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sábado, 1 de mayo de 2021

PSICOSOFÍA (nueva propuesta analítica)


INTRODUCCIÓN
No nos engañemos, cuando una parte importante de la ciudadanía de nuestro país desprecia o infravalora el hecho serio de ser español, o ningunea la importancia de sus símbolos patrios (pongamos por caso la bandera), resulta evidente que en dicha actitud subyace un desapego afectivo; un distanciamiento (falta de identificación) entre el Yo (biogenético) del ciudadano y su mundo circundante (lugar de nacimiento en este caso).
El origen de la desafección de muchos españoles hacia su nación habría de buscarse, sin duda, en la clase de persona que es cada individuo; es decir, en la biogenética de su Yo. Ni la historia común ni las circunstancias particulares de cada sujeto explicarían, por sí solas, la génesis de sentimientos y emociones a favor o en contra de determinados apegos ; ni explicarían tampoco la adhesión a determinadas ideas y/o creencias. Existen factores biogenéticos a priori (psicológicos y biológicos) que, al modo de los conceptos puros kantianos (espacio y tiempo) son necesarios para hacer posible el conocimiento y la generación de emociones y sentimientos.
Por supuesto, las circunstancias históricas y personales (familiares y sociales) también moldearán las preferencias y gustos estéticos, a la postre también ético-morales. Pero, insisto, el carácter (perfil psicológico) del individuo tendrá un peso más que relevante a la hora de desarrollar "apegos afectivos".
DIALÉCTICA DEL YO
En unas circunstancias ambientales asépticas, donde la superestructura (cultura, medios de información y educación) no estuviese bajo el dominio y control de una determinada ideología, cada individuo, impelido por su Yo (creencias, sentimientos y motivaciones), optaría libremente por "hacer suyo" aquel credo religioso y/o político que fuese más afín a su particular modo de ser.
Pero nuestro Yo, libertad en acción en términos fichteanos, no es un "absoluto", sino un absoluto-relativo en constante pugna dialéctica entre el sujeto y el objeto; entre nuestro Yo y sus circunstancias, entre Dasein y mundo; entre ser-en-sí y ser-ahí en/con "lo otro". Nuestro Yo está en eterno conflicto consigo mismo y con "lo otro" (objetos en el mundo) y, por tanto, es también una Idea en constante construcción. De hecho, el Yo es un constructo inexistente, una idea hipostasiada carente de materialidad corpórea, pero que supone en sí mismo un modo de materialidad (M3 en la ontología General de Gustavo Bueno) necesaria para poder operar en y con el mundo.
El psicoanálisis consideró una dialéctica del Yo cuyo funcionamiento, en mi opinión, es análogo a la dinámica de la conciencia o fenomenología del espíritu hegeliano.
LAS DOS ESPAÑAS (y los dos Machado)
En los albores de la Guerra Civil española comenzó a recrudecerse la dialéctica entre dos conciencias antagónicas (burguesa y proletaria). Pero entonces, y a pesar de lo explicado por Marx en "El manifiesto comunista", la superestructura burguesa-capitalista no disponía de la fuerza adoctrinadora y manipuladora que hoy, por ejemplo, ostenta el populismo socialcomunista; es decir, sí existía una verdad institucionalizada al servicio de los intereses de una clase social: la conciencia burguesa. Pero dicha conciencia se preservaba más a través de la coacción operativa del Estado que por la existencia de una conciencia espiritual colectiva. No existía una "conciencia de clase burguesa", porque no existía una superestructura adoctrinadora de masas orientada a crear entre la ciudadanía una conciencia de clase burguesa.
Dicha superestructura burguesa daba por hecho que su verdad no podía cuestionarse, hasta que, por supuesto, apareció el marxismo postulando la supremacía de una nueva conciencia proletaria que reivindica su derecho a ser; su derecho a consumarse operativamente como nueva posibilidad del Ser. De manera parecida, nadie se cuestionaba el hecho de ser hombre o mujer hasta que apareció la conciencia de la ideología LGTBI; y ningún hombre se cuestionaba si era realmente un machista violador al servicio del heteropatriarcado hasta que el femimarxismo construyó "su verdad" de odio y resentimiento para, así, cosificar y culpar al varón de las injusticias existenciales (por cierto, ¿qué es justo o injusto?).
La ciudadanía española de entonces, en su mayoría analfabeta y, por tanto, ajena a los efectos adoctrinadores de escuelas y medios de comunicación (revistas y diarios de la época), carecía de "conciencia de clase", no era de derechas ni de izquierdas. Fue, por tanto, la élite ilustrada del momento, formada y con acceso a medios de información, la que se posicionó a favor o en contra de una u otra conciencia; a favor de una u otra España (la nacional vs la roja); y lo hizo en función de la idiosincrasia de su particular Yo, sus sentimientos, voliciones y motivaciones, jamás convencida por las bondades de los argumentos y fundamentos de las diferentes ideologías en lid (subrayo enfáticamente esta observación que se me antoja gran verdad).
Sería interesante realizar el perfil psicológico de las élites intelectuales de aquel difícil período histórico; comprobar hasta qué punto no solo las graves circunstancias del momento determinaron sus posturas ideológicas, sino también sus respectivas biogenéticas o, en palabras de Ortega (que también fueron las de Fichte), hasta qué punto tomaron partido en función de la clase de personas que fueron.
Baste tan solo, a modo de rápida ilustración, echar un vistazo a lo sucedido en el seno de la propia Escuela de Madrid. Muchos discípulos de Ortega y Gasset, liberal y republicano, devinieron socialistas, como María Zambrano. Otros, como García Valdecasas, que fundaría el Frente Español (donde también militó Zambrano antes de ser seducida por el socialismo), devendrían falangistas; caso también de Laín Entralgo.
Las circunstancias históricas fueron las mismas para todos ellos, cierto. Y todos ellos, discípulos de Ortega, fueron en su mayoría republicanos (caso también de Valdecasas) y/o liberales antes de devenir socialistas o falangistas. Entonces, ¿qué determinó que la herencia liberal-conservadora y republicana de la Escuela de Madrid se diluyera en la nada?
Pues la causa fue la irrupción de una nueva conciencia dispuesta a presentar batalla en el claro del bosque; una conciencia proletaria que reivindicaba su derecho a ser despreciando y cosificando, con soberbia prepotencia, al resto de conciencias; conciencias que no solo eran burguesas y/o liberales, sino también anarquistas. Solo UNA podía ser la conciencia verdadera. Había surgido un nuevo supremacismo totalitario, disfrazado de teoría de la liberación, que se arrogaba estar destinado a emancipar a los oprimidos; había nacido un nuevo credo religioso.
Pero lo sucedido en la Escuela de Madrid, la escisión del liberalismo republicano en nuevas formas ideológicas (socialismo y falangismo), también aconteció incluso en el seno de las propias familias; individuos que convivían en común , con valores también comunes, y con unos mismos lazos afectivos, tuvieron que optar por una de las nuevas conciencias.
Una de esas familias fue la familia Machado.
Los hermanos Antonio y Manuel Machado se me antojan la metáfora perfecta de las dos Españas que se enfrentaron en nuestra fratricida Guerra Civil. Antonio Machado dio en llamar "las dos Españas" a los dos bandos, republicanos y nacionales, que defendían diferentes ideas y, por tanto, también hicieron suyas diferentes verdades.
Una lectura precipitada, errónea en mi parecer, señalaría la génesis del conflicto en las diferencias circunstanciales entre clases sociales (teoría marxista) y, por tanto, también en los condicionantes históricos. Pero lo sucedido en la Escuela de Madrid, así como en otros círculos de intelectuales y en las propias familias, demuestra que, al final, cada Yo individual, instado por su particular modo de ser; modo de pensar y de sentir, eligió en función de la clase de persona que era.
Antonio y Manuel eran hermanos que no solo compartían una misma herencia genética, sino también unas mismas circunstancias socio-económicas (familiares) e históricas. Los dos eran hijos de los mismos padres y de un mismo tiempo, pero ellos optaron por ser fieles a verdades distintas, a diferentes posibilidades del Ser que se abrían en la realidad.
¿Por qué?
Porque los hermanos Machado, como la generalidad de los españoles de su generación, se vieron obligados a elegir entre dos opciones ideológicas, antagónicas y aparentemente irreconciliables entre sí; ideologías que se fundamentaban, respectivamente, en dos sustantivaciones o ideas hipostasiadas: la idea de nación vs la idea de internacionalismo. En este sentido, tanto el nacionalismo como el internacionalismo marxista podrían (deberían) considerarse ideologías idealistas.
Sin embargo, un análisis más minucioso, racional y realista, permitirá descubrir importantes diferencias entre ambos "idealismos", sobre todo a partir del raciovitalismo orteguiano y el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno.
