Introducción.
Desde muy pequeño he tenido curiosidad por todo, por cualquier tipo de saber relacionado con el mundo y los seres humanos. Durante mi etapa de escolar recuerdo que devoraba y leía compulsivamente, lo mismo la literatura prohibida que mis progenitores escondían detrás de una estantería, que las revistas eróticas y satíricas de mi padre (Lib y "El Papus"); también alucinaba con las páginas de sucesos de "El Caso" y con su consulta sexológica, donde descubrí a Masters y Johnson muchos años antes de que me los presentaran oficialmente en la facultad.
Todo me interesaba.
Después de "empaparme" precozmente de lecturas para adultos, y tras la censura que mi madre impuso cuando ya fue demasiado tarde, me convertí en un voraz lector de cómics y de libros de ciencia ficción. Al llegar al instituto me aficioné, también, a la lectura de "revistas para chicas" (Vale y Súper Pop); lo mismo me las prestaban las compañeras de clase que se las pillaba a mi desprevenida hermana.
Con los programas de televisión me pasaba lo mismo; podía quedarme "embobado" viendo "La Clave", mientras mi padre y mi hermano conspiraban contra mí para cambiar de canal y ver un aburrido partido de fútbol. Pero, sobre todo, podía pasarme horas y horas viendo dibujos animados (me encantaba el gato Jinks de "Pixie y Dixie").
La verdad es que, actualmente, también disfruto con mis hijos viendo "Hora de aventuras", "Historias corrientes" o "Gumball", una animación llena de humor inteligente. Siempre es sano, para lograr un buen equilibrio emocinal y estar a la última, no perder el hilo comunicativo y afectivo con las nuevas generaciones. Y lo último en series de tv, para telespectadores que aspiren a algo más que ver superhéroes con poderes sobrenaturales, se llama "Por trece razones".
Por 13 razones.
Mi hija, complicada adolescente allá donde las hubiere, me informó sobre la última novedad de Netflix: la serie de tv "Por trece razones", basada en la novela de Jay Asher. Ella ya se había leído el libro, pero no le gustó en exceso. Sin embargo, yo decidí ver la serie, porque el difícil mundo de la adolescencia siempre resulta tan interesante como enigmático para los padres.
La magnífica serie "Por trece razones", en la misma línea reflexiva que "Leftovers", nos sumerge de lleno en las vidas cotidianas de un grupo de adolescentes que serán, al tiempo, seres atormentados y "atormentadores", víctimas y verdugos de sí mismos y de los demás.
La serie hace suya y defiende con una gran calidad humana y artística (fotografía, guión, actuaciones...) la máxima de Hermann Hesse: "No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno".
Por esto mismo, este nuevo producto de Netflix es una serie inteligente que trata sobre los sentimientos y las emociones, pero en absoluto desde una perspectiva pueril o ñoña, sino desde un realismo que, por momentos, puede llegar a resultar angustiante para el espectador dispuesto a empatizar con el dolor de los personajes.
El error común de los adultos consiste en minimizar y quitarle importancia a esos pequeños e insignificantes sentimientos de los adolescentes; sentimientos que se nos antojan desbordados y desproporcionados. No entendemos que un problema, insignificante ante nuestros ojos de adultos, pueda ser vivenciado por un adolescente como algo trágico que le haga experienciar un dolor existencial insoportable. Tan insoportable como para hacerle fantasear con ideas suicidas o, incluso, conducirle al suicidio.
Catarsis introspectiva.
Siempre suelo decir que las mejores obras de arte, de cine y televisión, como en el caso que nos ocupa, son las que sugieren, las que permiten que las conciencias de los espectadores se abran a las diferentes posibilidades de sentir y vivenciar que les ofrece la realidad en la ficción.
Y "Por trece razones" logra, sobradamente, el objetivo de hacernos reflexionar a través de la ficción para, así, poder autodescubrirnos a nosotros mismos en nuestro singular y particular ser-en-sí, y también poder descubrir a los demás en el ser-ahí del ex-sistere.
Aunque es bien sabido que el ser humano es constitutivamente un yo individual, pero también un yo social y un yo histórico, no solemos reflexionar, al menos con suficiente atención meditativa, sobre cómo nuestra conciencia (yo personal) se relaciona con y en lo "otro"; cómo se socializa y llega a conciliar o equilibrar la verdad del sí-mismo con la verdad en y con los demás.
Sin embargo, la adolescencia es un período crítico de obligada reflexión; una etapa evolutiva en la que el yo egocéntrico del niño debe crecer para abrirse al mundo, a los demás y a la sociedad en general. Nadie puede escapar de esta dura prueba de fuego que es la adolescencia, y que exige crecer y madurar. Una etapa complicada, porque al joven que se desconozca por completo a sí mismo, le será muy díficil empatizar socialmente para poder conectar con los demás. Pero al adolescente encerrado en sí mismo, obsesivamente instrospectivo y celoso defensor de la verdad de un yo narcisista y prepotente, también le resultará casi imposible relacionarse satisfactoriamente en y con lo otro.
Lo más interesante de esta serie es que conseguirá que muchos adolescentes se identifiquen con el dolor y el sufrimiento de los jóvenes personajes; pero, atención, porque creo que para los adultos la serie abrirá muchas más posibilidades, pues ellos podrán volver a vivenciar (rememorar) cómo fueron sus adolescencias, podrán cuestionarse su rol actual como padres o, incluso, podrán juzgar la figura del orientador del instituto (personaje clave en la trama de "Por trece razones").
De hecho, toda la serie es, en sí misma, un gran juicio; un juicio bien orquestado a la moral y la ética, un juicio al concepto de verdad; un juicio a las víctimas y a los verdugos. Un juicio inteligente sobre el animal de realidades que es el ser humano.
Hannah Baker
¿Cómo se ve a sí mismo un adolescente?
La mayoría de los adolescentes suelen ser muy severos consigo mismos; ven imperfecciones y defectos donde no los hay, o los sobredimensionan y exageran en caso de que los haya. Les resulta imposible obtener una autoimagen nítida y clara de sí mismos, por lo que necesitan verse y reconocerse a través de los diferentes espejos que les proporcionan los demás; a través de las miradas y, sobre todo, de las críticas y opiniones de los demás.
Hannah Baker, la protagonista de "Por trece razones", como todos los adolescentes, también necesitó conocerse a sí misma a través de las miradas y la opinión crítica de los demás. Lo tenía todo a su favor, pues era una chica guapa, simpática e inteligente que, además, comenzaba una nueva vida en una nueva ciudad donde tendría la oportunidad de conocer a nuevos amigos. Y, a pesar de todo ello, se suicidó.
¿Pero por qué se suicida una chica guapa, sociable e inteligente que, a priori, parece tenerlo todo a su favor para ser feliz y tener éxito en la vida?
La propia Hannah Baker nos dará las "trece razones" que, según ella, le condujeron al suicidio; nos explicará la verdad vivenciada (su verdad) que le instó a acabar con su vida.
Obsérvese que he escrito verdad vivenciada, porque la verdad, cuando hablamos de sentimientos, nunca es objetiva, sino que es un sentir experienciado que adquiere un modo de ser real en la conciencia individual de cada sujeto,
El hecho de que la verdad de Hannah sea una verdad vivenciada, única y personal, dificultará que pueda ser comunicada, tanto al resto de personajes de la serie como a los propios telespectadores. Por eso Hannah, en un intento desesperado por comprenderse a sí misma y salvarse del suicidio ("darle una última oportunidad a la vida") decidirá verbalizar su verdad, racionalizarla (dar razones) para buscar un sentido a su sufrimiento; para encontrar una salida alternativa al suicidio.
La verdad verbalizada.
La única razón por la que alguien se obliga a verbalizar, convertir en logos su íntima verdad vivenciada, es para compartirla con los demás.
Hannah desnudó su alma, su sufrimiento personal, para que este, ya objetivado, explicado y racionalizado, pudiera ser entendido por los demás. Pensaba Hannah, como piensa todo creador que busca la cura de un dolor personal, que cuando la verdad vivenciada es asumida socialmente adquiere carácter de universal; la verdad personal se convierte en más "verdadera" y auténtica, porque pasa de manifestarse como un modo de ser real, oculto en la conciciencia individual, a desvelarse como verdad en el ex-sistere, en y con los demás.
La verdad íntima desvelada adquirirá status de auténtica verdad en la medida que sea compartida con los demás, de la misma manera que se nos antoja que la verdad que ocultamos y no reconocemos (ante los otros) no podrá legitimarse como auténtica.
Hannah grabará en unas cintas de cassette las razones que le empujaron al suicidio, y dejará instrucciones para que dichas cintas lleguen a los protagonistas de las mismas: a todos aquellos chicos y chicas que, directa o indirectamente, tuvieron algo que ver con su fatídica decisión final. Así, la vivencia de Hannah se hará verbo, y el verbo se convertirá en Verdad.
Ya antes, sin embargo, Hannah ensayó otra vía artística y creativa para superar su dolor: la poesía. Pero cuando parecía que el descubrimiento de la vía poética podría salvarla de su angustia existencial, la sensibilidad blanda de Hannah, muy fácil y susceptible de ser herida, le impidió recorrer ese camino de salvación.
Perfiles de personalidad.
Ya hemos dicho que Hannah era una chica guapa, simpática e inteligente, pero ¿cómo era Hannah emocionalmente?
En mi opinión, Hannah era extremadamente sensible, poseía un marcado rasgo de sensibilidad blanda, fácil de herir.
A lo largo de todos los capítulos de la serie se suceden episodios en los que Hannah se siente herida y ofendida, no solo cuando objetivamente es agredida verbalmente por sus compañeros de instituto, sino también cuando interrelaciona con sus amigos más íntimos y estos no responden a sus expectativas afectivas o no muestran excesivo tacto emocional en sus conductas. Hannah se siente defraudada a menudo, sobre todo por su mejor amigo (Clay), que es un chico, también hay que decirlo, que no es demasiado hábil en las relaciones sociales y al que le cuesta empatizar con los demás e interpretar el entorno circundante.
De hecho, Hannah era una chica de una gran inteligencia emocional, pero que no tenía mecanismos de defensa resistentes para superar la frustración y la decepción que le generaban sus relaciones con chicos y chicas más primarios emocionalmente, más inmaduros, en definitiva, que ella.
El mejor amigo de Hannah, Clay Jensen, también era un chico muy inteligente, pero mostraba una importante inmadurez emocional. Esto exasperaba a Hannah, pues Clay era honesto y sincero, un chico imaginativo como ella y una persona de confianza. Pero Clay no captaba las sutiles señales que le mandaba Hannah, bien a través de códigos de comunicación no verbal o mediante guiños intencionados (bromas, mensajes con doble sentido...). ¡Tonto! ¿No ves que estoy por ti?, parecía decirle una y otra vez a Don Casco (mote que Hannah le había puesto a Clay). Pues no, Clay no lo veía, pues no era capaz de interpretar las sutiles señales del entorno, menos aún las de la íntima amiga por la que él sentía un gran afecto, pero, al tiempo, pensaba que estaba fuera de su alcance para llegar a ser algo más.
Negación de la verdad de Hannah
Ya hemos explicado cómo una verdad personal e íntima, que solo puede vivenciarse en la conciencia del sujeto, necesita ser compartida y reconocida por los "otros" para poder ser sancionada públicamente como Verdad objetiva.
Las trece razones que Hannah graba en una cassette constituyen, de hecho, la verbalización necesaria para que la verdad experienciada por ella sea reconocida por los demás (sus compañeros) como objetiva y real en el ser-ahí del mundo, y no solo en el ser-en-si de la conciencia de la propia Hannah.
Pero además de ser verbalizada, la verdad de Hannah necesita ser confesada para, así, poder "dar otra alternativa a la vida" y superar las tentaciones suicidas.
