"La envidia igualitaria" es un interesante y desconocido libro de Gonzalo Fernández de la Mora; una obra inteligente que reflexiona sobre el pecado capital más característico de las Españas: la envidia. Y, seguramente, también sea una obra desconocida porque su autor presentó múltiples estigmas, todos ellos imperdonables en nuestro cainita país: fue un brillante intelectual, conservador y católico. Demasié pal cuerpo, que decían antes los chelis.
Gonzalo de la Mora escribió todo un libro para demostrar que la envidia igualitaria era (es y sigue siendo) el mal de nuestro tiempo; el mal de rechazar mérito y excelencia. En realidad podríamos decir, sin temor a errar, que la envidia igualitaria es un mal que asola a Occidente y a España de forma particularmente cruenta, desde hace siglos, seguramente desde que el hombre es hombre (recordemos a Abel y Caín).
La primera parte del libro, que ocupa una parte importante de la obra, se dedica a recoger textos y testimonios históricos de numerosos autores que vieron en la envidia un peligroso mal, un vil enemigo no solo para la paz espiritual de los individuos, sino también para la convivencia en sociedad.
De entre las muchas citas que se suceden en esta primera parte, a mí me han parecido especialmente acertadas y henchidas de verdad las siguientes:
1- "Que yo me atreva a decir lo que quiero y que quiera decir lo que debo esquivando la venganza divina y la envidia de los hombres" (Gorgias).
2- "Sé con certeza que los dioses son envidiosos" (Herodoto).
3- "En el caso de que yo fuese condenado, los que me habrían perdido no serían ni Meletos, ni Anito; serían las calumnias y la envidia" (Sócrates).
4- "El poder político desarrolla la envidia" (Platón).
5- "Escaparás de la envidia si no te expones a ser visto, si no te jactas de tus bienes, y si te alegras en privado" (Séneca). Significativo que fuese un cordobés de la antigua Hispania quien diera las primeras recetas contra los envidiosos.
6- "Sabía Pilatos que por envidia se lo habían entregado" (Evangelio) y "Jesús..., que había de ser envidiado, desconocido y crucificado" (Justino).
7- "Se pregunta el envidioso: ¿En qué soy menos que ése o aquél?, y ¿por qué no soy igual o superior a ellos" (Papa Gregorio I). Clara referencia al igualitarismo como hijo de la envidia.
8- "La envidia tergiversa en el peor sentido lo que es bueno" (Juan Luis Vives).
9- "Son envidiados los iguales que sobresalen" (Bacon).
10- "No hay envidioso que confiese que lo es, su mal es la hipocresía" (Quevedo).
Comentarios de las citas seleccionadas
Cita nº 1: resulta curioso que fuese Gorgias, un pensador presocrático, quien, en mi opinión, mejor descubriera y señalara cuál era el fin último de la insana envidia: enmudecer las voces disidentes y críticas con el gregarismo uniformador; acallar, en definitiva, a los más doctos y sabios por mor de garantizar la salvaguarda de los diferentes suprematismos de turno (ideológicos y/o religiosos) imperantes en cada época o período histórico.
Gorgias se animaba a sí mismo para ser valiente y atrevido para poder ser él mismo; para decir lo que pensaba sin sufrir la venganza de los dioses o, peor aún, padecer la envidia de los hombres.
Descubrimos en esta magnífica cita un primigenio temor del hombre libre a ser represaliado por poderes superiores: dioses o entes políticos (envidia de los hombres).
Nos señalaba Gorgias, indirectamente, que la única manera de esquivar la envidia era callando, permaneciendo silente y acrítico por tal de no despertar el interés de los comisarios políticos de turno. Y fue ante la sumisión del silencio prudente ante lo que se rebeló el pensador griego, instándose a sí mismo a tener valor para poder expresarse libremente.
Célebre es también la cita de Heráclito: "Yo he de callar, mientras hablen los corruptos ciudadanos de Efeso". Pero tratándose del orgulloso Heráclito, no podemos estar seguros de si su obligado silencio se correspondía más con la voluntad de mostrar desdén ante la mediocridad circundante o, como Gorgias, también intuyó que el silencio era el mejor recurso para esquivar las acciones de los corruptos, por lo general también rencorosos y envidiosos.
En cualquier caso, Homero nos propuso otra solución en su "Odisea", alternativa al silencio, para poder escapar de la venganza de los dioses (y de la envidia de los hombres, añado yo): no vanagloriarse ante los demás y permanecer en el anonimato.
Cuando Ulises hirió al gigantesco cíclope se cuidó mucho de gritarle: "¡Ha sido Nadie quien te ha herido!". De esta manera, Ulises no permitió que Polifemo supiera su verdadero nombre y, con ello, evitó que los dioses pudieran vengar las ansias revanchistas del cíclope. Pero con esta ingeniosa acción, Ulises también consiguió que su meritoria hazaña no obtuviese el aplauso o reconocimiento de los hombres, es decir, antepuso su salvaguarda a las ansias de Glorias. ¡Magnífica lección de supervivencia!
Cita nº 2: por supuesto que Herodoto podía decir con certeza que los dioses eran envidiosos, pues los moradores del Olimpo estaban hechos a imagen y semejanza de los hombres; con todas las bondades y virtudes humanas, pero también con todos sus vicios y miserias. Los dioses griegos eran envidiosos, vengativos y resentidos; eran dioses eternos, dotados de psicología de carne y hueso, que gustaban de retozar y jugar con los humanos, bien amándoles o haciéndoles la vida imposible. Con los dioses griegos se hacía cierto aquel bello aforismo de Nietzsche que sostenía que la mujer aprendía a odiar en la medida que olvidaba cómo seducir. Otro tanto sucedía con los dioses griegos: pobres de aquellos mortales que, no habiendo sucumbido a sus juegos seductores, osaran ningunearles desdeñando sus encantos sobrenaturales; pero pobre de aquellos, sobre todo, que se atreviesen a rechazar sus favores divinos.
