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martes, 2 de febrero de 2016

Sobre nazis y comunistas.


Dos de los filósofos más importantes del S XX, Heidegger y Sartre,  fueron existencialistas y los dos abordaron una de las cuestiones más urgentes de la postmodernidad: la vida inauténtica.
Sin embargo, Heidegger estuvo relacionado de forma directa con el régimen nacionalsocialista, mientras que Sartre defendió (durante cierto tiempo al menos) las tesis comunistas.
Ambas ideologías, comunismo y nacionalsocialismo, eran suprematistas  y desde la articulación de prepotencias dogmáticas y señoriales defendieron sus respectivas conciencias verdaderas como  las únicas válidas para salvar a la humanidad.

La filosofía de Heidegger tiende a deslegitimarse recurriendo a argumentaciones ad hominem que insisten en relacionarle con su pasado nazi, pero la de Sartre apenas sufrió los arañazos de una crítica benevolente que siempre le fue bastante favorable. ¿Por qué?
Creo, y es opinión personal, que la crítica actual no debería girar en torno a si Heidegger fue o no un nacionalsocialista convencido o tan solo un filonazi. Sartre fue un férreo simpatizante del comunismo antes de caerse del caballo, ver la luz y distanciarse del mismo prudentemente. Y no pasó nada, nadie se rasgó las vestiduras por ello.

A mí lo que me interesa, no sé si a los demás también, es intentar averiguar qué subyace en el fondo de la polémica entre Sartre y Heidegger. No me interesan sus estigmas imperdonables (Heidegger) o sus presuntas bondades (Sartre); me interesa la cuestión de fondo que nos pudiera explicar, o arrojar alguna luz, sobre el porqué dos filosofías existenciales, ambas interesadas en el hombre y su ser ahí-en el mundo, se distanciaron y se posicionaron junto a ideologías claramente antagónicas (nacionalsocialismo y comunismo).

Del hecho de que Heidegger y Sartre tengan dos visiones o interpretaciones diferentes del ser humano, podemos deducir que cada filósofo otorga al hombre una concreta misión en el mundo, es decir, cada cual hace responsable al hombre de una determinada razón de ser; responsable de crear y/o guardar un concreto sentido del Ser.

Creo que hemos aceptado, yo al menos sí, que tanto el hombre sartriano como el heideggeriano son inevitablemente morales y, por tanto, responsables. Me niego a seguir hablando de hombres o ideologías inmorales, pues, como bien señalara Zubiri: todo hombre es inevitablemente moral en tanto que racional. No existen hombres inmorales, sino morales que son consideradas malas o buenas dependiendo de los intereses y/o sesgos de las ideologías de turno ("partes de" en conflicto).

Partiendo de que ambos tipos de hombres son morales y responsables, evitaremos caer en el debate improductivo sobre las diferentes interpretaciones conceptuales de la moral (de Kant o de Zubiri-Aranguren); solo así saldremos de la circularidad que nos impide delimitar claramente el concepto y avanzaremos para descubrir por qué la postmodernidad, su decadencia y fracaso, produce dos suprematismos dogmáticos ebrios de prepotencia.

La gran pregunta, en mi parecer, debería ser la siguiente:

¿Qué significó la postmodernidad, su perdida de valores y decadencia, para las sociedades y los hombres de finales del SXIX y principios del SXX?

Yo creo que significó miedo, desorientación y perdida de referentes ético-morales (Nietzsche certificó la defunción de Dios). Pero, sobre todo, significó incertidumbre y pesimismo frente al futuro (véase el impacto que causó "La decadencia de Occidente" de Spengler).
Hubo un antes y un después tras la aparición, entre 1918-1923, de "La decadencia de Occidente". Sí, es cierto que la muerte de Dios ya había alertado a Occidente de su propia debilidad: ya no tenía referentes ético-morales universales a los que asirse. Pero Spengler, todavía más osado, señaló que Occidente era tan débil que, incluso sabiendo que ya "ningún Dios podría salvarle", se seguía obcecando en mantener vivos bellos ideales universales judeocristianos (kantianos a la postre).

Vino a alertarnos Spengler, a través del análisis de la historia de las civilizaciones, de lo mismo que Heidegger a través de su metafísica del Ser: en la misma esencia del humanismo radica el germen de su autodestrucción.

Esta verdad que vieron Spengler y Heidegger con suma claridad (antes de la II GM), tardarían en descubrirla Horkheimer y Adorno en su "Dialéctica de la ilustración", a toro pasado y cuando el mal ya estuvo hecho. Fue a partir de entonces, más tarde, cuando algunos "antiheideggerianos" como Habermas se pusieron las pilas para rescatar lo positivo del pensamiento de Heidegger, aunque fuese desde el rechazo de la provincia heideggeriana.

¿Qué diferenció a Heidegger, por lo tanto, de Sartre?

Heidegger aceptó la muerte de Dios y con ella la muerte del sujeto trascendental, es decir, demostró que la ley moral universal kantiana era una construcción ad hoc hábilmente pensada para sustituir a Dios. No hizo trampas. No podía hacerlas, porque aseverar, a un tiempo, que Dios no existía pero sí existía el sujeto trascendental era una falacia totalmente incongruente.
Sartre, por el contrario, hizo malabarismos tramposos para acabar de dotar de esencia trascendental al ser humano, no a priori, como sostenía Kant, sino a posteriori y durante el devenir de la existencia.
¿Cómo era posible trascender la existencia sin una esencia a priori, inmutable y universal? ¿Qué era eso de "construir una esencia a la carta" que, además, siguiera manteniendo viva la tradicional moral humanista (judeocristiana, kantiana y platónica)?
Era, tan solo, un autoengaño necesario para hacerle creer al ser humano que, aunque sin Dios, todavía debía regir su conducta a través de determinados imperativos morales universales.

