son los reyes, ni los emperadores ni los gobernantes de turno quienes hallan o construyen las verdades, sino los pastores del ser.
Siempre han sido individuos excepcionales (pastores del ser) los que han sabido ver la verdad, desvelándola y desocultándola de entre las muchas posibilidades ofrecidas por la realidad abierta. De hecho, siempre ha sido un puñado de pastores quienes han decidido cómo y para qué domesticar al ganado humano. El genio, susceptible de ser aceptado o no por los intereses y voluntades de una determinada sociedad (Dasein histórico) en un determinado contexto histórico, ha sido siempre el artista creador de verdades, ya fuere a través de vías de revelación (teológicas) , vías de descubrimiento (pensamiento místico-reflexivo y metafísico) o vías constructoras (a través de la lógica y la ciencia); todas vías racionales, en tanto que todas son producto de la razón humana.

Las edades de la razón ilustrada (en manos de grupos selectos) ha ido evolucionando a lo largo de la historia, en un proceso dialéctico a través del cual lo racional de una época determinada era superado tras ser desenmascarado o desvelado como irracional.
Las tres fases o edades de la razón serían las siguientes:

1º Razón señorial- prepotente
                                                                                                     
2º Razón instrumental- pragmática
                                                                                                     
3º Razón cínica- hipócrita

La superación de la razón señorial prepotente, por parte del Dasein histórico, solo fue posible a partir de un previo desenmascaramiento, es decir, solo pudo superarse cuando la misma razón ilustrada de "otra" época fue consciente del carácter obsoleto y anacrónico de la Razón predecesora. Y desde el momento en que la nueva Razón desenmascara y deja en evidencia lo "absurdo" de la antigua Razón, esta última pasa a ser irracional. Así, para los primeros hombres prehistóricos era completamente racional rendir culto a las fuerzas de la naturaleza. Dicha necesidad de celebrar ritos y ceremonias se legitimaba a través de la razón, como no podía ser de otra manera. Pero solo cuando el Dasein histórico de pueblos más avanzados descubrió, ideó o construyó (tanto da) la idea de Dios, la antigua razón mágico-mística pasó a considerarse irracional.
De la misma manera, la Razón del Dasein histórico de la Edad Moderna desenmascaró la Razón religiosa (creencia en Dios) como errónea, indemostrable y, en definitiva, anacrónica: se imponía la Razón científica y, por tanto, el creer en seres divinos pasaba a considerarse irracional.

Continuará...




viernes, 7 de octubre de 2016

La serie de tv "Vikings" y el Dasein histórico.

La serie "Vikings" es, en mi opinión, una de las mejores ficciones históricas que se han hecho en formato para televisión. No puedo evitar relamerme recordando la primera temporada de tan gloriosa serie. Y este, precisamente, es el signo inequívoco que me señala que las siguientes temporadas (segunda y tercera) ya no han estado a la altura del formato primigenio.

Si para seguir viendo una serie hay que retrotraerse a su pasado más glorioso, ello es síntoma claro de la decadencia de su ser presente.
El problema de "Vikings", de la serie, es que por fuer ha de languidecer y ser inferior a su primera temporada; y así debe ser, porque la historia de "Vikings" es, en definitiva, la historia del Dasein histórico; es la historia del género humano en la que se refleja perfectamente el devenir de la dialéctica de la conciencia, siempre en pugna por determinar quiénes han de erigirse en señores de la humanidad, en regidores del destino del Dasein.

Análisis existencialista de "Vikings":

Primera temporada: la primera temporada nos transporta a la Europa del norte, a esa Edad Media tan desconocida por nosotros, y ajena a las influencias del cristianismo, donde el Dasein de los vikingos todavía se mostraba preocupado por el cuidado del Ser. La vida era auténtica, tan auténtica como sus dioses, y sus vidas tenían un sentido y una razón de ser que nadie cuestionaba; nadie cuestionaba la verdad de los dioses, como nadie cuestionaba la verdad de la vida misma.
El Dasein vikingo vivía en la certeza y en la seguridad de unos valores sublimes y supremos: creían en sus dioses guerreros y en la vida con honor, con sentido. Heráclito hubiese podido, perfectamente, pasar por vikingo, pues tanto para él como para los bárbaros del norte, "la guerra era la madre de todas las cosas" y "uno solo podía ser como cientos, si era el mejor".
La primera temporada nos relata la vida de un hombre (Ragnar) que es el perfecto símbolo del Dasein vikingo: un hombre luchador que se supera a sí mismo, ambicioso y con voluntad de poder; un hombre con honor y temeroso de sus dioses; un hombre, pese a su fiereza, de una gran humildad ontológica.
La temporada termina cuando dichos pueblo beligerantes, ansiosos de fama y riqueza, llegan a las costas de Inglaterra, donde entran en contacto con el cristianismo y con otro hombre que será la conciencia antagónica (antítesis) de la de Ragnar.
El Dasein vikingo, a través de Ragnar, conoce al Dasein cristiano, simbolizado magistralmente en la figura del monje Athelstan. La lucha dialéctica entre conciencias está servida.

