Mostrando entradas con la etiqueta Fichte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fichte. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de mayo de 2021

PSICOSOFÍA (nueva propuesta analítica)


INTRODUCCIÓN
No nos engañemos, cuando una parte importante de la ciudadanía de nuestro país desprecia o infravalora el hecho serio de ser español, o ningunea la importancia de sus símbolos patrios (pongamos por caso la bandera), resulta evidente que en dicha actitud subyace un desapego afectivo; un distanciamiento (falta de identificación) entre el Yo (biogenético) del ciudadano y su mundo circundante (lugar de nacimiento en este caso).
El origen de la desafección de muchos españoles hacia su nación habría de buscarse, sin duda, en la clase de persona que es cada individuo; es decir, en la biogenética de su Yo. Ni la historia común ni las circunstancias particulares de cada sujeto explicarían, por sí solas, la génesis de sentimientos y emociones a favor o en contra de determinados apegos ; ni explicarían tampoco la adhesión a determinadas ideas y/o creencias. Existen factores biogenéticos a priori (psicológicos y biológicos) que, al modo de los conceptos puros kantianos (espacio y tiempo) son necesarios para hacer posible el conocimiento y la generación de emociones y sentimientos.
Por supuesto, las circunstancias históricas y personales (familiares y sociales) también moldearán las preferencias y gustos estéticos, a la postre también ético-morales. Pero, insisto, el carácter (perfil psicológico) del individuo tendrá un peso más que relevante a la hora de desarrollar "apegos afectivos".
DIALÉCTICA DEL YO
En unas circunstancias ambientales asépticas, donde la superestructura (cultura, medios de información y educación) no estuviese bajo el dominio y control de una determinada ideología, cada individuo, impelido por su Yo (creencias, sentimientos y motivaciones), optaría libremente por "hacer suyo" aquel credo religioso y/o político que fuese más afín a su particular modo de ser.
Pero nuestro Yo, libertad en acción en términos fichteanos, no es un "absoluto", sino un absoluto-relativo en constante pugna dialéctica entre el sujeto y el objeto; entre nuestro Yo y sus circunstancias, entre Dasein y mundo; entre ser-en-sí y ser-ahí en/con "lo otro". Nuestro Yo está en eterno conflicto consigo mismo y con "lo otro" (objetos en el mundo) y, por tanto, es también una Idea en constante construcción. De hecho, el Yo es un constructo inexistente, una idea hipostasiada carente de materialidad corpórea, pero que supone en sí mismo un modo de materialidad (M3 en la ontología General de Gustavo Bueno) necesaria para poder operar en y con el mundo.
El psicoanálisis consideró una dialéctica del Yo cuyo funcionamiento, en mi opinión, es análogo a la dinámica de la conciencia o fenomenología del espíritu hegeliano.
LAS DOS ESPAÑAS (y los dos Machado)
En los albores de la Guerra Civil española comenzó a recrudecerse la dialéctica entre dos conciencias antagónicas (burguesa y proletaria). Pero entonces, y a pesar de lo explicado por Marx en "El manifiesto comunista", la superestructura burguesa-capitalista no disponía de la fuerza adoctrinadora y manipuladora que hoy, por ejemplo, ostenta el populismo socialcomunista; es decir, sí existía una verdad institucionalizada al servicio de los intereses de una clase social: la conciencia burguesa. Pero dicha conciencia se preservaba más a través de la coacción operativa del Estado que por la existencia de una conciencia espiritual colectiva. No existía una "conciencia de clase burguesa", porque no existía una superestructura adoctrinadora de masas orientada a crear entre la ciudadanía una conciencia de clase burguesa.
Dicha superestructura burguesa daba por hecho que su verdad no podía cuestionarse, hasta que, por supuesto, apareció el marxismo postulando la supremacía de una nueva conciencia proletaria que reivindica su derecho a ser; su derecho a consumarse operativamente como nueva posibilidad del Ser. De manera parecida, nadie se cuestionaba el hecho de ser hombre o mujer hasta que apareció la conciencia de la ideología LGTBI; y ningún hombre se cuestionaba si era realmente un machista violador al servicio del heteropatriarcado hasta que el femimarxismo construyó "su verdad" de odio y resentimiento para, así, cosificar y culpar al varón de las injusticias existenciales (por cierto, ¿qué es justo o injusto?).
La ciudadanía española de entonces, en su mayoría analfabeta y, por tanto, ajena a los efectos adoctrinadores de escuelas y medios de comunicación (revistas y diarios de la época), carecía de "conciencia de clase", no era de derechas ni de izquierdas. Fue, por tanto, la élite ilustrada del momento, formada y con acceso a medios de información, la que se posicionó a favor o en contra de una u otra conciencia; a favor de una u otra España (la nacional vs la roja); y lo hizo en función de la idiosincrasia de su particular Yo, sus sentimientos, voliciones y motivaciones, jamás convencida por las bondades de los argumentos y fundamentos de las diferentes ideologías en lid (subrayo enfáticamente esta observación que se me antoja gran verdad).
Sería interesante realizar el perfil psicológico de las élites intelectuales de aquel difícil período histórico; comprobar hasta qué punto no solo las graves circunstancias del momento determinaron sus posturas ideológicas, sino también sus respectivas biogenéticas o, en palabras de Ortega (que también fueron las de Fichte), hasta qué punto tomaron partido en función de la clase de personas que fueron.
Baste tan solo, a modo de rápida ilustración, echar un vistazo a lo sucedido en el seno de la propia Escuela de Madrid. Muchos discípulos de Ortega y Gasset, liberal y republicano, devinieron socialistas, como María Zambrano. Otros, como García Valdecasas, que fundaría el Frente Español (donde también militó Zambrano antes de ser seducida por el socialismo), devendrían falangistas; caso también de Laín Entralgo.
Las circunstancias históricas fueron las mismas para todos ellos, cierto. Y todos ellos, discípulos de Ortega, fueron en su mayoría republicanos (caso también de Valdecasas) y/o liberales antes de devenir socialistas o falangistas. Entonces, ¿qué determinó que la herencia liberal-conservadora y republicana de la Escuela de Madrid se diluyera en la nada?
Pues la causa fue la irrupción de una nueva conciencia dispuesta a presentar batalla en el claro del bosque; una conciencia proletaria que reivindicaba su derecho a ser despreciando y cosificando, con soberbia prepotencia, al resto de conciencias; conciencias que no solo eran burguesas y/o liberales, sino también anarquistas. Solo UNA podía ser la conciencia verdadera. Había surgido un nuevo supremacismo totalitario, disfrazado de teoría de la liberación, que se arrogaba estar destinado a emancipar a los oprimidos; había nacido un nuevo credo religioso.
Pero lo sucedido en la Escuela de Madrid, la escisión del liberalismo republicano en nuevas formas ideológicas (socialismo y falangismo), también aconteció incluso en el seno de las propias familias; individuos que convivían en común , con valores también comunes, y con unos mismos lazos afectivos, tuvieron que optar por una de las nuevas conciencias.
Una de esas familias fue la familia Machado.
Los hermanos Antonio y Manuel Machado se me antojan la metáfora perfecta de las dos Españas que se enfrentaron en nuestra fratricida Guerra Civil. Antonio Machado dio en llamar "las dos Españas" a los dos bandos, republicanos y nacionales, que defendían diferentes ideas y, por tanto, también hicieron suyas diferentes verdades.
Una lectura precipitada, errónea en mi parecer, señalaría la génesis del conflicto en las diferencias circunstanciales entre clases sociales (teoría marxista) y, por tanto, también en los condicionantes históricos. Pero lo sucedido en la Escuela de Madrid, así como en otros círculos de intelectuales y en las propias familias, demuestra que, al final, cada Yo individual, instado por su particular modo de ser; modo de pensar y de sentir, eligió en función de la clase de persona que era.
Antonio y Manuel eran hermanos que no solo compartían una misma herencia genética, sino también unas mismas circunstancias socio-económicas (familiares) e históricas. Los dos eran hijos de los mismos padres y de un mismo tiempo, pero ellos optaron por ser fieles a verdades distintas, a diferentes posibilidades del Ser que se abrían en la realidad.
¿Por qué?
Porque los hermanos Machado, como la generalidad de los españoles de su generación, se vieron obligados a elegir entre dos opciones ideológicas, antagónicas y aparentemente irreconciliables entre sí; ideologías que se fundamentaban, respectivamente, en dos sustantivaciones o ideas hipostasiadas: la idea de nación vs la idea de internacionalismo. En este sentido, tanto el nacionalismo como el internacionalismo marxista podrían (deberían) considerarse ideologías idealistas.
Sin embargo, un análisis más minucioso, racional y realista, permitirá descubrir importantes diferencias entre ambos "idealismos", sobre todo a partir del raciovitalismo orteguiano y el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno.
