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martes, 27 de octubre de 2020

LOS NUEVOS DIOSES (los filósofos de la sospecha)

INTRODUCCIÓN

Siguiendo las apreciaciones de Heidegger, y anteriormente las de Nietzsche, podríamos decir que la muerte de Dios no significó el abandono de las creencias en mundos suprasensibles e idealismos utópicos, sino tan solo la sustitución del Dios cristiano por otros nuevos "dioses".

La necesidad de creer es un rasgo inherente y constitutivo de la naturaleza humana. El ser humano necesita creer para no desesperar (Kierkegaard) y para salvarse del sentimiento trágico de vivir (Unamuno); necesita creer para escapar del anodadamiento (Heidegger) y, en última instancia, para huir del suicidio (Camus). Filosofamos, pensamos y reflexionamos, para poder creer y para no desesperar, esta es la verdad que se esconde bajo la tramposa virtud que nos insta a conocer por conocer (trampa desenmascarada por Nietzsche).

“Si Dios no existiera se tendría que inventar” (Miguel de Unamuno) y, añadiría yo, tendría que “inventarse” a imagen y semejanza de las nuevas conciencias y sus respectivas razones de ser.

Anteriormente, Heidegger ya había caído en la cuenta de que el marxismo era una suerte de pseudoreligión, un nuevo credo o conciencia prepotente, dispuesta a ocupar el lugar de la tradicional conciencia burguesa y su Dios cristiano y occidental. De hecho, pese a las advertencias de Heidegger (silenciado a través del siempre eficaz estigma del nacionalsocialismo), durante el SXX se impuso la fe ciega en un nuevo dios eslavo o conciencia de clase (marxismo), al que Ortega le atribuyó ser el portador de una pseudomoral eslava; una pseudomoral sustituta de la tradicional moral occidental.

LOS ASESINOS DEL DIOS CRISTIANO

¿Hubo premeditación y alevosía en aquellos pensadores que participaron en el “asesinato” del Dios judeocristiano? ¿Existió realmente un interés crítico para poder hallar la verdad, o tan solo les movió el particularismo egocéntrico que les impelía a reivindicar sus respectivas propuestas teóricas o nuevas deidades?

Resulta curioso que, detrás de la crítica al Dios cristiano, por parte de los principales filósofos de la sospecha (Nietzsche, Freud y Marx), siempre subyazca la vindicación de sus respectivos sucedáneos o dioses particulares.

Criptobudismo: Nietzsche fue el precursor de lo que Peter Sloterdijk denominó criptobudismo, una nueva moral que, por cierto, también estuvo muy presente en Heidegger y en la obra de otros pensadores alemanes como Hermann Hesse.

El criptobudismo, o reinterpretación budista del idealismo hegeliano, aspira a un nuevo poshumanismo o, como proclamara Nietzsche, a una nueva clase de hombre (el superhombre). La verdad que le fue revelada a Nietzsche, a través de aforismos cargados de simbolismo, fue casi la misma que halló Heidegger en el claro del bosque; la misma verdad sobre la que Hermann Hesse reflexionaba una y otra vez, obsesivamente, en obras como “El juego de abalorios”, “El viaje a Oriente” o “Siddhartha”.

Se trataría, resumidamente, de hallar la paz espiritual y vivir una vida auténtica; se trataría de huir del engaño (mundo de apariencias) a través de la comunión o el cuidado del ser (Heidegger). Se trataría de buscar la fusión con el Uno absoluto o ser supremo (Hermann Hesse) y de abrazar la verdad de Zaratustra (Nietzsche). Se trataría de utilizar la reflexión meditativa de Heidegger, la meditación budista (Siddhartha) y el ascenso a la cima de Nietzsche para encontrarnos a nosotros mismos a través de vías o caminos de búsqueda y superación.

Nada nuevo que no hubiese descubierto siglos antes San Agustín.

Psicoanálisis: Freud también descubrió un nuevo dios: el Yo. Un dios al que también había que salvar de la vida inauténtica y de las falsas conciencias, por supuesto recorriendo también una vía; el camino de la introspección psicoanalítica. Freud también hizo hincapié en la necesidad de llegar a lo “oculto”, al subconsciente, descubriendo y desarticulando los mecanismos de defensa que el ello y el superyó, en constante conflicto dialéctico, tejían para sumirnos en el sentimiento trágico de vivir y en la desesperación (léase angustia, ansiedad y depresión).

Marxismo: Karl Marx hiló más fino. Se dedicó tan solo a reinterpretar la moral judeocristiana a través de un nuevo catecismo pseudoreligioso que, astutamente, y por recomendación de Engels, rebautizó como manifiesto (El manifiesto comunista), eliminando, así, cualquier connotación que pudiera recordar al tradicional cristianismo occidental. La nueva conciencia marxista, incluso siendo una burda copia del cristianismo, y una perversión que transmutaba, de hecho, los valores cristianos, se presentó al mundo como un nuevo dios; una nueva conciencia con una nueva verdad revelada bajo el brazo.

Hasta aquí los nuevos dioses que los filósofos de la sospecha propusieron como alternativa a los seres humanos: criptobudismo, psicoanálisis  y marxismo. Ahora hablemos de quienes se enfrentaron a ellos, también razón en mano, convirtiéndose en los últimos faros y atalayas de resistencia de Occidente.

RACIOVITALISMO Y EXISTENCIALISMO ESPAÑOLES

Resulta triste y paradójico que la única nación de Occidente que se mantuvo firme en la defensa del Dios cristiano y, por ende, preservó la generalidad de los valores inherentes a la moral occidental, haya sido destruida.

Los dos filósofos más importantes de los SXIX y XX, Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset, no solo se caracterizaron por su defensa y amor a España y a su razón de ser, sino que, además, dieron forma a dos propuestas filosóficas originalmente españolas: el raciovitalismo y el existencialismo cristiano; filosofías, o modos de pensar, que se opusieron a las propuestas alternativas de los filósofos de la sospecha anteriormente citados.

Se me dirá que Unamuno no fue tan original como Ortega al esbozar (ni siquiera sistematizó mínimamente su propuesta) su filosofía existencialista, muy desarrollada también por pensadores como Heidegger o Sartre, entre otros. Y yo responderé que el existencialismo español (unamuniano) fue un híbrido que fusionó la filosofía existencial de Kierkegaard con el catolicismo español. Más tarde llegaría Gustavo Bueno, con su materialismo filosófico, para recoger el testigo de estos dos insignes filósofos españoles, para proporcionarnos otra creativa propuesta de salvación. Pero ahora toca rendir homenaje a quienes, en mi opinión, y con permiso de Suárez, Zubiri, Fernández de la Mora, Marías, Morente, Zambrano… han sido (son) los filósofos más egregios que ha dado España para goce y deleite de todos los españoles de bien: Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno.


martes, 30 de mayo de 2017

"Dialéctica de la Ilustración" de Horkheimer y Adorno (parte II)


Introducción.

El prólogo de 1969 (tras la derrota del nazismo) indicaba que la teoría de la DI atribuía a la verdad un momento temporal, es decir, señalaba que la verdad sería aquella institucionalizada y reconocida por el Dasein histórico en cada período histórico concreto.
Antes, en el prólogo de 1944-1947, la DI se proponía comprender por qué la humanidad, en vez de entrar en un verdadero estado humano (humanismo) se hundía en un nuevo género de barbarie (en alusión al nacionalsocialismo).

La tesis era la siguiente:

El pensamiento triunfante, en cuanto abandona su elemento crítico, se convierte en instrumento de lo existente (pensamiento dominante).

Tras la II GM no serán necesarios los censores para garantizar la supremacía de un pensamiento dominante, ya que toda la sociedad, a través de la opinión pública, actuará, de facto, como gran censora.
Las masas son educadas técnicamente (pedagogía y condicionamietno social) para caer en el despotismo.
La falsa claridad, expresión alternativa del mito, consistirá en una ocultación a través de la familiaridad del concepto. Heidegger se refirió, de forma parecida, a la vida inauténtica del Das-man, donde la vida cotidiana (institucionalizada) impedía la pre-ocupación por el sentido del ser.

La vida actual tecnificada, al tiempo que domina la naturaleza, también domina al hombre. Entonces el espíritu del hombre se desvanece y se convierte en bien de consumo; el hombre se transforma en consumidor de bienes, pero también en un bien cultural universalizado, domesticado y "entontecido" al mismo tiempo, por las antropotécnicas civilizadoras de la ideología de turno.

Capítulo I, concepto de Ilustración.


El objetivo primero de la Ilustración consiste en liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Y para ello, la Ilustración pretende disolver los mitos y la imaginación mediante la ciencia.
El saber para dominar la naturaleza instrumentaliza el saber como poder; poder para dominar el medio físico, pero también para domesticar (civilizar) a los hombres.
Este saber, entendido como saber como poder, se remonta a las consideraciones de Bacon y Lutero, para quienes no importaba la satisfacción en alcanzar la virtud de la verdad (el conocimiento por el conocimiento), sino la operatividad de la misma. Había que saber para poder hallar los procedimientos más eficaces, para trabajar y obrar logrando hacer, es decir, consiguiendo consumar la idea en hecho.

Las primeras cosmologías presocráticas intentaron racionalizar las causas primeras (agua, tierra, fuego...), pero, a partir de Platón, los dioses fueron absorbidos por el logos filosófico. La razón se impuso al mito imaginativo, pues, desde siempre, la Ilustración vio en el mito la proyección de lo subjetivo en la Naturaleza (los dioses tienen forma de hombre porque los hombres los crearon - Jenófanes- ).
la Ilustración, por tanto, no acepta la subjetividad, sino que pretende reducirlo todo a una unidad objetiva o conocimiento universal. A través de la razón y la lógica, la Ilustración crea sistemas para reducir la historia a hechos y las cosas a materia.

