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martes, 23 de febrero de 2021

MARXISMO Y HUMANISMO (no hay razón sin moral)

 

INTRODUCCIÓN

El amigo José (comentarista habitual) me recomendó hace unos días leer en “elliberal.com” un artículo de Pedro Insua que, en forma de “carta abierta”, iba dirigido a Antonio Escohotado.

El autor de “Los enemigos del comercio” había sostenido en el programa “La tuerka”, de Pablo Iglesias, que comunismo y nazismo eran iguales; dos supremacismos totalitarios y dogmáticos; dos ideologías genocidas que habían causado mucho daño al conjunto de la humanidad.

Pedro Insua rebatió a Escohotado y argumentó que la diferencia entre comunismo y nazismo era “abismal” (cita literal) porque el primero tenía/tiene una aspiración universalista y el segundo es particularista.

A partir de dicho argumento universalista, fundamentado a través de una lógica racional, como sostenía Insua, quedaba demostrada la superioridad racional (moral) del comunismo.

Según Insua, el comunismo, desde postulados antropológicos, castigaba al disidente que se negaba a aceptar la oportunidad de convertirse a la conciencia verdadera (conciencia de clase). El nazismo, sin embargo, al fundamentarse en postulados de raza, no daba tal oportunidad al individuo, sino que éste debía ser eliminado, sí o sí.

Dicho en román paladino: el comunismo daba la oportunidad a los disidentes de abrazar la fe verdadera (ser evangelizados), mientras que el nazismo negaba cualquier oportunidad de salvación a sus enemigos “no arios”.

FÉLIX OVEJERO VS PEDRO INSUA

También en su día, F. Ovejero defendió la superioridad ético-moral del comunismo frente al nazismo, argumentando que en el primero subyacía una “intencionalidad a priori” buena y justa (lograr una sociedad feliz para TODOS), mientras que la intencionalidad a priori del nazismo ya legitimaba, de entrada, la eliminación de “otras razas” y, por tanto, excluía de su “mundo feliz” a importantes grupos humanos.

Tanto Insua como Ovejero legitiman la superioridad moral del comunismo vs el nazismo, no a partir de las consecuencias de sus acciones (crímenes genocidas), sino a partir de sus intenciones; intenciones justificadas desde una racionalidad universalista, en el caso de Insua, y desde una ética apriorística humanista en el caso de Ovejero.

Los dos filósofos españoles, de maneras parecidas, legitiman la superioridad moral del comunismo (marxismo operativo), entendiéndolo como un humanismo universalista. ¿Pero por qué creen estos dos pensadores que “el marxismo es un humanismo”? ¿Y por qué ha de ser este “humanismo marxista” mejor que otros?

¿QUÉ SIGNICA SER “HUMANISTA”?

Resumiéndolo brevemente, podríamos decir  que el individuo humano es aquel hombre de carne y hueso que transciende su ex-sistencia (ser-ahí en el mundo) dotándose de es-sencia (sentido y razón de ser). El hombre humanista, en definitiva, se hace a sí mismo a través del libre albedrío para poder llegar a ser algo más que nada.

Según Heidegger, el primer humanismo que apareció en la historia fue el de Roma; “los romanitas se convirtieron en humanitas” (“Cartas sobre el humanismo” de Heidegger) cuando, a través del proceso de “romanización”, ensayaron la implantación de un primer universalismo en el conjunto de la humanidad o mundo conocido hasta entonces.

Lo que diferencia al homo humanus del homo barbarus es su alejamiento de la naturaleza (barbarie) obligándose a autocontrolar y regular sus instintos más primitivos. El humanista, por fuer, se obliga a ser civilizado. Pero Adorno y Horkheimer, en mi opinión, afinaron más al señalar que, en realidad, el humanitas no puede “alejarse” del estado natural, sino que, inmerso en el mismo, no tiene más remedio que dominarlo y controlarlo, es decir, se ve obligado a imponer una determinada cosmovisión (interpretación del mundo, de los hombres y de la historia) para garantizar una convivencia civilizada. Así, el humanitas, intentando rehuir de la barbarie, no puede evitar, a su vez, legitimar el uso de la fuerza para imponer su verdad. Pero esta fuerza no deberá ser la fuerza irracional del bárbaro, sino una fuerza racional sujeta a derecho (leyes de los humanistas). ¿Pero qué es racional o irracional? ¿Acaso no coinciden ambos conceptos, respectivamente, con los de moral e inmoral?

Ya he señalado que la implantación de una cosmovisión que permita criar y domesticar (civilizar) al ganado humano (Peter Sloterdijk) siempre obliga a establecer unas reglas para el parque humano; unas normas (leyes) que permitan la convivencia entre conciencias dispares (conciencias individuales). Y dichas reglas y normas solo podrán articularse a través de la política, es decir, a través de Estados operativos y/o imperios generadores (G. Bueno). Pero, de nuevo, debemos preguntarnos: ¿de dónde surgen esas normas y reglas que han de civilizar al conjunto de la humanidad? Pues surgen de una Razón, siempre inevitablemente moral, que necesita justificar razonadamente las acciones políticas que articulan la convivencia en un grupo social humano. 

EL ORIGEN DE LA MORAL

Decía Xavier Zubiri: El ser humano es constitutivamente moral en tanto que inteligente (léase racional).

Si yo mato a alguien debo justificar, siempre, por qué he decidido matarlo, porque siempre existe una razón (justificación confesable o inconfesable) para ejecutar cualquiera de nuestros actos. Y el asesinato es un acto (una acción humana) como otro cualquiera. De hecho, ser inteligente no significa ser el más bueno, moralmente hablando, sino tener la capacidad de saber elegir la mejor opción de entre las múltiples posibilidades que nos ofrece la realidad.

A quien yo mate, desde luego, no le importará mi porqué; no le interesará la justificación moral que me permitió, cual Raskólnikov, quitarle la vida. Eso, en todo caso, le importará al conjunto de la sociedad, a las normas y reglas (leyes) que el humanismo de turno haya establecido para legitimar unos crímenes y penalizar otros. La novela “Crimen y castigo” nos demuestra que cualquier crimen puede llegar a justificarse moralmente, si, primero, nos obligamos a racionalizarlo.

Por tanto, podríamos concluir que tanto los crímenes de Stalin como los de Hitler fueron morales, porque todos ellos tuvieron una razón de ser; una justificación racional que respondía al porqué y para qué de sus respectivas cosmovisiones o interpretaciones del Ser.

Si aceptamos que TODOS los crímenes son inevitablemente morales, desde el que comete un psicópata hasta el que se comete en nombre de una religión y/o ideología, entonces estamos obligados a demostrar por qué unos crímenes son buenos y otros malos; por qué unos son “mejores” (más aceptables moralmente) y otros más execrables. Esto es lo que intentaron demostrar, sin éxito en mi opinión, Insua y F. Ovejero.

Pero lo que hicieron Pedro Insua y Félix Ovejero fue comparar moralmente dos humanismos (sí, sí, dos humanismos o modos de interpretar el mundo); compararon al nazismo y el comunismo no en base al resultado final de sus acciones: la muerte de inocentes, sino a partir de apriorismos racionales (morales) que ellos consideraban más buenos y justos.

Pero si a mí me quita alguien la vida, no me importará que haya sido un psicópata por mor de satisfacer sus instintos más primarios (incivilizados) o un terrorista que decidió “civilizadamente” que mi muerte era necesaria para la consecución de su buena y justa causa ideológica. De la misma manera, tanto me daría que me hubiese matado un nazi por el color de mi piel o un comunista por negarme a abrazar su credo religioso.

Insua me rebatiría, probablemente, argumentando que, al menos, el comunista me hubiese dado la oportunidad de renegar de mi herejía burguesa y liberal-conservadora; es decir, y traduciendo el cinismo de Insua: el comunista me hubiese despojado de mi libertad, mis derechos, mi orgullo y mi dignidad a cambio de mi vida. ¡Menudo trato ventajoso! Pero es que, además, el comunismo no siempre proporcionaba a sus víctimas esta ventajosa oportunidad. Podríamos preguntarles a los miles de oficiales polacos que fueron ajusticiados (asesinados) en Katyn si los comunistas les ofrecieron esa oportunidad de redención; o podríamos preguntárselo a los mártires de Paracuellos del Jarama, a los millones de víctimas del holodomor en Ucrania, a las víctimas de Mao o de los jemeres rojos…

Así son nuestras Izquierdas Ilustradas, son legión, y su discurso filomarxista se propaga desde todos y cada uno de los medios de comunicación españoles.