Pues bien, el pensamiento de Heidegger, en este sentido, no fue tan distinto al de Marx, como algunos intentan hacernos creer.
También Marx aceptó la muerte de Dios, y también Marx, por lo tanto, tuvo que rechazar valores trascendentes y universales, tachándolos de ser "falsos valores" creados por la burguesía dominante.
Pero Marx no fue honesto, es decir, también hizo trampas al revestir su teoría de la liberación con los cómodos ropajes del cristianismo, pues por tal de legitimarla ante las masas propuso un nuevo modelo de hombre: el hombre proletario, que, como el heideggeriano, debería regirse por su propia moral y hacer lo que tuviera que hacer por tal de salvaguardar la razón de ser de una utópica sociedad comunista: ambos dogmáticos y prepotentes; los dos prototipos de hombre seguros de sus respectivas verdades.
Las masas vieron al hombre heideggeriano como peligroso y hostil, pues su prepotencia desnuda le delataba, pero el hombre proletario, más astuto y artero, disfrazado de cristianismo laico, pudo engañarlas y hacerles creer que el comunismo era un nuevo sueño humanista y universal, más justo y bueno para todos.

He ahí la diferencia entre nacionalsocialismo y comunismo. El primero se muestra desnudo y orgulloso, proclamando lo que es y lo que quiere, mientras que el taimado comunismo, disfrazado con la humildad judeocristiana (el comunismo es una religión laica) enmascara sus intenciones disfrazándose con los valores del humanismo (justicia y libertad).

En nuestra sociedad occidental, ebria de humanismo judeocristiano, enseguida se percibió el peligro de un nacionalsocialismo orgulloso y prepotente, pero la prepotencia comunista (enmascarada) no solo no se percibió, sino que consiguió pasar por buena y justa.

viernes, 31 de octubre de 2014

"Hombre" de Martin Ritt

He vuelto a ver "Hombre", un western poco conocido pero que, sin duda, es un film más que correcto. A mí me gusta, a pesar de que muestra un ritmo de acción algo lento. La película aborda interesantes dilemas existenciales y realiza disecciones psicológicas muy acertadas sobre unos personajes sometidos a la presión de unas circunstancias fuertemente adversas.

No pude evitar encontrar paralelismos con "La Diligencia" de Ford. De hecho, creo que el abanico de personajes que viajaban, tanto en la diligencia fordiana como en la rittiana, resultaban parecidas muestras representativas de una misma población siempre universal: la mujer fuerte y con carácter, el señor aparentemente respetable que resulta ser un vulgar ladrón; y el individuo serio y distante, estigmatizado por el grupo, que finalmente ejercerá de héroe. Y, por último, la gran masa que, a modo de comparsa, servirá para que los protagonistas desempeñen sus roles.

Paul Newman está genial, sin duda su mejor papel interpretativo en un western, pero también podemos hallar algunas escenas sabrosonas por parte de los malosos bandidos que asaltarán la diligencia, como la que sucede cuando el líder de la banda debe hacerse con un billete para viajar en el transporte y, al no quedar plazas, coacciona a los viajeros hasta que amedranta a un soldado y se hace con la suya. Y todo ello ante las miradas atónitas y atemorizadas del resto de pasajeros, en lo que constituye un magnífico retrato de la insolidaridad y cobardía ante la desgracia del prójimo.

La película, de hecho, es dura y arremete sin concesiones contra la naturaleza humana; contra la inmoralidad, la cobardía y la indignidad de unos personajes que necesitarán de su correspondiente mesías, y el sacrificio del mismo (Paul Newman), para justificar la trascendental esencia del ser humano; para justificar el necesario sacrificio de los mejores por tal de salvar los principios y las bases de la civilización.

Me gustó esa diligencia de "Hombre", ese micromundo repleto de diferentes tipos humanos; habitado por distintas clases de personas expuestas al drama de vivir; y me gustó, principalmente, porque en pocas películas como en ésta puede apreciarse en toda su plenitud la miseria humana.

Analicemos los arquetipos presentes en tan excelente western:

El hombre libre: Paul Newman encarna al perfecto superhombre, a la hermosa bestia rubia que sabe que su existencia solo tiene sentido en la media que pueda preservar su vida y su libertad; que es consciente de que debe prescindir de determinadas consideraciones morales para poder llevar una existencia auténtica, fijando su mirada "más allá del bien y del mal".
De hecho, el personaje de Newman, John Russell, es un tipo individualista y seguro de sí mismo. El hecho de ser mestizo y de haber sido criado en el seno de las costumbres apaches, le alejan de las miserias e hipocresías propias de la moral del "hombre blanco". Su egoísmo no debe interpretarse como una inmoralidad, pues es tan solo un mecanismo de defensa; es el egoísmo de quienes han entendido que la libertad es su bien más preciado. John Russell, desde luego, estaría más cerca de poder considerarse un anarquista, centrado en la preservación de su yo individual, antes que un altruista humanista preocupado por el prójimo.
Algunos críticos, legitimando la creencia de que la civilización occidental es superior a cualquier cultura primitiva, han señalado - erróneamente en mi opinión-  que Russell buscaba "integrarse" en la sociedad de esos personajes humanos, demasiado humanos y ebrios de valores morales, que le estigmatizaban por su condición de mestizo. No es así.
Los grandes humanistas de la civilización occidental, que siempre dan por sentadas las bondades morales heredadas del judeocristianismo, son incapaces de realizar cualquier análisis o interpretación reflexiva que no esté sesgada por sus apriorísticas creencias. John Russell tan solo pretendía ser libre siendo él mismo, conduciéndose según los principios de su propia moral. ¿Para qué necesitaba la "aprobación" de un grupo de cínicos e hipócritas?

