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martes, 11 de abril de 2023

LA CONTRADICCIÓN KANTIANA (España y VOX))


INTRODUCCIÓN

La irrupción de VOX en la escena política española ha sido “escandalosa”, pero no tanto por “inesperada” como por “epatante”. 

A VOX ya se le esperaba desde hacía mucho tiempo, es más, casi se podría decir que todos los necios de las izquierdas más retrógradas se conjuraron para que un partido como VOX tomara forma y legitimara a través de la razón (la diosa Razón) la necesidad de su ser-ahí, en la maltrecha, vilipendiada y mancillada nación española.

Para mí, pero, lo “escandaloso” de VOX no radica en el hecho de que su aparición, como sostienen las almas más cándidas del ingenuo humanismo, suponga una resurrección de los fantasmas del fascismo. Falso, VOX es un partido demócrata y liberal-conservador. Lo escandaloso de VOX, en mi opinión, viene dado por su capacidad para atemorizar a tirios y troyanos; a constitucionalistas y golpistas, a “buenos y justos” socialdemócratas y a provincianos tontilocos, a izquierdas liberales acomplejadas (PP y C´s) y a equidistantes de toda la vida.

Entender a VOX, su razón de ser (justificación y legitimidad) requerirá contestar dos preguntas claves:

1) PRIMERA PREGUNTA:

¿Qué ha sucedido para que aparezca en la escena política española un partido como VOX? 

En realidad, sería mejor reformular la pregunta de esta manera: ¿qué NO ha sucedido en España para que haya tenido que aparecer un partido como VOX?

La respuesta es sencilla: NO ha sucedido nada que frenara el apetito insaciable de los particularismos de cualquier pelaje. NO se ha defendido de forma eficaz y operativa nuestro Estado de Derecho durante décadas. Se vienen permitiendo, desde la Transición, sucesivas vulneraciones de la legalidad institucional (violaciones de la Constitución) en aras de “contentar a los eternos descontentos” (¡Ay, Julián Marías, si alguien te hubiese prestado algo de atención!). 

Los sucesivos gobiernos de España NO han cumplido con el deber y la obligación (imperativo constitucional) de salvaguardar la unidad e integridad territorial de la nación española. Como consecuencia de esto, los gobiernos del PSOE y PP, junto a los provincianismos más desvertebradores, NO han evitado que fuesen pisoteados los derechos y libertades de cientos de miles de españoles, asediados y acorralados en zonas rebeldes (principalmente en Vascongadas y en la región catalana).

Esta primera pregunta era fácil de responder y hasta el Tato, que no pasa por ser muy listo, sabía la respuesta. Pero vayamos ahora a la segunda cuestión, que tiene más enjundia y requiere de un poquito más de materia gris y de cortesía filosófica (claridad, en román paladino), para poder ser contestada comme il faut:

2) SEGUNDA PREGUNTA

¿Y por qué? ¿Por qué no se ha hecho NADA para evitar todo el ultraje y las vulneraciones a la legalidad que se han venido materializando en España hasta culminar con el golpe procesista catalán?

No se ha hecho nada porque el Estado español es un Estado fallido que no ha sido lo suficientemente fuerte, operativamente hablando, para defender la unidad e integridad de la nación española.

El Estado español, sobre todo a partir de la Transición, siempre ha sido un Estado cobarde y acomplejado, muy diferente, por ejemplo, del Estado francés.

Uno de los principales partidos españoles, el PSOE. cree legítimas las reivindicaciones de las naciones fragmentarias, y este partido, desde el federalismo que defendía Azaña hasta el socialcomunismo de Pedro Sánchez, siempre ha visto (craso error) a España como una nación de naciones. Así, a partir de esta visión federalista, al PSOE nunca le ha pre-ocupado ceder soberanía nacional a los regionalismos con ínfulas de nación. Y, claro, el PP también entró en este perverso juego de ganar votos a través de cesiones a los particularismos desvertebradores, dinamitando de esta manera la fortaleza y operatividad del Estado y despojándole de su razón de ser unificadora e integradora.

FRANCIA COMO SOLUCIÓN

Mucho se ha escrito, también en este blog, sobre la proclama orteguiana España es el problema y Europa es la solución. Sin embargo, en cuanto a cómo articular un Estado eutáxico, operativo y fuerte, creo que Francia es el referente que deberíamos tomar para intentar articular un Estado nacional.

El Estado francés fue el primer Estado europeo constituido por ciudadanos libres e iguales que asumió, además, ser constitutivamente nacional, es decir, comprendió que para defender los derechos y libertades del conjunto de sus ciudadanos también debía preservar su unidad e integridad territorial (la patria del pueblo soberano).

El Estado francés, desde su constitución, defendió la indivisibilidad de su territorio y, por tanto, no permitió que futuros colectivos desvertebradores pudieran atentar contra la integridad de la nación. De esta manera, Francia, hasta nuestros días, ha controlado uno de los problemas más graves que aquejan a España actualmente: las acciones secesionistas de las naciones fragmentarias.

Pero el Estado francés, nacional y republicano, también supuso, por primera vez en la historia, la ruptura con los valores morales que emanaban directamente de Dios. La república francesa de ciudadanos libres, decidió prescindir de Dios para poder constituirse como tal, y por ello debió afrontar un grave dilema: 

¿Fue legítimo romper con la legalidad institucionalmente establecida (Antiguo Régimen)  a través de un golpe revolucionario?

DIOS Y KANT

El mismísimo Kant defendió dos posturas totalmente antagónicas, en dos de sus obras más célebres, a la hora de proporcionarnos argumentos para contestar  esta cuestión.

En su obra “Metafísica de las costumbres” Kant escribió:

Los ciudadanos no tienen derecho a rebelarse contra el Estado, pues supondría la destrucción de su constitución legal (cap 6: 318-323). ¿No era "legal" el Estado constituido en el Antiguo Régimen?

Sin embargo, en su “Crítica de la razón práctica” Kant aseveró:

Hay que obedecer a Dios más que a los hombres” (fundamento de su imperativo categórico). Un individuo está obligado a negarse a cumplir órdenes, incluso a costa de su propia vida, cuando dichas órdenes vulneren el imperativo categórico moral. 

De esta manera, Kant legitimó la desobediencia civil. Es más, llegó a manifestar con entusiasmo que la Revolución francesa fue el hecho de su tiempo.

He ahí la contradicción que subyacía en el pensamiento kantiano; razonamientos que defendían al Estado ante cualquier acto de rebeldía y, al tiempo, argumentos que justificaban acciones de desobediencia civil

Pero más grave que esta contradicción, en mi parecer, es la trampa dialéctica que nos tiende Kant a colación de Dios:

Si Kant alabó y justificó la revolución francesa, que vulneró la legalidad establecida anteriormente y prescindió del mandato moral de Dios, ¿cómo pudo, al tiempo, fundamentar su imperativo categórico reconociendo la existencia a priori de Dios, en realidad reconociendo tres ideas puras a priori: Yo trascendente (alma), mundo y Dios?

No olvidemos que Kant dejó escrito:

La inmortalidad del alma nos garantiza un progreso infinito hacia la virtud. Y por eso, si es necesario, la voluntad libre del sujeto tiene que preferir morir antes que cumplir órdenes que atenten contra el imperativo categórico universal.

¿Pero cómo podemos convencer a la generalidad de la humanidad, después de que la posmodernidad proclamara la muerte de Dios, que debe sacrificarse voluntariamente? 

Si no hay Dios tampoco hay inmortalidad del alma que nos garantice una felicidad virtuosa tras la muerte. Sólo nos queda el mundo.

SÓLO NOS QUEDA EL MUNDO

Cuando los hombres de la modernidad entendieron que Dios ya no justificaba ni legitimaba nada, se aferraron a Kant, pero cuando los cínicos ilustrados se dieron cuentan de que Kant, al cabo, también era un esencialista y un redomado metafísico, se vieron obligados a justificar (legitimar) sus acciones rebeldes, no a través de Dios ni de imperativos categóricos esencialistas, sino a través de la hipóstasis o sustanciación de otra nueva idea etérea: la justicia social.

Así, Marx construyó todo su materialismo dialéctico e histórico a través de la nueva diosa, también metafísica, llamada justicia social. De nuevo, un humanismo, ahora marxista, inculcó en los hombres una idea que les obligaba, como otrora Dios, al cumplimiento de un nuevo imperativo de deber (moral al cabo) que legitimaba la desobediencia civil y la revolución, siempre, por supuesto, que éstas tuvieran como loable fin último alcanzar la justicia social.

CONCLUSIÓN

Si VOX está entre nosotros es, básicamente, y pecando de exceso de reduccionismo, porque nuestros kantianos y posmarxistas siguen empeñados en legitimar acciones subversivas y desobediencias civiles que siguen creyendo necesarias para alcanzar justos fines.

El problema de partidos como el PSOE (y en menor medida también del PP) es que, a pesar de ser constitucionalistas, creen legítimas (justas) las reivindicaciones nacionalistas de las naciones fragmentarias. De nuevo la contradicción kantiana: ¿hay que defender y hacer cumplir la Constitución o es lícito vulnerarla (o burlarla) en aras de satisfacer las reivindicaciones de los particularismos desvertebradores?