Segunda temporada: la segunda temporada se centra, prácticamente, en la toma de París. Pero, paralelamente, durante toda la segunda temporada, cobra fuerza el protagonismo de Athelstan. Primer signo de decadencia de la serie.Ragnar comienza a dudar de su verdad en la medida que comienza a admirar la fe ciega que tiene Athelstan en la suya propia. Y así, a través de la duda y la perdida de certeza, Ragnar se va convirtiendo, poco a poco, al cristianismo.
Sin embargo, el paso o evolución del Dasein vikingo al Dasein cristiano no solo no es inmediato, sino que provoca la división entre los propios vikingos. Segundo signo de decadencia.
Ragnar simbolizará al Dasein vikingo asimilador, su hermano Rollo al Dasein transformador y Floki permanecerá como el celoso guardián conservador de la tradicional vida auténtica del Dasein vikingo.
A través de los tres personajes principales y sus posicionamientos vitales, la serie refleja las consecuencias de la perdida de certeza y seguridad en un sentido de vida cuando, por designio del devenir histórico, este entra en contacto con otro sentido o razón de Ser diferente (una nueva conciencia verdadera).
Las opciones que se dan en la lucha dialéctica de la conciencia son claras: asimilar, transformar o conservar. En cualquier caso, se pierde la unidad del primigenio Dasein vikingo; este ya no es puro ni tiene certeza señorial de su verdad; se torna dubitativo, y la duda le hace débil.

Tercera temporada: todavía no ha concluido, pero, hasta donde ha llegado (capítulo 5) podemos ver cómo evolucionan los tres posicionamientos surgidos durante la segunda temporada.
Atención, porque aunque la serie ya no es tan buena como en la primera temporada, pues la épica grandilocuente ha dado paso, definitivamente, a las intrigas palaciegas y al cinismo más inherente al hipócrita humanismo, la historia de Occidente, del Dasein histórico occidental, queda perfectamente narrada y explicada:

Rollo, el transformador, simboliza al traidor, al Dasein que reniega de su vida auténtica primigenia y abraza la nueva y alternativa fe cristiana.
Hay una magnifica escena en la que la esposa cristiana de Rollo, hija del emperador francés, le insta a eliminar arteramente a sus oponentes. Y Rollo, todavía ebrio de esencia vikinga, le responde:

- No hay ningún honor en matar a un hombre a traición.
- Eso diría un vikingo -le responde su cínica esposa- pero tú no eres ya un vikingo.


Floki, el conservador reaccionario, hará todo lo posible, como celoso guardián de la auténtica conciencia de su pueblo, para seguir manteniendo viva la esencia del Dasein vikingo. De hecho, tras asesinar al bueno de Athelstan, se convertirá en el favorito de la mujer de Ragnar, la cual le encomendará que eduque a su hijo en los valores vikingos.
Por primera vez en la serie se hace una referencia directa a los valores. Y es que la esposa de Ragnar ve con temor lo que está sucediendo, pues observa en Raganar el principio de decadencia que, a la postre, también comienza a amenazar la existencia del Dasein vikingo.

Ragnar, el asimilador, es la figura clave en la lucha dialéctica que tiene lugar en el lichtung. Ha descubierto una nueva verdad y se siente atraído por dicha verdad, aunque todavía se siente vikingo. ¿Pero qué clase de vikingo?
Ragnar se ha convertido, en esta segunda temporada, en un vikingo en decadencia sumido en un imparable proceso de autodestrucción. El destino de Ragnar es el que le espera al Dasein vikingo. Así, Ragnar comienza a desentenderse de sus funciones de líder y reniega del deber de ejercer como pastor del Ser. De hecho, comienza a evadirse de las exigencias del Ser sumergiéndose en el mundo de las drogas de la mano de su amante china.
Ragnar comienza a hacer memoria de su pasado y a recordar viejas glorias, porque sabe que su proyecto vital como hombre llega a su fin. También el Dasein histórico vikingo se acerca a su final.

