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viernes, 21 de julio de 2023

EURABIA O CRISTIANISMO HEGELIANO (salvar a Occidente) PARTE I

INTRODUCCIÓN

Unamuno creyó que la única manera de salvar al cristianismo pasaba, inevitablemente, por salvar a Occidente de su decadencia moral. Así nos lo explicó Don Miguel en su obra "La agonía del cristianismo". El insigne filósofo pensaba que Occidente agonizaba porque también agonizaba el cristianismo, y viceversa. La agonía de Occidente y la del cristianismo eran una misma agonía provocada por la perdida de valores tradicionales y, sobre todo, debida a la perdida de fe espiritual.

Sin embargo, Unamuno no realizó ninguna propuesta fundamentada filosóficamente para salvar al occidente cristiano. No pudo hacerla, porque su preocupación, como él mismo insistía en señalar, era espiritual y, por tanto, individual. Para Unamuno la agonía del auténtico cristiano era una cuestión íntima y muy personal, un asunto entre su alma y Dios. Por eso Unamuno se mostró muy beligerante con lo que denominó cristianismo social, un cristianismo politizado que aspiraba no tanto a salvar almas como a generar transformaciones sociales.

Ortega y Gasset sí propuso la unificación de Europa, en la forma de un novedoso proyecto supranacional confederado, que pudiera salvaguardarla de posibles amenazas externas.

Pero ni Unamuno ni Ortega, entonces, pensaron que el Islam pudiera ser una importante amenaza para Occidente, porque a principios del SXX, y cuando Ortega publicó "La rebelión de las masas" en 1930, sólo el comunismo y la China maoísta se consideraban potenciales enemigos de la civilización occidental. No obstante, Ortega sí que apuntó, en la ya mencionada "Rebelión de las masas", que el gran magma islámico podría devenir una amenaza futura:

"La probabilidad de un Estado europeo se impone necesariamente, La ocasión que lo impulse puede ser cualquiera: por ejemplo, la coleta de un chino que asome por los Urales,  o bien una sacudida del gran magma islámico".

Ya en 1930 Ortega apostaba por una Europa fuerte y unida que pudiera hacer frente a futuras amenazas (chinas o islámicas) susceptibles de provocar posibles choques entre civilizaciones.

Yo había pensado titular esta reflexión "Occidente frente al Islam", pero los recientes acontecimientos ocurridos en Francia, país inmerso literalmente en una guerra civil entre franceses autóctonos y masas de inmigrantes musulmanes, me han hecho ver que el occidente allende los mares, integrado sobre todo por países como EEUU, Australia o Nueva Zelanda, todavía se encuentra lejos y a salvo de las sacudidas del gran magma islámico.

Sin embargo, la vieja y decadente Europa sí está dramáticamente enfrentada al Islam, hasta el punto de haberse convertido, de hecho, en Eurabia, tal y como anunció que sucedería la pensadora Oriana Fallaci.

La escritora Oriana Fallaci (1929-2006) acusó al Islam de ser el enemigo que se había instalado en Europa, en nuestras casas y sin querer dialogar (cita literal). Acusó al Islam de no querer integrarse en la sociedades occidentales, pero también acusó a la izquierda europea de ser antioccidental, entre otros motivos, por permitir y alentar la inmigración ilegal musulmana.

Curiosamente, Fallaci, que desde muy joven había sido profundamente anticlerical, sintió una gran admiración por el Papa Benedicto XVI, y ya en su madurez se definió como una atea-cristiana. Más adelante recuperaré está peculiar autodefinición para relacionarla con la de ateo-religioso de Slavoj Zizek y la de ateo-católico de Gustavo Bueno.

Quizá fue Spengler, autor de "La decadencia de Occidente" (publicada en dos volúmenes en 1918 y 1922) el primero en refererirse a la desaparición de la civilización occidental. Enríquez de Aguilar escribió lo siguiente en las páginas de El Español Digital (2021) a colación de la profética obra de Spengler:

"De acuerdo con su teoría, Spengler anunciaba ya en 1922 la decadencia de Occidente, cuya etapa final consideró que coincidiría con el inicio del S XXI.

Hoy, la lectura de "La decadencia de Occidente" nos parece esencial, porque parece que nos toca vivir esa etapa de decadencia, de absoluta degeneración, previa a su final; lo que venga después no sabemos qué será, pero no será lo mismo."

¿Qué ha sucedido en Europa durante las últimas décadas para que, a pesar de las advertencias de pensadores como Spengler, Ortega, Oriana Fallaci..., el Islam haya podido dar forma a Eurabia, delante de nuestras narices y sin que nadie le chistara?

Han sucedido muchas cosas, sin duda, pero una de las más relevantes ya fue señalada por Oriana Fallaci: la izquierda europea, profundamente antioccidental, ha favorecido la implantación de irresponsables políticas de inmigración (políticas de puertas abiertas) que han facilitado la desintegración de la razón de ser occidental de la vieja Europa.


LA IZQUIERDA EUROPEA ANTIOCCIDENTAL

La civilización europea comenzó a constituirse a partir del primer proyecto humanista universal llevado a cabo por Roma (Heidegger en "Cartas sobre el humanismo") y más tarde por el cristianismo, también un proyecto humanista universal.

Como bien señaló Unamuno en "La agonía del cristianismo", el destino de la civilización occidental estuvo, desde el principio, ligado a la razón de ser cristiana. Pero el carácter cristiano de occidente comenzó a debilitarse y/o diluirse a partir del SXVIII, con el triunfo de las ideas ilustradas y la Revolución Francesa (1789). La razón y la ciencia moderna acabaron por desterrar la "espiritualidad cristiana" a un rincón olvidado de la historia, ya que la fe espiritual fue despreciada al ser considerada una creencia suprasensible, esencialista o metafísica.

Todas las izquierdas a lo largo de la historia, desde la primera izquierda definida jacobina hasta la maoísta, se autoproclamaron racionalistas y/o materialistas, es decir, se definieron como ideologías carentes de fundamentos religiosos y metafísicos.

Esta primigenia obsesión de las izquierdas por desprenderse de esencialismos sigue muy viva en los actuales dirigentes europeos. De hecho, la Europa globalista de hoy, que sueña con implantar la Agenda 2030, se autoproclama racional y constitucionalista y, por supuesto, laica.

La Europa habermasiana (socialdemócrata) desprecia profundadamente tanto al cristianismo como a las identidades nacionales, por considerarlas ebrias de esencialismos metafísicos, y por eso apuesta por las entidades políticas (democracia deliberativa, leyes constitucionales, diálogo comunicativo...) para articular una Europa supranacional que pueda despojar de soberanía nacional a los países que la integran.

Sin embargo, las políticas que lleva a cabo la Unión Europea pecan de no pocas incongruencias que dejan al desnudo su cínico e hipócrita doble rasero moral. Resulta curioso, cuanto menos, que en Europa siga despreciándose abiertamente la religión cristiana, al tiempo que se condesciende y se articulan políticas harto permisivas con la religión islámica. La intelligentzia europea (socialdemócrata, insisto) coacciona y penaliza a los países miembros de la UE que defienden sus respectivas soberanías nacionales, ya sea porque no permiten la entrada de inmigrantes musulmanes, caso de Polonia, o por negarse a suscribir determinados postulados de la globalista Agenda 2030.

En España, por ejemplo, las izquierdas siguen en su empeño de desterrar la religión católica de la enseñanza pública, mientras alientan y permiten que se den clases del Corán en las escuelas. Otro tanto sucede con la lengua común española, que en Cataluña, sin ir mas lejos, se persigue y es ninguneada, mientras en muchos colegios catalanes se comienzan a dar clases de lengua árabe.

La UE, que se vanagloria de despreciar cualquier esencialismo metafísico y/o religioso, ha devenido un fallido proyecto supranacional que no duda en subyugar a sus ciudadanos llevándolos a la ruina económica y social, por mor de satisfacer sus idealistas aspiraciones; ensoñaciones teleológicas ebrias de diversos esencialismos metafísicos que están presentes en los nuevos metadiscursos ecologistas y de género.

Si nos fijamos, la Europa habermasiada, no olvidemos que una Europa de izquierdas, dice despreciar las identidades nacionales y la religión cristiana por considerarlas impregnadas de fundamentaciones metafísicas, pero esta misma Europa socialdemócrata y constitucionalista se muestra harto permisiva con el Islam, una religión que, en el parecer del filósofo Peter Sloterdijk, todavía no ha limado suficientemente su celo dogmático.

¿Por qué las izquierdas europeas desprecian la religión cristiana pero, al tiempo, condescienden con la religión islámica?

La respuesta la dio Oriana Fallaci cuando señaló que la izquierda europea era/es profundamente antioccidental. Porque ser antioccidental implica, necesariamente, ser anticristiano y enemigo de las naciones soberanas.

Cuando Oriana Fallaci comprendió que la desintegración de Europa llegaría de la mano del Islam, y que éste era el medio a través del cual las izquierdas europeas pretendían dinamitar los dos pilares de la civilización occidental: nacionalismo y cristianismo, decidió que no tenía por qué estar reñido ser atea y cristiana; es más, Fallaci comprendió que soló una conciencia o razón de ser cristiana podría hacer frente a su conciencia antagónica islámica.

Oriana Fallaci, al proclamarse atea-cristiana,  fue la primera pensadora en deshacer la tramposa ilusión de alternativas de la que se servían las izquierdas para imponer su laicismo. El nudo gordiano que nos legó el perverso marxismo no podía desatarse utilizando la lógica y la razón, porque la lógica racional exigía justificaciones coherentes que no permitían incongruencias como, por ejemplo, la de ser ateo y, al tiempo, cristiano.

Oriana Fallaci, militante de izquierdas y anticlerical durante toda su rebelde juventud, decidió defender a Occidente de la amenaza del Islam. Y lo hizo cortando de un certero y valiente tajo la trampa que durante décadas construyó el marxismo para generar sentimientos de culpa y complejos en los escrupulosos liberales. Por supuesto que podemos ser ateos y cristianos, porque el ateo no cree en entes suprasensibles (dioses) pero puede creer perfectamente en una razón de ser o cosmovisión cristiana que dé sentido a su existencia. 

Se trataba, sencillamente, de anteponer el metarrelato cristiano al marxista, por una mera cuestión de supervivencia, por imperativo vital y existencial. Se trataba de articular una nueva propuesta liberal-conservadora que no sólo se preocupara por las necesidades materiales de la nación, sino también por las espirituales.

METARRELATOS

Decía que hoy, más que nunca, es necesario recuperar una liturgia espiritual, occidental y cristiana, que pueda salvar a Europa del gran magma islámico, porque sólo la fuerza espiritual (ojo, no necesariamente religiosa) nos permitirá sortear las tramposas ilusiones de alternativas con las que las izquierdas antioccidentales anulan la vitalidad y la voluntad de ser de las naciones europeas.

Es falso, como insisten en señalar las mentes más racionales, que el dato mata al relato. Por supuesto, para una mente racional y lógica, los datos, es decir, los hechos objetivos, deberían anteponerse a los relatos fantasiosos y subjetivos. Pero en tiempos posmodernos, donde impera la razón cínica, profundamente emocional y sentimental, solo un relato bien construido y fundamentado podrá vencer a su antagonista.

El metarrelato marxista castró y secuestró al tradicional liberalismo occidental convirtiéndolo en un permisivo liberalismo social, haciéndole caer en al trampa de una falsa ilusión de alternativas: si era conservador, entonces también era fascista. De esta manera, el liberalismo se enfrentó a una aporía que conducía a un callejón sin salida: si los liberales defendían a sus respectivas naciones, mostrándose dispuestos a salvaguardar la razón de ser de las mismas y su legado histórico-cultural, entonces eran tildados de fascistas. Pero si el liberalismo condescendía y permitía que sus sociedades coexistieran con conciencias antagónicas y contrarias a los valores de la civilización occidental, entonces el liberalismo claudicaba y se entregaba sumiso a una lenta y progresiva invasión, ya fuere comunista o islámica.

