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viernes, 21 de julio de 2023

EURABIA O CRISTIANISMO HEGELIANO (salvar a Occidente) PARTE I

INTRODUCCIÓN

Unamuno creyó que la única manera de salvar al cristianismo pasaba, inevitablemente, por salvar a Occidente de su decadencia moral. Así nos lo explicó Don Miguel en su obra "La agonía del cristianismo". El insigne filósofo pensaba que Occidente agonizaba porque también agonizaba el cristianismo, y viceversa. La agonía de Occidente y la del cristianismo eran una misma agonía provocada por la perdida de valores tradicionales y, sobre todo, debida a la perdida de fe espiritual.

Sin embargo, Unamuno no realizó ninguna propuesta fundamentada filosóficamente para salvar al occidente cristiano. No pudo hacerla, porque su preocupación, como él mismo insistía en señalar, era espiritual y, por tanto, individual. Para Unamuno la agonía del auténtico cristiano era una cuestión íntima y muy personal, un asunto entre su alma y Dios. Por eso Unamuno se mostró muy beligerante con lo que denominó cristianismo social, un cristianismo politizado que aspiraba no tanto a salvar almas como a generar transformaciones sociales.

Ortega y Gasset sí propuso la unificación de Europa, en la forma de un novedoso proyecto supranacional confederado, que pudiera salvaguardarla de posibles amenazas externas.

Pero ni Unamuno ni Ortega, entonces, pensaron que el Islam pudiera ser una importante amenaza para Occidente, porque a principios del SXX, y cuando Ortega publicó "La rebelión de las masas" en 1930, sólo el comunismo y la China maoísta se consideraban potenciales enemigos de la civilización occidental. No obstante, Ortega sí que apuntó, en la ya mencionada "Rebelión de las masas", que el gran magma islámico podría devenir una amenaza futura:

"La probabilidad de un Estado europeo se impone necesariamente, La ocasión que lo impulse puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales,  o bien una sacudida del gran magma islámico".

Ya en 1930 Ortega apostaba por una Europa fuerte y unida que pudiera hacer frente a futuras amenazas (chinas o islámicas) susceptibles de provocar posibles choques entre civilizaciones.

Yo había pensado titular esta reflexión "Occidente frente al Islam", pero los recientes acontecimientos ocurridos en Francia, país inmerso literalmente en una guerra civil entre franceses autóctonos y masas de inmigrantes musulmanes, me han hecho ver que el occidente allende los mares, integrado sobre todo por países como EEUU, Australia o Nueva Zelanda, todavía se encuentra lejos y a salvo de las sacudidas del gran magma islámico.

Sin embargo, la vieja y decadente Europa sí está dramáticamente enfrentada al Islam, hasta el punto de haberse convertido, de hecho, en Eurabia, tal y como anunció que sucedería la pensadora Oriana Fallaci.

La escritora Oriana Fallaci (1929-2006) acusó al Islam de ser el enemigo que se había instalado en Europa, en nuestras casas y sin querer dialogar (cita literal). Acusó al Islam de no querer integrarse en la sociedades occidentales, pero también acusó a la izquierda europea de ser antioccidental, entre otros motivos, por permitir y alentar la inmigración ilegal musulmana.

Curiosamente, Fallaci, que desde muy joven había sido profundamente anticlerical, sintió una gran admiración por el Papa Benedicto XVI, y ya en su madurez se definió como una atea-cristiana. Más adelante recuperaré está peculiar autodefinición para relacionarla con la de ateo-religioso de Slavoj Zizek y la de ateo-católico de Gustavo Bueno.

Quizá fue Spengler, autor de "La decadencia de Occidente" (publicada en dos volúmenes en 1918 y 1922) el primero en refererirse a la desaparición de la civilización occidental. Enríquez de Aguilar escribió lo siguiente en las páginas de El Español Digital (2021) a colación de la profética obra de Spengler:

"De acuerdo con su teoría, Spengler anunciaba ya en 1922 la decadencia de Occidente, cuya etapa final consideró que coincidiría con el inicio del S XXI.

Hoy, la lectura de "La decadencia de Occidente" nos parece esencial, porque parece que nos toca vivir esa etapa de decadencia, de absoluta degeneración, previa a su final; lo que venga después no sabemos qué será, pero no será lo mismo."

¿Qué ha sucedido en Europa durante las últimas décadas para que, a pesar de las advertencias de pensadores como Spengler, Ortega, Oriana Fallaci..., el Islam haya podido dar forma a Eurabia, delante de nuestras narices y sin que nadie le chistara?

Han sucedido muchas cosas, sin duda, pero una de las más relevantes ya fue señalada por Oriana Fallaci: la izquierda europea, profundamente antioccidental, ha favorecido la implantación de irresponsables políticas de inmigración (políticas de puertas abiertas) que han facilitado la desintegración de la razón de ser occidental de la vieja Europa.


LA IZQUIERDA EUROPEA ANTIOCCIDENTAL

La civilización europea comenzó a constituirse a partir del primer proyecto humanista universal llevado a cabo por Roma (Heidegger en "Cartas sobre el humanismo") y más tarde por el cristianismo, también un proyecto humanista universal.