Confesará Ragnar a su amante:

- Me siento viejo, con la edad he perdido el deseo y la fuerza.

Ragnar hace, en el capítulo 5, una terrible confesión: ha perdido la voluntad de Ser, se ha rendido ante la vida. Y ahora, a los atentos seguidores de la serie, solo nos cabe esperar: ¿Qué hará Ragnar? ¿Reaccionará y aceptará su responsabilidad como pastor del Ser? ¿O se abandonará en el relajo inconsciente de quienes claudican ante las adversidades?

Sí, no hace falta ser demasiado sagaz para ver que Ragnar no solo simboliza al Dasein histórico vikingo, sino que, además, es un fiel reflejo, muy actual, del hombre occidental; es el fiel reflejo de la autoinmolación a la que se dirige, imparable, el Dasein histórico humanista.

ANOTACIONES


Antagonismo entre diferentes Dasein históricos.

El Dasein histórico se desarrolla en el tiempo. ¿Pero cómo se desarrolla el Dasein histórico a través del tiempo? ¿El género humano, la humanidad, sigue un curso lineal histórico o un curso circular? ¿O ambos?
¿Pueden convivir diferentes Dasein históricos, coincidiendo en el tiempo, o la misma dialéctica de la historia camina hacia el UNO; hacia  la realización de un único Dasein histórico universal?

Yo creo que no ha lugar a la conciliación entre diferentes Dasein históricos, porque la vida, como el Ser, no entiende de negociaciones ni de apaños inauténticos.
Nosotros podemos empeñarnos, efectivamente, en autoengañarnos y en tener fe en que el Dasein histórico sabrá conciliar y hermanar sus diferentes conciencias verdaderas, asimilándolas y sintetizándolas tras un período evolutivo de adaptación indeterminado, hasta llegar a un fin último: desocultar la esencia del UNO absoluto. Pero dicho fin, la salida a la luz de la esencia del Ser, no se logrará sin la correspondiente lucha dialéctica de la conciencia en el claro. Parafraseando la película de "Los inmortales": "solo puede quedar una conciencia".

Podremos hacer trampas como Christopher Lambert y sus amiguetes inmortales, dilatando y rehuyendo el duelo final entre conciencias, pero mientras exista una sola conciencia Kurgan, no habrá paz ni conciliación. Lo único que hace el Dasein histórico occidental es ganar tiempo y mantener la esperanza de que, en algún momento futuro, las diferentes conciencias llegarán a un cordial entendimiento.

El Dasein individual es un ser-para-la muerte, sí, pero no así el Dasein histórico. El Dasein histórico es UNO y absoluto, ergo no puede morir. Mientras quede un solo hombre vivo en el planeta Tierra, seguirá existiendo el Dasein histórico. Pero incluso aunque la humanidad entera se exterminase a sí misma (que en ello está), el Dasein histórico seguiría siendo, pues no quedaría nadie para certificar su defunción.

La esencia del Dasein histórico, su ser-en-sí, reclama insistente su apertura en el claro; lo único que hacen quienes se niegan a escucharle, cuales Ulises taponando sus oídos con ceras, es, insisto en ello, autoengañarse y ganar tiempo para evitar lo inevitable: la confrontación final entre conciencias.
el Dasein histórico posiblemente sea finito, pero eso nosotros nunca lo sabremos. Quiero decir que todos y cada uno de nosotros moriremos, pero el curso de la historia continuará, y dicho devenir del Ser será eterno en tanto quede un solo hombre en la Tierra. Mientras exista un solo hombre en el mundo existirá un cuidador del Ser y, por lo tanto, una interpretación del mundo. Obviamente, si algún día la humanidad desapareciese de la faz de la Tierra, el Dasein histórico también desaparecería con ella.

