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martes, 10 de mayo de 2016

Locura y genialidad (parte IV)

Efectivamente, no existen órganos especiales, ni cualidades especiales (poderes extrasensoriales) para aprehender determinadas posibilidades del ser en la realidad abierta.
El alma y el espíritu son construcciones o, como yo prefiero denominarlas: son hallazgos de la razón. No es que la razón las "encuentre" en algún mundo suprasensible y/o ideal (Platón), pero sí podríamos decir que las encuentra en sí misma (en la razón), en tanto la persona humana (Yo) las construye en y desde sí misma, a partir de la dinámica a la que le impele la tensión teologal: la necesidad de dar un sentido al ser absoluto relativo que es su persona.

Yo creo en la intuición, entendida como el insight cognitivo al que ya me referí en su momento, como un "darse cuenta de" o "caer en la cuenta" de un determinado fenómeno a través de un modo de ser vivenciado y experienciado (realidad virtual).

La vía estética tan solo es una vía más de la razón para construirnos a nosotros mismos y, así, dotarnos de sentido; para significar nuestra existencia y positivar la muerte.

Ahora, bien, y en contra de lo que sostienen las tesis materialistas (sobre todo el marxismo), no todos los tipos de personas están capacitados para desarrollar o vivenciar lo que podríamos denominar "experiencias místicas", en un lenguaje más irracional y metafórico, o insight cognitivo, en lenguaje lógico-racional. No importa cómo denominemos a ese modo de experienciar que solo algunas personas, dotadas de gran humildad ontológica (Heidegger) pueden aprehender.

La tensión teologal a la que se refiriera Zubiri hace referencia a la necesidad de afrontar un problema vital: cómo hacernos a nosotros mismos, es decir, cómo podemos llegar a ser nosotros mismos. Zubiri lo denomina problema teologal. Para ello debemos instarnos a descubrir quiénes somos (de nuevo San Agustín, al cual no hay que ver como un místico, sino como un precursor del psicoanálisis, insisto en ello).
El artista y/o creador es, tan solo, aquel individuo que pre-siente en su Yo la imperiosa necesidad de transcendentalizar su carácter mundano y ser algo más que un ser absoluto relativo, es decir, un Yo incompleto.

Los defensores del materialismo podrían rebatir::
No hay, en ningún creador, algo puramente original ni creativo. Para ser Nietzsche, o Holderlin u Homero, es necesario estudiar y aplicarse continuamente, además de poseer una especial inclinación estética. Decía Hegel que el genio sólo se presenta especialmente fecundo tras largos y continuados estudios.

Discrepo y disiento con vehemencia. ¡Por supuesto que en todo gran artista subyace algo original y creativo! ¡Subyace su único y singular Yo! Subyace un tipo de hombre que no es común ni mediocre, pues se insta a sí mismo a conocerse, aceptarse y superarse.
El genio subyace, efectivamente, en un determinado tipo de hombre, pero no siempre dicho genio se presenta o manifiesta, que es a lo que se refería Hegel. El genio es un pre-ser en potencia que permanece latente en un determinado tipo de Yo. Solo si ese Yo personal tiene la oportunidad (posibilidad) y se insta a "descubrirse a sí mismo", a través de trabajo y estudio, su genio se hará visible.
Alguien que no tenga dentro de sí dicho genio ya podrá estudiar y esforzarse, formarse y conocer todas las técnicas de una vía estética determinada, pero como mucho no pasará de ser un artista mediocre o del montón.
Yo entiendo que a los dogmáticos defensores de perversos y falaces igualitarismos les cueste reconocer esta verdad.

Pero, lo siento mucho, no todos los tipos humanos son iguales, por más que a algunos les interese sostener tal falacia para, así, legitimar las aspiraciones de utópicas ideologías.
Podríamos decir, aceptando que posiblemente pequemos de reduccionistas, que hay dos tipos básicos de hombres: los que buscan una vida auténtica vs los que se dejan llevar por la vida inauténtica impuesta por el Das-man (sí, de nuevo Heidegger).

Volvemos a encontrar coincidencias entre San Agustín, Heidegger, Ortega y Zubiri, y, atención, también Marx.