Como bien señaló Unamuno en "La agonía del cristianismo", el destino de la civilización occidental estuvo, desde el principio, ligado a la razón de ser cristiana. Pero el carácter cristiano de occidente comenzó a debilitarse y/o diluirse a partir del SXVIII, con el triunfo de las ideas ilustradas y la Revolución Francesa (1789). La razón y la ciencia moderna acabaron por desterrar la "espiritualidad cristiana" a un rincón olvidado de la historia, ya que la fe espiritual fue despreciada al ser considerada una creencia suprasensible, esencialista o metafísica.

Todas las izquierdas a lo largo de la historia, desde la primera izquierda definida jacobina hasta la maoísta, se autoproclamaron racionalistas y/o materialistas, es decir, se definieron como ideologías carentes de fundamentos religiosos y metafísicos.

Esta primigenia obsesión de las izquierdas por desprenderse de esencialismos sigue muy viva en los actuales dirigentes europeos. De hecho, la Europa globalista de hoy, que sueña con implantar la Agenda 2030, se autoproclama racional y constitucionalista y, por supuesto, laica.

La Europa habermasiana (socialdemócrata) desprecia profundadamente tanto al cristianismo como a las identidades nacionales, por considerarlas ebrias de esencialismos metafísicos, y por eso apuesta por las entidades políticas (democracia deliberativa, leyes constitucionales, diálogo comunicativo...) para articular una Europa supranacional que pueda despojar de soberanía nacional a los países que la integran.

Sin embargo, las políticas que lleva a cabo la Unión Europea pecan de no pocas incongruencias que dejan al desnudo su cínico e hipócrita doble rasero moral. Resulta curioso, cuanto menos, que en Europa siga despreciándose abiertamente la religión cristiana, al tiempo que se condesciende y se articulan políticas harto permisivas con la religión islámica. La intelligentzia europea (socialdemócrata, insisto) coacciona y penaliza a los países miembros de la UE que defienden sus respectivas soberanías nacionales, ya sea porque no permiten la entrada de inmigrantes musulmanes, caso de Polonia, o por negarse a suscribir determinados postulados de la globalista Agenda 2030.

En España, por ejemplo, las izquierdas siguen en su empeño de desterrar la religión católica de la enseñanza pública, mientras alientan y permiten que se den clases del Corán en las escuelas. Otro tanto sucede con la lengua común española, que en Cataluña, sin ir mas lejos, se persigue y es ninguneada, mientras en muchos colegios catalanes se comienzan a dar clases de lengua árabe.

La UE, que se vanagloria de despreciar cualquier esencialismo metafísico y/o religioso, ha devenido un fallido proyecto supranacional que no duda en subyugar a sus ciudadanos llevándolos a la ruina económica y social, por mor de satisfacer sus idealistas aspiraciones; ensoñaciones teleológicas ebrias de diversos esencialismos metafísicos que están presentes en los nuevos metadiscursos ecologistas y de género.

Si nos fijamos, la Europa habermasiada, no olvidemos que una Europa de izquierdas, dice despreciar las identidades nacionales y la religión cristiana por considerarlas impregnadas de fundamentaciones metafísicas, pero esta misma Europa socialdemócrata y constitucionalista se muestra harto permisiva con el Islam, una religión que, en el parecer del filósofo Peter Sloterdijk, todavía no ha limado suficientemente su celo dogmático.

¿Por qué las izquierdas europeas desprecian la religión cristiana pero, al tiempo, condescienden con la religión islámica?

La respuesta la dio Oriana Fallaci cuando señaló que la izquierda europea era/es profundamente antioccidental. Porque ser antioccidental implica, necesariamente, ser anticristiano y enemigo de las naciones soberanas.

Cuando Oriana Fallaci comprendió que la desintegración de Europa llegaría de la mano del Islam, y que éste era el medio a través del cual las izquierdas europeas pretendían dinamitar los dos pilares de la civilización occidental: nacionalismo y cristianismo, decidió que no tenía por qué estar reñido ser atea y cristiana; es más, Fallaci comprendió que soló una conciencia o razón de ser cristiana podría hacer frente a su conciencia antagónica islámica.

Oriana Fallaci, al proclamarse atea-cristiana,  fue la primera pensadora en deshacer la tramposa ilusión de alternativas de la que se servían las izquierdas para imponer su laicismo. El nudo gordiano que nos legó el perverso marxismo no podía desatarse utilizando la lógica y la razón, porque la lógica racional exigía justificaciones coherentes que no permitían incongruencias como, por ejemplo, la de ser ateo y, al tiempo, cristiano.

Oriana Fallaci, militante de izquierdas y anticlerical durante toda su rebelde juventud, decidió defender a Occidente de la amenaza del Islam. Y lo hizo cortando de un certero y valiente tajo la trampa que durante décadas construyó el marxismo para generar sentimientos de culpa y complejos en los escrupulosos liberales. Por supuesto que podemos ser ateos y cristianos, porque el ateo no cree en entes suprasensibles (dioses) pero puede creer perfectamente en una razón de ser o cosmovisión cristiana que dé sentido a su existencia. 

Se trataba, sencillamente, de anteponer el metarrelato cristiano al marxista, por una mera cuestión de supervivencia, por imperativo vital y existencial. Se trataba de articular una nueva propuesta liberal-conservadora que no sólo se preocupara por las necesidades materiales de la nación, sino también por las espirituales.

METARRELATOS

Decía que hoy, más que nunca, es necesario recuperar una liturgia espiritual, occidental y cristiana, que pueda salvar a Europa del gran magma islámico, porque sólo la fuerza espiritual (ojo, no necesariamente religiosa) nos permitirá sortear las tramposas ilusiones de alternativas con las que las izquierdas antioccidentales anulan la vitalidad y la voluntad de ser de las naciones europeas.