EL NACIONALISMO, entendido como el apego a la nación (lugar donde se nace); y comprendido también como religación a la patria (tierra de los padres) se fundamenta a partir de la pertenencia, dominio y control de la capa basal que es la tierra, el espacio-materia que ocupa un individuo desde que sus padres lo traen al mundo. Esta es una fundamentación vital y materialista, perfectamente compatible con la propuesta raciovitalista de Ortega y Gasset. También el MF (materialismo filosófico) de Gustavo Bueno fundamenta la realidad material y corpórea de la nación, como la tierra o sustancia (capa basal) a partir de la cual se construye y articula una sociedad.
EL INTERNACIONALISMO MARXISTA, paradójicamente argumentado a partir de los materialismos histórico y dialéctico, se sustenta, sin embargo, a partir de una fundamentación idealista (esencialista), pues proclama como fin último de la historia del ser humano la desaparición de las naciones (aspiración a un ideal). El marxismo postulará que el análisis científico de la historia demuestra la existencia de una clase proletaria; una clase oprimida, en todo el mundo, que carece de patria y solo podrá emanciparse o liberarse haciendo suya una conciencia internacionalista o de pertenencia al conjunto de la humanidad (una teleología muy parecida a la propuesta católica).
Nacionalismo y socialismo, o patria y justicia social si se prefiere, son Ideas sustantivadas; son abstracciones virtuales (modos de ser en las conciencias) que permiten operar con y en el ex-sistere, para permitir el control y el dominio de la naturaleza, del mundo en definitiva.
Se trata, siempre, de una dialéctica de control y dominio, y no tanto de una dialéctica entre clases sociales, como reconoció el propio Jürgen Habermas. Y de la clase de persona que seamos, como bien supo ver Ortega, y no dependiendo de la clase social a la que pertenezcamos, dependerá que dos hermanos, con una misma genética y criados en un mismo contexto histórico, y en el mismo ambiente familiar, decidan hacer suyas una u otra ideología (léase Verdad).
PERFILES PSICOLÓGICOS
No disponemos de los perfiles psicológicos de los hermanos Machado, pero me atrevería a pronosticar, conociendo sus apegos ideológicos, qué rasgos de carácter configurarían, probablemente, sus respectivas maneras de ser.
Una primera clasificación nos la facilitaría la dialéctica dualista existente entre optimistas antropológicos, más dados a ensoñaciones idealistas, y los pesimistas antropológicos, más apegados a la realidad de la tierra.
Si partimos de la máxima de Fichte (que yo considero cierta y difícil de rebatir): "De la clase de persona que seamos dependerá la filosofía que escojamos", podremos pronosticar, como decía, que el hermano más realista, conservador y responsable con la salvaguarda de su legado histórico-cultural fue Manuel, que se adhirió al bando nacional. Antonio Machado, más soñador e idealista, buscaría en el internacionalismo marxista una religación con el Absoluto (sentido histórico) para, así, hallar el Santo Grial de la justicia social.
También podríamos afinar mucho más si supiéramos de la presencia de determinados rasgos de personalidad que permitieran diferenciar los perfiles de los hermanos Machado, pero no es el caso.
Dos formas de ser, dos maneras de pensar y de actuar; dos opciones vitales en principio legítimas, ni buenas ni malas, pues cada una de ellas está justificada racionalmente, argumentada y fundamentada. Estos dos modos de ser, como otros modos de ser, tales como el anarquista o el liberal, son inevitablemente morales, pues no hay razonamiento humano que no implique, al tiempo, una elección ético-moral que nos obliga a preguntarnos "cómo actuar".
LA NEGACIÓN DEL APEGO A LA TIERRA (desterrar las banderas y las naciones)
La pregunta que quedó planteada en el punto anterior fue : ¿Cómo actuar? ¿Cómo debemos conducirnos con el prójimo?
No vamos ahora a retrotraernos a la moralidad judeocristiana ni a la ética kantiana, pues nos bastará con reconocer que la nación política nació en Francia, junto a la república de ciudadanos libres (1789). República (gobierno de ciudadanos) y nación (tierra de los ciudadanos) tuvieron un origen político común en Occidente; un origen que podría remontarse a la aparición de las polis griegas, donde surgió la democracia, y que culminó con la revolución francesa. Según las tesis de Gustavo Bueno, con la Revolución Francesa aparecieron las primeras izquierdas definidas, la jacobina (republicana y nacionalista) y la liberal (nacionalista aunque no necesariamente republicana).
A partir de entonces, las sociedades occidentales entendieron que no cabía otra manera de actuar con el prójimo que respetando sus derechos y libertades y, por tanto, articulando la nación política en torno a un Estado democrático.
Muchas cosas sucedieron tras la revolución francesa, sobre todo reacciones del Antiguo Regimen absolutista que, en toda Europa, se negaba a desaparecer. Se tuvieron que librar, por tanto, muchas guerras, todas ellas abanderadas por liberales apegados a sus respectivas naciones, hasta que el marxismo tomó el relevo por considerar ¿necesario? sustituir nacionalismo por internacionalismo.
El marxismo se introdujo en la sempiterna lucha entre absolutistas y liberales, arremetiendo, al tiempo, contra ambos, es decir, proclamando la justicia social sobre el subyugador regimen absolutista, pero también negando el apego a la tierra, a la patria, a aquellos liberales republicanos que también eran nacionalistas. El conflicto entre conciencias estaba servido.
El marxismo, con exceso de celo prepotente y señorial, negó y condenó los vínculos sentimentales que unían a los ciudadanos a su lugar de nacimiento (nación), obligándoles, leninismo operativo mediante, a que abrazaran la nueva fe internacionalista. La esquizofrenia marxista fue, entonces, rápidamente respondida por nuevos movimientos políticos reaccionarios que se negaron a abandonar su tradicional modo de ser democrático liberal, republicano y nacional. Dichos movimientos, por pura reacción defensiva ante las hostilidades del comunismo impositor, mutaron en nacionalismos supremacistas (fascismo y nacionalsocialismo).
La dialéctica en el claro quedó, así, definida por el enfrentamiento entre dos supremacismos; el comunista y el nacionalista.
¿QUÉ SIGNIFICA, HOY, SER "´NACIONALISTA"?
Significa, sobre todo, ser reaccionario ante las amenazas externas que hacen peligrar la integridad de la nación. Ante las amenazas de una Izquierda reaccionaria subversiva (socialcomunista), que ha vulnerado la legalidad institucional y ha traspasado UNILATERALMENTE peligrosas líneas rojas, solo cabe articular y dar forma a una fuerza antagónica, también reaccionaria, desde la Derecha (liberal-conservadora).
No cabe ninguna otra respuesta posible para poder equilibrar las fuerzas políticas en la balanza del "juego democrático", ya que solo desde un equilibrio de fuerzas se podrían "consensuar" acciones políticas (constitucionales) para hacer frente a las antivitales e idealistas propuestas marxista-leninistas, actualmente disfrazadas bajo los ropajes de populismos socialcomunistas.
Por tanto, la actitud irresponsable de nuestras Izquierdas Ilustradas, despreciando y deslegitimando a una de las fuerzas en lid (la liberal-conservadora), solo pone de manifiesto sus sesgos ideológicos o preferencias estéticas, a la postre ético-morales, a costa, precisamente, de traicionar los principios de la "democracia deliberativa" que tanto dicen defender; a costa de abandonar conscientemente, y cinismo mediante, las argumentaciones racionalmente fundamentadas.
La irrupción de VOX en la política española ha sido de extrema necesidad para garantizar un óptimo "equilibrio ecológico"; es decir, para evitar que, ante la ausencia de un número suficiente de depredadores, las RATAS se multipliquen sin freno y lleven a la nación a la ruina total y definitiva.
A la nación no se le puede pedir (memos aún exigir) que, voluntariamente, acepte su aitoinmolación vital, que claudique ante la vida y permita, cobarde y resignada, que otra forma de vida, otro modo de ser o verdad, ocupe su lugar. Al contrario, la nación debe ser protegida, porque la conciencia espiritual inherente a la entidad nacional solo puede pervivir en tanto un amplio Yo colectivo la hace suya y, por tanto, está dispuesto a defenderla y preservarla de sus enemigos.
De hecho, no existe la ideología nacionalista, como tampoco existe la "ideología masculina", pues pertenecer a una nación, como nacer hombre o mujer, es una verdad dada a priori en la que el individuo no puede elegir entre ser o no ser; ser o no ser español, ser o no ser hombre.
La idea de nación, como toda idea, es una hipóstasis o sustantivación de un concepto etéreo. Por tanto, "el ser de una nación" es una abstracción o modo de ser "virtual" que se manifiesta y actualiza como modo de ser real en la conciencia (habrá nación si el ente colectivo cree en la nación). Pero no bastará la manifestación (creencia) de dicho modo de ser real en una única conciencia individual para que ésta alcance el rango de Verdad. La idea de nación (y de pertenencia a la misma) solo puede pervivir temporal o históricamente a través de una conciencia colectiva que la haga suya y, por tanto, la institucionalice como Verdad (Dios o Ser) que deba preservarse a través de una Constitución nacional.