Pero, atención, en "Hombre" también son hombres libres los integrantes del grupo de bandidos, individuos que no solo miran, como Russell, "más allá del bien y del mal", sino que además viven y actúan más allá del bien y del mal. Ya analizaremos más adelante este importante matiz diferenciador.

El hombre cínico: aparece representado por el corrupto agente indígena, que no duda en robar a los apaches de la reserva que está a su cargo. Pero el arquetipo del cinismo también queda muy bien retratado a través del personaje del corrupto sheriff que, aliándose con los bandidos, abandonará el bando de los "hombres de bien" para lucrarse a través del asalto a la diligencia.
Obsérvese que estos individuos también son egoístas. Pero no debemos confundir - error habitual- el egoísmo libertario de John Russell - que se debe a sí mismo porque es consciente del sacro deber de preservar su vida - del egoísmo cínico de quienes, aparentando una altruista bonhomía, carecen de escrúpulos morales y no dudan en sacrificar al prójimo por tal de satisfacer sus particularistas fines.

Por supuesto, podríamos detenernos a analizar al resto de los personajes, pero estos no resultan relevantes en la dialéctica - lucha de contrarios-  que se plantea entre dos formas de vida: la vida auténtica (libre) vs la vida del autoengaño (cínica). El resto de los personajes es ganado domesticado, es decir, son individuos tan humanos y civilizados que ya dejaron de ser "hombres" y se olvidaron de mirar "más allá del bien y del mal".

Análisis existencial.

Sé que he abusado excesivamente del término "más allá del bien y del mal", pero es que resulta del todo inevitable realizar una reflexión existencial, sobre la vida y la muerte, sin tener presentes los condicionantes morales. La moral, de hecho, será la encargada de convertir a los "hombres" de carne y hueso en humanos sumisos y dóciles; la moral será la encargada de domesticar a los últimos hombres libres por tal de convertirlos en ganado resignado.
Pocas películas como "Hombre" han abordado - magistralmente en mi opinión - la eterna pugna filosófica obcecada en determinar el origen de la esencia humana: ¿es el existencialismo un humanismo o el hombre es, tan solo, el pastor del Ser?
¿El Dasein  (el ser-ahí)  podría entenderse como un hombre preocupado por el cuidado del Ser o como un humano que se justifica a sí mismo como esencia?
Hombre vs humano: el hombre libre, todavía inmerso en la naturaleza y actuando como pastor en la misma, en contraposición al hombre que dejó de serlo por tal de devenir humano, demasiado humano y civilizado.
Nos encontramos, de nuevo, ante el sempiterno antagonismo entre la provincia heideggeriana vs la humanista civilización sartriana. Un dilema existencial todavía no resuelto; dos concepciones existenciales sobre la esencia del ser que se han demostrado fallidas, en tanto ninguna ha sido capaz de salvar al ser humano del anonadamiento o angustia frente a la nada: el nihilismo desesperanzador.

Democracia: o de cómo Sartre vence a Heidegger ante las masas.

Resulta relativamente fácil que hoy, como ayer, Sartre venza a Heidegger ante las adormiladas conciencias colectivas de las masas occidentales. Sartre siempre vencerá por dictamen democrático, es decir, siempre podrá legitimar moralmente su existencialismo humanista ante el Occidente civilizado, pues el humanismo sartriano - reinterpretación marxista de la teoría de la liberación cristiana- jamás se atrevió, como sí hiciera Heidegger, a mirar "más allá del bien y del mal".
Y digo "mirar", que no necesariamente actuar o vivir "más allá del bien y del mal", porque sigue existiendo una delgada línea roja que separa la mera contemplación reflexiva de la acción decidida. Dicha delgada línea roja sería lo que Nietzsche denominó voluntad de poder.

Sí, es cierto, Sartre, como otrora Jesucristo, lo sigue teniendo relativamente fácil para seducir a unas masas occidentales todavía ebrias de excesivo "humanismo", lo cual, por cierto, le va de perlas a los dogmáticos suprematismos de turno (comunismo e islamismo), que no dudan en aprovecharse de tan ventajosa circunstancia.
Sin embargo, las élites intelectuales sí escucharon atentamente a Heidegger; es más, fueron incapaces en su momento, tras la II GM, de condenarle por supuesto colaboracionismo con el nacionalsocialismo.
¿Por qué el mundo intelectual no fue capaz de condenar a Heidegger?
Pues porque el pensador alemán se obligó a ver; se obligó a buscar el sentido del Ser a través de su magnífica obra "Ser y tiempo"; se obligó a analizar la existencia a través de un riguroso método fenomenológico, intentando evitar los sesgos de la tradición y la moral judeocristiana; se obligó en definitiva a ser honesto y, por consiguiente, no tuvo más remedio que mirar "más allá del bien y del mal". ¿Le condenarían por ser honesto y mirar más allá de la moral humanista?