Todos los grandes pensadores (incluiremos a Marx para no herir susceptibilidades) fueron conscientes de la gran diferencia existente entre dos tipos humanos básicos: los paganos (San Agustín), los hombres-sujeto (Hegel), hombres-masa (Ortega), hombres inmersos en el Das-man (Heidegger) u hombres-alienados (Marx) frente a los que ven la luz.

¿Quiénes son los que ven la luz? Pues dependerá del suprematismo ideológico que cada pastor del ser defienda; dependerá de la conciencia verdadera que cada creador pretenda universalizar.
Para San Agustín el hombre auténtico sería el creyente en Dios, para Hegel sería aquel que armonizara su espíritu (conciencia) con el mundo, para Ortega sería el aristoi, para Heidegger el Dasein preocupado por el sentido del ser, para Marx el proletario consciente...

Todos los grandes pensadores, incluido Marx, distinguieron entre dos tipos de hombres; los preocupados vs los despreocupados. No nos importa, para el tema que nos ocupa, saber qué les preocupaba sino qué hacían ante el problema vital de tener que conocerse a sí mismos; ¿aceptaban dicha preocupación (teísmo religioso y/o ideológico) o la negaban y pasaban de ella?

Mi tesis sostenía:
No es que el loco esté desapegado de la realidad, como sostienen falazmente la mayoría de los manuales de psicología, sino que está desapegado del sentido de realidad impuesto por una conciencia colectiva determinada.

Lo que pretendo, con la tesis que intento desarrollar, es ir más allá de lo que los grandes pensadores vieron con claridad meridiana: existen diferentes tipos de hombres.
Lo que pretendo, aceptando como evidente dicha diferencia antropológica entre tipos humanos, si se prefiere ver así, es intentar descubrir qué es lo que subyace en ese tipo determinado de hombre que se insta a conocerse, aceptarse y superarse; ¿qué subyace en todo individuo creador y buscador de esencias (sentidos)?

Podríamos decir, efectivamente, que lo que subyace es el genio. ¿Pero qué es el genio?

Desde mi punto de vista, el genio sería el conjunto de rasgos o notas biogenéticas que determinan el Yo de una persona. Y, dependiendo de cómo sea dicha predeterminación biogenética, y de las posibilidades que se le ofrezcan a dicho Yo en la realidad abierta, se podrá, o no, manifestar el genio o esa inquietud apriorística que determina el ser genio.

¿Y qué determina que en unos individuos exista, o esté latente o pre-presente, dicha inquietud apriorística que impele al genio a manifestarse? Pues un determinado perfil que, de momento, he considerado que estaría constituido por tres caracteres o tendencias innatas:

1) Tendencia a la autorreflexión e introspección.
2) Tendencia al antigregarismo grupal.
3) Tendencia egocéntrica (a satisfacer necesidades e inquietudes del propio Yo personal).

Por supuesto, estoy dando gruesos brochazos, pero todo buen conocedor del arte de pintar sabe que primero hay que esbozar, crear y distribuir espacios, plantear los diferentes tonos y contrastes con gruesas pinceladas en óleo muy diluido. Después, poco a poco, usaremos los pinceles finos para concretar y matizar los detalles, hasta que la idea tome forma y se haga comprensible y reconocible.

En una primera aproximación, sin embargo, sospecho (sí, intuyo) que dichos rasgos (tendencias) aparecen más presentes, al menos estadísticamente, en un determinado tipo de hombre que suele estar estigmatizado socialmente, un freak u outsider que, en no pocas ocasiones, muestra algún tipo de extraña rareza, consecuencia de su personalidad desajustada y desintegrada

Llegados a este punto, solo cabe someter a estudio y evaluación otra nueva tesis: ¿existe una significativa correlación entre el genio (inquietud creadora) y los individuos con cierto grado de locura?

Creo que sí, que resulta evidente (hay evidencias) de que el genio y la locura están estrechamente relacionados, pero es claro que habría que demostrarlo. ¿Cómo?

Algún crítico podrá alegar que no todos los genios comparten rasgos de locura (entendida como sinónimo de desajuste y desintegración).

¿Y cómo demuestran dichos críticos que no todos los genios presentan, o presentaron en el pasado, cierto grado de locura?