Paradoja: los mitos víctimas de la Ilustracion (logos filosófico) ya eran producto de la propia Ilustración. No podía haber mito sin logos; sin las narraciones y explicaciones que representaban e interpretaban el mundo. El mito ya tenía como objetivo primero someter el mundo al hombre, es decir, dominarlo ("...que los hombres manden en los peces del mar y en las aves del cielo.").
Así, la esencia (sentido y significado) de las cosas mundanas se reducirá a materia o substrato de dominio; el ser de la cosa-en-sí se convertirá en el ser-para-él (para el hombre).

La Ilustración evoluciona y se perfecciona a lo largo de la historia, disolviendo las verdades de determinados períodos históricos, crítica mediante, y sustituyéndolas por nuevas verdades más acordes con el logos o la razón imperante del momento.

Evolución histórica de la Ilustración.

La verdad postulada por la magia, todavía religada al mundo y respetando la esencia de la cosa en-sí, fue sustituida por la verdad del mito, que, en tanto ya era Ilustración, se ensoñoreaba del mundo. Frente a la trascendencia, se impodrá el principio de la inmanencia: todo acontecer es repetición (ciencia empírica) y solo hay autoconservación que implica que lo distinto se iguale.
La autoconservación exige repetición del fenómeno y la igualación de lo distinto; no cabe la injusticia de lo diferente.
Será esta obsesión de la Ilustración por negar lo diferente, la que paradójicamente, al tiempo que liberará a los hombres dándoles un sí-mismo particular, los someterá y dominará (domesticará) igualándolos (uniformándolos) a los demás hombres (ej: comunismo).
La Ilustración, en tanto que antropotécnica civilizadora y domesticadora, nunca reconoció del todo la singularidad o diferencia del ser-en-sí mismo, por lo que articuló normas y reglas para el parque humano, es decir, necesitó hacer uso de la fuerza del derecho coactivo (coacción social).
La unidad del colectivo manipulado, pedagogía social mediante, siempre supone la negación de cada individuo particular.

No podemos decir, por tanto, que los totalitarismos (nazismo y comunismo) sean recaídas en la barbarie, pues, muy al contrario, significan el triunfo del humanismo más ilustrado y civilizador, criador y domesticador de hombres, que imponen la igualdad represiva.

La conciencia del ser-en-sí del individuo (pensamiento) reconoció tempranamente "su" verdad (existía en tanto se pensaba a sí misma), pero no podía tener certeza de la verdad del ser-en-sí de las cosas; no podía acceder a la esencia trascendente que en las cosas era más que su realidad ya conocida. Heidegger se referió al ser del ente, una verdad esquiva que se mostraba al tiempo que se ocultaba, y que Zubiri reconoció como una realidad que era más que la suma de sus partes.
El hombre primitivo experienció la complejidad enigmática del ser, o de la realidad abierta ante él, como algo sobrenatural, como sustancia espiritual que era inaccesible a través de sus órganos sensoriales.
Así pues, el hombre sumido en el enigma de lo sobrenatural, desdoblará la naturaleza, reconociéndole a esta un ser de la cosa aparente observable (accesible a los sentidos) y una esencia o espíritu que dará lugar al mito.
La angustia ante el enigma y la complejidad del ser, ante la vida y la realidad abierta, instará al ser humano a desarrollar una dialéctica que enfrentará la naturaleza (lo aparente) vs el mito (la esencia o espíritu).
La razón ilustrada creerá que para superar la angustia, la pre-ocupación por la cuestión del ser (Heidegger), o el problema teologal (Zubiri), bastará con dominar la naturaleza, es decir, bastará con saber y conocer (ciencia) por tal de disolver al mito y la verdad trascendente que este representa. La Ilustración pretenderá separar ciencia y poesía para, así, superar los relatos míticos, y para ello se apropiará del lenguaje, que pasará de la palabra al lenguaje científico y de este al puro cálculo (método científico).
Cada uno de los dos principios aislados, Ciencia y Arte, conduce a la destrucción de la verdad. Ya Platón proscribió la poesía con el mismo desdén que el positivismo proscribe al idealismo. Desde entonces, el arte es un proscrito, pues se sustrae del contexto de la realidad aparente para entrar en contacto con lo mágico. En la obra de arte se desdobla la cosa en apariencia y en esencia o sentido que se desoculta a través de la misma creación artística (Heidegger).
El protestantismo creyó hallar el principio trascendente de la verdad (su esencia) aferrándose a la palabra (logos), pero Heidegger sostuvo que el ser era inaccesible a través del lenguaje formal y tradicional, y que era necesario recurrir al lenguaje poético.
Al final, hallar la verdad siempre será cuestión de fe, ya sea teniendo fe en la religión o en la razón.

La Ilustración, sin embargo, identifica el pensamiento con la matemática (ciencia) y eleva a las matemáticas a instancia absoluta e incuestionable. Pero, como bien señaló Husserl, al matematizar la naturaleza, la naturaleza pasa a ser idealizada, convirtiéndose el pensamiento en instrumento.
El positivismo, erigido en juez de la Razón Ilsutrada, no aceptará el estudio de mundos mágicos, religiosos o metafísicos, pues no desea salir de su círculo materialista-realista.

Kant concluyó en la "Crítica de la razón pura" que lo que puede ser penetrado por la ciencia no es el ser. Así, la Ilustración se centrará tan solo en el dato, en el proceso científico de la repetición que no va más allá de lo objetivo. Y el mundo se verá, siguiendo a Kant, como un gigantesco juicio analítico.
De esta manera, la razón ilustrada reifica (cosifica) las almas. Y los individuos, convertidos en "cosas", hacen lo que la sociedad espera de ellos (alienación). El individuo es programado socialmente, normativizado y domesticado. De lo que se trata es de que el propio individuo, sin ser consciente de ello, acepte su propia autoalienación, para, así, lograr su autoconservación (seguridad y protección). La tecnología (antropotécnica) convertirá al individuo en instrumento al servicio del fin social.
Las normas y reglas, coacción social, exigen sumisión, pues solo en tanto el hombre es dominado puede este, al tiempo, garantizar su autoconservación.
A través de la subordinación de toda la vida (naturaleza y seres humanos) a las exigencias de la autoconservación, la minoría que manda garantiza su propia seguridad y la del TODO.
Desde siempre, el hombre ha tenido que elegir entre la sumisión a la naturaleza o la sumisión a una sociedad que domine la naturaleza y le garantice su autoconservación.

Frase genial: De la inmadurez de los sometidos vive la excesiva madurez de la sociedad.

Los hombres son reducidos a simples seres iguales entre sí por el aislamiento en la colectividad coactivamente dirigida, ya que el poder del sistema crece sobre los hombres en la medida que los sustrae del poder de la naturaleza.
Solo si el espíritu (conciencia) se reconoce humildemente (humildad ontológica) como dominio puede disolver su pretensión de dominar. Todo espíritu-conciencia que se arrogue ser el único verdadero tenderá a no reconocer su pretensión de dominar en cuanto alcance el poder; se mostrará como una conciencia prepotente y cínica que lo único que hará será sustituir a un dominador por otro.
En este último punto subyace la crítica de Horkheimer y Adorno al marxismo:
El marxismo elevó la necesidad de justificar sus fundamentos degradando al espíritu (conciencia individual) y sometiéndolo por tal de aspirar a una cima suprema y utópica. Así, absorbió las libertades individuales, convirtiéndose con ello en un totalitarismo socialista.

martes, 6 de septiembre de 2016

La Europa de los populismos.

Introducción

Europa ha soportado (está soportando todavía) dos importantes crisis, económica y humanitaria, que han mermado considerablemente su "credibilidad" como posibilidad de ser. No, no se me asusten, lo diré en román paladino: Europa se nos muere de tan buena y justa que pretende conducirse. No parece que el viejo continente pueda aspirar a convertirse en "promesa de futuro". Bueno, no al menos la Europa humanista, demócrata y garante de derechos y libertades en la que creemos o "queremos creer". ¿Qué otra Europa ocupará su lugar? ¿Qué populismos se adueñarán de Europa?
Cuando la gran política rehúye del deber de ser operativa y eficaz, aportando soluciones y resolviendo problemas, la demagogia populista no tarda en ocupar su lugar. Pero si hay algo que realmente alimenta a los irracionales populismos es el insulto: "cuanto más insulta un Estado a sus ciudadanos, más radicales y dogmáticos se tornan estos", tal es mi tesis.

El primer insulto

Ante la primera crisis económica Europa decidió "recuperarse" expoliando a sus sufridos ciudadanos para rescatar a la gran Banca. Este primer insulto despertó las iras de las masas en general, pero, sobre todo, despertó el populismo del comunismo en sus formas más radicales y dogmáticas (marxismo-leninismo). En los países más pobres y con menos tradición liberal (Grecia, Italia, España...) pronto proliferaron o parecieron "resucitar" los seguidores de trasnochadas ideologías; puños en alto y cacofónicas internacionales volvieron a mancillar nuestros ojos y nuestros oídos. Nada nuevo bajo el Sol. Cuando la realidad circundante causa excesivo dolor siempre salen prestos, cuales caracoles después de la lluvia, los demagogos más oportunistas para ofrecernos sus milagrosas recetas, más propias de tahúres charlatanes que de responsables hombres de Estado.
He aquí el creciente populismo de izquierdas en su versión más bolchevique (marxista-leninista).

El segundo insulto

La segunda crisis, que denominaremos "humanitaria", comenzó a gestarse a raíz de las crecientes oleadas de inmigrantes provenientes de Oriente Medio. Europa se llenó, de la noche a la mañana, de cientos de miles de personas que huían de sus lugares de origen para encontrar una vida mejor en la humanista, demócrata y liberal Europa; en la buena y justa Europa  (siento repetir tan insistentemente estos calificativos).
Pero la gran masa humana que llegó a nuestras fronteras no solo era "extranjera" (de fuera) sino que además defendía unos valores y unas creencias antagónicos a los de la civilización occidental. ¿Valores antagónicos? Sí, antagónicos y enfrentados a los valores de la vieja Europa, por más que la corrección política de nuestros dirigentes pretenda negarlo y ocultarlo ante la opinión pública.
Esta ocultación de la verdad,  segundo insulto a la inteligencia de los sufridos ciudadanos europeos, "resucitó" a los seguidores de "otras" obsoletas pero no menos dogmáticas ideologías que también pretenden ofrecernos sus salvadoras curas. La patria, la raza, la religión, y todos aquellos valores tradicionales inherentes a la identidad y la razón de ser de Occidente, se magnificaron y se exaltaron.
He aquí el creciente populismo de "derechas" en su versión más fascista.