Oligarquía: o de cómo Heidegger supera a Sartre ante las élites intelectuales.

En su magnífico ensayo "Carta sobre el humanismo", Heidegger le enmienda la plana al endiosado "humanismo" y, de paso, a Sartre.
Tras comprender la verdad que encierra este pequeño pero valiosísimo ensayo, las mentes más preclaras no tuvieron más remedio que aceptar que, efectivamente, aquel  humanismo que tanto dijo defender la dignidad de los hombres, a fuer de humanizarlos, acabó convirtiéndolos en esclavos serviles de una civilización cuyo fin último era, en definitiva, domesticarlos.
Cualquier intelectual que se precie, por poco que haya reflexionado sobre el tema, es consciente de estar inmerso en una vida inauténtica pre-programa a través de pedagogía social. Y, peor aún, cualquiera que se obligue a mirar más allá del bien y del mal llegará a la conclusión de que toda teoría de la liberación o suprematismo (religioso o ideológico) acabará inevitablemente diseñando e implantando nuevos programas de domesticación.
Quedó demostrado que el humanismo era tan solo domesticación, porque la gran civilización, el gran ente social que conforma la humanidad, solo puede gestionarse a través de programas de vida que "domestiquen", que controlen y proporcionen falsos sentidos a la existencia de los hombres.

Triunfo del cinismo

A las élites intelectuales se les planteó, entonces, un grave dilema: ¿debían ser honestos y mirar a la Nada, cara a cara, sin miedo ni esperanza? ¿O sería preferible el autoengaño cínico, por tal de poder seguir manteniendo "viva" la esperanza de una cada vez más decadente y nihilista civilización?

Como bien habrá sospechado el lector que se haya obligado a llegar hasta este punto de mi larga reflexión, las élites intelectuales vendieron su alma al Diablo, a la cruda realidad, y optaron por el autoengaño del cinismo antes que por la dolorosa opción de obligarse a ser honestos.
Desde entonces, desde que finalizara la II GM, decidieron estigmatizar al suprematismo nacionalsocialista, sin duda ebrio de una orgullosa voluntad de poder que ponía en peligro los mismos cimientos de la civilización. Pero con la caída del suprematismo nacionalsocialista también caía en desgracia, al menos para las mentes menos ilustradas, la honesta metafísica de Heidegger.

Así tenía que ser, porque el suprematismo nazi era demasiado orgulloso y honesto; tan honesto que reveló su verdad a los cuatro vientos, jactándose de una superioridad moral que le permitía actuar "más allá del bien y del mal".
El cinismo de quienes se sentían obligados a preservar el falso humanismo de la civilización occidental, estableciendo morales que definieran perfectamente lo "bueno" y lo "malo", no tuvo más remedio que aliarse con el mismo Diablo; con el único capaz de hacer creer a las masas ignorantes que el existencialismo seguía siendo un humanismo: el comunismo.

Solo hay una actitud existencial que no puede permitirse un programa de vida domesticador: la honestidad. Por este mismo motivo, mientras los garantes del humanismo de Occidente se mostraban públicamente intolerantes con Heidegger, en privado, círculos intelectuales de Europa y de EEUU, entendieron que era necesario "civilizar la provincia heideggeriana" o, como dijera Habermas: "se hacía necesario pensar a Heidegger contra Heidegger".
El triunfo del cinismo ideológico, capaz de pervertir la verdad y de legitimar cualquier medio inmoralmente, ha acabado justificando una nueva clase de hombre que vive y actúa "más allá del bien y del mal"; un hombre que sabe la verdad, al menos la intuye, pero que se cuida mucho de no comunicársela a las masas; un hombre que sabe que no existen morales universales que puedan limitar su voluntad de poder pero que, al tiempo, se esforzará por hacer creer a los demás que deben seguir sumisamente determinados valores morales.
La figura del prototípico hombre cínico se legitimará a través del escaparate público, aparentando talante democrático y proclamando defender unos valores éticos y morales, pero en su quehacer privado obrará y se conducirá tan solo en beneficio propio y de sus particularistas intereses.

Sacrificio de la honestidad

Bueno, y aquí quería llegar.
La película "Hombre" concluye con la muerte voluntaria de John Russell, el cual da su vida para salvar a una rehén. Y con la muerte del anárquico y libertario Russell se rubrica, una vez más, el triunfo del domesticador humanismo que nos insta a la autoinmolación vital. Marx, una vez más, acaba con los sueños libertarios de Bakunin.
A través de su sacrificio, Russell se trascendentaliza y pasa de ser un simple hombre de carne y hueso a convertirse en todo un ser humano henchido de esencia. ¡Tomad ejemplo!
Pero sin Dios... ¿para qué sirvió el sacrificio voluntario de Russell dando su vida por el prójimo?
Sirvió, tan solo, para salvaguardar la moral de los cínicos, pues mientras los ingenuos hombres honestos se autoinmolan, los cínicos sobreviven. Por eso los cínicos deben continuar haciéndonos creer que Dios existe o, en su defecto, deben convencernos de que lo más inherente al ser humano es conducirse a través del cumplimento de loables valores éticos y morales.