Desde el momento en que uno o varios partidos "constitucionalistas" legitiman las reivindicaciones de los nacionalismos provincianos, no tienen más remedio que prostituir al Estado y la nación para permitir y/o consentir diferentes grados de desobediencia civil. Esto es lo que viene sucediendo en España desde hace décadas.

El problema, pero, es que se comienza legitimando desobediencias civiles “pacíficas”; después se condesciende con leves vulneraciones de la legalidad (retirada de banderas y simbología española en Cataluña), luego se mira de perfil cuando son cercenados los derechos y libertades de ciudadanos catalanes (imposición de la ley de inmersión lingüística). Y, finalmente, perplejos, los ciudadanos de toda España son testigos de un golpe de Estado en Cataluña.

Y ante el golpe de Estado, anunciado y consumado, los principales partidos (PP y PSOE) han preferido “edulcorar” la realidad y minimizar la gravedad del mismo, disfrazándose con ropajes kantianos para decirnos que el problema es político, no judicial. Lo que traducido al román paladino viene a decir: entendemos la desobediencia y la rebelión de las naciones fragmentarias porque sus reivindicaciones son justas y legítimas. Tan justas las consideran que Feijoó, que pasa por ser un político que defiende la unidad nacional (¡juás!), ha desterrado la lengua española de Galicia para imponer institucionalmente la regionalista lengua gallega. 

No, España no es Francia. Pero es que, además, el Estado español ni está ni se le espera en una gran parte del territorio nacional. Y por eso muchos españoles han entendido que, ante el desolador panorama político-social en España, ya sólo les queda VOX.




miércoles, 8 de enero de 2020

ERRORES DEL CONSTITUCIONALISMO ESPAÑOL


INTRODUCCIÓN

Para empezar, no me gusta el término "constitucionalista", que es como se "bautizan" a sí mismos quienes profesan fe y devoción por la Diosa Ley (otrora Diosa Razón) en España. No me gusta dicho calificativo porque no me gustan los perdedores, ni  me gusta perder. Y nuestros "constitucionalistas" españoles son perdedores (¿voluntarios?); son los nuevos cristianos que aceptan ser lanzados a los leones con resignación, por mor de cumplir escrupulosamente con los preceptos legales (nuevos imperativos categóricos de deber).

PRIMER ERROR

El constitucionalista, al menos el español, es un creyente, un marxista-kantiano que cree en el deber (marxismo) de alcanzar la justicia social, pero desde el respeto a unas normas y leyes comunes recogidas en la Biblia constitucional (racionalidad kantiana).

La superación del marxismo en España, a través de la vía del constitucionalismo, hubiese sido un éxito si todas las partes en conflicto hubiesen aceptado ser leales cumpliendo unas reglas del juego comunes: diálogo racional, argumentado y fundamentado, para llegar a acuerdos consensuados a través de una "democracia deliberativa".

Pero los "constitucionalistas" españoles cometieron en el pasado un grave error: aceptar en el diálogo deliberativo las "razones" de aquellas conciencias enemigas que, precisamente, no buscaban negociar acuerdos, sino imponer sus "verdades" y cosmovisiones ideológicas sirviéndose de las debilidades del marco legal constitucional; aceptaron como iguales a  los enemigos de la razón ilustrada, a aquellos supremacistas nacionalistas y/o comunistas que prescindían de Kant y apostaban por el marxismo operativo.

EL SEGUNDO ERROR

Decía que el más grave error cometido en el pasado, por quienes se llaman a sí mismos "constitucionalistas", consistió en aceptar como "iguales" a las conciencias enemigas contrarias a los propios principios constitucionalistas.

Este grave error ya lo señaló Heidegger con otras palabras: "En el seno del humanismo anida el germen de su propia autodestrucción"; es decir, Heidegger anunció que sería la misma esencia del humanismo, ese "buenismo" inherente al mismo, lo que conduciría a la autoinmolación de su razón de ser. Así está sucediendo, tanto en España (triunfo de los golpistas) como en Europa (éxito del nuevo internacionalismo supranacional dirigido por Soros).

El pensador alemán nos advirtió de una terrible verdad: los imperativos de deber idealistas y civilizados, a los que se debía el humanismo, serían la grieta o el caballo de Troya, como se prefiera, por donde se filtrarían los "bárbaros".

Si aceptamos que el "constitucionalismo" es, al cabo, un humanismo, podremos comprender cómo y por qué España ha sido derrotada, desde el interior de su propio seno (recordemos a Heidegger), por conciencias enemigas.

ERROR TRAS ERROR

Si el primer error del constitucionalismo fue grave, permitiendo la entrada en el juego democrático a conciencias que, de palabras y hechos, eran enemigas del mismo, el segundo error también resultó letal: creer que las conciencias enemigas se civilizarían. Los creyentes en la Diosa Ley cometieron el error de "soñar" que en el futuro todo el mundo respetaría y adoraría a sus dioses (léase sus verdades).
Pero no, no ha sido así. Alto y claro lo dijo un diputado etarra: "Ni nos vencieron ni nos domesticaron". Para quienes no hayan leído a Peter Sloterdijk, traduzco al román paladino las palabras del "bravo gudari":

La derrota de ETA no existió, ni los etarras se "civilizaron". Los terroristas sabían, como Gustavo Bueno, que las normas y reglas del parque humano no las imponían las conciencias más "buenas" (con mejores valores ético-morales) sino las más fuertes y operativas. Así lo comprendió también, finalmente, el sanchismo y, no nos engañemos, TODOS los socialistas españoles: lo importante es ganar y tener el PODER, pero para poder HACER.

EL ÚLTIMO ERROR CONSTITUCIONALISTA

Pues bien, después de permitir la entrada de los "bárbaros", y tras soñar que podrían "civilizarlos", nuestros idealistas constitucionalistas, ya vencidos, siguen cometiendo el error de despreciarlos.
Dicen estas almas ingenuas (ya se verá si realmente lo son) que el nuevo gobierno de Sánchez solo desea el poder por el poder, a cualquier precio.

¿Pero qué nos han demostrado, hasta el día de hoy, tanto Zapatero como Sánchez? ¿Acaso no han hecho mil veces más que el PP cuando tenía mayoría absoluta?

El poder lo han utilizado, y siguen utilizándolo, para lo que, según todo buen marxista, debe utilizarse: para transformar la realidad social; para cambiar al conjunto de la sociedad. En este sentido y orientados a estos fines, han elaborado leyes (goles por toda la escuadra a los adoradores de la ley) para criar, domesticar y cebar ganado a través de nuevas reglas para el parque humano.

La ley de memoria histórica y la LVGI (ley de violencia de género) son claros ejemplos de políticas de hechos; políticas operativas orientadas a unos fines concretos de unas concretas ideologías.

CONCLUSIÓN

La concatenación de tantos errores, uno tras otro, desde la Transición hasta nuestro presente más reciente, nos obliga a preguntarnos si los constitucionalistas españoles son realmente constitucionalistas. ¿Por qué, en tantas ocasiones, no se aplicó la ley cuando esta estaba siendo reiteradamente vulnerada? ¿Por qué se han permitido ilegalidades y acciones directas, tanto por parte de secesionistas como de subversivos comunistas (antisistemas) durante décadas? ¿Por miedo? ¿O porque dentro del grueso de los llamados "constitucionalistas" existía un núcleo fuerte "marxista"?

Yo sostengo la tesis de que el constitucionalismo español, en tanto que ebrio de marxismo, ha resultado fallido. Difícilmente podrá un constitucionalista obligarse a aplicar leyes en las que no cree, sobre todo si, además, debe aplicarlas ante violaciones de la legalidad que él mismo considera justas y legítimas. Esto es lo que ha sucedido en Cataluña, por ejemplo, con un PSC (partido socialista de Cataluña) que, aunque con la boca pequeña denunciaba las vulneraciones de la legalidad, en el fondo comprendía y suscribía las reivindicaciones catalanistas por considerarlas justas y legítimas.

Otro tanto, aunque parezca mentira, ha sucedido dentro del seno del PP. No hay más que leer o escuchar a Núñez Feijóo, presidente del PP en Galicia, defendiendo el uso y la imposición de la lengua gallega en la educación y las administraciones públicas.

Y se me preguntará: ¿y qué tienen que ver estos "constitucionalistas" con Marx o con Kant?
Tiene que ver todo, o mucho en todo caso.
Kant, a pesar de mostrarse como un férreo defensor de la integridad del Estado, aplaudió con entusiasmo el triunfo de la revolución francesa; es decir, celebró el triunfo de la ilegalidad revolucionaria que, a través de la vulneración de la ley, luchaba por lo que era "justo" (entrecomillado malicioso). Por este mismo motivo, Kant también defendió el recurso de la "desobediencia civil" ante las "injusticias".
Marx lo único que hizo fue pulir (teoría materialista mediante) el idealismo kantiando: la necesidad de luchar por lo justo aunque sea vulnerando la legalidad institucional.