La cuestión es: ¿los dioses crearon a los hombres? ¿O fueron los seres humanos quienes crearon a los dioses? Parece claro que han sido los pobres mortales de cada época quienes han proyectado sus miedos y deseos en la necesidad de crear dioses a su imagen y semejanza. Así, los dioses griegos semejaban seres humanos, pero eran inmortales y tenían poderes sobrenaturales; eran la representación de los deseos humanos hechos realidad a través de ficticias deidades. Pero los dioses provenientes de Oriente, que tanto influyeron en el primigenio cristianismo, fueron proyecciones resultantes de otros tipos de psicologías, humanas, demasiado humanas y antivitales; fueron dioses creados desde el miedo, cuando no desde el desprecio a la vida.
Cita nº 3: Sócrates lo vio con meridiana claridad: allí donde alguien se erigía en defensor del bien común o de las tradiciones de una época (cultura, ideologías, creencias religiosas...) siempre se hallaba oculta la insana envidia, el sempiterno recelo ante lo mejor y más excelente; el desprecio del mediocre incapaz de perdonar la soberbia y la prepotencia de quienes se creían mejores.
Solo sé que no se nada, proclamó el prudente filósofo griego. ¿Por qué se ninguneó a sí mismo el taimado Sócrates? ¿Quizás porque ya era sabedor del peligro que correría si despertaba la envidia de los hombres a través de actitudes prepotentes y orgullosas?
Solo cabe un tipo de prepotencia, de narcisismo tolerado por las masas: el que se disfraza convenientemente con los ropajes de la justicia y el bien común.
Resulta indecoroso, porque así lo exigieron los valores morales de los más timoratos, proclamar aquello de uno es para mí el mejor si es como miles (Heráclito). Sin embargo, nos han hecho creer que la virtud suprema consistirá en defender al débil y al oprimido; la mejor moral será la que defienda a los miles por encima de la superioridad de un uno que pudiera osar sobresalir entre la medianía de la masa.
Si una personalidad narcisista y prepotente, hoy, desease sublimar su imperiosa necesidad, programada biológicamente, de reivindicar su yo, debería hacerlo convenientemente disfrazada, de tal manera que su particularista necesidad de autoafirmación apareciese ante los demás como un altruismo interesado por el bien común.
A los individuos inseguros de sí mismos les cuesta mucho reconocer la inteligencia superior de algunos de sus semejantes, pues ello sería tanto como reconocer, implícitamente, sus propias limitaciones. Sin embargo, todos rinden pleitesía a la bondad superior; se inclinan ante quienes se muestran humildes y también sumisos; ante quienes parecen no desear tanto sobresalir como servir a los demás.
A las masas les gustan los disfraces del buenismo.
Cita nº4: decía Platón que el poder político desarrollaba la envidia. Yo diría más bien lo contrario: la envidia crea y da forma a ideologías que, a la postre, se insertarán en el subconsciente colectivo de las masas a través de políticas llevadas a cabo por manipuladoras pedagogías sociales.
La política solo es un medio, un mantra dogmático que habrá de repetirse machaconamente, desde escuelas y medios de comunicación, para domesticar a las masas (ideologizarlas) según los dictados de los programadores de vida de turno (ideólogos).
¿Qué sucedería si los ideólogos de un determinado programa de vida diseñaran un proyecto político desde el resentimiento y la envidia? Pues que tendríamos proyectos de vida en común articulados desde el phatos de sentimentalismos igualitarios: nadie es más que nadie, nadie vale más que nadie... Igualaríamos al docto con el necio, al prudente con el irresponsable, al sacrificado trabajador con el irredento reivindicador. Se daría forma, en definitiva, a un deshumanizado y antivital programa de vida comunista.
Cita nº5: me ha gustado especialmente esta advertencia de Séneca: "Escaparás de la envidia si no te expones a ser visto, si no te jactas de tus bienes, y si te alegras en privado", ya que constituye en sí misma toda una autolimitación y negación del propio yo. Viene a decirnos, en definitiva, que si no deseamos sufrir las iras de los envidiosos, mejor sería retirarnos a vivir en soledad, cuales ermitaños, a una montaña lejana. Pero como el común de los hombres debe vivir en sociedad, no cabe mayor precaución que la de ocultarse tras el disfraz de la humildad: ya sabéis, nada de jactarse o vanagloriarse ante los demás, pues nada disgusta más a un envidioso que la prepotencia y el orgullo de quienes se creen mejores y superiores. Humildad ante todo, hermanos.
Cita nº6: la cita escogida del Evangelio no tiene desperdicio: "Sabía Pilatos que por envidia se lo habían entregado". He aquí un claro ejemplo del despreciado que se convierte en despreciador. Resulta curioso cómo el judeocristianismo, desde su génesis a través de victimismos y sentimientos de inferioridad (sentirse despreciado) evoluciona hacia un estadio de supuesta superioridad moral que le permite erigirse en despreciador. El mismo Justino señaló que Jesús fue envidiado y por ello crucificado. ¿Acaso no le sucedió lo mismo, muchos siglos antes, al virtuoso Sócrates?
