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jueves, 2 de marzo de 2017

José Antonio y las posibilidades del ser.

Últimamente estoy muy interesado en la obra de Gustavo Bueno. Después de leer muchos de sus ensayos y tras ver conferencias suyas sobre diferentes temas (España, marxismo, catolicismo, concepto de nación, razón...), realicé una reflexión que en su día titulé "Gustavo Bueno y el marxismo".

En dicha reflexión comparé diferentes rasgos o características del pensamiento de Gustavo Bueno con la obra de tres filósofos que sí he leído con suma atención: Ortega y Gasset, Zubiri y Unamuno. Pero entonces, en la citada reflexión, no hice excesivo hincapié en una de las claves de la filosofía de Bueno: la operatividad.
¿De qué sirve una idea si no se traduce en operación o hecho consumado?
Como buen marxista que era, Gustavo Bueno tenía claro que la función de la filosofía era transformar la sociedad; operar para hacer y construir sistemas más justos e igualitarios. Pero Gustavo Bueno no entendía la justicia y el igualitarismo a la manera de nuestras "izquierdas indefinidas" (siempre rehenes de la corrección política) sino en sentido aristotélico. La "democracia restringida" que defendió Aristóteles, así como la función del Estado para educar a sus ciudadanos en valores comunes, fueron postulados del filósofo estagirita que Gustavo Bueno hizo suyos.

Me declaro "raciovitalista" o "liberal raciovital" solo en círculos de íntima confianza o a través de obligado anonimato, pero también me autoproclamo joseantoniano.
Los rostros de quienes me escuchan - y seguramente también de quienes me lean ahora- cambian radicalmente cuando me reconozco joseantoniano.
Las mentiras institucionalizadas, pero sobre todo los bulos que han calado en el subconsciente colectivo, han conseguido desvirtuar la figura histórica de José Antonio. Pero José Antonio fue un brillante intelectual y un gran español. Dos condiciones que, para mí, le hacen merecedor de reconocimiento y admiración.
Yo no soy idealista, sino raciovitalista, ergo estoy más cerca del materialismo operativo que de la ensoñación utópica y, por esto mismo, no puedo, a pesar de mi admiración por José Antonio, identificarme completamente con el idealismo marxista-revolucionario de los 27 puntos de Falange Española y las JONS.
Sé que el nacionalsindicalismo no es un fascismo, como insisten en afirmar las izquierdas por tal de mejor deslegitimarlo. ¿Pero y si lo fuera? ¿En qué se distinguiría el dogmatismo supremacista del marxismo-leninismo del marxismo-fascista o del marxismo-falangista?

Fascismo y marxismo.

Todos sabemos que el "fascismo" es una lectura nacionalista del marxismo. Pero voy a intentar demostrar una tesis más osada: el fascismo es marxismo operativo que se autocorrige a sí mismo.
¿Y qué es "el marxismo operativo"?
Pues es, básicamente, lo que históricamente se conoce como marxismo-leninismo; es decir, la vía revolucionaria (operativa) que se obliga a hacer efectiva la teoría marxista. El marxismo operativo supone la consumación de la teoría en la praxis, o de la idea en la operación, como se prefiera.
Sostenía Gustavo Bueno, a través de su materialismo filosófico, que la teoría marxista, sin Lenin, jamás hubiese llegado a ser operativa; las ideas marxistas hubiesen languidecido como mera "literatura" o ensayo utópico, como "La República" de Platón.
Podría decirse que, de la misma manera que la utopía de Platón fue "rescatada" por el realismo político de Aristóteles, así, de manera parecida, rescató Lenin al utópico Marx apostando por una vía realista y materialista para consumar el ideal marxista.

Ahora seamos honestos: ¿qué denominador común podemos encontrar en las propuestas políticas de Platón, Aristóteles y Marx?
Yo diría que, de forma clara, todas ellas apuestan por un Estado guía ideal que debe proponer, primero, un proyecto de vida común para todos los ciudadanos para, acto seguido, hacerlo operativo a través de la educación y la coacción (Derecho). Gustavo Bueno defendió esta política realista y/o materialista, porque entendió que era perfectamente compatible ser marxista y español, o ser ateo y católico, para poder llevar a cabo un proyecto de vida en común entre iguales.
Hasta aquí, podríamos decir que también el raciovitalismo orteguiano (liberalismo raciovital) y los 27 puntos de FE compartirían estos postulados: diseño de un proyecto común y un Estado operativo para llevarlos a cabo.

Muchos ignorantes, errados liberales y progresistas de las izquierdas indefinidas, se lanzaron contra Gustavo Bueno calificándolo de  "fascista" y totalitario; críticas que, por otra parte, ya recibieran Platón y Aristóteles, ambos cuestionados por defender supuestas políticas totalitarias, aunque, en realidad, lo único que pretendieron fue corregir los defectos de la democracia griega. Siglos más tarde, también Tocqueville y el propio Ortega nos señalarían los peligros de las "democracias despóticas".
Otros marxistas, como Mussolini, Hitler o el propio José Antonio, también fueron cuestionados y criticados por pecar de antidemocráticos. Pero todos ellos, Marx, Lenin, Mussolini, Hitler y José Antonio, fueron políticos aristotélicos, desconfiados de las "democracias puras o idealistas"; fueron pensadores realistas y/o materialistas que se obligaron a ser operativos. Así, la democracia debería entenderse como un sistema operativo técnico, análogo a la "democracia orgánica" y tecnócrata que defendiera el filósofo Gonzalo Fernández de la Mora.

Correcciones al marxismo.

En Rusia, por sus particularidades histórico-culturales de las que ahora no toca hablar, se postuló la vía operativa del marxismo-leninismo como la más radical; la más dispuesta a lograr el fin último o consumación del socialismo a través de la revolución y la dictadura del proletariado. Cualquier vía y medios eran válidos para alcanzar el tan ansiado fin último profetizado por el marxismo.

Y todo valía, porque el fin último profetizado por el marxismo, en forma de sociedad justa y feliz, donde todos los ciudadanos compartirían un proyecto común universal entre iguales, era el sueño de todos los seguidores de Marx que en el primer tercio del SXX estuvieron sedientos de justicia social.
Tan solo hay que leer "El manifiesto comunista" de Marx y Engels, y después el "Mein Kampf" de Hitler, los primeros textos del socialista Benito Mussolini, o los del jovencísimo marxista José Antonio, para entender que todos ellos eran poetas y soñadores; todos ellos estaban sedientos de justicia social, y todos ellos deseaban liberar a las clases trabajadoras de las garras del Capitalismo opresor y de sus secuaces, los perversos liberales.

Sin embargo, a pesar de compartir el ideario común marxista, todos los hijos de Marx se mostraron díscolos y celosos con sus respectivas "verdades". Y es que los hijos no estaban dispuestos a seguir fieles al utópico padre que postulaba un imposible igualitarismo a través de un único socialismo internacionalista. Los primeros en verlo claro fueron sus primogénitos marxista-leninistas y stalinistas, que entendieron que el marxismo, para ser operativo, debía ser corregido; debía apelar a la tierra, a la primera capa basal (Gustavo Bueno) que era origen de la identidad común de todos los hijos de la "madre Rusia".
No tardaron los demás hijos en apelar al derecho que les asistía como pueblos diferentes para reivindicar sus respectivas verdades históricas. No tardarían en producirse las correcciones del fascismo, el nacionalsocialismo y el nacionalsindicalismo.
Los tres hijos pequeños aprendieron de sus hermanos mayores (leninistas y stalinistas) que solo a través de las acciones directas podían consumarse sus respectivas verdades; entendieron que para ser había que hacer; entendieron que había que constituir Estados educadores a través de un necesario poder coercitivo.
La clave primera estaba en la educación y en delimitar claramente qué debían creer y qué tenían que amar los ciudadanos que eran hijos de diferentes madres (tierras y naciones). Era evidente que un alemán, por muy proletario que fuere, y aunque reconociera a Marx como padre, no estaba dispuesto a aceptar a Rusia como madre. Esto bien supo verlo Heidegger, como también supo verlo Ortega y Gasset, quien, sin duda, no vio en la pseudomoral eslava una madre natural de la razón de ser española.

José Antonio, de liberal-marxista a nacionalsindicalista.