EL NACIONALISMO, entendido como el apego a la nación (lugar donde se nace); y comprendido también como religación a la patria (tierra de los padres) se fundamenta a partir de la pertenencia, dominio y control de la capa basal que es la tierra, el espacio-materia que ocupa un individuo desde que sus padres lo traen al mundo. Esta es una fundamentación vital y materialista, perfectamente compatible con la propuesta raciovitalista de Ortega y Gasset. También el MF (materialismo filosófico) de Gustavo Bueno fundamenta la realidad material y corpórea de la nación, como la tierra o sustancia (capa basal) a partir de la cual se construye y articula una sociedad.
EL INTERNACIONALISMO MARXISTA, paradójicamente argumentado a partir de los materialismos histórico y dialéctico, se sustenta, sin embargo, a partir de una fundamentación idealista (esencialista), pues proclama como fin último de la historia del ser humano la desaparición de las naciones (aspiración a un ideal). El marxismo postulará que el análisis científico de la historia demuestra la existencia de una clase proletaria; una clase oprimida, en todo el mundo, que carece de patria y solo podrá emanciparse o liberarse haciendo suya una conciencia internacionalista o de pertenencia al conjunto de la humanidad (una teleología muy parecida a la propuesta católica).
Nacionalismo y socialismo, o patria y justicia social si se prefiere, son Ideas sustantivadas; son abstracciones virtuales (modos de ser en las conciencias) que permiten operar con y en el ex-sistere, para permitir el control y el dominio de la naturaleza, del mundo en definitiva.
Se trata, siempre, de una dialéctica de control y dominio, y no tanto de una dialéctica entre clases sociales, como reconoció el propio Jürgen Habermas. Y de la clase de persona que seamos, como bien supo ver Ortega, y no dependiendo de la clase social a la que pertenezcamos, dependerá que dos hermanos, con una misma genética y criados en un mismo contexto histórico, y en el mismo ambiente familiar, decidan hacer suyas una u otra ideología (léase Verdad).
PERFILES PSICOLÓGICOS
No disponemos de los perfiles psicológicos de los hermanos Machado, pero me atrevería a pronosticar, conociendo sus apegos ideológicos, qué rasgos de carácter configurarían, probablemente, sus respectivas maneras de ser.
Una primera clasificación nos la facilitaría la dialéctica dualista existente entre optimistas antropológicos, más dados a ensoñaciones idealistas, y los pesimistas antropológicos, más apegados a la realidad de la tierra.
Si partimos de la máxima de Fichte (que yo considero cierta y difícil de rebatir): "De la clase de persona que seamos dependerá la filosofía que escojamos", podremos pronosticar, como decía, que el hermano más realista, conservador y responsable con la salvaguarda de su legado histórico-cultural fue Manuel, que se adhirió al bando nacional. Antonio Machado, más soñador e idealista, buscaría en el internacionalismo marxista una religación con el Absoluto (sentido histórico) para, así, hallar el Santo Grial de la justicia social.
También podríamos afinar mucho más si supiéramos de la presencia de determinados rasgos de personalidad que permitieran diferenciar los perfiles de los hermanos Machado, pero no es el caso.
Dos formas de ser, dos maneras de pensar y de actuar; dos opciones vitales en principio legítimas, ni buenas ni malas, pues cada una de ellas está justificada racionalmente, argumentada y fundamentada. Estos dos modos de ser, como otros modos de ser, tales como el anarquista o el liberal, son inevitablemente morales, pues no hay razonamiento humano que no implique, al tiempo, una elección ético-moral que nos obliga a preguntarnos "cómo actuar".
LA NEGACIÓN DEL APEGO A LA TIERRA (desterrar las banderas y las naciones)
La pregunta que quedó planteada en el punto anterior fue : ¿Cómo actuar? ¿Cómo debemos conducirnos con el prójimo?
No vamos ahora a retrotraernos a la moralidad judeocristiana ni a la ética kantiana, pues nos bastará con reconocer que la nación política nació en Francia, junto a la república de ciudadanos libres (1789). República (gobierno de ciudadanos) y nación (tierra de los ciudadanos) tuvieron un origen político común en Occidente; un origen que podría remontarse a la aparición de las polis griegas, donde surgió la democracia, y que culminó con la revolución francesa. Según las tesis de Gustavo Bueno, con la Revolución Francesa aparecieron las primeras izquierdas definidas, la jacobina (republicana y nacionalista) y la liberal (nacionalista aunque no necesariamente republicana).
A partir de entonces, las sociedades occidentales entendieron que no cabía otra manera de actuar con el prójimo que respetando sus derechos y libertades y, por tanto, articulando la nación política en torno a un Estado democrático.
Muchas cosas sucedieron tras la revolución francesa, sobre todo reacciones del Antiguo Regimen absolutista que, en toda Europa, se negaba a desaparecer. Se tuvieron que librar, por tanto, muchas guerras, todas ellas abanderadas por liberales apegados a sus respectivas naciones, hasta que el marxismo tomó el relevo por considerar ¿necesario? sustituir nacionalismo por internacionalismo.
El marxismo se introdujo en la sempiterna lucha entre absolutistas y liberales, arremetiendo, al tiempo, contra ambos, es decir, proclamando la justicia social sobre el subyugador regimen absolutista, pero también negando el apego a la tierra, a la patria, a aquellos liberales republicanos que también eran nacionalistas. El conflicto entre conciencias estaba servido.
El marxismo, con exceso de celo prepotente y señorial, negó y condenó los vínculos sentimentales que unían a los ciudadanos a su lugar de nacimiento (nación), obligándoles, leninismo operativo mediante, a que abrazaran la nueva fe internacionalista. La esquizofrenia marxista fue, entonces, rápidamente respondida por nuevos movimientos políticos reaccionarios que se negaron a abandonar su tradicional modo de ser democrático liberal, republicano y nacional. Dichos movimientos, por pura reacción defensiva ante las hostilidades del comunismo impositor, mutaron en nacionalismos supremacistas (fascismo y nacionalsocialismo).
La dialéctica en el claro quedó, así, definida por el enfrentamiento entre dos supremacismos; el comunista y el nacionalista.
¿QUÉ SIGNIFICA, HOY, SER "´NACIONALISTA"?
Significa, sobre todo, ser reaccionario ante las amenazas externas que hacen peligrar la integridad de la nación. Ante las amenazas de una Izquierda reaccionaria subversiva (socialcomunista), que ha vulnerado la legalidad institucional y ha traspasado UNILATERALMENTE peligrosas líneas rojas, solo cabe articular y dar forma a una fuerza antagónica, también reaccionaria, desde la Derecha (liberal-conservadora).
No cabe ninguna otra respuesta posible para poder equilibrar las fuerzas políticas en la balanza del "juego democrático", ya que solo desde un equilibrio de fuerzas se podrían "consensuar" acciones políticas (constitucionales) para hacer frente a las antivitales e idealistas propuestas marxista-leninistas, actualmente disfrazadas bajo los ropajes de populismos socialcomunistas.
Por tanto, la actitud irresponsable de nuestras Izquierdas Ilustradas, despreciando y deslegitimando a una de las fuerzas en lid (la liberal-conservadora), solo pone de manifiesto sus sesgos ideológicos o preferencias estéticas, a la postre ético-morales, a costa, precisamente, de traicionar los principios de la "democracia deliberativa" que tanto dicen defender; a costa de abandonar conscientemente, y cinismo mediante, las argumentaciones racionalmente fundamentadas.
La irrupción de VOX en la política española ha sido de extrema necesidad para garantizar un óptimo "equilibrio ecológico"; es decir, para evitar que, ante la ausencia de un número suficiente de depredadores, las RATAS se multipliquen sin freno y lleven a la nación a la ruina total y definitiva.
A la nación no se le puede pedir (memos aún exigir) que, voluntariamente, acepte su aitoinmolación vital, que claudique ante la vida y permita, cobarde y resignada, que otra forma de vida, otro modo de ser o verdad, ocupe su lugar. Al contrario, la nación debe ser protegida, porque la conciencia espiritual inherente a la entidad nacional solo puede pervivir en tanto un amplio Yo colectivo la hace suya y, por tanto, está dispuesto a defenderla y preservarla de sus enemigos.
De hecho, no existe la ideología nacionalista, como tampoco existe la "ideología masculina", pues pertenecer a una nación, como nacer hombre o mujer, es una verdad dada a priori en la que el individuo no puede elegir entre ser o no ser; ser o no ser español, ser o no ser hombre.
La idea de nación, como toda idea, es una hipóstasis o sustantivación de un concepto etéreo. Por tanto, "el ser de una nación" es una abstracción o modo de ser "virtual" que se manifiesta y actualiza como modo de ser real en la conciencia (habrá nación si el ente colectivo cree en la nación). Pero no bastará la manifestación (creencia) de dicho modo de ser real en una única conciencia individual para que ésta alcance el rango de Verdad. La idea de nación (y de pertenencia a la misma) solo puede pervivir temporal o históricamente a través de una conciencia colectiva que la haga suya y, por tanto, la institucionalice como Verdad (Dios o Ser) que deba preservarse a través de una Constitución nacional.