El papel de confesor, en la serie, le correspondió al orientador del instituto; un individuo que se obligaba a empatizar con el dolor de los alumnos, pero que, como quedó reflejado en la entrevista que mantuvo con Hannah, carecía de la formación propia de un psiquiatra o un psicólogo.
Cuando Hannah, armándose de valor, decidió confesarle al orientador la verdad de su violación, este, quizás, no estuvo a la altura de las circunstancias.
Pienso que la escena entre Hannah y el orientador (la última de las trece razones de su suicidio) es clave para entender la decisión final de la joven adolescente.
Hannah, desde luego, no supo verbalizar con suficiente claridad objetiva si había sido violada o, tan solo, se arrepentía de haber tenido una relación sexual confusa o insatisfactoria.
Efectivamente, los telespectaores sabemos que Hannah fue violada, por la sencilla razón de que fuimos testigos de su negativa (verbalizada) a tener relaciones sexuales con su violador. Pero Hannah no hizo nada, más allá de negarse, con voz trémula y débil, a tener sexo; no gritó, no forcejeó, no luchó para zafarse de su agresor, el cual, como se aprecia en la serie, mancilló a Hannah con relativa facilidad.
La manera en que Hannah le relata su vivencia al orientador, reconociéndole que no opuso resistencia, hace que éste dude sobre la veracidad que Hannah verbalizó, aunque la joven (insisto en este punto) dejara bien claro que ella le pidió a su agresor que parase y no consumase el acto de violación.
Cuando Hannah salió del despacho del orientador, esperó unos minutos fuera, con la esperanza de que el confundido orientador saliese detrás de ella y la "salvara", no ya solo aceptando su verdad, sino acompañándola y ofreciéndole apoyo emocional. No fue así.
¿Cuándo se produce una violación?
Desde el momento en que la voluntad de un individuo vulnera la de otro.
Yo lo veo como un conflicto entre voluntades. La voluntad del sujeto que impone sus deseos de poseer, agredir o humillar, contra el sujeto que no desea que su libertad sea vulnerada. Al final, siempre se reduce todo a la lucha entre el fuerte y el débil. Triste, pero cierto.
A lo largo de la serie se suceden dos violaciones, y en ninguna de ellas las chicas mancilladas oponen resistencia. En el primer caso, la chica yace inconsciente por embriaguez y el violador aprovecha la ocasión para imponer su voluntad. Hannah, sin embargo, está consciente en todo momento; es más, está aterrada, paralizada y bloqueada, y solo acierta a decirle a su agresor que pare. No sabe cómo frenar a su agresor con contundencia y la violación se consuma ante la aparente pasividad de Hannah.
No importa que las dos víctimas, por causas distintas, permanecieran pasivas ante la agresión. Lo importante es que en ninguno de los dos casos fue respetada la libertad de las agredidas a negarse. La chica inconsciente no pudo ejercer, sencillamente, su libertad para decidir si deseaba o no mantener relaciones sexuales, pero Hannah sí ejerció su libertad para negarse, aunque fuese tímidamente y bloqueda por el miedo. Ninguna de las dos libertades de las víctimas fueron respetadas.
La violación de Hannah produce dolor en el telespectador, porque éste ya se ha convertido en cómplice de su sufrimiento a lo largo de varios capítulos. El espectador, que ya ha empatizado con Hannah, entiende que es un chica sensible y fácil de herir, pero, cuando llega la terrible escena de la violación, no puede por menos que exclamar: ¡Haz algo! ¡Grita, patalea, pide ayuda! Y, entonces, el espectador amigo no puede evitar, inconscientemente, culpar a Hannah y convertirse en su peor enemigo; porque Hannah le defrauda, la joven sumisa le falla y no responde como él hubiese deseado que respondiera; porque, en definitiva, la pasividad de Hannah duele mucho más que la violación en sí misma. La violación, al ser consumada sin resistencia, resulta doblemente dolorosa y terrible a los ojos del telespectador, porque no solo se vulnera la libertad de Hannah cuando dice "no", sino que, además, parece que la víctima legitime la agresión como una relación sexual consentida.
Esta aparente legitimación de la violación, malinterpretándola como una relación sexual consentida, constituye en sí misma una segunda violación.
Todo individuo que es agredido y humillado se siente culpable de ser como es; ser débil y no saber defender la propia dignidad e integridad personal ya es muy doloroso de por sí. Para cualquier víctima, cuya voluntad ha sido violada, resulta bastante difícil vivir con la vergüenza de sentirse cobarde o fracasada como para, además, tener que soportar las miradas de quienes, quizás sin darse cuenta, les reprenden por su pasiva forma de ser; máxime si dichas miradas son las de sus seres más queridos.
Para los chicos que sufren acoso escolar, por ejemplo, resulta casi más dolorosa la mirada de desaprobación, cuando no de desprecio, de un padre herido en su orgullo, que las miradas burlonas y despectivas de los propios agresores. ¿Por qué tengo un hijo tan "nenazas"? se preguntan muchos padres en silencio aunque, en ocasiones, la rabia y la impotencia les hacen verbalizar sus sentimientos, arrojándolos, inmisericordes, a la cara del hijo que no responde a sus expectativas.
Toda víctima, máxime si es un joven adolescente, necesita comprensión y afecto; necesita apoyo emocional que le haga superar no solo la agresión, sino también la vergüenza y el desprecio que siente contra sí mismo.
En fin, una serie de tv inteligente, para ver, para reflexionar y para sentir.
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martes, 18 de abril de 2017
lunes, 10 de agosto de 2015
Hermann Hesse en "Los Hijos del III Reich"
Hace tiempo que deseaba ver "Los Hijos del III Reich", una miniserie alemana (dos capítulos) que narra las vivencias de un grupo de 5 amigos durante la II Guerra Mundial.
La serie es magnífica y cuenta con una excelente fotografía, un buen guión y una cuidadosa ambientación de la época. ¡Sobresaliente y muy recomendable!
Sin embargo, en esta breve entrada, no pretendo reflexionar sobre "Los Hijos del III Reich", sin duda una producción cinematográfica a la altura de otras dos grandes películas alemanas: "El Puente" ("Die Brücke") y "El Hundimiento" ("Der Untergang").
En esta ocasión (pues en otra, Dios dirá) mi intención es la de señalar la presencia del espíritu de Hermann Hesse en uno de los personajes: el joven Friedhelm (interpretado por el actor Tom Schilling).
Friedhelm es, sin duda, un viajero del Círculo (ver "El Viaje a Oriente, de Hesse), un ávido lector (¿intelectual?) que rechaza la guerra pero que se ve inmerso en la misma, víctima de las circunstancias.
El joven Friedhelm, tachado de cobarde por sus compañeros, intenta mantenerse al margen de lo que él considera la farsa nacionalsocialista. Así, vive apartado y estigmatizado por su grupo de iguales (compañeros de armas), mientras se dedica a leer libros.
Primera presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Durante una de las lecturas de Friedhelm, la cámara realiza un significativo zoom (primer plano) para mostrarnos qué libro está leyendo: "Demian".
A quienes hemos leído "Demian" no se nos pueden escapar los evidentes paralelismos entre el protagonista de la novela de Hesse, el joven Emile Sinclair, y el estigmatizado Friedhelm:
Ambos jóvenes están perdidos y buscan un guía o un camino de salvación; los dos se sienten aislados del grupo, incomprendidos y ajenos al gregarismo uniformador que pretende "domarles". Sin embargo, mientras que Sinclair logra "salvarse" a través de su amistad con Demian (espíritu afín), Friedhelm no encuentra a un "igual" en el que reconocerse. De hecho, el hermano de Friedhelm es un héroe veterano, además del teniente que comanda su unidad, lo cual hace todavía mucho más difícil su situación.
Así pues, a falta de un guía o referente "salvador", Friedhelm acabará perdiéndose y dejará de ser un viajero del Círculo, dejará de buscarse a sí mismo y acabará fusionándose con la realidad; terminará aceptando su condición de soldado del III Reich, se "deshumanizará" y se endurecerá hasta acabar cometiendo actos inmorales que él mismo, antes de su "transformación", criticaba con apasionado fervor.
Segunda presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Antes de la rendición completa de Friedhelm, frente a las adversas circunstancias, todavía parece quedar un atisbo de esperanza para él cuando llega un joven soldado de reemplazo.
El joven soldado recién llegado le confiesa su intención de ir a estudiar filosofía con Heidegger, a Friburgo, en cuanto acabe la guerra. Mientras, el ya resabiado Friedhelm, lo mira con desconfianza, pues, aunque moralmente derrotado y deshecho, todavía se resiste a renegar de sí mismo y rendirse ante los seductores cantos de sirena del nacionalsocialismo, una promesa suprematista que llegó a seducir a Heidegger, pero no a Hermann Hesse.
Tercera presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Pero es cuando Friedhelm, finalmente, se rinde ante la realidad de las circunstancias, cuando la película nos regala la mejor secuencia en forma de un guiño, sin suda inspirado en "El lobo Estepario" y "El viaje a Oriente":
Friedhelm, agotado y decaído, reposa sentando junto a un árbol cuando, de repente, se le acerca un magnífico ejemplar de lobo (¿un lobo estepario?).
El lobo mira fijamente a Friedhelm por unos segundo y, finalmente, le gruñe, reprochándole en lo que se había convertido.
La figura del lobo de la estepa es recurrente en la obra de Hesse y, además de dar título a su célebre novela "El lobo estepario", es una figura que está cargada de simbolismo: representa la auténtica libertad, la libertad de quienes se reconocen y se aceptan a sí mismos prescindiendo de las presiones gregarias del grupo; representa la supremacía de la voluntad del yo individual frente a las imposiciones y coacciones del yo colectivo y uniformador.
Una escena muy parecida acontece en "El viaje a Oriente", cuando el desorientado H.H, después de haber abandonado el Círculo de viajeros, es puesto a prueba por Leo por tal de ver si aún tiene salvación y puede redimirse de sus pecados: un lobo se cruza en el camino de H.H y solicita su atención, pero él se desentiende y lo rechaza. Prueba no superada, como se verá al final del relato.
En el caso de Friedhelm, es el propio lobo (su auténtico yo reprimido) el que se le aparece y se le encara para "afearle" su claudicación ante las circunstancias.
Cuarta presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Lo lógico, siguiendo el recorrido de "autocuración" literario de las obras de Hermann Hesse, hubiese sido que tras la desorientada búsqueda y la transitoria claudicación llegase la redención o salvación del personaje (como sucede en los casos de "Demian", "El Lobo Estepario" o "El Viaje a Oriente).
Sin embargo, el joven Friedhelm, siguiendo los pasos de los protagonistas secundarios de "Bajo las ruedas" y "Gertrudis", opta por el suicidio vital; pierde la fe y la esperanza y se autoinmola lanzándose contra los enemigos.
A pesar del "pesimista" final, quizás obligado por tal de acentuar la crítica de lo que supuso el suprematismo nacionalsocialista, no cabe duda de que Hesse está presente en la excelente "los Hijos del III Reich" a través del angustiado personaje de Friedhelm.
La serie es magnífica y cuenta con una excelente fotografía, un buen guión y una cuidadosa ambientación de la época. ¡Sobresaliente y muy recomendable!
Sin embargo, en esta breve entrada, no pretendo reflexionar sobre "Los Hijos del III Reich", sin duda una producción cinematográfica a la altura de otras dos grandes películas alemanas: "El Puente" ("Die Brücke") y "El Hundimiento" ("Der Untergang").
En esta ocasión (pues en otra, Dios dirá) mi intención es la de señalar la presencia del espíritu de Hermann Hesse en uno de los personajes: el joven Friedhelm (interpretado por el actor Tom Schilling).