Cuando el liberalismo primigenio, republicano y nacional, mutó en liberalismo social, quedó rendido al metarrelato marxista. El liberalismo, lleno de complejos y carente de fuerza espiritual, se autoinmoló, renegando de sí mismo para no parecer un bárbaro irracional o un vulgar fascista. 

Así, el liberalismo social, convertido en liberalismo permisivo (Zizek), no tuvo más remedio que condescender y permitir que el comunismo y el Islam camparan alegremente por Europa, porque prohibir o ponerle límites al multiculturalismo o pluralidad de conciencias hubiese sido propio de fachas.


DEL AUTOENGAÑO A LA AUTOHIPNOSIS CÍNICA

Pensaba Unamuno, y con él supongo que la generalidad de los viejos liberales, que recurrir a autoengaños era deshonesto e inmoral.

Unamuno no pudo aceptar autoengaños cínicos que le permitieran creer en Dios cuando, en realidad, él era agónicamente consciente de haber perdido la fe (ver "La agonía del cristianismo"). Y es que Unamuno, como el resto de liberales de la vieja escuela, se obligó, ante la duda y la falta de fe, a ser permisivo y tolerante aceptando la pluralidad de conciencias en el claro del bosque.

Por eso Unamuno se mostró contradictorio en los albores de 1936, primero apoyando el Alzamiento Nacional para salvar a la España cristiana y occidental, pero más tarde arrepintiéndose, para, así, alejarse de la vehemencia de los bárbaros nacionalcatólicos y volver al redil de los buenos y talanteros liberales.

No, Unamuno no pudo traicionar a la diosa razón, pero la posmodernidad sí descubrió cómo burlar la razón, la lógica y el sentido común, a través de una serie de autoengaños cínicos que le permitirían legitimar e imponer nuevos microrrelatos o verdades sentidas.

Para Unamuno ser cristiano consistía en mantener viva la fe espiritual, pero de verdad, reconociéndose uno mismo como un verdadero creyente. Por este motivo, Unamuno, tanto en "Del sentimiento trágico de la vida" como en "La agonía del cristianismo", criticó duramente la apuesta de Pascal, considerándola un razonamiento utilitarista o pragmático que nada tenía que ver con la verdadera fe.

Vino a decir Pascal que "creer en Dios" era una apuesta segura, pues si Dios no existía nada se habría perdio por haber creído en él. Pero si Dios existiese, creer en él salvaría nuestras almas.

Unamuno, por supuesto, no creía que la falsa impostura de Pascal pudiera salvar el alma de quienes se autoengañaban pensando que la verdadera fe espiritual podía sustituirse por una artera y utilitarista apuesta. 

También el psicólogo William James recurrió a un autoengaño más sofisticado para poder creer en Dios ante la falta de auténtica fe.

Argumentó James que era posible llegar a creer en Dios si nos obligábamos a ello, apelando a una voluntad de creer que, a fuer de ser deseada, nos autoconvenciese de su existencia. Por supuesto, Unamuno tampoco aceptó este ardid psicológico, refinado autoengaño, por considerar que la verdadera fe espiritual nacía espontáneamente en y desde el individuo, y no como consecuencia de construir una creencia cognitiva fundamentada en los deseos y voliciones del sujeto.

Sin embargo, en mi humilde opinión, debemos reconocerle a William James haber sido el primero en descubrir los principios de la estrategia psicológica que Peter Sloterdijk denominaría autohipnosis cínica, al cabo un autoengaño psicológico consistente en construir y legitimar creencias en función de los intereses de los metarrelatos o metadiscursos de la ideología de turno.

LA REINVENCIÓN DE LA METAFÍSICA EN LA POSMODERNIDAD

Decía Ortega que "la vida es drama y exigencia programática, por lo que toda acción vital es acción posible que provoca titubeos metafísicos".

Ortega nos habló de titubeos metafísicos, porque entendió que si la vida era constante pre-ocupación (ocuparse con antelacion) por cuestiones futuras, era obvio que ese anticiparse a lo que todavía no era, se manifestaba y actualizaba en la conciencia del sujeto como un pre-ser o idea hegeliana que aspiraba a consumarse como futuro-ser-en-el mundo.

La metafísica hegeliana, por tanto, ha estado presente en todos los metarrelatos que pretendieron dar sentido a la marcha de la historia o ansíaban la consecución de un fin último absoluto. Pero en el parecer de Lyotard, los grandes metarrelatos (cristianismo, ilustración, marxismo y capitalismo) ya habían sido superados por la posmodernidad, es decir, ya no seducían ni concienciaban a las masas. Por esta razón, Lyotard, hijo de la posmodernidad y del marxismo cultural, abogó por la defensa e implantación de microrrelatos resultantes de la pluralidad cultural y la diversidad de conciencias. Se comenzó a legitimar, así, el multiculturalismo que actualmente imponen las élites globalistas en la decadente Europa.

La cultura posmoderna, heredera de la Escuela de Frankfurt, y como bien observó Peter Sloterdijk en su "Crítica de la razón cínica", recelaba de cualquier conciencia prepotente que se erigiese en autoridad indiscutible. Ya no tenían vigencia los grandes metadiscursos de otrora, pues ninguno de ellos había conducido realmente a la liberación y emancipacion de los individuos. Por ello Theodor Adorno, desconfiando de los metarrelatos tradicionales, que consideraba prepotencias señoriales autoritarias, defendió la articulación de un nuevo pensamiento sensible, emocional y sentimental, que respetara, como ya indicara Lyotard, la diversidad y pluralidad de conciencias.

Ciertamente, el recelo y desconfianza en los grandes metarrelatos ocasionó que las sociedades occidentales se tornaran incrédulas (Lyotard). Pero esa primera incredulidad, en el parecer de Sloterdijk, dio paso a la configuración de un nuevo modo de ser occidental, fundamentado en lo que el filósofo alemán llamó razón cínica.

Los nuevos microrrelatos, en realidad nuevas conciencias posmodernas, se desprendieron de cualquier atisbo de fundamentación racional y lógica, apelando a sus respectivos derecho-a-ser en base a justificaciones sentimentales y/o victimistas. Dichos microrrelatos se sirvieron de una nueva razón cínica donde el sofisma, el engaño, la manipulación y tergiversación de la verdad, en el parecer de Sloterdijk, se convirtieron en los argumentos por excelencia.

Según Sloterdijk, estas nuevas conciencias (microrrelatos) se legitiman gracias a una estrategia psicológica que él denomina autohipnosis cínica, un autoengaño, como ya hemos visto, que es heredero de la voluntad de creer de William James.

A través de la autohipnosis cínica los indidividuos salvan las disonancias cognitivas (disincronías entre la realidad y los deseos del yo), obligándose a creer en aquello que mejor sirve a sus intereses emocionales y sentimentales.

Esta nueva razón cínica posmoderna salva a la izquierda, permitiéndole superar el trasnochado materialismo dialéctico marxista, reinventándose éste en la forma de un nuevo marxismo cultural.

Este nuevo marxismo cultural ha adelantado al liberalismo social por la izquierda, erigiéndose en una propuesta todavía más tolerante y permisiva ante la pluralidad de conciencias, hasta el punto de imponer, legislación institucional mediante, lo que yo llamo una multiplicidad de verdades sentidas.

LA IMPOSICIÓN DE LAS VERDADES SENTIDAS

No, no me he desviado del tema de esta refexión: "Eurabia". No lo he hecho, porque, como intentaré demostrar a continuación, si el Islam está consiguiendo configurar una nueva realidad histórica llamada Eurabia, ha sido, principalmente, porque la actual Europa socialdemócrata es profundamente antioccidental, es decir, es una convencida antinacionalista y anticristiana.

La verdad, la cruda verdad, es que el marxismo no ha fracasado en su empeño de articular su soñado proyecto internacionalista.

El marxismo ha sabido mutar, o metamorfosear, como señaló López Laso, reinventándose y adaptándose al sentir de la posmodernidad; ha sabido utilizar el multiculturalismo y la pluralidad de conciencias en su propio beneficio, para, así, ensayar un nuevo proyecto internacionalista, ahora globalista, que sigue los postulados hegelianos para conducir a la humanidad a un último fin absoluto o final de la historia.

Hoy, un hombre cualquiera, con un par de cojones de toro, puede autodefinirse como una mujer, y toda la sociedad, en su conjunto, deberá aceptar su verdad sentida, ¿por qué no aceptar la verdad sentida del Islam?

Toda verdad sentida es una verdad subjetiva que experimenta el sujeto en su conciencia (Hegel), a pesar de que dicha verdad o modo de pre-ser no pudiera tener su correspondencia con la realidad. Ya no importa la verdad aristotélica sujeta a la lógica racional, pues si lo que sentimos no se corresponde con la realidad, pues tanto peor para la realidad.

Un hombre que se autoperciba como mujer se podrá autoengañar, autohipnosis cínica mediante, diciéndose a sí mismo que la verdad es lo que él desea fervientemente que sea verdad, y no lo que dicte la realidad, la ciencia o la biología. De esta manera, la propuesta psicológica de Willian James ha encontrado, a pesar de las reticencias de Unamuno en el pasado, un tardío reconocimiento posmoderno.

Ahora resulta más fácil que nunca burlar las disonancias cognitivas, las discrepancias entre los deseos del yo y la realidad. Por eso, también triunfa la verdad sentida de los nacionalismo fraccionarios, porque no importa, por ejemplo, que Cataluña nunca haya sido históricamente ni un reino ni una nación. Basta con que la conciencia colectiva o espíritu hegeliano de todo un pueblo crea que Cataluña es una nación.

Las izquierdas antioccidentales nos dicen que las violaciones y abusos sexuales que muchos musulmanes cometen en Europa no son fruto de la maldad, sino de sus creencias culturales, es decir, son fruto de sus verdades sentidas; porque muchos de estos delincuentes creen, realmente, que la mujer es un ser inferior que debe someterse al varón.

¿Cómo hacer frente a esta multitud de verdades sentidas que están destrozando  la civilización occidental?

VOLVER A HEGEL

Mi tesis es osada, lo sé, pero se fundamenta en la necesidad, imperativo vital y existencial, de crear un nuevo cristianismo hegeliano que pueda salvar a Occidente del gran magma islámico. 

En la segunda parte de esta reflexión relacionaré "la fenomenología del espirítu" de Hegel con las tesis de Judith Butler (la performatividad del genéro) y las del comunista Zizek, ateo-religioso, confrontándolas con la propuesta de la razón histórica cristiana de Gustavo Bueno, que también postuló un nuevo modo de ser ateo-católico





martes, 27 de octubre de 2020

LOS NUEVOS DIOSES (los filósofos de la sospecha)

INTRODUCCIÓN

Siguiendo las apreciaciones de Heidegger, y anteriormente las de Nietzsche, podríamos decir que la muerte de Dios no significó el abandono de las creencias en mundos suprasensibles e idealismos utópicos, sino tan solo la sustitución del Dios cristiano por otros nuevos "dioses".

La necesidad de creer es un rasgo inherente y constitutivo de la naturaleza humana. El ser humano necesita creer para no desesperar (Kierkegaard) y para salvarse del sentimiento trágico de vivir (Unamuno); necesita creer para escapar del anodadamiento (Heidegger) y, en última instancia, para huir del suicidio (Camus). Filosofamos, pensamos y reflexionamos, para poder creer y para no desesperar, esta es la verdad que se esconde bajo la tramposa virtud que nos insta a conocer por conocer (trampa desenmascarada por Nietzsche).

“Si Dios no existiera se tendría que inventar” (Miguel de Unamuno) y, añadiría yo, tendría que “inventarse” a imagen y semejanza de las nuevas conciencias y sus respectivas razones de ser.