Me podrían citar a Platón y Aristóteles, Darío, Juan Ramón Jiménez y Lorca como ejemplo de genios que, supuestamente, no compartían rasgos de locura o desajuste y desintegración social.
Yo no estaría tan seguro de ello. No tenemos documentación que haga referencia a los perfiles psicológicos de Platón y Aristóteles, pero me atrevería a asegurar que en los poetas que se han enumerado subyacía, sin duda, esa tensión teologal a la que se refiriera Zubiri y que Unamuno bautizara como sentimiento trágico de vivir.
Sabemos que Empédocles se arrojó a un volcán creyéndose inmortal.
Por otro lado, hoy tenemos evidencias de que Kant, el racional y genial Kant, era posiblemente un hipocondríaco con rasgos maníaco-obsesivos. Más evidentes y conocidos fueron los desajustes de Nietzsche o Wittgenstein. Kierkegaard y Unamuno, como Camus y Sartre, fueron irredentos depresivos que se salvaron a través de su filosofía, como Emil Cioran.
¿Y los pintores? Tenemos a Van Gogh, el pintor loco por excelencia, pero también a Modigliani, Chagall, Pollock, Dalí... y seguramente a otros muchos cuyos desajustes eran menos visibles o fueron menos conocidos.

En fin, mi bello cuadro va tomando forma a medida que comienzo a usar los pinceles más finos y de pelo de marta.

jueves, 3 de marzo de 2016

"Esferas" de Peter Sloterdijk.

Introducción.

Después de leerme "Esferas" pensé que, en realidad, el libro de Sloterdijk bien pudiera haberse titulado "El deporte de filosofar".
Nos dijo el maestro Ortega, tras reconocer que quizás el ser humano nunca hallaría las respuestas más urgentes en torno al Ser, que al Dasein lo único que le quedaba por hacer era filosofar deportivamente.
Algo parecido insinuó Heidegger cuando proclamó que "solo un Dios podría salvarnos"; por supuesto dando a entender, tras el fracaso de la metafísica ontológica de "Ser y tiempo", que la cuestión del Ser quedaba sin respuestas y quizás fuese necesario retornar a una teología ontológica. Pero volver al claro el bosque para esperar, atentos y expectantes, la apertura del Ser (Dios) ya no nos basta, así que se hace necesario jugar, es decir, nos urge filosofar deportivamente para crear nuevos caminos o vías de búsqueda. Y ello para que, aunque sin esperanzas, podamos soñar con hallar las respuestas más trascendentales sobre la vida y la muerte.
 
¿Qué hace Sloterdijk en "Esferas"? Pues juega y crea; propone nuevas vías para retornar al claro del bosque heideggeriano y, así, poder comprender, al menos, algunas cuestiones sobre el Ser: la espacialidad del Ser o el ser-en.
Sloterdijk ya reconoció, de hecho, en su "Crítica de la razón cínica", que todas las propuestas ideológicas, y los fundamentos filosóficos inherentes a las mismas que surgieron tras la postmodernidad, obviaron la cuestión del Ser, o fueron incapaces de ir más allá de hasta donde llegó Heidegger.
Safranski, autor del prólogo de este "entretenido y lúdico" ensayo, insiste en lo mismo, es decir, en la necesidad de retornar a las preguntas por el Ser o, como señalara Wittgenstein, volver a la tarea de enfrentarnos a nuestros problemas vitales:
 
"Sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo". -Wittgenstein-
 

Retorno a la metafísica.