¿Qué subyace en estas morales que erigen la virtud como valor supremo de vida? ¿Acaso no despreciaba Sócrates a sus iguales, ninguneándoles y ridiculizándoles, a través de su superioridad moral disfrazada de humildad? ¿No despreciaba Jesucristo a sus supuestos iguales, con la mayor de las prepotencias, al asegurarles que él era, ni más ni menos, que el hijo de Dios? Y sin embargo, y a pesar de sus respectivas prepotencias, Sócrates despreció a los prepotentes aristois de manera parecida (disfrazado de virtud) a como Jesucristo despreció a los orgullosos gentiles. El orgulloso que desprecia al orgulloso. Siempre se trata de lo mismo: imponer una prepotencia sobre otra. La cuestión será, por tanto, conseguir taimadamente que la prepotencia propia parezca la mejor, la más moral y virtuosa ante las masas. Amén.
Cita nº7: el Papa Gregorio I decía que el envidioso se preguntaba "¿por qué no soy igual o superior a ellos? He ahí, de nuevo, una referencia a los sentimientos de inferioridad que subyacen en todo envidioso resentido ante lo mejor y más excelente. El judiocristianismo, sin embargo, supo cómo mitigar esta insana envidia, proclamando, tan pancho como ancho, que en realidad no hay nadie superior a los demás: todos somos iguales.
El primigenio igualitarismo descubría, así, que para contentar a las masas era más fácil igualar hacia la mediocridad generalizada que instar a los envidiosos a ser mejores a través de esfuerzo y sacrificio. Al envidioso, o individuo despreciado, se le convertía de esta manera en despreciador; se le enseñaba a despreciar al aristoi, al gentil y al noble, al tiempo que se le negaba la posibilidad de ser él mismo uno de los mejores. Y es que la resignación cristiana tan solo enseñaba eso: resignación. El despreciado no debe esforzarse en mejorarse, no al menos a través de los valores de superación y sacrificio del aristoi, sino que debe esforzarse en ser lo más humilde posible, lo más autolimitado posible, lo más resignado posible, hasta alcanzar la suprema virtud cercana a la autoimolación o negación de sí mismo. El virtuoso, como Sta Teresa, debe vivir en sí mismo sin poder vivir.
Cita nº8: ¿Qué decir de esta magnífica apreciación de Juan Luis Vives?
¿Todavía puede quedarnos alguna duda de que la envidia es el motor que transmuta valores y, por tanto, pervierte la vida misma? ¿Es casualidad que la moral más envidiosa haya sido la que decidiera qué es lo bueno y lo malo?
Cita nº9. Dijo Bacon, el hijo de la Gran Bretaña, que "solo son envidiados los iguales que sobresalen". Y dijo bien, porque: ¿A quiénes habrían de envidiar los mediocres sino a los propios mediocres? ¿Pero un individuo sobresaliente podría envidiar a otro individuo excelente?
Yo creo que si un individuo es verdaderamente excelente, es decir, es consciente de su valía y posee una adecuada autoestima, no envidiará a sus iguales, pues de ellos podrá aprender y tomarlos como referentes o modelos ejemplares. El individuo excelente es dócil ante lo superior, mientras que el mediocre siempre arremete indócil (rebelde) contra todo aquello que escapa a sus posibilidades de ser (inteligencia, integridad personal, madurez emocional...). El mediocre, como la zorra de la fábula, ha aprendido a despreciar a los mejores, consciente de que él mismo jamás podrá alcanzar la excelencia de los mismos. ¡Qué verdes se le antojan al mediocre las uvas de la excelencia!
Cita nº10: Quevedo da un paso más: el envidioso por fuer ha de ser, además, hipócrita. Sabía el sarcástico escritor español que la hipocresía es el pecado propio de todo fariseo, y que no hay fariseo que no padezca del mal de la envidia.
Hay que envidiar, sí, pero con disimulo. Si el envidioso arremete contra el vecino que es más afortunado que él, deberá hacerlo reinterpretando el porqué de semejante desigualdad.
Desde luego, el envidioso no reconocerá que la fortuna de su vecino se pueda deber a que su igual sea persona más trabajadora y sacrificada; menos aún atribuirá el éxito de su vecino a que éste sea más inteligente que él mismo. Si el envidioso no es demasiado indócil, se contentará con achacar la fortuna de su vecino a la suerte. Pero si el envidioso es un rebelde como Dios manda, ebrio de revanchismo y de necesidad de autoafirmar su propia prepotencia, se dedicará a elaborar y desarrollar justificaciones sociales; deberá demostrar que si su vecino es mejor que él mismo, no será porque su prójimo tenga una mejor dotación genética o intelectual, sino porque las circunstancias le fueron más favorables. ¡Qué injusticia!
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sábado, 12 de julio de 2014
martes, 22 de abril de 2014
Unamuno: ¿filósofo o poeta?
Resulta fácil, en España, poder encontrar multitud de literatura, artículos y ensayos varios, destinados tan solo a criticar y deslegitimar a terceros. Las mismas envidias y egocentrismos particularistas que han socavado y erosionado al otrora sugestivo proyecto de vida en común que fue España, han favorecido la proliferación de un estereotipo de individuo, tan mediocre como rencoroso, cuya única razón de ser es arremeter contra todo aquello que pudiera despuntar, sobresalir o parecer mejor y más excelente. Vivimos el triunfo de la poesía que destruye frente a la poesía que pudiera prometer.
Así, no es extraño que podamos encontrar a doctos catedráticos, que aprovechan sus púlpitos cedidos por las instituciones al servicio de la pedagogía social, para deslegitimar a otros autores, mal que sea a través de inmorales y cobardes argumentos ad hominem. Quizás sea Ortega y Gasset uno de los autores contra los que más se ha vertido la insana inquina de los envidiosos de las Españas; y es que pocos pensadores tienen el dudoso honor de ser el blanco, a un tiempo, de las iras de las izquierdas más retrógradas y del odio de los particularistas más ombliguistas.