El problema de los populismos.

El problema de los populismos consiste, y permítaseme la redundancia, en que desde el momento en que ellos mismos se postulan como cura o solución de un conflicto ya se están convirtiendo, de facto, en otro problema. ¿Por qué?
Pues porque todo populismo tiende al dogmatismo y a la defensa de los valores de una "parte de", es decir, de una sola clase de personas. Todo populismo, en tanto que supremacista, defiende su "verdad" y justifica y legitima su única conciencia verdadera para imponerla a las demás.
Los populismos, tanto comunistas como fascistas, son, por tanto, sometedores. Atención a este "palabro" que remarco en negrita.
En realidad es muy fácil de entender lo que subyace en todos los populismos: el desprecio hacia quienes consideran que les han insultado (despreciado). No hay despreciador que no desprecie a quien desprecia. Y quien se erige en despreciador no tarda en mostrarse orgullosamente prepotente y seguro de su verdad; y cuando una prepotencia henchida de desprecio (alimentado desde el resentimiento y el rencor hacia sus despreciadores) alcanza el poder, no duda en someter (de nuevo en negrita); no duda en subyugar a través de la sumisión, voluntaria o forzada, a una conciencia verdadera (religiosa o ideológica). He aquí el rasgo común que comparten todos los supremacismos dogmáticos (Islam, comunismo, fascismo y feminismo): el afán por uniformar todas las diferentes clases de personas en una única clase de personas hermanadas en un una única conciencia verdadera.

Supremacismo bueno vs malo.

Resulta obvio que ningún suprematismo de los citados (Islam, comunismo, fascismo y feminismo) se considera "malo" a sí mismo.
El problema que subyace en todo suprematismo no es un problema moral o de valores. Todas las religiones e ideologías, todas sin excepción, son morales. No habrían conflictos entre civilizaciones, de hecho, si, primero, no hubiesen conflictos entre diferentes clases de personas.
Mi tesis es clara al respecto:

"La clase de persona que seamos, por imperativo biogenético y moldeamiento circunstancial, determinará la ideología (valores y creencias) que adoptemos".

La moral no es más que la justificación de nuestros actos, de aquellos actos que nuestra forma de ser considera más buenos y justos. Por tanto, la moral que adopte una sociedad siempre estará en eterno conflicto, pues lo que es bueno y justo para una determinada clase de personas no lo será para otras.
Las diferentes clases de personas deberán agruparse o "asociarse", por tanto, en partidos políticos para defender sus particularistas intereses y hacerlos prevalecer sobre los de los demás.

De las clases de personas a las clases sociales.

La lucha en el claro no es entre clases sociales, como prepotente y ladinamente proclamó el marxismo. El conflicto primigenio entre humanos surgió desde el primer momento en que los hombres, sociables por imperativo de supervivencia, tuvieron que convivir y, por tanto, establecer unas reglas y normas sociales para relacionarse entre ellos.
Al principio, los líderes fueron los machos alfas más fuertes y enérgicos, aquellos que mejor sabían "mandar" y hacerse "respetar". Cuando faltaba el respeto y la adhesión voluntaria al líder, surgían inevitables luchas por el poder. Los nuevos candidatos debían retar al líder para arrebatarle el poder, lo cual equivalía a obtener el derecho para poder establecer nuevas reglas y normas.
Desde el inicio de los tiempos, pues, se trató de imponer una cosmovisión social (valores y creencias) para cohesionar al grupo, regir su destino e ilusionarle con proyectos futuros. Se trató, como vemos, de ganar el derecho a; derecho a decidir, a dirigir, a coaccionar, a penalizar...

Resulta obvio que al individuo más fuerte le interesaría imponer un sistema de valores centrados en la fortaleza, mientras que a los más débiles les convendrían sistemas de valores más orientados al desarrollo de la inteligencia y las habilidades personales; al desarrollo de valores artísticos y/o espirituales, por ejemplo.
La lucha primera, por tanto, e insisto en este punto, fue entre clases de personas, las cuales no defendían unos determinados valores por creerlos necesariamente los más buenos y justos, sino porque dichos valores eran, en definitiva, los suyos: aquellos que mejor se correspondían con su forma de ser y con su apriorística herencia biogenética.
Pero como el ser humano es un animal inevitablemente social, arrojado a una convivencia forzosa con sus semejantes, no tuvo más remedio que agruparse con sus iguales, con aquellos que mejor pudieran ayudarle a conseguir sus particularistas intereses, por tal de obtener el derecho a ser como le dictaban que debía ser sus condicionantes biogenéticos (neuropsicológicos). Así, a partir de los intereses particulares de las diferentes clases de personas surgieron, inevitablemente, las diferentes clases sociales.

Falacias insertas en los discursos populistas

Para no entrar en demasiados análisis, pues lo que me interesa es dejar al desnudo las mentiras de los populismos, me centraré en el populismo de "inspiración" marxista-comunista, desenmascarando dos importantes falacias que subyacen en el mismo:

1) La falacia de la moral universal.
2) La falacia de los derechos universales.


Si nos fijamos, tanto la moral como el derecho defendido por el marxismo aspiran a ser universales, es decir, desean convertirse en dos verdades apriorísticas incuestionables a través de las cuales legitimar una auténtica conciencia socialista para toda la humanidad.

Para entenderlo mejor, y haciendo gala de la cortesía de la claridad, podríamos decir que la conciencia marxista (la verdad marxista) se justificó a sí misma erigiéndose en garante y defensora de dos principios que el humanismo europeo ya hizo suyos desde tiempos de Platón; dos principios o "verdades" que se consolidaron en Occidente a través del judeocristianismo y la razón práctica de Kant:
El primer principio, verdad a priori, considera que existe una única moral buena y justa (la moral socialista) y, por tanto, también existen morales injustas o malas (las demás).
El segundo principio, también verdad a priori incuestionable, considera que todos los seres humanos nacen con unos derechos ya adquiridos por el mero hecho de ser hombres.

La moral marxista, como la moral islámica o la del nacionalsocialismo, aspira a ser universal, es decir, aspira a articular una única cosmovisión (interpretación del mundo) para toda la humanidad.
¿Pero por qué las morales suprematistas se arrogan ser universales y "buenas y justas" para toda la humanidad? Pues porque así lo decide la razón. No importa ahora entrar en el estéril debate de si la razón las descubrió o las halló tras una revelación divina (religiones monoteístas de los tres libros) o una  mística reflexión expectante (budismo) o si, por el contrario, las construyó a través del devenir dialéctico de la historia.

Así, y aquí quería llegar, tanto la moral como los derechos humanos se justifican a partir de intereses particulares que pretenden legitimarse con los disfraces de la universalidad, es decir, en realidad son particularismos que aspiran a imponerse universalmente.

Explicaba antes, en el punto que titulé "clases de personas", que, tiempo ha, el derecho se obtenía o se ganaba a través de esfuerzo y luchas constantes. Históricamente se hablaba del derecho de conquista o del derecho de facto (políticas consumadas) que se justificaba como bueno y justo en tanto se había ganado dando algo a cambio (sacrificio en la guerra).  Ahora, pero, nos dicen que los derechos no se ganan, sino que son inherentes a la propia esencia del ser humano, es decir, nos engañan diciéndonos que todos nacemos con unos derechos adquiridos. ¡Falso! He aquí la primera falacia del humanismo y, por tanto, de todos los populismos demagogos derivados del mismo
A poco que reflexionemos, con meditativa atención expectante (Heidegger), se nos desvelará la esquiva verdad: "Todos los derechos deben ganarse de uno u otro modo".

Sí, es cierto, antaño el más fuerte, quien más se arriesgaba y se sacrificaba era, potencialmente, quien más derecho tenía a ser, es decir, era quien se ganaba el derecho a desarrollar su propio proyecto vital personal. ¿Y ahora? ¿Cómo nos ganamos nuestros derechos?
Las gentes poco dadas a reflexionar (hombres-masa) no se plantean estas cuestiones sobre el ser y, en cualquier caso, ya han sido adecuadamente condicionadas y programadas, pedagogía social mediante, para contestar seguras de sí mismas que los "derechos no se ganan". Algunos, los más avispados, podrían argumentar que los derechos han de merecerse en la medida que nos responsabilizamos de nuestros deberes y obligaciones. Estos avispados ya intuyen que "todo tiene un precio" y que lo justo sería ser merecedor de un derecho a cambio de algo, de un servicio o deber hacia la comunidad. Son conscientes, al menos, de que gozar de derechos exige dar algo a cambio.
En esto consiste ser liberal, en no ser un individuo-masa incauto al que poder engañar puerilmente.

¿Y cómo engañan los populismos al hombre-masa? Pues a través de consignas falaces y demagogas.
Quienes creen que tienen derecho a todo, porque sí, porque "ellos lo valen" y porque así lo dictamina la justa y buena moral (marxista, nacionalsocialista, islamista o feminista) piensan, de veras, que no deben dar nada a cambio cuando, por ejemplo, reivindican derecho a la vivienda, derecho al trabajo, a subsidio, a prestaciones, a escuelas y sistemas sanitarios públicos. Creen que no hay que dar nada a cambio porque "para eso ya pagan sus impuestos" y, sobre todo, porque entienden que no hay que sacrificarse ni trabajar para el capitalismo opresor o los patriarcados burgueses judeocristianos. Pero, en realidad, cuando estos individuos se ofrecen sumisos a un sistema populista lo están dando todo, lo más preciado y sagrado que tiene un ser humano: su libertad individual. Pretenden obtener el máximo de seguridad vital por parte del Estado, aunque para ello deban pagar ingentes cantidades de impuestos. Claro, el problema llega cuando, incluso pagando ingentes cantidades de impuestos, el Estado (señor feudal al uso) no consigue salvaguardar la seguridad (económica, laboral o sanitaria) de sus súbditos. Entonces aparecen los populismos y, contra toda lógica racional, en vez de abogar por minimizar el peso del Estado, prometen más y más Estado a las masas agraviadas; les prometen más derechos a; les prometen más ilusiones y mentiras, poco menos que más "maná que caerá del cielo" o "el milagro de los peces". Nada hay más mesiánico que un populismo.