Sobre el fin último de la historia, a todos nos gustaría una conciliación entre las diferentes conciencias, es decir, también yo desearía que el Dasein histórico perdurase en paz y armonía sin buscar dogmáticas consumaciones o fines últimos suprematistas. Pero la realidad es la que es, y ni el Islam ni los nuevos neocomunismos abandonarán sus aspiraciones, por otra parte totalmente legítimas, de interpretar, primero, e imponer, después, una concreta cosmovisión o imagen del mundo.
El problema no lo tienen quienes se obligan a defender e imponer su conciencia verdadera, sino quienes se lo permiten, irresponsable e inconscientemente, porque ya no creen en ninguna otra conciencia alternativa, porque se olvidaron del cuidado del Ser.

Yo creo que el devenir de la historia es dual, es decir, lineal y circular a un tiempo. Sería como el movimiento de los planetas que, al tiempo que giran sobre sí mismos en un eterno retorno circular, además avanzan a la deriva junto al Universo, no sabemos ni hacia adónde ni por cuánto tiempo.
Así, la humanidad o Dasein histórico también avanzaría linealmente hacia una deriva o futuro incierto, pero, al tiempo, los ciclos históricos se repiten sucesivamente, permitiendo que se alternen las diferntes formas o modos de la conciencia hegeliana:
cuidado del Ser (metafísica).....duda (escepticismo)......dogmatismo (construcción de particularismos absolutos)..... nuevo retorno al cuidado del Ser o retorno a etapas más espirituales.
¿Son más auténticos determinados Dasein históricos?
Yo no creo que algunos Dasein históricos sean más auténticos que otros. Eso sería tan osado como aseverar que unos son mejores que otros en base a valoraciones morales.
Lo que intenté explicar es que el Dasein histórico vikingo creía en una vida auténtica; creía en la certeza de sus dioses y en la verdad de su razón de ser en el mundo. La cosmovisión del Dasein vikingo era la interpretación del mundo de una determinada clase de hombres.
El Dasein histórico cristiano es otra cosmovisión, la interpretación de otra clase de hombres.
Yo no me atrevería a decir que una cosmovisión o interpretación del mundo es mejor que otra, eso se lo dejo a los dogmáticos del Islam y a nuestros marxistas-leninistas empeñados en hacer justicia (su justicia), mal que sea a fuer de cercenar libertades individuales.

Lo que digo es que cada uno de nosotros tiene el ineludible deber de conocerse a sí mismo; es decir, cada Dasein individual está obligado a un ejercicio introspectivo, o de reflexiva meditación en términos heideggerianos, para reconocerse en una determinada clase de hombre. Y lo que sostengo es que no me valen (a mí) los autoengaños cínicos de quienes, tras ser obsequiados con el don y ser testigos de la apertura del Ser en el claro, reniegan de dicho don en aras de ser políticamente correctos.


¿De dónde saca el hombre las fuerzas para defender una determinada concepción del mundo desde el relativismo moral imperante?


El Dasein individual, para defender una imagen del mundo, saca las fuerzas (motivación y voluntad) de sí mismo, es decir, las obtiene conociéndose a sí mismo.
¿Y cómo se conoce el Dasein a sí mismo? Pues reconociéndose cómo es y qué quiere a través de la apertura del Ser (introspección en el claro). Para ello, el Dasein deberá meditar y reflexionar, deberá estar atento y tener cuidado con el Ser que, recordemos, ya está en él.
¿Qué quiere decir que la esencia del Ser o lo absoluto ya es en el Dasein?
Quiere decir, ni más ni menos, que cada Dasein individual ya está predeterminado por unos apriorísticos condicionantes psiconeurológicos para pensarse a-sí-mismo y en-lo-otro de una determinada manera.Lo único que tiene que hacer el Dasein es reflexionar sobre sí mismo, que será tanto como reflexionar sobre el Ser, pues, como ya hemos señalado, el sentido del Ser ya está-en-el-Dasein.
Pero esta apertura del Ser en el Dasein, a través de la cual Heidegger decía que podía hallarse místicamente la esencia del Ser, era la misma que, siglos antes, le permitió a San Agustín hallar su vía para conocer a Dios, a través del obligado recogimiento del Dasein en sí mismo.

Cada vez tengo más claro que la metafísica de Heidegger es una reinterpretación de la teología-psicoanalítica de San Agustín.