Es falso, como insisten en señalar las mentes más racionales, que el dato mata al relato. Por supuesto, para una mente racional y lógica, los datos, es decir, los hechos objetivos, deberían anteponerse a los relatos fantasiosos y subjetivos. Pero en tiempos posmodernos, donde impera la razón cínica, profundamente emocional y sentimental, solo un relato bien construido y fundamentado podrá vencer a su antagonista.

El metarrelato marxista castró y secuestró al tradicional liberalismo occidental convirtiéndolo en un permisivo liberalismo social, haciéndole caer en al trampa de una falsa ilusión de alternativas: si era conservador, entonces también era fascista. De esta manera, el liberalismo se enfrentó a una aporía que conducía a un callejón sin salida: si los liberales defendían a sus respectivas naciones, mostrándose dispuestos a salvaguardar la razón de ser de las mismas y su legado histórico-cultural, entonces eran tildados de fascistas. Pero si el liberalismo condescendía y permitía que sus sociedades coexistieran con conciencias antagónicas y contrarias a los valores de la civilización occidental, entonces el liberalismo claudicaba y se entregaba sumiso a una lenta y progresiva invasión, ya fuere comunista o islámica.

Cuando el liberalismo primigenio, republicano y nacional, mutó en liberalismo social, quedó rendido al metarrelato marxista. El liberalismo, lleno de complejos y carente de fuerza espiritual, se autoinmoló, renegando de sí mismo para no parecer un bárbaro irracional o un vulgar fascista. 

Así, el liberalismo social, convertido en liberalismo permisivo (Zizek), no tuvo más remedio que condescender y permitir que el comunismo y el Islam camparan alegremente por Europa, porque prohibir o ponerle límites al multiculturalismo o pluralidad de conciencias hubiese sido propio de fachas.


DEL AUTOENGAÑO A LA AUTOHIPNOSIS CÍNICA

Pensaba Unamuno, y con él supongo que la generalidad de los viejos liberales, que recurrir a autoengaños era deshonesto e inmoral.

Unamuno no pudo aceptar autoengaños cínicos que le permitieran creer en Dios cuando, en realidad, él era agónicamente consciente de haber perdido la fe (ver "La agonía del cristianismo"). Y es que Unamuno, como el resto de liberales de la vieja escuela, se obligó, ante la duda y la falta de fe, a ser permisivo y tolerante aceptando la pluralidad de conciencias en el claro del bosque.

Por eso Unamuno se mostró contradictorio en los albores de 1936, primero apoyando el Alzamiento Nacional para salvar a la España cristiana y occidental, pero más tarde arrepintiéndose, para, así, alejarse de la vehemencia de los bárbaros nacionalcatólicos y volver al redil de los buenos y talanteros liberales.

No, Unamuno no pudo traicionar a la diosa razón, pero la posmodernidad sí descubrió cómo burlar la razón, la lógica y el sentido común, a través de una serie de autoengaños cínicos que le permitirían legitimar e imponer nuevos microrrelatos o verdades sentidas.

Para Unamuno ser cristiano consistía en mantener viva la fe espiritual, pero de verdad, reconociéndose uno mismo como un verdadero creyente. Por este motivo, Unamuno, tanto en "Del sentimiento trágico de la vida" como en "La agonía del cristianismo", criticó duramente la apuesta de Pascal, considerándola un razonamiento utilitarista o pragmático que nada tenía que ver con la verdadera fe.

Vino a decir Pascal que "creer en Dios" era una apuesta segura, pues si Dios no existía nada se habría perdio por haber creído en él. Pero si Dios existiese, creer en él salvaría nuestras almas.

Unamuno, por supuesto, no creía que la falsa impostura de Pascal pudiera salvar el alma de quienes se autoengañaban pensando que la verdadera fe espiritual podía sustituirse por una artera y utilitarista apuesta. 

También el psicólogo William James recurrió a un autoengaño más sofisticado para poder creer en Dios ante la falta de auténtica fe.

Argumentó James que era posible llegar a creer en Dios si nos obligábamos a ello, apelando a una voluntad de creer que, a fuer de ser deseada, nos autoconvenciese de su existencia. Por supuesto, Unamuno tampoco aceptó este ardid psicológico, refinado autoengaño, por considerar que la verdadera fe espiritual nacía espontáneamente en y desde el individuo, y no como consecuencia de construir una creencia cognitiva fundamentada en los deseos y voliciones del sujeto.

Sin embargo, en mi humilde opinión, debemos reconocerle a William James haber sido el primero en descubrir los principios de la estrategia psicológica que Peter Sloterdijk denominaría autohipnosis cínica, al cabo un autoengaño psicológico consistente en construir y legitimar creencias en función de los intereses de los metarrelatos o metadiscursos de la ideología de turno.

LA REINVENCIÓN DE LA METAFÍSICA EN LA POSMODERNIDAD

Decía Ortega que "la vida es drama y exigencia programática, por lo que toda acción vital es acción posible que provoca titubeos metafísicos".

Ortega nos habló de titubeos metafísicos, porque entendió que si la vida era constante pre-ocupación (ocuparse con antelacion) por cuestiones futuras, era obvio que ese anticiparse a lo que todavía no era, se manifestaba y actualizaba en la conciencia del sujeto como un pre-ser o idea hegeliana que aspiraba a consumarse como futuro-ser-en-el mundo.