Las ideologías no surgen de la nada, sino de una dinámica o dialéctica histórica; surgen del movimiento de las diferentes conciencias colectivas (Hegel), siempre en constante lucha por tal de legitimarse, frente a las demás, como las más "buenas y justas".
La lucha entre conciencias supone una batalla de las ideas donde el objetivo primero es criticar y deslegitimar a las conciencias contrarias para, después, proclamar con prepotente señorío la supremacía de la conciencia propia, la única que habrá de ser verdadera y tener validez universal.

José Antonio nació en 1903, y no solo fue hijo de una época convulsa donde la lucha entre conciencias estaba alcanzado su punto más álgido en el claro del bosque, sino que también fue hijo de militar; fue hijo del general Miguel Primo de Rivera, un dictador en la acepción más blanda del término. Tampoco toca ahora centrarnos en la figura del padre de José Antonio, aunque podría decirse que la historia, en general, le ha juzgado con bastante benevolencia e indulgencia. De hecho, Miguel Primo de Rivera fue un dictador por imperativo de las circunstancias, aceptado por amplios sectores de la sociedad; y tuvo la suficiente dignidad como para dejar de aferrarse al poder cuando comenzó a perder el apoyo social del que gozó en un primer momento.

Así pues, no resulta extraño que José Antonio sintiera una especial devoción por su padre; no solo por estar biológicamente unido al mismo, sino también porque en su padre reconocería desde edad temprana aquellos valores que habrían de acompañarle durante toda su vida: dignidad, nobleza y humildad. Y es que José Antonio fue, ante todo, un espíritu noble y digno (así lo reconocieron en su momento muchos intelectuales y políticos, incluso de bandos contrarios). Sin embargo, también poseía la necesaria humildad ontológica como para reconocerse, ante todo, servidor; servidor como su padre, y servidor de España, pero, ¡atención!, también servidor de todos los españoles y, sobre todo, de todos aquellos compatriotas trabajadores que necesitaban el pan y la justicia.

José Antonio fue una magnífica mezcla de espíritu liberal (intelectual, poeta, escritor...) pero que, al tiempo, se autodefinió política y formalmente como monárquico, además de católico. Era una simbiosis perfecta de caballero y poeta, de intelectual y guerrero; fue un pensador en cuya esencia (herencia biogenética) se hallaba la necesidad de ser, es decir, dentro de él se hallaba el imperativo de obligarse a consumar ideas en operaciones ejecutivas. En esencia, como iremos viendo, José Antonio fue un marxista operativo.
Y es que fue su esencia espiritual, su liberalismo apriorístico latente en los más profundo de su yo subconsciente, el que le llevó a reconocer la verdad del marxismo: la verdad del dolor de su tiempo.
Esta tesis que sostengo, y que intentaré argumentar lo mejor posible, no es ninguna tontería. De hecho, Stuart Mill, convencido liberal, reconoció las bondades del socialismo, entendiendo, sobre todo, que el marxismo era una ideología que, como el liberalismo filosófico primigenio, no se olvidaba de la consecución del bien común.
También creo, y es opinión personal, que si el liberalismo filosófico no hubiese degenerado en el liberalismo económico que habría de "engendrar" a la bestia inhumana del Capitalismo, el marxismo no hubiese tenido ninguna razón de ser.
Pero la historia es la que es, y los hechos son los que son. Y lo demás es tan solo historia-ficción.

La realidad o contexto histórico que le tocó vivir a José Antonio fue el de la época del despertar de las conciencias; vivió en una época dolorosa plagada de injusticias que necesitaba una urgente cura. Había que curar y liberar a los hombres que eran subyugados, explotados y denigrados por otros hombres; había que retornarles a todos los hombres su dignidad, había que descosificarlos y había que reconocer la humanidad inherente a los mismos.
El dolor era tan intenso que la cura del marxismo no pudo por menos que ser tomada en consideración por todos los espíritus sensibles de la época: los poetas.

Los poetas tomaron la palabra por toda Europa, pero cada poeta era hijo de unas circunstancias concretas y rehén de un determinado perfil psicológico. Y el "yo" y las "circunstancias" de cada poeta instó a cada uno de ellos a crear de forma distinta y a corregir al marxismo según los dictados de sus particularistas conciencias. ¡Ay, qué sería del mundo sin poetas!
¡Poetas, el mundo pedía a gritos poetas para obtener una cura! Pero el sagaz José Antonio, admirador de Ortega y Unamuno, sabía que la cura no podía proporcionarla cualquier poesía: era necesario anteponer la poesía que prometía frente a la que destruía.
Sí, Marx tenía razón y había verdad en Marx; pero los poetas del marxismo-leninismo eran poetas de la destrucción; sus espíritus estaban henchidos de resentimiento y rencor. Los poetas del marxismo no querían progresar; no deseaban asimilar y acomodar (Piaget y Ortega y Gasset) sino transmutar, cambiar los valores tradicionales por "nuevos" valores erigidos en única conciencia auténtica.
José Antonio antepuso la alegría al rencor; apostó por una nueva España alegre y faldicorta frente a la seriedad desprovista de humor de los poetas del comunismo.

El talante liberal, que subyacía latente en el ser de José Antonio, le instó a aceptar la verdad del marxismo; le permitió ver las injusticias de unos hombres que explotaban a otros hombres. Pero, siguiendo los pasos de Ortega y Gasset, también comprendió que el problema entre conciencias no era un problema entre clases sociales (entre izquierdas y derechas) sino un problema entre clases de hombres: aristois (dóciles y ontológicamente humildes) vs individuos-masa (indóciles y rebeldes endiosados).
José Antonio comprendió, a través de las lecturas de Ortega, que el hombre indócil y rebelde se movía por el rencor y el resentimiento ante lo mejor y más excelente; supo ver con claridad meridiana la esencia aristofóbica que subyacía en el marxismo pero, sobre todo, en los operativos comunistas. En el discurso fundacional de FE dijo José Antonio:

"No aspira el socialismo a restablecer una justicia social rota por el mal funcionamiento de los Estados liberales, sino que aspira a la represalia".

Y es que José Antonio, como Ortega, fue progresista, deseaba mejorar España y las condiciones de vida de los trabajadores españoles, pero, como bien dijera Unamuno, "dentro de una continuidad"; sin renegar del legado histórico-cultural de la razón de ser española, sin romper con el pasado, sino asimilándolo, corrigiéndolo y mejorándolo.
Sin embargo, y a diferencia del intelectual Ortega, José Antonio no creyó propio de un español de bien el quedarse con los brazos cruzados mientras los más sagrados valores patrios eran mancillados.
José Antonio entendió que solo una dialéctica española de puños y pistolas podría frenar a los puños y pistolas del bolchevismo impositor. Así, a partir del raciovitalismo intelectual del maestro Ortega, José Antonio progresó hacia un marxismo operativo corregido: Falange Española.

De hecho, FE fue, al tiempo, marxista y orteguiana; aspiró (todavía hoy sigue en ello) a liberar a los trabajadores de sus miserias, pero también a liberar a España del yugo comunista.
La FE fundada por José Antonio fue más aristoi y orteguiana que marxista; pues todavía no había hecho suya la ideología revolucionaria de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista).
Tras la fusión de FE con las JONS de Ramiro de Ledesma, se acabó perdiendo la influencia orteguiana, a la postre liberal, para dar paso a la incorporación de elementos del fascio italiano.
Y es que FE fue, ante todo, un movimiento reaccionario impregnado de filosofía orteguiana (al menos en sus élites), pero que carecía de una ideología aglutinadora capaz de "seducir" a las masas trabajadoras. Por este motivo, Ramiro de Ledesma, un joven intelectual de orígenes más humildes que el señorito José Antonio,  hizo suya y corrigió la interpretación del marxismo de Benito Mussolini, por tal de conciliar dos imperativos ineludibles: liberar a los trabajadores de la explotación capitalista y salvaguardar a la patria de ser fagocitada por los hijos de la "madre Rusia".
La corrección que del fascismo italiano realizó Ledesma daría forma al nacionalsindicalismo, una ideología que emuló al sistema jerárquico del fascio de Mussolini y que, al tiempo, incorporaría elementos marxistas para articular un Estado operativo que no permitiera que las plusvalías generadas por los medios de producción acabasen tan solo en manos de unos pocos; y que a través de un sindicato vertical incorporara a los trabajadores en el sistema de producción evitando la alienación de los mismos.