Veamos qué sucede en la escena final de "Hombre":

Los bandidos tienen como rehén a la mujer del corrupto agente indígena, y a cambio de su liberación exigen canjearla por el dinero robado en la reserva de los apaches.
John Russell analiza fríamente la situación y advierte al grupo de que quien se preste voluntario para realizar el intercambio no saldrá con vida. Por supuesto no sería él quien arriesgase su vida por la mujer del corrupto agente indígena.
Mientras, el marido de la rehén, gran cínico sabedor de la terrible verdad, le confiesa a otro de los pasajeros:

- No hay nada después de la muerte.
- ¿De verdad? - le pregunta su interlocutor. ¿Está usted seguro de ello?
- Nada, no hay nada - responde seguro el corrupto.

Y, en consecuencia, el cínico corrupto, como Russell, también decide no arriesgar su vida, ni siquiera por tal de salvar la de su mujer.
Obsérvese, sin embargo, que los motivos de ambos hombres son completamente distintos: el egoísmo que le insta a Russell a preservar su propia vida, y el miedo a la Nada en el caso del cínico.
Cuando ya parece que la suerte de la rehén está echada, una mujer del grupo, viendo que nadie está dispuesto a sacrificarse por la pobre desgraciada, decide presentarse voluntaria para llevar a cabo el intercambio con los bandidos. Gana la moral judeocristiana. Tiene que ser una mujer quien ponga a prueba a los "hombres" de verdad.
Es entonces cuando Russell, el egoísta honesto, decide ocupar su lugar.
¿Por qué? ¿Por qué se presenta voluntario para el sacrificio?
Pues porque así lo exige el moral humanismo que programa nuestras vidas y, sobre todo, para hacer creer a los espectadores que un hombre libre siempre puede elegir: el camino malo o erróneo de los bandidos o el camino de los "hombres" de bien.
A los cínicos no les interesa que todos los que sean capaces de "mirar" más allá del bien y del mal acaben obrando "mal", es decir, no les interesa que estos se interpongan vitalmente contra sus propios intereses. Los cínicos saben que los bandidos son un caso perdido, son hombres libres que ya no solo miran sino que actúan más allá de cualquier valor moral. El bandido sabe, como lo sabe Russell, que la moral es un invento para subyugar a las masas; y por ello jamás se sacrificará por nada, ni por nadie, que no sea él mismo. El cínico, como el bandido, también conoce esta verdad.
Así, el cínico corrupto intuye que los bandidos escucharon a Heidegger con atención, ergo no puede esperar piedad de ellos, pero aún confía en que los últimos hombres ingenuos se dejen seducir por falsos humanismos y acaben autoinmolándose, muriendo voluntariamente y permitiéndole salvar su cínico pellejo.
Y los cínicos ganan la partida que es la vida, pues mientras los ingenuos se sacrifican, combatiendo a los malvados, ellos logran salvar sus hipócritas culos.

Los últimos hombres libres se matan entre sí: el bandido y el ingenuo Russell mueren, sabedores de que no hay nada más allá de la vida, mientras que los cínicos sobreviven y ganan tiempo. Todo se reduce a vivir más tiempo cuando ya no hay dioses que garanticen vidas eternas.

Sin embargo, el genial director Martin Ritt, aún habiéndose doblegado a las exigencias de un final moralizador y humanista, no pudo evitar reconocer la honestidad del bandido, el cual, antes de morir, quiso conocer el nombre de aquel "hombre" de carne y hueso que, como él, supo mirar más allá del bien y del mal:

- ¿Cuál era su nombre? - fueron las últimas palabras del moribundo bandido.
- Se llamaba John Russell- le contestó el conductor de la diligencia.

Así, se consumó el reconocimiento entre iguales, entre dos hombres libres; y así terminó uno de los mejores westerns de todos los tiempos, con una impagable lección vital: mientras los últimos hombres libres se matan entre sí, los cínicos corruptos sobreviven, amparados en la doble moralidad de un decadente humanismo.

 
 

miércoles, 4 de junio de 2014

Los poetas frente a la nada.

¿Qué hacer cuando la razón, tan terca como inmisericorde, nos sume en el más angustioso de los anonadamientos?
La filosofía existencialista ha abordado de forma muy parecida la angustia del ser humano ante la nada, o ante la posibilidad de no-ser que implica la muerte, como se prefiera. ¿Cabría la posibilidad de que tras la muerte nuestro ser perdurara de alguna forma, potencialmente, transformado en alguna suerte de energía o incluso preservando su particular consciencia?

Heidegger se refirió al Dasein como ser para la muerte. Y la desesperación del Dasein ante la nada provocaba el hundimiento; provocaba en el Dasein la angustia existencial ante la muerte.

Sartre se refirió a la náusea como la sensación que experimentamos al comprender la gratuidad de la existencia, es decir, al ser conscientes de que la vida es una constante incertidumbre en la que la muerte puede aparecer inesperadamente en cualquier momento. Albert Camus entendía la existencia como un absurdo: venimos de la nada y terminamos en la nada.

Unamuno, con la claridad del poeta, se refirió al sentimiento trágico de vivir que experimentan los hombres, e incluso los pueblos, ante la posibilidad de dejar de ser tras la muerte.

Y es que la angustia existencial, llámesele hundimiento, náusea o sentimiento trágico, no estriba tanto en el miedo a morir, que también, como en la desesperanza depresiva que nos provoca la certeza, avalada por la razón, de que al morir dejaremos de ser; dejaremos de ser conscientes de nuestro ser en-sí.
Si la existencia es un absurdo que concluye con la muerte, y si no hay esperanza de vida eterna, solo cabe la resignación, el hundimiento o náusea ante el constante quehacer que es la vida. Y eso, precisamente, es el nihilismo desesperanzador: resignación que, en tanto nos sumerge en la depresión y nos conduce a la desidia (dejación e incumplimiento de deberes y obligaciones) nos lleva a la autoinmolación vital.

