martes, 29 de abril de 2014

Unamuno: Dios y patria.

Si en España ha habido un escritor polémico y visceral, pero sobre todo un atormentado hombre de carne y hueso, ése ha sido Miguel de Unamuno.
Unamuno, que se confesó español por los cuatro costados, sin renegar jamás de sus orígenes vascos, pudo haber sido un gran filósofo, quizás incluso de mayor prestigio que el "creativo" Ortega o el disciplinado y laborioso Zubiri. Pero Unamuno no pudo dedicarse a hacer filosofía con mayúsculas; filosofía académica de la que tanto gustan los barberos, curas y bachilleres de las Españas, porque 
a Unamuno solo le interesaba, como el buen Quijote que era, los transcendens de la existencia: alma, espíritu, Dios, consciencia subjetiva, patria...
Y Unamuno se interesó por lo etéreo del ex-sistere porque le dolía la vida, el alma entera y todo su subjetivo y particular yo, no porque creyese en la perversa trampa moral de querer el conocimiento por el conocimiento. Desde luego no fueron hombres de carne y hueso quienes endiosaron y encumbraron la Razón a expensas de la vida, ni quienes decidieron refugiarse en virtuales mundos ideales antes que afrontar las adversidades de las circunstancias terrenales. No, esos ya no eran hombres, sino humanos; humanos civilizados y domesticados que nada querían saber del dolor ni de los sinsabores de la existencia.
Pero allí estuvo Unamuno, pluma en ristre, para demostrar al mundo, pero sobre todo a los timoratos españoles empeñados en renegar de sí mismos, que sin dolor no hay ser; allí estuvo obcecado en la difícil y noble tarea de ofrecerse en sacrificio a todos sus lectores; ofreciéndose a sí mismo y a su inseparable y sanchopancesco dolor, fiel compañero de fatigas. 

¿Pero qué le dolía al iracundo y siempre irascible Unamuno? ¿Le dolía Dios? ¿Le dolía España?
Quizás le dolía TODO, es decir, le dolía la vida misma; ese sentimiento trágico que, en sus propias palabras, se generaba en los hombres por el hecho de ser estos conscientes de lo efímero de la existencia; conscientes de su condición de mortales.
A Unamuno se le podría echar en cara que nunca fuese un auténtico y ferviente defensor de causa alguna que no fuese la suya propia: la de su propio yo.
¿Era creyente Unamuno? ¿Acaso fue un verdadero patriota?
Cuando a Unamuno le dolía Dios era porque, realmente, se veía incapaz de creer ciegamente en él y en su promesa de vida eterna. Cuando le dolía España era también, precisamente, porque sabía que el otrora sugestivo proyecto de vida en común no era más que una amalgama de particularismos enfrentados entre sí que difícilmente podrían aspirar a un destino universal.
Mucho se ha debatido sobre la “religiosidad” de Unamuno, sobre si fue o no un verdadero creyente, pero poco se ha cuestionado su “supuesto” patriotismo, en ocasiones magnificado con grandes dosis de épica grandilocuente. Conocidas fueron sus llamadas a salvar la juventud española o el lastimero dolor que manifestaba sentir por España, pero ¿de verdad fue tan patriota?
Yo creo, personalmente, que Unamuno ni fue un ferviente creyente ni, por tanto, pudo llegar a ser un verdadero patriota. Me explico:
¿De verdad podía sentir dolor por algo alieno a sí mismo quien estuvo tan egocéntricamente centrado, inmerso y preocupado, en la subjetividad de un atormentado yo que, por encima de todo y sobre todo, ansiaba la inmortalidad?
Sospecho que a Unamuno, como al buen depresivo que sin duda era, le dolía todo de puro nihilista que se sabía; por ser un hombre atormentado ante la idea de que la NADA fuese la única respuesta a su anhelo de tener garantizada la perdurabilidad de su ser. Ni el positivismo científico, pero tampoco la filosofía ni la teología podían mitigar su "trágico sentimiento de vivir". Por eso Unamuno creó nivolas; por eso fue más poeta que filósofo.

El dolor de Dios: sin embargo, y a pesar de lo anteriormente expuesto, Unamuno necesitaba creer en Dios, aunque en su fuero más interno fuese consciente de tan vano y pueril sentimentalismo.
Pero Unamuno no necesitaba al aséptico Dios arquitecto (ente supremum) al que recurrieron los ilustrados por tal de explicar la génesis del universo, de la vida en definitiva. ¿Para qué le podía servir a él el deísmo de aquellos personajillos racionales empeñados en igualar Dios y Naturaleza? ¿Acaso el Dios relojero y arquitecto del universo podía garantizarle la vida después de la muerte? No, claro que no. ¿Y el Dios cristiano, resucitador de muertos y garante de vida eterna, le serviría?
Tampoco, porque ¿qué es eso que se dice en las Sagradas Escrituras de que en la nueva vida, tras la resurrección, alcanzaremos la perfección del alma, sin cuerpos corruptos, sin penas ni sufrimientoss? ¿Acaso esa nueva vida postmorten significaría una desaparición de la memoria consciente, del yo único y particular de cada individuo?
En realidad, Unamuno hizo suya la máxima de Spinoza: "Lo propio y característico del ser es perdurar en el tiempo" (parafraseo). Y fue a través de Spinoza que Unamuno comprendió y sintió qué era el dolor de Dios (ver "Del Sentimiento Trágico de la Vida"). 
Savater, para demostrar el ateísmo de Unamuno, esgrimió, precisamente, el argumento del miedo a la muerte que tenía el maestro de Salamanca; miedo a dejar de ser él mismo, de perder su consciencia y la memoria de su singular y subjetivo yo. El buen cristiano, argumentaba Savater, no temería a la muerte, pues la aceptaría en la creencia de que era el paso a una vida eterna junto al creador. Entonces, añado yo, no existe ningún buen cristiano, ya que, el que más y el que menos, tiene miedo a la nada, a dejar de ser, a morir... ¿Diréis que no?
Y es que ser cristiano, y es opinión personal del que suscribe, significa, en el fondo, ser un poeta, un amante de la poesía y un estúpido afectivo dispuesto, cual Solón, a llorar por las pérdidas más queridas, aunque de nada sirvan los plañideros llantos. De hecho, el propio Unamuno consideraba la filosofía como una suerte de poesía, porque solo la poesía puede ser promesa de vida, en tanto que solo la poesía consigue romper las barreras del rígido y frío racionalismo nihilista. También dijo un gran hombre, asesinado precisamente por ser el mejor de entre sus iguales: "Es necesario anteponer la poesía que promete frente a la que destruye". Y es que la poesía mal entendida y peor utilizada puede ser un arma letal en manos de negadores de la vida y de la misma esencia del hombre.
Creo, por tanto, que, en tanto que autoproclamado poeta, no podemos considerar a Unamuno como un ateo al uso; no, al menos como uno de esos ateos rebeldes, amantes del materialismo cientifista, siempre obcecados en matar dioses etéreos y celestiales para mejor legitimar y adorar a sus dioses hechos de barro y podredumbre racional.
Unamuno, por tanto, y he aquí mi conclusión al respecto, fue un poeta agnóstico, un ser espiritual sumido en la angustia existencial y enfrentado a sí mismo en eternas contradicciones que jamás pudo conciliar hasta el día de su muerte.