 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Del resentimiento al desprecio prepotente.

"Todo resentido que ha sido despreciado es susceptible de convertirse en un prepotente que también despreciará"  Herr Goldmundo.

Leyendo un magnífico artículo de Manuel Fernández sobre "la rebelión de las minorías" no pude evitar "inspirarme" y desarrollar de un tirón y a vuelapluma una larga reflexión al respecto.

Nos alerta Manuel Fernández del creciente avance del fenómeno de las rebeliones minoritarias, sobre todo en lo concerniente a las aspiraciones secesionistas en diferentes puntos de Europa (Irlanda, Escocia, Cataluña, País Vasco, la Padania, el Veneto...).
Sostiene Manuel, y yo lo suscribo, que las causas de dichos movimientos secesionistas no son tanto económicas como ideológicas.

Yo señalo, en una línea más nietzscheana, que las causas primigenias de toda revolución son siempre psicológicas y que el motor de toda rebelión , minoritaria o de masas, es siempre el resentimiento.
De hecho, yo no diferenciaría entre "rebelión de minorías" y "rebelión de masas", pues en el fondo toda rebelión minoritaria aspira a convertirse en rebelión de masas mayoritaria.

Siempre es una minoría selecta, en la más orteguiana acepción del término, quien crea y hace, quien propone y proclama nuevas ideas; nuevas alternativas de vida, procesos de cambios y, por supuesto, articula y legitima revoluciones. Después, serán las masas quienes, "motivadas" por las circunstancias, se adherirán a las propuestas de "salvación o fin último utópico" de los líderes revolucionarios de turno.

A partir de Adorno y otros filósofos de la Escuela de Frankfurt se articularon dialécticas alternativas a la lucha de clases marxista: la dialéctica de la Ilustración y la dialéctica Negativa.
Las nuevas dialécticas de la liberación, o nuevos enfoques de lucha contra las prepotencias dominadoras, optaron por la resistencia y la provocación en vez de por las acciones directas de otrora, más propias del marxismo-leninismo.
Así, provocando y a través de la resistencia negativa, las nuevas teorías liberalizadoras comenzarán a enfrentarse a las prepotentes sociedades dominantes. Desde entonces, los pechos desnudos de las activistas feministas, o sus vientres con pintadas a favor del aborto, sustituirían a los radicales cócteles Molotov. Las minorías ecologistas, a su vez, también desnudarán sus cuerpos y escenificarán psicodramas públicos para protestar contra el maltrato de los animales.
Las protestas, como vemos, se centrarán en la provocación y en la negación, a través de la resistencia pasiva, para así cuestionar los valores considerados como dominantes.

También las ideologías nacionalistas (a excepción de ETA en el País Vasco) optaron por prescindir de las acciones directas y, como en Cataluña,  apostaron por la provocación (colocación de esteladas)  y la resistencia pasiva (hacer caso omiso al dictamen de la legalidad institucional vigente).

¿Pero a qué aspiran estas minorías rebeldes, ya sean feministas, ecologistas o nacionalistas?
Como todos los suprematismos ideológicos, aspiran a la consecución de fines últimos que, por supuesto, ellos creen más justos, más humanos, más garantes de las libertades colectivas.

Sin embargo, para que una ideología cualquiera pueda legitimar su conciencia verdadera y, así, pueda hacer creer a las masas que la razón está de su parte, resulta inevitable que articule y ponga en práctica una serie de estrategias:

Primera estrategia: las nuevas ideologías deberán convencer a la mayor parte posible de la ciudadanía de que sus nuevas propuestas de liberación son mejores que las dominadoras. Para ello no les quedará más remedio que autolegitimarse como las únicas conciencias verdaderas (más justas, más humanas...) y deberán cosificar (deshumanizar) a las conciencias de las prepotencias dominadoras, considerándolas falsas.

Segunda estrategia: solo una reducida élite intelectual,  grupo de teóricos o ideólogos, será capaz de hacer un análisis reflexivo consciente, capaz de alcanzar el sumum grado del cinismo: llegar a legitimar cualquier medio, por inmoral que sea, por tal de lograr ansiados fines últimos.
Así, será inevitable que las revolucionarias élites intelectuales recurran a la demagogia y a la retórica falaz para seducir y convencer a las masas.
Rechazadas popularmente las vías más violentas, en una postmodernidad marcada por el pacifismo y el miedo a la muerte, la mentira será considerada por las élites rebeldes como una "pecata minuta", o pequeño mal necesario para conquistar la voluntad popular. Las argumentaciones falaces en todas sus formas: reduccionismos, tergiversaciones, falsas analogías, etc... serán utilizadas y propagadas desde cualquier medio de poder a su alcance (sistemas educativos, medios de información...).

Tercera estrategia: la falaz retórica de las minorías rebeldes tendrá como objetivo principal alimentar el resentimiento de las masas, es decir, deberá apelar a sus sentimientos y emociones más irracionales, porque solo desde la irracionalidad se podrá sugestionar (manipulación psicológica) a las masas para que éstas se autoengañen y acaben reconociéndose como víctimas de agravios y/o humillaciones históricas.

Así pues, a través de la siguiente tríada estratégica, que podríamos denominar de autolegitimación - argumentación falaz - sugestión se propondrán nuevos cambios sociales (programas de vida) provocando, para ello, cambios psicológicos en la conciencia colectiva: resentimientos - voliciones- desprecios.

La dinámica de la psicología colectiva evolucionaría de la siguiente manera:

Primera etapa de resentimiento: culminará tras haber predispuesto a la ciudadanía al odio y al rencor contra un enemigo prepotente (proceso de victimización mediante), ya sea contra una falsa conciencia ideológica burguesa, una sociedad patriarcal, o un supuesto Estado opresor.

Segunda etapa de creación de voliciones populares: se propone una solución (nuevo cambio) para que la ciudadanía abandone su condición de víctima; el cambio deberá ser deseado por las masas, es decir, la mayoría de la ciudadanía deberá creer en la necesidad de liberarse de la prepotencia dominante de turno. Y para ello, las élites rebeldes crearán voliciones y deseos, pero de forma sutil, de manera que la ciudadanía se autoengañe creyendo que dicha volición ha nacido espontáneamente de la voluntad del pueblo.

Tercera etapa de desprecio prepotente: la supuesta víctima* despreciada acabará convirtiéndose, inevitablemente, en despreciador prepotente. Y lo más curioso de todo será que, una vez convertida en señorial dominadora, también será incapaz de percibirse a sí misma como un nueva prepotencia dominante.

* Obsérvese que escribo "supuesta víctima", pues en todo proceso de manipulación y condicionamiento social no importa tanto que la víctima lo sea, realmente, como el hecho de que ésta llegue a percibirse como tal (interiorización consciente).

lunes, 26 de mayo de 2014

Dialécticas de la liberación (cristianismo, marxismo y feminismo).

En una de mis reflexiones, titulada "Crítica al Manifiesto Comunista", señalé, sin profundizar al respecto, los paralelismos que Bertrand Russell halló entre el cristianismo primigenio y el marxismo.
El judaísmo creó originariamente toda su dialéctica en torno al enfrentamiento entre el pueblo de Israel vs los demás pueblos (gentiles) que, además, fueron históricamente sus dominadores. Así nacía, de hecho, la primera dialéctica de la liberación de la historia: el pueblo elegido por Dios frente a los dominadores que impedían su liberación (Egipto, primero, y más tarde Roma).
El cristianismo, que se gestó durante la dominación de Roma, y pronto se convertiría en una alternativa al judaísmo, universalizó la dialéctica de la liberación (urbi et orbi).
La propuesta de liberación cristiana, a través del amor al prójimo, constituyó, de facto, la primera gran deconstrucción filosófica de la historia y, por ende, de la humanidad, para superar a los poderes o fuerzas dominadoras del momento (Roma).
Toda interpretación dialéctica de la historia parte de la idea común de que la lucha entre contrarios es el motor primero, principio y causa, del devenir histórico y de la humanidad.
Así, la dialéctica judeocristiana intentó superar el antagonismo existente entre gentiles y el pueblo elegido, a través de una síntesis de reconciliación: el amor universal a Dios, el cual convertía a todos los hombres en hermanos. Todos iguales, nadie más que nadie. El cristianismo asentaba, así, no solo las bases de un primigenio igualitarismo, sino que además hacía una promesa de vida eterna: aseguraba, tras la muerte, una justa recompensa en el reino de los cielos, que no en la Tierra.