Pero también podemos encontrar a periodistas (entrecomillado malicioso), tan osados como ignorantes, cuyo único interés consiste en hacer política de la chusca, es decir, política facilona y reduccionista destinada a saciar los apetitos revanchistas de las masas. Recuerdo, a bote pronto, un falaz y cobarde artículo de Enric Sopena, criticando ferozmente la obra de Fernández de la Mora, no rebatiendo intelectualmente los contenidos filosóficos de la misma, sino señalando los graves pecados del autor de "La envidia igualitaria": haber sido ministro de Franco y supuesto numerario del Opus Dei. En España no importa tanto la verdad como el deporte, tan nuestro, de poder deslegitimar al osado que se atreva a proclamarla.
Respecto a Unamuno, y aquí quería llegar, las críticas más comunes se han centrado en torno a la difícil personalidad, irascible y contradictoria, del filósofo de Salamanca.
Y a fuer de señalarnos que Unamuno fue un pensador en exceso subjetivo e irracional se han obcecado en despojarle de su condición de filósofo, ya fuere porque sus intuitivos ensayos carecían de rigor objetivo o porque, sencillamente, Don Miguel no articuló un sistema filosófico propio, como hicieran Ortega, Xavier Zubiri o María Zambrano.
De hecho, tampoco a Ortega le sirvió de mucho ser el padre del raciovitalismo, pues igualmente fue atacado por sus detractores, acusado de plagiador cuando no de panfletario. Los críticos llegaron a definir a Ortega como a un periodista de vastos conocimientos con ínfulas de filósofo. ¿Cabe ser más miserable?
Pues bien, Unamuno ni siquiera se molestó en articular un sistema filosófico propio, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano a través de su propuesta de pensamiento poético.
Y sin embargo, toda la obra de Unamuno, impregnada de filosofía de vida, propia de hombres de carne y hueso, fue la precursora e inspiradora de las ideas de Zubiri sobre el carácter real, de suyo, del pensamiento virtual. Unamuno, en su magnífica "Niebla", aunque a través de una nivola creativa, se adelantó a los pensadores de su época y sostuvo, ebrio de aparente poesía irracional, que los entes en la ficción tenían una vida propia que escapaba de los designios de sus creadores. Había abierto las puertas de la filosofía a la imaginación y la ficción; allanó el camino para que Zubiri pudiera crear todo un sistema filosófico que reconociera el carácter racional, por derecho propio, de otras vías de la razón diferentes, pero igualmente legítimas, a la lógica y el cientifismo objetivo: la mística, la religión, la poesía...
Pero Unamuno no solo alimentó la filosofía de Zubiri, sino que también influyó, y mucho, en la obra de María Zambrano, la cual homenajeó al maestro a través de un sentido ensayo titulado, precisamente, "Unamuno".
Era Don Miguel, en palabras de Zambrano, más un poeta que un filósofo al uso. Pero el matiz de aquel era más no negaba la rica filosofía inherente en toda la obra de Unamuno (novela, ensayo, poesía...), sino que reivindicaba una nueva filosofía, más intuitiva, más creadora, más de carne y hueso, más poética...
Zambrano recogió toda la filosofía de Unamuno, dispersa en forma de pensamientos intuitivos, sagaces y osados, para legitimarla a través de la razón.
¡Qué obsesión tan enfermiza la de validar y certificar la verdad a través de una razón, las más de las veces prostituida al servicio de la lógica y la objetividad científica!
Hizo bien Zambrano, como antaño hiciese José Antonio, en reivindicar la poesía como promesa de vida, porque solo cabe el refugio en la poesía, en los pensamientos más mágicos y fantásticos, para escapar del nihilismo existencial; solo cabe crear ficciones e ilusiones para poder engañar a la muerte, para poder, al menos, escapar de su pesada presencia; para evadirnos del sentimiento trágico de vivir.
Por todo ello, yo sostengo, no tanto que Unamuno fuese más un poeta que un filósofo, lo cual en sí mismo no debería desmerecer ni obviar en absoluto la riqueza filosófica de toda su obra, sino que Don Miguel, como gustaba de llamarlo Zambrano, fue un gran filósofo que se sirvió de la poesía para articular su rico y variado pensamiento intuitivo, subjetivo y propio del hombre de carne y hueso que él mismo reconocía ser.
Sí, porque, como bien decía Unamuno, quizás él no fuese más que una diminuta partícula en el Universo, pero para él mismo, para su atormentado yo, lo era TODO.
Y es que el común de los mortales, queramos o no reconocerlo, tardemos antes o después en descubrirlo, siempre soñamos con la eternidad y con la sempiterna perdurabilidad de nuestro yo, de nuestro subjetivo, particular y exclusivo yo. Hay quienes son conscientes de esta sed de inmortalidad a lo largo de toda su vida, y quienes solo se caen del caballo y ven la luz cuando presienten cercana la muerte, tras una grave enfermedad, un penoso infortunio o una dolorosa desgracia.
Quienes se niegan a reconocer que sueñan con vidas eternas, esos curas, barberos y bachilleres guardianes de la razón, tan celosos de su verdad, no son más que viles hipócritas que se niegan a sí mismos y, peor aún, niegan la esencia espiritual, poética al cabo, de los hombres de carne y hueso.
¿De qué me sirve una filosofía que no sea promesa de vida? ¿De qué habría de servirme a mí, a mi particular y subjetivo yo, que pudiera existir un Dios creador (arquitecto del universo) pero incapaz, sin embargo, de garantizarme la vida eterna?