El dolor de España: más conocida en nuestra eterna España invertebrada es la queja reiterada que solía manifestar Unamuno respecto a la preocupación que sentía por su madre patria, por la difícil situación que atravesaba España en los albores del 36 y que habría de desembocar en una cruenta y fratricida guerra civil.
Unamuno no fue un particularista ni estaba de acuerdo con las reivindicaciones de los nacionalistas periféricos. De hecho, consideraba absurdo que los eternos descontentos siguieran prefiriendo "la espingarda al máuser" (ver aquí). Unamuno se sentía orgulloso de ser vasco y español, liberal y republicano, pero en absoluto era un tontiloco, como él bautizara a Arana y Macià.
¿Pero fue también un ferviente patriota?
En su "Del sentimiento trágico de la vida" Unamuno dejó escrito:

"Ni a un hombre, ni a un pueblo- que es, en cierto sentido, un hombre también- se le puede exigir un cambio que rompa la unidad y la continuidad de su persona. Se le puede cambiar mucho, hasta por completo casi; pero dentro de continuidad.

Sin duda, Unamuno defendió la unidad de España, pero respetando su pluralidad y haciendo hincapié en lo que de común tenían todos sus pueblos. También, en momentos graves en los que el nacionalismo periférico se mostró más beligerante, Unamuno instó a salvar la juventud española; salvarla de los tontilocos, sí, pero también de los poetas de la destrucción que negaban el legado histórico-cultural y religioso de España. Sí, porque Unamuno quizás no fuese un ferviente creyente, ni tampoco un patriota con la gallardía y el brío del joven José Antonio, pero sí era un intelectual respetuoso con la tradición; era un poeta que necesitaba de poesía prometedora, necesitaba poesía de vida, poesía de carne y hueso, en definitiva, que pudiera dar a los hombres esperanzas alejándoles del nihilismo existencial.
Unamuno pudo parecerle muy cercano al gran patriota que fue José Antonio (ver aquí encuentro entre ambos), pero el dolor que Unamuno sentía por España era el dolor del poeta, no el del guerrero dispuesto a dar su vida por causa alguna. ¿Cómo habría de estar dispuesto Unamuno a dar su vida por España sin la certeza de vida tras la muerte? ¿Qué sentido podía tener defender ninguna causa sin Dios? Dijo Unamuno, y dijo bien, que los hombres se tornaron cobardes al dejar de creer en Dios, y que disfrazaron la cobardía ante el miedo a la nada, a la muerte del ser, con la palabra pacifismo.

Conclusiones:
Los dolores de Unamuno respecto a Dios y a España pudieron ser reales; pero sin que de ellos pueda concluirse que Unamuno fuese verdadero creyente o patriota, ya que "sus dolores" eran provocados por un querer y no poder creer.
Por otro lado, la personalidad en exceso narcisista de Unamuno necesitaba del conflicto y la disputa («¡Y Dios no tepaz y sí gloria!) porque Unamuno se crecía en las lides dialécticas, seguro de su superioridad moral e intelectual; y nunca, en el fondo de su atormentado ser, deseó hallar la paz, pues creía, de hecho, que la existencia consistía precisamente en una pugna constante en busca de Glorias imposibles.
Los seres eternamente en pugna consigo mismo, sumidos en la angustia vital, no pueden comprometerse con nada ni con nadie salvo con ellos mismos; podrán polemizar y contradecirse mientras juegan en la comedia de la vida, ora como creativos dioses literatos ora como fervientes patriotas, pero no podrán creer de verdad, no, al menos, como los fervientes dogmáticos o los espíritus más inocentes y puros.
Dijo Albert Camus que la filosofía era la manera de vencer al suicidio, y seguramente por ese motivo, y no otro, Unamuno filosofó e hizo poesía, para escapar de las garras de Thanatos y aferrarse con uñas y dientes, a través de su obra, a la vida.

jueves, 24 de abril de 2014

Democracia: una gran farsa.

En una reflexión anterior (ver aquí) expliqué la imposibilidad de vertebrar sociedades a través de verdaderos Estados democráticos. No se trata tanto de que las élites no deseen la democracia, que también, como del hecho de que las diferentes oligarquías sean conscientes de que resulta del todo utópico llevar una radical democracia (auténtica) a la praxis de la realidad.

¿Qué deberían hacer, entonces, quienes son conscientes de tan trágica y amarga verdad? ¿Nos confiesan que la democracia es un ideal imposible, y se arriesgan a que las masas enfurecidas vuelvan a colocar guillotinas en las plazas de los pueblos? ¿O nos engañan como a los niños consentidos y egocéntricos que somos?

Pues nos engañan como a niños, por supuesto. Pero ¿Cómo nos engañan?
El cómo nos engañen dependerá de la clase de político que pretenda vendernos la necesidad de creer en la consecución de una verdadera democracia; dependerá, en definitiva, de si hemos de vérnosla con algunos de los siguientes perfiles, tan característicos de nuestros sofistas:

El político iluso: el creyente.
Abunda sobre todo entre los jóvenes que se inician en política, y entre quienes, cuales eternos púberes, se niegan a madurar, es decir, se niegan a reconocer la crudeza de la realidad. Los jóvenes, por naturaleza, todavía creen en ideales románticos, máxime cuando su "formación" intelectual deja mucho que desear y sus aspiraciones en el mundo de la política están motivadas por lecciones que han recibido de "oídas", bien de sus mayores o de agrupaciones afines a determinadas ideologías. Desde luego, pocos jóvenes llegan a la política, al menos en España, a través de un duro recorrido vital de esfuerzo, trabajo y superación.
Pero existen también políticos maduros, algunos con importantes bagajes intelectuales, que, cuales jóvenes ilusionados, también son fervientes creyentes: creen en el ser humano y en las utopías. Son soñadores y poetas más que políticos. No podemos decir, en conciencia, que estos políticos ebrios de romanticismo nos engañen. No, en tanto sería más correcto decir que en realidad se engañan a sí mismos. Son dignos de admiración, porque todavía son puros y no han llegado al estadio resignado del político cínico, y menos aún han hecho suya la mentira del inmoral hipócrita. Y, sin embargo, el autoengaño inconsciente que practican estos políticos es la mejor manera, quizás la única, de engañar a las masas haciéndoles creer que las democracias auténticas son posibles.
El político iluso nos engaña a través de su inconsciente autoengaño.