CONCLUSIÓN
Así pues, la lucha que actualmente se está librando en el claro del bosque (Lichtung heideggeriano) tiene como contendientes enfrentados a dos ideologías supuestamente materialistas (socialdemocracia habermasiana vs liberalismo nacionalista), que, en el fondo, y aunque lo nieguen ambas, se fundamentan en creencias espirituales (esencialistas), pues ambas pretenden imponer sus respectivas conciencias o acepciones en torno al "sentido del Ser": cómo ser humanos o, dicho con mayor crudeza, cómo se ha de civilizar (criar y domesticar) al ganado humano. En definitiva, ambas conciencias pretenden decirnos qué valores ético-morales serán buenos y cuáles serán malos.
El idealismo habermasiano (esencialista al cabo) fue magistralmente desenmascarado por Gustavo Bueno, pero, no nos engañemos, porque, por más que el padre del MF pretendiera superar la metafísica inherente a la razón de ser (sentido) de las entidades nacionales, éstas también están inevitablemente impregnadas de espiritualidad (sentido y/o razón de ser) y necesitan, como los dioses, fieles creyentes que la defiendan de enemigos externos.
La batalla cultural no es entre un materialismo (socialdemocracia habermasiana) vs un esencialismo (nacionalismo liberal-conservador) sino entre dos esencialismos, el primero taimadamente oculto y enmascarado (marxismo) y el segundo orgullosamente desnudo (liberal-conservador).

lunes, 11 de marzo de 2019

ORTEGA Y GASSET (llegar a ser quienes realmente somos)



INTRODUCCIÓN

A nivel político, el pensamiento de Ortega ha quedado bastante obsoleto, y no, precisamente, porque dos de sus obras más importantes, “La rebelión de las masas” y “España invertebrada”, no señalaran verdades claves para entender el hecho serio de ser español y comprender la patología inherente a las masas, sino por errar en lo concerniente a dos temas fundamentales: Cataluña y Europa.

