INTRODUCCIÓN
Mi padre solía repetir a menudo la siguiente proclama:
"El que vale, vale. Y el que no, para político".
Mucho ha llovido desde que mi padre, hace ya varias décadas, proclamara su desprecio indisimulado hacia la clase política; un sentimiento muy generalizado durante la España franquista.
El desprecio que mi padre y muchos españoles sentían hacia la clase política se traducía en un completo desinterés por los asuntos de la polis. Por eso mi padre y muchos españoles no votaban, porque no creían que el nuevo sistema de partidos fuese a arreglar los problemas de España, sino que, muy al contrario, los agravaría.
Pero ese fue, precisamente, el error de millones de españoles: dejar España en manos de una clase política parasitaria que, al no valer para producir ni generar riqueza, se dedicó a resucitar y mantener vivos sus relatos ideológicos a través de toda la superestructura.
Así, mientras media España trabajaba y miraba hacia el futuro, la otra media seguía mirando hacia el pasado, despertando memorias dormidas, reactualizando sus relatos a través de actos litúrgicos en manifestaciones, conmemoraciones, controlando las universidades y los medios de comunicación y, sobre todo, sirviéndose de un sistema educativo que fue tomado al asalto por la perversa LOGSE socialista.
ASALTO AL SISTEMA EDUCATIVO
El PSOE de Felipe González entendió que dominando y controlando el relato podría institucionalizar sus verdades ideológicas, sin necesidad de revoluciones ni entrando en el Congreso de los diputados pegando tiros a lo Tejero.
Para trocar los valores de la España tradicional (Dios, patria y familia) por los valores progresistas ateos, internacionalistas e igualitarios, fue necesario, primero, borrar de la memoria colectiva el legado histórico-cultural que pudiera alimentar el orgullo nacionalista español. Había que destruir el relato de la España orgullosa que creía que "ser español era una de las pocas cosas serias que se podían ser en el mundo" (José Antonio).
La excelencia y la meritocracia fueron desterradas de las aulas para imponer un sistema educativo mediocre que, a través de granjas-escuelas, adoctrinadoras y sectarias, ningunearon la relevancia universal que tuvo España a lo largo de la historia. Se construyó un sistema educativo para despojar de alma y espíritu a los jóvenes, convirtiéndolos en ganado indócil, apátrida y ateo.
La idea era, ayer como hoy, empequeñecer a los espíritus más libres y nobles, hombres de carne y hueso (Unamuno), hasta convertirlos en humanos, demasiado humanos (Nietzsche), o en "animales de lujo" (Sloterdijk).
LA MEMORIA, PRIMERA VÍCTIMA
Hace unos días vi un video en RRSS donde un youtuber, micrófono en mano, formulaba preguntas de cultura general a jóvenes transeúntes.
Una joven risueña, de poco más de 20 años, contestó que los animales que nacían de huevos se llamaban "huevíforos", ya que los que nacían del vientre de la madre eran "mamíferos".
Una vez corregida de su error, se excusó argumentando que ella era licenciada en historia y no sabía de "ciencias naturales", pero ¡atención!, también reveló que trabajaba como profesora de la ESO en un instituto.
¡Qué nivel, Maribel!
Podría remitirme a "La rebelión de las masas", donde Ortega y Gasset nos explicaba cómo el individuo-masa, a fuer de especializarse en áreas del saber muy concretas, devenía un analfabeto funcional carente de conocimientos generales sobre un amplio abanico de materias. Pero no, prefiero no ser tan sesudo y bajar a la arena, para batirme el cobre con la media España, iletrada y roja, que nos está llevando al abismo.
No es casualidad que las leyes socialistas de "memoria histórica" y "memoria democrática" apelen a la necesidad de mantener viva "su" memoria ideológica, aunque en realidad sería más acertado decir que, bajo el disfraz del victimismo y la reparación de agravios, lo que han hecho es intentar borrar la memoria histórica real de España.
Tampoco ha sido casualidad que desde la implantación de la LOGSE, y en todas y cada una de las reformas educativas llevadas a cabo por el PSOE (el PP no ha hecho ni una sola reforma), los aprendizajes memorísticos fuesen desterrados de las aulas.
Siempre he sostenido que sin información, datos y conocimientos previos, no pueden desarrollarse las aptitudes de comprensión y razonamiento. Sin embargo, la pedagogía socialista insistía, y sigue insistiendo, en que no es necesario memorizar, ni siquiera las tablas de multiplicar, para alcanzar competencias suficientes en matemáticas o en otras materias.