Bienvenida sea la poesía que intenta salvarnos o, cuanto menos, nos alivia, cual bálsamo de Fierabrás, de las heridas que nos produce el drama de vivir; que nos aligera del dolor de tener que acometer a los gigantescos molinos de viento del ex-sistere; que nos calma y templa el ánimo ante las arremetedoras turbas de curas, barberos y bachilleres, siempre prestos a regir nuestros destinos, ora legitimándose a través de la diosa Razón ora sirviéndose de prostituidas democracias.
Así, no es extraño que podamos encontrar a doctos catedráticos, que aprovechan sus púlpitos cedidos por las instituciones al servicio de la pedagogía social, para deslegitimar a otros autores, mal que sea a través de inmorales y cobardes argumentos ad hominem. Quizás sea Ortega y Gasset uno de los autores contra los que más se ha vertido la insana inquina de los envidiosos de las Españas; y es que pocos pensadores tienen el dudoso honor de ser el blanco, a un tiempo, de las iras de las izquierdas más retrógradas y del odio de los particularistas más ombliguistas.
Pero también podemos encontrar a periodistas (entrecomillado malicioso), tan osados como ignorantes, cuyo único interés consiste en hacer política de la chusca, es decir, política facilona y reduccionista destinada a saciar los apetitos revanchistas de las masas. Recuerdo, a bote pronto, un falaz y cobarde artículo de Enric Sopena, criticando ferozmente la obra de Fernández de la Mora, no rebatiendo intelectualmente los contenidos filosóficos de la misma, sino señalando los graves pecados del autor de "La envidia igualitaria": haber sido ministro de Franco y supuesto numerario del Opus Dei. En España no importa tanto la verdad como el deporte, tan nuestro, de poder deslegitimar al osado que se atreva a proclamarla.
Respecto a Unamuno, y aquí quería llegar, las críticas más comunes se han centrado en torno a la difícil personalidad, irascible y contradictoria, del filósofo de Salamanca.
Y a fuer de señalarnos que Unamuno fue un pensador en exceso subjetivo e irracional se han obcecado en despojarle de su condición de filósofo, ya fuere porque sus intuitivos ensayos carecían de rigor objetivo o porque, sencillamente, Don Miguel no articuló un sistema filosófico propio, como hicieran Ortega, Xavier Zubiri o María Zambrano.
De hecho, tampoco a Ortega le sirvió de mucho ser el padre del raciovitalismo, pues igualmente fue atacado por sus detractores, acusado de plagiador cuando no de panfletario. Los críticos llegaron a definir a Ortega como a un periodista de vastos conocimientos con ínfulas de filósofo. ¿Cabe ser más miserable?
Pues bien, Unamuno ni siquiera se molestó en articular un sistema filosófico propio, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano a través de su propuesta de pensamiento poético.
Y sin embargo, toda la obra de Unamuno, impregnada de filosofía de vida, propia de hombres de carne y hueso, fue la precursora e inspiradora de las ideas de Zubiri sobre el carácter real, de suyo, del pensamiento virtual. Unamuno, en su magnífica "Niebla", aunque a través de una nivola creativa, se adelantó a los pensadores de su época y sostuvo, ebrio de aparente poesía irracional, que los entes en la ficción tenían una vida propia que escapaba de los designios de sus creadores. Había abierto las puertas de la filosofía a la imaginación y la ficción; allanó el camino para que Zubiri pudiera crear todo un sistema filosófico que reconociera el carácter racional, por derecho propio, de otras vías de la razón diferentes, pero igualmente legítimas, a la lógica y el cientifismo objetivo: la mística, la religión, la poesía...
Pero Unamuno no solo alimentó la filosofía de Zubiri, sino que también influyó, y mucho, en la obra de María Zambrano, la cual homenajeó al maestro a través de un sentido ensayo titulado, precisamente, "Unamuno".
Era Don Miguel, en palabras de Zambrano, más un poeta que un filósofo al uso. Pero el matiz de aquel era más no negaba la rica filosofía inherente en toda la obra de Unamuno (novela, ensayo, poesía...), sino que reivindicaba una nueva filosofía, más intuitiva, más creadora, más de carne y hueso, más poética...
Zambrano recogió toda la filosofía de Unamuno, dispersa en forma de pensamientos intuitivos, sagaces y osados, para legitimarla a través de la razón.
¡Qué obsesión tan enfermiza la de validar y certificar la verdad a través de una razón, las más de las veces prostituida al servicio de la lógica y la objetividad científica!
Hizo bien Zambrano, como antaño hiciese José Antonio, en reivindicar la poesía como promesa de vida, porque solo cabe el refugio en la poesía, en los pensamientos más mágicos y fantásticos, para escapar del nihilismo existencial; solo cabe crear ficciones e ilusiones para poder engañar a la muerte, para poder, al menos, escapar de su pesada presencia; para evadirnos del sentimiento trágico de vivir.
Por todo ello, yo sostengo, no tanto que Unamuno fuese más un poeta que un filósofo, lo cual en sí mismo no debería desmerecer ni obviar en absoluto la riqueza filosófica de toda su obra, sino que Don Miguel, como gustaba de llamarlo Zambrano, fue un gran filósofo que se sirvió de la poesía para articular su rico y variado pensamiento intuitivo, subjetivo y propio del hombre de carne y hueso que él mismo reconocía ser.
Sí, porque, como bien decía Unamuno, quizás él no fuese más que una diminuta partícula en el Universo, pero para él mismo, para su atormentado yo, lo era TODO.
Y es que el común de los mortales, queramos o no reconocerlo, tardemos antes o después en descubrirlo, siempre soñamos con la eternidad y con la sempiterna perdurabilidad de nuestro yo, de nuestro subjetivo, particular y exclusivo yo. Hay quienes son conscientes de esta sed de inmortalidad a lo largo de toda su vida, y quienes solo se caen del caballo y ven la luz cuando presienten cercana la muerte, tras una grave enfermedad, un penoso infortunio o una dolorosa desgracia.