¿Qué ha sucedido en España cuando un "constitucionalista" ha tenido que aplicar implacablemente la ley ante lo que él mismo consideraba una "justa reivindicación"? Ha sucedido, como hemos visto en Cataluña, que la ley no se ha aplicado o, en el mejor de los casos, se ha aplicado de forma laxa y timorata (véase la farsa del 155).
No nos engañemos, el problema del constitucionalismo español, de una parte importante del mismo, es que emocional y sentimentalmente comprende y empatiza con las reivindicaciones de quienes vulneran la ley. Así de simple, así de terrible. Como dijo el catedrático en Derecho Rafael Arenas García: al constitucionalismo español le falta convicción.


martes, 9 de abril de 2019

LA ESPAÑA QUE NECESITA A VOX (Dios vs Kant)

INTRODUCCIÓN

La irrupción de VOX en la escena política española ha sido “escandalosa”, pero no tanto por “inesperada” como por “epatante”. A VOX ya se le esperaba desde hacía mucho tiempo, es más, casi se podría decir que todos los necios de las izquierdas más retrógradas se conjuraron para que un partido como VOX tomara forma y legitimara a través de la RAZÓN (la diosa Razón) la necesidad de su ser-ahí, en la maltrecha, vilipendiada y mancillada nación española.
Para mí, pero, lo “escandaloso” de VOX no radica en el hecho de que su aparición, como sostienen las almas más cándidas del ingenuo humanismo, suponga una resurrección de los fantasmas del fascismo. Falso, VOX es un partido demócrata-liberal. Lo escandaloso de VOX, en mi opinión, viene dado por su capacidad para epatar, asombrar y, al tiempo, atemorizar a tirios y troyanos; a constitucionalistas y golpistas, a “buenos y justos” socialdemócratas y a provincianos tontilocos, a izquierdas liberales acomplejadas (PP y C´s) y a equidistontos de toda la vida.

Entender a VOX, su razón de ser (justificación y legitimidad) requerirá contestar dos preguntas clave:

1)-¿Qué ha sucedido para que aparezca en la escena política española un partido como VOX? Aunque mejor sería reformular la pregunta de esta manera: ¿qué NO ha sucedido en España para que haya tenido que aparecer un partido como VOX?
La respuesta es sencilla: en España NO ha sucedido nada que frenara el apetito insaciable de los particularismos (secesionismos regionalistas) de cualquier pelaje. NO se ha defendido de forma eficaz y operativa nuestro Estado de Derecho durante décadas. Se vienen permitiendo, desde la Transición, sucesivas vulneraciones de la legalidad constitucional (violaciones de la Constitución) en aras de “contentar a los eternos descontentos” (¡Ay, Julián Marías, si alguien te hubiese prestado algo de atención!). Los sucesivos gobiernos de España NO han cumplido con el deber y la obligación (imperativo constitucional) de salvaguardar la unidad e integridad territorial de la nación española. Como consecuencia de esto, los gobiernos del PSOE y PP, junto a los provincianismos más desvertebradores, NO han evitado que fuesen pisoteados los derechos y libertades de cientos de miles de españoles, asediados y acorralados en zonas rebeldes (Vascongadas y región catalana).

Esta primera pregunta era fácil de responder y hasta el Tato, que no pasa por ser muy listo, sabía la respuesta. Pero vayamos ahora a la segunda cuestión, que tiene más enjundia y requiere de un poquito más de materia gris y de cortesía filosófica (claridad, en román paladino), para poder ser contestada comme il faut:

2)- ¿Y por qué? ¿Por qué no se ha hecho NADA para evitar todo el ultraje y las vulneraciones a la legalidad que se han venido materializando hasta culminar en el golpe procesista catalán?
El problema radica, como siempre suelo argumentar, en que no existen clases sociales, sino multitud de clases de individuos; diferentes personas con distintas bases biogenéticas y, por supuesto, cada una de ellas inmersas en diferentes circunstancias (familiares, sociales, históricas…).

Nada hay más singular, sagrado y maravilloso que la vida de una persona. Si todos estamos de acuerdo con esta solemne proclama, todos estaremos también obligados a defender la vida humana: los derechos y libertades que permitan a los individuos no solo preservar sus vidas, sino también vivirlas dignamente, con posibilidades para trascender sus existencias (autorrealizarse personalmente).

Pero para defender la vida, los derechos y libertades de las personas, no podemos obviar que vivimos en sociedad; vivimos “en y con los otros”, el prójimo, nuestros semejantes, conciudadanos, compatriotas, hermanos, como prefiramos denominar “a los otros”. Y vivir, convivir, requiere el establecimiento de unas normas y reglas que regulen nuestro ser-con-los demás.

Para no efectuar un largo recorrido histórico, nos detendremos en la aparición de un órgano de gobierno llamado Estado, que será el encargado de legislar y ejecutar leyes que, coacción mediante, obligará a todos los ciudadanos a cumplir con una determinada normativa social.
Bien, ahora volvemos a dar un nuevo salto histórico y nos plantaremos delante de un modelo concreto de Estado, pero no del Estado despótico y absolutista característico del Antiguo Régimen, sino ante el Estado nacional de la república de ciudadanos que surgirá en Francia (1789). Y lo haremos por dos motivos:

-Primero: porque el primer Estado europeo constituido por ciudadanos libres e iguales asumirá, además, que él mismo es constitutivamente nacional, es decir, comprenderá que para defender los derechos y libertades del conjunto de sus ciudadanos también deberá preservar la unidad e integridad territorial (patria del pueblo soberano) donde estos se han dado a sí mismos unas leyes normativas.
- Segundo: nos centraremos en este Estado nacional y republicano porque su constitución supone, por primera vez, una ruptura con los valores morales que emanaban directamente de Dios (Estado del Antiguo Régimen)

Tomando como ejemplo a este Estado nacional francés, porque sí, porque él lo vale, nos damos cuenta de que desde su constitución como tal defendió la indivisibilidad de su territorio y, por tanto, no permitió que futuros colectivos desvertebradores pudieran atentar contra la integridad de la nación. De esta manera, Francia, hasta nuestros días, ha controlado (mejor o peor) uno de los problemas más graves que aquejan a España actualmente.
Este primer Estado nacional europeo, que además fue (y sigue siendo) una república de ciudadanos libres, nos parece genial y maravilloso (a mí sí), pero decidió prescindir de Dios para poderse constituir como tal, y por ello debió afrontar un grave dilema:

¿Era legítimo romper con la legalidad institucionalmente establecida a través de un golpe revolucionario?
El mismísimo Kant defendió dos posturas totalmente antagónicas, en dos de sus obras más célebres, a la hora de proporcionarnos argumentos para contestar a esta cuestión:

En su obra “Metafísica de las costumbres” Kant escribió:
“Los ciudadanos no tienen derecho a rebelarse contra el Estado, pues supondría la destrucción de su constitución legal” (cap 6: 318-323)

Sin embargo, en su “Crítica de la razón práctica” aseveró:
“Hay que obedecer a Dios más que a los hombres” (fundamento de su imperativo categórico). Un individuo está obligado a negarse a cumplir órdenes, incluso a costa de su propia vida, cuando dichas órdenes vulneren el imperativo categórico moral".

De esta manera, Kant legitimó la “desobediencia civil”. Es más, llegó a manifestar con entusiasmo que la Revolución francesa fue “el hecho de su tiempo”.
A nadie se le “escapó”, pero, la contradicción que subyacía en las argumentaciones kantianas; razonamientos que lo mismo defendían al Estado de cualquier acto de rebeldía que, al tiempo, justificaban acciones de “desobediencia civil”. Pero más grave, en mi parecer, es la trampa dialéctica que nos tiende Kant a colación de Dios:

ESTADO SIN DIOS

Si Kant alabó y justificó la revolución francesa, que vulneró la legalidad establecida anteriormente y prescindió del mandato moral de Dios, ¿cómo pudo, al tiempo, fundamentar su imperativo categórico reconociendo la existencia a priori de Dios, en realidad reconociendo tres ideas puras a priori: Yo trascendente (alma), mundo y Dios?
Y es que Kant, amigos míos, dejó escrito:

“La inmortalidad del alma nos garantiza un progreso infinito hacia la virtud". Y por eso, si es necesario, la voluntad libre del sujeto tiene que preferir morir antes que cumplir órdenes que atenten contra el imperativo categórico universal (he aquí al que fuera nuestro nefasto ministro de defensa kantiano, José Bono).
¿Pero cómo podemos convencer a un tío listo, después de que hayamos “proclamado la muerte de Dios”, de que debe seguir sacrificándose voluntariamente por otros "dioses" rebautizados como ideas (ideologías)? Si no hay Dios tampoco hay inmortalidad del alma que nos garantice una felicidad virtuosa tras la muerte. Solo nos queda el mundo.

SOLO NOS QUEDA EL MUNDO.

Cuando los hombres de la modernidad entendieron que Dios ya no justificaba ni legitimaba nada se aferraron a Kant, pero cuando los “tíos listos” (cínicos ilustrados) se dieron cuentan de que Kant, al cabo, también era un esencialista y un redomado metafísico, se vieron obligados a justificar sus acciones rebeldes, no a través de Dios ni de imperativos categóricos esencialistas, sino a través de la hipóstasis o sustanciación de otra nueva idea etérea: la justicia social.
Con Marx nacerá una nueva diosa, la justicia social, un nuevo imperativo de deber (moral al cabo) que legitimará cualquier desobediencia civil o revolución que tenga como fin último alcanzar bellos ideales.