 
Creo, y es opinión personal, que una de las muchas lecturas o interpretaciones que se pueden hacer de "Esferas" es viéndola como una continuación de la metafísica de Heidegger en torno a la cuestión del Ser. ¿Hay alguna otra cuestión más relevante, urgente y trascendente que la de ocuparse y preguntarse por el sentido del Ser? Yo creo que no.
Efectivamente, podremos jugar a diferentes deportes, según los gustos de cada cual, ya sea jugando con la razón y sus proposiciones lógicas, reflexionando analíticamente sobre cuestiones filosóficas, elaborando teorías para transformar la sociedad (cansinos materialistas) o deconstruyendo, reinventando o reinterpretando viejas teorías como mero pasatiempo (juego creativo). Pero los espíritus más elevados se divertirán y jugarán (filosofarán) no tanto para saber por saber (última trampa de la moral en el parecer de Nietzsche), sino para salvarse a través de la creación de sentidos de vida.
Sloterdijk apela a los espíritus libres, a los cuales se refiere en varias ocasiones a lo largo de las 561 páginas de "Esferas", para invitarles a saborear nuevas perspectivas y caminos; nuevos métodos espeleológicos para pensar la cuestión del Ser en el claro del bosque.
Heidegger esperó la apertura del Ser en el lichtung (el claro del bosque); y creyó que solo a través de una cuidadosa atención el Dasein podría ser testigo de la desocultación del Ser y, por tanto, podría salvarse dotándose de esencia trascendente y no ser, tan solo, un "ser para la muerte". ¿Pero y si el Ser se obstina en permanecer oculto para que jamás podamos hallar su sentido? ¿Y si el ex-sistere del ser humano es un sinsentido, un absurdo según el parecer de Camus?
Pues entonces, responderán, varios pensadores, será necesario crear sentidos, es decir, será necesario encontrar nuevas vías o argumentos que doten de esencia la vida humana.
 
Sloterdijk superará en este ensayo de "Esferas" la metafísica tradicional, recuperando y reinterpretando las ideas platónicas y de la tradición más religiosa (San Agustín y Nicolás de Cusa) y, además, sirviéndose del psicoanálisis para elaborar una espeleología ginecológica.
 

Sobre la esencia (retomando a Heidegger).

 
Señala Safranski, de nuevo en el prólogo de "Esferas", que la obra de Sloterdijk pretende apelar a los sentidos y sensaciones, pero también al entendimiento, para conseguir claridad sobre lo cercano.
Y lo más cercano es la experiencia primaria del espacio, es decir, la vida en esferas, ya sea en esferas íntimas y/o individuales o en esferas sociales.
La tesis que defiende "Esferas" es que la vida consiste en crear espacios íntimos. Pero lo íntimo se relaciona con lo externo a través de transferencias de amistad y amor, también de rechazo y odio, que darán lugar a conflictos y tensiones entre lo interno y lo externo. Dichas relaciones y las influencias recíprocas entre lo interno y lo externos (entre el yo y las circunstancias o el Dasein y el mundo) permitirán dar sentido a la existencia, es decir, posibilitarán que el ser humano se dote de esencia.
 
Sloterdijk asevera que solo habitando en lo común, comulgando, amando y religándose con lo otro, el ser humano puede encontrar el sentido de su existencia. Tradicionalmente, la esfera común o  espacio interior de cada individuo se consideraba formada por la díada Dios-hombre. El hombre era, pues, un ser-en Dios. Así, en el parecer del filósofo alemán, lo que constituye la relación fundamental del ser humano no será tanto el ser-ahí (ser arrojado fuera) como el ser-en-esferas (en comunión y en relación con lo otro).
 
Ser-en-el-mundo significará para Sloterdijk ser-en-esferas (reinterpretación de Heidegger); significará que el ser humano es en espacios (claros del bosque) que se han abierto para que él pueda darles sentido (de nuevo Pico della Mirandola, Sartre, Zubiri y sus respectivas propuestas de construcción de la esencia a lo largo del ex-sistere).
 
En definitiva, Sloterdijk vuelve a abordar la cuestión de la esencia, desde la antigüedad, cuando el hombre creía en una esencia a priori determinada por un ser-en Dios, hasta la Modernidad, cuando el humano hallará (Heidegger) o construirá (Sartre y Zubiri) su esencia a posteriori, a través de un ser-en-la-naturaleza.
Lo que pretenderá Sloterdijk, en definitiva, será superar el antagonismo entre estas dos visiones o acepciones en torno a la esencia. Vendrá a decirnos que ni la esencia precede a la existencia (platonismo y judeocristianismo) ni la existencia precede a la esencia (existencialismo de la postmodernidad), sino que la coexistencia precede a la existencia.
 

La coexistencia precede a la existencia.