CATALUÑA

Respecto a Cataluña (Europa no toca ahora), y lo que hoy conocemos como nacionalismos históricos (grave falacia), pienso que Unamuno hiló más fino cuando llamó TONTILOCOS a todos los ideólogos esquizofrénicos (Arana, Macià, Infante…) que, a partir de mitos y leyendas, construyeron “falsas naciones”; nacionalismos ficticios que Ortega dio en llamar particularismos periféricos.

Ortega, como decía, se equivocó con Cataluña, pues creyó irresoluble el mal denominado “conflicto catalán”, el cual, según él, solo podía CONLLEVARSE, es decir, soportarse con estoica resignación. Errado diagnóstico que, con el paso del tiempo, daría lugar a curas terapéuticas (pseudo-soluciones políticas) que nos han llevado a la actual fractura social que se vive en España. De hecho, Ortega se mostró favorable a un anteproyecto que, años más tarde, acabaría por tomar forma definiéndose como lo que hoy conocemos como “Estado de las autonomías” (suerte de federalismo enmascarado para contentar a los hunos y los hotros).

Sin duda, Ortega creía en la pluriculturalidad de España, en la riqueza de sus múltiples lenguas, sus tradiciones culturales y folclóricas. Quienes admiraban su pensamiento, José Antonio entre ellos, estaban de acuerdo en reconocer la rica pluralidad de las Españas. También su discípulo más aventajado, Julián Marías, llegó a referirse a España como una “nación de naciones” (sí, el falaz razonamiento, triturado magistralmente por Gustavo Bueno, no fue un invento del PSOE). A colación de José Antonio, por ejemplo, el mismísimo Jordi Pujol llegó a reconocer que pocos españoles habían entendido tan bien la idiosincrasia de Cataluña como el fundador de Falange Española.

Pero, entonces, ¿qué subyacía en la raíz de la psicología orteguiana? ¿Por qué el propio Ortega y pensadores como José Antonio y Julián Marías reconocieron la PLURALIDAD (Marías incluso la plurinacionalidad) de la razón de ser española?

EL FRACASO DE LO ARISTOI  ANTE LA DESLEALTAD

La filosofía de Ortega se ha definido como “aristocrática”, cuando no se ha tildado directamente de “fascista”, sobre todo por muchos ideólogos marxistas (“El maestro en el erial” de Gregorio Morán) o independentistas (Ramón Alcoberro, vinculado directamente a la ANC y el procés golpista). En mi opinión, sin embargo, el libro “José Ortega y Gasset” de Jordi Gracia es el que mejor ha sabido “descubrir” la psicología (estética) que daba forma a la moral orteguiana: una moral superior para espíritus nobles y superiores.

Señalaba Jordi Gracia, en su libro sobre Ortega, un rasgo biogenético fundamental para entender a Ortega, su psicología y su pensamiento de “altas miras” o desarrollado desde la “cima contemplativa” (Nietzsche): Ortega y Gasset era un intelectual SUPERDOTADO.

Ortega comprendió y aceptó la verdad que el marxismo siempre negó y rechazó (cínicamente), que no era otra que la de reconocer que el problema vital que enfrentaba a los seres humanos no radicaba en una lucha entre clases sociales, sino entre clases de personas.

Fichte aseveró que “la clase de persona que somos determina la clase de filosofía que escogemos”, cuando todavía las ciencias de la psique (neurobiología, neuropsiquiatría y biogenética entre otras) no habían hecho sus importantes descubrimientos: somos, en gran medida, lo que nuestra biogenética predetermina. Somos un YO (conciencia singular) condicionado por unos concretos rasgos genéticos desde el mismo momento de nacer.

Ortega sí hizo suyo el pensamiento de Fichte, porque intuía la verdad inherente al mismo, a pesar de que su veracidad todavía no hubiese sido demostrada científicamente. También tomó nota de las observaciones de Tocqueville, que alertó de la posibilidad de que la democracia mutara en tiranía despótica (hoy conocida como imposición del correccionismo político). Ortega y los “espíritus más libres” (autodefinición que sigue utilizando Peter Sloterdijk), fueron adelantados a su tiempo, recelaron del marxismo desde un principio; sobre todo del perverso IGUALITARISMO que, precisamente, negaba la existencia de diferentes CLASES DE PERSONAS (conciencias), argumentando que las grandes diferencias entre individuos se debían a la pertenencia a distintas clases sociales.

También el filósofo español Gonzalo Fernández de la Mora, autor de “la envidia igualitaria”, fue una persona singular dotada de una grandísima inteligencia. Quizás también un intelectual superdotado, como demuestran los datos sobre su trayectoria como estudiante desde muy temprana edad (ver su biografía). Después volveré a él.

¿A dónde pretendo llegar?

Muy sencillo, pretendo sostener una tesis:

 “El verdadero humanismo ingenuo por fuer es aristoi”.

Jamás ha habido, por tanto, “humanismo ingenuo” en el marxismo; una ideología que siempre ha sido una prepotencia cínica y esquizofrénica que, desde el principio, enmascaró su celo dogmático por tal de, así, seducir mejor a las masas iletradas; a los no “alfabetizados”, a los no civilizados por la razón ilustrada (a quienes les era más fácil ODIAR que saber y conocer), pero que también supo seducir a algunos de los más ingenuos de entre los ingenuos ilustrados.

Platón fue un aristoi, como lo fue Aristóteles, más tarde Kant y también Hegel. Marx no, Karl Marx estaba predeterminado biogenéticamente para ser un resentido, fue llamado por su YO, primero, y más tarde por unas circunstancias favorables para su razón de ser, a erigirse en un “igualador”, en un negador de la pluralidad de conciencias.

¿Pero cuál es la esencia (sí, me gusta el palabro) que subyace en todo pensamiento aristoi? Pues, precisamente, creer que existe y es posible aspirar a lo mejor y más excelente (la virtud platónica, el imperativo categórico de Kant y el ideal del UNO ABSOLUTO de Hegel).

Sin embargo, el pensamiento aristoi, a diferencia del marxista, cree en la meritocracia, es decir, cree en el sacrificio y el esfuerzo del individuo para que éste pueda llegar a “ser quien realmente es”; cree en la vida en la cima, en la posibilidad de llegar a la misma a través de duro trabajo.

Así, la DEBILIDAD del pensamiento aristoi radica en confiar en la nobleza y la lealtad de sus IGUALES, es decir, su error reside en obligarse a confiar en los falsos aristois.