Friedhelm es, sin duda, un viajero del Círculo (ver "El Viaje a Oriente, de Hesse), un ávido lector (¿intelectual?) que rechaza la guerra pero que se ve inmerso en la misma, víctima de las circunstancias.
El joven Friedhelm, tachado de cobarde por sus compañeros, intenta mantenerse al margen de lo que él considera la farsa nacionalsocialista. Así, vive apartado y estigmatizado por su grupo de iguales (compañeros de armas), mientras se dedica a leer libros.
Primera presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Durante una de las lecturas de Friedhelm, la cámara realiza un significativo zoom (primer plano) para mostrarnos qué libro está leyendo: "Demian".
A quienes hemos leído "Demian" no se nos pueden escapar los evidentes paralelismos entre el protagonista de la novela de Hesse, el joven Emile Sinclair, y el estigmatizado Friedhelm:
Ambos jóvenes están perdidos y buscan un guía o un camino de salvación; los dos se sienten aislados del grupo, incomprendidos y ajenos al gregarismo uniformador que pretende "domarles". Sin embargo, mientras que Sinclair logra "salvarse" a través de su amistad con Demian (espíritu afín), Friedhelm no encuentra a un "igual" en el que reconocerse. De hecho, el hermano de Friedhelm es un héroe veterano, además del teniente que comanda su unidad, lo cual hace todavía mucho más difícil su situación.
Así pues, a falta de un guía o referente "salvador", Friedhelm acabará perdiéndose y dejará de ser un viajero del Círculo, dejará de buscarse a sí mismo y acabará fusionándose con la realidad; terminará aceptando su condición de soldado del III Reich, se "deshumanizará" y se endurecerá hasta acabar cometiendo actos inmorales que él mismo, antes de su "transformación", criticaba con apasionado fervor.
Segunda presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Antes de la rendición completa de Friedhelm, frente a las adversas circunstancias, todavía parece quedar un atisbo de esperanza para él cuando llega un joven soldado de reemplazo.
El joven soldado recién llegado le confiesa su intención de ir a estudiar filosofía con Heidegger, a Friburgo, en cuanto acabe la guerra. Mientras, el ya resabiado Friedhelm, lo mira con desconfianza, pues, aunque moralmente derrotado y deshecho, todavía se resiste a renegar de sí mismo y rendirse ante los seductores cantos de sirena del nacionalsocialismo, una promesa suprematista que llegó a seducir a Heidegger, pero no a Hermann Hesse.
Tercera presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Pero es cuando Friedhelm, finalmente, se rinde ante la realidad de las circunstancias, cuando la película nos regala la mejor secuencia en forma de un guiño, sin suda inspirado en "El lobo Estepario" y "El viaje a Oriente":
Friedhelm, agotado y decaído, reposa sentando junto a un árbol cuando, de repente, se le acerca un magnífico ejemplar de lobo (¿un lobo estepario?).
El lobo mira fijamente a Friedhelm por unos segundo y, finalmente, le gruñe, reprochándole en lo que se había convertido.
La figura del lobo de la estepa es recurrente en la obra de Hesse y, además de dar título a su célebre novela "El lobo estepario", es una figura que está cargada de simbolismo: representa la auténtica libertad, la libertad de quienes se reconocen y se aceptan a sí mismos prescindiendo de las presiones gregarias del grupo; representa la supremacía de la voluntad del yo individual frente a las imposiciones y coacciones del yo colectivo y uniformador.
Una escena muy parecida acontece en "El viaje a Oriente", cuando el desorientado H.H, después de haber abandonado el Círculo de viajeros, es puesto a prueba por Leo por tal de ver si aún tiene salvación y puede redimirse de sus pecados: un lobo se cruza en el camino de H.H y solicita su atención, pero él se desentiende y lo rechaza. Prueba no superada, como se verá al final del relato.
En el caso de Friedhelm, es el propio lobo (su auténtico yo reprimido) el que se le aparece y se le encara para "afearle" su claudicación ante las circunstancias.
Cuarta presencia del espíritu de Hermann Hesse.
Lo lógico, siguiendo el recorrido de "autocuración" literario de las obras de Hermann Hesse, hubiese sido que tras la desorientada búsqueda y la transitoria claudicación llegase la redención o salvación del personaje (como sucede en los casos de "Demian", "El Lobo Estepario" o "El Viaje a Oriente).
Sin embargo, el joven Friedhelm, siguiendo los pasos de los protagonistas secundarios de "Bajo las ruedas" y "Gertrudis", opta por el suicidio vital; pierde la fe y la esperanza y se autoinmola lanzándose contra los enemigos.
A pesar del "pesimista" final, quizás obligado por tal de acentuar la crítica de lo que supuso el suprematismo nacionalsocialista, no cabe duda de que Hesse está presente en la excelente "los Hijos del III Reich" a través del angustiado personaje de Friedhelm.
viernes, 22 de mayo de 2015
"El viaje a Oriente" (análisis personal introspectivo).
Comentaba en mi entrada anterior que la última lectura de "El viaje a Oriente", de Hermann Hesse, me había sugerido nuevas "sensaciones", muy diferentes a las que experimenté siendo mucho más joven, cuando leí por primera vez el introspectivo relato del escritor alemán.
Hoy "siento" de manera diferente este pequeño libro; lo saboreo de forma distinta y lo valoro desde una nueva perspectiva vital.
Cuando era joven tan solo vi "poesía" en este onírico relato de Hesse; disfruté con la fantasía que de él emanaba y me "distraje" paladeando su sugestiva prosa, seductora y hermosa a un tiempo.
Sí, es cierto que ya entonces percibí el carácter angustiado y atormentado del viajero H.H; es cierto que, de alguna manera, "comprendí" que éste era un ser "perdido" en el mundo que deseaba encontrar un camino "salvador". Sin embargo, no realicé ningún análisis reflexivo que me permitiese "profundizar" más allá, ni en la psicología del protagonista ni en el fin último de dicho relato.
No podía, entonces, llegar mucho más lejos en la lectura de "El viaje a Oriente", porque, de hecho, yo tampoco había llegado demasiado lejos en mi vida.
Y es que, durante la primera lectura que hice de "El viaje a Oriente", yo mismo era un alegre viajero del Circulo; alguien que todavía leía por placer y no por pura necesidad vital; era alguien que dibujaba y pintaba, y que todavía se deleitaba escuchando música embriagadora a todas horas.
Fui un joven que, en cierta manera, participó en "El viaje a Oriente", como los risueños Klingsor ("El último verano de Klingsor") y Goldmundo ("Narciso y Goldmundo"). Era un joven que solo necesitaba amar y emborracharse de vida o, como le dijera en cierta ocasión a una amiga de la que hoy es mi mujer: "Solo necesitaba tener a mi chica cogida de la mano y en la otra mano una cerveza fresquita".
No me puedo quejar, pues todavía hoy, un par de décadas más tarde, sigo teniendo a la misma chica cogida de mi mano; y de tanto en tanto todavía me puedo permitir "evadirme" de la existencia, que no de la vida, saboreando néctares dionisíacos. Pero ya no soy aquel joven alegre y risueño de antaño. Sin duda he cambiado mucho.
Ahora estoy "perdido", como el angustiado H.H que abandonó el Círculo; y, como él, solo ansío volver a reencontrar el gusto por la vida. De la misma manera que el desorientado H.H dejó de tocar el violín y, peor aún, lo empeñó por un puñado de monedas, así, de forma parecida, dejé yo mismo de pintar y vendí mi preciada colección de discos de vinilo.
Perdidas la fe y la esperanza, ya solo me queda intentar "escribir" el relato de lo que fue mi particular viaje a Oriente. De hecho, intento, como el perdido H.H, entrar de nuevo en el Círculo, para salvarme y para poder seguir viajando; para no quedarme, tan solo, viendo pasar la vida mientras se llega la muerte.
Sí, en esta última lectura de "El viaje a Oriente" he reflexionado mucho más, pues es lo que tiene la metamorfosis vital que te transforma, de un alegre y despreocupado Goldmundo a un analítico y serio Narciso. No soy Goldmundo ni puedo ser ya Klingsor, el pintor vitalista; ni siquiera puedo aspirar a ejercer de loco caballero andante. Ahora soy todo sensatez sanchopancesca.
La vida me ha cambiado, y mi transformación también ha hecho mutar el "sentido" de aquellos libros que otrora configuraron mi biografía vital; y, por supuesto, también cambiaron a los protagonistas de las novelas que leí.
Ya poco me dice Hermann Hesse, porque no creo en Buda ni en la vida contemplativa; no creo en la vida fácil en el valle, ya sea en utópicos Paraísos celestiales o en terrenales y ricos jardines como los que disfrutó el despreocupado Siddharta en su juventud.
He comprendido que la vida no se desarrolla en un plácido valle, generoso y garante de recursos, y en cuyo seno la existencia humana transcurre sin problemas. Tampoco me vale el proceder cobarde de quienes construyen un búnquer virtual en su mente, donde dicen hallar la paz interior con ellos mismos y con el mundo.
He aceptado que no soy Klingsor, el despreocupado y vitalista pintor que también fuera compañero de H.H en el Círculo que viajaba a Oriente; ni soy, pues no me lo permiten mis circunstancias vitales, un loco Quijote, ni siquiera puedo ser el atormentado Hermann Hesse que podía permitirse el lujo de escribir, de la misma manera que los ociosos griegos elucubraron sobre el ser y otros ilustres pensadores se dedicaron al vano deporte de filosofar (Ortega y Gasset).
Los autoengaños están bien, son necesarios, pero no les están permitidos a los hombres de carne y hueso. Bien está que Buda, el místico espiritual, se autoengañase por tal de salvarse de la náusea de la nada; bien está que Cristo se autoengañase por tal de hacernos creer en la inmortalidad del alma.
Perdonado está, por supuesto, mi admirado Hermann Hesse, por haber sabido salvarse del suicidio a través de su introspectiva obra literaria y, de paso, por qué no decirlo, haber conseguido vivir de la palabra, que no de los hechos.
Pero mi salvación, estoy seguro de ello, no está en mi interior ni en la creación de bonitas palabras, sino en los hechos de la vida misma; está en la existencia de mis dos hijos, en el quehacer diario que me insta a salvar circunstancias adversas; en los pequeños placeres cotidianos que me recuerdan, mal que sea por breves instantes, que es mejor estar vivo que muerto.
La vida no es contemplación, sino constante quehacer y proyección futura.
¿Quién quiere ser un gordo Buda eternamente "sentado" y meditando?
¿Quién puede desear "viajar a Oriente" cuando es consciente de que es heredero y portador de aquella ancestral energía vital de Occidente, propia de hombres de carne y hueso?
Hoy "siento" de manera diferente este pequeño libro; lo saboreo de forma distinta y lo valoro desde una nueva perspectiva vital.
Cuando era joven tan solo vi "poesía" en este onírico relato de Hesse; disfruté con la fantasía que de él emanaba y me "distraje" paladeando su sugestiva prosa, seductora y hermosa a un tiempo.
Sí, es cierto que ya entonces percibí el carácter angustiado y atormentado del viajero H.H; es cierto que, de alguna manera, "comprendí" que éste era un ser "perdido" en el mundo que deseaba encontrar un camino "salvador". Sin embargo, no realicé ningún análisis reflexivo que me permitiese "profundizar" más allá, ni en la psicología del protagonista ni en el fin último de dicho relato.
No podía, entonces, llegar mucho más lejos en la lectura de "El viaje a Oriente", porque, de hecho, yo tampoco había llegado demasiado lejos en mi vida.
Y es que, durante la primera lectura que hice de "El viaje a Oriente", yo mismo era un alegre viajero del Circulo; alguien que todavía leía por placer y no por pura necesidad vital; era alguien que dibujaba y pintaba, y que todavía se deleitaba escuchando música embriagadora a todas horas.