El político cínico: el pragmático.
El político cínico suele ser ya una persona entrada en años; de vuelta de todo, como se suele decir. Las más de las veces es inteligente y conocedor de las limitaciones del ser humano. También sabe de la imposibilidad de articular verdaderos Estados democráticos en las sociedades actuales. El paradigma de dicho político sería Winston Churchill, demócrata que lo fue, no tanto por creer que fuese factible un auténtico Estado democrático como por pensar que la democracia era el menos malo de los sistemas de gobierno conocidos.
No es de extrañar que la "democracia", o lo más parecido a la misma, funcione mejor en los países anglosajones (padres del pragmatismo) y en la Europa del norte, donde el estricto protestantismo (obras son amores y no buenas razones) alejó a sus gentes del idealista y permisivo catolicismo, éste siempre presto a perdonar corruptelas y fraudes.
Estos políticos han sabido convertir la mentira, al menos, en pragmático utilitarismo. Vale, se dicen a sí mimos, nuestros sistemas democráticos no serán perfectos, pero sí son necesarios para hacerles creer a las masas que son ciudadanos libres.
El político cínico nos invita a desear ser engañados, por nuestro propio bien.

El político hipócrita: el falso.
Es el heredero de ese catolicismo mal entendido y peor interpretado, que cree que todo pecador tiene asegurada la salvación tras el oportuno arrepentimiento. Son los hipócritas de la doble moral (a Dios rogando y con el mazo dando), son los defensores de la mentira piadosa que todo lo justifica. Comunismo y socialismo son la otra cara de esta misma moneda, los artífices de haber trocado un suprematismo religioso por otro ideológico, pero, al cabo, igual de hipócrita y fariseo.
Los políticos hipócritas son los más dañinos, pues sus propios dogmas (judeocristianos, comunistas o socialistas) son en sí mismos la antítesis de una auténtica democracia, pero nos quieren hacer creer que todo principio de libertad radica en la sumisión voluntaria de los ciudadanos, bien a un Dios todopoderoso o a un Estado omnipresente. Nos hacen creer que el pienso cebador (subvenciones, prestaciones, ayudas solidarias...) que nos proporcionan sus diosecillos (celestiales o terrenales) son derechos de la ciudadanía; nos hacen creer que la cárcel de oro, en que vivimos los animales de lujo en que nos hemos convertido, es en realidad un sistema democrático garante de las sacras libertades individuales.
Estos políticos hipócritas siguen empeñados en convencernos de sus engaños.
¡Cómo les gusta la frase de Unamuno, que siempre descontextualizan, para proclamar aquello de "venceréis pero no convenceréis"! ¡Cómo si a lo largo de la historia se hubiese podido convencer limpiamente al contrario, sin guerras o sin argucias manipuladoras!
Estos fariseos quieren hacernos creer que hay más humanismo y talante democrático en quienes pretenden convencer a fuer de mentir, adoctrinar y manipular la historia, que en quienes pretenden vencer por las bravas, a base de bombas y cobardes tiros en la nuca.
¿Y dónde está la nobleza en una u otra acción? ¿Qué diferencia hay entre que me sodomicen a pelo, padeciendo terribles dolores, o que lo hagan con talantera y farisea vaselina? ¿La diferencia está en las formas, me decís? Pues, como diría Reverte, yo me cisco en las formas si al final mi honor, mi razón de ser, mi dignidad y mi singular idiosincrasia, heredadas por imperativo de la historia, son mancilladas por los hipócritas talanteros de turno.

¿Una sodomización (injusticia histórica si se prefiere) consumada a través de un pacífico dictamen democrático ha de ser más justa, más buena y mejor aceptada, que otra llevada a cabo a través de la violencia? ¿Por qué?

martes, 22 de abril de 2014

Unamuno: ¿filósofo o poeta?

Resulta fácil, en España, poder encontrar multitud de literatura, artículos y ensayos varios, destinados tan solo a criticar y deslegitimar a terceros. Las mismas envidias y egocentrismos particularistas que han socavado y erosionado al otrora sugestivo proyecto de vida en común que fue España, han favorecido la proliferación de un estereotipo de individuo, tan mediocre como rencoroso, cuya única razón de ser es arremeter contra todo aquello que pudiera despuntar, sobresalir o parecer mejor y más excelente. Vivimos el triunfo de la poesía que destruye frente a la poesía que pudiera prometer.

Así, no es extraño que podamos encontrar a doctos catedráticos, que aprovechan sus púlpitos cedidos por las instituciones al servicio de la pedagogía social, para deslegitimar a otros autores, mal que sea a través de inmorales y cobardes argumentos ad hominem. Quizás sea Ortega y Gasset uno de los autores contra los que más se ha vertido la insana inquina de los envidiosos de las Españas; y es que pocos pensadores tienen el dudoso honor de ser el blanco, a un tiempo, de las iras de las izquierdas más retrógradas y del odio de los particularistas más ombliguistas.
Pero también podemos encontrar a periodistas (entrecomillado malicioso), tan osados como ignorantes, cuyo único interés consiste en hacer política de la chusca, es decir, política facilona y reduccionista destinada a saciar los apetitos revanchistas de las masas. Recuerdo, a bote pronto, un falaz y cobarde artículo de Enric Sopena, criticando ferozmente la obra de Fernández de la Mora, no rebatiendo intelectualmente los contenidos filosóficos de la misma, sino señalando los graves pecados del autor de "La envidia igualitaria": haber sido ministro de Franco y supuesto numerario del Opus Dei. En España no importa tanto la verdad como el deporte, tan nuestro, de poder deslegitimar al osado que se atreva a proclamarla.