CONCLUSIÓN
Así pues, la lucha que actualmente se está librando en el claro del bosque (Lichtung heideggeriano) tiene como contendientes enfrentados a dos ideologías supuestamente materialistas (socialdemocracia habermasiana vs liberalismo nacionalista), que, en el fondo, y aunque lo nieguen ambas, se fundamentan en creencias espirituales (esencialistas), pues ambas pretenden imponer sus respectivas conciencias o acepciones en torno al "sentido del Ser": cómo ser humanos o, dicho con mayor crudeza, cómo se ha de civilizar (criar y domesticar) al ganado humano. En definitiva, ambas conciencias pretenden decirnos qué valores ético-morales serán buenos y cuáles serán malos.
El idealismo habermasiano (esencialista al cabo) fue magistralmente desenmascarado por Gustavo Bueno, pero, no nos engañemos, porque, por más que el padre del MF pretendiera superar la metafísica inherente a la razón de ser (sentido) de las entidades nacionales, éstas también están inevitablemente impregnadas de espiritualidad (sentido y/o razón de ser) y necesitan, como los dioses, fieles creyentes que la defiendan de enemigos externos.
La batalla cultural no es entre un materialismo (socialdemocracia habermasiana) vs un esencialismo (nacionalismo liberal-conservador) sino entre dos esencialismos, el primero taimadamente oculto y enmascarado (marxismo) y el segundo orgullosamente desnudo (liberal-conservador).