Fui un joven que, en cierta manera, participó en "El viaje a Oriente", como los risueños Klingsor ("El último verano de Klingsor") y Goldmundo ("Narciso y Goldmundo"). Era un joven que solo necesitaba amar y emborracharse de vida o, como le dijera en cierta ocasión a una amiga de la que hoy es mi mujer: "Solo necesitaba tener a mi chica cogida de la mano y en la otra mano una cerveza fresquita".
No me puedo quejar, pues todavía hoy, un par de décadas más tarde, sigo teniendo a la misma chica cogida de mi mano; y de tanto en tanto todavía me puedo permitir "evadirme" de la existencia, que no de la vida, saboreando néctares dionisíacos. Pero ya no soy aquel joven alegre y risueño de antaño. Sin duda he cambiado mucho.
Ahora estoy "perdido", como el angustiado H.H que abandonó el Círculo; y, como él, solo ansío volver a reencontrar el gusto por la vida. De la misma manera que el desorientado H.H dejó de tocar el violín y, peor aún, lo empeñó por un puñado de monedas, así, de forma parecida, dejé yo mismo de pintar y vendí mi preciada colección de discos de vinilo.
Perdidas la fe y la esperanza, ya solo me queda intentar "escribir" el relato de lo que fue mi particular viaje a Oriente. De hecho, intento, como el perdido H.H, entrar de nuevo en el Círculo, para salvarme y para poder seguir viajando; para no quedarme, tan solo, viendo pasar la vida mientras se llega la muerte.
Sí, en esta última lectura de "El viaje a Oriente" he reflexionado mucho más, pues es lo que tiene la metamorfosis vital que te transforma, de un alegre y despreocupado Goldmundo a un analítico y serio Narciso. No soy Goldmundo ni puedo ser ya Klingsor, el pintor vitalista; ni siquiera puedo aspirar a ejercer de loco caballero andante. Ahora soy todo sensatez sanchopancesca.
La vida me ha cambiado, y mi transformación también ha hecho mutar el "sentido" de aquellos libros que otrora configuraron mi biografía vital; y, por supuesto, también cambiaron a los protagonistas de las novelas que leí.
Ya poco me dice Hermann Hesse, porque no creo en Buda ni en la vida contemplativa; no creo en la vida fácil en el valle, ya sea en utópicos Paraísos celestiales o en terrenales y ricos jardines como los que disfrutó el despreocupado Siddharta en su juventud.
He comprendido que la vida no se desarrolla en un plácido valle, generoso y garante de recursos, y en cuyo seno la existencia humana transcurre sin problemas. Tampoco me vale el proceder cobarde de quienes construyen un búnquer virtual en su mente, donde dicen hallar la paz interior con ellos mismos y con el mundo.
He aceptado que no soy Klingsor, el despreocupado y vitalista pintor que también fuera compañero de H.H en el Círculo que viajaba a Oriente; ni soy, pues no me lo permiten mis circunstancias vitales, un loco Quijote, ni siquiera puedo ser el atormentado Hermann Hesse que podía permitirse el lujo de escribir, de la misma manera que los ociosos griegos elucubraron sobre el ser y otros ilustres pensadores se dedicaron al vano deporte de filosofar (Ortega y Gasset).
Los autoengaños están bien, son necesarios, pero no les están permitidos a los hombres de carne y hueso. Bien está que Buda, el místico espiritual, se autoengañase por tal de salvarse de la náusea de la nada; bien está que Cristo se autoengañase por tal de hacernos creer en la inmortalidad del alma.
Perdonado está, por supuesto, mi admirado Hermann Hesse, por haber sabido salvarse del suicidio a través de su introspectiva obra literaria y, de paso, por qué no decirlo, haber conseguido vivir de la palabra, que no de los hechos.
Pero mi salvación, estoy seguro de ello, no está en mi interior ni en la creación de bonitas palabras, sino en los hechos de la vida misma; está en la existencia de mis dos hijos, en el quehacer diario que me insta a salvar circunstancias adversas; en los pequeños placeres cotidianos que me recuerdan, mal que sea por breves instantes, que es mejor estar vivo que muerto.
La vida no es contemplación, sino constante quehacer y proyección futura.
¿Quién quiere ser un gordo Buda eternamente "sentado" y meditando?
¿Quién puede desear "viajar a Oriente" cuando es consciente de que es heredero y portador de aquella ancestral energía vital de Occidente, propia de hombres de carne y hueso?
jueves, 14 de mayo de 2015
"El viaje a Oriente" de Hermann Hesse.
Ha vuelto a caer en mis manos el pequeño librito "El viaje a Oriente", de mi estimado Hermann Hesse. Fue mi hija, el otro día, la que me lo entregó después de que el susodicho libro estuviese reposando, no sé durante cuánto tiempo, en su nutrida biblioteca, junto a otros libros.
De hecho, me confesó mi hija, me lo devolvía virgen e inmaculado, sin haber leído ni una sola de sus páginas y para poder "hacer sitio" a otras creaciones literarias más de su gusto.
Supongo que la lectura de "El viaje a Oriente" no era la más adecuada para una niña de 11 años que solo deseaba leer los "tochos" de literatura fantástica de Geronimo Stilton y Kika superbruja.
Ahora, con 13 años, a mi hija le ha dado por leer las novelas romántico-juveniles del ínclito John Greene. Bueno, me digo a mí mismo, poco a poco madurará, y quizás dentro de unos años comience a deleitarse con nuestros Unamuno o Pío Baroja; quizás incluso rebusque en mi egregia biblioteca las obras de Hermann Hesse. Allí estarán, esperándola pacientemente todas ellas.
Volví a releer "El viaje a Oriente", como no podría ser de otra manera, y no sin que antes mi mujer volviese a "señalarme" la patológica compulsión que me obliga a leer libros que ya he leído en otras ocasiones, o que me insta a ver películas que ya he visionado con anterioridad.
Y sin embargo, repetir lecturas no es ejercicio baladí, porque al releer una obra, sobre todo si han pasado unos años desde la última vez que fue leída, se extraen nuevas enseñanzas que otrora nos pasaron desapercibidas.
El libro es el mismo y su contenido sigue exponiendo las mismas ideas que cuando lo leí por primera vez, hace ya la friolera de 17 años. Y, sin embargo, ahora "El viaje a Oriente" se me antoja un libro diferente, distinto... Quizás sea yo quien ha cambiado, ¿tal vez sea yo "el diferente"?
¿Qué es "El viaje a Oriente"?
El libro constituye, en sí mismo, otro de los muchos análisis introspectivos con los que Hesse, a través de la catarsis literaria, intentó salvar su alma; un nuevo ensayo para salvarse de la nada y de la angustia vital.
El viaje a Oriente narra las andanzas y hazañas de un Círculo de viajeros que protagoniza una Cruzada hacia Oriente, siendo "Oriente" una metáfora para referirse a la meta espiritual que cada uno de los viajeros lleva a cabo. Todos los viajeros comparten el mismo viaje y el mismo fin último: buscarse (conocerse) a sí mismos y hallar "el sentido del ser". Pero a veces el grueso del grupo se divide y cada pequeño grupúsculo toma caminos diferentes, pues hay tantos caminos posibles para llegar al fin último (conocimiento) como deseos y voluntades individuales. De hecho, en numerosas ocasiones, algunos viajeros se pierden por algún tiempo y deambulan solitarios hasta que vuelven a reencontrarse con alguno de los grupos del Círculo. Otros, los que pierden definitivamente la fe y la esperanza durante el viaje, nunca regresarán y se olvidarán del Círculo y de todo lo que éste significó en sus vidas.
Pues bien, uno de los viajeros del Círculo que acabará por "perderse" será el propio Hermann Hesse, el cual será el narrador de tan peculiar historia y aparecerá con las siglas "H. H." (sus iniciales).
¿Y qué significará perderse u olvidarse del Círculo?
Olvidar el Círculo, que será tanto como abandonar la mística Cruzada a Oriente, significará perder la esperanza y la fe en cualquier referente espiritual; significará acabar sumido en la angustia existencial a la que aboca, irremediablemente, la razón. Olvidarse del Círculo sería el análogo a olvidarse de uno mismo y de las cuestiones más importantes sobre la vida, a las cuales solo se puede llegar a través de la irracionalidad inherente al ser humano: el arte, la poesía, la religión, la música, la imaginación...
Hermann Hesse, alma atormentada, reconocerá haberse perdido; confesará haber "huido" del Círculo, y se acusará a sí mismo de haber abandonado, cobardemente, el peregrinaje hacia Oriente que habría de darle un sentido a su vida y, por tanto, le salvaría de la nada.
Cuando el propio Hesse se da cuenta de que su vida fuera del Círculo, lejos de satisfacerle, tan solo le sume en el sentimiento trágico de vivir, intenta por todos los medios volver a participar en el viaje a Oriente, es decir, intentará "reencontrarse" a sí mismo para poder salvarse del suicidio.
¿Pero cómo podrá volver al Círculo y, así, recuperar la esperanza y la alegría de vivir?
El desorientado H. H. (Hermann Hesse) tan solo acertará a recordar a otro viajero: Leo, un compañero alegre y vitalista que era el "alma espiritual" del Círculo; que era un criado, servicial y solícito, amigo de todos y enemigo de nadie. Y lo recordará, a pesar de que el resto de integrantes y los hechos del propio viaje se iban borrando de su mente, porque antes de que él mismo (H.H) abandonase el Círculo, fue Leo quien desertó del grupo sin previo aviso, de repente. Pero H.H aún recordaba a Leo, sobre todo porque el desconfiado H.H llegó a creer que su compañero, antes de su huida, le robó un preciado medallón que él guardaba celosamente.
Así pues, H.H, tras mucho reflexionar, llegará a la conclusión de que para encontrar de nuevo al Círculo primero deberá dar con el paradero de Leo.
El reencuentro de H.H con Leo, o consigo mismo.
H.H solo consigue recordar a Leo porque, como se verá a lo largo de la narración, el vitalista compañero simbolizaba, en realidad, al niño inocente y puro que todos somos antes de perder la fe y la esperanza; Leo era el mismísimo H.H, pero también era, al tiempo, todos y cada uno de los integrantes del Círculo; era el UNO absoluto, el supremum, o como Hermann Hesse se referirá a él en su novela: el Superior de los Superiores.
Leo era ante todo servicial y estaba al servicio de los demás, porque él era la vida misma; porque amaba y respetaba la música, la poesía, y cualquier manifestación mística y/o religiosa procedentes de cualquier cultura o de cualquier grupo humano. Leo era, en definitiva, la antítesis de la razón, pues la alegría que emanaba de alguien tan vivo y lleno de fe y esperanza solo podía nacer de la irracionalidad.
Conocerse a uno mismo es difícil, cuando no tarea imposible, pero es el deporte filosófico de preguntarnos sobre nosotros mismos, y sobre la vida (única verdad radical), lo que da sentido a nuestra existencia.
No importa que no hallemos respuestas a las preguntas más trascendentes sobre "el ser", como no importaba, realmente, que el viaje a Oriente de H.H no llevase a parte alguna; se trata en ambos casos de hacer camino y de caminar, hacia cualquier dirección, pero con alegría y esperanza.
Cuando se pierde la fe, la alegría y la esperanza, no importa en qué idea o meta, religión, misticismo, sueño o fantasía, se pierden las ganas de vivir; es entonces cuando abandonamos el Círculo (la vida) y quedamos sumidos en la angustia frente a la nada.
Y frente a la nada solo quedan dos alternativas: abandonarnos a una existencia inauténtica de autoinmolación que, en el peor de los casos, nos conducirá hacia el suicidio, o intentar reencontrarnos con el niño inocente que éramos cuando todavía creíamos en la magia, en los sueños y en la vida eterna.