CONCLUSIÓN
Si VOX está entre nosotros es, básicamente, y pecando de exceso de reduccionismo, porque nuestros kantianos y posmarxistas siguen empeñados en legitimar acciones subversivas y desobediencias civiles que creen necesarias para alcanzar justos fines.

El problema del PSC (Partido Socialista de Cataluña), por tanto, no es que sea constitucionalista, que lo es, sino que, además, considera legítimas las reivindicaciones nacionalistas de los tontilocos (secesionistas regionalistas). Y desde el momento en que uno o varios partidos legitiman las reivindicaciones nacionalistas, no tienen más remedio que permitir y/o consentir diferentes grados de desobediencia civil.
El problema, pero, es que se comienza legitimando desobediencias civiles “pacíficas”; después se condesciende con leves vulneraciones de la legalidad (retirada de banderas y simbología española), luego se mira de perfil cuando son cercenados los derechos y libertades de ciudadanos catalanes (imposición de la ley de inmersión lingüística). Finalmente, perplejos, nuestros equidistontos asisten a todo un golpe de Estado y no les queda más remedio que “edulcorarlo”, minimizando la gravedad del mismo y volviéndose a poner ropajes kantianos y marxistas para decirnos: “Es que el problema es político, no judicial”. Lo que traducido al román paladino quiere decir que la desobediencia y la rebelión están por encima de unas leyes que ellos, todos ellos, consideran injustas.

Y es entonces cuando aparece VOX y grita ¡basta ya, señores, "dura lex, sed lex" (la ley es dura, pero es ley)! Y yo añado: y es además una ley que nos hemos dado entre TODOS los ciudadanos libres e iguales a través de una Constitución.

lunes, 11 de marzo de 2019

ORTEGA Y GASSET (llegar a ser quienes realmente somos)



INTRODUCCIÓN

A nivel político, el pensamiento de Ortega ha quedado bastante obsoleto, y no, precisamente, porque dos de sus obras más importantes, “La rebelión de las masas” y “España invertebrada”, no señalaran verdades claves para entender el hecho serio de ser español y comprender la patología inherente a las masas, sino por errar en lo concerniente a dos temas fundamentales: Cataluña y Europa.

CATALUÑA

Respecto a Cataluña (Europa no toca ahora), y lo que hoy conocemos como nacionalismos históricos (grave falacia), pienso que Unamuno hiló más fino cuando llamó TONTILOCOS a todos los ideólogos esquizofrénicos (Arana, Macià, Infante…) que, a partir de mitos y leyendas, construyeron “falsas naciones”; nacionalismos ficticios que Ortega dio en llamar particularismos periféricos.

Ortega, como decía, se equivocó con Cataluña, pues creyó irresoluble el mal denominado “conflicto catalán”, el cual, según él, solo podía CONLLEVARSE, es decir, soportarse con estoica resignación. Errado diagnóstico que, con el paso del tiempo, daría lugar a curas terapéuticas (pseudo-soluciones políticas) que nos han llevado a la actual fractura social que se vive en España. De hecho, Ortega se mostró favorable a un anteproyecto que, años más tarde, acabaría por tomar forma definiéndose como lo que hoy conocemos como “Estado de las autonomías” (suerte de federalismo enmascarado para contentar a los hunos y los hotros).

Sin duda, Ortega creía en la pluriculturalidad de España, en la riqueza de sus múltiples lenguas, sus tradiciones culturales y folclóricas. Quienes admiraban su pensamiento, José Antonio entre ellos, estaban de acuerdo en reconocer la rica pluralidad de las Españas. También su discípulo más aventajado, Julián Marías, llegó a referirse a España como una “nación de naciones” (sí, el falaz razonamiento, triturado magistralmente por Gustavo Bueno, no fue un invento del PSOE). A colación de José Antonio, por ejemplo, el mismísimo Jordi Pujol llegó a reconocer que pocos españoles habían entendido tan bien la idiosincrasia de Cataluña como el fundador de Falange Española.

Pero, entonces, ¿qué subyacía en la raíz de la psicología orteguiana? ¿Por qué el propio Ortega y pensadores como José Antonio y Julián Marías reconocieron la PLURALIDAD (Marías incluso la plurinacionalidad) de la razón de ser española?

EL FRACASO DE LO ARISTOI  ANTE LA DESLEALTAD

La filosofía de Ortega se ha definido como “aristocrática”, cuando no se ha tildado directamente de “fascista”, sobre todo por muchos ideólogos marxistas (“El maestro en el erial” de Gregorio Morán) o independentistas (Ramón Alcoberro, vinculado directamente a la ANC y el procés golpista). En mi opinión, sin embargo, el libro “José Ortega y Gasset” de Jordi Gracia es el que mejor ha sabido “descubrir” la psicología (estética) que daba forma a la moral orteguiana: una moral superior para espíritus nobles y superiores.

Señalaba Jordi Gracia, en su libro sobre Ortega, un rasgo biogenético fundamental para entender a Ortega, su psicología y su pensamiento de “altas miras” o desarrollado desde la “cima contemplativa” (Nietzsche): Ortega y Gasset era un intelectual SUPERDOTADO.

Ortega comprendió y aceptó la verdad que el marxismo siempre negó y rechazó (cínicamente), que no era otra que la de reconocer que el problema vital que enfrentaba a los seres humanos no radicaba en una lucha entre clases sociales, sino entre clases de personas.

Fichte aseveró que “la clase de persona que somos determina la clase de filosofía que escogemos”, cuando todavía las ciencias de la psique (neurobiología, neuropsiquiatría y biogenética entre otras) no habían hecho sus importantes descubrimientos: somos, en gran medida, lo que nuestra biogenética predetermina. Somos un YO (conciencia singular) condicionado por unos concretos rasgos genéticos desde el mismo momento de nacer.

Ortega sí hizo suyo el pensamiento de Fichte, porque intuía la verdad inherente al mismo, a pesar de que su veracidad todavía no hubiese sido demostrada científicamente. También tomó nota de las observaciones de Tocqueville, que alertó de la posibilidad de que la democracia mutara en tiranía despótica (hoy conocida como imposición del correccionismo político). Ortega y los “espíritus más libres” (autodefinición que sigue utilizando Peter Sloterdijk), fueron adelantados a su tiempo, recelaron del marxismo desde un principio; sobre todo del perverso IGUALITARISMO que, precisamente, negaba la existencia de diferentes CLASES DE PERSONAS (conciencias), argumentando que las grandes diferencias entre individuos se debían a la pertenencia a distintas clases sociales.

También el filósofo español Gonzalo Fernández de la Mora, autor de “la envidia igualitaria”, fue una persona singular dotada de una grandísima inteligencia. Quizás también un intelectual superdotado, como demuestran los datos sobre su trayectoria como estudiante desde muy temprana edad (ver su biografía). Después volveré a él.

¿A dónde pretendo llegar?

Muy sencillo, pretendo sostener una tesis:

 “El verdadero humanismo ingenuo por fuer es aristoi”.

Jamás ha habido, por tanto, “humanismo ingenuo” en el marxismo; una ideología que siempre ha sido una prepotencia cínica y esquizofrénica que, desde el principio, enmascaró su celo dogmático por tal de, así, seducir mejor a las masas iletradas; a los no “alfabetizados”, a los no civilizados por la razón ilustrada (a quienes les era más fácil ODIAR que saber y conocer), pero que también supo seducir a algunos de los más ingenuos de entre los ingenuos ilustrados.

Platón fue un aristoi, como lo fue Aristóteles, más tarde Kant y también Hegel. Marx no, Karl Marx estaba predeterminado biogenéticamente para ser un resentido, fue llamado por su YO, primero, y más tarde por unas circunstancias favorables para su razón de ser, a erigirse en un “igualador”, en un negador de la pluralidad de conciencias.

¿Pero cuál es la esencia (sí, me gusta el palabro) que subyace en todo pensamiento aristoi? Pues, precisamente, creer que existe y es posible aspirar a lo mejor y más excelente (la virtud platónica, el imperativo categórico de Kant y el ideal del UNO ABSOLUTO de Hegel).

Sin embargo, el pensamiento aristoi, a diferencia del marxista, cree en la meritocracia, es decir, cree en el sacrificio y el esfuerzo del individuo para que éste pueda llegar a “ser quien realmente es”; cree en la vida en la cima, en la posibilidad de llegar a la misma a través de duro trabajo.

Así, la DEBILIDAD del pensamiento aristoi radica en confiar en la nobleza y la lealtad de sus IGUALES, es decir, su error reside en obligarse a confiar en los falsos aristois.

¿Quiénes son los “falsos aristoi”? Son aquellos que movidos por sus intereses particularistas se muestran TRAIDORES y DESLEALES a lo común, a lo más grande, mejor y más excelente; son los egocéntricos ombliguistas que se sirven del engaño para satisfacer sus deseos y voliciones (voluntades de poder).