 
Sloterdijk sostiene que podemos hablar de una protoexistencia a priori, que se da antes de la existencia propiamente dicha, es decir, antes del nacimiento y de que el Dasein (ser-ahí) sea arrojado al mundo.
Para fundamentar dicha tesis: la coexistencia precede a la existencia, Sloterdijk deberá hacer todo un alarde de creatividad filosófica recurriendo al lenguaje poético (metafórico y alegórico) y diseñando nuevos métodos de análisis que le permitan explorar el claro del bosque Heideggeriano, es decir, para poder explorar la apertura de dicha coexistencia a priori que se da en el Dasein.
 
La coexistencia del feto en el seno materno será la primera microesfera o primera relación de dúplice-unicidad (ser-en lo otro) que será vivenciada por el todavía no-nato, será sentida y experimentada por él mismo como una primera apertura al Ser.
 
¿Pero cómo puede demostrar Sloterdijk su tesis? ¿Cómo puede siquiera sospechar qué ocurre en el interior del seno materno? No puede demostrar nada, y por eso mismo se dedicará a jugar, es decir, a filosofar recurriendo a diferentes fuentes y pensadores clásicos (Platón, Heidegger, San Agustín) pero también reinterpretando originales y nuevas fuentes provenientes del psicoanálisis.
 
Heidegger ya nos habló de la dificultad de comunicar, a través del lenguaje formal, la experiencia de apertura del Ser en el lichtung; una comunicación que por fuer habría de llevarse a cabo a través del lenguaje poético, un lenguaje inspirado o revelado por el Ser. De manera parecida, Sloterdijk reconocerá la dificultad para comunicar la apertura del Ser que tiene lugar en el útero materno, donde ya tiene lugar una protoexistencia a priori que da sentido y es en sí misma esencia del Dasein. 
 
El místico que es agraciado, al serle revelado el Ser en la apertura del claro del bosque, se ve incapaz de comunicar a través del lenguaje formal su dicha, su íntima experiencia de comunión y religación con el todo (el UNO absoluto); por ello nos invita, no a saber, sino a sentir y experimentar; y nos invita a ello a través del lenguaje sugerente y seductor de la poesía y del arte. No hay otro lenguaje posible que pueda acercarnos a la verdad del Ser.
 
Sloterdijk se adentrará en el claro del bosque (caverna o útero materno) valiéndose de una peculiar espeleología ginecológica. Sabe que, como el místico, una vez sea testigo de la apertura del Ser en el interior del claro (en este caso interior del útero), ya no podrá salir de él para comunicarlo al exterior. Será por ello que fundamentará su tesis (la coexistencia precede a la existencia) sirviéndose de siete evidencias que demostrarán la existencia de una intimidad consubjetiva. Demostrará que el ser humano no es una individualidad radical, sino que, incluso antes de nacer, ya está religado y/o unido a lo otro; demostrará que la vida en las esferas es siempre comunión y relaciones de influjos, es decir, que la vida siempre supone un ser-en.
 
Las siete evidencias que demostrarían la intimidad consubjetiva serían:
 
1- Los espacios de cardialidad histérica.
2- Los campos interfaciales.
3- Los principios de la hipnosis.
4- La posición envolvente amniótica del feto.
5- El desdoblamiento placental.
6- Figuras culturales de la doble alma.
7- Evocación psicoacústica del yo-mismo.
8- Ensayos teológicos: bases íntimo-topológicas de la relación entre Dios y alma humana.
 
Quizás en otra entrada realice un resumen de estas siete evidencias, sin duda magníficos ejercicios (juegos) de interpretación y originales creaciones que son las que, en definitiva, convierten la obra de "Esferas", pese al interesante tema que aborda sobre el ser-en, en un simpático y lúdico juego filosófico.
 
 
 
 
 
 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

"Normas para el parque humano" de Peter Sloterdijk (parte III)

Introducción.

Vimos, en la parte II de esta reseña sobre "Normas para el parque humano", que el mismo Heidegger, tras señalar el fracaso del humanismo tradicional como programa de domesticación, respondía negativamente a la posibilidad de un nuevo humanismo pastoral:

...no hay ningún camino que pueda conducir del tradicional humanismo a este nuevo humanismo, que supondría un ejercicio intensivo de humildad ontológica.

En el parecer de Heidegger, las masas no están preparadas para tener cuidado del sentido del Ser, ya que no disponen de las actitudes propias del asceta meditabundo: paciencia expectante para recibir los dictados del Ser en el claro del bosque.