Antes, cualquier alumno de BUP llegaba a la universidad con un bagaje cultural mínimo, que podía ser mayor o menor dependiendo de la excelencia y capacidades del alumno. En cualquier caso, todos los alumnos recibían ingentes montañas de datos, información y conocimientos generales en multitud de materias, tanto de ciencias como de letras.
La mayoría de los estudiantes universitarios de antaño sabíamos historia y geografía, ciencias de la naturaleza (zoología, biología, genética, geología...). Sabíamos declinar en latín y hacer ecuaciones de segundo grado, sistemas de ecuaciones, polinomios, trigonometría... independientemente de haber estudiado las ramas de ciencias o de letras.
Hoy, doy fe de ello, llegan a la universidad alumnos que ni siquiera se saben las tablas de multiplicar ni son capaces de hacer una sencilla ecuación de primer grado. Llegan a la universidad auténticos analfabetos funcionales que no saben situar España en un mapa de Europa, no digamos ya situar al resto de países en sus correspondientes continentes.
Así, no es de extrañar que, desconociendo la historia, por ejemplo, haya jóvenes españoles descerebrados que proclamen que Ceuta y Melilla son colonias españolas que deben ser devueltas a Marruecos.
Borrar la memoria, ocultar datos e información intencionadamente, es el primer paso para convertir ciudadanos en animales de granja sumisos e ignorantes. Y ¡cómo no!, todo el que ose señalar tal obviedad será un malvado facha.
Pero no bastará con negarles a los ciudadanos la memoria, real y auténtica, de unos hechos históricos concretos, ni bastará con ocultarles (perversa ley educativa mediante) una amplitud de conocimientos generales en diferentes materias, pues también se les deberá adoctrinar en la creencia de unos relatos ideológicos que deberán regir sus vidas.
DE NUEVO EL RELATO
Y llegamos al meollo de la cuestión, a la raíz del problema, que diría Ortega, que posibilita que los animales de lujo, que no ciudadanos, puedan ser pastoreados sin que estos lleguen a sospechar que son víctimas de viles manipulaciones adoctrinadoras. Hemos llegado, una vez más, al relato.
La función de las granjas-escuela (genial este concepto acuñado por Sloterdijk) consiste en mantener vivos unos determinados relatos ideológicos; consiste en inculcarles a los niños creencias, desde la cuna, para que hagan suyas una concretas cosmovisiones e interpretaciones sobre la realidad, el mundo y la vida.
Y el relato, por supuesto, siempre matará al dato. No importará que Cataluña nunca haya sido reino ni nación histórica; no importará que Ceuta y Melilla fuesen españolas antes de que existiera el reino de Marruecos. No importará que la ciencia demuestre obstinadamente que sólo hay dos sexos; ni importará que el cambio climático se deba a multitud de causas, además de al factor humano, que también.
Sólo importará el relato.
Ye he explicado que el relato fundamenta las creencias en determinadas cosmovisiones e interpretaciones del mundo y la realidad. Pero todo relato lleva parejo consigo un sistema de valores, justificaciones morales, que determinarán qué es bueno o malo, justo e injusto.
No bastará, por ejemplo, aseverar falaz y torticeramente que "Cataluña es una nación", sino que será necesario, también, crear la duda sobre la existencia real de la mismísima nación española. Siempre, para reivindicar una conciencia como auténtica hay que negar y deslegitimar a la conciencia contraria, ya sea tildándola de totalitaria o de fascista.
De manera parecida, el invento de la performatividad de género de Judith Butler no se limita a reivindicar nuevos modos de ser no binarios o fluidos, sino que necesita arremeter contra la conciencia occidental tradicional descalificándola como heteropatriarcado opresor y machista.
CONCLUSIÓN
Decía Unamuno en su "Agonía del cristianismo" que Occidente se sumía en la decadencia en la medida que olvidaba o renegaba de sus raíces cristianas. Y, recíprocamente, el cristianismo también perdía adeptos y se diluía en la historia en la medida que la civilización Occidental se olvidaba y renegaba de sus valores tradicionales.
Lo que nos decía Unamuno, hace ya casi un siglo, es que el relato tradicional de Occidente, cristiano y heredero del derecho romano, estaba siendo sustituido por otros relatos ateos; pseudomorales eslavas, como las llamó Ortega. Y en estas estamos.
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