Anteriormente, Heidegger ya había caído en la cuenta de que el marxismo era una suerte de pseudoreligión, un nuevo credo o conciencia prepotente, dispuesta a ocupar el lugar de la tradicional conciencia burguesa y su Dios cristiano y occidental. De hecho, pese a las advertencias de Heidegger (silenciado a través del siempre eficaz estigma del nacionalsocialismo), durante el SXX se impuso la fe ciega en un nuevo dios eslavo o conciencia de clase (marxismo), al que Ortega le atribuyó ser el portador de una pseudomoral eslava; una pseudomoral sustituta de la tradicional moral occidental.

LOS ASESINOS DEL DIOS CRISTIANO

¿Hubo premeditación y alevosía en aquellos pensadores que participaron en el “asesinato” del Dios judeocristiano? ¿Existió realmente un interés crítico para poder hallar la verdad, o tan solo les movió el particularismo egocéntrico que les impelía a reivindicar sus respectivas propuestas teóricas o nuevas deidades?

Resulta curioso que, detrás de la crítica al Dios cristiano, por parte de los principales filósofos de la sospecha (Nietzsche, Freud y Marx), siempre subyazca la vindicación de sus respectivos sucedáneos o dioses particulares.

Criptobudismo: Nietzsche fue el precursor de lo que Peter Sloterdijk denominó criptobudismo, una nueva moral que, por cierto, también estuvo muy presente en Heidegger y en la obra de otros pensadores alemanes como Hermann Hesse.

El criptobudismo, o reinterpretación budista del idealismo hegeliano, aspira a un nuevo poshumanismo o, como proclamara Nietzsche, a una nueva clase de hombre (el superhombre). La verdad que le fue revelada a Nietzsche, a través de aforismos cargados de simbolismo, fue casi la misma que halló Heidegger en el claro del bosque; la misma verdad sobre la que Hermann Hesse reflexionaba una y otra vez, obsesivamente, en obras como “El juego de abalorios”, “El viaje a Oriente” o “Siddhartha”.

Se trataría, resumidamente, de hallar la paz espiritual y vivir una vida auténtica; se trataría de huir del engaño (mundo de apariencias) a través de la comunión o el cuidado del ser (Heidegger). Se trataría de buscar la fusión con el Uno absoluto o ser supremo (Hermann Hesse) y de abrazar la verdad de Zaratustra (Nietzsche). Se trataría de utilizar la reflexión meditativa de Heidegger, la meditación budista (Siddhartha) y el ascenso a la cima de Nietzsche para encontrarnos a nosotros mismos a través de vías o caminos de búsqueda y superación.

Nada nuevo que no hubiese descubierto siglos antes San Agustín.

Psicoanálisis: Freud también descubrió un nuevo dios: el Yo. Un dios al que también había que salvar de la vida inauténtica y de las falsas conciencias, por supuesto recorriendo también una vía; el camino de la introspección psicoanalítica. Freud también hizo hincapié en la necesidad de llegar a lo “oculto”, al subconsciente, descubriendo y desarticulando los mecanismos de defensa que el ello y el superyó, en constante conflicto dialéctico, tejían para sumirnos en el sentimiento trágico de vivir y en la desesperación (léase angustia, ansiedad y depresión).

Marxismo: Karl Marx hiló más fino. Se dedicó tan solo a reinterpretar la moral judeocristiana a través de un nuevo catecismo pseudoreligioso que, astutamente, y por recomendación de Engels, rebautizó como manifiesto (El manifiesto comunista), eliminando, así, cualquier connotación que pudiera recordar al tradicional cristianismo occidental. La nueva conciencia marxista, incluso siendo una burda copia del cristianismo, y una perversión que transmutaba, de hecho, los valores cristianos, se presentó al mundo como un nuevo dios; una nueva conciencia con una nueva verdad revelada bajo el brazo.

Hasta aquí los nuevos dioses que los filósofos de la sospecha propusieron como alternativa a los seres humanos: criptobudismo, psicoanálisis  y marxismo. Ahora hablemos de quienes se enfrentaron a ellos, también razón en mano, convirtiéndose en los últimos faros y atalayas de resistencia de Occidente.

RACIOVITALISMO Y EXISTENCIALISMO ESPAÑOLES

Resulta triste y paradójico que la única nación de Occidente que se mantuvo firme en la defensa del Dios cristiano y, por ende, preservó la generalidad de los valores inherentes a la moral occidental, haya sido destruida.

Los dos filósofos más importantes de los SXIX y XX, Miguel de Unamuno y Ortega y Gasset, no solo se caracterizaron por su defensa y amor a España y a su razón de ser, sino que, además, dieron forma a dos propuestas filosóficas originalmente españolas: el raciovitalismo y el existencialismo cristiano; filosofías, o modos de pensar, que se opusieron a las propuestas alternativas de los filósofos de la sospecha anteriormente citados.

Se me dirá que Unamuno no fue tan original como Ortega al esbozar (ni siquiera sistematizó mínimamente su propuesta) su filosofía existencialista, muy desarrollada también por pensadores como Heidegger o Sartre, entre otros. Y yo responderé que el existencialismo español (unamuniano) fue un híbrido que fusionó la filosofía existencial de Kierkegaard con el catolicismo español. Más tarde llegaría Gustavo Bueno, con su materialismo filosófico, para recoger el testigo de estos dos insignes filósofos españoles, para proporcionarnos otra creativa propuesta de salvación. Pero ahora toca rendir homenaje a quienes, en mi opinión, y con permiso de Suárez, Zubiri, Fernández de la Mora, Marías, Morente, Zambrano… han sido (son) los filósofos más egregios que ha dado España para goce y deleite de todos los españoles de bien: Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno.


viernes, 8 de mayo de 2020

DISONANCIA COGNITIVA Y L A APUESTA DE PASCAL (golpe en Cataluña)



INTRODUCCIÓN

Hace poco más de un año, leí que algunos integrantes del gremio de la psicología explicaban a los medios, y también a la ciudadanía necesitada de engaños, que los secesionistas catalanes padecían un claro trastorno de disonancia cognitiva. Dicho trastorno explicaría la sintomatología delirante y la evidente desconexión entre realidad-ficción que caracterizan al fanático de la Terra (catalanes independentistas).

El ciudadano medio, pero también muchos analistas e intelectuales, se congratularon, entusiasmados, de que algunos estudiosos de la mente humana hubiesen dado con el diagnóstico del mal que aquejaba al tontiloquismo provinciano.

¿De verdad? ¿Realmente creen haber dejado al desnudo los mecanismos psicológicos que subyacen en el autoengaño cínico? Yo creo que no.

PERSPECTIVA ONTOLÓGICO-FILOSÓFICA

¿Qué es la disonancia cognitiva? Podríamos decir, siguiendo a Ortega, que es la discrepancia entre el yo y las circunstancias; la no coincidencia entre el sujeto y su mundo; es la natural e inevitable diferencia entre lo que queremos o creemos ser y lo que realmente somos.
La disonancia cognitiva, pero, no es una particularidad (patología) exclusiva de determinados individuos o grupos humanos, sino que es un universal que afecta al conjunto de la humanidad; es el choque entre ser y pre-ser que se da en la conciencia de manera constante y dinámica.

La disonancia cognitiva es ontológica y constitutiva del ser humano; es la enfermedad a la que se refiriera Unamuno en su “Del sentimiento trágico de la vida”; esa enfermedad del alma, terrible, que nos insta a creernos dioses, cuando, en realidad, somos tan solo seres indigentes cuyo único destino fatal es ser para la muerte.

Los primeros síntomas o padecimiento de disonancia cognitiva surgen a edad temprana en todos nosotros, cuando nuestra inteligencia comienza a desarrollarse y entramos en contacto con el apasionante mundo a través de la operatividad abstracta (Piaget). No tardamos en pensar en la muerte, en lo absurdo que es la existencia, y nos decimos a nosotros mismos que, por fuer, debe haber algún sentido último, una razón o un porqué que justifique nuestras vidas. La realidad nos dice que no, que solo hay muerte, pero nuestro orgulloso y altivo Yo, nuestro yo absoluto-relativo, que diría Zubiri, se niega aceptar el sinsentido del ser.

Tras la irrupción en nuestras vidas de esta dolorosa disonancia cognitiva ontológica, que bien podría interpretarse como una caída en términos heideggerianos, nuestra inteligencia se ve impelida a trabajar y buscar (razonar, crear e idear...) para salvar al Yo de la angustia vital; para mitigar su dolor y frenar pulsiones suicidas. Ya dijo Albert Camus que la finalidad de la filosofía consistía, en última instancia, en huir del suicidio (parafraseo).

Será entonces, ante la aparición del dolor de una época, cuando las conciencia colectivas salvadoras, religiosas, ideológicas, místicas o criptobudistas, aprovecharán para proponer sus respectivas curas a las atormentadas conciencias individuales

LA CURA DE PASCAL (solo para cínicos)

Todas las propuestas religiosas e ideológicas surgen, en primer lugar, como curas del alma; como promesas de esperanza y salvación. Si el individuo tiene fe en la causa de una cosmovisión redentora, cualquiera, entonces se salvará, pero deberá, primero, sacrificarse por dicha causa.
El primer sacrificio que toda causa demanda a un individuo es que, para hacerla suya, debe creer en sus dogmas. Si el individuo es un ingenuo, un "alma bella", creerá ciegamente y se convertirá en un fiel devoto. Pero,  ¿y si el individuo es una persona inteligente que ha visto las ventajas de creer en una causa, aunque sospecha o, peor aún, es consciente de la falsedad de la misma?

En no pocas ocasiones, los individuos se ven inmersos en dilemas existenciales, la mayoría de las veces dilemas ético-morales. El dilema surge siempre cuando el sujeto es consciente de la discrepancia entre realidad y deseo.
Pongamos por ejemplo, para el tema que nos ocupa, el caso del independentismo catalán.

La realidad le muestra a un tontiloco, nítidamente y razón mediante, que Cataluña es España.
El deseo, pero, le insta a creer, a través de sentimentalismos emocionales, que Cataluña no es España.

Efectivamente, lo que se plantea en la conciencia del sujeto es un dilema, una discrepancia entre deseo y realidad, pero esta disonancia cognitiva es común, como señalé en mi introducción, a la generalidad de los seres humanos. Podremos, perfectamente, desear ser millonarios, pero la realidad nos mostrará, terca y obstinadamente, que somos pobres. Francisco, mi vecino, desea ser Napoleón, pero tan solo es Paco, el hijo de la Justina.
¿En qué momento podremos hablar de disonancia cognitiva como patología? Pues sólo cuando el individuo, en vez de afrontar dicha discrepancia como un componente constitutivo de sí mismo (todos somos eternos soñadores) dé un paso más y rompa todo vínculo con la realidad. Esta ruptura o paso definitivo para negar la realidad lo dará el loco, pero no el cínico.

De hecho, el tontiloco provinciano es un cínico, pero no un loco. Fue Unamuno, sagazmente, quien añadió el adjetivo de tonto al de loco, formando un neologismo (tontiloco) que debería ser utilizado con más frecuencia, no como insulto, sino como acertada descripción de un modo de ser; una forma de ser deshonesta y tramposa.
El tontiloco no es un auténtico creyente, ergo tampoco padece una auténtica disonancia cognitiva; tan solo hace suya la apuesta de Pascal, demostrando que de tonto no tiene ni un pelo.

La apuesta de Pascal constituye, en sí misma, lo que podríamos considerar un autoengaño consciente, ya denunciado por Unamuno en su "Del sentimiento trágico de la vida". Decía Pascal que lo más conveniente, ventajoso y práctico (todo puro utilitarismo) era creer en Dios. Creer en Dios se convertía, según los argumentos de Pascal, en una apuesta segura. Si Dios existía realmente, habríamos hecho bien en creer, pero si resultaba que Dios no existía, tampoco habríamos perdido nada por haber creído. Es decir, con la apuesta en la fe, léase el deseo de creer, el individuo ganaba siempre.