Si nos fijamos, Marx lo único que hizo fue una deconstrucción del judeocristianismo (reinterpretación) para ajustarlo a las necesidades de su época. Así, los otrora grupos antagónicos, gentiles vs cristianos, pasaron a ser los burgueses vs los proletarios. El socialismo utópico ensayó una nueva síntesis reconciliadora entre ambas clases sociales. Por supuesto, la propuesta reconciliadora del socialismo, como antes la del cristianismo, fue unilateral y estuvo impuesta por una de las partes en conflicto. Si el cristianismo obligó a aceptar como conciencia auténtica (la verdadera) la de los cristianos frente a los paganos, el marxismo hizo lo propio y sentenció que la conciencia auténtica (dictamen de la historia mediante) era la proletaria frente a la burguesa. Todos iguales, nadie más que nadie. La ideal comunidad socialista habría de estar formada únicamente por la clase trabajadora.
Allí donde el cristianismo reveló, sagradas escrituras mediante, que Dios era el ente o ser supremo que daba sentido a la existencia humana, Marx hizo lo propio, a través de un nuevo método de análisis que dio en llamarse materialismo dialéctico, para proclamar que el devenir de la historia había dictaminado que la clase proletaria era el nuevo pueblo elegido para construir el utópico y universal socialismo. Esta nueva dialéctica de la liberación, con las mismas aspiraciones de universalidad que el cristianismo, permitiría a todos los trabajadores del mundo sacudirse el yugo opresor de las clases dominantes (burguesía capitalista).

No toca ahora discutir la validez del materialismo dialéctico como método filosófico que se autolegitimó a sí mismo frente al tradicional idealismo, más espiritual y heredero del judeocristianismo. Baste, tan solo, señalar sus aciertos: cuestionar la verdad de las revelaciones (sagradas escrituras) en tanto éstas eran imposibles de probar, y obligarse a analizar la realidad de forma objetiva. El problema, que siempre es el mismo en lo que respecta a métodos de análisis filosóficos, es que estos siempre están sesgados ideológicamente en mayor o menor medida, pues si se acepta que toda verdad es relativa (y el marxismo lo reconoció, de facto, en "El manifiesto comunista") es claro que cualquier análisis o interpretación (diferente perspectiva) de la realidad será susceptible de pecar de subjetividad.

Sin embargo, desde un punto de vista psicológico, Marx fue mucho más inteligente que Jesucristo, y su gran acierto, que a la postre le permitiría lograr una rápida difusión de sus ideas entre las masas, consistió en prometerles a éstas un paraíso terrenal, es decir, les propuso reducir el tiempo del aplazamiento de las recompensas cristianas. Con la consecución de la utópica sociedad proletaria ya no habría que sufrir una vida de miserias para llegar a un incierto paraíso celestial tras la muerte; el paraíso socialista podía lograrse en la Tierra, a través de la lucha del proletariado. Y, lo más importante, podría disfrutarse en vida.

La psicología evolutiva nos ha enseñado que ningún niño hasta lo dos o tres años aproximadamente, es capaz de aplazar recompensas. Los niños son exigentes, impacientes y muy egocéntricos; su yo está orientado a la inmediata satisfacción de sus intereses y necesidades.
El proceso de maduración de los niños pasa por diferentes etapas o estadios, a través de los cuales adquirirán, entre otras habilidades cognitivas, el autocontrol de las emociones y el aplazamiento de las recompensas.
Madurar es difícil, pues exige trabajo y sacrificio. Dicho así, puede parecer políticamente incorrecto, incluso cruel, aseverar que un niño deba sacrificarse. Pero es que, de hecho, todo aprendizaje supone un sacrificio vital. El mero hecho de ir al escuela constituye en sí mismo un sacrificio vital, pues la vida libre que pudiera llevar cualquier niño, respondiendo tan solo a sus instintos e impulsos más naturales, se restringe en aras de una necesaria educación y formación.
¿Y qué supone toda educación, sino un aprender a aplazar recompensas?
El niño aprenderá que solo podrá jugar y divertirse cuando haya cumplido con sus deberes y obligaciones; aprenderá que deberá dominar sus impulsos a través de la socialización; aprenderá, en definitiva, que para obtener un aprobado primero tendrá que esforzarse estudiando y trabajando.
La pedagogía social, de hecho, y también en nuestra madurez, nos sigue enseñando cómo aplazar recompensas a lo largo de toda nuestra existencia: tendremos una jubilación cuando hayamos pasado toda nuestra vida trabajando; dispondremos realmente de nuestra vivienda cuando paguemos la hipoteca al banco...

¡Y hete aquí que aparece el marxismo, dialéctica de la liberación en mano, y nos propone no aplazar nuestras merecidas recompensas vitales!
El mensaje reduccionista que cala entre las masas, por supuesto erróneo, es el de que con el socialismo ya no hay que sacrificarse más; podremos vivir mejor y tendremos nuestras necesidades básicas cubiertas por un bienintencionado Estado protector.
¿Qué niño no suscribiría tan golosa propuesta?
De hecho, desde que el socialismo español implantara la LOGSE, nuestros niños son ahora más felices. Sí, vale, también son más ignorantes, pero ¿Qué importa? Lo importante es que nuestros niños no sufran y que todos reciban su correspondiente aprobado.
¿Que el día de mañana no estarán preparados para encontrar un trabajo? No pasa nada, ellos ya saben que tendrán derecho a prestaciones, subvenciones y a multitud de tipos de ayudas que les garantizarán la subsistencia.
Por supuesto, ni los ideólogos del marxismo ni sus intelectuales son niños. La élite intelectual que todavía se obstina en revisar y actualizar la teoría marxista está constituida por gente de valía, está concienciada (en el sentido más positivo del término) y es portadora, todavía, de loables valores éticos y morales.
El problema es que las masas, las que se muestran fervientes seguidoras de opciones de izquierdas, no votan, en su mayoría al menos, unos ideales de igualdad, justicia y progreso, sino que votan como niños egocéntricos e inmaduros, esperando que el Estado les recompense (satisfaga sus necesidades) como ellos se merecen.
Reclaman derechos y más derechos, pero no quieren saber nada de obligaciones, y si el partido de los suyos les decepciona (pongamos por ejemplo el PSOE) no tienen empacho alguno en votar al PP. ¿Qué importan los valores? De esos hay muchos, lo que las masas desean es la felicidad, no aplazar recompensas a las que tienen derecho porque sí, porque ellas lo valen.
Cuando un sistema comunista llega al poder... ¿Qué es lo primero que se ve obligado a hacer?
Una dictadura. Sí, porque nadie mejor que sus ideólogos saben del carácter rebelde e indócil de las masas. ¿Cómo no habrían de saberlo si fueron ellos, la intelligentsia ideológica, quienes se encargaron de rebelarles contra el sistema, quienes se encargaron de hacerles creer que era posible vivir teniendo todas las necesidades básicas cubiertas y sin sacrificio alguno?

Una vez que las avanzadas sociedades occidentales son conscientes del fracaso del socialismo utópico, no tienen más remedio que crear híbridos ideológicos: socioliberalismo, anarcoliberalismo, anarcocapitalismo...