Quienes se niegan a reconocer que sueñan con vidas eternas, esos curas, barberos y bachilleres guardianes de la razón, tan celosos de su verdad, no son más que viles hipócritas que se niegan a sí mismos y, peor aún, niegan la esencia espiritual, poética al cabo, de los hombres de carne y hueso.
¿De qué me sirve una filosofía que no sea promesa de vida? ¿De qué habría de servirme a mí, a mi particular y subjetivo yo, que pudiera existir un Dios creador (arquitecto del universo) pero incapaz, sin embargo, de garantizarme la vida eterna?
Bienvenida sea la poesía que intenta salvarnos o, cuanto menos, nos alivia, cual bálsamo de Fierabrás, de las heridas que nos produce el drama de vivir; que nos aligera del dolor de tener que acometer a los gigantescos molinos de viento del ex-sistere; que nos calma y templa el ánimo ante las arremetedoras turbas de curas, barberos y bachilleres, siempre prestos a regir nuestros destinos, ora legitimándose a través de la diosa Razón ora sirviéndose de prostituidas democracias.
viernes, 11 de abril de 2014
El miedo a vivir.
El miedo está presente en todos los seres humanos, como un mecanismo de defensa que nos insta a preservarnos y salvaguardarnos del peligro, de la incertidumbre y de las amenazas futuras; es uno de los instintos más primitivos y vitales del hombre; un instinto básico y fundamental para garantizar la supervivencia individual y/o colectiva (naciones). Y, sin embargo, es un instinto que no es socialmente aceptado ni deseado.
¿Por qué?
El miedo no se acepta porque es la principal fuente generadora de ansiedad en nuestras vidas. De hecho, el drama que es el vivir implica una constante lucha contra las adversidades y contra los imprevistos de las circunstancias; vivir es afrontar y superar problemas que nos dan miedo. Tenemos miedo a fracasar, a enfermar y morir, incluso tenemos miedo a hacer el ridículo o a aceptar responsabilidades. Pero el más grave y peligroso de todos los miedos es tener miedo a vivir.
El miedo a vivir
Las actuales sociedades occidentales han optado por negar el miedo en aras de vivir felices, para poder vivir despreocupadas y ajenas a las adversidades. No puede haber felicidad si, primero, no se destierra de nuestras vidas la ansiedad, y para combatir la ansiedad hay que hacer desaparecer el miedo de nuestras vidas.
La pedagogía social, ya desde las granjas-escuela, se ha encargado de criar ganado humano débil y temeroso a fuer de alejarle de sus instintos más primitivos, entre ellos el del miedo. Nuestros civilizados niños no tienen tolerancia al fracaso ni a la frustración; no saben superar miedos y temores porque se les ha educado a través de un sistema pedagógico obcecado en desterrar la ansiedad de las aulas. Para ello, las exigencias de rendimiento, trabajo y esfuerzo, se han minimizado, al tiempo que el aprobado se ha convertido en un dadivoso regalo caído del cielo.
Los padres, en general, también intentamos por todos los medios que nuestros hijos no afronten sus miedos. Dejamos que nuestros hijos duerman con las luces encendidas, o que busquen refugio en el lecho de los padres. Creemos que, alejando la oscuridad y el temor de sus vidas, serán más felices.
Hemos creado toda una serie de consignas y frases hechas destinadas a relajar y contentar a nuestros infantes: "lo importante no es ganar, sino participar", y para ello premiamos tanto a los mejores como a los peores, a los buenos y a los malos, porque nadie es más que nadie. Aprobado general, competiciones sin vencedores ni vencidos. Felicidad para todos.
Pero, paradójicamente, el hecho de no proporcionarles a nuestros niños herramientas para afrontar la ansiedad y tolerar la frustración, no les hará más felices, sino al contrario: con el tiempo, las carencias de recursos para afrontar y superar problemas, les convertirán en víctimas de cualquier circunstancia adversa; les convertirán en individuos sin ego y sin iniciativa propia; serán individuos miedosos e incapaces de valerse por sí mismos. Tendrán miedo a vivir.
Vivir sin temor al miedo
Decía Fernández de la Mora que el razonalismo era una alternativa filosófica que permitía canalizar los impulsos más irracionales del ser humano (sentimientos, caprichos, instintos...) a través de la razón; una razón necesaria para hallar la verdad, ya fuere sobre el sentido del ser o sobre los criterios morales que deberían reconocerse como universalmente buenos.
Así pues, desde una perspectiva integradora de inteligencia y sentimientos, Fernández de la Mora, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano con su inteligencia poética, también consideró la presencia de los instintos en el ex-sistere de los seres humanos. Pero De la Mora no defendió una negación de los instintos (puro racionalismo) ni los reivindicó apasionadamente como hicieran Zambrano o Unamuno, más irracionales, sino que propuso canalizarlos y servirse de ellos, a través de la razón, para utilizarlos en provecho de nuestra propia supervivencia.
Desde dicha perspectiva razonalista, se acepta que el miedo debe ser nuestro aliado para permitirnos superar circunstancias adversas, pues en esto, precisamente, consiste el constante quehacer que es la vida. El miedo debe instarnos a pensar, primero, para actuar después de la manera más adecuada para salvaguardar nuestros proyectos de vida personales o colectivos.