Pero, como bien supo ver Unamuno, la fe que propugnaba Pascal era una fe impostada; era, en realidad, un autoengaño consciente, no una fe auténtica. Sloterdijk, más recientemente, se ha referido a dicha trampa, urdida por la conciencia creyente, como el producto de una autohipnosis consciente.

CONCLUSIÓN

El tontiloco catalán, es en realidad un cínicoloco, pues no padece disonancia cognitiva, menos aún delirios de fantasía, como sostuvo el juez Marchena para disculpar el proceder del golpe secesionista. Un cínicoloco es, en realidad, más cínico que loco; es un astuto pragmático que ha aprendido mucho de Pascal. El cínicoloco ha aprendido que le resulta ventajoso apostar en la creencia de la nación catalana. De hecho, si el secesionista lleva hasta las últimas consecuencias su ruptura con la realidad y vence, todo habrá valido la pena, pero si fracasa tampoco pasará nada, porque siempre habrá un Marchena o un socialcomunista a mano para disfrazar de locura o patología lo que no es sino pragmático cinismo.


viernes, 1 de mayo de 2020

LA DIALÉCTICA DE LAS LÁGRIMAS (Solón vs Pablo Iglesias)



INTRODUCCIÓN


Las “izquierdas posmodernas” españolas, es decir, los “progresistas” de siempre, ahora sanchificados y podemizados, se obcecan en seguir negando la realidad para, así, ajustarla mejor a sus “idealistas conciencias”.


Nuestros posmodernos continúan creando posverdades (falsas verdades) y ficticias realidades; se siguen obstinando en creer, autohipnosisis sugestivas mediante, en sus sentimentales mundos de Yupi.
Pero estos infames, tras pervertir la razón e instrumentalizarla, aún están llegando más lejos, atreviéndose, incluso, a pervertir los sentimientos más puros y honestos, hasta convertirlos, también, en herramientas al servicio de sus intereses bastardos.


EL SENTIMENTALISMO INSTRUMENTAL


De la misma manera que la “razón ilustrada” devino “razón instrumental”, orientada a la consecución de determinados fines concretos, la otrora espontánea expresión de las emociones también está siendo forzada a convertirse en falsa representación psicoestética; en nuevo sentimentalismo instrumental al servicio de nuevas conciencias ñoño-soñadoras.
Así, la razón lógico-tradicional de nuestros padres está siendo sustituida por la razón estético-sensible de nuestras madres. Pero no, ni siquiera eso, pues la razón de nuestras madres, aunque ebria de emotiva empatía, todavía estaba religada a la realidad, a la tierra, a la vida… a la verdad.

Ahora, sin embargo, se impone la ficticia verdad femimarxista y su “ideología de género”; una “verdad” que nada o muy poco tiene que ver con la razón de ser histórica de los respetables matriarcados tradicionales.
Femimarxistas y podemitas, ellos, ellas y elles, y la madre que los parió a todos, están pervirtiendo los sentimientos más puros, necesarios para la catarsis de las almas más atormentadas, hasta convertirlos en impostadas “bufonadas ideológicas”.


LAS LÁGRIMAS DE CARNE Y HUESO DE SOLÓN


Unamuno, en su “Del sentimiento trágico de la vida”, cuenta el episodio acaecido entre un poderoso gobernante (cuyo nombre recuerdo) y el sabio Solón.
Estando Solón llorando amarga y desconsoladamente, tras la muerte de su hijo, se le acercó un rey para preguntarle “por qué lloraba”. En el parecer del poderoso, no denotaba demasiada sabiduría lamentarse por un hecho ya irremediable. ¿No ves, preguntó el gobernante a Solón, que llorar no sirve de nada?


Y Solón le contestó: - Pues, precisamente, por eso lloro, porque no sirve de nada.


Las lágrimas de Solón surgían de la impotencia y de la frustración, eran el fruto de la catarsis, sincera y honesta, de un alma verdaderamente atormentada; un alma que sabía que ya NADA podía hacer para devolverle la vida a su hijo. Eran lágrimas humanas, pero también, como diría Don Miguel, eran lágrimas de “carne y hueso”. No eran, en absoluto, lágrimas instrumentales.


LAS LÁGRIMAS PSICOESTÉTICAS DE PABLO IGLESIAS


Los patéticos psicodramas representados por Pablo Iglesias, a través de llantos impostados, falsos y bufonescos, nos provocarían la risa, incluso las carcajadas más despiadadas, si no fuera porque bajo la apariencia de su fingida “sensibilidad humanista” se esconde un ser sin alma. Peor aún, se esconde un “destructor de almas”, un individuo despreciable que, con su proceder, alimenta la sospecha de que cualquier llanto, como el suyo propio, pueda ser, tan solo, un impostado “llanto instrumental”. 


Lo verdaderamente grave de todo el pensamiento estético-sensible posmoderno no radica en que éste se postule como una mentira cínica y descarada, que también, sino que consiste en negarles a los últimos hombres de carne y hueso la posibilidad de poder llorar sin que ello sirva para NADA; llorar, tan solo, para purificar el alma; llorar para exorcizar el sentimiento trágico de vivir…


Lo trágico de las lágrimas de Pablo Iglesias es que su “calculada instrumentación” niega la verdad de otras lágrimas más sinceras y honestas, lágrimas inútiles, pero necesarias para el espíritu, como las del sabio Solón.

lunes, 6 de abril de 2020

DEL POSHUMANISMO AL EROTISMO

INTRODUCCIÓN

Acepto que el ser humano es constitutivamente racional y moral, porque no hay ser humano que carezca de moral; es decir, no hay ningún individuo que no haga “suyos” los valores de una determinada cultura o, en su defecto, no se aferre con uñas y dientes a “sus propios valores”, a “su verdad”, que diría el vulgar y cínico Pedro Sánchez.

También acepto que la verdad es histórica, pues, como suelo señalar, es la razón histórica la que, en cada época, decide hacer suya la verdad de su tiempo. Y dicha verdad, tras ser "descubierta" o construida como posibilidad por algún pastor del ser (sabio o sofista ideólogo, tanto da) solo será aceptada (institucionalizada en términos Foucaultianos) por el ente colectivo tras comprobarse que es necesaria (buena) para el funcionamiento (autoconservación) del parque humano.

Lo que hemos dado en llamar “humanismo”, suerte de club de ilustrados, se encarga de ello; tiene como misión determinar qué cosmovisión y/o reglas y normas (moral al cabo) serán las más convenientes (buenas y justas) para civilizar al zoo humano. Pero deberá hacerlo teniendo muy en cuenta que el ser humano no es solo un ser temporal, que se hace a sí mismo a lo largo del tiempo (durante su existencia), sino que también es un ser en el espacio (en-lo otro y con-lo otro).

Si la última misión del humanismo no ha de consistir, tan solo, en que cada individuo sea su propio señor (libre y dueño de sí mismo), sino que también ha de consistir en garantizar la preservación de cualquier tipo de sociedad (cultura y/o civilización), ¿cómo habría de lograrse tal cometido? ¿Cómo preservar la integridad y las libertades de los individuos respetando, al tiempo, la razón de ser de diferentes morales y/o ideologías, algunas con tendencias supremacistas o descaradamente supremacistas (neocomunismo, femimarxismo e Islam)?

MORALES SUPREMACISTAS

Ante la falta de solución a la urgente cuestión de qué hacer con las morales supremacistas, la razón ilustrada se ha estancado en un último estadio (el actual estado de la razón cínica); un estadio o momento histórico en el que la razón permanece resignada y rendida , esperando que todo salte por los aires. Mientras, las últimas almas bellas, cándidos humanistas, aún albergan la vana esperanza de que la humanidad se salve de sí misma a través de una razón verdaderamente emancipadora y/o liberadora (¿verdad Habermas?).

La pregunta del millón, pero, sigue siendo la misma desde hace décadas, y compete a la cuestión del ser (Heidegger):

¿Está el humanismo irremediablemente abocado a su autodestrucción o hay posibilidad de salvación?

Heidegger fue pesimista y vio con claridad que, sin una necesaria humildad ontológica, el humanismo no podría salvarse de sí mismo, de su arrogancia prepotente y señorial como criador y domesticador del "parque humano".  A Heidegger fue consciente de que el dogma prepotente que no impusiera una conciencia lo impondría su conciencia antagónica. Puro pesimismo.

Sloterdijk apostó en "Esferas" por un nuevo poshumanismo, una suerte de nueva metafísica (superación de Heidegger) que hiciera hincapié en la necesidad de armonizar el ser-en sí del individuo con su ser-en el otro a través del arte y la creación estética. No deja de ser una propuesta tanto o más ideal, y por tanto utópica, que la de los últimos humanismos que se erigieron en libertadores del hombre: el marxismo y el actual neomarxismo habermasiano.

La propuesta de Sloterdijk, como la de todo humanismo ilustrado, parte de la premisa de que “el otro” o “lo otro” no tiene por qué ser nuestro enemigo. Pero la historia, tan terca como obstinada, nos ha demostrado que los sueños, por desgracia, sueños son y sueños siguen siendo.

¿Ha sido casualidad que Sloterdijk, después de parir la trilogía de “Esferas”, su última búsqueda, tan desesperada como creativa, de un posthumanismo que salvara la civilización, se haya refugiado en la literatura erótica? ¿Por qué?

¿Se ha rendido Sloterdijk, como Unamuno, y cree que los hombres de carne y hueso ya solo pueden soñar con una trágica autosalvación personal que saben que nunca llegará?

¿Qué significa la incursión de Sloterdijk en la novela erótica? ¿Acaso es el pistoletazo de salida que nos invita a vivir que solo son dos días? ¿O es la consecuencia natural y lógica del eterno retorno de la conciencia que, tras comprobar que no hay nada más allá de los sueños, vuelve a sus orígenes, volviendo a reivindicar a los antiguos dioses de la tragedia (Baco y Eros)?

domingo, 5 de abril de 2020

La lengua de Dios (parte II, Cataluña impositora)

DIOS HABLA EN ESPAÑOL

Hace un tiempo, Félix Ovejero escribió en Facebook que el español (la lengua española) era la lengua de Dios. Mi júbilo no fue tanto por leer a Félix, siempre contenido y aséptico a la hora de significarse sobre determinados temas, como por hacerme recordar a Unamuno, al genial maestro de Salamanca que, en tono más solemne y grandilocuente, no solo proclamó que Dios hablara español, sino que también era español.

¿Pero quedaría algo de verdad en la frase Dios habla en español, si la despojásemos de la sutil ironía de Félix (poco dado a exaltar sentimientos patrios), y si le quitásemos la grandilocuencia unamuniana?

Pues sí, la frase en sí misma encierra una gran verdad, poética, si así se prefiere, pero verdad al cabo: la lengua española es una lengua natural (atención a esta realidad); una lengua amiga que se deja aprender, sobre todo si la comparamos con lenguas más ariscas y arbitrarias como  el inglés o el ínclito catalán.

Volvamos a Dios. Si Dios es bueno y justo, y quiere lo mejor para el conjunto de la humanidad, no cabe duda de que, por fuer, fue el creador o inspirador que le insufló un soplo de aire divino a Nebrija cuando éste regló la gramática de la lengua española. Solo Dios pudo "inspirar" la normativización de una lengua tan agradecida, con escasas arbitrariedades grafo-fonéticas, como la española.

En mi anterior entrada, "La lengua de Dios (parte I)", doy cumplida respuesta al enigma que se planteaba Félix Ovejero en voz alta: "¿cómo es posible que la lengua española, estigmatizada y erradicada de la enseñanza en Cataluña, goce de tan buena salud y pueda ser aprendida, incluso, por el tontiloco más obtuso de la Cataluña profunda que solo se comunica en catalán?"