Pero hete aquí que ante el fracaso de la transmutación de valores llevada a cabo por el marxismo, aparece la Escuela de Frankfurt, con Theodor Adorno al frente de la misma, y se vuelven a ensayar nuevas dialécticas, entre ellas las de la ilustración y la negación.
Ahora, constatada y certificada la crisis ideológica de la postmodernidad, se prescindirá descaradamente de la objetividad racional del materialismo dialéctico y se legitimará abiertamente la irracionalidad del deconstructivismo (interpretación subjetiva de la historia) al servicio de los intereses de diferentes grupos o clases; todos ellos con agravios y cuentas pendientes con el tradicional poder dominante. Nacerá, así, la última y más importante dialéctica de la liberación de la época más reciente: el feminismo.

El feminismo se despoja de la hipocresía del marxismo, aunque la esencia del mismo subyace en su propia razón de ser, como veremos más adelante. Pero con la nueva propuesta de liberación de la mujer, el feminismo reconoce, implícitamente, que el materialismo dialéctico del marxismo fue, tan solo, una herramienta necesaria para disfrazar de racionalidad la primera gran deconstrucción subjetiva de la historia.
Toda deconstrucción es interpretación, hermenéutica al cabo, y está al servicio de los intereses de un grupo que aspira a ostentar el poder; y el feminismo, sin complejos, decide arrogarse el derecho a hacer su propia deconstrucción de la historia según sus intereses de "sexo"*, que no de clase. Nada que objetar. Todo grupo o "parte de", aunque no sea consciente de ello, realiza el mismo ejercicio pseudofilosófico por tal de legitimar su verdad o conciencia auténtica.
El feminismo se muestra con un nuevo espíritu revolucionario, poético y artístico, pacífico y más acorde con las sensibilidades actuales. Ha hecho suyo el dolor de una época sumida en la desesperanza y el nihilismo, como antaño hicieran Marx y Engels durante la deshumanizada revolución industrial, pero el feminismo propone una cura de pensamiento defensivo frente a las proclamas beligerantes de las pretéritas dictaduras proletarias.
El pensamiento defensivo, caracterizado por la resistencia y la oposición pacífica frente a las injusticias, dice no desear el poder, porque ello supondría cometer los mismos errores que las tradicionales sociedades patriarcales dominantes. Pero he ahí una vez más, como bien señala la pensadora María Teresa Zubiaurre, la gran aporía a resolver: ¿Cómo podría el feminismo defender su razón de ser sin aspirar a controlar el poder?

Y sin embargo, a pesar de toda la retórica en torno al pensamiento defensivo que subyace en su dialéctica, el feminismo vuelve a decirnos lo mismo, pero interpretando la realidad desde otra perspectiva y a través de otros valores.
Donde antes había un pueblo elegido (judeocristianimo) y el marxismo propuso una clase elegida (proletariado) ahora será un sexo (femenino) el llamado a llevar a cabo la última gran revolución de la humanidad.
Si el cristianismo propuso una revolución igualitaria entre todos los hombres, y el marxismo entre todos los proletarios, el feminismo propondrá la revolución igualitaria entre sexos (hombres y mujeres). Sin embargo, sus conciencias prepotentes les delatan a todos ellos. El cristianismo solo acepta la salvación del buen cristiano, el marxismo la del proletario consciente y el feminismo la de la mujer rebelde y castradora.
Cada uno de estos supremacismos se muestra beligerante con los herejes de cada época. Pero el feminismo, haciendo uso del pensamiento defensivo, "suaviza" sus formas de lucha y troca la hoguera inquisidora y el gulag reeducador por acciones subversivas y provocadoras (mostrar sus pechos desnudos, profanar iglesias...) y, sobre todo, haciendo boicots y escraches a cualquier hereje que no se reconozca "feminista".
El feminismo pretenderá sustituir el tradicional patriarcado dominante (Dios = padre) por sociedades matriarcales (naturaleza= madre) y por ello resultará inevitable que, frente a la rigidez de la racionalidad masculina, apueste por la flexibilidad de la irracionalidad femenina. La intuición, la sensibilidad y el arte se antepondrán a la razón y la lógica. El amor y el pacifismo serán los valores antagónicos a la competitividad, agresividad y beligerancia masculina.
De nuevo se repite el error del cristianismo y el marxismo de pretender crear una nueva conciencia auténtica de forma unilateral y según los valores e intereses de una "parte de", en este caso desde la perspectiva sesgada del sexo femenino.
Sí, es cierto, cambian las formas, pues allí donde había una instintiva masculinidad dispuesta a dominar haciendo uso de la fuerza, el feminismo ejercerá una resistencia pasiva, transgresora y reivindicativa, por tal de lograr la liberación de la mujer y, a la postre, de toda la humanidad, pues el feminismo se erige, como sus predecesores, en una nueva alternativa o cosmovisión para dar sentido a la existencia humana, pero a través de los valores matriarcales.
Y es llegados a este punto, en lo concerniente al interés en legitimarse como alternativa de salvación universal, cuando el feminismo vuelve a cometer los mismos errores que las teorías críticas que le precedieron en el pasado, pues si antes todos debían ser cristianos, y después proletarios, ahora todo el que se precie de ser una buena persona, defensora de valores de igualdad y de justicia, habrá de abrazar la nueva conciencia auténtica y proclamarse feminista. ¡Amén!

* El feminismo no busca la igualdad entre los sexos, sino la supremacía del sexo femenino. No tiene sentido hablar de "géneros", sino de sexos, como no tiene sentido hablar de "clases", sino de personas. Ningún supremacismo, convertido en teoría de la liberación, pretende realmente "liberar" a TODAS las clases de personas, sean del sexo que sean, sino solo a aquellas que formen "parte de" la conciencia verdadera creada por él mismo.



martes, 20 de mayo de 2014

Mediocridad consensuada (Conchita en Eurovisión)

¡Pongámonos de acuerdo para decidir qué es verdad! ¿Imposible, decís? Pues pongámonos de acuerdo, al menos, para decidir qué es bello, o qué es mejor o más bueno. ¿Tampoco?
Ortega sostuvo que la única verdad radical era la vida; la vida como fuente de todo: del mundo, del ser, del dasein, de la totalidad del ex-sistere en definitiva. Yo lo suscribo.
Zubiri, de forma análoga, estableció que la realidad era la verdad radical que convertía al ser humano, de facto, en un animal de realidades.
Vida y realidad son, o deberían ser, dos verdades a priori incuestionables. Y, sin embargo, la humanidad ha llegado incluso a cuestionar la vida misma (la de un feto humano, por ejemplo) o la realidad que le envuelve. Hace tiempo que el ser humano se proyecta en el ex-sistere a través de mundos irreales y virtuales; a través de fantasías o ficciones empeñadas, las más de las veces, en negar obstinadamente la realidad circundante.
Sin embargo, a pesar del pensamiento negativo y defensivo (contra la tradición y la realidad histórica) que caracteriza a la postmodernidad, el ser humano necesita conocer y tener certezas sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea, y necesita, por tanto, establecer verdades sólidas que den sentido a su existencia.
Necesitamos verdades absolutas y universales. Sí, las necesitamos. Cuestión diferente es que ya no creamos en la posibilidad de hallar verdades sempiternas e inmutables.
Pero la necesidad de creer en algo, por peregrino que sea, nos obliga a traicionar nuestro fingido relativismo ético, moral y estético. Al final, siempre una verdad, mal que sea relativa o consensuada, deberá ocupar el vacío nihilista que dejaran las otrora verdades absolutas y universales.

La verdad absoluta.

El Occidente de la postmodernidad ha aprendido a vivir en la creencia de que no existen las verdades apriorísticas, inmutables y eternas. Con la muerte de Dios moría, de hecho e irremediablemente, la única esperanza de creer en verdades absolutas e incuestionables.
Convencido Occidente, que no otras civilizaciones, de que era imposible hallar verdades absolutas, se dedicó a suplantar a éstas con los sucedáneos más pintorescos y ajenos a la razón de ser de la propia civilización occidental.
El ateo cree en la verdad absoluta de que no existe ninguna verdad absoluta (paradoja). O como diría mi abuela: ¡Toma del frasco, Carrasco! Mientras, los cripto-budistas (misticismos, filosofías y corrientes psicológicas herederas de Oriente) se atreven a proclamar la irrealidad de la conciencia como verdad incuestionable. Como diría un castizo: pa mear y no echar gota.