Todos los populismos, pero sobre todo los tres dogmas más en auge, neocomunismo, Islam y feminismo, exigen un alto precio por el derecho a ser merecedores de las atenciones de papá estado, de Alá o de la buena y justa sociedad matriarcal: renunciar a la propia libertad individual. Exigen, de hecho, un fuerte pago, no solo a través de fuertes presiones fiscales, sino también de renuncias a importantes parcelas de libertad individual, tales como elegir libremente cómo educar a nuestros hijos, cómo planificar nuestra vida laboral, cómo crear empresas...

Conclusión

Podríamos definir a los populismos como mentiras y engaños que, sin embargo, calan en importantes sectores de la población, sobre todo en momentos de mucho dolor social (crisis).
Los populismos, en realidad, y como los buenos farsantes del mundo esotérico (videntes, adivinadores, sanadores...) solo pueden engañar a quienes desean ser engañados.
Y en graves momentos de crisis las masas desean ser engañadas por una sola razón: justificar sus culpas o, por mejor decirlo en términos exentos de connotaciones religiosas, para justificar su falta de responsabilidad.
Cada clase de persona, debido a sus particulares características biogenéticas, desarrollará diferentes prejuicios y fobias ante la adversidad de las circunstancias. En realidad se trata de "burdos" mecanismos de defensa que pretenden proyectar en "el otro" la propia irresponsabilidad (culpa).
Coged a un individuo-masa cualquiera y tendréis un populista; decidme qué clase de persona es y os diré qué clase de populismo abrazará.
Hay una palabra que define perfectamente qué es un individuo-masa: un irresponsable, una persona que está (existe) pero que no se preocupa por ser; un individuo que pide pero no da, que exige a los demás pero no "se autoexige" a sí mismo. Esta clase de personas, por su forma de ser, solo desea autoengañarse y ser engañada. No aceptará ni reconocerá su fracaso vital como consecuencia de su propia irresponsabilidad, sino que proyectará sus culpas sobre los demás. Serán "los otros" los culpables de sus desdichas. Si no tiene trabajo no será debido a su falta de preparación, ambición o espíritu de sacrificio, sino porque el trabajo se lo quita el inmigrante extranjero; si no puede tener una vivienda no es porque se pasara toda su vida de bar en bar, bebiendo cervezas y sin preocuparse por el futuro, sino porque el malvado sistema capitalista conspiró contra él. Y suma y sigue...

Epílogo

¿Pero por qué resulta tan fácil engañar a las masas?

Pues porque las mejores mentiras son aquellas que siempre contienen "algo de verdad".
Desde luego, hay verdad en reconocer la necesidad de controlar racionalmente la inmigración; hay verdad en la necesidad de frenar a los políticos corruptos; hay verdad en la necesidad de eliminar los abusos de la Banca. Todas las mentiras populistas contienen "algo de verdad", pero ese algo es magnificado y sobredimensionado hasta convertirse en la única causa que explica el dolor de una crisis, ya sea económica o humanitaria.
Si Europa no reconoce ese "algo de verdad" que contienen las falaces y demagogas argumentaciones populistas, perderá la oportunidad de afrontar los problemas (económicos y humanitarios) de forma racional y con sentido común. Y, peor aún, legitimará a los diferentes populismos para que ellos se arroguen ser los únicos "buenos y justos" capaces de "contentar a las masas".







martes, 2 de febrero de 2016

Sobre nazis y comunistas.


Dos de los filósofos más importantes del S XX, Heidegger y Sartre,  fueron existencialistas y los dos abordaron una de las cuestiones más urgentes de la postmodernidad: la vida inauténtica.
Sin embargo, Heidegger estuvo relacionado de forma directa con el régimen nacionalsocialista, mientras que Sartre defendió (durante cierto tiempo al menos) las tesis comunistas.
Ambas ideologías, comunismo y nacionalsocialismo, eran suprematistas  y desde la articulación de prepotencias dogmáticas y señoriales defendieron sus respectivas conciencias verdaderas como  las únicas válidas para salvar a la humanidad.

La filosofía de Heidegger tiende a deslegitimarse recurriendo a argumentaciones ad hominem que insisten en relacionarle con su pasado nazi, pero la de Sartre apenas sufrió los arañazos de una crítica benevolente que siempre le fue bastante favorable. ¿Por qué?
Creo, y es opinión personal, que la crítica actual no debería girar en torno a si Heidegger fue o no un nacionalsocialista convencido o tan solo un filonazi. Sartre fue un férreo simpatizante del comunismo antes de caerse del caballo, ver la luz y distanciarse del mismo prudentemente. Y no pasó nada, nadie se rasgó las vestiduras por ello.

A mí lo que me interesa, no sé si a los demás también, es intentar averiguar qué subyace en el fondo de la polémica entre Sartre y Heidegger. No me interesan sus estigmas imperdonables (Heidegger) o sus presuntas bondades (Sartre); me interesa la cuestión de fondo que nos pudiera explicar, o arrojar alguna luz, sobre el porqué dos filosofías existenciales, ambas interesadas en el hombre y su ser ahí-en el mundo, se distanciaron y se posicionaron junto a ideologías claramente antagónicas (nacionalsocialismo y comunismo).

Del hecho de que Heidegger y Sartre tengan dos visiones o interpretaciones diferentes del ser humano, podemos deducir que cada filósofo otorga al hombre una concreta misión en el mundo, es decir, cada cual hace responsable al hombre de una determinada razón de ser; responsable de crear y/o guardar un concreto sentido del Ser.

Creo que hemos aceptado, yo al menos sí, que tanto el hombre sartriano como el heideggeriano son inevitablemente morales y, por tanto, responsables. Me niego a seguir hablando de hombres o ideologías inmorales, pues, como bien señalara Zubiri: todo hombre es inevitablemente moral en tanto que racional. No existen hombres inmorales, sino morales que son consideradas malas o buenas dependiendo de los intereses y/o sesgos de las ideologías de turno ("partes de" en conflicto).

Partiendo de que ambos tipos de hombres son morales y responsables, evitaremos caer en el debate improductivo sobre las diferentes interpretaciones conceptuales de la moral (de Kant o de Zubiri-Aranguren); solo así saldremos de la circularidad que nos impide delimitar claramente el concepto y avanzaremos para descubrir por qué la postmodernidad, su decadencia y fracaso, produce dos suprematismos dogmáticos ebrios de prepotencia.

La gran pregunta, en mi parecer, debería ser la siguiente:

¿Qué significó la postmodernidad, su perdida de valores y decadencia, para las sociedades y los hombres de finales del SXIX y principios del SXX?

Yo creo que significó miedo, desorientación y perdida de referentes ético-morales (Nietzsche certificó la defunción de Dios). Pero, sobre todo, significó incertidumbre y pesimismo frente al futuro (véase el impacto que causó "La decadencia de Occidente" de Spengler).
Hubo un antes y un después tras la aparición, entre 1918-1923, de "La decadencia de Occidente". Sí, es cierto que la muerte de Dios ya había alertado a Occidente de su propia debilidad: ya no tenía referentes ético-morales universales a los que asirse. Pero Spengler, todavía más osado, señaló que Occidente era tan débil que, incluso sabiendo que ya "ningún Dios podría salvarle", se seguía obcecando en mantener vivos bellos ideales universales judeocristianos (kantianos a la postre).

Vino a alertarnos Spengler, a través del análisis de la historia de las civilizaciones, de lo mismo que Heidegger a través de su metafísica del Ser: en la misma esencia del humanismo radica el germen de su autodestrucción.

Esta verdad que vieron Spengler y Heidegger con suma claridad (antes de la II GM), tardarían en descubrirla Horkheimer y Adorno en su "Dialéctica de la ilustración", a toro pasado y cuando el mal ya estuvo hecho. Fue a partir de entonces, más tarde, cuando algunos "antiheideggerianos" como Habermas se pusieron las pilas para rescatar lo positivo del pensamiento de Heidegger, aunque fuese desde el rechazo de la provincia heideggeriana.

¿Qué diferenció a Heidegger, por lo tanto, de Sartre?

Heidegger aceptó la muerte de Dios y con ella la muerte del sujeto trascendental, es decir, demostró que la ley moral universal kantiana era una construcción ad hoc hábilmente pensada para sustituir a Dios. No hizo trampas. No podía hacerlas, porque aseverar, a un tiempo, que Dios no existía pero sí existía el sujeto trascendental era una falacia totalmente incongruente.
Sartre, por el contrario, hizo malabarismos tramposos para acabar de dotar de esencia trascendental al ser humano, no a priori, como sostenía Kant, sino a posteriori y durante el devenir de la existencia.
¿Cómo era posible trascender la existencia sin una esencia a priori, inmutable y universal? ¿Qué era eso de "construir una esencia a la carta" que, además, siguiera manteniendo viva la tradicional moral humanista (judeocristiana, kantiana y platónica)?
Era, tan solo, un autoengaño necesario para hacerle creer al ser humano que, aunque sin Dios, todavía debía regir su conducta a través de determinados imperativos morales universales.