Pero, como decía, si llegar a conocernos a nosotros mismos ya supone en sí mismo una ardua tarea, más difícil todavía resultará reencontrarnos después de habernos perdido en el Círculo, o en la vida; más difícil será recuperar la fe una vez la perdimos por dictamen de la todopoderosa diosa Razón.
Para que H.H pudiese encontrar a Leo, es decir, para que pudiera reencontrarse consigo mismo, primero tuvo que sentir un profundo arrepentimiento por haber abandonado el Círculo (la vida) y después tuvo que expiar sus culpas aceptando el castigo que le sería impuesto por la vida misma (Leo). Leo, de hecho, es el análogo al ser, o el sentido del ser, al cual solo podemos acceder a través de humildad ontológica (Heidegger), con alegría, pero también con atención reflexiva y expectante.
El viaje, como no podía ser de otra manera, acaba místicamente, con H.H fusionándose con Leo, con el UNO absoluto. La comunión final de H.H con y en "lo otro" se consuma tras la necesaria meditación reflexiva que le instó a conocerse a sí mismo y a conciliarse con el Ser, la vida o Dios, como cada uno de nosotros prefiramos llamar al UNO o al Superior de los Superiores.
La relectura de "El viaje a Oriente" me ha hecho reflexionar sobre mí mismo y sobre las influencias de una misma obra literaria en diferentes momentos de nuestra vida. Ver aquí: "análisis personal introspectivo".
De hecho, me confesó mi hija, me lo devolvía virgen e inmaculado, sin haber leído ni una sola de sus páginas y para poder "hacer sitio" a otras creaciones literarias más de su gusto.
Supongo que la lectura de "El viaje a Oriente" no era la más adecuada para una niña de 11 años que solo deseaba leer los "tochos" de literatura fantástica de Geronimo Stilton y Kika superbruja.
Ahora, con 13 años, a mi hija le ha dado por leer las novelas romántico-juveniles del ínclito John Greene. Bueno, me digo a mí mismo, poco a poco madurará, y quizás dentro de unos años comience a deleitarse con nuestros Unamuno o Pío Baroja; quizás incluso rebusque en mi egregia biblioteca las obras de Hermann Hesse. Allí estarán, esperándola pacientemente todas ellas.
Volví a releer "El viaje a Oriente", como no podría ser de otra manera, y no sin que antes mi mujer volviese a "señalarme" la patológica compulsión que me obliga a leer libros que ya he leído en otras ocasiones, o que me insta a ver películas que ya he visionado con anterioridad.
Y sin embargo, repetir lecturas no es ejercicio baladí, porque al releer una obra, sobre todo si han pasado unos años desde la última vez que fue leída, se extraen nuevas enseñanzas que otrora nos pasaron desapercibidas.
El libro es el mismo y su contenido sigue exponiendo las mismas ideas que cuando lo leí por primera vez, hace ya la friolera de 17 años. Y, sin embargo, ahora "El viaje a Oriente" se me antoja un libro diferente, distinto... Quizás sea yo quien ha cambiado, ¿tal vez sea yo "el diferente"?
¿Qué es "El viaje a Oriente"?
El libro constituye, en sí mismo, otro de los muchos análisis introspectivos con los que Hesse, a través de la catarsis literaria, intentó salvar su alma; un nuevo ensayo para salvarse de la nada y de la angustia vital.
El viaje a Oriente narra las andanzas y hazañas de un Círculo de viajeros que protagoniza una Cruzada hacia Oriente, siendo "Oriente" una metáfora para referirse a la meta espiritual que cada uno de los viajeros lleva a cabo. Todos los viajeros comparten el mismo viaje y el mismo fin último: buscarse (conocerse) a sí mismos y hallar "el sentido del ser". Pero a veces el grueso del grupo se divide y cada pequeño grupúsculo toma caminos diferentes, pues hay tantos caminos posibles para llegar al fin último (conocimiento) como deseos y voluntades individuales. De hecho, en numerosas ocasiones, algunos viajeros se pierden por algún tiempo y deambulan solitarios hasta que vuelven a reencontrarse con alguno de los grupos del Círculo. Otros, los que pierden definitivamente la fe y la esperanza durante el viaje, nunca regresarán y se olvidarán del Círculo y de todo lo que éste significó en sus vidas.
Pues bien, uno de los viajeros del Círculo que acabará por "perderse" será el propio Hermann Hesse, el cual será el narrador de tan peculiar historia y aparecerá con las siglas "H. H." (sus iniciales).
¿Y qué significará perderse u olvidarse del Círculo?
Olvidar el Círculo, que será tanto como abandonar la mística Cruzada a Oriente, significará perder la esperanza y la fe en cualquier referente espiritual; significará acabar sumido en la angustia existencial a la que aboca, irremediablemente, la razón. Olvidarse del Círculo sería el análogo a olvidarse de uno mismo y de las cuestiones más importantes sobre la vida, a las cuales solo se puede llegar a través de la irracionalidad inherente al ser humano: el arte, la poesía, la religión, la música, la imaginación...
Hermann Hesse, alma atormentada, reconocerá haberse perdido; confesará haber "huido" del Círculo, y se acusará a sí mismo de haber abandonado, cobardemente, el peregrinaje hacia Oriente que habría de darle un sentido a su vida y, por tanto, le salvaría de la nada.
Cuando el propio Hesse se da cuenta de que su vida fuera del Círculo, lejos de satisfacerle, tan solo le sume en el sentimiento trágico de vivir, intenta por todos los medios volver a participar en el viaje a Oriente, es decir, intentará "reencontrarse" a sí mismo para poder salvarse del suicidio.
¿Pero cómo podrá volver al Círculo y, así, recuperar la esperanza y la alegría de vivir?
El desorientado H. H. (Hermann Hesse) tan solo acertará a recordar a otro viajero: Leo, un compañero alegre y vitalista que era el "alma espiritual" del Círculo; que era un criado, servicial y solícito, amigo de todos y enemigo de nadie. Y lo recordará, a pesar de que el resto de integrantes y los hechos del propio viaje se iban borrando de su mente, porque antes de que él mismo (H.H) abandonase el Círculo, fue Leo quien desertó del grupo sin previo aviso, de repente. Pero H.H aún recordaba a Leo, sobre todo porque el desconfiado H.H llegó a creer que su compañero, antes de su huida, le robó un preciado medallón que él guardaba celosamente.
Así pues, H.H, tras mucho reflexionar, llegará a la conclusión de que para encontrar de nuevo al Círculo primero deberá dar con el paradero de Leo.
El reencuentro de H.H con Leo, o consigo mismo.
H.H solo consigue recordar a Leo porque, como se verá a lo largo de la narración, el vitalista compañero simbolizaba, en realidad, al niño inocente y puro que todos somos antes de perder la fe y la esperanza; Leo era el mismísimo H.H, pero también era, al tiempo, todos y cada uno de los integrantes del Círculo; era el UNO absoluto, el supremum, o como Hermann Hesse se referirá a él en su novela: el Superior de los Superiores.
Leo era ante todo servicial y estaba al servicio de los demás, porque él era la vida misma; porque amaba y respetaba la música, la poesía, y cualquier manifestación mística y/o religiosa procedentes de cualquier cultura o de cualquier grupo humano. Leo era, en definitiva, la antítesis de la razón, pues la alegría que emanaba de alguien tan vivo y lleno de fe y esperanza solo podía nacer de la irracionalidad.
Conocerse a uno mismo es difícil, cuando no tarea imposible, pero es el deporte filosófico de preguntarnos sobre nosotros mismos, y sobre la vida (única verdad radical), lo que da sentido a nuestra existencia.
No importa que no hallemos respuestas a las preguntas más trascendentes sobre "el ser", como no importaba, realmente, que el viaje a Oriente de H.H no llevase a parte alguna; se trata en ambos casos de hacer camino y de caminar, hacia cualquier dirección, pero con alegría y esperanza.
Cuando se pierde la fe, la alegría y la esperanza, no importa en qué idea o meta, religión, misticismo, sueño o fantasía, se pierden las ganas de vivir; es entonces cuando abandonamos el Círculo (la vida) y quedamos sumidos en la angustia frente a la nada.
Y frente a la nada solo quedan dos alternativas: abandonarnos a una existencia inauténtica de autoinmolación que, en el peor de los casos, nos conducirá hacia el suicidio, o intentar reencontrarnos con el niño inocente que éramos cuando todavía creíamos en la magia, en los sueños y en la vida eterna.
Pero, como decía, si llegar a conocernos a nosotros mismos ya supone en sí mismo una ardua tarea, más difícil todavía resultará reencontrarnos después de habernos perdido en el Círculo, o en la vida; más difícil será recuperar la fe una vez la perdimos por dictamen de la todopoderosa diosa Razón.
Para que H.H pudiese encontrar a Leo, es decir, para que pudiera reencontrarse consigo mismo, primero tuvo que sentir un profundo arrepentimiento por haber abandonado el Círculo (la vida) y después tuvo que expiar sus culpas aceptando el castigo que le sería impuesto por la vida misma (Leo). Leo, de hecho, es el análogo al ser, o el sentido del ser, al cual solo podemos acceder a través de humildad ontológica (Heidegger), con alegría, pero también con atención reflexiva y expectante.
El viaje, como no podía ser de otra manera, acaba místicamente, con H.H fusionándose con Leo, con el UNO absoluto. La comunión final de H.H con y en "lo otro" se consuma tras la necesaria meditación reflexiva que le instó a conocerse a sí mismo y a conciliarse con el Ser, la vida o Dios, como cada uno de nosotros prefiramos llamar al UNO o al Superior de los Superiores.
La relectura de "El viaje a Oriente" me ha hecho reflexionar sobre mí mismo y sobre las influencias de una misma obra literaria en diferentes momentos de nuestra vida. Ver aquí: "análisis personal introspectivo".
viernes, 11 de abril de 2014
El miedo a vivir.
El miedo está presente en todos los seres humanos, como un mecanismo de defensa que nos insta a preservarnos y salvaguardarnos del peligro, de la incertidumbre y de las amenazas futuras; es uno de los instintos más primitivos y vitales del hombre; un instinto básico y fundamental para garantizar la supervivencia individual y/o colectiva (naciones). Y, sin embargo, es un instinto que no es socialmente aceptado ni deseado.
¿Por qué?
El miedo no se acepta porque es la principal fuente generadora de ansiedad en nuestras vidas. De hecho, el drama que es el vivir implica una constante lucha contra las adversidades y contra los imprevistos de las circunstancias; vivir es afrontar y superar problemas que nos dan miedo. Tenemos miedo a fracasar, a enfermar y morir, incluso tenemos miedo a hacer el ridículo o a aceptar responsabilidades. Pero el más grave y peligroso de todos los miedos es tener miedo a vivir.
El miedo a vivir
Las actuales sociedades occidentales han optado por negar el miedo en aras de vivir felices, para poder vivir despreocupadas y ajenas a las adversidades. No puede haber felicidad si, primero, no se destierra de nuestras vidas la ansiedad, y para combatir la ansiedad hay que hacer desaparecer el miedo de nuestras vidas.
La pedagogía social, ya desde las granjas-escuela, se ha encargado de criar ganado humano débil y temeroso a fuer de alejarle de sus instintos más primitivos, entre ellos el del miedo. Nuestros civilizados niños no tienen tolerancia al fracaso ni a la frustración; no saben superar miedos y temores porque se les ha educado a través de un sistema pedagógico obcecado en desterrar la ansiedad de las aulas. Para ello, las exigencias de rendimiento, trabajo y esfuerzo, se han minimizado, al tiempo que el aprobado se ha convertido en un dadivoso regalo caído del cielo.