La metafísica hegeliana, por tanto, ha estado presente en todos los metarrelatos que pretendieron dar sentido a la marcha de la historia o ansíaban la consecución de un fin último absoluto. Pero en el parecer de Lyotard, los grandes metarrelatos (cristianismo, ilustración, marxismo y capitalismo) ya habían sido superados por la posmodernidad, es decir, ya no seducían ni concienciaban a las masas. Por esta razón, Lyotard, hijo de la posmodernidad y del marxismo cultural, abogó por la defensa e implantación de microrrelatos resultantes de la pluralidad cultural y la diversidad de conciencias. Se comenzó a legitimar, así, el multiculturalismo que actualmente imponen las élites globalistas en la decadente Europa.

La cultura posmoderna, heredera de la Escuela de Frankfurt, y como bien observó Peter Sloterdijk en su "Crítica de la razón cínica", recelaba de cualquier conciencia prepotente que se erigiese en autoridad indiscutible. Ya no tenían vigencia los grandes metadiscursos de otrora, pues ninguno de ellos había conducido realmente a la liberación y emancipacion de los individuos. Por ello Theodor Adorno, desconfiando de los metarrelatos tradicionales, que consideraba prepotencias señoriales autoritarias, defendió la articulación de un nuevo pensamiento sensible, emocional y sentimental, que respetara, como ya indicara Lyotard, la diversidad y pluralidad de conciencias.

Ciertamente, el recelo y desconfianza en los grandes metarrelatos ocasionó que las sociedades occidentales se tornaran incrédulas (Lyotard). Pero esa primera incredulidad, en el parecer de Sloterdijk, dio paso a la configuración de un nuevo modo de ser occidental, fundamentado en lo que el filósofo alemán llamó razón cínica.

Los nuevos microrrelatos, en realidad nuevas conciencias posmodernas, se desprendieron de cualquier atisbo de fundamentación racional y lógica, apelando a sus respectivos derecho-a-ser en base a justificaciones sentimentales y/o victimistas. Dichos microrrelatos se sirvieron de una nueva razón cínica donde el sofisma, el engaño, la manipulación y tergiversación de la verdad, en el parecer de Sloterdijk, se convirtieron en los argumentos por excelencia.

Según Sloterdijk, estas nuevas conciencias (microrrelatos) se legitiman gracias a una estrategia psicológica que él denomina autohipnosis cínica, un autoengaño, como ya hemos visto, que es heredero de la voluntad de creer de William James.

A través de la autohipnosis cínica los indidividuos salvan las disonancias cognitivas (disincronías entre la realidad y los deseos del yo), obligándose a creer en aquello que mejor sirve a sus intereses emocionales y sentimentales.

Esta nueva razón cínica posmoderna salva a la izquierda, permitiéndole superar el trasnochado materialismo dialéctico marxista, reinventándose éste en la forma de un nuevo marxismo cultural.

Este nuevo marxismo cultural ha adelantado al liberalismo social por la izquierda, erigiéndose en una propuesta todavía más tolerante y permisiva ante la pluralidad de conciencias, hasta el punto de imponer, legislación institucional mediante, lo que yo llamo una multiplicidad de verdades sentidas.

LA IMPOSICIÓN DE LAS VERDADES SENTIDAS

No, no me he desviado del tema de esta refexión: "Eurabia". No lo he hecho, porque, como intentaré demostrar a continuación, si el Islam está consiguiendo configurar una nueva realidad histórica llamada Eurabia, ha sido, principalmente, porque la actual Europa socialdemócrata es profundamente antioccidental, es decir, es una convencida antinacionalista y anticristiana.

La verdad, la cruda verdad, es que el marxismo no ha fracasado en su empeño de articular su soñado proyecto internacionalista.

El marxismo ha sabido mutar, o metamorfosear, como señaló López Laso, reinventándose y adaptándose al sentir de la posmodernidad; ha sabido utilizar el multiculturalismo y la pluralidad de conciencias en su propio beneficio, para, así, ensayar un nuevo proyecto internacionalista, ahora globalista, que sigue los postulados hegelianos para conducir a la humanidad a un último fin absoluto o final de la historia.

Hoy, un hombre cualquiera, con un par de cojones de toro, puede autodefinirse como una mujer, y toda la sociedad, en su conjunto, deberá aceptar su verdad sentida, ¿por qué no aceptar la verdad sentida del Islam?

Toda verdad sentida es una verdad subjetiva que experimenta el sujeto en su conciencia (Hegel), a pesar de que dicha verdad o modo de pre-ser no pudiera tener su correspondencia con la realidad. Ya no importa la verdad aristotélica sujeta a la lógica racional, pues si lo que sentimos no se corresponde con la realidad, pues tanto peor para la realidad.

Un hombre que se autoperciba como mujer se podrá autoengañar, autohipnosis cínica mediante, diciéndose a sí mismo que la verdad es lo que él desea fervientemente que sea verdad, y no lo que dicte la realidad, la ciencia o la biología. De esta manera, la propuesta psicológica de Willian James ha encontrado, a pesar de las reticencias de Unamuno en el pasado, un tardío reconocimiento posmoderno.