Una vez que el Dasein se conoce a sí mismo, y se acepta, debe mejorarse. Así, mejorar es la finalidad de la vía que propone la máxima de San Agustín, análoga a la humildad ontológica de Heidegger:

¿Y qué significa que el Dasein se mejore a sí mismo? Pues significa, retomando a Nietzsche, que debe instarse a perdurar en el tiempo (conservarse) y crecer (aumentar).

Cada Dasein individual, por tanto, saca sus fuerzas (voluntad y motivación) del previo análisis reflexivo que le permite conocerse a sí mismo y, al tiempo, le religa y le permite reconocerse en lo absoluto del Ser.

Es que, para que me entiendas, el Ser absoluto es el reflejo o espejo de lo que es cada Dasein individual. Toda obra de arte, como el mundo mismo, facilita la apertura del Ser (del sentido de la existencia) en el Dasein; pero una misma obra de arte, como el mismo mundo, sugerirán y evocarán diferentes interpretaciones en los diferentes Dasein individuales.
¿Por qué?
Pues porque el Dasein (ser-ahí) ya está en lo absoluto, se encuentra en el mundo que se abre ante él para que pueda interpretarlo. Pero, al interpretar el mundo, los diferentes Dasein individuales no pueden evitar crear una imagen o cosmovisión del mismo; una imagen que estará acorde con sus gustos, motivaciones y sentimientos.
Y el Dasein, que no es tonto, cuando se comprende a sí mismo y es consciente de sus necesidades también descubre lo que quiere, lo que le vale: descubre el valor de la vida, que no es otro que el de perdurar en el tiempo (conservarse) y mejorarse (aumentar o crecer); descubre que su sagrada misión en el mundo es llegar a ser él mismo, y será consciente de que, para ello, deberá modelar el mundo a su imagen y semejanza.

Una vez que el Dasein individual se descubre a sí mismo, es decir, después de meditar atento en la apertura del Ser, hallará, al mismo tiempo, los valores que son mejores para él. A partir de ahí, concluirá interesadamente (subjetivamente y desde su visión particularista), que lo que es bueno para él por fuer ha de ser verdad.

El Dasein individual, pues, construye su verdad. Pero como el Dasein individual también es un Dasein colectivo o histórico (inevitablemente social) se ve obligado a justificar moralmente su verdad, es decir, tiene que proclamar que su verdad es la más buena y justa.

Solo a un Dasein individual aristoi (el mejor) le está permitido descubrir el sentido del Ser, que será, en definitiva, un reflejo del sentido que él quiera otorgarse a sí mismo y a su ex-sistere.
Al ser el mejor de entre los Dasein individuales se convertirá en creador y pastor del Ser. Así, desde su liderazgo, propondrá una conciencia verdadera o cosmovisión del mundo para el Dasein colectivo; y lo mismo dará que lo haga a través de la palabra revelada por un Dios o sacándose de la manga algún método que dé en bautizar como materialismo dialéctico o científico.

El resultado final será que un Dasein individual privilegiado (el mejor) habrá creado una moral, es decir, la justificación de una determinada verdad, su verdad.


Cuando se comprende esta dialéctica de la conciencia hegeliana, desde la perspectiva heideggeriana, se descubre que Marx fue tan timador como Jesucristo o Mahoma.
¿Qué moral defendemos, entonces? La nuestra, por supuesto.
¿Y en qué consiste defender nuestra moral? Pues en defender nuestra verdad: aquellos valores que coinciden con nuestra apriorística forma de ser.

Expondré mi ejemplo personal:

Cuando yo llego a comprenderme, y descubro que soy antigregario, individualista y celoso de mi exclusiva y particular libertad (mi verdad) entiendo, como mínimo, que mi Dasein individual no puede comulgar o religarse con un Dasein histórico suprematista, ya sea este islámico o comunista.
Si, además de conocer íntimamente a mi yo (mi ser-en-sí) también soy consciente de la realidad de mis circunstancias (ser-ahí), entonces concluyo que poco, o nada, puedo defender en un país cuya esencia es, precisamente, comunista; una esencia totalmente contraria a la mía propia.
¿Y cómo defiendo, entonces, mi moral, mi verdad y mis valores?
Primero, instándome a sobrevivir (conservarme); y, segundo, obligándome a ser mejor para crecer y garantizar el futuro de los míos. Los míos, mi familia, se convierten así en un pequeño Dasein colectivo o histórico; yo sé que mi ser-es-para la muerte, pero mis hijos y los hijos de mis hijos me sobrevivirán.