Los padres, en general, también intentamos por todos los medios que nuestros hijos no afronten sus miedos. Dejamos que nuestros hijos duerman con las luces encendidas, o que busquen refugio en el lecho de los padres. Creemos que, alejando la oscuridad y el temor de sus vidas, serán más felices.
Hemos creado toda una serie de consignas y frases hechas destinadas a relajar y contentar a nuestros infantes: "lo importante no es ganar, sino participar", y para ello premiamos tanto a los mejores como a los peores, a los buenos y a los malos, porque nadie es más que nadie. Aprobado general, competiciones sin vencedores ni vencidos. Felicidad para todos.
Pero, paradójicamente, el hecho de no proporcionarles a nuestros niños herramientas para afrontar la ansiedad y tolerar la frustración, no les hará más felices, sino al contrario: con el tiempo, las carencias de recursos para afrontar y superar problemas, les convertirán en víctimas de cualquier circunstancia adversa; les convertirán en individuos sin ego y sin iniciativa propia; serán individuos miedosos e incapaces de valerse por sí mismos. Tendrán miedo a vivir.
Vivir sin temor al miedo
Decía Fernández de la Mora que el razonalismo era una alternativa filosófica que permitía canalizar los impulsos más irracionales del ser humano (sentimientos, caprichos, instintos...) a través de la razón; una razón necesaria para hallar la verdad, ya fuere sobre el sentido del ser o sobre los criterios morales que deberían reconocerse como universalmente buenos.
Así pues, desde una perspectiva integradora de inteligencia y sentimientos, Fernández de la Mora, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano con su inteligencia poética, también consideró la presencia de los instintos en el ex-sistere de los seres humanos. Pero De la Mora no defendió una negación de los instintos (puro racionalismo) ni los reivindicó apasionadamente como hicieran Zambrano o Unamuno, más irracionales, sino que propuso canalizarlos y servirse de ellos, a través de la razón, para utilizarlos en provecho de nuestra propia supervivencia.
Desde dicha perspectiva razonalista, se acepta que el miedo debe ser nuestro aliado para permitirnos superar circunstancias adversas, pues en esto, precisamente, consiste el constante quehacer que es la vida. El miedo debe instarnos a pensar, primero, para actuar después de la manera más adecuada para salvaguardar nuestros proyectos de vida personales o colectivos.
Obsérvese que el razonalismo, en tanto reconoce la necesidad de usar la razón (inteligencia) para superar adversidades, se aleja del darwinismo más irracional e instintivo, al tiempo que acepta como bueno (necesidad vital) vivir sin temor al miedo, es decir, no hay que negar u ocultar el miedo, sino afrontarlo y superarlo. Y es que, sencillamente, el individuo o sociedad que deja de temer, en aras de ser inconscientemente feliz, está caminando hacia su autoinmolación.
El hacedor de lluvia
Este pequeño relato de Hermann Hesse se me antoja el paradigma de quienes, obcecados en la búsqueda de la felicidad, se empeñan en desterrar el miedo de sus vidas.
Cierta noche, una misteriosa lluvia de estrellas aterrorizó a las gentes de un pequeño poblado primitivo; el inusual fenómeno metereológico fue considerado como una señal de desgracias futuras, y hombres y mujeres, invadidos por el miedo, se sumieron en una suerte de histeria colectiva.
Pero el chamán de la tribu, el hacedor de lluvia, deseó salvaguardar a su hijo del miedo colectivo que provocó la infelicidad del resto del poblado:
"...le había ocultado la lluvia de estrellas (a su hijo) confiando en que mejor le sería dormir que presenciar aquel prodigio... un peligro vital para todos, un presagio funesto para el futuro..."
En un primer momento, el padre prefiere que su hijo duerma, es decir, prefiere que siga sumido en la ignorancia y en la falsa felicidad que proporciona el no ser consciente de la realidad y de los peligros de la misma.
Pero el sabio hacedor de la lluvia no tarda en darse cuenta de que quizás no obró acertadamente y de que con su proceder había debilitado a su hijo no permitiéndole forjar su carácter:
"El futuro exigirá un hombre maduro y valeroso, y al haber dejado a su hijo durmiendo en la choza le había privado de la ocasión de fortalecerse y de templar su alma con aquel espantoso suceso"
El sabio chamán reconoció que, con su errado proceder, le privó a su hijo de la posibilidad de aprender a superar miedos y angustias para poder afrontar el futuro con mayor entereza y seguridad.
Apocalypto
Pocas películas, como la magnífica "Apocalypto" de Mel Gibson, han sabido retratar con tanto acierto la inconsciencia de quienes, en aras de vivir felices, despreocupados y ajenos a las adversidades de las circunstancias, se condenan a sí mismos a desaparecer del devenir de la historia.
La trama de Apocalypto es, en realidad, de una extremada sencillez:
Un feliz y despreocupado pueblo de cazadores, que vive en el interior de la selva ajeno al mundo exterior, se niega a sí mismo la responsabilidad y el deber de afrontar sus miedos.
Dicho pueblo, durante una jornada de caza, contacta con un grupo de supervivientes que huyen aterrados de quienes les han masacrado y destruido sus hogares. El hijo del jefe de los cazadores, angustiado y preocupado, desea saber qué ha pasado y por qué huyen aquellos seres temerosos, pero el gran jefe evita que pueda interrogarles. Argumenta, el inconsciente jefe, que no desea que su hijo se infecte del mismo miedo que corroe a los pobres desgraciados que huyen despavoridos. No quería que su hijo ni su pueblo conocieran el miedo, es decir, no deseaba que afrontaran la necesidad vital de conocer y saber qué estaba ocurriendo; prefirió ignorar lo que sucedía a su alrededor y se refugió y condenó a los suyos a vivir autistas en su pequeño microcosmos selvático.
No tardaron, por lo tanto, en sucumbir fácilmente ante la poderosa civilización Maya, dedicada a saquear pueblos del interior de la selva para obtener esclavos y víctimas que pudieran ofrecer en sacrificio a sus dioses.
El gran mensaje transcendente de Mel Gibson es contundente: los inconscientes tienen miedo del miedo y están condenándose a sí mismos y a los suyos a un antivital suicidio resignado.
¿Por qué?
El miedo no se acepta porque es la principal fuente generadora de ansiedad en nuestras vidas. De hecho, el drama que es el vivir implica una constante lucha contra las adversidades y contra los imprevistos de las circunstancias; vivir es afrontar y superar problemas que nos dan miedo. Tenemos miedo a fracasar, a enfermar y morir, incluso tenemos miedo a hacer el ridículo o a aceptar responsabilidades. Pero el más grave y peligroso de todos los miedos es tener miedo a vivir.
El miedo a vivir
Las actuales sociedades occidentales han optado por negar el miedo en aras de vivir felices, para poder vivir despreocupadas y ajenas a las adversidades. No puede haber felicidad si, primero, no se destierra de nuestras vidas la ansiedad, y para combatir la ansiedad hay que hacer desaparecer el miedo de nuestras vidas.
La pedagogía social, ya desde las granjas-escuela, se ha encargado de criar ganado humano débil y temeroso a fuer de alejarle de sus instintos más primitivos, entre ellos el del miedo. Nuestros civilizados niños no tienen tolerancia al fracaso ni a la frustración; no saben superar miedos y temores porque se les ha educado a través de un sistema pedagógico obcecado en desterrar la ansiedad de las aulas. Para ello, las exigencias de rendimiento, trabajo y esfuerzo, se han minimizado, al tiempo que el aprobado se ha convertido en un dadivoso regalo caído del cielo.
Los padres, en general, también intentamos por todos los medios que nuestros hijos no afronten sus miedos. Dejamos que nuestros hijos duerman con las luces encendidas, o que busquen refugio en el lecho de los padres. Creemos que, alejando la oscuridad y el temor de sus vidas, serán más felices.
Hemos creado toda una serie de consignas y frases hechas destinadas a relajar y contentar a nuestros infantes: "lo importante no es ganar, sino participar", y para ello premiamos tanto a los mejores como a los peores, a los buenos y a los malos, porque nadie es más que nadie. Aprobado general, competiciones sin vencedores ni vencidos. Felicidad para todos.
Pero, paradójicamente, el hecho de no proporcionarles a nuestros niños herramientas para afrontar la ansiedad y tolerar la frustración, no les hará más felices, sino al contrario: con el tiempo, las carencias de recursos para afrontar y superar problemas, les convertirán en víctimas de cualquier circunstancia adversa; les convertirán en individuos sin ego y sin iniciativa propia; serán individuos miedosos e incapaces de valerse por sí mismos. Tendrán miedo a vivir.
Vivir sin temor al miedo
Decía Fernández de la Mora que el razonalismo era una alternativa filosófica que permitía canalizar los impulsos más irracionales del ser humano (sentimientos, caprichos, instintos...) a través de la razón; una razón necesaria para hallar la verdad, ya fuere sobre el sentido del ser o sobre los criterios morales que deberían reconocerse como universalmente buenos.
Así pues, desde una perspectiva integradora de inteligencia y sentimientos, Fernández de la Mora, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano con su inteligencia poética, también consideró la presencia de los instintos en el ex-sistere de los seres humanos. Pero De la Mora no defendió una negación de los instintos (puro racionalismo) ni los reivindicó apasionadamente como hicieran Zambrano o Unamuno, más irracionales, sino que propuso canalizarlos y servirse de ellos, a través de la razón, para utilizarlos en provecho de nuestra propia supervivencia.
Desde dicha perspectiva razonalista, se acepta que el miedo debe ser nuestro aliado para permitirnos superar circunstancias adversas, pues en esto, precisamente, consiste el constante quehacer que es la vida. El miedo debe instarnos a pensar, primero, para actuar después de la manera más adecuada para salvaguardar nuestros proyectos de vida personales o colectivos.
Obsérvese que el razonalismo, en tanto reconoce la necesidad de usar la razón (inteligencia) para superar adversidades, se aleja del darwinismo más irracional e instintivo, al tiempo que acepta como bueno (necesidad vital) vivir sin temor al miedo, es decir, no hay que negar u ocultar el miedo, sino afrontarlo y superarlo. Y es que, sencillamente, el individuo o sociedad que deja de temer, en aras de ser inconscientemente feliz, está caminando hacia su autoinmolación.
El hacedor de lluvia
Este pequeño relato de Hermann Hesse se me antoja el paradigma de quienes, obcecados en la búsqueda de la felicidad, se empeñan en desterrar el miedo de sus vidas.
Cierta noche, una misteriosa lluvia de estrellas aterrorizó a las gentes de un pequeño poblado primitivo; el inusual fenómeno metereológico fue considerado como una señal de desgracias futuras, y hombres y mujeres, invadidos por el miedo, se sumieron en una suerte de histeria colectiva.
Pero el chamán de la tribu, el hacedor de lluvia, deseó salvaguardar a su hijo del miedo colectivo que provocó la infelicidad del resto del poblado:
"...le había ocultado la lluvia de estrellas (a su hijo) confiando en que mejor le sería dormir que presenciar aquel prodigio... un peligro vital para todos, un presagio funesto para el futuro..."
En un primer momento, el padre prefiere que su hijo duerma, es decir, prefiere que siga sumido en la ignorancia y en la falsa felicidad que proporciona el no ser consciente de la realidad y de los peligros de la misma.
Pero el sabio hacedor de la lluvia no tarda en darse cuenta de que quizás no obró acertadamente y de que con su proceder había debilitado a su hijo no permitiéndole forjar su carácter:
"El futuro exigirá un hombre maduro y valeroso, y al haber dejado a su hijo durmiendo en la choza le había privado de la ocasión de fortalecerse y de templar su alma con aquel espantoso suceso"
El sabio chamán reconoció que, con su errado proceder, le privó a su hijo de la posibilidad de aprender a superar miedos y angustias para poder afrontar el futuro con mayor entereza y seguridad.