Ahora resulta más fácil que nunca burlar las disonancias cognitivas, las discrepancias entre los deseos del yo y la realidad. Por eso, también triunfa la verdad sentida de los nacionalismo fraccionarios, porque no importa, por ejemplo, que Cataluña nunca haya sido históricamente ni un reino ni una nación. Basta con que la conciencia colectiva o espíritu hegeliano de todo un pueblo crea que Cataluña es una nación.

Las izquierdas antioccidentales nos dicen que las violaciones y abusos sexuales que muchos musulmanes cometen en Europa no son fruto de la maldad, sino de sus creencias culturales, es decir, son fruto de sus verdades sentidas; porque muchos de estos delincuentes creen, realmente, que la mujer es un ser inferior que debe someterse al varón.

¿Cómo hacer frente a esta multitud de verdades sentidas que están destrozando  la civilización occidental?

VOLVER A HEGEL

Mi tesis es osada, lo sé, pero se fundamenta en la necesidad, imperativo vital y existencial, de crear un nuevo cristianismo hegeliano que pueda salvar a Occidente del gran magma islámico. 

En la segunda parte de esta reflexión relacionaré "la fenomenología del espirítu" de Hegel con las tesis de Judith Butler (la performatividad del genéro) y las del comunista Zizek, ateo-religioso, confrontándolas con la propuesta de la razón histórica cristiana de Gustavo Bueno, que también postuló un nuevo modo de ser ateo-católico. 





viernes, 27 de diciembre de 2019

LA EUROPA CASTRADA (series de TV nórdicas)



INTRODUCCIÓN

Desde que Spengler nos alertara sobre “La decadencia de Occidente” ha llovido mucho, y mucho ha sido lo que se ha perdido en Europa. El Siglo XX se caracterizó por el triunfo definitivo de la metafísica marxista (sí, he escrito “metafísica”); y quedó marcado por la victoria de las pseudomorales eslavas (Ortega) sobre la antagónica metafísica vitalista que postulaba la Alemania nazi. Europa perdió, así, su “esencia”, no solo vital sino también entendida como razón de ser histórica; perdió, en definitiva, su legitimidad ante los ilustrados y leídos humanistas del momento. El nazismo, ebrio de prepotencia orgullosa, no supo limar el celo de su dogmática ideología. El marxismo, como explicaré a continuación, sí supo adaptarse a los nuevos tiempos posmodernos.

Con la caída de la Alemania nazi, en cierta manera, también cayó el último sistema inmunológico de Europa. El virus del marxismo, desde entonces, pudo campar por sus fueros con total impunidad… y legitimidad. La Escuela de Frankfurt, al principio bastante crítica con el marxismo (“Dialéctica de la ilustración”) acabó “blanqueándolo”, reinterpretándolo y reiventándolo de la mano de Jünger Habermas, aquel joven bolchevique del que, al principio, recelara el sagaz Horkheimer. Pero el inteligente Habermas supo “mutar”, por tal de civilizar su excesivo celo dogmático, y encontró en la socialdemocracia el perfecto “caballo de Troya” con el que poder atravesar los últimos muros de la orgullosa Europa de las naciones; una decadente y vencida Europa que, pese a todo, todavía se negaba a “dejar de ser”.
Finalmente, la resistencia de los últimos europeos libres fue vencida; las fronteras de la Europa civilizada cayeron y los nuevos bárbaros, adoradores de Alá y femimarxistas, invadieron sus calles, primero, y a continuación sus “formas de vida”. A día de hoy, no existe ninguna respuesta política conjunta, fuerte y valiente, que abogue por la necesidad de frenar estas nuevas invasiones que tienen como objetivo último, no lo olvidemos, erradicar los últimos restos de los naufragios nacionales que todavía flotan a la deriva, sin rumbo fijo, por los mares de Europa.

LA EUROPA QUE DESPIERTA
Como decía, a nivel político todavía resulta imposible combatir al neomarxismo habermasiano que, a través de sutiles mecanismos psicológicos de represión, basados en prejuicios y dogmas ideológicos (correccionismo político), ha logrado silenciar, cuando no estigmatizar, a las conciencias disidentes. A día de hoy, no hay nada que hacer a nivel moral, a la postre también político.

Sin embargo, a nivel estético, a través de diferentes manifestaciones artísticas audiovisuales, la Europa escandinava ya hace tiempo que comienza a denunciar, si bien todavía muy tímidamente, el peligro que supone para sus sociedades la existencia de colectivos musulmanes y femimarxistas que, lejos de buscar la integración y la igualdad entre individuos, están comenzando a exigir un sometimiento de sus sociedades a sus “formas de vida” (a sus dogmas religiosos y/o ideológicos).
De “Lilyhammer” a “Beforeigners” (series de Tv noruegas)

Hace tiempo que me deleité viendo una serie de producción noruega-estadounidense que se me antojó muy inteligente a la par que valiente. La serie en cuestión, “Lilyhammer”, narraba las peripecias de un mafioso que, huyendo de sus enemigos en EEUU, se refugiaba en un pueblecito noruego perdido en la nada. Allí, el pragmático y vitalista mafioso no tardaba en hacerse con el control del pueblecito ante la escasa resistencia vital de los “animales de lujo” que lo habitaban.
“Lilyhammer” realiza un acertado retrato de las actuales sociedades nórdicas; colectivos humanos sin “esencia” ni orgullo; hombres castrados que han perdido sus derechos y libertades frente a las políticas feministas (¿os suena nuestra inconstitucional  LVG?); individuos incapaces de hacer la menor crítica a los dogmas del Islam; niños que en los discursos de final de curso enfatizan sobre el carácter democrático y multicultural de las sociedades en las que viven, y se olvidan de reivindicar el orgullo nacional…