He ahí una razón para evitar el suicidio: los hijos.

El problema es qué se entiende por Ser y si es cierto que en todo Dasein mora el Ser

Podríamos pensar, erróneamente en mi opinión, que lo que ha entrado en crisis es precisamente la consideración de que exista el Ser, y por tanto, de que éste habite en el Dasein. Pero yo no creo que la crisis consista en que se cuestione la existencia del Ser, sino en que, a partir de la modernidad, el Ser se interpreta desde otras perspectivas o maneras diferentes a la tradicional.
Tú y yo estamos de acuerdo (eso creo) en referirnos al Ser como una Realidad-Fundamento para diferenciarlo de Dios, ente supremo. Pero aunque la generalidad de los hombres-sujeto (hombres-masa en la acepción orteguiana) digan que Dios no existe, es decir, que no existe un Ser Realidad-Fundamento, en realidad no se están refiriendo a lo mismo que nosotros; no se refieren a la esencia u origen, a ese "algo" que hace que el Dasein sea más que la nada, sino que están pensando en un ente prepotente de jerarquía superior que determina sus vidas imponiendo unos concretos valores éticos-morales.

Lo que está sucediendo no es una pérdida en la creencia de la Realidad-Fundamento (Dios en su acepción más tradicional, o ese "algo más que nada" que es esencia del hombre) sino que se ha realizado una sustitución de la misma, es decir, la sustitución de Dios (y sus valores) por otros dioses y sus respectivos nuevos valores.
Como bien señalara Heidegger, el Dasein es creyente sí o sí, pues en su propia esencia se halla el sentido del Ser, y, por ello, el Dasein se ve abocado, quiera o no quiera, a la necesidad de preguntarse por su ex-sistere (la vida y la muerte).
No, yo no creo que el Dasein considere que no existe la verdad.
Hablemos en otros términos para entendernos mejor, y para ello hagamos algo que disgusta mucho a nuestros amiguetes del igualitarismo, pero que resultará muy pedagógico para que podamos comprender el grave tema que tratamos.

 Propongo que, a partir de ahora, en vez de referirnos al Dasein, diferenciemos entre hombres-sujeto (masa) y pastores del Ser (aristos). Convengamos, si no hay demasiados inconvenientes y/o escrúpulos morales, en advertir que existen dos clases de hombres:

1) Hombres-masa despreocupados por el Ser.

2) Aristos o pastores del Ser, que se obligan a preguntarse y mostrar cuidado por el Ser.

Si hacemos esta distinción vemos con claridad que no es que el Dasein se haya olvidado del Ser, ni mucho menos que ya no crea en la verdad, por mucho que pretenda autoengañarse proclamando la triunfante soberanía del relativismo. Lo que sucedió, a partir de la Modernidad, es que la Razón pretendió liberar al hombre de manera equivocada, es decir, desenmascarando las mentiras que subyacían en las tradicionales creencias ideológico-religiosas tradicionales. La Razón desnudó al hombre de esencia en la medida que iba perdiendo su carácter aristoi, como pastora del Ser, y se tornaba igualitarista y mundana (olvidándose del Ser).

La Razón, renegando de la metafísica, limitó su conocimiento al mundo físico y material, y se despreocupó del espíritu del Dasein, de su ser-en-el mundo.
Sin pastores, o peor aún, a través del concurso de pastores ebrios de errada racionalidad, el hombre se convirtió en sujeto; se transformó en hombre-masa.

Pero el hombre-masa, aunque despreocupado por el Ser, sigue siendo Dasein, es decir, su esencia sigue estando determinada por su ser-ahí en el mundo. Y en tanto que ser-ahí, sigue angustiado y necesitado de fundamentos que den sentido a su existencia.
Así, el hombre-masa, que proclama orgulloso que todo es relativo y que no existe la verdad, en realidad lo que está proclamando es que existen muchas verdades y que lo que no existe es la verdad de sus padres.
¡Claro que el hombre-masa cree en la verdad! ¡En su particular y subjetiva verdad! Cree en la única verdad que la diosa Razón le enseñó a creer. ¿Y qué le enseñó la diosa Razón? Pues que la verdad de sus padres, la que entendía la Realidad-fundamento como ente supremo que determinaba sus vidas (Dios) no existía, y no podía existir, no porque pudiese demostrarse la no-existencia de Dios, sino porque los valores sublimes y supremos en los que se sustentaba dicha Realidad-Fundamento eran injustos y los mantenían esclavos al servicio de los mismos.