A partir del nacimiento de FE y las JONS, la influencia fascista se hizo más visible en las siglas de Falange Española, y José Antonio pasó a ser considerado un político "fascista más".
El ser de José Antonio tuvo, en diferentes momentos históricos, la posibilidad de constituirse a través de varias trayectorias vitales posibles. José Antonio bien pudo haber devenido discípulo de Ortega, de no ser porque, como él mismo le reprochó al maestro en su célebre "Homenaje y reproche a Ortega y Gasset", un español biogenéticamente dotado para la acción operativa (como él) no podía permanecer impasible mientras la patria y la justicia eran ofendidas.

Quizás José Antonio no tuvo ninguna opción y la única posibilidad de su ser solo podía trascendentalizarse a través de una única trayectoria vital: dar su vida por España.
Pero lo más triste del destino final de José Antonio, al cual me referí en "Las tres muertes de José Antonio", no fue el hecho de ser ejecutado (asesinado en realidad) por seres henchidos de rencor y resentimiento, sino que a día de hoy hayan sido olvidadas sus proféticas palabras y su memoria esté siendo borrada con total impunidad, no solo por los herederos de sus asesinos (socialistas, comunistas y podemistas), sino también por los descendientes de aquellos que otrora fueron falangistas o conservadores monárquicos.

Igual que José Antonio hiciera en su discurso fundacional, refiriéndose al Cid, yo no puedo por menos que decir sobre su egregia figura:

¡Dios, qué buen vasallo si oviera buen señor!

Edito: en varias ocasiones, mis interlocutores se han sorprendido creyéndome falangista en tanto que joseantoniano. Pues no, no soy falangista, porque no comulgo con la totalidad de los 27 puntos del ideario de FE. Mi enfermedad se llama liberalismo, y consiste en un excesivo apego hacia el subjetivismo que es inherente a las libertades individuales. Pero como lo cortés no quita lo valiente, no me importa reconocer mi admiración hacia la figura de José Antonio; un gran hombre, una gran persona y un gran español.



martes, 29 de abril de 2014

Unamuno: Dios y patria.

Si en España ha habido un escritor polémico y visceral, pero sobre todo un atormentado hombre de carne y hueso, ése ha sido Miguel de Unamuno.
Unamuno, que se confesó español por los cuatro costados, sin renegar jamás de sus orígenes vascos, pudo haber sido un gran filósofo, quizás incluso de mayor prestigio que el "creativo" Ortega o el disciplinado y laborioso Zubiri. Pero Unamuno no pudo dedicarse a hacer filosofía con mayúsculas; filosofía académica de la que tanto gustan los barberos, curas y bachilleres de las Españas, porque 
a Unamuno solo le interesaba, como el buen Quijote que era, los transcendens de la existencia: alma, espíritu, Dios, consciencia subjetiva, patria...
Y Unamuno se interesó por lo etéreo del ex-sistere porque le dolía la vida, el alma entera y todo su subjetivo y particular yo, no porque creyese en la perversa trampa moral de querer el conocimiento por el conocimiento. Desde luego no fueron hombres de carne y hueso quienes endiosaron y encumbraron la Razón a expensas de la vida, ni quienes decidieron refugiarse en virtuales mundos ideales antes que afrontar las adversidades de las circunstancias terrenales. No, esos ya no eran hombres, sino humanos; humanos civilizados y domesticados que nada querían saber del dolor ni de los sinsabores de la existencia.
Pero allí estuvo Unamuno, pluma en ristre, para demostrar al mundo, pero sobre todo a los timoratos españoles empeñados en renegar de sí mismos, que sin dolor no hay ser; allí estuvo obcecado en la difícil y noble tarea de ofrecerse en sacrificio a todos sus lectores; ofreciéndose a sí mismo y a su inseparable y sanchopancesco dolor, fiel compañero de fatigas. 

¿Pero qué le dolía al iracundo y siempre irascible Unamuno? ¿Le dolía Dios? ¿Le dolía España?
Quizás le dolía TODO, es decir, le dolía la vida misma; ese sentimiento trágico que, en sus propias palabras, se generaba en los hombres por el hecho de ser estos conscientes de lo efímero de la existencia; conscientes de su condición de mortales.
A Unamuno se le podría echar en cara que nunca fuese un auténtico y ferviente defensor de causa alguna que no fuese la suya propia: la de su propio yo.
¿Era creyente Unamuno? ¿Acaso fue un verdadero patriota?
Cuando a Unamuno le dolía Dios era porque, realmente, se veía incapaz de creer ciegamente en él y en su promesa de vida eterna. Cuando le dolía España era también, precisamente, porque sabía que el otrora sugestivo proyecto de vida en común no era más que una amalgama de particularismos enfrentados entre sí que difícilmente podrían aspirar a un destino universal.
Mucho se ha debatido sobre la “religiosidad” de Unamuno, sobre si fue o no un verdadero creyente, pero poco se ha cuestionado su “supuesto” patriotismo, en ocasiones magnificado con grandes dosis de épica grandilocuente. Conocidas fueron sus llamadas a salvar la juventud española o el lastimero dolor que manifestaba sentir por España, pero ¿de verdad fue tan patriota?
Yo creo, personalmente, que Unamuno ni fue un ferviente creyente ni, por tanto, pudo llegar a ser un verdadero patriota. Me explico:
¿De verdad podía sentir dolor por algo alieno a sí mismo quien estuvo tan egocéntricamente centrado, inmerso y preocupado, en la subjetividad de un atormentado yo que, por encima de todo y sobre todo, ansiaba la inmortalidad?
Sospecho que a Unamuno, como al buen depresivo que sin duda era, le dolía todo de puro nihilista que se sabía; por ser un hombre atormentado ante la idea de que la NADA fuese la única respuesta a su anhelo de tener garantizada la perdurabilidad de su ser. Ni el positivismo científico, pero tampoco la filosofía ni la teología podían mitigar su "trágico sentimiento de vivir". Por eso Unamuno creó nivolas; por eso fue más poeta que filósofo.

El dolor de Dios: sin embargo, y a pesar de lo anteriormente expuesto, Unamuno necesitaba creer en Dios, aunque en su fuero más interno fuese consciente de tan vano y pueril sentimentalismo.
Pero Unamuno no necesitaba al aséptico Dios arquitecto (ente supremum) al que recurrieron los ilustrados por tal de explicar la génesis del universo, de la vida en definitiva. ¿Para qué le podía servir a él el deísmo de aquellos personajillos racionales empeñados en igualar Dios y Naturaleza? ¿Acaso el Dios relojero y arquitecto del universo podía garantizarle la vida después de la muerte? No, claro que no. ¿Y el Dios cristiano, resucitador de muertos y garante de vida eterna, le serviría?
Tampoco, porque ¿qué es eso que se dice en las Sagradas Escrituras de que en la nueva vida, tras la resurrección, alcanzaremos la perfección del alma, sin cuerpos corruptos, sin penas ni sufrimientoss? ¿Acaso esa nueva vida postmorten significaría una desaparición de la memoria consciente, del yo único y particular de cada individuo?
En realidad, Unamuno hizo suya la máxima de Spinoza: "Lo propio y característico del ser es perdurar en el tiempo" (parafraseo). Y fue a través de Spinoza que Unamuno comprendió y sintió qué era el dolor de Dios (ver "Del Sentimiento Trágico de la Vida"). 
Savater, para demostrar el ateísmo de Unamuno, esgrimió, precisamente, el argumento del miedo a la muerte que tenía el maestro de Salamanca; miedo a dejar de ser él mismo, de perder su consciencia y la memoria de su singular y subjetivo yo. El buen cristiano, argumentaba Savater, no temería a la muerte, pues la aceptaría en la creencia de que era el paso a una vida eterna junto al creador. Entonces, añado yo, no existe ningún buen cristiano, ya que, el que más y el que menos, tiene miedo a la nada, a dejar de ser, a morir... ¿Diréis que no?
Y es que ser cristiano, y es opinión personal del que suscribe, significa, en el fondo, ser un poeta, un amante de la poesía y un estúpido afectivo dispuesto, cual Solón, a llorar por las pérdidas más queridas, aunque de nada sirvan los plañideros llantos. De hecho, el propio Unamuno consideraba la filosofía como una suerte de poesía, porque solo la poesía puede ser promesa de vida, en tanto que solo la poesía consigue romper las barreras del rígido y frío racionalismo nihilista. También dijo un gran hombre, asesinado precisamente por ser el mejor de entre sus iguales: "Es necesario anteponer la poesía que promete frente a la que destruye". Y es que la poesía mal entendida y peor utilizada puede ser un arma letal en manos de negadores de la vida y de la misma esencia del hombre.
Creo, por tanto, que, en tanto que autoproclamado poeta, no podemos considerar a Unamuno como un ateo al uso; no, al menos como uno de esos ateos rebeldes, amantes del materialismo cientifista, siempre obcecados en matar dioses etéreos y celestiales para mejor legitimar y adorar a sus dioses hechos de barro y podredumbre racional.
Unamuno, por tanto, y he aquí mi conclusión al respecto, fue un poeta agnóstico, un ser espiritual sumido en la angustia existencial y enfrentado a sí mismo en eternas contradicciones que jamás pudo conciliar hasta el día de su muerte.