Pues bien, el pensamiento de Heidegger, en este sentido, no fue tan distinto al de Marx, como algunos intentan hacernos creer.
También Marx aceptó la muerte de Dios, y también Marx, por lo tanto, tuvo que rechazar valores trascendentes y universales, tachándolos de ser "falsos valores" creados por la burguesía dominante.
Pero Marx no fue honesto, es decir, también hizo trampas al revestir su teoría de la liberación con los cómodos ropajes del cristianismo, pues por tal de legitimarla ante las masas propuso un nuevo modelo de hombre: el hombre proletario, que, como el heideggeriano, debería regirse por su propia moral y hacer lo que tuviera que hacer por tal de salvaguardar la razón de ser de una utópica sociedad comunista: ambos dogmáticos y prepotentes; los dos prototipos de hombre seguros de sus respectivas verdades.
Las masas vieron al hombre heideggeriano como peligroso y hostil, pues su prepotencia desnuda le delataba, pero el hombre proletario, más astuto y artero, disfrazado de cristianismo laico, pudo engañarlas y hacerles creer que el comunismo era un nuevo sueño humanista y universal, más justo y bueno para todos.

He ahí la diferencia entre nacionalsocialismo y comunismo. El primero se muestra desnudo y orgulloso, proclamando lo que es y lo que quiere, mientras que el taimado comunismo, disfrazado con la humildad judeocristiana (el comunismo es una religión laica) enmascara sus intenciones disfrazándose con los valores del humanismo (justicia y libertad).

En nuestra sociedad occidental, ebria de humanismo judeocristiano, enseguida se percibió el peligro de un nacionalsocialismo orgulloso y prepotente, pero la prepotencia comunista (enmascarada) no solo no se percibió, sino que consiguió pasar por buena y justa.

martes, 19 de enero de 2016

Escuchando a Heidegger con atención.

A raíz de mis comentarios, en torno a "Normas para el parque humano", surgió un interesante intercambio dialéctico en el foro de discusión filosófica de la UNED (ver aquí). Aprovecho esta ocasión, además, para enlazar con el interesante blog donde mi interlocutor (Jesús M. Morote) es habitual colaborador: La galería de los perplejos.  
 
Decía Jesús que no podíamos considerar a Peter Sloterdijk como un acólito o fiel seguidor de Heidegger.
 
Yo le respondía que, efectivamente, no podemos afirmar que Sloterdijk esté entre los acólitos de Heidegger, pero, desde luego, resulta evidente que su filosofía es deudora, en gran medida, de la del autor de "Ser y tiempo".

Le decía a mi interlocutor que yo observaba una conflictiva relación paterno-filial entre Heidegger y Sloterdijk; una relación de amor y odio, mejor sería decir admiración-rechazo, a partes iguales.
Sloterdijk, en mi opinión, es hijo de Heidegger, en tanto ha asimilado, criticado y superado la filosofía del mismo. Pero cuando un atento hijo se esfuerza por asimilar al padre (conociéndole en profundidad a través de la crítica) no puede evitar, al tiempo, descubrir los errores e imperfecciones de su progenitor.

Yo estoy estudiando atentamente la obra de Sloterdijk ("Celo de Dios", "El desprecio de las masas", "Crítica de la razón cínica", "Normas para el parque humano" y, actualmente, "Esferas") y puedo asegurar que en todas las obras que he citado aparecen continuas referencias a Heidegger. De hecho, en "Crítica de la razón cínica", Sloterdijk se atrevió, incluso, a distanciar a Heidegger del ideario dogmático del nacionalsocialismo.
Quiero decir, con todo lo expuesto hasta ahora, que mientras la filosofía occidental en general, y Habermas en particular, se han dedicado a pensar contra Heidegger, Sloterdijk se está esforzando en pensar para superar a Heidegger.

Sloterdijk coincide con Heidegger en un punto, para mí crucial y fundamental: una severa crítica al comunismo. Solo por este motivo les estoy profundamente agradecido, tanto al padre como al hijo.
Así, Heidegger ya señaló que Marx fue el primero en realizar una interpretación del mundo (sesgada e interesada por ser "parte de", añado yo) para mejor legitimar la transformación del mismo. Y dijo textualmente:
El comunismo es también una creencia (en la ciencia moderna) que trasciende al hombre individual y, por tanto, es una religión. Ningún hombre no tiene religión. Cada hombre está más allá de sí mismo.

Pero es que también Sloterdijk, en la generalidad de su obra, no deja de alertarnos sobre las amenazas del suprematismo comunista. En "Crítica de la razón cínica" le enmienda la plana al marxismo (tildándolo de prepotencia esquizofrénica) y, de paso, deja caer algún que otro certero dardo contra Adorno y la Escuela de Frankfurt, al cabo también revisionistas del marxismo.

Como muy bien me señalaba Jesús (alias Nolano), tras "vapulear" dialécticamente al padre (Heidegger), Sloterdijk tan solo le reconocía que hubiese sido capaz de articular la pregunta de la época: ¿qué doma todavía al hombre, cuando el humanismo como escuela de doma fracasa?

¡La pregunta de la época! ¡Casi nada! La gran y única pregunta que urge responder, sí o sí, si la humanidad no quiere encaminarse hacia su propia autodestrucción. ¿Vamos a restarle importancia, no solo ontológica sino también vital, a la pregunta que nos insta a salvar al ser humano de sí mismo?

Pero, argumentaba mi interlocutor, detectar eso y formular la "pregunta de la época" no convertía a Heidegger en un punto de referencia para ninguna solución de ningún tipo.

Cierto, no parece que Heidegger pueda proponer ninguna solución. Sin embargo, Heidegger allanó el camino para que los adormilados occidentales pudiésemos ver dónde no estaba la solución:
Todas las diferentes formas del humanismo tradicional ejercen la misma violencia antropocéntrica, ya fuere como prepotencias desnudas y expuestas (fascismos) o como prepotencias hábilmente enmascaradas (americanismo y bolchevismo) -Cita extraída de "Normas para el parque humano".

¡He aquí la grandeza de Heidegger y el legado de Heidegger! Haber permitido a Sloterdijk, y a cuantos pensadores le escucharon con atención, incluir tanto al capitalismo como al bolchevismo en un mismo nivel de violencia antropocéntrica.
Este descubrimiento que a algunos pueda parecerle una perogrullada, pues seguramente son conscientes de la grave verdad que encierra, sigue siendo desconocido, cuando no rechazado, por el dogmático y suprematista neocomunismo que nos amenaza.

Solo desde el convencimiento, por parte de algunos, de que Auschwitz fue real pero los gulags y los campos de exterminio de los jemeres rojos, por ejemplo, tan solo fueron ciencia ficción, puede explicarse la inconsciente proliferación de partidos marxista-leninistas como Podemos en España o Syriza en Grecia.

Todavía hoy, a la grave y crucial pregunta de la época: ¿qué doma todavía al hombre, cuando el humanismo como escuela de doma humana fracasa? Algunos se atreven a contestar que debería ser un retorno al bolchevismo más dogmático. ¿Y diremos, todavía, que Heidegger no es un punto de referencia para saber, al menos, dónde no debería estar la solución?

martes, 17 de noviembre de 2015

Causa primigenia u origen del yihadismo

A partir de los execrables atentados de París se están sucediendo tantos comentarios, cada uno de ellos conteniendo una parte de la verdad sobre el problema del terrorismo islámico, que me resulta casi imposible sintetizar y exponer de forma clara mi visión sobre el yihadismo.

Intentaré hacer una exposición, comprensiva y accesible, a partir de un criterio clave:  el origen y el porqué del yihadismo. Creo que dependiendo de cuál se considere que es la causa primera del yihadismo se apostará por unas u otras medidas (soluciones) para afrontarlo.

¿Cuál sería la causa primigenia del yihadismo o terrorismo islámico?

Se me antoja que lo primero que deberíamos hacer es dilucidar si el origen del terrorismo islámico es exógeno (variables externas al mundo islámico) o endógeno (surge como consecuencia inevitable de las propias enseñanzas y razón de ser del Islam: el Corán).

Origen exógeno del yihadismo: las causas externas del yihadismo se encontrarían en culpables externos, pero no en las propias enseñanzas del Corán.
Todos sabemos quiénes son los defensores de esta explicación, o mejor sería decir quiénes legitiman o justifican al yihadismo:

1) Los propios musulmanes: prácticamente todos sin excepción. Incluso el musulmán más aparentemente pacífico y reconciliador no puede evitar sentirse ofendido cuando se cuestionan o critican mínimamente determinados contenidos del Corán. Doy fe de ello y proporcionaré ejemplos reales a quienes los soliciten. Existe siempre una tendencia en la población musulmana, en general, a abusar del victimismo instrumental. Así, los errores cometidos en el pasado por Occidente (colonialismo, explotación y expolio de recursos) siguen todavía muy presentes en el subconsciente colectivo del mundo musulmán.

2) Sectores de la izquierda occidental: existe una determinada izquierda que, en aras de continuar y ser fieles a la sempiterna lucha de clases a nivel internacional, no duda en posicionarse junto a cualquier ideología o sociedades suprematistas que también tengan como enemigo común al opresor capitalismo burgués. Mirarán siempre hacia otro lado, tanto si una tropelía o barbaridad la comete un etarra, un dictador de Corea del Norte o un grupo de yihadistas. También, como la generalidad de musulmanes, tienden a legitimar su posicionamiento político-ideológico en base a dos sentimientos férreamente insertos en el subconsciente colectivo: victimismo y lucha.

Veamos las coincidencias formales entre Islam y marxismo:

Marxismo: teoría suprematista que, tras reconocer a la clase proletaria como víctima, legitima la lucha (dictadura proletaria) para proclamar una nueva conciencia o verdad: socialismo utópico.

Islam: religión suprematista que pretende liberal a los musulmanes (víctimas) de los adoradores de falsos dioses. Para ello legitima la yihad (lucha) para proclamar la conciencia o única verdad de Alá.