LA DECEPCIÓN Y DERROTA DEL ESPÍRITU ARISTOI EN ESPAÑA

Primero le tocó decepcionarse a Ortega, cuando con su “no es esto, no es esto” se negó a aceptar la perversión de una II República convertida en un caballo de Troya que permitió los desmanes frentepopulistas. Después le tocó desengañarse al ingenuo José Antonio, cuando después de mucho buscar la complicidad de los aristois socialistas (Prieto y Azaña entre otros) comprendió que estos ya eran rehenes del comunismo bolchevique más infecto. Más tarde le tocó a Julián Marías, el mismo que dijera que España era una “nación de naciones” hubo de rectificar para alertarnos: “Es un grave error intentar contentar a los eternos descontentos” (nacionalistas periféricos).

Y aún así, no escarmentamos. El último ingenuo fue Mariano Rajoy, por cierto, lector de Fernández de la Mora y admirador de su obra “La envidia igualitaria”. Rajoy creyó hasta el último momento en la LEALTAD de los nacionalistas (supuestos aristois) vascos para que no prosperara el golpe (ups!, quise decir la moción de censura) de Pedro Sánchez.

El problema de los aristois (“fachas” en el parecer de marxistas y filomarxistas) es que estos sí son VERDADERAMENTE INGENUOS. Y solo se dan cuenta de cuán ingenuos han sido (léase TONTOS) cuando ya es demasiado tarde.

Por eso VOX es el híbrido perfecto, pues habiéndose nutrido del materialismo filosófico de Gustavo Bueno (marxista), ha recuperado el espíritu de Ortega, Unamuno, Marañón, Marías… vacunándose contra el germen de la INGENUIDAD de los espíritus nobles. VOX ha entendido, como el José Antonio más tardío, que solo la dialéctica de los puños y pistolas (ojalá ahora sea la aplicación férrea de la ley) puede acabar con quienes atentan contra la justicia (legalidad institucional) y la integridad de la patria.
 
EUROPA
 

ORTEGA VS HABERMAS (y Kant de nuevo en el medio)
He estado informándome más exhaustivamente sobre lo que Habermas denomina “democracia deliberativa”; una democracia que posibilitaría “situaciones ideales del habla”, es decir, que propiciaría intercambios de comunicación y diálogo válidos entre interlocutores para solucionar conflictos.
En la obra “facticidad y validez”, Habermas expone los requisitos que deberían cumplirse para articular una democracia deliberativa. Dicha democracia, para empezar, no debería ser una “democracia de masas”, sino una democracia constituida por una sociedad civil bien formada políticamente y activa en el esfera pública (ámbito donde se resuelven los problemas que afectan a la generalidad de la ciudadanía).
Solo una sociedad civil formada políticamente podría garantizar un diálogo que cumpliera con dos condiciones básicas de SIMETRÍA y de relación IGUALITARIA, donde los interlocutores (posiciones enfrentadas) pudieran fundamentar sus respectivas verdades a través de argumentos razonados.
La condición de SIMETRÍA se lograría garantizando que todos los interlocutores tuvieran los mismos derechos, es decir, dispusieran de las mismas oportunidades para exponer y rebatir argumentos. Y la condición igualitaria requeriría (Habermas puntualiza que “idealmente”) que los participantes en una deliberación dispusieran de los mismos recursos culturales y el mismo poder social. De esta manera, según Habermas, se garantizaría que cada interlocutor pudiera defender sus intereses y puntos de vista y, además, se pudiera dar la posibilidad de hacer operativos (acciones políticas en la praxis) los acuerdos alcanzados entre las partes.
MI OPINIÓN  dócil indoclil desobediencia vivil Kant (incoherencias)
Mientras leía las propuestas de Habermas, no podía evitar pensar en Ortega y Gasset y, por tanto, en otros autores que ya abordaron los peligros que subyacían en la “opinión pública” (Platón) y las democracias (Tocqueville). Así, Platón ya apuntó que una ciudadanía “no formada”, guiada tan solo por sus apetitos más irracionales, podía degenerar en “dictadura de opinión”, convirtiendo en “dictatorial” a un sistema democrático. De manera parecida, Tocqueville se refirió a las “democracias despóticas”, aquellas en las que la ciudadanía “no formada” podía llegar a legitimar políticas autoritarias que atentasen, precisamente, contra los cimientos de la propia democracia.
Ortega y Gasset ya vio, como Habermas, dónde radicaba el peligro de un sistema democrático: en la ausencia de los mejores (aristos) y en la legitimidad que se arrogaban a sí mismos los “hombres masa”.
Habermas, más cuidadoso que el filósofo de las circunstancias, no utiliza los trasnochados conceptos orteguianos (tildados de “fascistas” por presuponerles exceso de prepotencia vertical) y elabora su propuesta de democracia deliberativa desde presupuestos de horizontalidad igualitaria. Los tiempos de Ortega todavía no habían sido víctimas de “pensamientos sensibles y estéticos”, y el lenguaje no tenía que ser tan “exquisito” ni había que cogérsela con papel de fumar para exponer determinadas verdades.
Y, sin embargo, Ortega ya expuso la misma verdad que reconoce Habermas: la necesidad de anteponer una ciudadanía aristoi (sociedad civil formada) a una sociedad de “hombres masas” (democracia de masas).
Para articular una “democracia deliberativa” (auténtica democracia) es necesaria la presencia de una sociedad civil formada políticamente (léase en términos orteguianos una sociedad formada por ciudadanos responsables).
¿QUÉ ES UNA SOCIEDAD CIVIL FORMADA POLÍTICAMENTE?
En mi opinión, en las diferentes acepciones de lo que debería ser una sociedad civil formada (ciudadanía responsable) radica la mayor diferencia entre Ortega (liberal) y Habermas (filomarxista al cabo).
Ortega, como buen demócrata-liberal lo tenía muy claro: el ciudadano responsable no solo tenía que estar formado y aspirar a mejorarse (aristoi), sino que tenía que OBEDER LAS LEYES. De ahí que Ortega criticara duramente cualquier manifestación de “acción directa”, ya fuera en forma de golpes dictatoriales o de subversivas revoluciones.
Sin embargo, Habermas (no olvidemos que heredero de Marx) sí legitima la “desobediencia civil”, es decir, considera saludable y necesario que la sociedad civil no solo se manifieste y haga público su descontento, sino que, además, cree que ésta debe ACTUAR (saltándose la legalidad si fuese necesario) por tal de transformar y cambiar las injusticias sociales (¡ojo, lo que dicha sociedad civil crea, sesgos ideológicos mediante, que es injusto!).
Y de nuevo nos encontramos ante diferentes lecturas o preferencias por algunos de los presupuestos kantianos que de forma incoherente se contradecían mutuamente:
Ortega hizo suyo al Kant que en su obra “Metafísica de las costumbres” escribió:
“Los ciudadanos no tienen derecho a rebelarse contra el Estado, pues supondría la destrucción de su constitución legal” (cap 6: 318-323).
Pero Habermas prefiere al Kant que enalteció la Revolución Francesa y legitimó la desobediencia civil en “Crítica de la razón práctica” (ver aquí: https://www.facebook.com/pedro.ramiro.16121/posts/286009202123012).
Y ahora, ante el golpe procesista perpetrado por el secesionismo catalán y Pedro Sánchez (cómplice y colaborador necesario), los españoles deben decidir si apuestan por Ortega (solución judicial para quienes vulneran la legalidad) o por Habermas (diálogo y negociación, solución política para quienes se saltan las leyes).
Pero, Habermas, como sucedió con el idealista Kant, también puede ser “utilizado” por ambas partes para defender sus posturas enfrentadas, pues la defensa del patriotismo constitucional obliga a ser respetuoso con la legalidad vigente, pero la apuesta por la “democracia deliberativa” obliga a considerar los “argumentos y razones” que motivaron la desobediencia civil de los golpistas.
¿Qué hacer? ¿Solución judicial (aplicación de la ley) o solución política (negociación y diálogo para llegar a acuerdos)?
El socialista Pedro Sánchez, ha optado por ser el cómplice necesario para culminar el golpe procesista. También el PSC de Iceta cree, en el fondo de su corazoncito filomarxista, que las reivindicaciones y acciones de los golpistas son LEGÍTIMAS.
Pero, tanto Sánchez como Iceta están pervirtiendo los presupuestos habermasianos de la democracia deliberativa (que no se dan) al considerar válidos a unos interlocutores secesionistas, a los cuales les “presuponen” una simetría y relación de igualitarismo que NO SE CUMPLEN.
¡He ahí la gran trampa del PSOE TRAIDOR!
 

 
 

martes, 12 de febrero de 2019

ABORTO Y METAFÍSICA (razón y moral)



INTRODUCCIÓN

Voy a intentar explicar por qué creo que el problema del aborto concierne a lo que los griegos llamaron primera filosofía o metafísica, entendiendo la metafísica como un saber “problemático”. El propio Ortega y Gasset, en su magnífico libro “¿Qué es filosofía? (que perfectamente podría haberse titulado “¿Qué es metafísica?), explicaba que filosofar consistía, precisamente, en el vano deporte (genial descripción) de hacer preguntas sobre las cuestiones más vitales (ser, mundo, vida, sentido y realidad…) para, luego, intentar hallar respuestas “sin miedo ni esperanza” (añado yo), ya que dichas cuestiones suelen conducir a callejones aporéticos (sin salida ni solución).