El dolor de España: más conocida en nuestra eterna España invertebrada es la queja reiterada que solía manifestar Unamuno respecto a la preocupación que sentía por su madre patria, por la difícil situación que atravesaba España en los albores del 36 y que habría de desembocar en una cruenta y fratricida guerra civil.
Unamuno no fue un particularista ni estaba de acuerdo con las reivindicaciones de los nacionalistas periféricos. De hecho, consideraba absurdo que los eternos descontentos siguieran prefiriendo "la espingarda al máuser" (ver aquí). Unamuno se sentía orgulloso de ser vasco y español, liberal y republicano, pero en absoluto era un tontiloco, como él bautizara a Arana y Macià.
¿Pero fue también un ferviente patriota?
En su "Del sentimiento trágico de la vida" Unamuno dejó escrito:

"Ni a un hombre, ni a un pueblo- que es, en cierto sentido, un hombre también- se le puede exigir un cambio que rompa la unidad y la continuidad de su persona. Se le puede cambiar mucho, hasta por completo casi; pero dentro de continuidad.

Sin duda, Unamuno defendió la unidad de España, pero respetando su pluralidad y haciendo hincapié en lo que de común tenían todos sus pueblos. También, en momentos graves en los que el nacionalismo periférico se mostró más beligerante, Unamuno instó a salvar la juventud española; salvarla de los tontilocos, sí, pero también de los poetas de la destrucción que negaban el legado histórico-cultural y religioso de España. Sí, porque Unamuno quizás no fuese un ferviente creyente, ni tampoco un patriota con la gallardía y el brío del joven José Antonio, pero sí era un intelectual respetuoso con la tradición; era un poeta que necesitaba de poesía prometedora, necesitaba poesía de vida, poesía de carne y hueso, en definitiva, que pudiera dar a los hombres esperanzas alejándoles del nihilismo existencial.
Unamuno pudo parecerle muy cercano al gran patriota que fue José Antonio (ver aquí encuentro entre ambos), pero el dolor que Unamuno sentía por España era el dolor del poeta, no el del guerrero dispuesto a dar su vida por causa alguna. ¿Cómo habría de estar dispuesto Unamuno a dar su vida por España sin la certeza de vida tras la muerte? ¿Qué sentido podía tener defender ninguna causa sin Dios? Dijo Unamuno, y dijo bien, que los hombres se tornaron cobardes al dejar de creer en Dios, y que disfrazaron la cobardía ante el miedo a la nada, a la muerte del ser, con la palabra pacifismo.

Conclusiones:
Los dolores de Unamuno respecto a Dios y a España pudieron ser reales; pero sin que de ellos pueda concluirse que Unamuno fuese verdadero creyente o patriota, ya que "sus dolores" eran provocados por un querer y no poder creer.
Por otro lado, la personalidad en exceso narcisista de Unamuno necesitaba del conflicto y la disputa («¡Y Dios no te dé paz y sí gloria!) porque Unamuno se crecía en las lides dialécticas, seguro de su superioridad moral e intelectual; y nunca, en el fondo de su atormentado ser, deseó hallar la paz, pues creía, de hecho, que la existencia consistía precisamente en una pugna constante en busca de Glorias imposibles.
Los seres eternamente en pugna consigo mismo, sumidos en la angustia vital, no pueden comprometerse con nada ni con nadie salvo con ellos mismos; podrán polemizar y contradecirse mientras juegan en la comedia de la vida, ora como creativos dioses literatos ora como fervientes patriotas, pero no podrán creer de verdad, no, al menos, como los fervientes dogmáticos o los espíritus más inocentes y puros.
Dijo Albert Camus que la filosofía era la manera de vencer al suicidio, y seguramente por ese motivo, y no otro, Unamuno filosofó e hizo poesía, para escapar de las garras de Thanatos y aferrarse con uñas y dientes, a través de su obra, a la vida.

martes, 22 de abril de 2014

Unamuno: ¿filósofo o poeta?

Resulta fácil, en España, poder encontrar multitud de literatura, artículos y ensayos varios, destinados tan solo a criticar y deslegitimar a terceros. Las mismas envidias y egocentrismos particularistas que han socavado y erosionado al otrora sugestivo proyecto de vida en común que fue España, han favorecido la proliferación de un estereotipo de individuo, tan mediocre como rencoroso, cuya única razón de ser es arremeter contra todo aquello que pudiera despuntar, sobresalir o parecer mejor y más excelente. Vivimos el triunfo de la poesía que destruye frente a la poesía que pudiera prometer.

Así, no es extraño que podamos encontrar a doctos catedráticos, que aprovechan sus púlpitos cedidos por las instituciones al servicio de la pedagogía social, para deslegitimar a otros autores, mal que sea a través de inmorales y cobardes argumentos ad hominem. Quizás sea Ortega y Gasset uno de los autores contra los que más se ha vertido la insana inquina de los envidiosos de las Españas; y es que pocos pensadores tienen el dudoso honor de ser el blanco, a un tiempo, de las iras de las izquierdas más retrógradas y del odio de los particularistas más ombliguistas.
Pero también podemos encontrar a periodistas (entrecomillado malicioso), tan osados como ignorantes, cuyo único interés consiste en hacer política de la chusca, es decir, política facilona y reduccionista destinada a saciar los apetitos revanchistas de las masas. Recuerdo, a bote pronto, un falaz y cobarde artículo de Enric Sopena, criticando ferozmente la obra de Fernández de la Mora, no rebatiendo intelectualmente los contenidos filosóficos de la misma, sino señalando los graves pecados del autor de "La envidia igualitaria": haber sido ministro de Franco y supuesto numerario del Opus Dei. En España no importa tanto la verdad como el deporte, tan nuestro, de poder deslegitimar al osado que se atreva a proclamarla.