Propuesta de Sloterdijk

La grave cuestión que se le plantea a la humanidad es: si el humanismo tradicional ha fracasado como escuela de domesticación, y no hay alternativa al mismo, ¿qué amansará (domesticará) a los hombres de manera que no se embrutezcan?

Para hallar respuesta a esta urgente pregunta, Sloterdijk superará la filosofía pastoral ontológica de Heidegger considerando que el hombre, o ser-sostenido-dentro del Ser, más que una cuestión ontológica es una cuestión de historia social.

El hombre, en el parecer de Sloterdijk (y como ya señalara Ortega), tiene historia social, determinada a su vez por una historia natural y una historia cultural:

Historia natural: a través de la cual el hombre se convirtió en animal abierto al mundo (animal de realidades según Zubiri). Explicaría la aventura de la hominización que daría lugar a la revolución antropogenética. Heidegger la obvió en su intento por preservar ontológicamente puro el punto de partida del hombre como ser-ahí y ser-en-el mundo.
El proceso de humanización provocaría que el hombre, como animal, se precipitase fuera de su entorno para entrar en la casa del Ser: el lenguaje.

Historia cultural: la casa del lenguaje a través de la cual el hombre se dotó de antropotécnicas (técnicas domesticadoras) para amansar su animalidad.
Una vez que el hombre se tornó sedentario y se instaló en la casa del lenguaje, se obligó a un proceso de civilización (amansamiento o domesticación).

El claro del bosque heideggeriano, en realidad, sería un paso fronterizo entre la historia natural y la historia cultural del hombre.

Según Sloterdijk, la compleja realidad bio-política entre casa/hombre/animal generaría problemas de relación en la vida hogareña que obligaría al hombre a construir teorías por tal de solventarlos.
La construcción de una teoría requería una mirada serena para mirar por la ventana de la casa, es decir, obligaba a contemplar los claros del bosque dentro de los muros del hogar. En este sentido, el paseo (movimiento + reflexión) también sería producto de la vida hogareña, pues el paseante que medita por caminos del campo y del bosque (Heidegger) también regresa finalmente a casa.
Por tanto, señala Sloterdijk, la casa (historia social) del hombre es tan importante como el paseo (meditación ontológica) en el claro del bosque.

Conclusión: el claro del bosque no es solo un lugar para la meditación expectante (Heidegger) sino que también es un campo de batalla donde se decide y se selecciona. No es suficiente la filosofía pastoral pasiva de la meditación sino que hay que decidir y elegir a través de la acción (Ortega).
Levantar casas (sociedades) implica tomar decisiones: ¿qué hacer con los hombres que las habitan? ¿Qué tipo de hombres deben habitarlas?

Para responder a estas preguntas, sobre todo en lo que se refiere al tipo de hombre que debería habitar las casas (sociedad),  Sloterdijk propone hablar sin miedo sobre nuevas técnicas de domesticación (antropoctécnicas) y técnicas de selección (eugenesia y selección prenatal). Propone hablar y tenerlas en consideración, pero en absoluto aboga por implantarlas inevitablemente.
Y para apoyar su propuesta, sobre pensar en un nuevo post-humanismo que se sirviese de nuevas técnicas  de domesticación y selección del ganado humano, analiza y rescata el pensamiento de dos grandes filósofos: Nietzsche y Platón.

Nietzsche

Según Sloterdijk, Nietzsche vio la gravedad del tema que nos ocupa: ¿qué tipo de hombres deberían habitar las sociedades futuras?
En "Así habló Zaratustra" ya se hizo referencia a un tipo de hombre empequeñecido por la virtud humanista.
Zaratustra, paseando junto a una fila de casas, se dio cuenta de que las viviendas tenían los portales muy bajos, pues los hombres se habían vuelto más pequeños debido a la doctrina de la felicidad y la virtud (humanismo).
Zaratrustra se dio cuenta de que los hombres (humanismo) eran criadores exitosos; y se dio cuenta de que había una necesaria relación entre leer, estar sentado y apaciguado.
¿Qué hay detrás de dicha relación sospechada por Zaratustra?
Nietzsche vio con claridad que esa tríada, leer/sentado/apaciguado, evidenciaba que, a través de la hábil asociación de ética y genética, los hombres se habían autosometido al amansamiento poniendo en marcha un proceso de selección y cría orientado a la docilidad del animal doméstico (ganado humano). Nietzsche se dio cuenta de que no había nada de ingenuo ni cándido en que los hombres fuesen criados para la candidez.
Pero Nietzsche fue más allá y vislumbró la existencia de un conflicto de base entre criadores del hombre hacia lo pequeño y los criadores hacia lo grande; un conflicto entre humanistas (empequeñecedores) y super-humanistas.
Los malos lectores (fascismos) vieron en la idea del superhombre una propuesta de evasión hacia la animalidad, pero lo que Nietzsche pretendía era diferenciar lo demasiado humano de lo humano. Lo que Nietzsche señaló de forma clara fue:

Los hombres son animales de los cuales unos crían a sus semejantes, mientras los otros son criados.

Conclusión: Nietzsche vio que la misma cultura literaria (humanista) era en sí misma fuertemente selectiva: letrados vs iletrados. Y nos alertó de que era necesario superar la candidez del humanismo; esa candidez que hizo que el humanismo (ebrio de virtudes) no viese que, a lo largo de la historia, lecciones y selecciones han ido estrechamente unidos.
La propia candidez (virtuosa) que subyace en el humanismo, le genera un malestar en el poder de elegir, es decir, los hombres se niegan explícitamente a ejercer el poder de selección, dando lugar a una ética de las acciones de omisión.

Ética de las acciones de omisiónpostularía que es preferible no hacer, permanecer sentado y apaciguado, antes que actuar y ser rechazado y/o estigmatizado por la masa civilizada (mansa y domesticada). De esta manera, vemos que el humanismo no consiste tan solo en la amistad del hombre con el hombre, sino que el hombre representa para el hombre la máxima violencia; una violencia que se legitimaría contra aquellos que abogasen por una ética de acción de hechos.
Así, Nietzsche puso de manifiesto la violencia enmascarada que subyacía en la propia razón de ser del humanismo.

Platón

Si Nietzsche desenmascaró la falsa candidez del humanismo, Platón, siglos antes, ya postuló la necesidad de seleccionar a los buenos pastores (criadores y domesticadores).
En "El político", Platón presenta, en el parecer de Sloterdijk, la carta magna de una politología pastoral europea: la necesidad de buenos criadores para seleccionar al mejor tipo de hombre.
Platón habló de la comunidad humana como si de un parque zoológico se tratara (parque humano) y se preguntó sobre cómo debería ser el buen pastor encargado de la cría y selección del ganado humano.
Platón abordó un tema tabú para el humanismo tradicional: la desigualdad entre los hombres.
Decía Platón que la desigualdad entre hombres podría considerarse gradual o específica.
Una desigualdad gradual entre cuidadores y protegidos presupondría que el rebaño tendría capacidad de elegir a los mejores pastores, mientras que una desigualdad específica consideraría que el rebaño tendría que elegir con conocimiento de causa al mejor pastor.
El arte del pastoreo podía ser violento-tiránico o voluntario; el primero estaría basado en la fortaleza guerrera y el segundo en la prudencia filosófica, y lo óptimo sería equilibrar ambas fuerzas en el programa de crianza y selección del ganado humano. Ambos extremos serían indeseables, pues un exceso de fortaleza guerrera conduciría a una sociedad militarizada, pero un exceso de prudencia filosófica conduciría a una relajación en la vida urbana que conduciría a la esclavitud o autoinmolación vital.
Platón se hace eco, de nuevo, de esa ética de la acción por omisión (exceso de virtud humanista) que podría llevar a una sociedad a un estado de esclavitud (ser subyugada por otras civilizaciones o sociedades).

Conclusión: las sociedades actuales ya no solo están desasistidas por los dioses, sino que también los más sabios se han retirado (a leer, sentados y apaciguados) olvidándose del cuidado del hombre.
Y de los sabios del pasado ya solo quedan sus libros, pero ¿quiénes los leen?
Ante semejante panorama ¿no cabría preguntarnos, sin miedocómo se deberían realizar las nuevas tareas post-humanistas para garantizar la cría y selección de un ganado humano que no se abandonara a la barbarie (embrutecimiento) pero  tampoco a la autoinmolación vital (candidez humanista).