Cuando el filósofo es consciente de lo absurdo que es la existencia, comprende también la inutilidad de la filosofía y, por ende, de la razón. La inteligencia, consciente del vano ejercicio que supone intentar apresar con las palabras adecuadas ese sentimiento, tan humano, que es el terror ante la muerte (la posibilidad de que tras nuestro ex-sistere solo quede la nada) se torna voluntariamente irracional y se obliga a autoengañarse.
El poeta no es más que un filósofo ebrio de irracionalidad, deseoso de mostrar con lenguajes alternativos a los de la razón esos sentimientos, tan propios de hombres de carne y hueso, que no pueden ser apresados, menos aún expresados, por la lógica más formal.
Por eso no es de extrañar que Zambrano considerara a Unamuno, tan irracional como contradictorio, más como un poeta que como un filósofo al uso.

El autoengaño del poeta

El poeta se me antoja el más falso y, al tiempo, el más auténtico de los hombres, pues solo los poetas encierran en sí mismos ese doble discurso, disfrazado de hipócrita humanidad, capaz de estar a un tiempo con Dios y con el Diablo; los malabarismos dialécticos de los poetas son capaces de satisfacer los egos de amigos y enemigos, siempre desde la concordia, pero también desde la soberbia propia de quienes se autoproclaman creadores. Disfrazan sus ofensas y desprecios a través de la bonhomía y la fina ironía, cuando no desde el descarnado sarcasmo y desde las más provocadoras transgresiones.
El poeta no cree en la razón, pero lejos de preferir callar ante lo que no se puede hablar (Wittgenstein) lo da todo de sí mismo por tal de salvarse a través de su arte; a través de creaciones que puedan redimirle de sus pecados. En realidad, sus creaciones están hechas por y para sí mismo, para alimentar su egocéntrico yo, pero el poeta se cuida mucho de asegurarnos que su arte es patrimonio de toda la humanidad, de todos y para todos. ¿El poeta es hipócrita o cínico? ¿Su engaño es premeditado o se autoengaña inconscientemente?
El poeta se sabe libre, porque es consciente de que solo la nada le espera tras la muerte; y por eso vive al límite, sin miedo ni esperanza. Y si, además, el poeta siente de forma trágica algún dolor particular, o se obliga a solidarizarse con aquellos iguales que también padecen el dolor de las injusticias sociales de una época, entonces legitimará las transgresiones más peregrinas que pudieran ocurrírsele en aras de la consecución del bien común.

Poesía que promete frente a la que destruye

Si bien es cierto que todas las creaciones artísticas o poéticas son irracionales, en tanto no aceptan con resignación la imposición nihilista de la razón, no es menos cierto que la poesía puede servir a diferentes causas y propósitos socio-políticos, además, por supuesto, de servir a los intereses egocéntricos (salvación, redención, autoafirmación...) del sufridor de turno.
A nadie le dolía España más que a Unamuno y, sin embargo, pocos espíritus atormentados como el del rector de Salamanca, estuvieron tan ensimismados e inmersos en su propio yo.
El poeta siempre proyecta su particular dolor para poder crear, primero para sí mismo,  y después para el resto de los mortales. Se hace necesaria primero una autocuración. ¡Pero qué diferentes fueron las formas de curarse a sí mismos de García Lorca y Gil de Biedma! Ambos poetas compartieron un dolor particular (homosexualidad) por sentirse no aceptados o rechazados en su tiempo. Y, sin embargo, Lorca creó poesía prometedora, de vida y de esperanza, mientras que Gil de Biedma, utilizando su poesía para exorcizar a sus más temidos demonios, no pudo evitar su propia autoinmolación. De la misma manera, hay artes plásticas y músicas que son promesas de vida (universales), mientras que otras son pura transgresión al servicio de intereses particulares (ideologías).

Frente a la nada, en definitiva, siempre podremos crear para mitigar nuestra angustia, autoafirmar nuestro yo (ser en sí) o redimirnos del pecado de existir (de nacer arrojados al mundo de forma tan gratuita como absurda) pero de la clase de persona que seamos dependerá que nuestro arte sea promesa de vida o resentimiento autodestructivo que conduzca a la autoinmolación personal y/o colectiva.

jueves, 29 de mayo de 2014

Vida auténtica (Sartre y Heidegger)

¿Qué significa vivir de forma auténtica? ¿Qué quiere decir llegar a ser uno mismo?
Las sociedades actuales, tan uniformadoras como nihilistas, han conseguido que nos olvidemos del sentido del ser, es decir, han logrado que nos olvidemos de las cuestiones o verdades más radicales: sobre la vida y sobre nosotros mismos.
El olvido del ser ha permitido la cosificación de los individuos, alejándoles de las grandes preguntas transcendentales sobre el sentido de la existencia (la vida y la muerte); les ha despojado a estos de esencia espiritual; les ha instado a alejarse de sí mismos, evitando que se conozcan a través de esforzada introspección y obligándoles a centrar sus atenciones, preocupaciones e intereses, en el mundo de las cosas materiales. El olvido del ser ha ocasionado, en definitiva, que el ser humano no viva de forma auténtica, sino servil y sumiso a los dictados de los convencionalismos sociales de turno.