El mafioso Frank será el contrapunto necesario que, en clave de humor, criticará inteligentemente al hombre que ha dejado de ser hombre; será el “hombre de carne y hueso” que no dudará en afearle a un musulmán su negativa a saludar a una mujer occidental; Frank recomendará al hijo de su amante que en el discurso de final de curso enfatice sobre su orgullo nacional, prescindiendo de retóricas multiculturales.
Frank, en definitiva, encarnará al individuo libre (americano) que se negará a doblegarse ante las correcciones políticas de las actuales sociedades europeas. Serie muy recomendable.

Esta Navidad también he aprovechado para descubrir otra buenísima serie noruega: “Beforeigners” (Los visitantes), en la que no he podido evitar ver grandes parecidos con la ya mencionada “Lilyhamner”. Normal, pues tras bucear por la red he descubierto que los guionistas son los mismos.

La genialidad de “Beforeigners” radica en la propuesta original mediante la cual los brillantes guionistas vuelven a retratarnos la decadencia de la actual sociedad noruega; un retrato a través de la llegada de individuos procedentes del pasado.
Repentinamente, comienzan a aparecer personas de otras épocas en determinadas zonas del mar de Noruega: son principalmente individuos de la prehistoria (cromagnones), vikingos y gentes del SXIX. Al principio, estas personas serán integradas a través de políticas estatales, pero con el tiempo, “los visitantes” crearán sus propios movimientos colectivos reivindicando el retorno a las “formas de vida” de sus respectivas épocas.

CHOQUE ENTRE CONCIENCIAS Y ENTRE CIVILIZACIONES
En ambas series, de hecho, existe la misma preocupación ante el “choque de conciencias” o “entre civilizaciones”. ¿Cómo resolver los conflictos que estos choques culturales provocan? En “Lilyhammer” será Frank (americano) el que se erigirá como ¨salvador” o “contrapunto necesario” para hacer frente a la decadencia, sumisión y claudicación, de las sociedades occidentales. Frank no aceptará las imposiciones de los “foráneos” musulmanes ni las políticas castradoras de las dogmáticas femimarxistas. En esta primera propuesta de salvación o solución, a los problema de los supremacismos religiosos (Islam) e ideológicos (femimarxismo), los guionistas optaron por una resolución liberal, quizás porque la producción de “Lilyhammer” estaba compartida con EEUU.

Sin embargo, y aquí quería llegar, en “Beforeigners” se optará por un retorno a las esencias identitarias para, así, evitar la imparable decadencia y desmoronamiento de las sociedades occidentales. Los nuevos visitantes vikingos serán los “elegidos” para salvar a los actuales “animales de lujo”, a los descendientes de los nórdicos que en el pasado se dejaron castrar por el cristianismo (léase segundo humanismo, pues el primero fue el de Roma). En esta nueva serie (nueva propuesta sobre la cuestión del ser) ya no se hablará de “multiculturalidad” sino de “multitemporalidad”. Ya no se harán referencias a personas  “transgénero” sino a individuos “transtemporales”. Cambian los conceptos, pero esta novedosa “neolingua” , que aparentemente se aparta de la realidad a través de la ficción, lo que pretende es llegar a la raíz; a la causa primera que fue el origen de la decadencia de Occidente: el judeocristianismo. Resulta imposible no efectuar una lectura en clave nietzscheana.
ESCENAS PARALELAS

Son muchos los puntos en común que podemos encontrar en “Lilyhammer” y “Beforeigners”: la misma intencionalidad en la crítica social, el planteamiento, valiente e inteligente, de los problemas que entrañan los choques entre conciencias y/o civilizaciones; las diferencias y conflictos, en definitiva, que surgen al convivir los “hunos con los hotros”. Pero a mí, particularmente, me resultó muy significativo que en ambas series se repitieran, prácticamente igual, dos escenas referentes a las “políticas estatales sobre integración”.

En “Lilyhammer” unos “educadores” impartían un “curso de integración” a un colectivo formado mayoritariamente por musulmanes. El conflicto surgió cuando un musulmán dogmático se negó a darle la mano a una educadora, mostrando, así, su rechazo a la sociedad y la cultura que le acogían. Mientras todos los educadores permanecieron inmutables, aceptando estoicamente la humillación a su compañera de trabajo, Frank actuó y le cantó las cuarenta al musulmán que la despreció.
En “Beforeigners” se repetirá la misma escena: unos educadores explicarán las bondades de la sociedad de acogida a un grupo de recién llegados, en esta ocasión vikingos. Tras soltarles el mismo rollo “buenista”, como a los musulmanes en  “Lilyhammer”, los guerreros de Odin reaccionarán indignados y se negarán a aceptar los valores de la nueva sociedad de la que formaban parte. ¿Qué clase de sociedad era aquella que claudicaba y aceptaba la sumisión ante “el otro”, ante otras conciencias antagónicas y enemigas?

CONCLUSIÓN
Puede parecer poco e insuficiente, pero en nuestras actuales sociedades occidentales, castradas y carentes de identidad y valores tradicionales, las valientes propuestas estéticas de estas series noruegas son importantes, al menos, si no para “despertar” conciencias (harto complicado a estas alturas) sí para “zarandearlas” y hacerles pensar y reflexionar en el claro del bosque.