Respecto a Unamuno, y aquí quería llegar, las críticas más comunes se han centrado en torno a la difícil personalidad, irascible y contradictoria, del filósofo de Salamanca.
Y a fuer de señalarnos que Unamuno fue un pensador en exceso subjetivo e irracional se han obcecado en despojarle de su condición de filósofo, ya fuere porque sus intuitivos ensayos carecían de rigor objetivo o porque, sencillamente, Don Miguel no articuló un sistema filosófico propio, como hicieran Ortega, Xavier Zubiri o María Zambrano.
De hecho, tampoco a Ortega le sirvió de mucho ser el padre del raciovitalismo, pues igualmente fue atacado por sus detractores, acusado de plagiador cuando no de panfletario. Los críticos llegaron a definir a Ortega como a un periodista de vastos conocimientos con ínfulas de filósofo. ¿Cabe ser más miserable?
Pues bien, Unamuno ni siquiera se molestó en articular un sistema filosófico propio, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano a través de su propuesta de pensamiento poético.
Y sin embargo, toda la obra de Unamuno, impregnada de filosofía de vida, propia de hombres de carne y hueso, fue la precursora e inspiradora de las ideas de Zubiri sobre el carácter real, de suyo, del pensamiento virtual. Unamuno, en su magnífica "Niebla", aunque a través de una nivola creativa, se adelantó a los pensadores de su época y sostuvo, ebrio de aparente poesía irracional, que los entes en la ficción tenían una vida propia que escapaba de los designios de sus creadores. Había abierto las puertas de la filosofía a la imaginación y la ficción; allanó el camino para que Zubiri pudiera crear todo un sistema filosófico que reconociera el carácter racional, por derecho propio, de otras vías de la razón diferentes, pero igualmente legítimas, a la lógica y el cientifismo objetivo: la mística, la religión, la poesía...
Pero Unamuno no solo alimentó la filosofía de Zubiri, sino que también influyó, y mucho, en la obra de María Zambrano, la cual homenajeó al maestro a través de un sentido ensayo titulado, precisamente, "Unamuno".
Era Don Miguel, en palabras de Zambrano, más un poeta que un filósofo al uso. Pero el matiz de aquel era más no negaba la rica filosofía inherente en toda la obra de Unamuno (novela, ensayo, poesía...), sino que reivindicaba una nueva filosofía, más intuitiva, más creadora, más de carne y hueso, más poética...
Zambrano recogió toda la filosofía de Unamuno, dispersa en forma de pensamientos intuitivos, sagaces y osados, para legitimarla a través de la razón.
¡Qué obsesión tan enfermiza la de validar y certificar la verdad a través de una razón, las más de las veces prostituida al servicio de la lógica y la objetividad científica!
Hizo bien Zambrano, como antaño hiciese José Antonio, en reivindicar la poesía como promesa de vida, porque solo cabe el refugio en la poesía, en los pensamientos más mágicos y fantásticos, para escapar del nihilismo existencial; solo cabe crear ficciones e ilusiones para poder engañar a la muerte, para poder, al menos, escapar de su pesada presencia; para evadirnos del sentimiento trágico de vivir.

Por todo ello, yo sostengo, no tanto que Unamuno fuese más un poeta que un filósofo, lo cual en sí mismo no debería desmerecer ni obviar en absoluto la riqueza filosófica de toda su obra, sino que Don Miguel, como gustaba de llamarlo Zambrano, fue un gran filósofo que se sirvió de la poesía para articular su rico y variado pensamiento intuitivo, subjetivo y propio del hombre de carne y hueso que él mismo reconocía ser.
Sí, porque, como bien decía Unamuno, quizás él no fuese más que una diminuta partícula en el Universo, pero para él mismo, para su atormentado yo, lo era TODO.
Y es que el común de los mortales, queramos o no reconocerlo, tardemos antes o después en descubrirlo, siempre soñamos con la eternidad y con la sempiterna perdurabilidad de nuestro yo, de nuestro subjetivo, particular y exclusivo yo. Hay quienes son conscientes de esta sed de inmortalidad a lo largo de toda su vida, y quienes solo se caen del caballo y ven la luz cuando presienten cercana la muerte, tras una grave enfermedad, un penoso infortunio o una dolorosa desgracia.
Quienes se niegan a reconocer que sueñan con vidas eternas, esos curas, barberos y bachilleres guardianes de la razón, tan celosos de su verdad, no son más que viles hipócritas que se niegan a sí mismos y, peor aún, niegan la esencia espiritual, poética al cabo, de los hombres de carne y hueso.
¿De qué me sirve una filosofía que no sea promesa de vida? ¿De qué habría de servirme a mí, a mi particular y subjetivo yo, que pudiera existir un Dios creador (arquitecto del universo) pero incapaz, sin embargo, de garantizarme la vida eterna?
Bienvenida sea la poesía que intenta salvarnos o, cuanto menos, nos alivia, cual bálsamo de Fierabrás, de las heridas que nos produce el drama de vivir; que nos aligera del dolor de tener que acometer a los gigantescos molinos de viento del ex-sistere; que nos calma y templa el ánimo ante las arremetedoras turbas de curas, barberos y bachilleres, siempre prestos a regir nuestros destinos, ora legitimándose a través de la diosa Razón ora sirviéndose de prostituidas democracias.

domingo, 30 de marzo de 2014

Las tres muertes de José Antonio.

"Era simple condición humana: todo claudicante necesita a otros, del mismo modo que un traidor anhela que haya más traidores" (Pérez Reverte).

Introducción

Esta magnífica y sagaz observación sobre la naturaleza humana, extraída de "El francotirador paciente", última novela del genial Pérez Reverte, me ha hecho recordar el gusto, tan español, por la traición.
Nos podríamos remontar a la Hispania romana para señalar a Audax, Ditalcos y Minuros como los primeros traidores que ejercieron tan ignominioso oficio en la piel de toro. El asesinato de Viriato (lusitano) a manos de los citados traidores, despejó el camino de Roma para poder dominar y someter a los pueblos hispanos.
Mucho se ha especulado también sobre la traición de los hijos de Witiza contra el rey visigodo Rodrigo, facilitando la entrada de Tarik a la península y la posterior y rápida conquista de la misma. De nuevo, otro camino despejado merced a las traiciones y las luchas intestinas entre hispanos (visigodos) facilitó la conquista peninsular.
Ya en tiempos del Cid Campeador, el personaje de Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, pasó a la historia por ser el autor material del asesinato a traición del rey Sancho, al cual dio muerte, según especulaciones de la época, cuando éste se descuidó al ir a aliviar ciertas necesidades fisiológicas (¿cabe ser más traicionero?).
Otros traidores, la mayoría anónimos, han seguido los pasos de estos ilustres, y proliferan y se empeñan en dejar sus huellas, a lo largo de la historia, en lo que ha dado en conocerse como España.

Y es que la madre patria del Quijote, personaje tan español y soñador de grandes épicas, no ha podido evitar, de igual modo, parir a grandes envidiosos y traidores, a la postre la antítesis necesaria de toda heroicidad que pretenda aspirar a grandilocuentes Glorias.
Todo Alonso Quijano, ebrio de épica caballeresca, ha tenido por fuer que enfrentarse a los curas, barberos y bachilleres de turno de las Españas; todo bravo Cid Campeador, a pesar de ser noble caballero, ha tenido que servir a señores de poca altura y, en no pocas ocasiones, de baja catadura moral; todo Gran Capitán que hubiese luchado por la madre España ha sido expoliado por sus RRCC de turno, cuando no olvidado, como el bravo Blas de Lezo o, mucho más recientemente, Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro que ya nadie recuerda.

Sí, lo sé, como bien lo supo Nietzsche: los héroes no son mas que las creaciones de los poetas, pues sin los poemas épicos, que a lo largo de los tiempos han mitificado y cantado las gestas heroicas de los hombres, no existiría el espíritu de la memoria histórica ni existirían los grandes hombres. Digo espíritu, y digo bien, porque el espíritu es poesía irracional que pretende sublimar y dignificar la esencia humana acercándola a la inmortalidad.
Hoy, por ello, voy a ejercer de poeta, y voy a recordar y rescatar del olvido al último gran héroe de ese proyecto fallido de la historia que dio en llamarse España; voy a anteponer la poesía que promete frente a la que destruye; voy a homenajear la figura de un español, héroe por derecho propio, llamado José Antonio Primo de Rivera.

Las tres muertes de José Antonio

Dicen que los héroes solo mueren una vez, mientras que los cobardes mueren veces infinitas castigados y hostigados por los remordimientos de sus miserables y deshonrosos actos, mortificados por su falta de valor y gallardía. Pero en las sociedades que han aprendido a temer a la muerte, en la medida que han perdido la fe en la vida eterna, no hay cabida para héroes, pues ya no hay Glorias eternas que alcanzar. Queda, tan solo, un nihilismo desesperanzador que, no solo nos niega la promesa de una salvación futura, sino que borra, inmisericorde, la memoria de cualquier pasado que pudiera haber pecado de haber sido glorioso. Tal es el grave pecado de España: negarse a sí misma y a su pasado.