Conclusiones: tanto el marxismo como el mundo islámico en general (tanto los más radicales como los más "tibios") creen dogmáticamente en una determinada verdad (socialismo y Alá respectivamente). Y la creencia o fe ciega en dichas verdades les instará a legitimar la lucha, oposición y beligerancia, contra el resto de falsas conciencias (la falsa conciencia burguesa y el falso Dios judeocristiano respectivamente).
Por tanto, comunismo radical e Islam son aliados naturales frente a sus enemigos comunes que son el capitalismo burgués y el falso Dios judeocristiano. Así, ambos suprematismos legitimarán y justificarán la lucha yihadista para que los oprimidos musulmanes puedan defenderse de las amenazas externas de las sociedades capitalistas.

Origen endógeno del yihadismo

1) Izquierda moderada o socialdemócratas: afortunadamente existe otra "izquierda" que reconoce que la causa primigenia del yihadismo es el Corán o, como mínimo, determinados versículos y capítulos del mismo. Sin embargo, instados por el buenismo y una errada visión de lo que significa ser una sociedad libre y democrática, claudican y ceden ante el mundo musulmán, creyendo que a través de la integración de sus ciudadanos se logrará "la paz perpetua kantiana" o imposibles "Alianzas entre civilizaciones". Son básicamente idealistas y pacifistas; siguen creyendo, pobres ilusos, en la validez de los tradicionales valores occidentales.

2) Liberalismo: los liberales, entre quienes me incluyo, lo tenemos claro: la causa primigenia y origen del yihadismo es la totalidad del Corán, no tan solo determinados pasajes del mismo. El liberalismo, celoso guardián de las libertades individuales, es consciente de que el Corán, en sí mismo, es un programa de vida o cosmovisión que aspira a ser el único válido para regir la humanidad. Punto y pelota. A partir de este reconocimiento, implícito en el propio Corán, por más lecturas interpretativas que se quieran hacer, solo cabe apelar a la autodefensa, mejor sería decir resurrección y/o reformulación, de nuestros propios valores occidentales; de nuestros propios programas de vida.
Si nuestros valores actuales ya no son válidos para salvar a la civilización occidental de la autoinmolación de su razón de ser, ya sea porque han sido relegados al olvido (víctimas del relativismo moral) o por estar sumidos en una imparable decadencia, entonces  se hace necesario reformular nuevos valores; se hace necesario proponer nuevos programas de vida alternativos al suprematismo islámico.

Nota: habría un tercer grupo (además de izquierdistas y liberales) que estaría conformado por un variopinto aglomerado de conservadores, suprematismos cristianos y/o ideológicos (véase Pegida en Alemania) que, de momento, no tienen suficiente peso. Aunque razones de peso no les falten en sus reivindicaciones y propuestas. Yo les considero como "la última bala" que debemos guardarnos en el cargador en caso de que las posiciones más "conciliadoras" fracasen, que será lo más probable.

Conclusiones: si no queremos que tomen fuerza los sectores más dogmáticos antimusulmanes, con el peligro que ello conllevaría en pérdidas de derechos y libertades, deberemos ser valientes y rescatar a Heidegger antes de que vuelvan a apropiárselo los extremistas radicales, es decir, tendremos que "civilizar" al estigmatizado pensador alemán y democratizarle lo suficiente como para que pueda salvaguardarnos del suprematismo musulmán, pero sin que por ello perdamos nuestras sacras libertades individuales.

Por todo lo expuesto, para mí la cuestión fundamental, para combatir al yihadismo, sería:

¿Cómo podemos rescatar y civilizar a Heidegger sin que por ello sufran merma los Derechos y libertades que hemos conseguido en Occidente con tanto esfuerzo y sacrificio?

Y con esta pregunta primera, enlazo con la otra pregunta, sin duda clave en el tema que nos ocupa:

¿Qué pasaría si la respuesta en defensa de unos valores exigiese no ser fiel a esos mismos valores?

miércoles, 29 de julio de 2015

Rescatando y pensando a Heidegger, a favor de Heidegger.


El ser humano nunca ha sido libre, pues siempre ha estado sumido en una existencia inauténtica a lo largo de toda la historia; siempre ha estado inmerso en sistemas sociales, ora despóticos ora demócratas-liberales, que, en mayor o menor medida, han ejercido la coacción en nombre de las diferentes prepotencias dominantes de turno (imperios, reinos, Estados...).

El género humano, en tanto que inevitablemente social, nunca ha podido (ni podrá) gozar de una auténtica libertad individual . Eso bien lo supo Heidegger, pero también fue consciente de ello Marx, el padre de una de las más importantes y revolucionarias teorías de la liberación: el marxismo. Tanto Heidegger como Marx se refirieron a la vida inauténtica que llevaban las masas (Das Man y alienación) explicándonos, cómo, en cierto modo, los proyectos de vida individuales no eran sino "pre-programas" o "diseños de vida" ideados por el ente social para que cada individuo desempeñara roles tal y como los ideólogos (domesticadores) los habían preconcebido (ver Marx y "las máscaras sociales").
Platón ( ver diálogo de "El  político" y "La República") y Nietzsche ("Así habló Zaratustra") fueron los primeros en reconocer al hombre como un animal social o político que debía ser domesticado (civilizado) por el Estado para, así, garantizar la paz y la convivencia .
Sin embargo, mientras que Platón puede considerarse como el precursor del actual humanismo, preocupado en civilizar a los ciudadanos por tal de alejarlos de su naturaleza más irracional, Nietzsche culpó precisamente al hombre (homo) por haberse empequeñecido y tornado mediocre en la medida que se tornaba "humanus" ("humano, demasiado humano).

Podríamos decir, grosso modo, que Marx reinterpretó el humanismo platónico, presente en la tradicional moral judeocristiana, mientras que Heidegger, como Nietzsche, señaló las flaquezas de ese humanismo tan "humano", que alejaba a los hombres de sus referentes naturales y los convertía en esclavos de la tecnología. Heidegger, en definitiva, criticó al humanismo para abogar por su superación.

Como se puede constatar, tanto Marx como Heidegger "sintieron" e hicieron suyos los dolores de una época: la decadencia de la civilización occidental, enfermedad de la postmodernidad que sumía al hombre en la angustia vital, la desesperanza y el nihilismo. Y ambos pensadores propusieron una cura o salvación para retornar al género humano su dignidad, para volverle a proveer de esperanza.

Y he aquí las curas, en forma de idearios políticos, que ambos pensadores defendieron frente a un mismo enemigo común: el liberalismo, al cual culparon de todos los males de una época, pero, sobre todo, de ser el padre legítimo del "inhumano" capitalismo:

Socialismo utópico: Marx fue el primero en hacer una deconstrucción, o reinterpretación, de la teoría de liberación del cristianismo, sirviéndose del materialismo histórico. Heidegger, más tarde, haría lo propio en "Ser y tiempo" sirviéndose de la fenomenología hermenéutica.
Lo que hizo Marx, en realidad, fue, como decía, una reinterpretación del cristianismo, es decir, creó una nueva "religión", laica si se prefiere, pero con los mismos fundamentos éticos-morales presentes en la tradición judeocristiana.
La teoría de la liberación socialista que proponía Marx estaba destinada a triunfar entre las masas porque, como veremos, no proponía nada nuevo, sino un nuevo cristianismo laico.
Las masas, desde la cuna "programadas" para que hicieran suyos los valores de las prepotencias dominantes (valores de la moral cristiana, y a la postre también kantiana) abrazaron con relativa facilidad la propuesta de liberación del marxismo: Marx y Engels fueron los nuevos mesías, "El manifiesto comunista" una suerte de reveladora tabla de los 10 mandamientos, y "El capital" la Biblia imprescindible para todo buen marxista que se preciara de serlo. No podían faltar ni el Dios supremo, ahora en forma de Estado omnipotente y protector, ni el prometido y esperanzador fin último, vida eterna en el otrora paraíso celestial frente a la vida justa y feliz en el "alcanzable" socialismo utópico.

El mensaje de Marx era claro: os prometo la salvación en la tierra con la certeza, materialismo dialéctico mediante, de que mi propuesta es terrenal, racional y científica, que en absoluto una ensoñación irracional que cree en Dioses salvadores.

Nacionalsocialismo: Sí, lo sé, objetivamente no podemos considerar a Heidegger como el creador de la teoría de liberación nacionalsocialista. En primer lugar, porque Heidegger se cuidó mucho de enfatizar en "Ser y tiempo" que sus preguntas sobre el sentido del ser partían de postulados ontológicos, que no políticos, y en segundo lugar, sencillamente, porque la deconstrucción que hizo Heidegger del cristianismo no consistió tan solo en "readaptarlo" o "reinterpretarlo" al servicio de una ideología, como sí hizo Marx, sino que intentó superarlo lo más asépticamente posible a través de la fenomenología. He aquí la diferencia fundamental entre el pensamiento de Marx y Heidegger: reinterpretación del humanismo (Marx) vs superación del humanismo (Heidegger).
Sin embargo, a nadie se le escapa que los conceptos, pretendidamente asépticos, que Heidegger utilizó en "Ser y tiempo" estaban cargados, cuanto menos, de sutiles connotaciones herederas de la moral judeocristiana. De hecho, el concepto de la cura o cuidado (el deseo de llegar a ser algo) nos recuerda a aquel otro "cuidado", tan agustino y cristiano, que nos insta a "aceptarnos, mejorarnos y superarnos".
En cualquier caso, y sin intención de realizar un análisis más detallado de las semejanzas entre los conceptos heideggerianos y cristianos, es necesario reivindicar y reconocerle a Heidegger su genialidad al intentar ir "más allá del bien y del mal", es decir, el haber visto con claridad que el humanismo, tanto en su versión más tradicional e histórica del judeocristianismo, como en la nueva copia pergeñada por el marxismo, había fracasado. No debemos olvidar que el propio Sartre dijo que "el existencialismo era un humanismo" y Marx calificó a su teoría de "humanismo real", seguramente para anteponerlo al "humanismo religioso".
Por tanto, del hecho de que Heidegger hiciera visible el fracaso del humanismo, no debemos concluir que éste fuese el creador de ninguna teoría de liberación, menos aún que fuese un teórico del nacionalsocialismo. ¿Fue Heidegger nacionalsocialista? Pudiera ser, pero esa no es la cuestión que estamos tratando.
Lo que estamos dilucidando es si Heidegger tuvo o no razón al señalar el fracaso del humanismo como método destinado a la domesticación y cría del ganado humano.