 

martes, 20 de mayo de 2014

Mediocridad consensuada (Conchita en Eurovisión)

¡Pongámonos de acuerdo para decidir qué es verdad! ¿Imposible, decís? Pues pongámonos de acuerdo, al menos, para decidir qué es bello, o qué es mejor o más bueno. ¿Tampoco?
Ortega sostuvo que la única verdad radical era la vida; la vida como fuente de todo: del mundo, del ser, del dasein, de la totalidad del ex-sistere en definitiva. Yo lo suscribo.
Zubiri, de forma análoga, estableció que la realidad era la verdad radical que convertía al ser humano, de facto, en un animal de realidades.
Vida y realidad son, o deberían ser, dos verdades a priori incuestionables. Y, sin embargo, la humanidad ha llegado incluso a cuestionar la vida misma (la de un feto humano, por ejemplo) o la realidad que le envuelve. Hace tiempo que el ser humano se proyecta en el ex-sistere a través de mundos irreales y virtuales; a través de fantasías o ficciones empeñadas, las más de las veces, en negar obstinadamente la realidad circundante.
Sin embargo, a pesar del pensamiento negativo y defensivo (contra la tradición y la realidad histórica) que caracteriza a la postmodernidad, el ser humano necesita conocer y tener certezas sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea, y necesita, por tanto, establecer verdades sólidas que den sentido a su existencia.
Necesitamos verdades absolutas y universales. Sí, las necesitamos. Cuestión diferente es que ya no creamos en la posibilidad de hallar verdades sempiternas e inmutables.
Pero la necesidad de creer en algo, por peregrino que sea, nos obliga a traicionar nuestro fingido relativismo ético, moral y estético. Al final, siempre una verdad, mal que sea relativa o consensuada, deberá ocupar el vacío nihilista que dejaran las otrora verdades absolutas y universales.

La verdad absoluta.

El Occidente de la postmodernidad ha aprendido a vivir en la creencia de que no existen las verdades apriorísticas, inmutables y eternas. Con la muerte de Dios moría, de hecho e irremediablemente, la única esperanza de creer en verdades absolutas e incuestionables.
Convencido Occidente, que no otras civilizaciones, de que era imposible hallar verdades absolutas, se dedicó a suplantar a éstas con los sucedáneos más pintorescos y ajenos a la razón de ser de la propia civilización occidental.
El ateo cree en la verdad absoluta de que no existe ninguna verdad absoluta (paradoja). O como diría mi abuela: ¡Toma del frasco, Carrasco! Mientras, los cripto-budistas (misticismos, filosofías y corrientes psicológicas herederas de Oriente) se atreven a proclamar la irrealidad de la conciencia como verdad incuestionable. Como diría un castizo: pa mear y no echar gota.

La verdad relativa.

De hecho, cuando nos referimos a la verdad relativa, seguimos creyendo en la verdad, pero en la verdad de una "parte de", es decir, en la verdad (ideológica, religiosa o mística) que comparte un conjunto de creyentes afines a unas nuevas ideas; a una nueva fe.
Y es que el ser humano necesita ser creyente, sí o sí, pues de lo contrario, sumido en el nihilismo y la angustia existencial, se dirigiría hacia una segura autoinmolación o suicido vital.
Allí donde antes teníamos a un ferviente creyente en Dios, ahora tenemos a un dogmático creyente del socialismo utópico; donde antes había creyentes en una religión monoteísta, es decir, donde había una necesidad de estar religados a un ente supremo y creador, ahora tenemos individuos igualmente religados al Maya o irrealidad de la conciencia (budismo, taoísmo...). Donde antes se erigían iglesias cristianas, ahora se erigen los templos de las iglesias de la cienciología o de las iglesias gnósticas, por poner tan solo dos ejemplos.
Cuando una sociedad se obceca en despojar a sus ciudadanos de la tradición religiosa de sus antepasados; cuando se obstina en despojar a sus miembros de la esencia espiritual necesaria para afrontar la angustia existencial, les está empujando, al tiempo, a abrazar nuevas creencias. Las que sean, con tal de rehuir de la desesperanza y la náusea de la nada.

La verdad consensuada.

Hay otra clase de verdad, cuya legitimidad no se fundamenta en el hecho de tener a un grupo de seguidores o fieles creyentes, sino que se justifica a través del dictamen que establecen grupos oligárquicos con poder para establecer leyes, normas y reglas sociales. Las verdades que establecen los convencionalismos sociales, a veces temporalmente, podemos encontrarlas en campos tan dispares como la educación, la medicina, la psicología, la justica, la política...
La verdad consensuada, heredera del Derecho Positivo, tiene pretensión democrática, convencida de que la voluntad de la mayoría, por muy equivocada que esté, ya es en sí misma garantía de justicia y bondad moral. Si el consenso de dicha verdad se consigue, además, a través del dictamen de un grupo de sabios o expertos, mejor avalada estarán las nuevas creencias, leyes o normas.

Mediocridad consensuada.

Después de todo lo expuesto, si alguien se ha obligado a leer tan espeso "tocho", podrá estar preparado, o al menos en mejor disposición, para contestarme: ¿Por qué el último concurso de Eurovisión lo ganó una mujer barbuda? ¿Por qué, en dicho concurso, no ganó, ni de lejos, la mejor canción? ¿Qué conclusiones cabría extraerse de tan sorprendente hecho real?