La verdad relativa.

De hecho, cuando nos referimos a la verdad relativa, seguimos creyendo en la verdad, pero en la verdad de una "parte de", es decir, en la verdad (ideológica, religiosa o mística) que comparte un conjunto de creyentes afines a unas nuevas ideas; a una nueva fe.
Y es que el ser humano necesita ser creyente, sí o sí, pues de lo contrario, sumido en el nihilismo y la angustia existencial, se dirigiría hacia una segura autoinmolación o suicido vital.
Allí donde antes teníamos a un ferviente creyente en Dios, ahora tenemos a un dogmático creyente del socialismo utópico; donde antes había creyentes en una religión monoteísta, es decir, donde había una necesidad de estar religados a un ente supremo y creador, ahora tenemos individuos igualmente religados al Maya o irrealidad de la conciencia (budismo, taoísmo...). Donde antes se erigían iglesias cristianas, ahora se erigen los templos de las iglesias de la cienciología o de las iglesias gnósticas, por poner tan solo dos ejemplos.
Cuando una sociedad se obceca en despojar a sus ciudadanos de la tradición religiosa de sus antepasados; cuando se obstina en despojar a sus miembros de la esencia espiritual necesaria para afrontar la angustia existencial, les está empujando, al tiempo, a abrazar nuevas creencias. Las que sean, con tal de rehuir de la desesperanza y la náusea de la nada.

La verdad consensuada.

Hay otra clase de verdad, cuya legitimidad no se fundamenta en el hecho de tener a un grupo de seguidores o fieles creyentes, sino que se justifica a través del dictamen que establecen grupos oligárquicos con poder para establecer leyes, normas y reglas sociales. Las verdades que establecen los convencionalismos sociales, a veces temporalmente, podemos encontrarlas en campos tan dispares como la educación, la medicina, la psicología, la justica, la política...
La verdad consensuada, heredera del Derecho Positivo, tiene pretensión democrática, convencida de que la voluntad de la mayoría, por muy equivocada que esté, ya es en sí misma garantía de justicia y bondad moral. Si el consenso de dicha verdad se consigue, además, a través del dictamen de un grupo de sabios o expertos, mejor avalada estarán las nuevas creencias, leyes o normas.

Mediocridad consensuada.

Después de todo lo expuesto, si alguien se ha obligado a leer tan espeso "tocho", podrá estar preparado, o al menos en mejor disposición, para contestarme: ¿Por qué el último concurso de Eurovisión lo ganó una mujer barbuda? ¿Por qué, en dicho concurso, no ganó, ni de lejos, la mejor canción? ¿Qué conclusiones cabría extraerse de tan sorprendente hecho real?

Conchita o, por mejor decirlo, la transgresión hecha espectáculo de masas, ganó por una sencilla razón: la decadencia que asola la civilización occidental.
En la obra "La decadencia de Occidente", Spengler profetizó que la civilización occidental se autoinmolaría, o suicidaría vitalmente, tras una larga agonía durante la cual sería despojada de su esencia espiritual, de su dignidad; de su forma de vida auténtica.
Conchita, el hombre travestido de mujer con barba, asestó un duro golpe a toda una civilización valiéndose de la transgresión propia de ideologías de la negación (ver dialéctica de la negación de Adorno y feminismo). Conchita consiguió, no solo que no ganara la mejor canción, sino que ganase la propuesta transgresora más creativa; consiguió satisfacer las ansias revanchistas de todos los colectivos minoritarios que históricamente se sintieron subyugados y oprimidos por el autoritarismo patriarcal. Ganó la subversión frente a la calidad. Pero lo peor de todo fue ver la hipocresía de los perdedores, obligados, por la farisea corrección política, a reconocer el mérito de Conchita, aun sabiendo que ellos mismos y otros participantes fueron mejores.
Y aquí quería llegar: ¿Qué esperanzas cabe albergar una civilización donde los mejores deben obligarse a rendir pleitesía a lo más vulgar y mediocre?
Muchos pretenden minimizar y frivolizar el triunfo de Conchita, enfatizando el carácter de espectáculo de Eurovisión, donde, por lo visto, no se trataría tanto de que ganase la mejor canción como de que ganase la propuesta artística más transgresora. Pero éste, precisamente, es el grave problema que puso Conchita al descubierto: el desprecio que practica Occidente hacia lo mejor y más excelente; la aristofobia imparable que se encarga de despojar de esencia a los ciudadanos, ora relativizando la vida misma, ora consensuando, y decidiendo arbitrariamente, qué es real y qué es ficción, qué es bueno y qué es malo. Han conseguido incluso hacernos creer que es estéticamente bella, al menos desde el punto de vista del rebelde transgresor, una mujer con barba.
Conchita fue tan solo la punta del iceberg; la ínfima parte visible del gran problema, en forma de decadencia, que asola Occidente.
Dice mucho, al respecto, que Rusia se sintiese gravemente ofendida, hasta el punto de haber sopesado la opción de abandonar la actual y decadente Eurovisión para crear un certamen propio con países afines. Y dice mucho, insisto, que Rusia siga apostando por la defensa de un proyecto de vida auténticamente occidental, cuando en su día fue la más acérrima enemiga del nacionalsocialismo alemán, el cual, alertado por Nietzsche y Spengler, fue consciente de la necesidad de salvar a Europa.

Conclusión:

Resulta curioso, hoy, que Rusia siga empeñada en practicar políticas expansionistas harto beligerantes (Ucrania); resulta curioso que haya vuelto a resucitar la idea del espacio vital como justificación de agresoras injerencias políticas; resultan curiosas sus ansias expansionistas, y su creciente homofobia, por ejemplo.
Que nuevos grupos neonazis proliferen en Rusia, pero, no es tan curioso, sino lógico; lógico al menos para quienes conocen la historia y saben del odio contra el judío que se manifestó en Rusia y en la URSS antes de que éste se convirtiese en obsesión para la Alemania nazi. No resulta curioso para quienes saben que Stalin se frotó las manos cuando firmó un acuerdo con Hitler para repartirse Europa como iguales. Lástima que Hitler, considerado como personificación del mal por consenso de las democracias occidentales, viese realmente qué era la URSS y cuáles eran sus pretensiones.
Pero como bien vio Heráclito, señaló Nietzsche, y analizó Spengler, la historia se repite terca y obstinadamente, en un eterno retorno que se repite cíclicamente y en el que pueden cambiar los protagonistas (las civilizaciones o naciones llamadas a convertirse en actores del cambio) pero no cambiará la esencia de los seres humanos ni la lógica constante de la historia.
Cuando Heidegger dio el pistoletazo de salida, afirmando resignado que solo un Dios podría salvar a la humanidad (del nihilismo y de la decadencia espiritual) todos se prepararon raudos, ya descartado el Dios cristiano, para colocar a sus dioses en la vacante disponible en la enferma civilización occidental.
No sabemos si dentro de unas décadas Occidente rezará a Alá mirando hacia la Meca, o si Rusia ganará la partida y conseguirá, por fin, colocarnos a su Dios-Estado como referente místico-espiritual para que rija el destino universal de Europa, pero en cualquier caso nuevos dioses serán erigidos para ensayar nuevos programas de vida auténtica que puedan dar esperanzas a las generaciones futuras.
O quizás, visto el triunfo inapelable de Conchita, ya no haya lugar para la esperanza y Occidente esté condenado a diluirse cual azucarillo en el devenir de la historia. Porque el triunfo de la mujer barbuda es el triunfo de la transgresión rebelde; significa la victoria, legitimada por la voluntad popular, de aquellas ideologías minoritarias y particularistas obcecadas en arremeter contra los valores de la tradición; empeñadas en relativizar los valores de excelencia y de superioridad, intelectual, moral o estética, por tal de hacernos creer que lo mediocre es lo mejor. Really?


jueves, 15 de mayo de 2014

"Crítica de la razón cínica", de Peter Sloterdijk (apuntes)


Sloterdijk define el cinismo como una falsa conciencia ilustrada, la conciencia de quienes se dan cuenta de que todo se ha desenmascarado y pese a ello no hacen nada, viendo cómo los demás siguen empeñados en "sostener y no enmendar" trasnochadas ideologías. El cinismo difuso que impregna la civilización occidental se caracterizaría por la huida de quienes, siendo conscientes del callejón sin salida en el que se encuentran las sociedades actuales, prefieren sobrevivir y subsistir, que no vivir, tomando los últimos rayos de Sol en un desvencijado tonel (Diógenes de Sinope) antes que mezclarse con el manso y adoctrinado rebaño de la civilización.