La respuesta es bien sencilla: porque la lengua espñola puede aprenderse con relativa facilidad, debido a la correspondencia natural entre fonemas (sonidos articulados) y grafemas (escritura) que los representan. Puse como ejemplo el caso del fonema /s/, que en español solo puede representarse, como parece lógico y natural, escribiendo una "s", pero en catalán podría representarse (dependiendo de su sonoridad) con una "s", una "c", una "ç", la "ss" o la "z" (con 5 grafías diferentes).

Dios fue bueno con los niños españoles, porque entendió que lo bueno siempre es lo más natural, sencillo y práctico; Dios supo que lo justo y bueno era/es lo que se aprende con más facilidad y con un mínimo esfuerzo para conseguir un gran beneficio o ventaja vital y/o social. Dios supo que lo importante era facilitar la comunicación de 450.000.000 de personas en el mundo; entendió que la lengua divina tenía que ser lo más universal posible, lo más buena y asimilable posible. Dios no es tonto.

Tontos, tontilocos en realidad, son los pobres provincianos de la terra, empeñados en desterrar de sus aulas una de las lenguas más universales creadas por Dios (la lengua española); tontos y resentidos son esos hombrecillos que desprecian a España y lo español, y que no entienden cómo sus hijos, aislados en terruños donde solo se aprende una lengua minoritaria y particularista, también acaben aprendiendo la lengua española de Dios.

¿Y por qué son capaces TODOS los niños catalanes de aprender español, a pesar de los impedimentos de sus mayores? Pues porque así lo quiso Dios; y por así quererlo, creó una lengua amiga fácil de aprender, sin tontás ni arbitrariedades tontilocas.

Que hable catalán quien así lo desee, y que enseñe a sus hijos en catalán quien así lo quiera. Pero que nadie ose negarle a los demás el derecho a pensar y hablar en la lengua de Dios.

viernes, 5 de mayo de 2017

Unamuno, hijos y proyectos vitales.

Introducción

Llega un momento en la vida en que, inevitablemente, hacemos un balance sobre nuestra existencia. Nos preguntamos si nuestro paso por el mundo habrá tenido algún sentido; evaluamos el éxito o fracaso de nuestros proyectos vitales y caemos en la cuenta de que mientras estuvimos viviendo estresados, y sacrificándonos para llevarlos a cabo, la vida se nos "iba pasando" mientras se nos llegaba la muerte.
Siempre olvidamos que tan solo somos "seres para la muerte"; vivimos endiosados, seguros de que, por fuer, nuestra existencia debe positivarse a través de una autorrealización personal que hemos de buscar estudiando, trabajando, esforzándonos, sacrificándonos...

Hijos

Puede parecer falso o pretencioso, pero la verdad (así lo creo yo) es que, en líneas generales, no me arrepiento de cómo ha transcurrido mi vida. Tomé decisiones erradas y otras acertadas, sufrí mucho y disfruté aún más. O no... no sé. Supongo que la percepción final, a la hora de hacer la lectura de nuestra balanza vital, depende de si nuestras formas de ser y de pensar tienden más al pesimismo o al optimismo existencial.
Yo bien sé que toda mi vida he sido, y sigo siendo, un pesimista irredento. He sentido el sentimiento trágico de vivir, doloroso y desgarrador, mucho antes de haber conocido la magnífica obra de mi admirado Unamuno. El maestro Don Miguel no me enseñó ni me descubrió nada, sino que me "salvó" de mi particular dolor mostrándome el suyo. En no pocas ocasiones, leyendo a Unamuno, he creído verme a mí mismo sintiendo y pensando lo mismo que él, haciéndome las mismas preguntas que él y dando las mismas respuestas que él.
Antes de leer "Niebla", y el hermoso pasaje en que Unamuno creyó vivenciar su propia muerte, sintiendo un frío escalofrío que le recorría la espalda, yo ya había experienciado esa misma sensación angustiosa en muchas ocasiones.
Cuando descubrí al filósofo Don Fulgencio, personaje de "Amor y pedagogía", dedicándose a calcular los años que vivieron los pensadores que más admiraba, también me recordé a mí mismo, siendo adolescente, realizando cálculos parecidos.
Cuanto más leía a Unamuno más me veía reflejado en él. Así, caí en la cuenta de que Unamuno no me gustaba porque fuese uno de los filósofos españoles más brillantes, que también, sino porque yo mismo era Unamuno y me enrogullecía de ser Unamuno.
Leer "Del sentimiento trágico de la vida" fue como leerme a mí mismo; significó encontrarme, cara a cara, con mis sempiternos pensamientos existenciales sobre la vida y la muerte.
Sí, sí, dejar huella en la eternidad y un legado para la humanidad es importante, pero más importante es vivir y perdurar, prolongar la ex-sistencia de nuestro ser en el mundo, mal que sea sufriendo y pasando calamidades. Mejor ser que no ser. Siempre se trata de la misma cuestión shakespeariana.
Y fue en su obra magna "Del sentimiento trágico de la vida" donde Unamuno nos habló de los hijos, de su razón de ser, que no es otra que la de permitir que nuestra existencia perdure a través de la de ellos.
Dicha creencia, de perdurar a través de nuestros hijos, no deja de ser un estúpido sentimentalismo, como lo denominara el propio Unamuno. ¿Pero qué le queda al ser humano indigente, que sabe que solo "es para la muerte", mas que consolarse, o autoengañarse, con terapéuticos sentimentalismos?

Justificando autoengaños

Para cualquiera que se obligue a ser mínimamente racional, resulta obvia la falsedad del autoengaño consistente en necesitar creer que nos perpetuaremos a través de nuestros hijos. Cualquier espíritu libre, celoso de la salvaguarda de su particular e individual yo, sabe que al morir no solo dejará de existir su materia corpórea, sino también su conciencia subjetiva, o alma, por decirlo más poéticamente.
La fantasía recurrente de imaginarnos muertos, ya fuere en un paraíso terrenal, o vagando libres por el universo convertidos en alguna suerte de energía, no tendría sentido alguno si no fuera porque dicha existencia postmortem abriría una maravillosa y ansiada posibilidad; la posibilidad de poder ser testigos del devenir vital de nuetros hijos.
¿Quién no se ha imaginado que, tras morir, se convierte en un espíritu etéreo que, desde el más allá, sigue curioso y expectante las vidas de sus descendientes?
A través del autoengaño de la inmortalidad fantaseamos para poder aceptar el tránsito de una existencia activa, en la que somos los protagonistas del drama que es nuestro vivir, a una existencia pasiva donde ya solo podríamos ejercer de meros espectadores.
Una vez muertos ya solo podríamos sentir, vivenciar y experienciar emociones a través de la telenovela que protagonizarían nuestros hijos y nietos y, por qué no, todas las sucesivas generaciones herederas de la "sangre de nuestra propia sangre".
Pero la fantasía o autoengaño también se reafirma a través de una promesa de esperanza; la esperanza de que, en otra vida, podremos reencontrarnos con todos nuestros seres queridos, con nuestros padres y con nuestros hijos.
¿No resulta realmente maravilloso comprobar hasta qué punto nuestra sed de inmortalidad, nos insta a urdir las más fantásticas e imposibles ensoñaciones?

Verdad en el autoengaño.

Sí, los autoengaños son fantásticos y resultan absurdos para las mentes más racionales, pero hay algo de verdad en la necesidad de instarnos a creer que nuestras vidas tendrán sentido en la medida en que estas puedan perdurar a través de las de nuestros hijos.
En toda creencia poética, mística o religiosa, subyace un imperativo vital, orgánico y material, que tiene una verdadera razón de ser; que tiene sentido y significado: el de posibilitar que el género humano perviva. Los individuos podrán morir, pero no así la especie humana. Por esta razón, los hombres, en tanto que padres, se sacrificarán por la especie a través del sacrificio al que se obligan por sus hijos.
El viejo Dios de los judíos entendió que si quería imponer su voluntad sobre los hombres de carne y hueso, estos tendrían que ofrecerle su bien más preciado: los hijos.
Abraham, el hombre domado y civilizado por la antropotécnica de la religión, se doblegó ante las exigencias de su Señor y se dispuso a sacrificar a su hijo en una pira funeraria; se dispuso a sacrificar a la vida misma en aras de rendir culto a una idea, a un sueño, a una locura de la razón humana. Y así, Abraham devino humano, tan humano que se olvidó de comportarse como un hombre de carne y hueso.
Y, sin embargo, los hombres de carne y hueso también aceptan el sacrificio, pero el propio, no el de la sangre de su sangre, no el de la carne que ha de ser promesa de vida y esperanza.
Llegados a cierta edad, quienes tenemos hijos entendemos que nuestro tiempo ya pasó. Los más sesudos psicólogos y psicoanalistas lo llaman la crisis de los 40, que bien podría ser en algunos casos la de los 50 o la de los 60. Comprendemos, al alcanzar estas edades "críticas", que ya hicimos por nosotros todo lo que debíamos o pudimos hacer. Y entonces, resignados, aceptamos que solo cabe seguir luchando por nuestros hijos. Aceptamos el maravilloso autoengaño de seguir viviendo dándolo todo sin esperar nada a cambio. ¿Cabe mayor sacrificio?
Sin embargo, a quienes hemos vivido toda la vida en una constante crisis existencial, no tiene que venirnos ningún "comecocos" a ponernos en orden las seseras, las cuales, por cierto, nunca estuvieron dormidas, sino, al contrario, siempre permanecieron despiertas y expectantes a los dictados del ser.
Las crisis normativizadas (reconocidas socialmente), de tener algún sentido, solo lo tendrían para quienes nunca se preocuparon por la cuestión del ser; servirían de "toque de atención" para quienes vivieron descuidados, ignorando a la de la guadaña, creyéndose dioses inmortales.
¿Pero qué han de decirles a los espíritus libres los curas y bachilleres guardianes de la razón, custodios de las normas y reglas del parque humano, que estos ya no sepan?
Los espíritus libres ya saben perfectamente que han de autoengañarse, sí o sí, pero lo harán de acorde con la verdad vivenciada en sus conciencias, y no conforme a los engaños terapéuticos institucionalizados por vulgares poetas y titiriteros al servicio de la pedagogía social.

miércoles, 25 de enero de 2017

Unamuno y la verdad.


Sostiene Delia Aguiar (ver aquí) que Unamuno abordó el tema de la verdad desde dos perspectivas: ético-moral y ontológica.
Yo creo que, si bien es cierto que la verdad moral también fue analizada y tratada por Unamuno,  la verdad que en realidad le pre-ocupó, es decir, la verdad de la que se "ocupó" reiteradamente, y en la generalidad de su obra, fue la verdad ontológica del ser.

Unamuno, en mi opinión, y como bien señala el Dr. Diego Sánchez en la ponencia mencionada, fue un precursor y un explorador de nuevos caminos para buscar el sentido del ser, es decir, abrió nuevas sendas para hallar la verdad entendida como sentido conciliador entre sujeto y ente social (Dasein y mundo). Yo también creo, como Diego Sánchez, y al contrario que Zambrano, que Unamuno sí fue un auténtico y gran FILÓSOFO (con mayúsculas). Mucho mejor filósofo que poeta.

Unamuno, por ejemplo, a través de sus personajes que tomaban vida en la ficción, abrió el camino para que Zubiri nos descubriera un nuevo modo de ser no existente en el mundo, pero "real" en nuestra conciencia en tanto que manifiesto y actualizado en la misma; es decir, un ser real que es vivenciado y experienciado en la conciencia del sujeto. ¿Acaso no se nos antoja más real, más de carne y hueso, Don Quijote que el propio Miguel de Cervantes?