Defenderé una TESIS:
Resulta imposible, para el animal de realidades que es el ser humano,  prescindir de la metafísica a la hora abordar los problemas del ser y la realidad, a través, tan solo, de análisis de hechos (facticidad), acontecimientos y fenómenos.

La metafísica, como la “esencia”, podrá negarse, pero seguirá formando parte intrínseca, indisociable, del “ser para la muerte” que es el animal humano. Abordar el problema del aborto supondrá, por tanto, enfrentar razón y moral, es decir, exigirá un esfuerzo intelectual para lograr una síntesis conciliadora (coherencia) entre las dos o, al contrario, para conseguir legitimar a una de las partes obviando a la otra.
¿QUÉ ES METAFÍSICA?

Propongo una sencilla, y espero que pedagógica definición, de lo que es la metafísica:
La metafísica es un saber que aborda las “problemáticas”  propias de la ontología (sobre el ser) y la teodicea (sobre el sentido, el mal y Dios). Dicho saber es problemático, aporético las más de las veces, porque nos obliga a los seres humanos a lograr una coherencia lógica entre la razón (argumentos y fundamentos) y la moral (justificación de nuestras acciones) que resulta muy difícil de conseguir.
Para poder defender, o no, el aborto, como en tantas otras cuestiones vitales y/o existenciales, será necesario argumentar y justificar, es decir, razonar y legitimar nuestras acciones según unos determinados valores ético-morales.

EL PROBLEMA DE LA MORAL
El problema de la moral podría decirse que va “parejo” al de la metafísica. Podría argumentarse, pecando de pedagógico reduccionismo, que quienes niegan la metafísica niegan, al tiempo, la existencia de una moral esencialista, absoluta y universal.

Todo comenzó con la crisis de la posmodernidad y la “muerte de Dios”, que significó el certificado de defunción de los valores trascendentales (celestiales y/o suprasensibles); crisis que supuso la pérdida de fe en que el ser humano fuese algo más que nada. Desde entonces, pocos creen que el ser humano, además de un cuerpo mortal, sea un ser dotado de un soplo divino que trascienda su indigente existencia.
Si la vida (existencia o ser-ahí en el mundo) de los seres humanos es un absurdo (Camus) o un drama (Ortega) que provoca náusea (Sartre) , anonadamiento (Heidegger) o el trágico sentimiento de vivir que tanto atormentara a nuestro genial Unamuno; si vivir es un “sinsentido”, decía, ¿por qué hay vida en vez de nada? Y, más crucial, ¿si no hay salvación (de un alma o yo inmortal) qué sentido tiene vivir, hacer, amar, odiar o filosofar, durante una corta vida que acabará desvaneciéndose en el olvido, perdiéndose de la memoria de los vivos como se pierden las lágrimas en la lluvia?

Solo nos queda una verdad: la vida. Sabemos que en el mundo (el planeta Tierra) hay vida y que nosotros mismos somos vida. Sabemos que todo lo que vive muere, pero, además, nosotros, los seres humanos, somos responsables (en tanto que conscientes de nuestra finitud) no solo de nuestras vidas, sino de todas las demás vidas. Estamos religados al ser y la vida, al mundo y, en definitiva, a la realidad que nos envuelve y en la que nos hallamos inmersos.
Hasta el asesino más vil, por más que sea un psicópata, es consciente de que la vida es lo más importante que tiene un ser vivo. La vida ya tiene esencia (sentido) en sí misma, pues es su propio fundamento. Esto es así porque el único sentido del ser es perdurar (“durée” de Bergson), es seguir siendo (Spinoza), es manifestarse y actualizarse durante un tiempo (ex-sistencia). Somos mientras duramos por un tiempo limitado, pues la vida es la coincidencia del ser y el tiempo. Terrible verdad.

Así, si un psicópata es consciente de lo importante que es la vida (sagrada, diría yo si no se me acusara de místico-religioso y esencialista) también han de ser conscientes, forzosamente, quienes defienden el aborto como una elección legítima, es decir, como otra posibilidad, susceptible de ser elegida libremente, de entre las muchas que nos ofrece la realidad abierta.

Claro que todos somos conscientes de lo sagrada, importante y única que es la vida en cualquiera de sus modos de ser, ya sea como ser-ahí en el ex-sistere o como posibilidad de ser (todavía no-nata, o todavía no arrojada a la realidad).Y, sin embargo, el asesino mata, como también matan los padres que deciden abortar. Desde el punto de vista de la razón lógica los dos cercenan vidas. Punto. La coherencia lógica no exige más argumentos para señalar que ambos animales de realidades (asesino y abortista) no han respetado la vida del “otro”. Pero los seres humanos, además de razón lógica, somos morales y, por tanto, estamos obligados a justificar nuestras acciones.
¿Qué diferencia hay, entonces, entre un asesino y un abortista? Pues una diferencia moral, o metafísica, como se prefiera.

El aborto será legal o ilegal, aceptado o rechazado, dependiendo de la moral que institucionalice (haga suya) un colectivo humano. La verdad institucionalizada se encargará, a través de la justificación de unos determinados valores ético-morales, de legitimar, o no, la interrupción de la vida de un no-nato, de un ser en potencia o un modo de ser que es posibilidad de vida o pre-ser.
CONSTRUYENDO ESENCIAS (metafísica al cabo)

¿Cómo es posible, entonces, legitimar la acción de un abortista, sabiendo, objetivamente, que la razón define dicha acción como un atentado contra la vida?
Antes señalé que la posmodernidad supuso “la muerte de Dios”, la falta de fe en valores morales suprasensibles. Se aceptó que si no existía Dios tampoco existía el alma inmortal, ni, por tanto, existían esencias (sentidos celestiales) más allá de aquellos sentidos que pudiera darse a sí mismos (construcción mediante) los seres humanos en la realidad material y terrenal.

Que no se acepte la existencia de esencias suprasensibles tan solo quiere decir que los sentidos (significados y valoraciones) que otorguemos a la vida y al mundo (cosmovisiones ontológicas y/o teológicas) no podrán obtenerse a través de revelaciones (religiones monoteístas) ni podrán desvelarse a través de ideologías metafísicas. Así, las actuales sociedades occidentales ya solo aceptarán aquellos sentidos que se construyan desde acciones y éticas materiales y terrenales. ¿Pero, es esto posible? ¿Es posible articular una ética consensuada prescindiendo de la metafísica?
Rotundamente no.
Si no creemos que la esencia precede a la existencia (perspectiva que considera una espiritualidad apriorística en los seres humanos), entonces deberemos obligarnos a construir esencias a lo largo de la existencia. Y dicha construcción, por fuer, estará en mayor o menor medida, inevitablemente, fundamentada metafísicamente, es decir, moralmente.

Podríamos decir que, todavía hoy, coexisten tres conciencias que podríamos definir a grandes rasgos de la siguiente manera, según su relación con la metafísica y la moral:

1)    La conciencia científica (neopositivismo y estructuralismo), que prescinde y niega la metafísica, ergo también la moral. No necesita a ninguna de ellas para desarrollar su conocimiento teoremático, que no problemático.

2)    La conciencia ideológica (hermenéutica y existencialismo) que intenta “recuperar” los tradicionales valores morales (metafísicos al cabo), pero reconstruyéndolos y reinterpretándolos, adaptándolos a los nuevos “dolores de la época” actual.

3)    La conciencia ilustrada (dialéctica racional) que pretende sustituir los esencialismos (ideología) por puro racionalismo (constitucionalismo) y que, sin embargo, seguirá mostrando PRETENSIONES ONTOTEOLÓGICAS en tanto que IDEALISTA (moral). 

Para el tema que nos ocupa prescindiremos de considerar la conciencia científica, que no es que sea “amoral”, sino que, sencillamente, es un saber para el que la moral y la metafísica no son necesarias para desarrollar su conocimiento teoremático.
La confrontación, pues, quedará reducida al antagonismo entre conciencias ideológicas y conciencias racionalistas, es decir, entre quienes todavía creen en valores morales que tienen su raíz y fundamento en la tradición histórico-religiosa (esencialistas) y entre quienes sostienen (constitucionalistas) que solo a través de la razón se pueden construir nuevas “éticas” o valores éticos que salven a la humanidad de sí misma (léase de la barbarie).

LA TRAMPA DE LA RAZÓN ENDIOSADA
Ha llovido mucho desde que Horkheimer y Adorno señalaran que “la razón misma es opresora y dominadora”. Los pensadores de la Escuela de Frankfurt criticaron el hecho, hoy aceptado por todos, de que la razón instrumental (la razón convertida en medio para alcanzar fines) era un instrumento de conservación y dominio.
Desde entonces, los amigos de la razón se han esforzado mucho por distanciarse no solo de los esencialismos (morales histórico-religiosas) sino también de la prepotencia que subyace, paradójicamente, en toda razón que se pretende ilustrada y liberadora.

Necesitaría páginas y páginas, y mucho tiempo, para explicar cómo la Escuela de Frankfurt, con Habermas a la cabeza, logró en gran medida articular una “dialéctica superadora” que conciliara razón y moral, es decir, que proporcionara al ganado humano, que había de ser civilizado y domesticado, una cosmovisión o sentido vital que no pecara de barbarie esencialista ni de relativismo nihilista (falta de sentido).