¿Quiénes son los “falsos aristoi”? Son aquellos que movidos por sus intereses particularistas se muestran TRAIDORES y DESLEALES a lo común, a lo más grande, mejor y más excelente; son los egocéntricos ombliguistas que se sirven del engaño para satisfacer sus deseos y voliciones (voluntades de poder).

LA DECEPCIÓN Y DERROTA DEL ESPÍRITU ARISTOI EN ESPAÑA

Primero le tocó decepcionarse a Ortega, cuando con su “no es esto, no es esto” se negó a aceptar la perversión de una II República convertida en un caballo de Troya que permitió los desmanes frentepopulistas. Después le tocó desengañarse al ingenuo José Antonio, cuando después de mucho buscar la complicidad de los aristois socialistas (Prieto y Azaña entre otros) comprendió que estos ya eran rehenes del comunismo bolchevique más infecto. Más tarde le tocó a Julián Marías, el mismo que dijera que España era una “nación de naciones” hubo de rectificar para alertarnos: “Es un grave error intentar contentar a los eternos descontentos” (nacionalistas periféricos).

Y aún así, no escarmentamos. El último ingenuo fue Mariano Rajoy, por cierto, lector de Fernández de la Mora y admirador de su obra “La envidia igualitaria”. Rajoy creyó hasta el último momento en la LEALTAD de los nacionalistas (supuestos aristois) vascos para que no prosperara el golpe (ups!, quise decir la moción de censura) de Pedro Sánchez.

El problema de los aristois (“fachas” en el parecer de marxistas y filomarxistas) es que estos sí son VERDADERAMENTE INGENUOS. Y solo se dan cuenta de cuán ingenuos han sido (léase TONTOS) cuando ya es demasiado tarde.

Por eso VOX es el híbrido perfecto, pues habiéndose nutrido del materialismo filosófico de Gustavo Bueno (marxista), ha recuperado el espíritu de Ortega, Unamuno, Marañón, Marías… vacunándose contra el germen de la INGENUIDAD de los espíritus nobles. VOX ha entendido, como el José Antonio más tardío, que solo la dialéctica de los puños y pistolas (ojalá ahora sea la aplicación férrea de la ley) puede acabar con quienes atentan contra la justicia (legalidad institucional) y la integridad de la patria.
 
EUROPA
 

ORTEGA VS HABERMAS (y Kant de nuevo en el medio)
He estado informándome más exhaustivamente sobre lo que Habermas denomina “democracia deliberativa”; una democracia que posibilitaría “situaciones ideales del habla”, es decir, que propiciaría intercambios de comunicación y diálogo válidos entre interlocutores para solucionar conflictos.
En la obra “facticidad y validez”, Habermas expone los requisitos que deberían cumplirse para articular una democracia deliberativa. Dicha democracia, para empezar, no debería ser una “democracia de masas”, sino una democracia constituida por una sociedad civil bien formada políticamente y activa en el esfera pública (ámbito donde se resuelven los problemas que afectan a la generalidad de la ciudadanía).
Solo una sociedad civil formada políticamente podría garantizar un diálogo que cumpliera con dos condiciones básicas de SIMETRÍA y de relación IGUALITARIA, donde los interlocutores (posiciones enfrentadas) pudieran fundamentar sus respectivas verdades a través de argumentos razonados.
La condición de SIMETRÍA se lograría garantizando que todos los interlocutores tuvieran los mismos derechos, es decir, dispusieran de las mismas oportunidades para exponer y rebatir argumentos. Y la condición igualitaria requeriría (Habermas puntualiza que “idealmente”) que los participantes en una deliberación dispusieran de los mismos recursos culturales y el mismo poder social. De esta manera, según Habermas, se garantizaría que cada interlocutor pudiera defender sus intereses y puntos de vista y, además, se pudiera dar la posibilidad de hacer operativos (acciones políticas en la praxis) los acuerdos alcanzados entre las partes.
MI OPINIÓN  dócil indoclil desobediencia vivil Kant (incoherencias)
Mientras leía las propuestas de Habermas, no podía evitar pensar en Ortega y Gasset y, por tanto, en otros autores que ya abordaron los peligros que subyacían en la “opinión pública” (Platón) y las democracias (Tocqueville). Así, Platón ya apuntó que una ciudadanía “no formada”, guiada tan solo por sus apetitos más irracionales, podía degenerar en “dictadura de opinión”, convirtiendo en “dictatorial” a un sistema democrático. De manera parecida, Tocqueville se refirió a las “democracias despóticas”, aquellas en las que la ciudadanía “no formada” podía llegar a legitimar políticas autoritarias que atentasen, precisamente, contra los cimientos de la propia democracia.
Ortega y Gasset ya vio, como Habermas, dónde radicaba el peligro de un sistema democrático: en la ausencia de los mejores (aristos) y en la legitimidad que se arrogaban a sí mismos los “hombres masa”.
Habermas, más cuidadoso que el filósofo de las circunstancias, no utiliza los trasnochados conceptos orteguianos (tildados de “fascistas” por presuponerles exceso de prepotencia vertical) y elabora su propuesta de democracia deliberativa desde presupuestos de horizontalidad igualitaria. Los tiempos de Ortega todavía no habían sido víctimas de “pensamientos sensibles y estéticos”, y el lenguaje no tenía que ser tan “exquisito” ni había que cogérsela con papel de fumar para exponer determinadas verdades.
Y, sin embargo, Ortega ya expuso la misma verdad que reconoce Habermas: la necesidad de anteponer una ciudadanía aristoi (sociedad civil formada) a una sociedad de “hombres masas” (democracia de masas).
Para articular una “democracia deliberativa” (auténtica democracia) es necesaria la presencia de una sociedad civil formada políticamente (léase en términos orteguianos una sociedad formada por ciudadanos responsables).
¿QUÉ ES UNA SOCIEDAD CIVIL FORMADA POLÍTICAMENTE?
En mi opinión, en las diferentes acepciones de lo que debería ser una sociedad civil formada (ciudadanía responsable) radica la mayor diferencia entre Ortega (liberal) y Habermas (filomarxista al cabo).
Ortega, como buen demócrata-liberal lo tenía muy claro: el ciudadano responsable no solo tenía que estar formado y aspirar a mejorarse (aristoi), sino que tenía que OBEDER LAS LEYES. De ahí que Ortega criticara duramente cualquier manifestación de “acción directa”, ya fuera en forma de golpes dictatoriales o de subversivas revoluciones.
Sin embargo, Habermas (no olvidemos que heredero de Marx) sí legitima la “desobediencia civil”, es decir, considera saludable y necesario que la sociedad civil no solo se manifieste y haga público su descontento, sino que, además, cree que ésta debe ACTUAR (saltándose la legalidad si fuese necesario) por tal de transformar y cambiar las injusticias sociales (¡ojo, lo que dicha sociedad civil crea, sesgos ideológicos mediante, que es injusto!).
Y de nuevo nos encontramos ante diferentes lecturas o preferencias por algunos de los presupuestos kantianos que de forma incoherente se contradecían mutuamente:
Ortega hizo suyo al Kant que en su obra “Metafísica de las costumbres” escribió:
“Los ciudadanos no tienen derecho a rebelarse contra el Estado, pues supondría la destrucción de su constitución legal” (cap 6: 318-323).
Pero Habermas prefiere al Kant que enalteció la Revolución Francesa y legitimó la desobediencia civil en “Crítica de la razón práctica” (ver aquí: https://www.facebook.com/pedro.ramiro.16121/posts/286009202123012).
Y ahora, ante el golpe procesista perpetrado por el secesionismo catalán y Pedro Sánchez (cómplice y colaborador necesario), los españoles deben decidir si apuestan por Ortega (solución judicial para quienes vulneran la legalidad) o por Habermas (diálogo y negociación, solución política para quienes se saltan las leyes).
Pero, Habermas, como sucedió con el idealista Kant, también puede ser “utilizado” por ambas partes para defender sus posturas enfrentadas, pues la defensa del patriotismo constitucional obliga a ser respetuoso con la legalidad vigente, pero la apuesta por la “democracia deliberativa” obliga a considerar los “argumentos y razones” que motivaron la desobediencia civil de los golpistas.
¿Qué hacer? ¿Solución judicial (aplicación de la ley) o solución política (negociación y diálogo para llegar a acuerdos)?
El socialista Pedro Sánchez, ha optado por ser el cómplice necesario para culminar el golpe procesista. También el PSC de Iceta cree, en el fondo de su corazoncito filomarxista, que las reivindicaciones y acciones de los golpistas son LEGÍTIMAS.
Pero, tanto Sánchez como Iceta están pervirtiendo los presupuestos habermasianos de la democracia deliberativa (que no se dan) al considerar válidos a unos interlocutores secesionistas, a los cuales les “presuponen” una simetría y relación de igualitarismo que NO SE CUMPLEN.
¡He ahí la gran trampa del PSOE TRAIDOR!
 