El ente social, con todas sus estructuras, se ha convertido en un gigantesco sistema orgánico con vida propia. Lo social, la vida humana en común, se ha erigido en un dios todopoderoso sempiterno e inmortal capaz de ser hasta el fin de los tiempos. Tan solo es necesario que perviva un grupúsculo mínimo de individuos para que la sociedad siga siendo y continúe justificando su razón de ser, consistente en perdurar en el tiempo. De hecho, no puede haber sociedad sin individuos, pues resulta inevitable que todo grupo humano no acabe dando vida a un sistema social, el que sea y justificándolo a través de la ideología que sea. Todo suprematismo ideológico, no lo olvidemos, está al servicio del ente social, que no de los individuos, como veremos a lo largo de esta reflexión.
La sociedad, de hecho, es una gran colmena donde a cada abeja (individuo) le ha sido asignado un cometido. Los individuos, mortales todos nosotros, viviremos por y para la sociedad; llevaremos una vida inauténtica, marcada por la resignación y la aceptación de deberes y obligaciones, hasta que nos llegue la muerte. Pero el espíritu de la colmena nos sobrevivirá. El cuerpo orgánico social, estructurado en grandes naciones, comunidades o pequeñas aldeas, sobrevivirá a todos y cada uno de sus miembros. Es más, sus miembros serán sacrificados en aras de la pervivencia del ente orgánico social.
No hay mundo, ni sociedad, si no hay seres humanos. Solo los seres humanos, pastores del ser, dan sentido al mundo comprendiéndolo e interpretándolo; conociéndolo y preguntándose por él por tal de mejor adaptarlo a sus necesidades y explotarlo en beneficio propio.

Lo paradójico es que el ser humano, creyendo servir al ente social en beneficio propio y para garantizar el bien común, en realidad se perjudica y se niega a sí mismo obligándose a llevar una vida falsa diseñada por los convencionalismos sociales.
Todas las estructuras sociales son convencionalismos combinados con ficciones y fraudes. Y, repito, la función de las reglas y normas convencionales no es la de garantizar la libertad individual, ni mucho menos garantizar a los individuos una vida auténtica, sino la de salvaguardar el futuro de la colmena, del ente orgánico social.

Ya he señalado que llevar una vida inauténtica (falsa) sería tanto como vivir en la resignación, que no desde la alegría, y desde la aceptación de deberes y obligaciones impuestos por imperativo social.
Así pues, deberíamos preguntarnos cómo consiguen las sociedades convencer a los individuos para que renieguen de su sacra libertad individual y la sacrifiquen, voluntariamente además, para garantizar la salvaguarda sempiterna del ente social.
Veamos el proceso a través del cual las estructuras sociales diseñan un programa de vida inauténtica para sus ciudadanos:

El engaño

El engaño es un imperativo funcional inherente a las estructuras sociales, es decir, resultará obligado e imprescindible engañar a los individuos para convencerles de la necesidad de renegar de sus libertades individuales por tal de supeditarlas a los intereses sociales.
El mejor engaño será el que nazca desde el interior del propio individuo, es decir, será el autoengaño generado ante la necesidad de autojustificar, ante la propia conciencia, actos o conductas para que estos no pequen de "inmoralidad". Por tanto, el autoengaño solo podrá legitimarse (ser efectivo) a través de la creación, a priori, de una falsa conciencia que pueda justificar las conductas o acciones que mejor sirvan a nuestros intereses, que serán los intereses del ente social.
Los convencionalismos sociales, por tanto, deberán crear una conciencia e insertarla en el subconsciente de las masas (mediante pedagogía y condicionamiento) y esperar a que se fragüe el autoengaño en la generalidad de la población.
Dicha conciencia, por supuesto, será considerada auténtica o falsa dependiendo de los intereses de las "parte de" en conflicto (ideologías antagónicas).

El autoengaño de la mala fe

Sartre identificó un mecanismo psicológico que subyacía en aquellos individuos que se instaban a  autoengañarse por tal de rehuir la responsabilidad de ejercer su derecho a elegir libremente.
La mala fe sirve para justificar ante la conciencia individual acciones o conductas legitimadas por imperativos sociales. El autoengaño consiste en mentirse uno a sí mismo argumentando que lo que se hace no es realmente por voluntad propia ni por libre elección, sino por imperativos sociales, de deber o legales. Así, el soldado puede justificar matar a otros seres humanos con argumentos de imperativos de deber: tener que matar no es su libre elección, pero es su deber hacerlo.
Del mismo modo actúan quienes aceptan normas y convencionalismos sociales, sin estar de acuerdo con ellos, pero lo hacen por imperativo legal.
Sartre sostenía, sin embargo, que siempre es posible elegir libremente. Yo no lo veo tan claro, pero en cualquier caso tampoco toca ahora reflexionar sobre el carácter absoluto de la libertad que defendía Sartre.