Pero, precisamente, por pretender quedar bien con Dios y con el Diablo; es decir, por tal de superar dicho dualismo (razón y moral) y para no pecar de bárbara ni de nihilista, la conciencia racional se tornó idealista, pues no tenía más remedio que seguir aspirando a un idealismo universal. Lo hará sustituyendo la moral cristiana por la moral kantiana, heredera de la primera. Y para ello adoptará el mandato divino de la moral cristiana (no matarás) y lo reformulará como imperativo categórico moral: 

Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal.
 
CONCLUSIÓN

¿Los defensores del aborto (sin entrar en consideraciones de supuestos o causas excepcionales) cumplirían con ese mandato o imperativo categórico moral kantiano?
Yo creo que no, a no ser que entendamos que matar a los no-natos constituya un principio de legislación universal. Y no lo es, desde luego, ni puede serlo, porque dicho principio de legislación universal, de serlo, atentaría contra la vida misma. No tendría ningún sentido un imperativo moral que atentase contra la vida, menos aún que atentara contra la propia vida humana. Dijo Heidegger, al respecto, que en el seno del propio humanismo se hallaba el germen de su propia autodestrucción.

Ahora preguntemos: ¿por qué quienes no aceptan la pena de muerte para un asesino peligroso sí defienden. sin embargo, el aborto?
Pues porque son humanistas, demasiado humanos, que han subvertido la moral cristiana, cuyo mandamiento emanaba directamente de Dios, sustituyéndola por una moral racional que emana de la voluntad, consensuada y “negociada” por los hombres.

Así, nuestro endiosado humanismo ya no está tan preocupado por respetar la vida como de defender lo humano y, sobre todo, defender una interpretación torticera y falaz de lo que significa la libertad humana.
Y, claro, cuando son los hombres quienes construyen, legislan y ejecutan leyes morales siempre se peca de falta de humildad ontológica (Heidegger). O dicho en román paladino, siempre se construyen morales a la medida de una conciencia, ya sea religiosa, ideológica o racional. Siempre.

En Europa, por desgracia, se ha impuesto la moral humanista de una socialdemocracia irresponsable que pareciera buscar insistentemente la autodestrucción de eso que ellos mismos han dado en llamar “humanismo”. Un humanismo, demasiado humano, tan humano que incluso es capaz de justificar la muerte de los no nacidos, pero se vanagloria, al tiempo, de respetar la vida de cualquier vil asesino.
¿Por qué se justifica ese doble rasero moral? Pues, como ya he señalado, porque se subvierte el mandato divino sustituyéndolo por una mala interpretación de lo que significa la libertad individual.

No se ha comprendido (o se ha pervertido intencionadamente) el significado de la voluntad autónoma kantiana, la cual (según Kant) debía aceptar el cumplimiento de la máxima ley moral sin coacciones, sin miedos a represalias, pero también sin instrumentalizarse, es decir, sin utilizarse como medio para lograr un determinado fin.
Desde el momento en que cualquier padre justifica la muerte de su hijo no-nato, ya sea en aras de garantizar su propio bienestar, o alegando que lo hace ejerciendo “su” libre derecho para disponer de su cuerpo, dicho padre se está olvidando de la vida y se está autoproclamando excesivamente humano; un humano capaz, cuando le conviene, de traspasar los límites morales más allá del bien y del mal (matando a su descendencia), pero que, al tiempo, se redime, ante los demás y ante sí mismo, perdonando la vida de un execrable asesino.

 

 

 

 

 

 

domingo, 4 de diciembre de 2016

El saber y la verdad (parte I).

Introducción.

Últimamente he reflexionado mucho sobre el aforismo de Nietzsche que nos alerta sobre la última trampa de la moral: el conocimiento por el conocimiento.
Me he dado cuenta de que a lo largo de mi vida he perdido mucho tiempo en leer y aprender cosas de escasa utilidad; creo, realmente, que poseo conocimientos que no me sirven para nada. La mayoría de tales conocimientos los adquirí a través de una formación reglada poco orientada a la praxis, pero ebria de ese platonismo trasnochado que  hiciera creer al ser humano que en el saber se hallaba la máxima "virtud". En mi familia, por ejemplo, siempre se nos decía, a mis hermanos y a mí, que "el saber no ocupaba lugar". ¡Cómo que no ocupaba lugar! Peor aún, saber me "ocupó tiempo" y se bebió mi vida misma (ma non troppo, afortunadamente); el tiempo invertido en "saber" redujo las posibilidades de experimentar y de sentir. En definitiva, el exceso de saber por el saber me impidió ser, al menos más de lo que hubiese podido llegar a ser.
Afortunadamente, siempre, desde muy joven, presentí cierta insania en el hecho de permanecer excesivo tiempo recluido en una habitación, o en una biblioteca, "leyendo libros y viendo pasar la vida". Gracias a ese presentimiento o intuición (llámesele como cada cual prefiera) de estar siendo engañado y estafado vitalmente, me obligué a cumplir con mis deberes y obligaciones (estudios) pero sin renunciar al imperativo de vivir y explorar el mundo, aunque fuese desde las escasas posibilidades que me permitía la humilde condición socio-económica de mi familia.

El dilema

¿Qué hacer cuando intuyes que toda la pedagogía social tiene como único fin implantar en los hombres un programa de vida alieno a la auténtica razón de ser de cada individuo? ¿Qué podemos hacer cuando somos conscientes de ser víctimas de una estafa vital pre-programada y bien orquestada?
Solo podemos aprender a hacer malabarismos existenciales y, sobre todo, aprender a jugar sin miedo ni esperanza.
El juego, desde luego, no puede ser otro mas que el "deporte de filosofar" (Ortega); el único juego vital que, como el libro gordo de Petete, te enseña y te entretiene; te enseña a poder llegar a ser tú mismo y te entretiene por el camino que es la vida para evitar ser seducido por Thanatos.

Un saber para cada verdad.

Siguiendo la clasificación propuesta por Kant, podríamos diferenciar tres saberes que se corresponderían con tres necesidades vitales: conocer, decidir y preferir.

1) Saber teórico: Kant dio cuenta de él en su "Crítica de la razón pura". Este saber saciaría la necesidad, tan humana, de conocer las leyes del mundo a través de la ciencia. Su pragmatismo es evidente: cuanto más conozcamos nuestro entorno y las leyes que lo rigen, mejor garantizaremos nuestra supervivencia. Está orientado al conocimiento o verdad que puede ser comprobable.

2) Saber ético o moral: Kant se refirió al mismo en su "Crítica de la razón práctica"; el conocimiento necesario para saber qué decidir, es decir, para saber elegir de entre las posibilidades vitales que se nos abren a la hora de relacionarnos con el mundo y con los demás. ¿Cómo debemos conducirnos con el prójimo? ¿Por qué hacerlo de una determinada manera? Es un saber tan pragmático que, sin él, sería imposible articular y vertebrar las sociedades humanas. Está orientado a la búsqueda de la verdad moral.

3) Saber estético: Kant trató sobre él en su "Crítica del juicio". Conocer sobre gustos y preferencias y decidir qué es la verdad de la belleza. También es sumamente pragmático, aunque no lo parezca, pues de los gustos estéticos se derivarán (tal es mi tesis) las decisiones ético-morales.

El saber olvidado.

Como ya señalé, con Platón dio comienzo una nueva era para Occidente y para la humanidad: la búsqueda del conocimiento por el conocimiento, es decir, convertir en la más elevada virtud el obligarnos a conocer la verdad. ¿Pero qué verdad?
Platón se obcecó en hallar una verdad óntica (sobre las cosas) diferenciando el mundo suprasensible (de las ideas) del mundo sensible o terrenal. Así, desde Platón, la filosofía Occidental se enfrascó en la búsqueda de las tres grandes verdades que consideraron necesarias para satisfacer la sed de saber de los hombres: la verdad de la razón, la verdad moral y la verdad estética.
¿Y qué pasó con la verdad del ser?
Tuvo que llegar Heidegger, y rescatar las filosofías de Heráclito y Parménides, para que Occidente se pusiera las pilas y volviese a recuperar el saber olvidado: la verdad ontológica sobre la cuestión del ser.

¿Acaso, antes de Heidegger, Occidente no consideró necesario (pragmático) preguntarse por el sentido de la vida, la esencia o verdad de lo ente?
Tan solo la escolástica, siguiendo la metafísica de Aristóteles, mostró interés y preocupación por la cuestión del ser, pero la civilización Occidental, a partir de la Modernidad (aparición del endiosado humanismo) se olvidó del ser como verdad, es decir, se olvidó de la pregunta radical y más urgente: ¿para qué y por qué es/está el hombre en el mundo?