martes, 22 de abril de 2014

Unamuno: ¿filósofo o poeta?

Resulta fácil, en España, poder encontrar multitud de literatura, artículos y ensayos varios, destinados tan solo a criticar y deslegitimar a terceros. Las mismas envidias y egocentrismos particularistas que han socavado y erosionado al otrora sugestivo proyecto de vida en común que fue España, han favorecido la proliferación de un estereotipo de individuo, tan mediocre como rencoroso, cuya única razón de ser es arremeter contra todo aquello que pudiera despuntar, sobresalir o parecer mejor y más excelente. Vivimos el triunfo de la poesía que destruye frente a la poesía que pudiera prometer.

Así, no es extraño que podamos encontrar a doctos catedráticos, que aprovechan sus púlpitos cedidos por las instituciones al servicio de la pedagogía social, para deslegitimar a otros autores, mal que sea a través de inmorales y cobardes argumentos ad hominem. Quizás sea Ortega y Gasset uno de los autores contra los que más se ha vertido la insana inquina de los envidiosos de las Españas; y es que pocos pensadores tienen el dudoso honor de ser el blanco, a un tiempo, de las iras de las izquierdas más retrógradas y del odio de los particularistas más ombliguistas.
Pero también podemos encontrar a periodistas (entrecomillado malicioso), tan osados como ignorantes, cuyo único interés consiste en hacer política de la chusca, es decir, política facilona y reduccionista destinada a saciar los apetitos revanchistas de las masas. Recuerdo, a bote pronto, un falaz y cobarde artículo de Enric Sopena, criticando ferozmente la obra de Fernández de la Mora, no rebatiendo intelectualmente los contenidos filosóficos de la misma, sino señalando los graves pecados del autor de "La envidia igualitaria": haber sido ministro de Franco y supuesto numerario del Opus Dei. En España no importa tanto la verdad como el deporte, tan nuestro, de poder deslegitimar al osado que se atreva a proclamarla.