¿Cómo se han convertido en cínicos los ilustrados?

El cinismo es consecuencia del fracaso de las diferentes teorías críticas que se han sucedido a lo largo de la historia, las cuales combatieron las falsas conciencias del enemigo por tal de mejor legitimar sus conciencias verdaderas. El ilustrado se ha dado cuenta, en definitiva, de que toda teoría que a lo largo de la historia pretendió legitimar su verdad no pudo evitar la cosificación de la conciencia enemiga. En este sentido, Sloterdijk señala a la crítica ideológica marxista como la que con mayor deshumor ha cosificado la conciencia enemiga (falsa conciencia en su parecer).

Las teorías críticas a lo largo de la historia.

En su magnífico ensayo "Crítica de la razón cínica", Sloterdijk nos explica que tras reconocer Kant el fracaso de la razón pura para responder a las cuestiones radicales de la vida, la filosofía se sumergió en un desesperanzador nihilismo. La razón pura, la lógica racional y el cientifismo positivista, como bien señaló Kant, no podía dar respuestas a las cuestiones metafísicas más transcendentales (Dios, existencia, muerte...). Así que, desde que Nietzsche certificara la muerte de Dios, el pensamiento occidental, con Heidegger al frente, ensayó la búsqueda del sentido del ser por vías alternativas a la teología y el cientifismo. Pero la última metafísica occidental obcecada en desvelar la verdad desnuda del ex-sistere también fracasó. Heidegger acabó reconociendo que solo un dios podría salvar al hombre.

Sin embargo, antes de que Heidegger quemara las últimas naves de la metafísica con "Ser y tiempo" en la búsqueda del sentido del ser, un joven y brillante William James (se le atribuyó un CI superior a 200) escribió un lúcido y pragmático ensayo titulado " La voluntad de creer". Venía a decir James que no era tan importante el "creer" como el "desear creer", es decir, lo importante no era tanto estar seguro de una verdad absoluta como el tener la firme voluntad de creer en dicha verdad.
La razón se convertía, así, en instrumento y se orientaba a un fin último pragmático, consistente en facilitar la vida y, por tanto, destinado a la consecución de la felicidad. No deja de resultar paradójico que James, una de las mentes más brillantes de su tiempo, legitimase, razón mediante, la sagaz observación de Freud: "Hay dos maneras de ser felices, una es hacerse el idiota, y la otra es serlo".
Cuando un intelecto superior reconoce que la única manera de ser feliz es no siendo en exceso inteligente, o racional en todo caso, nos está diciendo claramente que la inteligencia no proporciona la felicidad, sino al contrario, nos aleja de ella. Por eso el psicólogo William James aceptó una verdad instrumental, no absoluta, por tal de sanar y proporcionar felicidad a los hombres: si creer en Dios proporciona la felicidad, ¿por qué no utilizar terapeúticamente la voluntad de creer?
Freud, de hecho, también utilizó el psicoanálisis como una verdad instrumental, no probada científicamente, pero sí susceptible de validarse a través de sus resultados, es decir, a través de la capacidad demostrada para proporcionar bienestar y felicidad.

Los críticos de la razón instrumental

Antes de que Sloterdijk señalara el negativismo del pensamiento defensivo (cripto-budista) de quienes criticaron este racionalismo instrumental, nuestro genial Unamuno, en su "Del sentimiento trágico", ya se encargó de enmendarle la plana, como solía gustar, al pragmático William James. ¿De verdad le vale a nuestro yo individual y atormentado, al menos para mitigar su angustia existencial, autoengañarse conscientemente? ¿Era factible, de hecho, construir una conciencia a partir de buenos deseos?

Pues sí, las corrientes románticas más sensibles y preocupadas por la estética más que por la ética, ebrias de poesía irracional, acabarían legitimando un nuevo pensamiento defensivo encargado de desenmascarar las falsas conciencias del tradicional pensamiento racional. Así, las actuales corrientes filosóficas y, sobre todo, psicológicas (Gestalt transcendental, psicología positiva...) han articulado sus teorías en torno al ser humano proponiendo una nueva espiritualidad; un nuevo pensamiento alejado de la necesidad de ostentar el poder. Los misticismos más peregrinos, de inspiración oriental, han inundado la vida occidental, intentando ocupar el vacío que dejaron las vías más racionales (razón pura) y religiosas (monoteísmos tradicionales).

La razón ilustrada, inteligente y sagaz, verá, sin embargo, la paradoja inherente a este nuevo pensar, el cual tan solo transmutará valores, es decir, aspirará a convertir la falsa conciencia del enemigo en lo que ellos considerarán conciencia verdadera. Así, descubiertas y puestas a la luz las falacias del marxismo, lo cual significó tanto como poner al descubierto la falsa conciencia que dicha ideología había logrado insertar en el subconsciente colectivo de las masas, se hicieron necesarias nuevas propuestas; nuevas revisiones del marxismo primigenio. Y es que, como bien dice Sloterdijk: "Una cultura neopagana que no cree en una vida después de la muerte tiene consiguientemente que buscarla antes de ésta". Y añado yo: y las culturas neopaganas deberán buscar una nueva vida (esperanza) como sea, y con la dosis de creatividad que fuere. Porque ya no importa la verdad universal y absoluta de nuestros padres, sino la verdad inventada e ilusionante de nuestras madres.

Y es que, si se analiza concienzudamente, el marxismo pecó de la misma instrumentalidad que éste le criticara a las pragmáticas y deshumanizadas sociedades capitalistas, porque allí donde otrora se defendió la voluntad de creer en un Dios, el marxismo impuso la voluntad de creer en una sociedad utópica socialista. Dicha consecución del socialismo utópico, significaría, por supuesto, alcanzar la felicidad para la humanidad; aquella misma felicidad que William James pensó que podría alcanzar la humanidad a través de la voluntad de creer en un Dios, o en una religión.
Eso sí, el marxismo se cuidó mucho de llamar justicia a su particular visión o modo instrumental de poder alcanzar la felicidad.
De la misma manera que hiciera el marxismo (trocando valores y transmutando unas conciencias falsas por otras nuevas) hicieron las nuevas corrientes psicológicas más sugestivas (hipnosis, psicoanálisis, psicología positiva...) y  los misticismos más espiritualistas (budismo, tao...).
Todas las teorías críticas de la postmodernidad parten de una misma raíz o punto en común: crear nuevas y verdaderas conciencias, es decir, crear nuevos fieles y adeptos a nuevos proyectos y formas de vida.
Allí donde antes hubo un creyente en Dios y en la razón, ahora encontraremos a un creyente en el socialismo, en el budismo, el taoísmo, o en el psicoanálisis.

Pero no pueden haber fieles creyentes si primero no hay voluntad de creer, es decir, si primero no se construyen los sólidos cimientos de una nueva conciencia que pueda ser inserta en el subconsciente colectivo y, al tiempo desenmascare y deslegitime a la falsa conciencia heredada por la historia y la tradición. Y para tener "conciencia de" algo nuevo, primero hay que sufrir las circunstancias que configuran nuestra realidad, nuestro entorno vital y social para, después, someterlas a crítica.
Sostiene Sloterdijk que para ser un gran crítico, o creador de grandes teorías filosóficas, es necesario sentir las heridas del ex-sistere; es necesario ser un sufridor y sentir el dolor que nos infligen nuestras circunstancias.
La crítica es el trabajo al que se obligan aquellos que son los primeros en sentir el dolor de una época (pioneros de su tiempo); es la ingrata labor que realizarán los espíritus más atormentados por tal de señalar las heridas de una sociedad y buscar su curación.
Si la modernidad nos abocó al nihilismo existencial, la postmodernidad, una vez certificada y consensuada la muerte de Dios, se dedicará a transmutar las otrora verdades eternas y universales por verdades que serán reveladas por los críticos de turno, que no por Dios.