Apocalypto
Pocas películas, como la magnífica "Apocalypto" de Mel Gibson, han sabido retratar con tanto acierto la inconsciencia de quienes, en aras de vivir felices, despreocupados y ajenos a las adversidades de las circunstancias, se condenan a sí mismos a desaparecer del devenir de la historia.
La trama de Apocalypto es, en realidad, de una extremada sencillez:
Un feliz y despreocupado pueblo de cazadores, que vive en el interior de la selva ajeno al mundo exterior, se niega a sí mismo la responsabilidad y el deber de afrontar sus miedos.
Dicho pueblo, durante una jornada de caza, contacta con un grupo de supervivientes que huyen aterrados de quienes les han masacrado y destruido sus hogares. El hijo del jefe de los cazadores, angustiado y preocupado, desea saber qué ha pasado y por qué huyen aquellos seres temerosos, pero el gran jefe evita que pueda interrogarles. Argumenta, el inconsciente jefe, que no desea que su hijo se infecte del mismo miedo que corroe a los pobres desgraciados que huyen despavoridos. No quería que su hijo ni su pueblo conocieran el miedo, es decir, no deseaba que afrontaran la necesidad vital de conocer y saber qué estaba ocurriendo; prefirió ignorar lo que sucedía a su alrededor y se refugió y condenó a los suyos a vivir autistas en su pequeño microcosmos selvático.
No tardaron, por lo tanto, en sucumbir fácilmente ante la poderosa civilización Maya, dedicada a saquear pueblos del interior de la selva para obtener esclavos y víctimas que pudieran ofrecer en sacrificio a sus dioses.
El gran mensaje transcendente de Mel Gibson es contundente: los inconscientes tienen miedo del miedo y están condenándose a sí mismos y a los suyos a un antivital suicidio resignado.
miércoles, 26 de marzo de 2014
"Narciso y Goldmundo", de Hermann Hesse
"Narciso y Goldmundo" es, en mi parecer, la última obra con la que Hesse cerrará el ciclo de sus meditaciones e introspecciones más íntimas en torno a la dualidad antagónica entre idealismo y vitalismo.
Narciso, el joven intelectual disciplinado, responsable, y sobre todo reflexivo y analítico, será la antítesis del jovial Goldmundo, más vitalista y soñador.
Narciso simbolizará el pensamiento más tradicional de Occidente, muy alemán, caracterizado por una intelectualidad rígida y metodológica; caracterizado por la seriedad y la sobria disciplina, mientras que Goldmundo simbolizará al espíritu libre que ansiará, ante todo, poder llegar a ser él mismo a través de la experiencia y de los sentidos, a través de la creación artística. Goldmundo será, en definitiva, la representación de una nueva opción del ex-sistere, legado del vitalismo alemán más irracional e intuitivo, pero sobre todo heredero de la mística oriental más abierta al mundo de las sensaciones interiores.
En esta obra, Hesse describirá magistralmente dos maneras de afrontar la existencia a través de las vivencias de sus dos personajes principales, aparentemente muy diferentes, pero que encontrarán un nexo de unión y afinidad común merced a la superioridad y excelencia de ambos.
De nuevo encontramos en "Narciso y Goldmundo" el reconocimiento entre iguales que se diera en "Demian" (entre el desorientado Emil y el confiado y seguro Demian), volvemos a encontrarnos con el concepto de docilidad ante lo superior, ante el reconocimiento de un primus inter pares (un primero entre iguales) que en nada desmerece ni desiguala al discípulo del maestro.
Así lo explica Hesse a través de los pensamientos del analítico Narciso:
“Aislado
en su excelencia y superioridad (Narciso) venteó
en seguida en Goldmundo al espíritu afín, aunque semejaba en todo su contrario".
El concepto de docilidad.
Creo necesario, llegados a este punto, una breve reflexión obligada en torno al concepto de docilidad, a menudo tergiversado y malinterpretado por aquellas ideologías tendentes a menospreciar valores de superioridad y excelencia.
Decía Ortega que la docilidad no era lo mismo que la sumisión, pues la primera constituye un acto voluntario de reconocimiento hacia un igual que consideramos mejor que nosotros, mientras que la sumisión significa el obligado reconocimiento de una autoridad no necesariamente mejor que nosotros ni, por supuesto, afín a nuestros espíritus.
Ortega hace suyos y revaloriza los tradicionales valores aristois de origen germánico (nobles y aristocráticos) para anteponerlos a los valores de humildad y resignación herederos del judeocristianismo. La docilidad ante lo mejor supone buscar igualar en torno valores de excelencia, mientras que la indocilidad o rebeldía ante los mejores solo pretende igualar desde la mediocridad.
Hesse, sagazmente y para resaltar mejor las cualidades de excelencia de Narciso, nos explica por medio del Abad Daniel ese afán, tan del gusto de los individuos-masa y de la moral judeocristiana, de menospreciar a los mejores:
“Y, por lo demás, jóvenes eruditos, hago votos
por que nunca os falten superiores menos inteligentes que vosotros; nada hay
mejor contra el orgullo.”
Resulta harto significativo que el Abad Daniel, en su discurso de bienvenida a los nuevos alumnos, no enfatice tanto en la necesidad de ser mejores a través del reconocimiento de un primus inter pares, como en la necesidad de luchar contra el orgullo, es decir, contra la autoconfianza y contra la posibilidad de desarrollar un fuerte ego que pudiera instar a los alumnos a exigirse más de sí mismos.
Pues bien, ante este grave dilema: renegar del orgullo propio o llegar a ser uno mismo, Narciso, el superior y excelente maestro, decidirá negarse a sí mismo y optará por mostrarse sumiso ante sus superiores de inferior valía.
Creo, aunque Hesse no lo aclara explícitamente, que Narciso se sentirá profundamente atraído hacia Goldmundo, precisamente, por ser éste su antítesis. Ambos (Narciso y Goldmundo) son espíritus afines, excelentes y dotados de una gran inteligencia. Cierto, pero Narciso optará por un posicionamiento antivital negándose a sí mismo, resignándose a permanecer en el claustro sin mayores aspiraciones que las de cumplir con su deber. Sin embargo, Goldmundo romperá las cadenas de la sumisión y elegirá el camino difícil (tortuoso y lleno de desventuras) por tal de poder llegar a ser él mismo a través de un apasionante recorrido por la vida.
La envidia igualitaria.
Si hay algo propio e inherente a los rebeldes indóciles es lo que Fernández de la Mora dio en llamar envidia igualitaria, es decir, el insano afán de uniformar hacia la mediocridad, igualando desde lo inferior en vez de aspirar a igualar desde lo mejor y más excelente. La envidia igualitaria es aristófoba por definición, y bien supo verlo Ortega y Gasset cuando señaló que uno de los más graves pecados de España era la aristofobia o el rechazo hacia los mejores.
Como bien señalara Nietzsche en "Más allá del bien y del mal": No basta con tener talento, además hay que pedir vuestro permiso. ¿Eh, amigos?. Y es que, la pedagogía social no solo se afana en crear individuos mediocres, sino que debe cuidar celosamente que no proliferen los individuos excelentes, so pena de ser tildados de vanidosos, soberbios y toda una retahíla de descalificaciones perfectamente urdidas para descalificarlos. Las granjas- escuelas, retomando de nuevo a Sloterdijk, son como esa comunidad educativa dirigida por el Abad Daniel que les deseaba a sus alumnos tener profesores menos inteligentes por tal de curarse del orgullo.
Nuestras granjas-escuelas, pareciera que siguiendo las directrices del mediocre Abad Daniel, siguen empeñadas en su sacrosanta misión de crear ganado humano. Ahí estamos en ello.
Pero también Hesse que, como Narciso, se sabía un espíritu superior, no pudo evitar hacer mención a esa envidia insana que siente el individuo-masa, eterno rebelde indócil, frente a lo mejor y más excelente:
..."al
unirse tan estrechamente (Narciso y Goldmundo), parecía que quisieran aislarse altaneramente, como
aristócratas, de los demás por estimarlos de más bajo metal".
Obsérvese la manifiesta envidia, con una explícita connotación claramente aristofóbica que, según Hesse, sentía el resto de los estudiantes hacia la relación tan singular entre dos espíritus afines; entre dos excelentes iguales.
Llegar a ser uno mismo.
Toda la obra de Hesse constituye una constante búsqueda de sí mismo; una ardua búsqueda introspectiva del autor a través de sus personajes.
El imperativo vital que nos insta a ser, obligándonos primero a conocer cómo somos para, más tarde, instarnos a mejorarnos, es una constante de la historia de la filosofía. Desde el conócete a ti mismo socrático, pasando por el conócete, acéptate, supérate de San Agustín, hasta arribar al llega a ser quien realmente eres de Fichte, ha habido una constante preocupación en el pensamiento occidental por hermanar o conciliar, como se prefiera, al yo con las circunstancias, al Dasein con el mundo, al ser humano con la vida.
Narciso, en un momento dado, le explica a Goldmundo que le ve como una persona muy superior a él, y ello a pesar de no ser una eminencia intelectual:
"Tú no eres un erudito ni un monje; un erudito o
un monje pueden hacerse de una madera inferior."
Narciso reconoce implícitamente la inferioridad de aquellos monjes eruditos que, aunque muy doctos, han negado la vida misma y, como él, han preferido una cómoda reclusión antivital entre muros.
Y cuando Goldmundo le expresa su asombro porque él, persona excelente y de gran inteligencia, pudiera considerarle superior, Narciso razona de la siguiente manera:
"Las naturalezas de tu tipo, los que tienen
sentidos fuertes y finos, los iluminados, los soñadores, poetas, amantes, son,
casi siempre, superiores a nosotros, los hombres de cabeza.
Vuestra raíz es maternal. Vivís de modo pleno,
poseéis la fuerza del amor y de la intuición. Nosotros, los hombres de
intelecto, aunque a menudo parecemos conduciros y regiros, no vivimos
plenamente sino de modo seco y descarnado".
Obsérvese, en esta significativa explicación que Narciso da a Golmundo, la evidente influencia nietzscheana de aquel bello aforismo que decía:
A menudo, tras un excelente erudito encontramos una persona mediocre, y tras un artista mediocre encontramos una persona excelente.
Matriarcado vs patriarcado.
En el reconocimiento de la superioridad de Goldmundo, Narciso hace una importante referencia a la raíz maternal del joven artista y soñador.
Se hace necesario profundizar en esta nueva forma de dualismo que aparece en la obra de Hesse: madre vs padre, donde la madre simboliza la vida y la naturaleza, y el padre, más rígido, representa la intelectualidad. De nuevo vitalismo vs racionalismo, pero con significativas diferencias.
La vida en la naturaleza que busca Goldmundo, fuera de los muros del claustro, no es la vida del aristocrático guerrero, sino, muy al contrario, es la vida en paz y armonía con el entorno; es una apuesta por el amor frente a la guerra; es la búsqueda de la comprensión y el perdón de la madre frente a la autoritaria rigidez del padre.
Así, Goldmundo comenzará a hacer su recorrido vital y dirigirá sus pasos hacia oriente, hacia la comprensiva y espiritual madre, alejándose de un Occidente en exceso rígido y terrenal.
Sin duda, tanto el psicoanálisis como las influencias de la Escuela de Frankfurt (Adorno a la cabeza) influyeron en la visión cripto-budista que, progresivamente, iría desarrollando Hermann Hesse a lo largo de su obra, hasta culminar su "viaje a Oriente" con "El juego de abalorios"; un alegato a la superioridad del espíritu, una nueva "república platónica" gobernada por "sabios" de intachable e impoluta moral donde la contemplación y la meditación constituirían en sí mismas una nueva forma de vida muy inspirada en el misticismo oriental (budismo, taoísmo...).
lunes, 24 de marzo de 2014
Hermann Hesse a través de su obra.