Conchita o, por mejor decirlo, la transgresión hecha espectáculo de masas, ganó por una sencilla razón: la decadencia que asola la civilización occidental.
En la obra "La decadencia de Occidente", Spengler profetizó que la civilización occidental se autoinmolaría, o suicidaría vitalmente, tras una larga agonía durante la cual sería despojada de su esencia espiritual, de su dignidad; de su forma de vida auténtica.
Conchita, el hombre travestido de mujer con barba, asestó un duro golpe a toda una civilización valiéndose de la transgresión propia de ideologías de la negación (ver dialéctica de la negación de Adorno y feminismo). Conchita consiguió, no solo que no ganara la mejor canción, sino que ganase la propuesta transgresora más creativa; consiguió satisfacer las ansias revanchistas de todos los colectivos minoritarios que históricamente se sintieron subyugados y oprimidos por el autoritarismo patriarcal. Ganó la subversión frente a la calidad. Pero lo peor de todo fue ver la hipocresía de los perdedores, obligados, por la farisea corrección política, a reconocer el mérito de Conchita, aun sabiendo que ellos mismos y otros participantes fueron mejores.
Y aquí quería llegar: ¿Qué esperanzas cabe albergar una civilización donde los mejores deben obligarse a rendir pleitesía a lo más vulgar y mediocre?
Muchos pretenden minimizar y frivolizar el triunfo de Conchita, enfatizando el carácter de espectáculo de Eurovisión, donde, por lo visto, no se trataría tanto de que ganase la mejor canción como de que ganase la propuesta artística más transgresora. Pero éste, precisamente, es el grave problema que puso Conchita al descubierto: el desprecio que practica Occidente hacia lo mejor y más excelente; la aristofobia imparable que se encarga de despojar de esencia a los ciudadanos, ora relativizando la vida misma, ora consensuando, y decidiendo arbitrariamente, qué es real y qué es ficción, qué es bueno y qué es malo. Han conseguido incluso hacernos creer que es estéticamente bella, al menos desde el punto de vista del rebelde transgresor, una mujer con barba.
Conchita fue tan solo la punta del iceberg; la ínfima parte visible del gran problema, en forma de decadencia, que asola Occidente.
Dice mucho, al respecto, que Rusia se sintiese gravemente ofendida, hasta el punto de haber sopesado la opción de abandonar la actual y decadente Eurovisión para crear un certamen propio con países afines. Y dice mucho, insisto, que Rusia siga apostando por la defensa de un proyecto de vida auténticamente occidental, cuando en su día fue la más acérrima enemiga del nacionalsocialismo alemán, el cual, alertado por Nietzsche y Spengler, fue consciente de la necesidad de salvar a Europa.

Conclusión:

Resulta curioso, hoy, que Rusia siga empeñada en practicar políticas expansionistas harto beligerantes (Ucrania); resulta curioso que haya vuelto a resucitar la idea del espacio vital como justificación de agresoras injerencias políticas; resultan curiosas sus ansias expansionistas, y su creciente homofobia, por ejemplo.
Que nuevos grupos neonazis proliferen en Rusia, pero, no es tan curioso, sino lógico; lógico al menos para quienes conocen la historia y saben del odio contra el judío que se manifestó en Rusia y en la URSS antes de que éste se convirtiese en obsesión para la Alemania nazi. No resulta curioso para quienes saben que Stalin se frotó las manos cuando firmó un acuerdo con Hitler para repartirse Europa como iguales. Lástima que Hitler, considerado como personificación del mal por consenso de las democracias occidentales, viese realmente qué era la URSS y cuáles eran sus pretensiones.
Pero como bien vio Heráclito, señaló Nietzsche, y analizó Spengler, la historia se repite terca y obstinadamente, en un eterno retorno que se repite cíclicamente y en el que pueden cambiar los protagonistas (las civilizaciones o naciones llamadas a convertirse en actores del cambio) pero no cambiará la esencia de los seres humanos ni la lógica constante de la historia.
Cuando Heidegger dio el pistoletazo de salida, afirmando resignado que solo un Dios podría salvar a la humanidad (del nihilismo y de la decadencia espiritual) todos se prepararon raudos, ya descartado el Dios cristiano, para colocar a sus dioses en la vacante disponible en la enferma civilización occidental.
No sabemos si dentro de unas décadas Occidente rezará a Alá mirando hacia la Meca, o si Rusia ganará la partida y conseguirá, por fin, colocarnos a su Dios-Estado como referente místico-espiritual para que rija el destino universal de Europa, pero en cualquier caso nuevos dioses serán erigidos para ensayar nuevos programas de vida auténtica que puedan dar esperanzas a las generaciones futuras.
O quizás, visto el triunfo inapelable de Conchita, ya no haya lugar para la esperanza y Occidente esté condenado a diluirse cual azucarillo en el devenir de la historia. Porque el triunfo de la mujer barbuda es el triunfo de la transgresión rebelde; significa la victoria, legitimada por la voluntad popular, de aquellas ideologías minoritarias y particularistas obcecadas en arremeter contra los valores de la tradición; empeñadas en relativizar los valores de excelencia y de superioridad, intelectual, moral o estética, por tal de hacernos creer que lo mediocre es lo mejor. Really?