La teoría crítica marxista.

El dolor de toda una época, la época de la revolución industrial y el auge del capitalismo, fue sentido por Marx y Engels; y ese dolor que sintieron despertó la necesidad de la crítica, y la crítica se encargó de crear, mediante una razón instrumental denominada materialismo dialéctico, una nueva conciencia: la conciencia proletaria.

Así, la dialéctica hegeliana fue utilizada por Marx para llevar a cabo lo que podríamos considerar la primera importante deconstrucción de la historia; una reinterpretación de la historia a través de la negación de unos valores tradicionales y la reivindicación de otros valores de nuevo cuño, más acordes con el sentir o dolor, como se prefiera, de la época en curso.
Pero la historia siguió fluyendo, transcurriendo linealmente hacia un hipotético final que algunos se obstinan en negar, pues reconocer que hemos llegado a un punto final en la historia de la humanidad sería tanto como prescindir de la necesidad de seguir luchando, haciendo y creando. Sería tanto como aceptar la autoinmolación vital a la que nos insta el nihilismo desesperanzador en el que está angustiosamente inmersa la ilustración cínica.

Las teorías críticas herederas del marxismo (deconstructivismo y feminismo)

Por eso, para evitar una resignada autoinmolación vital, los que todavía se obligan a creer y no aceptan que hayamos llegado al punto y final de la historia de la humanidad, vuelven a revisar la propuesta marxista y vuelven a crear alternativas, que será tanto como volver a reinterpretar la historia y la esencia humana, a través de nuevas teorías.
La dialéctica de la lucha de clases será revisada y sometida a una crítica constante, dando paso a nuevos críticos y a la construcción de nuevas conciencias deseosas de señalar nuevas heridas sociales y, por tanto, obstinadas en proponer nuevas curas para dar un nuevo sentido a la humanidad.

La dialéctica ilustrada de Theodor Adorno (Escuela de Frankfurt) supondrá, de facto, una revisión y actualización de la dialéctica de clases. Esta obra realizará una deconstrucción metódica (una nueva interpretación) del espíritu ilustrado, al que se le criticará haber hecho coincidir razón con autoridad, es decir, se le acusará de haberse servido de la razón para dominar a los individuos e impedir su liberación. La lucha de contrarios, ahora, en vez de centrarse en burgueses vs proletarios, se centrará en el dualismo liberación vs dominación. Se criticará, paradójicamente, a la razón instrumental, acusada de crear verdades históricamente al servicio de los intereses de las clases dominantes, es decir, se le acusará de crear falsas conciencias.
El descubrimiento de esta nueva lucha, o nuevo enfoque, legitimará las reivindicaciones de cualquier minoría o grupo social que se sintiese reprimido a lo largo de la historia.

A partir de la Escuela de Frankfurt, y sobre todo de la obra de Adorno, aparecerían nuevas deconstrucciones de la historia (interpretaciones al cabo, también susceptibles de legitimarse a través de razones instrumentales) que culminarían con el deconstructivismo de Jacques Derrida.
El feminismo, de hecho, reivindicará su conciencia verdadera frente a la falsa conciencia del tradicional patriarcado, identificado éste con una razón ilustrada tradicionalmente al servicio de la autoridad dominante que no permitía la liberación de la mujer.

Conclusiones:

Pero como bien apunta Sloterdijk: "Toda teoría sensible, crítica con la razón, es algo sospechoso. Efectivamente, sus fundadores, y Adorno en primera línea, tenían un concepto de lo sensible reducido en sentido exclusivo, se fundamenta en una actitud de reproche, mezcla de sufrimiento e ira contra todo lo que tiene poder".
Sloterdijk ve en Adorno al padre de una nueva forma de pensamiento negativo; un pensar emocional y estético que arremeterá contra la razón, por considerar a ésta como una herramienta de la ilustración al servicio de los poderosos y de las clases dominantes. En la dialéctica ilustrada y la dialéctica de la negación de Adorno, percibirá Sloterdijk la negatividad implícita en las corrientes sensibles y estéticas del actual pensamiento occidental que se muestran críticas con la razón, ebrias de connotaciones cripto-budistas y caracterizadas por un pensar defensivo: un pensar de resistencia frente al poder, un pensar orientado a un saber que no ansiará el poder; un pensar que solo podrá provenir de la madre, en tanto el mundo varonil, del padre, ha sido tradicionalmente el que legitimó la autoridad de los poderosos cercenadores de libertades.
La lucha entre conciencias está servida; las diferentes ideologías en pugna se enfrentan en un nuevo campo de batalla donde ganará quien mejor deslegitime al contrario sin pegar un solo tiro, sin verter ni una sola gota de sangre; ganará quien mejor logre despojar de esencia al enemigo, es decir, quien consiga hacerle creer al contrario que su conciencia es la falsa y la de su oponente es la verdadera.
Y en una batalla que se desarrollará desde la aceptación de un apriorístico relativismo ético y moral será inevitable hacer uso y abuso de falacias (ad hominem, prejuicios...) será inevitable tergiversar la historia reinterpretándola al gusto del consumidor de una determinada verdad. De hecho, el deconstructivismo a través del cual se legitima el feminismo es pura hermenéutica, mera interpretación subjetiva de una "parte de" con respeto al todo que es la humanidad.
Como bien señala la pensadora María Teresa Zubiaurre, el feminismo no puede aceptar el final de la historia, en tanto a dicho movimiento todavía no le ha sido dada la posibilidad de hacer prevalecer su verdadera conciencia frente a la falsa conciencia del patriarcado. Por eso, según la autora, el feminismo se vuelve astuto y su lema ya no es la solidaridad femenina, ni el abierto antagonismo con el hombre, sino el justo acceso al poder para colonizar un centro de concordia a través de una premeditada corrección política.
Al final, se repite la eterna paradoja de la historia, la cual acaba desenmascarando a aquellos movimientos que a través de un pensamiento defensivo decían no desear ostentar el poder (propio de la razón ilustrada patriarcal) aunque finalmente terminan buscándolo y doblegándose a los dictados de la falsa conciencia que decían rechazar.

miércoles, 26 de marzo de 2014

"Narciso y Goldmundo", de Hermann Hesse

"Narciso y Goldmundo" es, en mi parecer, la última obra con la que Hesse cerrará el ciclo de sus meditaciones e introspecciones más íntimas en torno a la dualidad antagónica entre idealismo y vitalismo.
Narciso, el joven intelectual disciplinado, responsable, y sobre todo reflexivo y analítico, será la antítesis del jovial Goldmundo, más vitalista y soñador.
Narciso simbolizará el pensamiento más tradicional de Occidente, muy alemán, caracterizado por una intelectualidad rígida y metodológica; caracterizado por la seriedad y la sobria disciplina, mientras que Goldmundo simbolizará al espíritu libre que ansiará, ante todo, poder llegar a ser él mismo a través de la experiencia y de los sentidos, a través de la creación artística. Goldmundo será, en definitiva, la representación de una nueva opción del ex-sistere, legado del vitalismo alemán más irracional e intuitivo, pero sobre todo heredero de la mística oriental más abierta al mundo de las sensaciones interiores.

En esta obra, Hesse describirá magistralmente dos maneras de afrontar la existencia a través de las vivencias de sus dos personajes principales, aparentemente muy diferentes, pero que encontrarán un nexo de unión y afinidad común merced a la superioridad y excelencia de ambos.
De nuevo encontramos en "Narciso y Goldmundo" el reconocimiento entre iguales que se diera en "Demian" (entre el desorientado Emil y el confiado y seguro Demian), volvemos a encontrarnos con el concepto de docilidad ante lo superior, ante el reconocimiento de un primus inter pares (un primero entre iguales) que en nada desmerece ni desiguala al discípulo del maestro.