El Dr. Diego Sánchez esboza una interesante relación entre el pensar unamuniano, desde la luz de la fe, y las propuestas surgidas en la Escuela de Frankfurt, sobre todo a partir de la "Dialéctica de la ilustración" de Adorno y Horkheimer, para pensar la conciliación sujeto-sociedad desde la luz de la obra estética.
Ahora bien, el gran problema de Unamuno era que deseaba creer, y él era  "trágicamente" consciente de su necesidad por creer. Pero no podía creer. He ahí el "trágico sentimiento de vivir" que mostró desnudo en su magnífica "Del sentimiento trágico de la vida".
Es en esta obra, en "Del sentimiento trágico de la vida", donde Unamuno le enmienda la plana a la "voluntad de creer" de William James y también a Pascal y su célebre "apuesta" de creer en Dios. De haber podido, también le hubiese cantado las cuarenta a Adorno y Horkheimer y sus propuestas de conciliación estéticas.
A Unamuno no le servía la verdad pragmática de William James, menos aún la verdad instrumental. Al hecho (acto consciente) de creer en verdades "construidas" y/o consensuadas, convirtiéndolas en medios para lograr determinados fines, lo llamó "autoengaño". Un "autoengaño" nunca puede ser verdad, por más que nos obliguemos a una férrea voluntad de creer en él.
La verdad, de hecho, tan solo es la desocultación (alétheia) del ser. La verdad es la es-sentia del ser desvelada, puesta al descubierto. No vale construir es-sentias que no hayan sido desveladas en y desde el propio ser.

La cuestión que se planteó Unamuno, por tanto, fue:

¿Nos basta, para salvarnos, con creer en una verdad "construida", ya sea construida en la conciencia del sujeto o a través del consenso social? O dicho de otra manera: ¿la vida tiene sentido (verdad desvelada) o tan solo nos autoengañamos construyendo sentidos a "nuestra imagen y semejanza" y/o según nuestras necesidades vitales y espirituales?

Hoy, el tiempo le ha dado la razón a Unamuno. Vivimos en una época de "autoengaños", en una época que ya ha desenmascarado los falsos sentidos construidos por la "razón ilustrada" a lo largo de la historia; en una época, en definitiva, que ahora se obliga a aferrarse a una nueva "razón cínica" (Peter Sloterdijk).
De hecho, también Unamuno se anticipó con su "San Manuel Bueno, mártir" a la demoledora "Critica de la razón cínica" de Peter Sloterdijk. ¿Qué es, sino un cínico, consciente de serlo y atormentado por ello, el "buen" párroco de Unamuno que se obliga a "autoengañarse" para, así, mantener a sus feligreses en el feliz engaño de la salvación?

Unamuno es tajante: si no hay verdad no hay sentido (es-sentia). Pero si no hay sentido que dote de significado al ser (la vida humana)  tampoco vale hacer trampas y construir sentidos (autoengaños) a la carta, según gustos particulares e intereses de "partes de" la humanidad.

¿Cómo podemos superar el "autoengaño"? ¿Cómo podemos vivir y tener esperanzas de salvación sabiendo que todo sentido (verdad) no es mas que una burda construcción de nuestra razón para aliviar nuestro "sentimiento trágico de vivir?
"Sin salvación", reza el título de un magnífico ensayo de Peter Sloterdijk que va "tras las huellas de Heidegger". No hay salvación, pero debemos tener voluntad de creer en ella.
Así, Peter Sloterdijk retoma y hace suyo el drama unamuniano y le "da la vuelta" aceptando el "autoengaño" como necesario y terapéutico.
Peter Sloterdijk rescatará la "voluntad de creer" de William James. En realidad, aceptará el filósofo alemán, al ser humano solo le queda esto: voluntad, o como dijera Camus , solo le queda la necesidad de filosofar, al cabo crear, para rehuir del suicidio.

La nueva apuesta estética de Peter Sloterdijk optará por una salvación del ser (dasein)  a través de la creación. Y aceptará los autoengaños de nuestra conciencia, construcciones de sentidos y verdades "a la carta" para cada consumidor, como una suerte de necesaria autohipnosis terapéutica (autoengaño unamuniano).
¿Unamuno hubiese aceptado esta propuesta?
Si Sloterdijk considera la autohipnosis (autoengaño de la conciencia) como un valor positivo que nos insta a creer en la salvación, también el párroco Manuel Bueno consideró positivo dicho autoengaño.
¿Pero era realmente Manuel Bueno el "alter ego" de Unamuno en la ficción, o tan solo era una posibilidad o antítesis de lo que creía y sentía el verdadero Unamuno?

domingo, 4 de diciembre de 2016

El saber y la verdad (parte I).

Introducción.

Últimamente he reflexionado mucho sobre el aforismo de Nietzsche que nos alerta sobre la última trampa de la moral: el conocimiento por el conocimiento.
Me he dado cuenta de que a lo largo de mi vida he perdido mucho tiempo en leer y aprender cosas de escasa utilidad; creo, realmente, que poseo conocimientos que no me sirven para nada. La mayoría de tales conocimientos los adquirí a través de una formación reglada poco orientada a la praxis, pero ebria de ese platonismo trasnochado que  hiciera creer al ser humano que en el saber se hallaba la máxima "virtud". En mi familia, por ejemplo, siempre se nos decía, a mis hermanos y a mí, que "el saber no ocupaba lugar". ¡Cómo que no ocupaba lugar! Peor aún, saber me "ocupó tiempo" y se bebió mi vida misma (ma non troppo, afortunadamente); el tiempo invertido en "saber" redujo las posibilidades de experimentar y de sentir. En definitiva, el exceso de saber por el saber me impidió ser, al menos más de lo que hubiese podido llegar a ser.
Afortunadamente, siempre, desde muy joven, presentí cierta insania en el hecho de permanecer excesivo tiempo recluido en una habitación, o en una biblioteca, "leyendo libros y viendo pasar la vida". Gracias a ese presentimiento o intuición (llámesele como cada cual prefiera) de estar siendo engañado y estafado vitalmente, me obligué a cumplir con mis deberes y obligaciones (estudios) pero sin renunciar al imperativo de vivir y explorar el mundo, aunque fuese desde las escasas posibilidades que me permitía la humilde condición socio-económica de mi familia.

El dilema

¿Qué hacer cuando intuyes que toda la pedagogía social tiene como único fin implantar en los hombres un programa de vida alieno a la auténtica razón de ser de cada individuo? ¿Qué podemos hacer cuando somos conscientes de ser víctimas de una estafa vital pre-programada y bien orquestada?
Solo podemos aprender a hacer malabarismos existenciales y, sobre todo, aprender a jugar sin miedo ni esperanza.
El juego, desde luego, no puede ser otro mas que el "deporte de filosofar" (Ortega); el único juego vital que, como el libro gordo de Petete, te enseña y te entretiene; te enseña a poder llegar a ser tú mismo y te entretiene por el camino que es la vida para evitar ser seducido por Thanatos.

Un saber para cada verdad.

Siguiendo la clasificación propuesta por Kant, podríamos diferenciar tres saberes que se corresponderían con tres necesidades vitales: conocer, decidir y preferir.

1) Saber teórico: Kant dio cuenta de él en su "Crítica de la razón pura". Este saber saciaría la necesidad, tan humana, de conocer las leyes del mundo a través de la ciencia. Su pragmatismo es evidente: cuanto más conozcamos nuestro entorno y las leyes que lo rigen, mejor garantizaremos nuestra supervivencia. Está orientado al conocimiento o verdad que puede ser comprobable.

2) Saber ético o moral: Kant se refirió al mismo en su "Crítica de la razón práctica"; el conocimiento necesario para saber qué decidir, es decir, para saber elegir de entre las posibilidades vitales que se nos abren a la hora de relacionarnos con el mundo y con los demás. ¿Cómo debemos conducirnos con el prójimo? ¿Por qué hacerlo de una determinada manera? Es un saber tan pragmático que, sin él, sería imposible articular y vertebrar las sociedades humanas. Está orientado a la búsqueda de la verdad moral.

3) Saber estético: Kant trató sobre él en su "Crítica del juicio". Conocer sobre gustos y preferencias y decidir qué es la verdad de la belleza. También es sumamente pragmático, aunque no lo parezca, pues de los gustos estéticos se derivarán (tal es mi tesis) las decisiones ético-morales.

El saber olvidado.

Como ya señalé, con Platón dio comienzo una nueva era para Occidente y para la humanidad: la búsqueda del conocimiento por el conocimiento, es decir, convertir en la más elevada virtud el obligarnos a conocer la verdad. ¿Pero qué verdad?
Platón se obcecó en hallar una verdad óntica (sobre las cosas) diferenciando el mundo suprasensible (de las ideas) del mundo sensible o terrenal. Así, desde Platón, la filosofía Occidental se enfrascó en la búsqueda de las tres grandes verdades que consideraron necesarias para satisfacer la sed de saber de los hombres: la verdad de la razón, la verdad moral y la verdad estética.
¿Y qué pasó con la verdad del ser?
Tuvo que llegar Heidegger, y rescatar las filosofías de Heráclito y Parménides, para que Occidente se pusiera las pilas y volviese a recuperar el saber olvidado: la verdad ontológica sobre la cuestión del ser.

¿Acaso, antes de Heidegger, Occidente no consideró necesario (pragmático) preguntarse por el sentido de la vida, la esencia o verdad de lo ente?
Tan solo la escolástica, siguiendo la metafísica de Aristóteles, mostró interés y preocupación por la cuestión del ser, pero la civilización Occidental, a partir de la Modernidad (aparición del endiosado humanismo) se olvidó del ser como verdad, es decir, se olvidó de la pregunta radical y más urgente: ¿para qué y por qué es/está el hombre en el mundo?

Aristóteles se refirió al ser categorial, es decir, al ser en tanto que ente definido por un conjunto de cualidades. La Escolástica, por su parte, prácticamente redujo la pregunta por el ser a la pregunta por Dios. Pero Dios tan solo es una posibilidad más que la realidad abierta nos ofrece para hallar la verdad del ser. La verdad del ser no tiene por qué estar en un Dios supremo.
Heidegger se propuso la ardua tarea de pensar y reflexionar sobre la cuestión del ser desde una nueva perspectiva fenomenológica (prescindiendo de la existencia apriorística de Dios). Pero fue incluso más lejos: no solo prescindió de la idea a priori de Dios, sino que consideró que la vida o existencia era un ser-ahí (Dasein) o realidad abierta (Zubiri) que posibilitaba la pregunta por el ser.
Tenemos certeza de que el hombre es un modo del Dasein (ser-ahí) que tiene la capacidad de preguntarse por el ser: ¿por qué hay algo en vez de nada?, pero no podemos saber si quizás otros Dasein, organismos vivos terrestres y/o extraterrestres, podrían preguntarse también por la realidad que les envuelve.
Al no tener certeza de que otros Dasein pudiesen preguntarse también por el ser, Heidegger, como antes hiciera Kant con la posibilidad de Dios, decide obviar tales posibilidades o modos de ser de su analítica existencial, la cual girará en torno al Dasein en su modo de ser-hombre.
Pero Heidegger se cuidó mucho de que su metafísica existencial no fuese un "humanismo", distanciándose, así, del cristianismo, el marxismo y el existencialismo sartriano. Heidegger consideró al hombre como un "pastor del ser"; como un cuidador del ser en tanto que preocupado por el ser.
El humanismo, sin embargo, se despreocupó del ser en la medida que erigió al hombre en dios; en la medida que el hombre fue endiosado y convertido en esencia de sí mismo.

El tema de la esencia.