Respecto a Unamuno, y aquí quería llegar, las críticas más comunes se han centrado en torno a la difícil personalidad, irascible y contradictoria, del filósofo de Salamanca.
Y a fuer de señalarnos que Unamuno fue un pensador en exceso subjetivo e irracional se han obcecado en despojarle de su condición de filósofo, ya fuere porque sus intuitivos ensayos carecían de rigor objetivo o porque, sencillamente, Don Miguel no articuló un sistema filosófico propio, como hicieran Ortega, Xavier Zubiri o María Zambrano.
De hecho, tampoco a Ortega le sirvió de mucho ser el padre del raciovitalismo, pues igualmente fue atacado por sus detractores, acusado de plagiador cuando no de panfletario. Los críticos llegaron a definir a Ortega como a un periodista de vastos conocimientos con ínfulas de filósofo. ¿Cabe ser más miserable?
Pues bien, Unamuno ni siquiera se molestó en articular un sistema filosófico propio, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano a través de su propuesta de pensamiento poético.
Y sin embargo, toda la obra de Unamuno, impregnada de filosofía de vida, propia de hombres de carne y hueso, fue la precursora e inspiradora de las ideas de Zubiri sobre el carácter real, de suyo, del pensamiento virtual. Unamuno, en su magnífica "Niebla", aunque a través de una nivola creativa, se adelantó a los pensadores de su época y sostuvo, ebrio de aparente poesía irracional, que los entes en la ficción tenían una vida propia que escapaba de los designios de sus creadores. Había abierto las puertas de la filosofía a la imaginación y la ficción; allanó el camino para que Zubiri pudiera crear todo un sistema filosófico que reconociera el carácter racional, por derecho propio, de otras vías de la razón diferentes, pero igualmente legítimas, a la lógica y el cientifismo objetivo: la mística, la religión, la poesía...
Pero Unamuno no solo alimentó la filosofía de Zubiri, sino que también influyó, y mucho, en la obra de María Zambrano, la cual homenajeó al maestro a través de un sentido ensayo titulado, precisamente, "Unamuno".
Era Don Miguel, en palabras de Zambrano, más un poeta que un filósofo al uso. Pero el matiz de aquel era más no negaba la rica filosofía inherente en toda la obra de Unamuno (novela, ensayo, poesía...), sino que reivindicaba una nueva filosofía, más intuitiva, más creadora, más de carne y hueso, más poética...
Zambrano recogió toda la filosofía de Unamuno, dispersa en forma de pensamientos intuitivos, sagaces y osados, para legitimarla a través de la razón.
¡Qué obsesión tan enfermiza la de validar y certificar la verdad a través de una razón, las más de las veces prostituida al servicio de la lógica y la objetividad científica!
Hizo bien Zambrano, como antaño hiciese José Antonio, en reivindicar la poesía como promesa de vida, porque solo cabe el refugio en la poesía, en los pensamientos más mágicos y fantásticos, para escapar del nihilismo existencial; solo cabe crear ficciones e ilusiones para poder engañar a la muerte, para poder, al menos, escapar de su pesada presencia; para evadirnos del sentimiento trágico de vivir.

Por todo ello, yo sostengo, no tanto que Unamuno fuese más un poeta que un filósofo, lo cual en sí mismo no debería desmerecer ni obviar en absoluto la riqueza filosófica de toda su obra, sino que Don Miguel, como gustaba de llamarlo Zambrano, fue un gran filósofo que se sirvió de la poesía para articular su rico y variado pensamiento intuitivo, subjetivo y propio del hombre de carne y hueso que él mismo reconocía ser.
Sí, porque, como bien decía Unamuno, quizás él no fuese más que una diminuta partícula en el Universo, pero para él mismo, para su atormentado yo, lo era TODO.
Y es que el común de los mortales, queramos o no reconocerlo, tardemos antes o después en descubrirlo, siempre soñamos con la eternidad y con la sempiterna perdurabilidad de nuestro yo, de nuestro subjetivo, particular y exclusivo yo. Hay quienes son conscientes de esta sed de inmortalidad a lo largo de toda su vida, y quienes solo se caen del caballo y ven la luz cuando presienten cercana la muerte, tras una grave enfermedad, un penoso infortunio o una dolorosa desgracia.
Quienes se niegan a reconocer que sueñan con vidas eternas, esos curas, barberos y bachilleres guardianes de la razón, tan celosos de su verdad, no son más que viles hipócritas que se niegan a sí mismos y, peor aún, niegan la esencia espiritual, poética al cabo, de los hombres de carne y hueso.
¿De qué me sirve una filosofía que no sea promesa de vida? ¿De qué habría de servirme a mí, a mi particular y subjetivo yo, que pudiera existir un Dios creador (arquitecto del universo) pero incapaz, sin embargo, de garantizarme la vida eterna?
Bienvenida sea la poesía que intenta salvarnos o, cuanto menos, nos alivia, cual bálsamo de Fierabrás, de las heridas que nos produce el drama de vivir; que nos aligera del dolor de tener que acometer a los gigantescos molinos de viento del ex-sistere; que nos calma y templa el ánimo ante las arremetedoras turbas de curas, barberos y bachilleres, siempre prestos a regir nuestros destinos, ora legitimándose a través de la diosa Razón ora sirviéndose de prostituidas democracias.

martes, 15 de abril de 2014

Eugenesia para zombis.

¡Ya están aquí! ¡De nuevo se nos vienen encima los vampiros sedientos de sangre de nuestra casta!
Los vampiros de la política están dispuestos a dejarnos sin una gota de sangre; están dispuestos a expoliar nuestros bienes y gravar nuestro trabajo, esfuerzos y sacrificios, por tal de saciar sus vampíricos apetitos, por tal de perpetuar sus privilegios y de preservar las granjas-escuelas a través de las cuales crean el ganado humano que necesitan para subsistir.

El proceso de domesticación, a través del cual nos someten, es ya imparable. La última "ocurrencia" del vampírico gobierno de España ha sido la de aumentar las bases de cotización de los autónomos.
La excusa: para que los sufridos autónomos puedan tener derecho a prestaciones de desempleo.
El motivo real: para llenar las arcas y poder, así, seguir alimentando el creciente e imparable déficit de las administraciones públicas.
¡Más sangre! ¿O era más madera?