Así lo explica Hesse a través de los pensamientos del analítico Narciso:

“Aislado en su excelencia y superioridad (Narciso) venteó en seguida en Goldmundo al espíritu afín, aunque semejaba en todo su contrario".
El concepto de docilidad.
Creo necesario, llegados a este punto, una breve reflexión obligada en torno al concepto de docilidad, a menudo tergiversado y malinterpretado por aquellas ideologías tendentes a menospreciar valores de superioridad y excelencia.
Decía Ortega que la docilidad no era lo mismo que la sumisión, pues la primera constituye un acto voluntario de reconocimiento hacia un igual que consideramos mejor que nosotros, mientras que la sumisión significa el obligado reconocimiento de una autoridad no necesariamente mejor que nosotros ni, por supuesto, afín a nuestros espíritus.
Ortega hace suyos y revaloriza los tradicionales valores aristois de origen germánico (nobles y aristocráticos) para anteponerlos a los valores de humildad y resignación herederos del judeocristianismo. La docilidad ante lo mejor supone buscar igualar en torno valores de excelencia,  mientras que la indocilidad o rebeldía ante los mejores solo pretende igualar desde la mediocridad.
Hesse, sagazmente y para resaltar mejor las cualidades de excelencia de Narciso, nos explica por medio del Abad Daniel ese afán, tan del gusto de los individuos-masa y de la moral judeocristiana, de menospreciar a los mejores:
“Y, por lo demás, jóvenes eruditos, hago votos por que nunca os falten superiores menos inteligentes que vosotros; nada hay mejor contra el orgullo.”
Resulta harto significativo que el Abad Daniel, en su discurso de bienvenida a los nuevos alumnos, no enfatice tanto en la necesidad de ser mejores a través del reconocimiento de un primus inter pares, como en la necesidad de luchar contra el orgullo, es decir, contra la autoconfianza y contra la posibilidad de desarrollar un fuerte ego que pudiera instar a los alumnos a exigirse más de sí mismos.
Pues bien, ante este grave dilema: renegar del orgullo propio o llegar a ser uno mismo, Narciso, el superior y excelente maestro, decidirá negarse a sí mismo y optará por mostrarse sumiso ante sus superiores de inferior valía.
Creo, aunque Hesse no lo aclara explícitamente, que Narciso se sentirá profundamente atraído hacia Goldmundo, precisamente, por ser éste su antítesis. Ambos (Narciso y Goldmundo) son espíritus afines, excelentes y dotados de una gran inteligencia. Cierto, pero Narciso optará por un posicionamiento antivital negándose a sí mismo, resignándose a permanecer en el claustro sin mayores aspiraciones que las de cumplir con su deber. Sin embargo, Goldmundo romperá las cadenas de la sumisión y elegirá el camino difícil (tortuoso y lleno de desventuras) por tal de poder llegar a ser él mismo a través de un apasionante recorrido por la vida.
La envidia igualitaria.
Si hay algo propio e inherente a los rebeldes indóciles es lo que Fernández de la Mora dio en llamar envidia igualitaria, es decir, el insano afán de uniformar hacia la mediocridad, igualando desde lo inferior en vez de aspirar a igualar desde lo mejor y más excelente. La envidia igualitaria es aristófoba por definición, y bien supo verlo Ortega y Gasset cuando señaló que uno de los más graves pecados de España era la aristofobia o el rechazo hacia los mejores.
Como bien señalara Nietzsche en "Más allá del bien y del mal": No basta con tener talento, además hay que pedir vuestro permiso. ¿Eh, amigos?. Y es quela pedagogía social no solo se afana en crear individuos mediocres, sino que debe cuidar celosamente que no proliferen los individuos excelentes, so pena de ser tildados de vanidosos, soberbios y toda una retahíla de descalificaciones perfectamente urdidas para descalificarlos. Las granjas- escuelas, retomando de nuevo a Sloterdijk, son como esa comunidad educativa dirigida por el Abad Daniel que les deseaba a sus alumnos tener profesores menos inteligentes por tal de curarse del orgullo.
Nuestras granjas-escuelas, pareciera que siguiendo las directrices del mediocre Abad Daniel, siguen empeñadas en su sacrosanta misión de crear ganado humano. Ahí estamos en ello.
Pero también Hesse que, como Narciso, se sabía un espíritu superior, no pudo evitar hacer mención a esa envidia insana que siente el individuo-masa, eterno rebelde indócil, frente a lo mejor y más excelente:

..."al unirse tan estrechamente (Narciso y Goldmundo), parecía que quisieran aislarse altaneramente, como aristócratas, de los demás por estimarlos de más bajo metal".
Obsérvese la manifiesta envidia, con una explícita connotación claramente aristofóbica que, según Hesse, sentía el resto de los estudiantes hacia la relación tan singular entre dos espíritus afines; entre dos excelentes iguales.
Llegar a ser uno mismo.
Toda la obra de Hesse constituye una constante búsqueda de sí mismo; una ardua búsqueda introspectiva del autor a través de sus personajes.
El imperativo vital que nos insta a ser, obligándonos primero a conocer cómo somos para, más tarde, instarnos a mejorarnos, es una constante de la historia de la filosofía. Desde el conócete a ti mismo socrático, pasando por el conócete, acéptate, supérate de San Agustín, hasta arribar al llega a ser quien realmente eres de Fichte, ha habido una constante preocupación en el pensamiento occidental por hermanar o conciliar, como se prefiera, al yo con las circunstancias, al Dasein con el mundo, al ser humano con la vida.
Narciso, en un momento dado, le explica a Goldmundo que le ve como una persona muy superior a él, y ello a pesar de no ser una eminencia intelectual:
"Tú no eres un erudito ni un monje; un erudito o un monje pueden hacerse de una madera inferior."
Narciso reconoce implícitamente la inferioridad de aquellos monjes eruditos que, aunque muy doctos, han negado la vida misma y, como él, han preferido una cómoda reclusión antivital entre muros.
Y cuando Goldmundo le expresa su asombro por que él, persona excelente y de gran inteligencia, pudiera considerarle superior, Narciso razona de la siguiente manera:
"Las naturalezas de tu tipo, los que tienen sentidos fuertes y finos, los iluminados, los soñadores, poetas, amantes, son, casi siempre, superiores a nosotros, los hombres de cabeza.
Vuestra raíz es maternal. Vivís de modo pleno, poseéis la fuerza del amor y de la intuición. Nosotros, los hombres de intelecto, aunque a menudo parecemos conduciros y regiros, no vivimos plenamente sino de modo seco y descarnado".
Obsérvese, en esta significativa explicación que Narciso da a Golmundo, la evidente influencia nietzscheana de aquel bello aforismo que decía:  
A menudo, tras un excelente erudito encontramos una persona mediocre, y tras un artista mediocre encontramos una persona excelente.
Matriarcado vs patriarcado.
En el reconocimiento de la superioridad de Goldmundo, Narciso hace una importante referencia a la raíz maternal del joven artista y soñador.
Se hace necesario profundizar en esta nueva forma de dualismo que aparece en la obra de Hesse: madre vs padre, donde la madre simboliza la vida y la naturaleza, y el padre, más rígido, representa la intelectualidad. De nuevo vitalismo vs racionalismo, pero con significativas diferencias.
La vida en la naturaleza que busca Goldmundo, fuera de los muros del claustro, no es la vida del aristocrático guerrero, sino, muy al contrario, es la vida en paz y armonía con el entorno; es una apuesta por el amor frente a la guerra; es la búsqueda de la comprensión y el perdón de la madre frente a la autoritaria rigidez del padre.
Así, Goldmundo comenzará a hacer su recorrido vital y dirigirá sus pasos hacia oriente, hacia la comprensiva y espiritual madre, alejándose de un Occidente en exceso rígido y terrenal.
Sin duda, tanto el psicoanálisis como las influencias de la Escuela de Frankfurt (Adorno a la cabeza) influyeron en la visión cripto-budista que, progresivamente, iría desarrollando Hermann Hesse a lo largo de su obra, hasta culminar su "viaje a Oriente" con "El juego de abalorios"; un alegato a la superioridad del espíritu, una nueva "república platónica" gobernada  por "sabios" de intachable e impoluta moral donde la contemplación y la meditación constituirían en sí mismas una nueva forma de vida muy inspirada en el misticismo oriental (budismo, taoísmo...).