 
 

martes, 21 de febrero de 2017

Crítica a los críticos de la liberación.

Tras escribir Peter Sloterdijk su magnífica "Crítica de la razón cínica", pareciera que la humanidad, efectivamente, y coincidiendo con Fukuyama, hubiese llegado al final de la historia. La obra del brillante pensador alemán significó, ni más ni menos, el desenmascaramiento de quienes se erigían en desenmascaradores; supuso descubrir que detrás de todo crítico que, seguro de "su verdad", combatía conciencias enemigas, se escondía un prepotente despreciador: quien desprecia a quien desprecia acaba, inevitablemente, convirtiéndose en despreciador.

En este sentido, refiriéndose a los despreciadores que despreciaban a quienes despreciaban, Sloterdijk señaló que quizás hubiese sido el marxismo la conciencia más prepotente y despreciadora; la conciencia que con menos sentido del humor cosificó la conciencia enemiga (Sloterdijk en "Crítica de la razón cínica). Prepotencia esquizofrénica la llamó.

Desenmascarada la cínica prepotencia del marxismo... ¿Qué le queda por hacer a la humanidad? ¿Hacia dónde puede dirigirse la humanidad una vez demostrado y comprobado que todos sus dioses celestiales (religiones) y terrenales (ideologías) no son más que los intereses y deseos de "partes de"  la humanidad convertidos en conciencias verdaderas? Cualquier conciencia que a fuer de pasar por "buena y justa" aspire a pasar por universal y válida para todos los seres humanos es una prepotencia esquizofrénica. ¿Puede aceptar la historia más "ensayos" de nuevas prepotencias salvadoras y/o liberadoras tras los fracasos de las conciencias judeocristianas y marxistas?
Puede que la historia ya esté cansada de nosotros, los endiosados seres humanos, pero nosotros todavía seguimos obcecados en buscarle un sentido o fin último a nuestras vidas y, lo más grave, estamos dispuestos a imponerles nuestros sentidos (verdades) a las vidas de los demás. Los últimos suprematismos celosos de sus "verdades", Islam y comunismo, siguen empeñados en demostrarnos que la historia no ha concluido, porque todavía están por consumarse sus respectivas conciencias verdaderas. También ha irrumpido fuerte en el claro del bosque, dispuesto a la lucha entre conciencias, el feminismo, que, como no podía ser de otra manera, se torna cada vez más cínico y prepotente en la medida que "cosifica" sin piedad a la conciencia enemiga de la tradicional conciencia patriarcal. El otrora feminismo igualitario que, efectivamente, pretendía liberar a la mujer del yugo machista, ha acabado por radicalizarse hasta devenir una suerte de feminazismo dogmático y harto beligerante.

Nunca he sido marxista; nunca creí en la "verdad construida", que no hallada, del marxismo. No pude ser un ferviente marxista porque, desde muy joven, y debido a mi carácter en exceso introvertido y antigregario, me "rechinaba" el igualitarismo uniformador que proclamaba el marxismo: todos proletarios, todos iguales y nadie más que nadie. ¿En serio? ¿De verdad alguien podía creerse semejante patraña?
Supongo, sin embargo, que me fue imposible abrazar el marxismo porque, primero, nunca comulgué con el igualitarismo cristiano. Estoy seguro que bajo todo buen marxista, que se precie de serlo, subyace el germen del buen cristiano; cristianos y marxistas erigen a un único prototipo humano como el único posible, el único verdaderamente "bueno y justo". Todos los demás son pecadores o malvados burgueses a los que hay que combatir, bien látigo en mano (Jesucristo contra los mercaderes) o revolución proletaria mediante.
Siendo muy niño, en clase de religión, me dejó estupefacto el pasaje bíblico que hacía referencia al sacrificio de Abraham, dispuesto a ofrecerle a Dios la vida de su hijo. No recuerdo una historia más antivital e inhumana; no recuerdo una ofensa tan grave a la vida y a la razón del ser: ser para el sacrificio.
Y, sin embargo, el sacrificio es el motor que alimenta a todos los suprematismos celosos de sus verdades; el sacrificio es el precio que pagamos todos los seres humanos para poder vivir en sociedad y alimentar con nuestra sangre, nuestro sudor y nuestras lágrimas, al ente colectivo.