Toda la obra de Hermann Hesse es una búsqueda incesante del propio autor por conocerse a sí mismo. Los protagonistas de sus libros, las más de las veces, son personajes angustiados y atormentados que sienten la imperiosa necesidad de llegar a ser ellos mismos a través de la superación de adversas circunstancias vitales. A través de sus personajes, Hesse realiza un minucioso ejercicio de introspección analítica (psicoanálisis) para exorcizar sus propias angustias, pero también para vencer a los demonios que le instaron al suicidio y le sumieron en la desesperación existencial a lo largo de toda su vida.
Afrontando el suicidio.
Las primeras obras de Hesse están protagonizadas por jóvenes que sufren y que se sienten frustrados e impotentes para afrontar la existencia. Son jóvenes inexpertos que sienten que no son dueños de sus destinos; que sienten la vida como una grave carga impuesta por sus mayores. Estos jóvenes sufridores, lejos de sentirse libres, se sienten subyugados y oprimidos; se sienten rehenes de una realidad que no pueden ni saben manejar. Así, como estos jóvenes que terminaban deprimiéndose y perdiendo las ganas de vivir, se sintió seguramente Hesse en su juventud. Y como ellos, probablemente, también Hesse llegó a fantasear con ideas de suicidio.
Hesse decidió en "Bajo las Ruedas", a través de una dura catarsis sin concesiones a la vida, que el destino del joven y atormentado Hans no podía ser otro mas que el de poner fin a su vida a través del suicidio. Así, a través de la autoinmolación literaria de su personaje en la ficción, Hesse escenificó y vivió su propio suicidio. La catarsis realizada en "Bajo las Ruedas" funcionó, y la muerte simbólica del atormentado Hesse le posibilitó la reencarnación en otro ente de ficción que tendría más fortuna que el desgraciado Hans.
En "Demian" Hesse se reencarna y se mete en la piel del joven Emil Sinclair. De hecho, el propio Hesse firmó la novela utilizando como seudónimo el nombre del desorientado protagonista.
En esta ocasión, el sufridor Emil no llegará a los extremos de desesperación que llegara Hans, el alter ego de Hesse en "Bajo las Ruedas", porque Emil encontrará la salvación a través de la amistad.
"Demian" será la primera novela redentora o salvadora que le permitirá a Hesse apostar por la vida, y en lo sucesivo sus protagonistas crecerán y aprenderán a superar las adversidades a través de diferentes vías.
Si en "Demian" el protagonista se salva a través de la vía de la amistad, en el "El Lobo Estepario" el atormentado Harry Haller (mismas iniciales que Hermann Hesse) escapará del sentimiento trágico de vivir a través del amor.
El solitario y antisocial Harry ya no es un joven, como tampoco lo era por entonces, en el momento de escribir la novela, el propio Hesse. Transcurren 22 años desde que en "Bajo las Ruedas", Hesse decidiera que el suicidio era la única solución para las almas atormentadas. En "El Lobo Estepario" el protagonista sigue siendo un sufridor impenitente e irredento; sigue siendo un firme candidato al suicidio, pero en esta ocasión será una mujer quien le enseñará al protagonista a vivir.
En "Demian", el joven protagonista necesitó un primus inter pares, precisó reconocerse y autoafirmar su propia identidad a través de una figura modelo; a través de un igual, pero de mayor autoridad moral y/o intelectual.
En "El Lobo Estepario" Harry, sin embargo, no se salvará a través de un guía espiritual docto y ejemplar, sino a través de una guía vitalista y alegre: la bailarina Hermine.
Con "El Lobo Estepario" se cierra un ciclo, y termina el recorrido literario que precisó Hesse para aprender a afrontar la existencia a través de guías espirituales y/o vitales. Hesse ya había descubierto, de la mano de sus personajes, que la amistad y el amor eran dos formidables salvavidas para afrontar el drama de vivir.
Viajes iniciáticos.
"Narciso y Goldmundo" supone, precisamente, la síntesis entre las dos tesis u opciones redentoras que Hesse había descubierto para sanar el alma y afrontar la existencia: el recogimiento espiritual y/o intelectual ("Demian") y la experiencia vital ("El Lobo Estepario").
Ahora será Narciso la figura ejemplar y modelo que otrora desempeñara Demian; será el referente espiritual e intelectual, mientras que Goldmundo reencarnará a la parte más femenina y vital, como hiciera Hermine en "El Lobo Estepario".
Hesse pasa ahora de ser aprendiz a convertirse en experimentador, mal que sea a través de sus personajes de ficción. Si sus primeros personajes, alter egos de sí mismo, necesitaron referentes o guías espirituales y vitales para encontrar su salvación, ahora Hesse, ya convertido en maestro, desempeñará un magnífico juego de roles, siendo a un tiempo Narciso y Goldmundo.
Con "Narciso y Goldmundo", en mi opinión, Hesse llega a un sumum grado de empatía y conocimiento del alma humana que le permite, magistralmente además, reencarnarse en dos perfiles humanos aparentemente antagónicos y muy distintos entre sí, pero que por fuerza se complementan y han de encontrar la conciliación (síntesis). Dos opciones vitales perfectamente válidas, dos caminos de vida y, sin embargo, el mismo drama ante la existencia, la misma necesidad de luchar para poder ser.
La complejidad de Narciso y Goldmundo requerirá un análisis de reflexión más profundo (ver aquí).
Y por último, resulta obligado mencionar "Viaje a Oriente", el último viaje iniciático que realizará Hesse a través de sus novelas, si bien ya en "Siddharta", anterior a "El Lobo Estepario", se adivinaba el interés de Hesse por la mística oriental.
Si "Narciso y Goldmundo" supone un analítico recorrido a través del dualismo filosófico occidental (idealismo vs vitalismo), reflejando dos maneras de poder conocernos a nosotros mismos y de llegar a ser quienes realmente somos, ahora en "Viaje a Oriente", el autor ensayará un último viaje iniciático al interior de su propio yo; ensayará el recorrido a través de una novedosa vía mística muy influenciada por la cultura oriental, pero que en 1932 todavía era una gran desconocida para la generalidad de Occidente.
Afrontando el suicidio.
Las primeras obras de Hesse están protagonizadas por jóvenes que sufren y que se sienten frustrados e impotentes para afrontar la existencia. Son jóvenes inexpertos que sienten que no son dueños de sus destinos; que sienten la vida como una grave carga impuesta por sus mayores. Estos jóvenes sufridores, lejos de sentirse libres, se sienten subyugados y oprimidos; se sienten rehenes de una realidad que no pueden ni saben manejar. Así, como estos jóvenes que terminaban deprimiéndose y perdiendo las ganas de vivir, se sintió seguramente Hesse en su juventud. Y como ellos, probablemente, también Hesse llegó a fantasear con ideas de suicidio.
Hesse decidió en "Bajo las Ruedas", a través de una dura catarsis sin concesiones a la vida, que el destino del joven y atormentado Hans no podía ser otro mas que el de poner fin a su vida a través del suicidio. Así, a través de la autoinmolación literaria de su personaje en la ficción, Hesse escenificó y vivió su propio suicidio. La catarsis realizada en "Bajo las Ruedas" funcionó, y la muerte simbólica del atormentado Hesse le posibilitó la reencarnación en otro ente de ficción que tendría más fortuna que el desgraciado Hans.
En "Demian" Hesse se reencarna y se mete en la piel del joven Emil Sinclair. De hecho, el propio Hesse firmó la novela utilizando como seudónimo el nombre del desorientado protagonista.
En esta ocasión, el sufridor Emil no llegará a los extremos de desesperación que llegara Hans, el alter ego de Hesse en "Bajo las Ruedas", porque Emil encontrará la salvación a través de la amistad.
"Demian" será la primera novela redentora o salvadora que le permitirá a Hesse apostar por la vida, y en lo sucesivo sus protagonistas crecerán y aprenderán a superar las adversidades a través de diferentes vías.
Si en "Demian" el protagonista se salva a través de la vía de la amistad, en el "El Lobo Estepario" el atormentado Harry Haller (mismas iniciales que Hermann Hesse) escapará del sentimiento trágico de vivir a través del amor.
El solitario y antisocial Harry ya no es un joven, como tampoco lo era por entonces, en el momento de escribir la novela, el propio Hesse. Transcurren 22 años desde que en "Bajo las Ruedas", Hesse decidiera que el suicidio era la única solución para las almas atormentadas. En "El Lobo Estepario" el protagonista sigue siendo un sufridor impenitente e irredento; sigue siendo un firme candidato al suicidio, pero en esta ocasión será una mujer quien le enseñará al protagonista a vivir.
En "Demian", el joven protagonista necesitó un primus inter pares, precisó reconocerse y autoafirmar su propia identidad a través de una figura modelo; a través de un igual, pero de mayor autoridad moral y/o intelectual.
En "El Lobo Estepario" Harry, sin embargo, no se salvará a través de un guía espiritual docto y ejemplar, sino a través de una guía vitalista y alegre: la bailarina Hermine.
Con "El Lobo Estepario" se cierra un ciclo, y termina el recorrido literario que precisó Hesse para aprender a afrontar la existencia a través de guías espirituales y/o vitales. Hesse ya había descubierto, de la mano de sus personajes, que la amistad y el amor eran dos formidables salvavidas para afrontar el drama de vivir.
Viajes iniciáticos.
"Narciso y Goldmundo" supone, precisamente, la síntesis entre las dos tesis u opciones redentoras que Hesse había descubierto para sanar el alma y afrontar la existencia: el recogimiento espiritual y/o intelectual ("Demian") y la experiencia vital ("El Lobo Estepario").
Ahora será Narciso la figura ejemplar y modelo que otrora desempeñara Demian; será el referente espiritual e intelectual, mientras que Goldmundo reencarnará a la parte más femenina y vital, como hiciera Hermine en "El Lobo Estepario".
Hesse pasa ahora de ser aprendiz a convertirse en experimentador, mal que sea a través de sus personajes de ficción. Si sus primeros personajes, alter egos de sí mismo, necesitaron referentes o guías espirituales y vitales para encontrar su salvación, ahora Hesse, ya convertido en maestro, desempeñará un magnífico juego de roles, siendo a un tiempo Narciso y Goldmundo.
Con "Narciso y Goldmundo", en mi opinión, Hesse llega a un sumum grado de empatía y conocimiento del alma humana que le permite, magistralmente además, reencarnarse en dos perfiles humanos aparentemente antagónicos y muy distintos entre sí, pero que por fuerza se complementan y han de encontrar la conciliación (síntesis). Dos opciones vitales perfectamente válidas, dos caminos de vida y, sin embargo, el mismo drama ante la existencia, la misma necesidad de luchar para poder ser.
La complejidad de Narciso y Goldmundo requerirá un análisis de reflexión más profundo (ver aquí).
Y por último, resulta obligado mencionar "Viaje a Oriente", el último viaje iniciático que realizará Hesse a través de sus novelas, si bien ya en "Siddharta", anterior a "El Lobo Estepario", se adivinaba el interés de Hesse por la mística oriental.
Si "Narciso y Goldmundo" supone un analítico recorrido a través del dualismo filosófico occidental (idealismo vs vitalismo), reflejando dos maneras de poder conocernos a nosotros mismos y de llegar a ser quienes realmente somos, ahora en "Viaje a Oriente", el autor ensayará un último viaje iniciático al interior de su propio yo; ensayará el recorrido a través de una novedosa vía mística muy influenciada por la cultura oriental, pero que en 1932 todavía era una gran desconocida para la generalidad de Occidente.
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