Lo más grave de esta medida, sin duda un paso más hacia la esclavitud, es que las asociaciones de autónomos hayan consentido tan castradora medida; lo peor es que se hayan vendido por un miserable plato de lentejas, a cambio de un poco de pienso disfrazado de "derecho".
¿Qué le va quedando a un autónomo de su supuesta autonomía?
Cuando los últimos hombres libres se venden a cambio de miserables platos de lentejas, por tal de devenir seres humanos, demasiado humanos y civilizados; domesticados, sumisos y castrados, pocas esperanzas quedan para creer en futuros prometedores. En todo caso, lo único que cabe esperarse del devenir de los acontecimientos presentes es miseria futura.

El triunfo de la pedagogía social, de la doma y domesticación de los últimos hombres libres, es ya un hecho consumado: todos nos hemos convertido en zombis, en vegetales que deambulan sin esperanzas en el futuro, tan solo atentos a la llegada de nuestra correspondiente ración de pienso; atentos tan solo al momento sagrado en el que nuestros granjeros rellenarán nuestros pesebres, ora con subvenciones y prestaciones, ora con espectáculos y distracciones para las masas. Tan solo aspiramos a vivir un día más; tan solo vegetamos, resignados, para poder subsistir como el ganado humano en que nos hemos convertido. Y lo peor de todo es que, como los zombis que somos, no dudamos en fagocitar y convertir en zombis a los últimos hombres libres que pudieran quedar.
¡Masas de zombis al servicio de la oligarquía vampírica! Este siniestro guión daría para una buena serie de ficción, de no ser por que es el libreto que se está siguiendo a pies juntillas en nuestra triste y cruenta realidad.

Vale, nos han vencido, han conseguido domesticarnos a fuer de hacernos humanos, muy, muy humanos y civilizados; a fuer de hacernos creer que éramos pequeños diosecillos con derecho a todo. Nos han vencido sabiendo satisfacer nuestros más inconscientes e irracionales deseos; nos han dado pienso haciéndonos creer que eran derechos; nos han hecho creer que la vida podía llegar a ser un paraíso terrenal, ausente de penalidades, de trabajos y sacrificios. Nos convencieron de la necesidad de perseguir ilusorias utopías mientras la realidad, inmisericorde, nos engullía y acababa con nuestros sueños de libertad. No se puede ser libre sin sufrir y sin el derecho, el único realmente inherente al hombre (no digo ser humano), a salvaguardar su vida y la de los suyos.
¿Si nos privan del derecho fundamental para hacer, construir y proyectar, libremente, para qué queremos sucedáneos en forma de piensos cebadores (subsidios, prestaciones, ayudas solidarias, deportes, espectáculos...)?

Y si nos han vencido a través de una costosa y laboriosa pedagogía social, convirtiéndonos en zombis, en sumiso ganado humano, o en animales de lujo (Peter Sloterdijk), ¿por qué no implantar de una vez por todas, sin hipocresías ni hemiplejias morales, un auténtico y eficiente sistema social basado en la eugenesia?

¡Ah, vale, ahora nos llevamos todos las manos a la cabeza!
Sin embargo, nos parece bien que el aborto se practique libremente; nos parece todavía mejor que el Estado pueda dirigir nuestra vidas, hasta el punto en que pueda decidir cuántos hijos podemos tener (China) o que el Estado decida cuántos bienes podemos poseer (Cuba y Venezuela). Tampoco nos importa que el Estado, a través de democráticas leyes, nos lo quite todo. Y no me refiero a los bienes y frutos de nuestro trabajo, que también, sino a nuestra dignidad y sacra libertad individual.
¿Por qué habría de importarnos que nuestros legítimos vampiros, refrendados en urnas democráticas, diesen un paso más en el perfeccionamiento de sus granjas productoras de ganado humano? ¿Por qué habría de importarnos la exterminación selectiva de los zombis en que nos hemos convertido?
Me lo expliquen...

domingo, 13 de abril de 2014

"Celo de Dios", de Peter Sloterdijk.

El filósofo alemán Peter Sloterdijk escribió un ensayo titulado "Celo de Dios", donde intentó mostrar los supuestos lógicos, principios psicopolíticos y psicodinámicos, que, a lo largo de la historia, condujeron a los seres humanos hacia las religiones monoteístas (judaísmo, cristianimo e islamismo).
Explica dicho filósofo, en líneas generales, que el monoteísmo surgió como necesidad vital del ser humano por "dar sentido a la vida"; buscando servir a un ente superior, anhelando comulgar con el todo absoluto; llámesele Dios, Ser o principio espiritual.
Las tres principales religiones monoteístas, como demuestra Sloterdijk, comparten importantes puntos comunes, pues, de hecho, tanto el cristianismo como el islamismo son superaciones teológicas del más antiguo judaísmo.
Las circunstancias históricas -entiéndase las dinámicas psicopolíticas de cada época- determinaron cómo habrían de evolucionar todas las religiones monoteístas en un continuum temporal que habría de conducirlas hacia un fin último: La salvación del ser humano.

Pero, ¿en qué consiste la salvación del ser humano?
La salvación del ser humano solo es posible a través del imperativo vital que nos insta a positivar la muerte, es decir, solo nos salvaremos en la medida que podamos rehuir el nihilismo existencial y aceptemos el carácter finito del ex-sistere. Dicha aceptación y superación de la finitud de la existencia insta al ser humano a buscar el sentido de ésta y, por tanto, le apremia a buscar un proyecto vital que le permita realizarse y, al cabo, transcendentalizarse.
Volvemos de nuevo, y como en reflexiones anteriores insertas en este blog, a la pregunta por la cuestión del Ser planteada por Heidegger, pero ahora situándola dentro de un conjunto más amplio de propuestas cuyo objetivo principal, en palabras de Sloterdijk, será la autorrealización del ser humano a través de la comunión con lo Supremum.

El Supremum (lo superior): debemos entenderlo como el TODO; el UNO absoluto que da sentido a la existencia humana; la razón o el sentido del ser. A la pregunta de ¿cuál es el ser del Ser? (cuál es el sentido del ser) le corresponden diferentes respuestas, determinadas éstas no solo por las circunstancias históricas o psicodinámicas (como bien señala Sloterdijk) sino también por las diferentes psicologías humanas (clases de personas) que, a la postre, identificarán a cada tipo humano con aquellas vías (respuestas) más acordes, a priori, con sus particulares idiosincrasias (psicobiológicas y psiconeurológicas).
Estaríamos aceptando y revalidando la vieja máxima orteguiana "yo soy yo y mis circunstancias", pero reactualizándola, enriqueciéndola y superándola con nuevos conocimientos aportados por la ciencia y la tecnología en los diversos terrenos de la política, la sociología, la antropología y la psicología.
Sloterdijk, en su ensayo "Celo de Dios", se limita a explicar cómo los condicionantes psicopolíticos y psicosociales (variables circunstanciales) configuraron y determinaron las diferentes posturas adoptadas por los grupos humanos, a lo largo de la historia, para llegar al Supremum. Pero obvía, en mi opinión, la variable del yo individual (la clase de persona que se es).