Aristóteles se refirió al ser categorial, es decir, al ser en tanto que ente definido por un conjunto de cualidades. La Escolástica, por su parte, prácticamente redujo la pregunta por el ser a la pregunta por Dios. Pero Dios tan solo es una posibilidad más que la realidad abierta nos ofrece para hallar la verdad del ser. La verdad del ser no tiene por qué estar en un Dios supremo.
Heidegger se propuso la ardua tarea de pensar y reflexionar sobre la cuestión del ser desde una nueva perspectiva fenomenológica (prescindiendo de la existencia apriorística de Dios). Pero fue incluso más lejos: no solo prescindió de la idea a priori de Dios, sino que consideró que la vida o existencia era un ser-ahí (Dasein) o realidad abierta (Zubiri) que posibilitaba la pregunta por el ser.
Tenemos certeza de que el hombre es un modo del Dasein (ser-ahí) que tiene la capacidad de preguntarse por el ser: ¿por qué hay algo en vez de nada?, pero no podemos saber si quizás otros Dasein, organismos vivos terrestres y/o extraterrestres, podrían preguntarse también por la realidad que les envuelve.
Al no tener certeza de que otros Dasein pudiesen preguntarse también por el ser, Heidegger, como antes hiciera Kant con la posibilidad de Dios, decide obviar tales posibilidades o modos de ser de su analítica existencial, la cual girará en torno al Dasein en su modo de ser-hombre.
Pero Heidegger se cuidó mucho de que su metafísica existencial no fuese un "humanismo", distanciándose, así, del cristianismo, el marxismo y el existencialismo sartriano. Heidegger consideró al hombre como un "pastor del ser"; como un cuidador del ser en tanto que preocupado por el ser.
El humanismo, sin embargo, se despreocupó del ser en la medida que erigió al hombre en dios; en la medida que el hombre fue endiosado y convertido en esencia de sí mismo.

El tema de la esencia.

El hombre es un ser enfermo, decía Unamuno, porque está "infectado" de lo que el pensador vasco dio en llamar "el sentimiento trágico de vivir".
¿Pero por qué padece el ser humano esta "enfermedad de la existencia" por el mero hecho de estar vivo?
Pues porque el hombre, en tanto que ser-ahí vivo y arrojado al ex-sistere, quiere saber, desea saber lo que le resulta imposible saber: ¿por qué es (existe)? ¿Para qué, qué sentido tiene su existir? Y es la imposibilidad de hallar las respuestas a estas preguntas radicales (sobre el ser) la que le genera angustia existencial, la que convierte su vida en drama (Ortega).
Podemos vivir obligándonos a responder estas cuestiones ontológicas, llevando una vida auténtica (meditativa y reflexiva) o podemos obviar estas cuestiones, como hiciera Kant y la generalidad de Occidente a partir de la Modernidad. La posmodernidad significó, de hecho, el casi completo olvido por la cuestión del ser. De ahí que, en el parecer de Heidegger, la posmodernidad supusiera una alienación (pérdida de razón o sentido de vivir) para los hombres, pues estos, inmersos en la vida inauténtica del Dasman, se olvidaron del ser.
Obsérvese cómo Heidegger llegó a la misma conclusión que el materialismo dialéctico marxista: el ser humano es un ser alienado que ha sido cosificado (reificado); es decir, que ha sido sacrificado como medio (objeto) a través del cual cumplir con el fin último de la sociedad posmoderna.
¿Cómo liberar, entonces, al hombre de su vida inauténtica y alienada (carente de sentido)?

El cristianismo aceptó el sufrimiento y el sacrificio terrenal de los hombres, pues la liberación de estos solo sería factible en la otra vida (tras la muerte). Así pues, el cristianismo no liberó a los hombres de su alienación terrenal, sino que, al contrario, justificó dicho sometimiento al dominio del ente social a través de la creencia en una es-sentia espiritual a priori: el alma. Será el alma del hombre la que se libere, y no el hombre de carne y hueso propiamente dicho.
Lo que hará el marxismo, y por ende el existencialismo sartriano y humanista, será invertir el orden entre esencia y existencia.
Sartre, contundente, proclamará que "la existencia precede a la esencia", es decir, primero somos, nacemos y somos arrojados al mundo desnudos de esencia espiritual apriorística, y solo durante el devenir vital, a través de nuestros actos, construiremos nuestra propia esencia, encontraremos el sentido de nuestras vidas.
Heidegger romperá con este dualismo enfrentado de cristianismo vs marxismo, y sostendrá que ni la esencia precede a la existencia, ni la existencia precede a la esencia. En el parecer de Heidegger la esencia coincide con la existencia. El único sentido de la existencia es existir. Este, en el parecer de Heidegger, será el único sentido que constituya en sí mismo una verdad radical. De esta manera, Heidegger se retrotrae a pensadores clásicos como Escoto ("todo lo que es se opone  a lo que no es") o Spinoza ("lo inherente al ser es perdurar en el tiempo") y, al tiempo, Heidegger desenmascara los sentidos construidos por marxistas y humanistas como particularistas interpretaciones del mundo (cosmovisiones).
Así  pues, podríamos concluir que tanto el marxismo como el humanismo siguieron la huella de la verdad judeocristiana, pues ambos fueron constructores de sentidos, igual que el Dios cristiano, con la única diferencia de que ellos negaron un sentido a priori, ya inserto en el alma humana. Lo único que hicieron fue ocupar el lugar del Dios cristiano para decidir ellos (desde sus respectivas cosmovisiones particularistas) qué era lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, arrogándose ser los únicos poseedores de la verdad.
A esta posesión de la verdad, o creencia en la interpretación marxista-humanista del mundo, la llamaron conciencia verdadera.

¿Cómo legitimar una conciencia verdadera o cómo legitimar un sentido o razón de ser?

Tanto Marx como Heidegger fueron grandes conocedores de la filosofía hegeliana, y ambos hicieron suya la tesis de Hegel sobre el movimiento dialéctico de la conciencia.
Decía Hegel: de la lucha, que tiene lugar simultáneamente en el sujeto, entre la conciencia óntica (representación del objeto) y la conciencia pre-ontológica ( objeto en relación con su esencia), surge un nuevo objeto que será la experiencia, es decir, el Ser meditado.
La experiencia quedaba definida así: como el Ser meditado o verdadero objeto de la conciencia; lo que está presente y manifiesto; aquello que surge de la lucha dialéctica entre conciencias.

De esta manera, la experiencia da lugar a un modo de ser que será real y verdadero, aunque no exista (sea ahí-en el mundo). Así, la verdad (sentido o significado del ser) se hallará o construirá (yo no encuentro diferencia sustancial entre ambas vías de conocimiento) tras la oportuna meditación y reflexión sobre la realidad y el mundo, la vida y el hombre.
Y, de lo que no cabe duda, es que tanto Marx como Heidegger reflexionaron sobre el mundo y el hombre; el primero a través de un materialismo dialéctico e histórico y el segundo a través de un existencialismo fenomenológico. Los dos reflexionaron, ergo los dos, inevitablemente, interpretaron el mundo y la realidad, y no solo a través de hechos históricos (Marx) o fenómenos existenciales (Heidegger) sino también desde conceptos apriorísticos y/o prejuicios inherentes a sus respectivas conciencias.
¿Con cuál de las dos interpretaciones (cosmovisiones del mundo) nos quedamos? ¿Puede alguna de dichas interpretaciones ser la única verdadera con carácter absoluto y universal?
Marx, ebrio de cínica prepotencia, defendió su cosmovisión marxista como la única CONCIENCIA VERDADERA porque, según él, así nos la mostraba el método del materialismo histórico; un método objetivo y científico y, por tanto, no cuestionable.
Pretendía Marx legitimar su verdad como la única buena y justa, y, por tanto, también como verdad universal, porque su vía materialista evitaba cualquier atisbo de subjetivismo (prejuicios apriorísticos presentes en la conciencia subjetiva del individuo). Eso decía él.
Pero su propio materialismo dialéctico, que conducía a la verdad del socialismo, también permitía otras interpretaciones de la realidad que abrían las posibilidades de otras cosmovisiones, tales como la comunista o la anarquista.

Las "otras" verdades, la del anarquismo sobre todo, negaban la verdad absoluta y universal del socialismo. Y esto bien supo verlo Marx desde el principio, que arremetió inmisericorde contra Bakunin, sabedor de que solo una conciencia debía erigirse como ÚNICA VERDADERA si pretendía autoproclamarse universal; es decir, si pretendía convertirse en razón ilustrada domadora y domesticadora de la humanidad. Por eso el marxismo es un humanismo, porque como toda razón ilustrada, que dice aspirar a "liberar" a la humanidad, no puede evitar, paradójicamente, convertirse en antropoctécnica civilizadora (domesticadora).
Y civilizar supone "desembrutecer" al hombre, alejarle de la barbarie de la naturaleza; supone, en definitiva, dotar a la humanidad (al parque humano que diría Sloterdijk) de normas y reglas a través de las cuales garantizar su autoconservación. Y cualquier sistema social normativizado, articulado a través de reglas y leyes, por fuer ha de ser COACTIVO, para limitar, cuando no reprimir, la libertad absoluta del individuo.

¿Y qué hizo Heidegger cuando, sagazmente, desenmascaró la prepotencia que subyacía, latente y oculta, en el "nuevo humanismo" marxista?
Heidegger vio que no había salida a la paradoja intrínseca al propio humanismo; es decir, vio que el hecho de que el humanismo fuese, al tiempo, liberador y dominador constituía en sí mismo una aporía insalvable.
¿Podrá salvarse el humanismo de sí mismo?