Respecto a Unamuno, y aquí quería llegar, las críticas más comunes se han centrado en torno a la difícil personalidad, irascible y contradictoria, del filósofo de Salamanca.
Y a fuer de señalarnos que Unamuno fue un pensador en exceso subjetivo e irracional se han obcecado en despojarle de su condición de filósofo, ya fuere porque sus intuitivos ensayos carecían de rigor objetivo o porque, sencillamente, Don Miguel no articuló un sistema filosófico propio, como hicieran Ortega, Xavier Zubiri o María Zambrano.
De hecho, tampoco a Ortega le sirvió de mucho ser el padre del raciovitalismo, pues igualmente fue atacado por sus detractores, acusado de plagiador cuando no de panfletario. Los críticos llegaron a definir a Ortega como a un periodista de vastos conocimientos con ínfulas de filósofo. ¿Cabe ser más miserable?
Pues bien, Unamuno ni siquiera se molestó en articular un sistema filosófico propio, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano a través de su propuesta de pensamiento poético.
Y sin embargo, toda la obra de Unamuno, impregnada de filosofía de vida, propia de hombres de carne y hueso, fue la precursora e inspiradora de las ideas de Zubiri sobre el carácter real, de suyo, del pensamiento virtual. Unamuno, en su magnífica "Niebla", aunque a través de una nivola creativa, se adelantó a los pensadores de su época y sostuvo, ebrio de aparente poesía irracional, que los entes en la ficción tenían una vida propia que escapaba de los designios de sus creadores. Había abierto las puertas de la filosofía a la imaginación y la ficción; allanó el camino para que Zubiri pudiera crear todo un sistema filosófico que reconociera el carácter racional, por derecho propio, de otras vías de la razón diferentes, pero igualmente legítimas, a la lógica y el cientifismo objetivo: la mística, la religión, la poesía...
Pero Unamuno no solo alimentó la filosofía de Zubiri, sino que también influyó, y mucho, en la obra de María Zambrano, la cual homenajeó al maestro a través de un sentido ensayo titulado, precisamente, "Unamuno".
Era Don Miguel, en palabras de Zambrano, más un poeta que un filósofo al uso. Pero el matiz de aquel era más no negaba la rica filosofía inherente en toda la obra de Unamuno (novela, ensayo, poesía...), sino que reivindicaba una nueva filosofía, más intuitiva, más creadora, más de carne y hueso, más poética...
Zambrano recogió toda la filosofía de Unamuno, dispersa en forma de pensamientos intuitivos, sagaces y osados, para legitimarla a través de la razón.
¡Qué obsesión tan enfermiza la de validar y certificar la verdad a través de una razón, las más de las veces prostituida al servicio de la lógica y la objetividad científica!
Hizo bien Zambrano, como antaño hiciese José Antonio, en reivindicar la poesía como promesa de vida, porque solo cabe el refugio en la poesía, en los pensamientos más mágicos y fantásticos, para escapar del nihilismo existencial; solo cabe crear ficciones e ilusiones para poder engañar a la muerte, para poder, al menos, escapar de su pesada presencia; para evadirnos del sentimiento trágico de vivir.

Por todo ello, yo sostengo, no tanto que Unamuno fuese más un poeta que un filósofo, lo cual en sí mismo no debería desmerecer ni obviar en absoluto la riqueza filosófica de toda su obra, sino que Don Miguel, como gustaba de llamarlo Zambrano, fue un gran filósofo que se sirvió de la poesía para articular su rico y variado pensamiento intuitivo, subjetivo y propio del hombre de carne y hueso que él mismo reconocía ser.
Sí, porque, como bien decía Unamuno, quizás él no fuese más que una diminuta partícula en el Universo, pero para él mismo, para su atormentado yo, lo era TODO.
Y es que el común de los mortales, queramos o no reconocerlo, tardemos antes o después en descubrirlo, siempre soñamos con la eternidad y con la sempiterna perdurabilidad de nuestro yo, de nuestro subjetivo, particular y exclusivo yo. Hay quienes son conscientes de esta sed de inmortalidad a lo largo de toda su vida, y quienes solo se caen del caballo y ven la luz cuando presienten cercana la muerte, tras una grave enfermedad, un penoso infortunio o una dolorosa desgracia.
Quienes se niegan a reconocer que sueñan con vidas eternas, esos curas, barberos y bachilleres guardianes de la razón, tan celosos de su verdad, no son más que viles hipócritas que se niegan a sí mismos y, peor aún, niegan la esencia espiritual, poética al cabo, de los hombres de carne y hueso.
¿De qué me sirve una filosofía que no sea promesa de vida? ¿De qué habría de servirme a mí, a mi particular y subjetivo yo, que pudiera existir un Dios creador (arquitecto del universo) pero incapaz, sin embargo, de garantizarme la vida eterna?
Bienvenida sea la poesía que intenta salvarnos o, cuanto menos, nos alivia, cual bálsamo de Fierabrás, de las heridas que nos produce el drama de vivir; que nos aligera del dolor de tener que acometer a los gigantescos molinos de viento del ex-sistere; que nos calma y templa el ánimo ante las arremetedoras turbas de curas, barberos y bachilleres, siempre prestos a regir nuestros destinos, ora legitimándose a través de la diosa Razón ora sirviéndose de prostituidas democracias.

miércoles, 2 de abril de 2014

El Quijote en la ficción.

"¡Observa cómo domino la realidad!" (Finn en "Hora de aventuras").