Obsérvese que el razonalismo, en tanto reconoce la necesidad de usar la razón (inteligencia) para superar adversidades, se aleja del darwinismo más irracional e instintivo, al tiempo que acepta como bueno (necesidad vital) vivir sin temor al miedo, es decir, no hay que negar u ocultar el miedo, sino afrontarlo y superarlo. Y es que, sencillamente, el individuo o sociedad que deja de temer, en aras de ser inconscientemente feliz, está caminando hacia su autoinmolación.
El hacedor de lluvia
Este pequeño relato de Hermann Hesse se me antoja el paradigma de quienes, obcecados en la búsqueda de la felicidad, se empeñan en desterrar el miedo de sus vidas.
Cierta noche, una misteriosa lluvia de estrellas aterrorizó a las gentes de un pequeño poblado primitivo; el inusual fenómeno metereológico fue considerado como una señal de desgracias futuras, y hombres y mujeres, invadidos por el miedo, se sumieron en una suerte de histeria colectiva.
Pero el chamán de la tribu, el hacedor de lluvia, deseó salvaguardar a su hijo del miedo colectivo que provocó la infelicidad del resto del poblado:
"...le había ocultado la lluvia de estrellas (a su hijo) confiando en que mejor le sería dormir que presenciar aquel prodigio... un peligro vital para todos, un presagio funesto para el futuro..."
En un primer momento, el padre prefiere que su hijo duerma, es decir, prefiere que siga sumido en la ignorancia y en la falsa felicidad que proporciona el no ser consciente de la realidad y de los peligros de la misma.
Pero el sabio hacedor de la lluvia no tarda en darse cuenta de que quizás no obró acertadamente y de que con su proceder había debilitado a su hijo no permitiéndole forjar su carácter:
"El futuro exigirá un hombre maduro y valeroso, y al haber dejado a su hijo durmiendo en la choza le había privado de la ocasión de fortalecerse y de templar su alma con aquel espantoso suceso"
El sabio chamán reconoció que, con su errado proceder, le privó a su hijo de la posibilidad de aprender a superar miedos y angustias para poder afrontar el futuro con mayor entereza y seguridad.
Apocalypto
Pocas películas, como la magnífica "Apocalypto" de Mel Gibson, han sabido retratar con tanto acierto la inconsciencia de quienes, en aras de vivir felices, despreocupados y ajenos a las adversidades de las circunstancias, se condenan a sí mismos a desaparecer del devenir de la historia.
La trama de Apocalypto es, en realidad, de una extremada sencillez:
Un feliz y despreocupado pueblo de cazadores, que vive en el interior de la selva ajeno al mundo exterior, se niega a sí mismo la responsabilidad y el deber de afrontar sus miedos.
Dicho pueblo, durante una jornada de caza, contacta con un grupo de supervivientes que huyen aterrados de quienes les han masacrado y destruido sus hogares. El hijo del jefe de los cazadores, angustiado y preocupado, desea saber qué ha pasado y por qué huyen aquellos seres temerosos, pero el gran jefe evita que pueda interrogarles. Argumenta, el inconsciente jefe, que no desea que su hijo se infecte del mismo miedo que corroe a los pobres desgraciados que huyen despavoridos. No quería que su hijo ni su pueblo conocieran el miedo, es decir, no deseaba que afrontaran la necesidad vital de conocer y saber qué estaba ocurriendo; prefirió ignorar lo que sucedía a su alrededor y se refugió y condenó a los suyos a vivir autistas en su pequeño microcosmos selvático.
No tardaron, por lo tanto, en sucumbir fácilmente ante la poderosa civilización Maya, dedicada a saquear pueblos del interior de la selva para obtener esclavos y víctimas que pudieran ofrecer en sacrificio a sus dioses.
El gran mensaje transcendente de Mel Gibson es contundente: los inconscientes tienen miedo del miedo y están condenándose a sí mismos y a los suyos a un antivital suicidio resignado.
¿Por qué?
El miedo no se acepta porque es la principal fuente generadora de ansiedad en nuestras vidas. De hecho, el drama que es el vivir implica una constante lucha contra las adversidades y contra los imprevistos de las circunstancias; vivir es afrontar y superar problemas que nos dan miedo. Tenemos miedo a fracasar, a enfermar y morir, incluso tenemos miedo a hacer el ridículo o a aceptar responsabilidades. Pero el más grave y peligroso de todos los miedos es tener miedo a vivir.
El miedo a vivir
Las actuales sociedades occidentales han optado por negar el miedo en aras de vivir felices, para poder vivir despreocupadas y ajenas a las adversidades. No puede haber felicidad si, primero, no se destierra de nuestras vidas la ansiedad, y para combatir la ansiedad hay que hacer desaparecer el miedo de nuestras vidas.
La pedagogía social, ya desde las granjas-escuela, se ha encargado de criar ganado humano débil y temeroso a fuer de alejarle de sus instintos más primitivos, entre ellos el del miedo. Nuestros civilizados niños no tienen tolerancia al fracaso ni a la frustración; no saben superar miedos y temores porque se les ha educado a través de un sistema pedagógico obcecado en desterrar la ansiedad de las aulas. Para ello, las exigencias de rendimiento, trabajo y esfuerzo, se han minimizado, al tiempo que el aprobado se ha convertido en un dadivoso regalo caído del cielo.
Los padres, en general, también intentamos por todos los medios que nuestros hijos no afronten sus miedos. Dejamos que nuestros hijos duerman con las luces encendidas, o que busquen refugio en el lecho de los padres. Creemos que, alejando la oscuridad y el temor de sus vidas, serán más felices.
Hemos creado toda una serie de consignas y frases hechas destinadas a relajar y contentar a nuestros infantes: "lo importante no es ganar, sino participar", y para ello premiamos tanto a los mejores como a los peores, a los buenos y a los malos, porque nadie es más que nadie. Aprobado general, competiciones sin vencedores ni vencidos. Felicidad para todos.