El hombre es un ser enfermo, decía Unamuno, porque está "infectado" de lo que el pensador vasco dio en llamar "el sentimiento trágico de vivir".
¿Pero por qué padece el ser humano esta "enfermedad de la existencia" por el mero hecho de estar vivo?
Pues porque el hombre, en tanto que ser-ahí vivo y arrojado al ex-sistere, quiere saber, desea saber lo que le resulta imposible saber: ¿por qué es (existe)? ¿Para qué, qué sentido tiene su existir? Y es la imposibilidad de hallar las respuestas a estas preguntas radicales (sobre el ser) la que le genera angustia existencial, la que convierte su vida en drama (Ortega).
Podemos vivir obligándonos a responder estas cuestiones ontológicas, llevando una vida auténtica (meditativa y reflexiva) o podemos obviar estas cuestiones, como hiciera Kant y la generalidad de Occidente a partir de la Modernidad. La posmodernidad significó, de hecho, el casi completo olvido por la cuestión del ser. De ahí que, en el parecer de Heidegger, la posmodernidad supusiera una alienación (pérdida de razón o sentido de vivir) para los hombres, pues estos, inmersos en la vida inauténtica del Dasman, se olvidaron del ser.
Obsérvese cómo Heidegger llegó a la misma conclusión que el materialismo dialéctico marxista: el ser humano es un ser alienado que ha sido cosificado (reificado); es decir, que ha sido sacrificado como medio (objeto) a través del cual cumplir con el fin último de la sociedad posmoderna.
¿Cómo liberar, entonces, al hombre de su vida inauténtica y alienada (carente de sentido)?

El cristianismo aceptó el sufrimiento y el sacrificio terrenal de los hombres, pues la liberación de estos solo sería factible en la otra vida (tras la muerte). Así pues, el cristianismo no liberó a los hombres de su alienación terrenal, sino que, al contrario, justificó dicho sometimiento al dominio del ente social a través de la creencia en una es-sentia espiritual a priori: el alma. Será el alma del hombre la que se libere, y no el hombre de carne y hueso propiamente dicho.
Lo que hará el marxismo, y por ende el existencialismo sartriano y humanista, será invertir el orden entre esencia y existencia.
Sartre, contundente, proclamará que "la existencia precede a la esencia", es decir, primero somos, nacemos y somos arrojados al mundo desnudos de esencia espiritual apriorística, y solo durante el devenir vital, a través de nuestros actos, construiremos nuestra propia esencia, encontraremos el sentido de nuestras vidas.
Heidegger romperá con este dualismo enfrentado de cristianismo vs marxismo, y sostendrá que ni la esencia precede a la existencia, ni la existencia precede a la esencia. En el parecer de Heidegger la esencia coincide con la existencia. El único sentido de la existencia es existir. Este, en el parecer de Heidegger, será el único sentido que constituya en sí mismo una verdad radical. De esta manera, Heidegger se retrotrae a pensadores clásicos como Escoto ("todo lo que es se opone  a lo que no es") o Spinoza ("lo inherente al ser es perdurar en el tiempo") y, al tiempo, Heidegger desenmascara los sentidos construidos por marxistas y humanistas como particularistas interpretaciones del mundo (cosmovisiones).
Así  pues, podríamos concluir que tanto el marxismo como el humanismo siguieron la huella de la verdad judeocristiana, pues ambos fueron constructores de sentidos, igual que el Dios cristiano, con la única diferencia de que ellos negaron un sentido a priori, ya inserto en el alma humana. Lo único que hicieron fue ocupar el lugar del Dios cristiano para decidir ellos (desde sus respectivas cosmovisiones particularistas) qué era lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, arrogándose ser los únicos poseedores de la verdad.
A esta posesión de la verdad, o creencia en la interpretación marxista-humanista del mundo, la llamaron conciencia verdadera.

¿Cómo legitimar una conciencia verdadera o cómo legitimar un sentido o razón de ser?

Tanto Marx como Heidegger fueron grandes conocedores de la filosofía hegeliana, y ambos hicieron suya la tesis de Hegel sobre el movimiento dialéctico de la conciencia.
Decía Hegel: de la lucha, que tiene lugar simultáneamente en el sujeto, entre la conciencia óntica (representación del objeto) y la conciencia pre-ontológica ( objeto en relación con su esencia), surge un nuevo objeto que será la experiencia, es decir, el Ser meditado.
La experiencia quedaba definida así: como el Ser meditado o verdadero objeto de la conciencia; lo que está presente y manifiesto; aquello que surge de la lucha dialéctica entre conciencias.

De esta manera, la experiencia da lugar a un modo de ser que será real y verdadero, aunque no exista (sea ahí-en el mundo). Así, la verdad (sentido o significado del ser) se hallará o construirá (yo no encuentro diferencia sustancial entre ambas vías de conocimiento) tras la oportuna meditación y reflexión sobre la realidad y el mundo, la vida y el hombre.
Y, de lo que no cabe duda, es que tanto Marx como Heidegger reflexionaron sobre el mundo y el hombre; el primero a través de un materialismo dialéctico e histórico y el segundo a través de un existencialismo fenomenológico. Los dos reflexionaron, ergo los dos, inevitablemente, interpretaron el mundo y la realidad, y no solo a través de hechos históricos (Marx) o fenómenos existenciales (Heidegger) sino también desde conceptos apriorísticos y/o prejuicios inherentes a sus respectivas conciencias.
¿Con cuál de las dos interpretaciones (cosmovisiones del mundo) nos quedamos? ¿Puede alguna de dichas interpretaciones ser la única verdadera con carácter absoluto y universal?
Marx, ebrio de cínica prepotencia, defendió su cosmovisión marxista como la única CONCIENCIA VERDADERA porque, según él, así nos la mostraba el método del materialismo histórico; un método objetivo y científico y, por tanto, no cuestionable.
Pretendía Marx legitimar su verdad como la única buena y justa, y, por tanto, también como verdad universal, porque su vía materialista evitaba cualquier atisbo de subjetivismo (prejuicios apriorísticos presentes en la conciencia subjetiva del individuo). Eso decía él.
Pero su propio materialismo dialéctico, que conducía a la verdad del socialismo, también permitía otras interpretaciones de la realidad que abrían las posibilidades de otras cosmovisiones, tales como la comunista o la anarquista.

Las "otras" verdades, la del anarquismo sobre todo, negaban la verdad absoluta y universal del socialismo. Y esto bien supo verlo Marx desde el principio, que arremetió inmisericorde contra Bakunin, sabedor de que solo una conciencia debía erigirse como ÚNICA VERDADERA si pretendía autoproclamarse universal; es decir, si pretendía convertirse en razón ilustrada domadora y domesticadora de la humanidad. Por eso el marxismo es un humanismo, porque como toda razón ilustrada, que dice aspirar a "liberar" a la humanidad, no puede evitar, paradójicamente, convertirse en antropoctécnica civilizadora (domesticadora).
Y civilizar supone "desembrutecer" al hombre, alejarle de la barbarie de la naturaleza; supone, en definitiva, dotar a la humanidad (al parque humano que diría Sloterdijk) de normas y reglas a través de las cuales garantizar su autoconservación. Y cualquier sistema social normativizado, articulado a través de reglas y leyes, por fuer ha de ser COACTIVO, para limitar, cuando no reprimir, la libertad absoluta del individuo.

¿Y qué hizo Heidegger cuando, sagazmente, desenmascaró la prepotencia que subyacía, latente y oculta, en el "nuevo humanismo" marxista?
Heidegger vio que no había salida a la paradoja intrínseca al propio humanismo; es decir, vio que el hecho de que el humanismo fuese, al tiempo, liberador y dominador constituía en sí mismo una aporía insalvable.
¿Podrá salvarse el humanismo de sí mismo?




martes, 8 de noviembre de 2016

Las tres edades de la razón (parte II)

Recapitulación.

Decía en mi anterior entrada, "Las tres edades de la razón", que la razón misma, a través de la autocrítica a lo largo de la historia, ha sido la encargada de aprobarse o autocorregirse, de tal manera que lo que en una época podía considerarse verdad (racional) en otro momento histórico podía considerarse falso e irracional.

Así, en cada momento histórico ha dominado (se ha impuesto) un tipo o clase de razón acorde con la realidad de su tiempo; una razón que ha evolucionado y cambiado adaptándose a los deseos y el sentir de un determinado Dasein histórico.

Dialéctica de la razón.

Podríamos decir, resumidamente, que el proceso dialéctico a través del cual la razón ilustrada se ha impuesto históricamente a las masas ha sido el siguiente:

1) Desocultación, hallazgo o construcción de una verdad a cargo de un pastor del ser; es decir, a partir de la reflexión meditativa y expectante de un individuo excelente (sabio) o genio.

2) Aceptación social de dicha verdad, lo que implicaría legitimar las creencia y los sentidos (significados) derivados de dicha verdad incorporándolos al sentir y las creencias colectivas.

3) Elaboración de una cosmovisión (interpretación del mundo) a cargo del Dasein histórico (ser colectivo) a partir de las verdades reveladas, halladas y/o construidas.

4) Imposición de la cosmovisión y/o del programa de vida a todos los individuos de una sociedad, a través del poder coactivo (Derecho) que aplica el Dasein histórico a través de cualquiera de sus configuraciones históricas: clan, tribu, nación, imperio y civilización.

Dicho proceso dialéctico es constante a lo largo de la historia y resulta invariable, pues lo único que muta o se transforma es la razón misma, dependiendo de la vía racional encargada de legitimarla.
Si la razón se legitima a través de la revelación (escrituras sagradas) hablamos de vía teológica y de razón religiosa, si se justifica a través de la reflexión meditativa de un pastor del ser podemos hablar de vía pastoral o razón ontológica; y si la razón es construida (mediante consenso social) a través del positivismo hablaremos de razón lógico-cientifista. También podríamos referirnos a la vía estética, la creación artística, que daría lugar a una razón estética. Pero a mí, personalmente, se me antoja una vía interpretativa muy parecida a la vía mística o criptobudista que conformaría, junto a estas, lo que podríamos llamar razón poética.

Vemos, por tanto, que la razón puede recibir diferentes nombres dependiendo de la vía que la legitime y/o justifique. Pero insistamos de nuevo en señalar: todas estas vías son racionales, pues todas son producto de la razón (inteligencia) del ser humano.

Para poder aseverar, pongamos por caso, que la vía teológica es irracional deberemos de desenmascarar, descubrir y/o desvelar las mentiras y falacias que subyacen en los argumentos que la legitiman; pero, sobre todo, deberemos demostrar que dicha verdad o razón religiosa ha dejado de ser funcional (instrumental) y ya no sirve a los intereses de dominio y autoconservación del Dasein histórico. No bastará, por tanto, con desacreditarla y deslegitimarla, sino que habrá que postular una nueva razón alternativa en su lugar. Esta será la misión de la autocrítica que la razón ejerce sobre sí misma.
Dicho en román paladino: una verdad o conciencia auténtica solo puede ser superada (desenmascarada históricamente) si se articula una nueva conciencia que ocupe su lugar. El calificativo de irracional no tiene sentido en sí mismo, pues no es que la vía criticada en un período histórico concreto no sea racional, sino que es sustituida por otra vía más racional; por otra que argumente y justifique mejor "su" verdad.
Cada autocrítica supone un avance hacia una racionalidad que se supone más justa para la generalidad de la humanidad, pero, al tiempo, deja al descubierto una terrible verdad: si lo que era verdad y racional en un momento histórico deja de serlo en otro, también lo que otrora se consideraba justo podría pasar a ser injusto; es decir, se diluye la universalidad de la moral.
Así, la autocrítica constante que la razón ejerce sobre sí misma la conduce, inevitablemente, hacia el relativismo; hacia el relativismo de la verdad y el relativismo moral. ¿Y hacia dónde puede conducirnos el relativismo? ¿El relativismo imperante en las actuales sociedades nos obligará a buscar una superación del mismo, por tal de salvarnos, o ya no hay solución para el ser humano?

¿Se autodestruirá a sí mismo el ser humano?