¿De verdad que el ser humano domina la realidad? ¿O toda nuestra existencia es una constante lucha por resistir y sobrevivir a la realidad? ¿Afrontamos la realidad o nos evadimos de ella?

Siendo adolescente fui un gran lector aficionado al género literario de la ciencia ficción, y hoy todavía gusto de leer ficción en forma de ensayos filosóficos. Supongo que ello es debido a que existe una estrecha relación entre la ficción imaginada y el pensamiento metafísico, pues al cabo ambos son especulativos y se representan virtualmente en nuestras mentes.

Desde hace algún tiempo vengo preguntándome sobre el hecho de que cada vez más adolescentes, también jóvenes y adultos, se sumerjan durante horas y horas en los mundos virtuales de los videojuegos.
Al principio me pareció una actitud poco sana el hecho de que una persona, cualquiera, pudiera sustituir la realidad por la ficción; no me parecía muy normal, ni conveniente, que las nuevas generaciones, en vez de instruir sus mentes a través de lectura edificante, se dedicaran a jugar.
Sin embargo, tras algunas reflexiones, llegué a la conclusión de que el ser humano siempre, a lo largo de la historia, se ha evadido de la realidad de mil y una formas diferentes: rituales mágicos, mitos, creaciones literarias fantásticas, consumo de sustancias alucinógenas, espectáculos de masas...
¿Acaso la vida no es juego? ¿O era sueño?

La realidad es insoportable, no cabe duda, es siempre adversidad y drama, genera ansiedad y produce en los seres humanos ese sentimiento trágico que es el vivir, tan angustioso, al que se refiriera Unamuno.
¿Y qué hacía Unamuno, sino evadirse de la realidad a través de su magnífica obra literaria?
¿Acaso no es "Niebla", la historia atormentada de Augusto Pérez, una realidad misma en la ficción?
Decía Unamuno, y decía bien en mi parecer, que el personaje del Quijote ha conseguido ser más real que la persona de carne y hueso que otrora fuese Miguel de Cervantes; decía el genio de Salamanca que los personajes de la ficción, por más que el autor piense que es su creador, tienen vida propia, son dueños de su propia esencia y desarrollan su propia identidad.
Si Unamuno naciera hoy, en el seno de nuestras actuales sociedades, sin duda seguiría siendo un niño inteligente, curioso y creativo, pero tal vez, y digo solo tal vez, en vez de leer compulsivamente se dedicaría a jugar con una PlayStation o una Xbox. ¿Por qué no? ¿Acaso no somos hijos de nuestro tiempo?
Ortega y Gasset, cuando se refirió a las posibilidades del ser, contempló en cierta manera un tipo de realidad virtual, que sin llegar a ser todavía real (ser en el mundo), ya estaba siendo considerada como tal en la mente del sujeto. De hecho, fue Husserl, uno de los maestros de Ortega, quien al referirse a la conciencia la definió como un modo de ser intencional; objetos e ideas son tratados en la conciencia de tal manera que podemos especular previamente sobre ellos, considerando diferentes posibilidades de elección antes de ejecutar nuestros actos.
Resulta curioso, hoy, observar cómo las posibilidades de ser, que imaginó Julio Verne en sus novelas de ficción, llegaron a ser certezas en el mundo real. Y es que la ficción se da en la realidad; toda ficción se construye inevitablemente a partir de rasgos o retazos de realidad (notas de realidad, que diría Zubiri), de tal manera que la irrealidad (ficticia o imaginada) se convierte en transcendencia de la realidad misma.
Julián Marías, profundizando en la idea de posibilidad señalada por Ortega, análoga al concepto de potencia del ser heideggeriano, señaló que la elección de posibilidades suponía considerar dos tipos de trayectorias: las reales y las posibles.
Decía Julián Marías que las personas, como los proyectos colectivos, deben elegir, a lo largo del ex-sistere (de su ser ahí en el mundo) entre un conjunto de caminos o trayectorias posibles. La elección de la persona, como la de un grupo humano, supondrá la preferencia por una opción vital que, en tanto que elegida, configurará lo que será una trayectoria real, ya sea personal (individual) o histórica (colectiva).
Zubiri, también discípulo de Ortega, llegó más lejos todavía y fue uno de los primeros pensadores en referirse a lo que hoy conocemos como realidad virtual.
Decía Zubiri que los objetos e ideas tratados en la conciencia adquieren un modo de ser propio, es decir, en cierto sentido ya son (existen) en la mente del sujeto, y no solo como posibilidad o potencia, como hasta entonces consideraron Ortega o Heidegger, sino como un ser virtual, como otra forma del ser real, si se prefiere.

Si nos fijamos bien, Zubiri, no sé si consciente de ello, entronca así, finalmente, con el pensamiento unamuniano, y legitima al autor de "Niebla", a través de la razón, reconociéndole la parte de verdad contenida en su delirante imaginación, la cual sostenía, desde una perspectiva más propia del poeta que del filósofo, que los personajes de la ficción tenían vida propia.