Suprematismos religiosos

Las tres religiones monoteístas identifican al Supremum con la idea de Dios, siendo Dios el UNO todopoderoso y Omnipresente, creador y justiciero que da sentido a la vida de los seres humanos.
El Supremum religioso es el más conocido y popular, el más característico de las masas, en tanto ha sido interiorizado en el subconsciente colectivo a través de una larga historia de tradicional pedagogía social. Proponía, en definitiva, un servicio a la idea de Dios.
Poco a poco, sin embargo, y debido a los avances de la Ilustración y al auge de la filosofía, el ser humano se preguntó por un Supremum filosófico u ontológico, alejado de la idea de Dios. Se aceptó, básicamente, que no tenía que haber necesariamente un Dios que diese sentido a la existencia del ser humano, pero sí una esencia transcendente y, por tanto, suprema. En esta línea, Heidegger rehuyó de la tradición histórico-religiosa y se propuso una búsqueda objetiva y fenomenológica del ser del Ser: ¿Qué principio primigenio de vida posibilita o hace posible la existencia?
Tras el fracaso de la metafísica -vía filosófica- ensayada por Heidegger para hallar la respuesta a la cuestión del ser, éste concluyó, resignado, que solo un Dios podría salvar a la humanidad. Se propuso una responsabilidad (cuidado del ser) ante la existencia, que tampoco pudo superar el nihilismo de la modernidad, incapaz, en definitiva, de positivar la muerte.

Suprematismos ideológicos

Un híbrido entre la vía teológica y la filosófica lo constituye el monoteísmo comunista, del que Sloterdijk señala algunas de sus coincidencias con la reinterpretación de un cristianismo primigenio basado en la igualdad, pero donde, paradójicamente, y a través de una vía racional, se legitima un nuevo tipo de servidumbre, no hacia un Señor (Dios) sino hacia un Estado (un UNO) todopoderoso y supremum.
La modernidad y el triunfo de las democracias igualadoras (Sloterdijk) no facilitan la pervivencia del comunismo. Tan solo en excepcionales sociedades (Cuba, China, Corea del Norte, por ejemplo) y en grupúsculos nostálgicos de la uniformidad servil hacia el Estado, despreocupados por las libertades individuales, subsiste el germen de este pseudomonoteísmo comunista, que ya fuera calificado como pseudofilosófico por el pensador Bertrand Russell.

Tras la modernidad, y en el actual período contemporáneo, se abren terceras vías hacia la búsqueda del sentido del ser (para positivar la muerte) considerando un Supremum espiritual, que no debe confundirse con el religioso, por más que comparta algunas coincidencias.
Ahora cada ser humano podrá transcendentalizarse de forma más individual, considerando su comunión con el TODO como un acto responsable, pero también artístico y creador.
Quizás el arte, y las diferentes formas de expresión del mismo, constituyan, hoy, la vía de autorrealización personal más avanzada para positivar la muerte, aunque todavía las demás vías (religiosa, filosófica e ideológica) sigan teniendo sus adeptos.

viernes, 11 de abril de 2014

El miedo a vivir.

El miedo está presente en todos los seres humanos, como un mecanismo de defensa que nos insta a preservarnos y salvaguardarnos del peligro, de la incertidumbre y de las amenazas futuras; es uno de los instintos más primitivos y vitales del hombre; un instinto básico y fundamental para garantizar la supervivencia individual y/o colectiva (naciones). Y, sin embargo, es un instinto que no es socialmente aceptado ni deseado.
¿Por qué?
El miedo no se acepta porque es la principal fuente generadora de ansiedad en nuestras vidas. De hecho, el drama que es el vivir implica una constante lucha contra las adversidades y contra los imprevistos de las circunstancias; vivir es afrontar y superar problemas que nos dan miedo. Tenemos miedo a fracasar, a enfermar y morir, incluso tenemos miedo a hacer el ridículo o a aceptar responsabilidades. Pero el más grave y peligroso de todos los miedos es tener miedo a vivir.

El miedo a vivir

Las actuales sociedades occidentales han optado por negar el miedo en aras de vivir felices, para poder vivir despreocupadas y ajenas a las adversidades. No puede haber felicidad si, primero, no se destierra de nuestras vidas la ansiedad, y para combatir la ansiedad hay que hacer desaparecer el miedo de nuestras vidas.
La pedagogía social, ya desde las granjas-escuela, se ha encargado de criar ganado humano débil y temeroso a fuer de alejarle de sus instintos más primitivos, entre ellos el del miedo. Nuestros civilizados niños no tienen tolerancia al fracaso ni a la frustración; no saben superar miedos y temores porque se les ha educado a través de un sistema pedagógico obcecado en desterrar la ansiedad de las aulas. Para ello, las exigencias de rendimiento, trabajo y esfuerzo, se han minimizado, al tiempo que el aprobado se ha convertido en un dadivoso regalo caído del cielo.
Los padres, en general, también intentamos por todos los medios que nuestros hijos no afronten sus miedos. Dejamos que nuestros hijos duerman con las luces encendidas, o que busquen refugio en el lecho de los padres. Creemos que, alejando la oscuridad y el temor de sus vidas, serán más felices.
Hemos creado toda una serie de consignas y frases hechas destinadas a relajar y contentar a nuestros infantes: "lo importante no es ganar, sino participar", y para ello premiamos tanto a los mejores como a los peores, a los buenos y a los malos, porque nadie es más que nadie. Aprobado general, competiciones sin vencedores ni vencidos. Felicidad para todos.
Pero, paradójicamente, el hecho de no proporcionarles a nuestros niños herramientas para afrontar la ansiedad y tolerar la frustración, no les hará más felices, sino al contrario: con el tiempo, las carencias de recursos para afrontar y superar problemas, les convertirán en víctimas de cualquier circunstancia adversa; les convertirán en individuos sin ego y sin iniciativa propia; serán individuos miedosos e incapaces de valerse por sí mismos. Tendrán miedo a vivir.