Formularé la pregunta de otra manera: ¿el fin último de la historia ha de culminar con la autodestrucción de la razón (humanismo ilustrado) o, por el contrario, la razón se salvará pudiendo, así, salvar también al ser humano?
Para responder a estas preguntas deberemos, primero, entender cómo ha funcionado la dialéctica de la razón (arriba descrita) a lo largo de la historia; es decir, deberemos comprender cómo la autocrítica cuestionó y moldeó la razón a lo largo de sus tres edades o tres etapas evolutivas.

PRIMERA EDAD DE LA RAZÓN (razón señorial-prepotente).

Igual que en el período evolutivo de la infancia de los hombres, la edad más temprana de la razón se corresponde con un marcado carácter prepotente y señorial.
Así, como los niños egocéntricos y exigentes, la razón ilustrada primera, surgida en las primigenias comunidades y colectivos humanos, se mostró dogmática e inflexible en la aplicación de la coacción social. Los pastores del ser, como el brujo de nuestro pedagógico cuento, descubrieron que para garantizar la supervivencia (autoconservación) del colectivo (clan o tribu) debían dominar a la naturaleza, es decir, debían controlarla y predecir sus efectos para poder salvarse de las adversidades de la existencia: inclemencias climáticas, animales salvajes, falta de comida...
Pero para dominar la naturaleza era preciso el concurso de todos los miembros del clan, ergo también se hizo necesario dominar a los individuos, para que estos reprimieran sus apetitos más individualistas (egoístas) y se sacrificaran por el bien común colectivo.
Pronto, la razón ilustrada de las élites y los grupos de poder entendieron que era necesario aplicar una férrea coacción que obligara a los miembros de un colectivo a sacrificarse por la comunidad (ente social). La paradoja, subyacente en tal proceder, es que los individuos deberían sacrificarse por el bien común y subyugarse al poder del grupo dominante, precisamente para garantizar su autoconservación; es decir, debían aceptar sus roles dentro de la sociedad para permitir la articulación de una división del trabajo eficaz que garantizara la supervivencia de ellos y la de sus familias.
Al principio, mientras el grupo social era reducido y existía una relación de cercanía entre todos sus miembros, resultó relativamente fácil imponer una jerarquía representada por un líder que, las más de las veces, imponía su dominio a través de la fuerza, la represión y la inflexible coacción (castigos) a los demás individuos. Pero a medida que crecían los colectivos humanos, el líder, además de valerse de su propia fuerza, también tuvo que rodearse de guardias personales y ejércitos para mantenerse en el poder. Descubrió, así, que el mejor binomio para dominar (criar y domesticar al ganado humano) era la combinación perfecta de miedo y coacción.
Así, la inteligencia de los primeros hombres y a través de la razón ilustrada (de un grupo de elegidos)se orientó hacia la OPERATIVIDAD, utilizando una razón instrumental, despótica y señorial, para garantizar el dominio y la autoconservación de los grupos humanos: las fuerzas de la naturaleza fueron convertidas en dioses a los que se les debía sacrificio y obediencia a través de repetitivos rituales y ceremonias. Pronto, sin embargo, aparecerían los dioses antropoformos, ideados a imagen y semejanza de los seres humanos, debido al trabajo incesante de la razón prepotente por tal de autoconservarse a sí misma y, así,  garantizar también la autoconservacion del grupo.
Obsérvese, cómo ya, en la primera infancia o edad más temprana de la razón, ya subyacía el germen del cinismo prepotente y señorial; ese cinismo que será una constante a lo largo de la historia, pero que se autolegitimará de diferentes maneras y a través de diferentes argumentos, por tal de reivindicarse a sí mismo como necesario. En la frase de nuestro refranero popular español encontramos expresiones que desenmascaran dicho cinismo inherente a la prepotencia señorial: "quien bien te quiere te hará sufrir". Y aún hoy, en sociedades donde la razón todavía se haya en una edad temprana (véase Islam) se autolegitima y justifica el dolor y el castigo físico como medios para "beneficiar" al individuo que es castigado, por su propio bien y porque así lo justifica una instancia divina superior (Alá).


SEGUNDA EDAD DE LA RAZÓN (razón instrumental-pragmática).

Con el paso del tiempo, las sociedades occidentales, sobre todo, fueron diluyendo su celo de Dios, es decir, a través de una autocrítica constante (reformas, contrarreformas y concilios religiosos) relajaron y suavizaron la coacción sobre el individuo a través de la razón teológica. El Islam no.
Sin embargo, la mayoría de edad de la razón ilustrada occidental llegaría, definitivamente, con Kant.
Kant dictaminó, a través de su crítica a la razón pura, qué podía conocerse como certeza a través del entendimiento (intelecto) humano, y qué conocimientos eran inaccesibles a la razón misma.
Kant concluyó en su "Crítica de la razón pura" que la realidad de Dios no podía demostrarse ni negarse a través de la razón, es decir, no se podía acceder a Dios a través de vías empíricas. Por tanto, al tiempo que proclamó que el tema de Dios no era "asunto" que competiera a la razón, indirectamente relegó la actividad racional de los hombres a una utilidad más mundana, es decir, legitimó a la razón como instrumento útil para demostrar la verdad. Y la verdad que podía conocerse era aquella que solo podía demostrarse a través del empirismo y su método científico.
Había nacido una nueva razón pragmática, tan orgullosa y prepotente como su predecesora razón señorial, pues si la primera razón subyugó a los hombres a través de la fuerza coactiva, ahora los hombres quedarían igualmente subyugados por la pérdida de su esencia espiritual.
Kant fue el primer pastor del ser (pensador sabio) en olvidarse de la cuestión del ser; fue el primero, de entre otros muchos pastores que le seguirían, en claudicar y en considerar como vano todo esfuerzo destinado a preguntarse por aquello que no podía conocerse a través de la razón o empíricamente.
El legado ilustrado de Kant se hizo finalmente operativo, es decir, se materializó como realidad en la praxis histórica, mediante el concurso de los ilustrados franceses que, guillotina mediante, acabaron por certificar la mayoría de edad de la razón, que pasaba de ser prepotente y señorial a ser razón instrumental. Ahora ya quedaba muy claro, más si cabía desde Kant y el emancipador liberalismo nacido en Inglaterra,  que la vía teológica había sido totalmente desenmascarada como irracional; aunque mejor sería decir que dicha vía religiosa fue más bien decapitada; decapitada por el nuevo instrumento de la razón (la guillotina) que a todos los hombres habría de hacer iguales por el dictamen todopoderoso de una nueva religión laica.
Y es que, en el mismo proceder tan "humanista", a través del terrible instrumento de castigo y coacción que fue la guillotina, ya pudo "intuirse" el nacimiento de una nueva prepotencia señorial que lo único que hizo fue sustituir la conciencia verdadera de una razón (teológica) por la conciencia verdadera de otra razón (técnica y científica). La nueva razón, para autolegitimarse, no dudó en calificar a su predecesora como irracional, es decir, le acusó de ser absurda y anacrónica, la culpó de ser una razón superada por el Dasein histórico.

TERCERA EDAD DE LA RAZÓN (razón cínica-hipócrita)

La psicología evolutiva estudia la madurez de los seres humanos mediante sucesivas etapas o estadios que implican adquirir determinadas habilidades y conocimientos a través del desarrollo, en paralelo, de determinadas funciones cognitivas y emocionales.
Piaget propuso cuatro estadios evolutivos para entender el crecimiento (cognitivo, emocional y moral) del hombre, que se corresponderían con cuatro vías de conocimiento:

1) Sensoriomotriz...................................conocimiento activo
2) Preoperacional....................................conocimiento intuitivo
3) Operacional concreto..........................conocimiento práctico
4) Operacional formal.............................conocimiento reflexivo.

Si nos fijamos, el niño comienza a ser OPERATIVO haciendo uso de un conocimiento intuitivo (preoperacional en realidad) que se correspondería con la edad primera de la razón; es decir, con una razón prepotente y señorial que comienza a aprender cómo dominar la naturaleza (el entorno físico) para garantizar su autoconservación.
De la misma manera que el niño evoluciona y alcanza un estadio operacional concreto, pragmático y orientado al estudio y observación de los fenómenos, así evolucionó la razón prepotente hasta devenir razón instrumental pragmática (técnica y científica).
Finalmente, el niño, a partir de los 11 o 12 años, será capaz de realizar operaciones formales, es decir, será capar de reflexionar sobre su ser y su entorno; será capaz de analizar metacognitivamente su existencia.

Pues bien, la tercera edad de la razón llegará con la senectud del Dasein histórico, es decir cuando la razón humana, además de ejercer de instrumento para investigar y sistematizar la realidad (dominarla y conservarla), comprende que debe reflexionar sobre sí misma y sobre sus fines últimos.
Podríamos considerar al marxismo como la primera teoría surgida de lo que podríamos denominar una razón cínica.
¿Pero qué es la razón cínica?
Es la razón que se autolegitima a sí misma como la más buena y justa, con validez universal, siendo consciente, al tiempo, de que en realidad es una razón particular más.

Es cierto que toda razón anterior, tanto prepotente como pragmática, contó con sus guardianes cínicos; individuos que, incluso sospechando que obraban de mala fe, se obligaron a defender "su" verdad con celo dogmático.
Uno de los guardianes más cínicos de la literatura española sería el personaje de "San Manuel Bueno, mártir", el párroco que se obligaba a "creer" en Dios, no porque realmente creyese con verdadera fe, sino porque veía en la fe (razón teológica) un instrumento para aliviar la angustia de los hombres.
Unamuno describió perfectamente, a través de su pequeña novela, el proceder de la razón que ya no cree en la verdad revelada (divina) pero se obliga a preservarla de manera instrumental para lograr la consecución de un fin último loable: librar a los seres humanos de la angustia.

Marx, como el párroco de Unamuno, fue consciente en todo momento de la gran mentira que era el marxismo; pero se obligó a justificarlo porque creía, firmemente, que solo en una sociedad donde triunfase el socialismo el ser humano sería liberado de sus sufrimientos.
Desde el celo dogmático y prepotente que demostró Marx, al proclamar "su verdad" como la única verdad universal (única conciencia verdadera), resultó inevitable que el bienintencionado socialismo se tornara prepotente y señorial; es decir, los bolcheviques guardianes de la cínica razón marxista actuaron como los prepotentes señores feudales que defendieron "su" verdad señorial, como los inquisidores que preservaron "su" verdad en Dios, como los jacobinos que proclamaron a golpe de guillotina "su" verdad en la diosa razón, o como los malvados burgueses que, a través del poder económico, impusieron "su" razón instrumental de la técnica y la ciencia.

Desenmascarar las falacias y el celo dogmático inherente al marxismo (bolchevismo) costó tantas vidas como desenmascarar el celo religioso de la razón teológica (inquisidor), el celo laico de la razón ilustrada (jacobino) o el celo científico de la razón instrumental (capitalista). En todas las edades de la razón convivieron los ilustrados que fueron fervientes creyentes junto a los grandes impostores cínicos que fueron conscientes en todo momento de la instrumentalización que se hacía de la verdad (razón) en aras de lograr fines últimos suprematistas.

Pero el SXX, con sus dos grandes guerras mundiales, el horror de los campos de exterminio (Hitler, Stalin, Pol Pot, Mao...) y la barbarie de las bombas nucleares lanzadas en Hiroshima y Nagasaki, acabó definitivamente con cualquier rasgo de humanismo cándido.
Y la muerte del humanismo cándido, como antes la muerte de Dios, significó la desaparición de los últimos ilustrados que, además, fuesen fervientes creyentes: ya nadie podía creer en nada, porque nada tenía sentido. El humanismo (razón ilustrada) había dejado patente su gran capacidad para destruirse a sí mismo, y con él al ser humano.
La razón, a partir de entonces, ya solo podría ser cínica; pues ya solo se autolegitimaría desde el reconocimiento de su razón de ser particular, aunque ante las masas todavía se obligase, hipócritamente, a proclamarse como verdad o razón de ser universal.

Continuará...