Desde la psicología, también nos han enseñado que las víctimas de crueles atrocidades y vejaciones, tales como violaciones, secuestros, torturas, etc..., en no pocas ocasiones son obligadas a revivir en su memoria segundas y terceras agresiones. Las víctimas son incapaces de superar el dolor sufrido en la misma medida en que la sociedad, en su conjunto, no hace justicia para dignificar y restaurar la condición de persona que le fue sustraída a la víctima tras la cosificación, y conversión en objeto, por parte de sus agresores.
Y hete aquí el otro grave pecado, no solo español en este caso, sino propio de la generalidad de la civilización occidental: haber despojado de dignidad y de esencia a las personas, cosificándolas y convirtiéndolas en meros entes orgánicos sin espíritu. Así, haciéndoles olvidar la preocupación por el sentido del ser, y ya desnudos de su esencia, los individuos pierden su condición de personas (condición necesaria para ser y proyectar) y devienen, tan solo, ganado humano susceptible de ser manipulado y adoctrinado. El camino hacia la autoinmolación de toda una civilización está despejado...

Pero no me toca ahora erigirme en salvador de Occidente, pues es metafísicamente imposible resucitar a los muertos y, además, yo he de callar, cual Heráclito, en tanto no paren de hablar los indóciles ciudadanos de Efeso henchidos de hipócrita corrección política.
Sí he de hacer mía, sin embargo, la observación de Pérez Reverte que señala que "todo claudicante necesita a otro, del mismo modo que el traidor anhela que haya más traidores".

Siempre hay que crucificar al mesías de turno que pueda aparecer con nuevas promesas de vida, eso es algo inherente al ser humano y a la dialéctica de la historia. Toda tesis o propuesta de proyectos de vida centrados en la tradición habrá de tener frente a sí, tarde o temprano, a su antítesis en forma de novedosa alternativa vital.
Cuando Sócrates se vio obligado a beber la cicuta, instado por su propio imperativo moral, lo hizo tras ser acusado por sus conciudadanos de renegar de los dioses de la ciudad e introducir otros dioses nuevos. Seguramente habrían otros motivos más oscuros y personales (envidias y rencores) que le granjearon a Sócrates las antipatías de sus vecinos, pero no deja de resultar significativa la manera en que a lo largo de la historia la envidia y el recelo ante lo mejor y más excelente se ha legitimado a través de un falso afán de justicia.
Jesucristo, de forma parecida, tuvo también su juicio justo en la forma de una farsa convenientemente legitimada por las autoridades romanas y fariseas.

Primera muerte de José Antonio.

Y aquí quería llegar tras esta larga pero necesaria introducción previa: a la crucifixión del mesías, en tanto que visionario y portador de poesía prometedora, que fue José Antonio.
Quien desee saber por qué le atribuyo a José Antonio el calificativo de visionario, profético al cabo, tan solo tiene que leer (vano consejo) lo que de su legado póstumo quedó recogido en sus "Obras Completas".
Mucho se ha especulado sobre el juicio que dictaminó la sentencia de muerte de José Antonio, pero nos bastará, tan solo, recordar algunas evidencias y hechos significativos del mismo, para encontrar inevitables analogías con las mismas farsas judiciales que en el pasado más lejano condenaron a Sócrates o al propio Jesucristo.

La primera evidencia que demuestra la falsedad e ilegitimidad de aquel juicio disfrazado de legalidad (no es lo mismo legal que justo y legítimo) fue el argumento por el que José Antonio fue acusado: tenencia ilícita de armas.
¡Tenencia ilícita de armas! Ese fue el mejor argumento que pudieron esgrimir quienes eran simpatizantes de los mismos pistoleros del PSOE que, tras el asesinato del joven estudiante universitario falangista Matías Montero, iniciaron una descontrolada escalada de criminalidad amparada por la ceguera voluntaria del gobierno frentepopulista. Acusaron de tenencia ilícita de armas al hijo de un militar (era fácil que tuviese acceso a las armas) que, sin embargo, jamás a lo largo de su joven vida truncada, se manchó las manos de sangre, como sí se las mancharon los militantes de izquierda que perpetraron más de una docena de asesinatos hasta que los diezmados falangistas decidieron, también, combatir al fuego con fuego.
Son conocidas al respecto, las críticas que recibió José Antonio por su tibieza y negativa a recurrir a la violencia desde un primer momento, hasta el punto que su persona fue motivo de burlas y se le llamó despectivamente, en círculos de la cobarde derecha de la CEDA, franciscano. Y esa misma derecha apoltronada y cobarde, que necesitaba a FE para defender sus bastardos intereses de los pistoleros, también cobardes y asesinos de la izquierda, se burló de las siglas FE explicando sarcásticamente que éstas eran el acrónimo de franciscanos españoles.

Segunda evidencia

Si pueril y miserable fue la razón por la que se acusó a José Antonio, a modo de vulgar pretexto para acabar ejecutándolo, no menos reprobable e ilegítimo fue el hecho de que la totalidad del jurado que habría de condenarle, estuviese constituido por militantes del Frente Popular. Para quien no lo sepa, en aquellos convulsos tiempos no era lo mismo ser un republicano cabal, como lo fue el docto y brillante Besteiro, o en menor medida pudieron serlo Prieto o Azaña, que los frentepopulistas bolchevizados como Dolores Ibárruri (La Pasionaria) o Largo Caballero (el Lenin español).
Más le hubiese valido a José Antonio haberse evitado aquella farsa de juicio y haber sido abatido a tiros, traicioneramente, como lo fueron muchos de sus camaradas falangistas.

Tercera evidencia

Dadas las simpatías y la amistad de José Antonio con muchos socialistas, entre ellos Indalecio Prieto, pocos creyeron que aquella farsa de juicio pudiese acabar con la sentencia a muerte del joven abogado falangista. Pero las circunstancias eran las que eran, y el afán de justicia ya hacía tiempo que había desaparecido en una España secuestrada y prisionera de la barbarie más irracional y cainita. Cuentan que el propio Manuel Azaña, tras intentar tímidamente que el castigo impuesto a José Antonio no fuese la máxima pena de muerte, ante las presiones del sector bolchevique más visceral y jacobino, no tuvo más remedio que hacerle llegar un mensaje de condolencia a José Antonio donde le reconocía ser tan prisionero como él de las circunstancias. Y las circunstancias exigían el sacrificio de un mártir y, sobre todo, satisfacer la sed de venganza de los exaltados bolcheviques que, frente al ¡Arriba España! vociferado por quienes se alzaron contra el gobierno de la II República, gritaban más fuerte y con más rabia ¡Viva la URSS!
La suerte estaba echada, y Manuel Azaña, como otrora hiciera Poncio Pilato, decidió lavarse las manos ante la sed de venganza de la turba revolucionaria; se doblegó y claudicó ante los seguidores de Barrabás, entonces reencarnados en los fervientes seguidores de una nueva religión laica que dio en llamarse marxismo-leninismo.
Mucho habría de arrepentirse Azaña, en sus memorias, de los graves errores cometidos durante su irresponsable gobierno. Mucho, seguramente, debió arrepentirse también de la muerte de José Antonio quien se dijera su amigo: Indalecio Prieto. Todavía no sabemos por qué, durante todo su exilio, Prieto fue el custodio de las últimas pertenencias de José Antonio, las cuales guardó celosamente en una maleta durante toda su vida.
Es cierto que todavía hoy quedan muchas cosas por saber y por esclarecer, pero de lo que no cabe duda es de que José Antonio, tras su primera muerte física, aún debería volver a ser crucificado en dos ocasiones más a lo largo de nuestra reciente historia, por tal de arrebatarle su esencia espiritual, primero, y más tarde por tal de negarle como posibilidad futura de ser.

Segunda muerte de José Antonio.