Vivir sin temor al miedo

Decía Fernández de la Mora que el razonalismo era una alternativa filosófica que permitía canalizar los impulsos más irracionales del ser humano (sentimientos, caprichos, instintos...) a través de la razón; una razón necesaria para hallar la verdad, ya fuere sobre el sentido del ser o sobre los criterios morales que deberían reconocerse como universalmente buenos.
Así pues, desde una perspectiva integradora de inteligencia y sentimientos, Fernández de la Mora, como hiciera Zubiri con su inteligencia sentiente, o Zambrano con su inteligencia poética, también consideró la presencia de los instintos en el ex-sistere de los seres humanos. Pero De la Mora no defendió una negación de los instintos (puro racionalismo) ni los reivindicó apasionadamente como hicieran Zambrano o Unamuno, más irracionales, sino que propuso canalizarlos y servirse de ellos, a través de la razón, para utilizarlos en provecho de nuestra propia supervivencia.

Desde dicha perspectiva razonalista, se acepta que el miedo debe ser nuestro aliado para permitirnos superar circunstancias adversas, pues en esto, precisamente, consiste el constante quehacer que es la vida. El miedo debe instarnos a pensar, primero, para actuar después de la manera más adecuada para salvaguardar nuestros proyectos de vida personales o colectivos.
Obsérvese que el razonalismo, en tanto reconoce la necesidad de usar la razón (inteligencia) para superar adversidades, se aleja del darwinismo más irracional e instintivo, al tiempo que acepta como bueno (necesidad vital) vivir sin temor al miedo, es decir, no hay que negar u ocultar el miedo, sino afrontarlo y superarlo. Y es que, sencillamente, el individuo o sociedad que deja de temer, en aras de ser inconscientemente feliz, está caminando hacia su autoinmolación.

El hacedor de lluvia

Este pequeño relato de Hermann Hesse se me antoja el paradigma de quienes, obcecados en la búsqueda de la felicidad, se empeñan en desterrar el miedo de sus vidas.
Cierta noche, una misteriosa lluvia de estrellas aterrorizó a las gentes de un pequeño poblado primitivo; el inusual fenómeno metereológico fue considerado como una señal de desgracias futuras, y hombres y mujeres, invadidos por el miedo, se sumieron en una suerte de histeria colectiva.
Pero el chamán de la tribu, el hacedor de lluvia, deseó salvaguardar a su hijo del miedo colectivo que provocó la infelicidad del resto del poblado:
"...le había ocultado la lluvia de estrellas (a su hijo) confiando en que mejor le sería dormir que presenciar aquel prodigio... un peligro vital para todos, un presagio funesto para el futuro..."

En un primer momento, el padre prefiere que su hijo duerma, es decir, prefiere que siga sumido en la ignorancia y en la falsa felicidad que proporciona el no ser consciente de la realidad y de los peligros de la misma.
Pero el sabio hacedor de la lluvia no tarda en darse cuenta de que quizás no obró acertadamente y de que con su proceder había debilitado a su hijo no permitiéndole forjar su carácter:
"El futuro exigirá un hombre maduro y valeroso, y al haber dejado a su hijo durmiendo en la choza le había privado de la ocasión de fortalecerse y de templar su alma con aquel espantoso suceso"

El sabio chamán reconoció que, con su errado proceder, le privó a su hijo de la posibilidad de aprender a superar miedos y angustias para poder afrontar el futuro con mayor entereza y seguridad.

Apocalypto

Pocas películas, como la magnífica "Apocalypto" de Mel Gibson, han sabido retratar con tanto acierto la inconsciencia de quienes, en aras de vivir felices, despreocupados y ajenos a las adversidades de las circunstancias, se condenan a sí mismos a desaparecer del devenir de la historia.
La trama de Apocalypto es, en realidad, de una extremada sencillez:
Un feliz y despreocupado pueblo de cazadores, que vive en el interior de la selva ajeno al mundo exterior, se niega a sí mismo la responsabilidad y el deber de afrontar sus miedos.

Dicho pueblo, durante una jornada de caza, contacta con un grupo de supervivientes que huyen aterrados de quienes les han masacrado y destruido sus hogares. El hijo del jefe de los cazadores, angustiado y preocupado, desea saber qué ha pasado y por qué huyen aquellos seres temerosos, pero el gran jefe evita que pueda interrogarles. Argumenta, el inconsciente jefe, que no desea que su hijo se infecte del mismo miedo que corroe a los pobres desgraciados que huyen despavoridos. No quería que su hijo ni su pueblo conocieran el miedo, es decir, no deseaba que afrontaran la necesidad vital de conocer y saber qué estaba ocurriendo; prefirió ignorar lo que sucedía a su alrededor y se refugió y condenó a los suyos a vivir autistas en su pequeño microcosmos selvático.
No tardaron, por lo tanto, en sucumbir fácilmente ante la poderosa civilización Maya, dedicada a saquear pueblos del interior de la selva para obtener esclavos y víctimas que pudieran ofrecer en sacrificio a sus dioses.

El gran mensaje transcendente de Mel Gibson es contundente: los inconscientes tienen miedo del miedo y están condenándose a sí mismos y a los suyos a un antivital suicidio resignado.

viernes, 4 de abril de 2014

De Buda a Zubiri (¿irrealidad o realidad?)

En determinadas ocasiones hacemos un paréntesis, una pequeña parada durante la representación de nuestro drama personal, que es el vivir, para preguntarnos por cuestiones, más o menos transcendentes, que nos dan que pensar.

Dicen que el joven Siddharta, inmerso en un gran palacio rodeado de jardines y bosques, vivía cómodamente ajeno a las penurias del mundo exterior. Sin embargo, a pesar de vivir en una suerte de Edén donde nada le faltaba y todo lo tenía, el mismo relajo existencial que debiera proporcionarle paz y bienestar le sumió en una inexplicable angustia.
Siddharta era tan feliz que, seguramente, cayó en la cuenta de que algún día su felicidad se podría ver truncada por una enfermedad o por una dolorosa muerte; se dio cuenta, desde la aparente paz que le proporcionaba el hecho de tener todas sus necesidades vitales cubiertas, de que algún día habría de morir. ¿Y entonces qué? ¿Qué sería de la magnífica vida de lujo y despreocupación que tenía? La repentina presencia de la idea de la muerte le dio que pensar...