Lo que hizo el hombre-masa, sin la Realidad-fundamento de sus padres, fue creer en otras verdades y en otras realidades-fundamento. ¡Claro que siguió creyendo en la verdad! ¡En otras verdades, en sus verdades!
Desde su soberbia crecida, a la que le insta su perverso igualitarismo, el hombre-masa se cree un diosecillo intocable; ya no cree en reyes, ni en dioses ni en tribunos, pero, a cambio, se convierte en ferviente y dogmático creyente de otros dioses y realidades-fundamento: socialismo utópico, misticismos orientales, teorías de la liberación para todos los gustos y de todos los colores...

Por tanto, niego la afirmación: No es que el Dasein considere que su verdad es la más buena y justa sino que no existe tal verdad, y sostengo que, en realidad, está sucediendo todo lo contrario; ahora, más que nunca, el Dasein cree en nuevas verdades más buenas y justas que las de sus padres. ¿Le preguntamos a un comunista cualquiera?

Concluyo:

El problema, por tanto, no es que el actual Dasein histórico de Occidente no crea, sino que dicho Dasein colectivo está conformado, mayoritariamente, por hombres-masa que sí que creen en la verdad, pero no en la verdad de sus padres; no creen ya en la verdad de una Realidad-Fundamento tradicional.
¿Y qué supone dejar de creer en una Realidad-Fundamento tradicional suprasensible?
No supone dejar de creer en el Ser; ni quiere decir que no crean en la verdad (¡habrá creyente más dogmático que un rojo!).
Decir que nuestras actuales sociedades ya no creen en la verdad tradicional de nuestros padres tan solo significa, y es muy grave, que ya no creen en valores sublimes y supremos de sacrificio, trabajo y superación, obligación y deber. Lo que quiere decir es que ahora creen en otras verdades y en otros valores.
El Ser como Realidad-Fundamento podía interpretarse como un ente supremo (Dios) o como ese Ser (esencia trascendente) que nos constituye como "algo más" que Nada.
Lo que intento explicar, precisamente, es que yo creo que ambas acepciones del Ser son trascendentes. Desde el momento en que el Dasein se siente o se intuye "algo más que nada", ya está considerando en su ser-en sí, y sea o no consciente de ello, la presencia de una esencia (sentido) que le trasciende.

Por eso defiendo que el cambio radical no está en el hecho de haber trocado una realidad trascendente por otra inmanente. Lo que sostengo es que la transvaloración de unos valores (sublimes y supremos) por otros más mundanos, también se ha realizado a través de una meditada reflexión metafísica, y no exclusivamente desde un relativismo nihilista.

 Lo que intento decir es que, aunque el Dasein inauténtico (hombre masa o sujeto) proclame que la Verdad (en mayúsculas) no existe, en realidad sus hechos le delatan, y a nosotros nos permiten desenmascarar sus autoengaños.

¿Por qué alguien que se proclama ateo se convierte, sin embargo, en un fiel seguidor de creencias budistas, por ejemplo?

Pues porque aunque la Razón le grite fuerte en el oído que no existe una Verdad absoluta y universal, al mismo tiempo la esencia del Ser, que está en él, intuida o pre-sentida como prefiramos, le susurra que sí, que necesita y anhela ser "algo más que nada".

La Razón grita alto y fuerte, pero el Ser solo nos susurra, y ese es el motivo por el que debemos permanecer atentos y expectantes, porque es mucho más difícil escuchar e interpretar el débil susurro del Ser que el grito atronador, orgulloso y prepotente, de la Razón.
Así, nuestro budista también creerá en una realidad trascendente; también se reconocerá como un ser que es "algo más que nada", aunque su alternativa humildad ontológica no crea en un Ser Realidad-Fundamento tradicional.

Otro ejemplo:

El dogmático comunista dirá y gritará que no cree en Dios, pero, al tiempo, no podrá evitar intuirse como "algo más que un animal"; pre-siente que en-él hay un plus de esencia que le diferencia de otros seres vivos. Y este plus, que le trasciende, le insta a creer en otro dios: el suprematista Estado socialista.