Al poco de morir Franco, en el año 1976, se dio la orden, todavía no se sabe muy bien quiénes, de que el legado intelectual de José Antonio (una amplia obra escrita compuesta por ensayos, poemas y relatos) fuese destruida. Por lo visto, alguno de los encargados de llevar a cabo tan miserable acción, guardó parte de la producción literaria del fundador de la falange, la cual ha llegado hasta nuestros días recopilada en sus "Obras Completas" (lectura que recomiendo fervientemente).
Lo significativo de semejante hecho es constatar el miedo, todavía existente en 1976, por tal de evitar que las siguientes generaciones tuviesen, al menos, la oportunidad de pensar por sí mismas, de cotejar diferentes fuentes informativas y, en definitiva, pudiesen contrastar distintas visiones o perspectivas de la historia.
Se intentó, de esta manera, matar a José Antonio espiritualmente, negándole su esencia como persona; intentando ocultar al mundo al poeta que admiraba a Lorca; intentado esconder una parte de la verdad de la historia de España. Se le cosificó.
¿Por qué?
Si en la primera muerte de José Antonio, a través de un falso juicio, fue la izquierda más cainita la responsable directa de su ejecución (si bien es cierto que numerosas fuentes ya apuntaron entonces al desinterés que tuvo Franco por salvar a José Antonio) no cabe duda de que en 1976 los únicos que tuvieron el poder para destruir el legado de José Antonio fueron los conservadores, aquellos mismos meapilas, muchos del Opus Dei, que otrora le calificaran de tibio franciscano y que entonces, tras la muerte del dictador, se dieron prisa en seguir moviendo los hilos que habrían de llevarnos a la farsa de una Transición cuya única finalidad sería (a los hechos me remito) legitimar la esencia bastarda de una partitocracia, ya denunciada por Ortega, cuya única finalidad sería servir sus propios intereses de clase política.
Una vez más, Roma (los monárquicos conservadores) tuvieron tanto o más interés que la turba judía (seguidores de Barrabás) en crucificar al portador de poesía prometedora de vida.

Tercera muerte de José Antonio

Si Zapatero hizo bueno a Suárez y a González, y en el parecer de muchos también a Aznar, es porque ha sido, sin lugar a dudas, el presidente más nefasto de la historia de España: el más falso e hipócrita de entre todos los fariseos habidos y por haber.
Zapatero, después de verse obligado a llevar a cabo una política dictada por el imperativo de las circunstancias, a favor del contubernio formalizado por la todopoderosa Banca y la clase política, no encontró mejor manera de reconciliarse con sus traicionados seguidores de la izquierda más radical, que la de resucitar antiguas rencillas y desenterrar a viejos y demonizados enemigos.
Después de mostrarse harto orgulloso, alzando el puño y entonando la internacional, se autoproclamó rojo auténtico y convencido feminista. Y todo por tal de legitimarse como ejemplo de justicia y bondad ante unas masas enfervorecidas a las que no tardaría en decepcionar.
Zapatero, como los irresponsables emperadores romanos de antaño, no dudó en esquilmar las arcas públicas endeudando al país (aumentando en exceso el déficit público), hipotecando a las futuras generaciones. Y todo para congraciarse con el pueblo. Su errado Plan-E, nueva suerte de circo romano, más orientado al espectáculo y a la propaganda de su persona que a la resolución de problemas reales, fue perpetrado con la única e insensata intención de comprar a las masas con pan circense para hoy y hambre desesperada para mañana". Su proceder fue más propio de un emperador endiosado del pasado que de un serio hombre de Estado del presente.
Finalmente, como un acorralado Nerón, huyó hacia adelante y se obstinó en el proceder, tan español, del sostenella y no enmendalla: Zapatero acabó incendiando España entera recurriendo al guerracivilismo, pues todo era válido por tal de seguir manteniendo inmaculada la imagen idealizada que de sí mismo tenía.
Donde los sociólogos vieron a un inocente seguidor del optimismo antropológico, yo siempre vi a un iluminado con tintes narcisistas, a alguien dispuesto a todo, incluso a dinamitar la convivencia en una ya de por sí maltrecha España, con tal de autojustificar su egocéntrico proceder. Gajes del oficio, supongo, que obligan a ver más allá de lo meramente aparente.
Y mientras el aprendiz de Nerón que fue Zapatero, orquestó una nueva persecución de los cristianos, ley de memoria histórica mediante, la grosera música de su tontiloca lira siguió castigando los oídos de aquellos que sí estaban educados para saber captar las notas más finas de la política.

La ley de memoria histórica se me antoja la última y más grave felonía cometida en España y supone, de hecho, el borrado, a través de la tergiversación y la manipulación, de una parte importante de nuestra memoria y de nuestra trayectoria histórica real; significa la ocultación, interesada y sectaria, de una parte de la verdad que a muchos pequeños nerones endiosados sigue molestando que se conozca.
La revanchista ley de memoria histórica de Zapatero constituye, en sí misma, otro falso e ilegítimo juicio, disfrazado de legalidad, cuyo único objetivo ha sido, una vez más, volver a matar a José Antonio.
Con esta tercera muerte de José Antonio, tras su muerte física, primero, y su posterior muerte espiritual durante el régimen, se ha pretendido negar a José Antonio como referente histórico para las siguientes generaciones. Se le ha negado como una posibilidad del ser susceptible de elección o, al menos, susceptible de ser tenida en consideración. Para ello se han retirado estatuas y monumentos que homenajeaban su figura, se han retirado placas de calles y plazas con su nombre. Se ha pretendido borrar y negar una realidad transcendente que llegó a ser verdad.

Epílogo

Algunos individuos obcecados en hacernos claudicar, están intentando reescribir la historia, y quieren despojar de esencia al español medio, negándole la realidad de una identidad histórica común, ocultándole parte de los hechos del pasado, sustrayéndole su herencia histórico-cultural, espiritual y religiosa. Y todo por tal convertir a la generalidad de los españoles en claudicantes y traidores; todo por tal de hastiarles cansinamente hasta conseguir que estos, desarraigados y desnudos de esencia, firmen una rendición incondicional frente a los tontilocos particularistas, ante los eternos descontentos que jamás serán contentados.
Pero, afortunadamente, todavía hay gente en España que lee, aunque de momento calle, porque solo cabe el silencio en quienes, como Heráclito, no consideran inteligente, ni prudente, hablar mientras sigan hablando los corruptos "ciudadanos" de Efeso.


domingo, 23 de marzo de 2014

Análisis crítico del liberalismo.

Harto estoy de tener que leer, cuando no de rebatir, las argumentaciones falaces de multitud de individuos (seguidores de dogmáticas ideologías) empeñados en culpabilizar al liberalismo de todos los males de la humanidad.
Sorprende, entre el exceso de mentiras y errores que abundan al respecto, que todavía muchos ilusos sigan creyendo firmemente que el gobierno del PP sea liberal o neoliberal. ¿Qué?

Supongo que semejante visión pervertida de la realidad es fruto del error, frecuente sin duda, consistente en igualar liberalismo y capitalismo.
Si bien es cierto que el capitalismo (sistema económico) fue hijo, bastardo en mi parecer, del liberalismo filosófico primigenio, no es menos cierto que poco tuvo que ver la deriva inmoral que tomó el capitalismo con las ideas sobre ética y moral de Stuart Mill, John Locke, e incluso con las del tan denostado Adam Smith.
Entendiendo esta clara y obligada diferencia entre liberalismo y capitalismo, se puede entender la deriva inmoral del gobierno del PP: un gobierno que legisla por y para seguir manteniendo vivo un ignominioso sistema capitalista, a favor de las grandes fortunas, de la Banca y de los grandes oligopolios energéticos, y que, sin embargo, no defiende las libertades individuales, pilar fundamental de un verdadero sistema liberal. De hecho, sobre la defensa de las libertades individuales, cabe esperarse tanto del PP como del PSOE, o de esa otra izquierda, todavía más uniformadora y negadora de las libertades individuales, que antepone los dictados de un Estado omnipresente y todopoderoso al libre albedrío de los ciudadanos.

Liberalismo y capitalismo.

¿Qué ha sucedido para que se confunda o se iguale el liberalismo con el capitalismo?
Muy sencillo, ha sucedido lo mismo que le pasó a Marx con el comunismo, pues si el marxismo fue el padre del comunismo, no es menos cierto que el comunismo, en su devenir a lo largo de la historia, poco acabó teniendo que ver con la ética y la moral marxista. ¿O me diréis que no tengo razón?
La pérdida de referentes éticos y morales es la causa principal que explica las perversiones que a lo largo de la historia sufren la generalidad de las ideologías. Y es que, cuando una ideología, cualquiera, deja de aspirar a tener como referente ético una moral universal, tiende a convertirse en una justificación particularista de sí misma; entra, así, en una dinámica del todo vale, es decir, pierde su legitimidad moral en aras de reforzar su particular legitimación instrumental: cualquier medio es válido para arribar al fin.