Pero, paradójicamente, el hecho de no proporcionarles a nuestros niños herramientas para afrontar la ansiedad y tolerar la frustración, no les hará más felices, sino al contrario: con el tiempo, las carencias de recursos para afrontar y superar problemas, les convertirán en víctimas de cualquier circunstancia adversa; les convertirán en individuos sin ego y sin iniciativa propia; serán individuos miedosos e incapaces de valerse por sí mismos. Tendrán miedo a vivir.
Vivir sin temor al miedo
Decía Fernández de la Mora que el razonalismo era una alternativa filosófica que permitía canalizar los impulsos más irracionales del ser humano (sentimientos, caprichos, instintos...) a través de la razón; una razón necesaria para hallar la verdad, ya fuere sobre el sentido del ser o sobre los criterios morales que deberían reconocerse como universalmente buenos.
Así pues, desde una perspectiva integradora de inteligencia y sentimientos, Fernández de la Mora, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano con su inteligencia poética, también consideró la presencia de los instintos en el ex-sistere de los seres humanos. Pero De la Mora no defendió una negación de los instintos (puro racionalismo) ni los reivindicó apasionadamente como hicieran Zambrano o Unamuno, más irracionales, sino que propuso canalizarlos y servirse de ellos, a través de la razón, para utilizarlos en provecho de nuestra propia supervivencia.
Desde dicha perspectiva razonalista, se acepta que el miedo debe ser nuestro aliado para permitirnos superar circunstancias adversas, pues en esto, precisamente, consiste el constante quehacer que es la vida. El miedo debe instarnos a pensar, primero, para actuar después de la manera más adecuada para salvaguardar nuestros proyectos de vida personales o colectivos.
Obsérvese que el razonalismo, en tanto reconoce la necesidad de usar la razón (inteligencia) para superar adversidades, se aleja del darwinismo más irracional e instintivo, al tiempo que acepta como bueno (necesidad vital) vivir sin temor al miedo, es decir, no hay que negar u ocultar el miedo, sino afrontarlo y superarlo. Y es que, sencillamente, el individuo o sociedad que deja de temer, en aras de ser inconscientemente feliz, está caminando hacia su autoinmolación.
El hacedor de lluvia
Este pequeño relato de Hermann Hesse se me antoja el paradigma de quienes, obcecados en la búsqueda de la felicidad, se empeñan en desterrar el miedo de sus vidas.
Cierta noche, una misteriosa lluvia de estrellas aterrorizó a las gentes de un pequeño poblado primitivo; el inusual fenómeno metereológico fue considerado como una señal de desgracias futuras, y hombres y mujeres, invadidos por el miedo, se sumieron en una suerte de histeria colectiva.
Pero el chamán de la tribu, el hacedor de lluvia, deseó salvaguardar a su hijo del miedo colectivo que provocó la infelicidad del resto del poblado:
"...le había ocultado la lluvia de estrellas (a su hijo) confiando en que mejor le sería dormir que presenciar aquel prodigio... un peligro vital para todos, un presagio funesto para el futuro..."
En un primer momento, el padre prefiere que su hijo duerma, es decir, prefiere que siga sumido en la ignorancia y en la falsa felicidad que proporciona el no ser consciente de la realidad y de los peligros de la misma.
Pero el sabio hacedor de la lluvia no tarda en darse cuenta de que quizás no obró acertadamente y de que con su proceder había debilitado a su hijo no permitiéndole forjar su carácter:
"El futuro exigirá un hombre maduro y valeroso, y al haber dejado a su hijo durmiendo en la choza le había privado de la ocasión de fortalecerse y de templar su alma con aquel espantoso suceso"
El sabio chamán reconoció que, con su errado proceder, le privó a su hijo de la posibilidad de aprender a superar miedos y angustias para poder afrontar el futuro con mayor entereza y seguridad.
Apocalypto
Pocas películas, como la magnífica "Apocalypto" de Mel Gibson, han sabido retratar con tanto acierto la inconsciencia de quienes, en aras de vivir felices, despreocupados y ajenos a las adversidades de las circunstancias, se condenan a sí mismos a desaparecer del devenir de la historia.
La trama de Apocalypto es, en realidad, de una extremada sencillez:
Un feliz y despreocupado pueblo de cazadores, que vive en el interior de la selva ajeno al mundo exterior, se niega a sí mismo la responsabilidad y el deber de afrontar sus miedos.
Dicho pueblo, durante una jornada de caza, contacta con un grupo de supervivientes que huyen aterrados de quienes les han masacrado y destruido sus hogares. El hijo del jefe de los cazadores, angustiado y preocupado, desea saber qué ha pasado y por qué huyen aquellos seres temerosos, pero el gran jefe evita que pueda interrogarles. Argumenta, el inconsciente jefe, que no desea que su hijo se infecte del mismo miedo que corroe a los pobres desgraciados que huyen despavoridos. No quería que su hijo ni su pueblo conocieran el miedo, es decir, no deseaba que afrontaran la necesidad vital de conocer y saber qué estaba ocurriendo; prefirió ignorar lo que sucedía a su alrededor y se refugió y condenó a los suyos a vivir autistas en su pequeño microcosmos selvático.
No tardaron, por lo tanto, en sucumbir fácilmente ante la poderosa civilización Maya, dedicada a saquear pueblos del interior de la selva para obtener esclavos y víctimas que pudieran ofrecer en sacrificio a sus dioses.
El gran mensaje transcendente de Mel Gibson es contundente: los inconscientes tienen miedo del miedo y están condenándose a sí mismos y a los suyos a un antivital suicidio resignado.
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