El hombre de carne y hueso, el ser individual, siempre es sacrificado por tal de alimentar las verdades de los otros; las verdades de los humanos que se erigen en dioses poseedores de verdades universales, por supuesto "buenas y justas".
El pobre trabajador que se sacrificaba siendo explotado en una fábrica, para mayor gloria de la verdad capitalista, fue más tarde sacrificado por el marxismo, primero convencido de que debía dar su vida por la "revolución",  y más tarde siendo obligado a subordinarla a los dictados de un Estado socialista, bueno y justo, por supuesto.
¿Qué locura es esta?
Pues es la locura de las prepotencias esquizofrénicas, la de quienes por tal de aspirar a amores universales no dudan en propinar latigazos a diestro y siniestro; la de quienes para alcanzar utópicos socialismos no dudan en imponer dictaduras proletarias "reeducadoras". Es la locura de los "buenos y justos".
¿Y qué hace una "locura" cuando es desenmascarada en su cinismo prepotente?
Pues se disfraza de poesía.

¡Y cuidado, mucho cuidado con los poetas!
Uno de los errores del marxismo, serio y ebrio de gravedad, fue el de rechazar la poesía. Creían los viejos marxistas que las masas se rendirían a la "objetividad" incontestable del materialismo dialéctico e histórico; creían que el realismo materialista haría libres a los hombres sin necesidad de recurrir al "humor" y la fantasía de los poetas. Tuvieron que llegar los poetas del fascismo para hacerles ver su error.
Pero el marxismo, en constante autocrítica, aprende de sus errores y sabe "reinventarse"; las nuevas teorías de la liberación, teorías sensibles y estéticas herederas del marxismo (feminismo, animalismo, ecologismo...), han aprendido a hacer poesía, que es tanto como aprender a volver a enmascarar su cinismo prepotente.
El psicodrama estético, o representación teatral instrumentalizada, tuvo su génesis en los "pechos desnudos" de las activistas feministas que, paradójicamente, boicotearon al padre de la teoría sensible (Adorno) cuando este tomaba el turno de palabra en un congreso. Quien a hierro mata...
Los poetas siempre mueren a manos de otros poetas, bien guillotinados (Robespierre), asesinados en la bañera (Marat) o con un piolet clavado en la espalda (Trotsky).
Nuestros poetas, ahora, cuidan mucho el lenguaje, y saben que para "seducir" a las masas  resulta más efectivo prometerles "asaltar los cielos" (lenguaje poético) en vez de arengarles a "conquistar el poder" (lenguaje beligerante). Gritan que hay que reivindicar con "alegría" y con humor. Han aprendido de los errores de sus "serios" mayores.

Pero da igual el "cuidado" que pongan los poetas de hoy para seducir a las masas; no importa que una señora diputada, ebria de poesía, amamante a su bebé en el mismo congreso; no importa que otra desnude sus pechos en un recinto sagrado; no importa que, emulando al mismísimo Jesucristo, se besen públicamente escenificando un sublime acto de amor. Más temprano que tarde, el cinismo prepotente, latente y reprimido, oculto tras los disfraces de psicodramas empalagosos, emerge y se desnuda orgulloso ante la atónita mirada de todos. No tardará en mostrar su dogmática verdad el animalista que le deseará la muerte a un niño aficionado a los toros; ni la feminista dispuesta a colgar por los genitales al hombre que osara mostrarse como un machista irredento.
Y así, las prepotencias esquizofrénicas de hoy, no pueden evitar mostrarnos su "verdadero" rostro; el rostro del resentimiento y el desprecio hacia el otro, hacia la conciencia enemiga. Hoy como ayer, los cínicos celosos de "su verdad" creen firmemente que "no hay nada más tonto que un trabajador de derechas" (Santiago Carrillo, comunista por la gracia de Dios).

No resulta difícil comprender que quienes osan arrogarse estar en posesión de la verdad de los buenos y justos (lamento insistir) no duden, también, en clasificar a los hombres en "buenos y malos" o "tontos y listos", según, claro está, sus propios criterios ideológicos.
Y aquí quería llegar, a la que quizás sí sea la única verdad que subyace en toda crítica cuyo único objetivo último es legitimar una conciencia verdadera (la propia) vs la conciencia enemiga (la de "los otros"):
¿De dónde surgen los "criterios ideológicos" para clasificar a los hombres? ¿De verdad surgen del análisis minucioso y objetivo de la realidad historia, como sugieren el materialismo dialéctico y el materialismo histórico marxista?

Retomando a Fichte, ¿no será que la clase de filosofía que elijamos dependerá de la clase de hombre que seamos?
¿No podría una determinada clase de hombre, antigregario y celoso de la preservación de su individualidad, ser de "derechas" a pesar de tener la condición social de un humilde trabajador? ¿Dónde está escrito que "la clase social" determine al hombre?

Cuando Santiago Carrillo insultaba a los trabajadores, que no eran de izquierdas, llamándoles tontos, les insultaba porque, desde el dogmatismo de su prepotencia despreciadora, estaba seguro que ser de "derechas" significaba ser de "los otros" (capitalistas, liberales, conservadores, fascistas...); significaba ser "cualquiera" que no abrazase la única y buena verdad de los justos. Pura y dura esquizofrenia prepotente.

Y en estas estamos. Las prepotencias esquizofrénicas de hoy, como las de ayer, siguen insultándonos a quienes, por encima de todo, deseamos ser libres.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Estética, ética y "True detective".

Introducción
 
Hace ya tiempo que vengo deseando realizar una reflexión sobre las influencias de la estética en la ética. Llevo tiempo pensando, concretamente, en cómo las estéticas de las diferentes manifestaciones de la música rock, por ejemplo, se traducen en distintos posicionamientos ético-morales.
Quienes de jóvenes se sintieron atrapados por el gusto decadente y nihilista del punk, por ejemplo, suelen comulgar con ideologías de "izquierdas" en su madurez. De la misma manera, quienes mejor supieron degustar la épica trascendental del metal en su primera juventud, tenderán a abrazar ideologías más liberales y/o conservadoras. Hablamos, por supuesto, de probabilidades futuras, ya que el devenir de los propios proyectos vitales, así como las circunstancias que determinan a estos, también tendrán un peso importante en las elecciones futuras de los individuos.
 