Y ya cerrado el círculo, regresamos a la genialidad transparente de Unamuno, después de que los doctos pensadores, tras sesudas reflexiones y análisis metafísicos, llegasen a conclusiones parecidas a las que Don Miguel llegara, mucho antes, a través del camino de la intuición. De hecho, el camino de la intuición no es sino el camino de la poesía y el de la imaginativa creatividad, como bien supo verlo María Zambrano cuando dijo ver en Unamuno más a un poeta que a un filósofo al uso.
Pero Zubiri, filósofo de gran prestigio reconocido, se dio cuenta, como Unamuno, de que la realidad se aprehende antes que se comprende, es decir, antes del acto intelectivo que es la comprensión de la realidad por parte del individuo, éste, inmerso en la realidad misma, la capta en su totalidad a través de los sentidos y de manera intuitiva; la hace suya a través de la poesía, el arte, la literatura, la imaginación. Sí, también a través de la razón, pero con la inevitable participación de emociones, voliciones y un sentir espiritual, por decirlo de alguna manera, que caracteriza la esencia del ser humano.
¡Llegar al conocimiento a través de la intuición primaria! ¿Cabe otra manera de adquirir conocimientos?

¿Qué sucede cuando endiosamos la razón, cuando la erigimos en diosa todopoderosa; cuando decidimos que la razón es la única vía para hallar la verdad? ¿Qué sucede cuando queremos responder a las más graves y urgentes preguntas de la existencia (la vida) solo a través de la razón?
Pues sucede que fracasamos y nos frustramos, como le sucediera al decepcionado Heidegger después de preguntarse por el sentido del ser desde una vía metafísica tan aséptica que prescindió del espíritu de la tradición histórica para analizar la existencia. Intentó prescindir del espíritu para hallar y/o desvelar la esencia del mismo. ¿No es esto paradójico en sí mismo? Al final no encontró nada o, mejor dicho, se vio inmerso en una nada nihilista y desesperanzadora que, de nuevo, le hizo volver su vista hacia Dios (su célebre "solo un Dios puede salvarnos).
También pudiera sucedernos lo mismo que a Wittgenstein, mente privilegiada, que haciendo suyo el fracaso de Heidegger decidió volver a lo objetivable, a un nuevo neopositivismo centrado en el estudio y análisis del lenguaje, reconociendo que "de aquello sobre lo que no se podía hablar era mejor callar". Un acto de resignación y claudicación vital tan irresponsable como antideportivo, pues, como bien dijera Ortega, la vida no consiste en hallar respuestas, sino en el noble y aristocrático deporte de buscarlas, pero con fairplay, siendo conscientes de que muy probablemente no podremos hallar las respuestas a las preguntas más radicales sobre el ser y la vida.
Y así, volvemos a encontrarnos jugando, no ante una videoconsola, pero sí junto a la vida y en la vida, practicando el deporte de intentar ser nosotros mismos.
¿La vida es sueño, como decía Calderón, o es un juego? Quizás sueño y juego estén inevitablemente relacionados entre sí en esa otra realidad tan humana que es la realidad virtual.

¿Debemos callar sobre aquello de lo que no se puede hablar?
Quizás Wittgenstein se refiriera a que el lenguaje no puede hablarnos sobre determinados misterios a los que no podemos llegar a través de la razón humana. Pero por eso, precisamente, podemos y debemos hablar a través del arte y de la poesía, de la ficción y de la imaginación; por eso mismo debemos crear un mundo mágico y espiritual que nos aleje de la náusea de la nada y, como decía Camus: "nos aleje de la idea del suicidio".
Al final, de hecho, quizás solo se trate de eso, de evitar la depresión; de evitar perder las ganas de vivir. Quizás solo se trate de "resistir", sin miedo ni esperanza, creando y soñando, jugando, hasta que llegue el morir.

martes, 4 de febrero de 2014

"Filosofía y Poesía", de María Zambrano


Me leí "Filosofía y Poesía" prácticamente de un tirón, y sin poder evitar experimentar cierto déjà vu. El libro de Zambrano reflexionaba sobre el origen común (en Grecia) de la filosofía y de la poesía; y hacía hincapié en el posterior distanciamiento entre ambas a partir del planteamiento platónico que diferenciaba dos realidades: la inteligible y la sensible o, como decía Zambrano, "el pensamiento y la poesía". Así, a partir de la filosofía platónica, se desarrolló en Occidente toda una línea filosófica, siempre con pretensión transcendente, que buscaba verdades universales, absolutas e inmutables, valiéndose de la Razón como única vía válida para hallar dichas verdades.
Zambrano apostará por la reconciliación entre razón y sentimiento, entre pensamiento y poesía, argumentando que la vida, la realidad y el ser humano, necesita de ambos.