Pensar a Heidegger

Pues sí, hay que pensar a Heidegger, pero... ¿de verdad que solo cabe la opción de "pensar a Heidegger contra Heidegger, como dijera Habermas?
Yo me haría otra pregunta: ¿somos capaces de reconocer el fracaso del humanismo para, así, poder crear una superación del mismo, o preferimos seguir "reinventándolo" y readaptándolo a los nuevos tiempos por tal de seguir legitimando sus "supuestas" bondades, incuestionables e intocables?
El socialdemócrata Habermas, escorado más hacia el ala "izquierda", juega en casa, es decir, juega en los campos ya abonados de Occidente donde, a priori, es más fácil que proliferen y se reproduzcan sus ideas ebrias de humanismo justiciero disfrazado de "demócrata".
Habermas, para más inri, arrastra el estigma de ser "alemán viejo", un espíritu infectado de culpa que todavía no ha superado el pasado nazi de su nación. Por eso comprendemos a Habermas cuando reconoció sentirse "engañado" por Heidegger y, más recientemente, cuando atacó falazmente a Sloterdijk tildándole de "filonazi".
Si Habermas, como la generalidad de los pensadores occidentales, no son capaces de reflexionar libre y valientemente mirando "más allá del bien y del mal", como hicieran Nietzsche y Heidegger, o como hace actualmente Peter Sloterdijk, por favor, que se aparte del camino y deje el paso libre a nuevas propuestas de domesticación, o nuevos programas de vida (para no herir sensibilidades), que aspiren a salvar al hombre, al homo de carne y hueso que desea ser realmente libre sin las coacciones de ningún Estado suprematista y prepotentemente dominante.
¿Cuál fue el pecado de Heidegger?
En mi humilde opinión, su "pecado", peccata minuta en realidad, fue apostar por el "mal menor"; entre el suprematismo comunista que amenazaba Occidente y el fallido capitalismo, legitimado por las democracias liberales, apostó por la esencia de su ser alemán, por un nuevo e ilusionante proyecto vital en forma de III Reich. ¿Se equivocó? Pudiera ser, pero no más que otros pensadores de su época que, ebrios de cinismo, prefirieron seguir callando y apoyando a los diferentes suprematismos comunistas del planeta; tampoco se equivocó más que otros políticos hipócritas, como Churchill, capaces de reconocer que la "democracia", aunque imperfecta, era el mejor sistema conocido.
Pues bien, digo yo, ¡encontremos sistemas mejores!

Nuevo posthumanismo

Y en ello está Peter Sloterdijk, en pensar a Heidegger, pero no en su contra como hace Habermas para deslegitimarle con los recurrentes argumentos ad hominem del filonazismo, sino para encontrar mejores sistemas o, al menos, para hacer propuestas novedosas y valientes que superen al fracasado humanismo en una nueva era posthumanista.
No somos libres, ésta es la única y gran dolorosa verdad. Y no somos libres en Estados suprematistas, por supuesto, pero tampoco en Estados demócratas liberales que se jactan de garantizar las libertades individuales.
Sloterdijk lo ve muy claro, como claro lo vio Bakunin: no puede haber auténtica libertad ni verdadera democracia allí donde el individuo vive coaccionado, ya sea en un sistema manifiestamente despótico, o en otro que, arteramente, le hace creer que es libre.
Pero, como no podía ser de otra manera, de la misma manera que el "celoso" Marx se encargó de estigmatizar y silenciar las verdades del anarquismo libertario de Bakunin, así silencian a Sloterdijk, bien tachándole de "filonazi" (Habermas) o de "nietzscheano de izquierdas" (calificativo del ínclito Ramón Alcoberro, con el que, por cierto, mantengo una deuda pendiente a cuenta de Ortega).
¿Es Sloterdijk una suerte de anarcocapitalista o simplemente un pensador que se obliga a reflexionar más allá del bien y del mal?
¿Y qué significa pensar más allá del bien y del mal?
No significa prescindir de la moral, sino obligarnos a reflexionar más lejos y en profundidad "a pesar" de los constreñidos corsés morales; significa ser creativos para ver que el liberalismo, aunque mejor que cualquier suprematismo ideológico (comunista o nacionalsocialista) también coacciona e impide la auténtica libertad individual.
Cuando llegamos a la conclusión de que, a través de los actuales sistemas políticos conocidos, no podemos ser auténticamente libres de ninguna de las maneras, solo nos quedan dos opciones: o elegimos lo que creemos el mal menor (Heidegger) o seguimos reflexionando y haciendo nuevas propuestas (Sloterdijk) a través de la biotécnica, proponiendo el pago voluntario de impuestos o articulando peregrinas constituciones que reconozcan los derechos conjuntos de los hombres, la naturaleza y las máquinas en una nueva era posthumanista.
De la selección de la especie humana y de los nuevos métodos de cría y domesticación del animal de lujo humano, a través de la biotécnica y la ciencia genética, reflexionaremos en otra ocasión.





 

miércoles, 22 de abril de 2015

Razón cínica en "San Manuel Bueno, mártir", de Unamuno.

Leyendo la magnífica "Crítica de la razón cínica", de Sloterdijk, experimenté una suerte de liberación existencial muy parecida a la que, en su día, sentí con la lectura de "Del sentimiento trágico de la vida", del genial Miguel de Unamuno.
Después de mucho releer y reflexionar sobre mis admirados Ortega y Unamuno, he llegado a la conclusión de que estos dos PENSADORES (con mayúsculas) tuvieron la desgracia de ser profetas en las tierras de Occidente más yermas y estériles para la inteligencia: España. ¿Qué repercusión mediática habrían tenido las obras de nuestros dos autores patrios si estos hubiesen tenido la suerte de nacer en países más maduros y preparados para "soportar o manejar" la verdad?
¡Qué distintas, por ejemplo, se me antojan Alemania y España! Y, sin embargo, las filosofías de Ortega, como las de Unamuno y Zubiri, estuvieron sin duda a la altura de los grandes pensadores germanos: Husserl, Nietzsche, Heidegger...

La obra de Sloterdijk ("Crítica de la razón cínica") es minuciosa y sistemática; constituye, en mi opinión, un ambicioso y completo manual de filosofía que gira en torno a uno de los grandes temas filosóficos: la verdad. En esta obra, Sloterdijk se descubre ante el mundo como uno de los más grandes pensadores de los últimos tiempos. Yo diría, incluso, que estaría a la altura del mismísimo Kant, con la diferencia de que la transparencia y claridad de Sloterdijk hace mucho más digerible y comprensible su obra.
Si, en palabras de Ortega, la "claridad" debería ser cortesía obligada del filósofo, entonces no cabe duda alguna de que Sloterdijk es el filósofo más cortés que he leído, con el permiso, por supuesto, de nuestro Ortega, infatigable caballero siempre defensor de la claridad.

Pero seamos justos, porque la descarnada desocultación o desenmascaramiento de la verdad que hace Sloterdijk, con la maestría del filósofo, ya la hizo también nuestro Unamuno, solo que a través de la intuición y del leguaje poético; a través, sobre todo, de la literatura (ensayo, poesía, novela...).
Unamuno, como Sloterdijk, nos desvela un terrible secreto en su obra "Del sentimiento trágico de la vida"; un secreto guardado celosamente por los guardianes de la "verdad"; un secreto que no debe ser aireado inconscientemente por los ilustrados que lo custodian, porque las masas no saben manejar la verdad.

Contaba Unamuno en uno de sus artículos ("Almas sencillas", de 1933) cómo el prior de un monasterio castellano le recriminó su célebre obra "Del sentimiento trágico de vivir", diciéndole que lo que allí dijo era cosa que debía callarse, aunque se pensara, y si fuese posible incluso callárselo uno a sí mismo.
¿Pero cuál fue el terrible secreto que Unamuno desveló y que no solo debía callarse ante los demás, sino que, incluso, en palabras del prior, uno debía callarse a sí mismo?
Unamuno desenmascaró, ni más ni menos, que el cinismo prepotente y señorial de la religión, descubrió al mundo cómo un grupo de ilustrados cínicos (las élites intelectuales de la Iglesia) se obligaba a custodiar una falsa verdad por mor de salvaguardar la razón de ser de la humanidad; por mor de dar un sentido a la vida de los hombres de carne y hueso. Unamuno dejó al desnudo la razón utilitaria: ¿resulta útil y beneficioso mantener determinados engaños?
Unamuno bautizó a ese sentimiento agónico, de quienes viven a través de la razón utilitaria y según unas creencias en las que en realidad no creen, como un sentimiento trágico de vivir. Y así tuvo que hacerlo nuestro tan español Unamuno, porque él mismo era un alma atormentada que deseaba creer y se obligaba a creer, pero la terca razón le impedía creer con auténtica fe.
Pues bien, dicho sentimiento trágico, o conflicto entre fe y razón, que nos insta a defender una "verdad" utilitaria, es lo que Sloterdijk denomina razón cínica.
¿Qué es, al cabo, la razón cínica sino una verdad que se justifica a sí misma (sin importar su falsedad) diciéndose a sí misma que es buena en tanto que útil?