True detective
 
Otro ejemplo: hace poco terminé de ver la 2ª temporada de la serie de tv "True detective", y me pareció magnífica y mucho mejor que la 1ª temporada. Sin embargo, cuál sería mi sorpresa al descubrir que la generalidad de los telespectadores le dedicaban críticas negativas y despiadadas. ¿Por qué, me pregunté sorprendido?
Para hallar la respuesta analicé las diferentes estéticas subyacentes en las dos temporadas de "True detective". Me di cuenta de que las opiniones críticas, en general, argumentaban a favor de la primera, señalando las intervenciones del detective Rust Cohle (McConaughey) como clave del éxito. Gustaba, y mucho, el personaje atormentado y existencialista del policía filósofo, que lo mismo citaba a Schopenhauer que a Nietzsche. Pero, sin duda, lo que sedujo al gran público fue la estética preciosista y mágico-decadente de la primera temporada, una estética al servicio de una historia patológica y enfermiza; la estética macabra de los psicópatas y los asesinos en serie.
¿Y qué estética subyacía en la 2ª temporada?
Los personajes de la segunda temporada también eran seres atormentados y atrapados por difíciles circunstancias vitales, pero la estética era diferente.
La segunda temporada apostó por la estética clásica de la tragedia griega; apostó por la épica heroica que intentaba abrirse paso, también, en una sociedad patológica y enfermiza.
El policía filósofo, depresivo y angustiado de la 1ª temporada (ebrio de humanismo decadente), fue sustituido por hombres y mujeres de carne y hueso; fue sustituido por policías de acción ("putos héroes", como denominaría el policía Velcoro a su compañero Woodrugh).
La primera temporada buceó en lo más sórdido del alma humana, en lo más enfermo y decadente, pero la segunda apostó por la acción heroica; rescató a los griegos de la Grecia clásica. De hecho, la mujer policía protagonista (maravillosa Raquel McAdams) se llamaba Antígona (Bezzerides).
 
Conclusión:
 
El éxito de la primera temporada, en  mi opinión, se debe a que el prototipo de hombre masa occidental de hoy comulgó a la perfección con una estética acorde a los tiempos presentes: nihilismo y decadencia moral; escenas de asesinatos macabros y la seductora historia de un asesino en serie, patológico y enfermizo.
Nunca, como en las sociedades actuales, los héroes fueron tan despreciados; nunca, como hoy, tuvieron tan poco valor el orgullo y la dignidad. Y a colación precisamente de estos valores, orgullo y dignidad, las mejores secuencias estéticas de la segunda temporada se sucedieron como un torrente en el último capítulo de la 2ª temporada: venganzas bien orquestadas (todo es personal en la vida), muertes heroicas, la de Frank, la de Woodrugh y la de Velcoro. Uno de los mejores finales de una serie, junto al perfecto y épico final de "Breaking bad".
Yo entiendo que en Occidente no se comprenda, ni se estremezcan las diminutas almas de los animales de lujo en que nos hemos convertido, cuando Frank, el prototipo de superhombre nietzscheano, muere por una "puta chaqueta". Comprendo que quienes arremetieron inmisericordes contra la 2º temporada de "True detective" no entendieran al hombre de carne y hueso que, pudiendo salvar su vida, tan solo entregando su chaqueta a un matón, no permitiese que éste le chulease y le arrebatase lo más preciado que poseía: su orgullo y su dignidad.
¿Y qué decir del glorioso sacrificio de Velcoro? Un anacronismo, sin duda, totalmente fuera de lugar en las sociedades actuales de Occidente, que solo entienden de pacifismos talanteros que les permitan pagar paces bizantinas, ya fuere poniendo el culo en pompa hacia la Meca o bajándose los pantalones sin ningún rubor ante el chuloputas o suprematismo dogmático de turno.
 
 
La estética determina la ética.
 
Siguiendo con mi teoría, según la cual "aceptamos una determinada filosofía dependiendo de la clase de personas que seamos" (Fichte), parto de la premisa de que es nuestra apriorística forma de ser, determinada por factores neurobiológicos, la que, a la postre, también gustará de una determinada estética. Y solo a través de la estética se llegará a la ética. 
El hombre, decía Zubiri, es un animal de realidades, y yo lo suscribo. Creo que la teoría de Zubiri, sobre la aprehensión de la realidad como intuición primera, acierta al señalar que la inteligencia es sentiente, es decir, que el proceso cognitivo de captar y elaborar la información del medio no se hace exclusivamente a través de la razón, sino también mediante los sentimientos y las voliciones, deseos y voluntades, de cada individuo.
 
Somos animales de realidades determinados neurobiológicamente, aunque, por supuesto, también estamos influenciados en gran medida por la segunda condición inherente al ser humano: el hecho de ser animales inevitablemente sociales.
 
Podríamos decir, aceptando el riesgo de pecar de reduccionistas, que la existencia del ser humano es un drama o conflicto constante entre nuestro yo y las circunstancias; entre nuestros deseos particulares y los imperativos de deber que imponen las normas y reglas sociales.
 
Pues bien, voy a intentar demostrar que el gusto por una determinada estética es el sentir más primigenio (aparecido a edad más temprana) y, por tanto, también será el más genuino e inherente al ser (idiosincrasia particular de cada individuo). Después, aceptadas o encontradas nuestras afinidades hacia determinados gustos estéticos (musicales, cinematográficos y artísticos en general), el tiempo y nuestra formación nos permitirán, legitimar, comme il faut!, dicha elección a través de la diosa razón.
 
Pero quede constancia de lo que pretendo defender: la estética determina la ética.
 
Primero: captamos la realidad del medio circundante a través de los sentidos, mediante la acción conjunta de razón, sentimientos y voliciones (inteligencia sentiente).
Segundo: determinados por nuestra particular genética o bagaje neurobiológico, sentiremos apego, predilección o gusto por unas concretas expresiones estéticas.
Tercero: una vez aceptadas y profundamente arraigadas en el yo nuestras preferencias estéticas, no tendremos más remedio que legitimarlas a través de la razón, es decir, justificaremos la elección de nuestros gustos ante los otros (la sociedad).
 
Así, podemos entender por qué la 1ª temporada de la magnífica "True detective" gustó mucho más que la 2ª, cuestión de estéticas y de éticas subyacentes a las mismas.
La estética de la primera temporada gustó más a unas masas inmersas en la decadencia y el relativismo moral; sedujo a un público que gusta de evadirse de la realidad a través de la magia y la ficción ("Juego de Tronos"), mal que sea a través de los senderos más patológicos y enfermizos del alma humana  ("Hannibal Lecter", "Walking dead").
Sin embargo, la 2ª temporada de "True detective" se aferra a la realidad; apela a los hombres de carne y hueso; apuesta por la épica de héroes anacrónicos, hoy día imposibles de entender e incapaces de seducir.