El autoengaño del Das Man

Heidegger profundiza mucho más en lo referente a la vida auténtica, pues si Sartre enfocó toda la problemática del poder llegar a ser uno mismo dependiendo del ejercicio de una libertad absoluta, siempre posible, según él y desde su perspectiva filosófica, Heidegger, como yo mismo, no vio tan factible el poder elegir con absoluta libertad.
Heidegger señala a la cotidianidad como la causa primera de una vida inauténtica; se refiere en concreto al carácter cotidiano (familiar) del Ser que se encuentra en todas partes, de tal forma que, paradójicamente, se oculta.
El ser humano está tan acostumbrado a hacer un constante y habitual uso del verbo ser, para referirse al ser de las cosas o a sí mismo (es una mesa, es un estudiante...) que se ha olvidado de su sentido; se ha olvidado del cuidado del Ser, es decir, se ha olvidado de preguntarse por las cuestiones más radicales sobre la existencia, sobre el ser del Ser: ¿por qué somos algo más que nada?
Olvidarnos de la cuestión del Ser, o dejar de preguntarnos por qué somos y para qué somos, nos sumerge en una vida rutinaria y anodina, cotidiana, inauténtica en definitiva. Y nos dejamos arrastrar y llevar por los dictados del Das Man (el Uno).
El Das Man podría entenderse como lo que se hace; sería como una rutina de vida diseñada, programada y condicionada socialmente, para no permitirnos llevar una vida auténtica, una vida en completa libertad. ¿Y qué es lo que se hace? Pues ir a la escuela, trabajar, casarnos y tener hijos, pagar una hipoteca de por vida... y morirnos.
Así, nos autoengañamos y aceptamos una vida inauténtica argumentando que hacemos lo que hacemos porque eso es lo que se hace (¿cabe argumentación más simplista?); ahora no será un deber o un imperativo legal quienes coaccionen o coarten nuestra libertad individual. Se trata de algo más sutil, cotidiano y familiar: se trata de la inercia del dejar pasar la vida a la que se refiriera magistralmente nuestro Jorge Manrique; es la vida sin sentido, y programada socialmente, que padeciera el angustiado Iván Ilich de Tolstoi.

Positivar la muerte para llevar una vida auténtica.

La poesía y el arte en general (literatura, pintura, cine...) tienen la cualidad, a través de sus lenguajes simbólicos y metafóricos, de poder desvelarnos y mostrarnos, aunque sea intuitivamente, la esencia del Ser. Las artes, y también la reflexión y la introspección en soledad, nos abren al sentido del ser y nos señalan el camino de la vida auténtica.
Y es que solo los poetas, los místicos y los filósofos locos (desde Heráclito, Nietzsche y Wittgestein hasta nuestro genial Unamuno) se toman en serio la muerte, la realidad de la misma y la necesidad de positivarla, es decir, de aprovecharla, por así decirlo, para dar un sentido a la existencia.
Ninguna metafísica o filosofía puede hacernos tan conscientes de la crudeza y la realidad de la muerte como las sentidas "Coplas por la muerte de su padre", de Jorge Manrique, o el sentido "Llanto por Ignacio Mejías" de Lorca. "La muerte de Iván Ilich", de Tolstoi,  constituye también un fiel retrato de la vida inauténtica programada por las estructuras sociales. El gran psicólogo ruso, a través de esta angustiosa historia, nos hará reflexionar dolorosamente sobre el fin último de nuestra existencia.
El mismo Wittgestein, que decía preferir las películas musicales y del Oeste a los sesudos análisis metafísicos, renegó de la filosofía y buscó la vida en soledad, lejos de la vida inauténtica en sociedad.

Pero no nos autoengañemos y obliguémonos a desenmascar todos los engaños programados socialmente. Aceptemos, como Heidegger, que el ser humano está condenado a vivir en sociedad, sí o sí, pues la misma esencia del Dasein se da y es, de facto, en tanto se encuentra inmersa en el ex-sistere (ser-ahí) en el mundo y sus circunstancias.
El error de Sartre, en mi parecer, consistió en sobredimensionar la relevancia del ser en sí a la hora de hacer responsables a los individuos del libre ejercicio de su libertad.
El ser humano no es tan solo un ser en sí, con conciencia propia, sino también un ser ahí, inserto en un mundo y en unas circunstancias que, inevitablemente, influyen y determinan sus conductas y sus actos.
Lo que consideremos como vida auténtica siempre habrá estado definido, previamente, por unas creencias o por unos determinados valores ideológicos. Son los ideólogos, los programadores de los diferentes modelos de vida en pugna, quienes deciden qué es vivir conforme a una conciencia auténtica o una falsa conciencia. Toda estructura social, justificada a través de convencionalismos, crea diseños de vida acordes con los intereses de una "parte de", de la sociedad o, si se prefiere, de la humanidad.
Un judío en la Alemania nazi difícilmente hubiese podido llevar a cabo un proyecto de vida auténtica, pero Sartre hubiese podido echarle en cara que no ejerciese su libertad absoluta optando por morir luchando antes que someterse resignado.
Tampoco un intelectual, disidente del comunismo en la URSS stalinista, tuvo demasiadas oportunidades para llevar a cabo una vida auténtica. ¿También debería haber preferido morir luchando antes que pudrirse en un gulag?
¡Cuidado con lo que elegimos!
Mucho cuidado con legitimar la libertad absoluta de los Hunos, reconociéndola como conciencia verdadera, al tiempo que negamos las libertades de los Hotros, argumentado que viven autoengañados en sus falsas conciencias.
No, lo siento mucho, pero yo, que creo haber reflexionado suficientemente sobre el sentido del Ser, me niego a ser coaccionado socialmente para ser obligado a elegir, falaces ilusiones de alternativas mediante, entre conciencias o formas de vida que pretenden pasar por auténticas, cuando no son mas que torpes diseños o programas de vida capaces de engañar, tan solo, a las irreflexivas e irracionales masas.