La originalidad de Zambrano, desde luego, radica en su empeño por reivindicar la poesía como una vía necesaria y complementaria de la razón para poder aprehender la realidad; para afrontarla y salvar al ser humano de su angustia vital.
Pero hasta ahí llega la "originalidad" de Zambrano, pues ese loable intento por armonizar o fusionar racionalidad e irracionalidad, idealismo y vitalismo, fue, de hecho, el proyecto primigenio de Ortega y Gasset (su maestro) y el de la Escuela de Madrid.
Tras haber leído a Ortega y a Zubiri, sobre todo, la propuesta de Zambrano resulta en exceso "familiar". Zambrano desarrolla una propuesta filosófica que tiene la misma finalidad que la de sus colegas, en mi opinión más aventajados: reconciliar razón y sentido, es decir, hermanar el pensamiento más racional con la poesía más irracional.
Recordemos que Ortega, alma máter de la Escuela de Madrid, bebió tanto de las fuentes filosóficas del idealismo kantiano como del vitalismo nietzscheano. Creyó Ortega que ambas propuestas filosóficas, idealista vs vitalista, no explicaban ni abordaban "per se" la realidad del ser y toda su complejidad. Así, desarrolló la propuesta de su filosofía raciovitalista o de la razón vital.
Ortega, como Heidegger, llegó a la conclusión de que la verdad del ser, la razón y sentido del mismo, no podía reducirse a un mero juicio de valores (filosofía clásica) ni podía tan solo "crearse" a través del pensamiento humano (Kant). Ambos filósofos, el español y el alemán, llegaron a la conclusión de que para poder abordar y explicar la verdad radical (la vida) era necesario considerar también aspectos irracionales (vitales) inherentes a la misma.
Zubiri con su inteligencia sentiente llegó más lejos y consideró al conocimiento sensible, y a los sentimientos, emociones y voliciones que conformaban al mismo, como una vía más, también racional, para hallar la verdad.
Argumentó Zubiri que cuando el ser humano aprehende la realidad, es decir, cuando hace suya la realidad que le rodea, no solo la asimila, procesa e interpreta a través del pensamiento, sino también a través de sus sentimientos, emociones y deseos. La aprehensión de la realidad constituiría un acto racional donde es imposible disociar pensamiento y sentimiento. Tan racionales serán las vías de la ciencia como las vías místicas y religiosas para hallar el conocimiento, pues todas las vías son producto de la razón humana. ¿Por qué llamar a unas racionales y a otras irracionales?

Ortega, en "¿Qué es Filosofía?" lo expresa muy claro: el hombre tiene una necesidad, urgente y vital, por comprender al ser, descubrir su razón o sentido (Heidegger), pero la ciencia, junto con su método de evaluación y medición de la realidad, no permite responder las preguntas que, precisamente, más angustian y preocupan al ser humano: ¿Quiénes somos? ¿Qué fin tiene la vida humana?
Al final y como dijera Camus, la filosofía es una huida del suicidio (parafraseo), una necesidad vital, añado yo, para afrontar la angustia existencial, el sentimiento trágico de vivir (Unamuno) o el drama de vivir (Ortega), como prefiramos llamarlo. La filosofía es, en definitiva, una búsqueda de esperanza frente al nihilismo existencial, frente a la angustia que nos provoca la Nada.
La razón nos abre vías para afrontar la existencia, para superar circunstancias vitales adversas, pero dichas vías no son exclusivamente científicas, como se empeñan en defender los materialistas más recalcitrantes, sino también místicas y/o religiosas, sentientes (como diría Zubiri) o poéticas en el parecer de Zambrano. Todas las vías son racionales en tanto que productos de la razón humana.
Cuando aceptamos que la vida (el dasein en el mundo o el yo en sus circunstancias) es la verdad radical podemos permitirnos crear alternativas humanas, demasiado humanas, y, como diría Unamuno, propias de "hombres de carne y hueso", para salvarnos de la angustia de ser:

- Razón Vital (Ortega y Gasset).
- Inteligencia Sentiente (Xavier Zubiri).
- Inteligencia Poética (María Zambrano).

Pero el ser humano, por más que pueda crear vías alternativas para escapar de la angustia existencial, no puede evitar preguntarse: ¿Hago trampas y me estoy engañando a mí mismo?
La duda, la eterna duda, no dejará de corroer a aquellos espíritus más atormentados que todavía no han decidido qué creer; los que, precisamente, sospechan que toda verdad esconde una gran mentira, necesaria, sin embargo, para mitigar el sentimiento trágico de vivir.
Unamuno fue uno de esos espíritus atormentados que quería y deseaba creer en la salvación del hombre; que ansiaba la inmortalidad del ser, único e irrepetible, que era su yo individual, pero no estaba convencido de que, tras su muerte, se cumpliesen sus anhelos.
Por esta misma condición trágica del ser unamuniano, y en el parecer de Zambrano, el maestro de Salamanca fue un poeta, más que un filósofo al uso.
Y es que, según Zambrano, mientras el filósofo se aferra a una verdad o a un sistema que pueda racionalizar su existencia, de la misma manera que el creyente se aferra a su religión y a su Dios, al poeta atormentado, que duda de filosofías y religiones, solo le queda asirse a la vida, a lo único que de verdad tiene y que sabe, además, que solo tendrá por tiempo limitado.
Cuando ni la filosofía ni la religión mitigan el sentimiento trágico de vivir, solo queda la poesía; la creación desesperada que se convierte ora en llanto lastimero ora en alegría desbordante.
Zambrano sintió una gran admiración por Unamuno, a quien consideró un poeta por encima de todo. De hecho, en el libro "Unamuno", que constituye en sí mismo todo un homenaje al filósofo vasco, Zambrano reflexiona sobre "El Cristo de Velázquez", la gran obra poética de Unamuno en su parecer. Y en dicho libro nos señala y evidencia cómo la generalidad de la obra de Unamuno está impregnada de poesía, seguramente de aquella "poesía prometedora" que era tan del gusto de José Antonio, quien, por cierto, también era un gran admirador de Unamuno.
Pero no toca ahora comentar "Unamuno", el libro de María Zambrano, aunque, ya que el desarrollo de mi reflexión me ha llevado hasta este punto, sí debería ser propio de un español de bien reconocer la grandeza y la existencia pretérita de aquel período harto fecundo del pensamiento español, como diría Ortega, que se desarrolló durante el primer tercio del SXX: La Escuela de Madrid, con Ortega, Morente, Zambrano, Julián Marías, Zubiri....