Sloterdijk, a lo largo de su reveladora obra "Crítica de la razón cínica", y como Unamuno, no solo desnudará (desenmascarará) las falacias de la razón cínica que subyacen en el supremacismo de las religiones, sino que irá más lejos y hará lo propio con el resto de "verdades" (conciencias verdaderas) surgidas de diferentes ideologías supremacistas, tales como el marxismo.
Sloterdijk demostrará, impecables argumentos de razón mediante, que la historia de la humanidad ha sido, y es, una lucha constante entre los diferentes grupos de poder por tal de imponer sus respectivas prepotencias señoriales; por mor de imponer unilateralmente sus respectivos programas de vida o de domesticación.
La historia avanza, y en la medida que unas prepotencias son desenmascaradas, es decir, en la medida que sus razones cínicas son descubiertas, otras, que se autolegitimarán como liberadoras, acabarán ocupando los vacíos de fe dejados por sus predecesoras, aunque no podrán evitar imponerse con parecida prepotencia señorial. Y esto es así porque las masas necesitan autoengañarse y ser engañadas. Cuando el engaño de Dios ya no pudo sostenerse entre las masas, aparecieron otras "verdades" dispuestas a llenar el hueco nihilista dejado por el suprematismo religioso. Aparecerían, así, a lo largo del SXX, los grandes supremacismos ideológicos derivados del marxismo, los cuales, volviendo a erigirse en nuevos señores cínicos, ebrios de razón utilitaria, acabarían imponiendo una conciencia verdadera a través de nuevos engaños y unilateralmente, eliminando (cosificando) cualquier otra posible conciencia antagónica.

Al respecto del autoengaño, Unamuno expresó lo siguiente en una entrevista concedida al escritor griego Nikos Kazantzaki:

El rostro de la verdad es terrible. ¿Cuál es nuestro deber? Ocultar la verdad al pueblo (... )Así es la vida. Engañar, engañar al pueblo para que el miserable tenga la fuerza y el gusto por vivir. Si supiera la verdad, ya no podría, ya no querría vivir. El pueblo tiene necesidad de mitos, de ilusiones; el pueblo tiene necesidad de ser engañado. Esto es lo que lo sostiene en la vida. Justamente acabo de escribir un libro sobre este asunto.

El libro al que se refiere Unamuno, al final de esta valiente reflexión, es "San Manuel Bueno, mártir", publicado en 1933.
Obsérvese que han pasado casi dos décadas desde que Unamuno expusiera el mismo problema del autoengaño en "Del sentimiento trágico de la vida" (1912), haciendo gala de un vasto conocimiento, tanto filosófico como de cultura general, que dificultaba la difusión de sus reflexiones entre un público poco instruido. Sin embargo, con la novela del heroico y campechano párroco, más clara y asequible a la comprensión de la generalidad de lectores, Unamuno pareciera que hubiese decidido hacer caso omiso a las advertencias de aquel prior que le censurara haber ejercido de imprudente Prometeo.

Conclusión

Sloterdijk definirá al marxismo como una prepotencia esquizofrénica (ver aquí) y le acusará de convertirse en un nuevo cinismo señorial, dispuesto a salvaguardar su "verdad" incluso siendo consciente de la falsedad de la misma.
Y si Marx fue un gran cínico... ¿no podría decirse lo mismo del unamuniano "San Manuel Bueno"?
¿Qué instó a Unamuno a considerar a su humilde párroco como un mártir? ¿Acaso el "bueno" de Don Manuel no se comportaba como un gran cínico dispuesto a traicionar "la verdad" en aras de garantizar la felicidad de sus feligreses?
¿Y qué tienen en común los grandes supremacismos cínicos (religiosos o ideológicos)?
Pues que todos ellos se arrogan ser portadores de la verdad y la justicia.
Sí, lo sé, la verdad es terrible, y por eso necesitamos creer en cualquier mentira, aunque no deja de resultar "curioso" comprobar cómo, instados por la clase de persona que seamos, preferiremos unos u otros engaños. Y, al final, algunos privilegiados, o iluminados, se obcecan tanto en creer, que incluso pudieran pasar por fervientes y sinceros creyentes, puros e inocentes.
Pero si la verdad no existe, tampoco existe la inocencia. Todos somos culpables, y cómplices, de permitir, razón cínica mediante, que unos u otros supremacismos (el de los hunos o el de los hotros, que diría Unamuno) atenten contra lo más sagrado que es la VIDA y la libertad individual.


martes, 2 de septiembre de 2014

Marxismo: prepotencia esquizofrénica.

Introducción.

Pienso que una de las tareas más urgentes de los pensadores del SXXI debería consistir en desenmascarar (poner al desnudo) las falacias y contradicciones de los últimos supremacismos dogmáticos: islamismo y comunismo.

Nada diré sobre el supremacismo islámico, pues siguiendo las directrices de la timorata, silente y claudicante Ilustración occidental actual, me limitaré a acomodarme para ver cuándo y cómo se dispararán definitivamente las alarmas frente a tan grave amenaza. Seguramente cuando ya sea demasiado tarde.

Sí argumentaré, pero, contra su homónimo hermano dogmático; un neocomunismo, hasta hace poco residual (Rusia, China, Venezuela, Corea del Norte...) que amenaza con proliferar (de hecho ya lo está haciendo) en las decadentes sociedades de Occidente, sobre todo en los países más pobres y, por tanto, con menor tradición liberal: Italia, Grecia y España.

No volveré a referirme a las brillantes críticas que del marxismo hiciera Bertrand Russell, que llegó a tildarlo de pseudofilosófico, ni a las de nuestro genial Ortega, que se refirió al mismo como pseudomoral eslava. Alejándome de la crítica filosófica, que ya ha demostrado sobradamente las falacias de la teoría marxista, me limitaré a reivindicar y "publicitar" la magnífica crítica, desde una perspectiva psicologista, que ha realizado el filósofo alemán Peter Sloterdijk.

Sloterdijk califica al propio Marx de pensador esquizofrénico, para demostrarnos, con su habitual estilo comunicador, elegante y claro, cómo la teoría de la liberación marxista fue desde sus inicios una taimada prepotencia que se cuidó mucho de no parecerlo para, así, deslegitimar sin posibles obstáculos ideológicos a las prepotencias contrarias (burguesas).
Nos dice Sloterdijk, en definitiva, que Marx fue un gran cínico que combatió ideologías señoriales (prepotentes y seguras de su verdad) convirtiéndose, para ello y a su vez, en un señor celoso de su propio feudo de verdad.

Esquizofrenia ideológica de Marx y Engels.

Consiguieron Marx y Engels desvelar una verdad, difícil de rebatir a día de hoy: todos los individuos estamos programados socialmente desde el mismo momento de nuestro nacimiento.
Hasta aquí, nada que objetar. Efectivamente, el ente orgánico social tiene como finalidad última programar y diseñar propuestas de vida, o como dice Sloterdijk con su habitual crudeza: diseñar programas de domesticación, cuya finalidad será garantizar la pervivencia del ente social.
Marx y Engels denominaron alienación al hecho de que todos los individuos estemos programados desde el momento de nacer para aceptar unas determinadas normas y reglas sociales, por supuesto aceptándolas como buenas y beneficiosas para el bien común. ¡Faltaría más!
Marx desnudó las falacias de la verdad burguesa, la cual argumentaba defender valores garantes del bienestar común (de todos), cuando en realidad lo único que hacía era servir a sus propios intereses de clase, de clase señorial y, por tanto, prepotente.
Marx no tuvo más remedio, para poner al desnudo el egoísmo disfrazado de bonhomía de las clases burguesas, que demostrar la relatividad de la verdad. De hecho, se cargó de un plumazo las verdades absolutas y universales, las cuales fueron acusadas de ser creadas por y para servir los intereses de las clases sociales dominantes.

Pero entonces a Marx se le plantearon dos problemas a los cuales, en el parecer de Sloterdijk, no supo dar solución sin para ello convertirse, a su vez, en un cínico señorial y prepotente.

Primer problema referente a la verdad: ¿Cómo habríamos de creer en la verdad irrefutable (absoluta) del socialismo utópico cuando el mismo Marx, junto a Engels, certificó la defunción de las verdades absolutas y universales?

Segundo problema referente a la alienación: Si todos los hombres estamos pre-programados socialmente para aceptar como buenos unos determinados valores, es decir, si nacemos alienados... ¿Cómo podemos liberarnos de dicha alienación y ser conscientes de nuestra propia libertad?

Respecto al primer problema que se le planteó al marxismo, éste no dudó, sobre todo a partir de las tesis leninistas, en legitimar la dictadura del proletariado. Reconociendo que la única verdad absoluta que existe es que no existe verdad absoluta alguna, al marxismo solo le quedó justificar su verdad a través de la negación, crítica en mano, del resto de verdades a las cuales denominó, porque sí, falsas conciencias.
Así, de manera parecida a como hace el supremacismo islámico, el supremacismo ideológico comunista no tiene empacho alguno en proclamar su verdad otorgándole el calificativo de conciencia verdadera. ¿No os recuerda a aquello de Alá es el único Dios y Mahoma su profeta?

Al final, Marx no tendría más remedio que reconocer que su verdad no dejaba de ser otra verdad más, otro tipo de conciencia diferente al de otras prepotencias, y lo haría ya en 1843 cuando dejó escrito:

"No por casualidad el comunismo ha visto surgir contra él otras doctrinas socialistas, ya que él mismo solo es una realización especial y unilateral del principio socialista".

En el parecer de Sloterdijk, este reconocimiento del carácter unilateral del comunismo constituye, en sí mismo, un elemento común con el fascismo, pues no acepta otras conciencias como verdaderas, es decir, niega al resto de partes o alternativas ideológicas: las cosifica.

En lo concerniente al segundo problema, Marx fue mucho más señorial y prepotente, pues defendió que para ser conscientes de nuestros estados de alienación y poder salir de los mismos, había que negar cualquier principio de subjetividad, es decir, en un pintoresco ejercicio esquizofrénico liberó a los individuos de la conciencia burguesa, programada socialmente, para subyugarles a la nueva conciencia proletaria.
Por este motivo, por el hecho de que el marxismo, y sobre todo el comunismo, apostaran por otra suerte de alienación o programa de vida, al cabo también esclavizador, tanto Marx como Engels no tuvieron más remedio que deslegitimar, a través de la burla y la crítica inmisericorde, a dos de los más grandes teóricos de la auténtica libertad individual: Max Stirner y Bakunin.