El capitalismo, al olvidar los referentes éticos y morales de sus padres liberales, se olvidó, de facto, de que su verdadera razón de ser no era otra que la de permitir que los seres humanos pudieran desempeñar sus proyectos de vida libremente; siendo libres para crear, para producir, para comprar y para vender bienes, para tener propiedades... pero sin por ello tener que convertir a otros seres humanos en medios sacrificables por tal de mejor servir sus intereses.
El grave error del capitalismo, decepción de sus padres liberales, fue obcecarse en olvidarse de sus referentes espirituales, humanos al cabo, para acabar abrazando becerros de oro desde una visón deshumanizada, y por tanto inmoral, de la vida.

Críticos del liberalismo.

Siendo honestos, hay que reconocer que cuando Marx y Engels reivindicaron la dignidad de todos los seres humanos, a través de su "Manifiesto Comunista", no atacaron tanto al liberalismo como al sistema capitalista.
Sin embargo, la articulación de la nueva ideología marxista, que pretendía legitimarse como la vía más justa para alcanzar la sociedad perfecta (la utópica comunidad socialista), necesitaba construirse sobre los cimientos de su antecesora; necesitaba negar las bondades del liberalismo, que en verdad eran muchas, por tal de mejor justificar una nueva visión o interpretación de la vida. Fue necesaria una deconstrucción de la filosofía liberal para reinterpretarla y acomodarla a una nueva verdad; fue necesario juzgar al liberalismo a través de los pecados de su hijo bastardo, el capitalismo, para proclamar una ideología más justa: el socialismo utópico.
No es cuestión, llegados a este punto, de volver a señalar las falacias del marxismo; ni es momento de volver a incidir en la clara intención del mismo de transmutar valores (ver "Análisis Crítico del Manifiesto Comunista"), pero sí creo necesario reflexionar brevemente sobre las críticas que de la filosofía liberal harían más tarde los hijos rebeldes del marxismo: fascismo, nacionalsocialismo y falangismo.

Fascismo y nacionalsocialismo.

No es mi intención, en este breve análisis crítico sobre el liberalismo, ahondar en el conocimiento de las ideologías fascistas y nacionalsocialistas, pero las traigo a colación porque ambos suprematismos ideológicos fueron herederos del marxismo; fueron los hijos rebeldes que, asumiendo la verdad marxista de que era necesario articular sociedades más justas que fueran respetuosas con la dignidad humana, no comulgaron, sin embargo, con la aspiración internacionalista del marxismo.
Mussolini, que fue un ferviente socialista en su juventud, seguramente había leído con atención "El Manifiesto Comunista". Y, como otros muchos intelectuales de la época, Mussolini creyó una obligación moral rescatar al ser humano (la clase proletaria) de la esclavitud a la que le sometía el deshumanizado sistema capitalista. Pero Mussolini, como Hitler seguramente, también había leído a Nietzsche, y  por ello, no pudo por menos que ver en el "Manifiesto Comunista", además de una reivindicación justa, una negación interesada de los valores burgueses por tal de mejor legitimar nuevos valores socialistas: vio una clara transmutación de valores, una interesada deconstrucción de la realidad para mejor poder legitimar la consecución de otra realidad utópica.
Fascismo y nacionalsocialismo fueron reacciones justas y creativas ante el afán impositor del marxismo, el cual, sin ningún rubor, y tras demostrar que las verdades eran relativas, no tuvo empacho alguno en sostener una incuestionable verdad absoluta: el fin último de la historia habría de ser la consecución del socialismo. ¿Grave incongruencia teórica o cínico ejercicio de hipocresía?
Pero es que, además, ni el fascismo italiano ni el nacionalsocialismo alemán quisieron permitir que la razón de ser de sus respectivas identidades histórico-culturales fuesen negadas por una falaz aspiración a un nuevo universalismo, ahora socialista, que no cristiano; no creyeron en la nueva promesa de felicidad universal (en la Tierra, que no en los cielos) que salvaría a los parias y oprimidos (proletarios) de los malvados burgueses (otrora gentiles). Nada nuevo bajo el Sol. Fascistas y nazis fueron los nuevos fariseos que no creyeron en el mesías Marx ni en el advenimiento de una nueva verdad socialista. Italianos y alemanes tomaron del marxismo lo que de bueno y justo hallaron en él, pero salvaguardando, al tiempo, sus respectivas razones de ser (justificaciones históricas de sus respectivas naciones).
Tampoco toca ahora señalar los errores y demás perversiones, cuando no inmoralidades, de las que fueron responsables las ideologías fascistas y nacionalsocialistas. Baste tan solo mencionar, como dato importante, que ambas ideologías, en extremo celosas de sus respectivas verdades, también hallaron en el liberalismo un enemigo común al que combatir.

Nacionalsindicalismo.

El mismo José Antonio jamás tuvo reparo alguno en reconocer las bondades del marxismo; supo de la obligación moral de preservar la dignidad humana y deseaba que al pueblo no se le negase ni el pan ni la justicia.
Algunos estudiosos del nacionalsindicalismo, tras leer "la Revolución del Nacionalsindicalismo" de José Luis Arrese, han apreciado claras influencias de "El Capital", sobre todo en lo concerniente a las preocupaciones falangistas por dignificar la vida de los trabajadores mediante un reparto más justo de las plusvalías:

“...hagamos un sistema (…) no de clases, no de capitalistas ni de proletarios, sino de productores.,[…] en el que el capital sea una fuente de producción, pero no de lucro; en el que patronos, técnicos y obreros sean, en proporción al esfuerzo de cada uno, los únicos copartícipes del beneficio producido, sin odios, sin clases, y habremos hecho la verdadera revolución social”.

Las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas) fueron, de hecho, el movimiento que más ideología marxista asimiló y, más tarde, reinterpretó de acuerdo a la necesidad de preservar dos pilares fundamentales negados por el marxismo: el concepto de nación y el catolicismo.
España, así, creaba y articulaba sus propias defensas ideológicas frente a un marxismo que se erigía en paladín del internacionalismo y del ateísmo.

Desde mi humilde punto de vista, la comunión entre FE (Falange Española) y JONS fue un acto contranatura, quizás instado por las difíciles circunstancias del momento y por la necesidad de hacer frente común a las ideologías deconstructivistas (negadoras) del momento, que pretendían transmutar los valores tradicionales por otros: socialistas, comunistas y anarquistas.
José Antonio, líder carismático de FE, siempre se me ha antojado el perfecto caballero-poeta prototipo del ideal romántico; porte aristocrático y noble, leal con sus amigos y capaz de ver a la persona muy por encima de prejuicios ideológicos. Entre las amistades de José Antonio se encontraban personalidades tan dispares como las de Indalecio Prieto (socialista) y García Lorca (poeta).
Mucho se podría debatir sobre la injusticia histórica que, leyes revanchistas de memoria histórica mediante, ha distorsionado la imagen de José Antonio y la de otros muchos falangistas, pero no seré yo quien lo haga. Y no lo haré porque no toca, pero también porque sería como predicar en desiertos yermos de espíritu conocedor. ¿A quién le puede importar que los hermanos Rosales, ilustres falangistas, intentaran por todos los medios salvar la vida de García Lorca? ¿A quién le puede interesar, hoy, saber que muchos intelectuales del falangismo, Arrese entre ellos, disintieran del régimen franquista? ¿A quiénes les importa la verdad tanto como para instarse a leer, estudiar, cuestionar y someter a análisis críticos las verdades impuestas por las realidades sociales de cada momento?

Y, sin embargo, José Antonio también pecó. Y pecó a la manera de socialistas y comunistas; pecó como fascistas y nacionalsocialistas; pecó como muchos intelectuales, a derecha e izquierda, siguen pecando ahora: culpando al liberalismo de todos los males de la humanidad.
Cuando José Antonio pronunció su famoso discurso del acto fundacional de FE, en el teatro de la Comedia de Madrid, no pudo evitar recurrir al mismo argumento falaz que el comunismo heredero de Marx. Y José Antonio perdió su bonhomía al arremeter contra Jacobo, permitiéndose la licencia de criticar a Jean-Jacques Rousseau, precisamente, por considerarle uno de los padres del liberalismo.
Y José Antonio pecó más gravemente que fascistas y nacionalsocialistas, porque él mismo, sin ser consciente de ello, fue un perfecto ejemplo de persona liberal que devino otra cosa por imperativo de graves circunstancias históricas.