Y entonces, el joven Siddharta salió al exterior, fuera de los muros de su particular paraíso y, como otrora le sucediera a Adán y Eva tras comer del fruto prohibido, halló miseria, tristeza y dolor entre aquellos hombres y mujeres, menos afortunados que él, que debían ganarse cada día el pan con el sudor de sus frentes; que debían sufrir todos y cada uno de los días de su existencia hasta encontrar la muerte.
Se dice, se cuenta, se comenta (quién sabe qué pasó realmente por la mente de Siddharta), que aquel hecho traumático de chocar frontalmente con la realidad fue lo que le instó a hallar la verdad sobre la vida; fue lo que le dio que pensar sobre el sentido del ser. A partir de entonces, el joven Siddharta se aisló en su mundo interior y se dedicó a la meditación transcendental, es decir, se dedicó a virtualizar la realidad en su conciencia hasta hallar un estado de gracia, de comunión con el todo absoluto, que conocemos como iluminación. Había nacido el Buda (el iluminado).

Como Siddharta, solo nos podemos permitir el lujo de hacer una parada en el camino del ex-sistere cuando tenemos la barriga más o menos llena, cuando la ociosidad nos lleva a preguntarnos por las auténticas cuestiones radicales de la vida; cuando, como aquellos sabios de la antigua Grecia, que habían logrado cubrir sus necesidades más básicas, se permitieron el lujo de dedicarse al vano deporte de filosofar.

Ese algo que da que pensar, y que brotó del interior de Siddharta a partir de la angustia que le provocó el existir, tuvo que ser despertado también en Adán y Eva, pero desde el exterior y con el concurso de una pérfida serpiente. También en la Grecia clásica fue un personaje llegado del exterior quien tuvo la responsabilidad de corromper a los inocentes hombres: Prometeo, el titán que robó el fuego de los dioses para iluminar la vida humana.
Y he aquí la diferencia más radical entre el místico Oriente y el tan terrenal Occidente: la manera en que sus gentes son iluminadas, es decir, las diferentes vías a través de las cuales, una y otra cultura pretenden encontrar el sentido del ser: vía mística (desde el interior) vs vía vital (desde el exterior).

Pero, como veremos a continuación, Occidente muy pronto se vería influenciado por las vías místicas provenientes del lejano Oriente.
Si bien es cierto que el mundo griego se preocupó, primero, por el ser de las cosas, no tardó en llegar Sócrates, y más tarde Platón, para pervertir en cierto modo la cultura tradicional más apegada a la tierra y la naturaleza, característica de Occidente, dando un giro filosófico hacia un pensamiento místico más oriental (vía de búsqueda interior).
Cuando Sócrates instó a los seres humanos a que se conociesen a sí mismos, seguramente ya tenía influencias de ese pensamiento originario de Oriente, tan intimista y tan irreal... Pero sería Platón, discípulo de Sócrates, el primer filósofo de occidente en virtualizar la realidad, el primero en separar el mundo real (de los sentidos) de un mundo ideal al cual solo se podía llegar a través de la mente. Platón fue el primero en huir de la realidad y fue el primero en abandonar los brazos de la madre naturaleza. Comenzó, así, el desarrollo de toda una civilización; y también apareció ese humanismo, demasiado humano, que fue capaz de erigir al hombre en la medida de todas las cosas.
Finalmente, el cristianismo, nacido a caballo entre Occidente y Oriente, acabó aunando la filosofía virtual (idealizada en la mente) heredera de Platón (neoplatonismo) con las influencias del pensamiento más intra-virtual de la mística oriental.
El camino ya quedó despejado para San Agustín y para los filósofos escolásticos; para la mística española que tan bien representaran Sta Teresa y San Juan de la Cruz y, en definitiva, para toda la filosofía occidental más racional e idealista que, durante siglos, se obcecó en alejarse de la vida y del mundo real.

Hasta que no irrumpiese el vitalismo filosófico en Europa no se podría hablar de una auténtica reivindicación, argumentada y pensada, de las vías de conocimiento ya ensayadas por los filósofos griegos presocráticos, tan apegados a la vida y la realidad. El olvidado Heráclito volvería a ser rescatado por Nietzsche, y éste sería pulido y civilizado, a su vez, por Fichte, pero sobre todo por Husserl y Heidegger. Ortega, en España, haría lo propio al intentar reconciliar razón y vida, y con él todos sus discípulos de la Escuela de Madrid, desde Zambrano (inteligencia poética) hasta llegar al que, en mi parecer, es el más brillante de todos: Xavier Zubiri (vasco, como Unamuno, padre de la inteligencia sentiente).
Vuelve, así, a vindicarse el pensamiento intuitivo, espiritual y más apegado a la naturaleza; vuelve a anteponerse el homo (el hombre o animal de realidades, que diría Zubiri) frente al civilizado humanus (humano) que durante siglos fue despojado de su esencia y desarraigado de sus orígenes más apegados a lo terrenal.

Si a Buda le dio que pensar por el sentido del ser, muchos siglos antes de que Heidegger manifestara también su preocupación e interés por el mismo, a Zubiri le daría que pensar la realidad, aquello que es más inmediato al ser humano.
Zubiri argumentará que el ser solo puede ser en la realidad, incluso ese ser virtual, elaborado en nuestra conciencia, y que Buda, Platón, el Cristianismo, Descartes y Kant sostuvieron que, en tanto se manifestaba en la conciencia no podía ser real; incluso ese modo de ser de la conciencia no real,  Zubiri sostuvo que era real, realidad en la ficción o en la imaginación, pero una forma de realidad al cabo.

Conclusión:

¿A lo largo de la historia de la filosofía qué ha dado que pensar a los hombres?
A los griegos les dio que pensar el tema de los entes (las cosas), a Descartes le dio que pensar sobre la verdad; a Kant sobre la conciencia (razón e idea) a Heidegger le dio que pensar la cuestión del ser. Pero a Zubiri, magnífico Zubiri, le dio por pensar sobre la realidad, sobre ese sistema físico donde interactúa el animal de realidades que es el hombre.
No sé a vosotros, pero a mí la genialidad de Zubiri me da mucho que pensar.


 



miércoles, 2 de abril de 2014

El Quijote en la ficción.

"¡Observa cómo domino la realidad!" (Finn en "Hora de aventuras").

¿De verdad que el ser humano domina la realidad? ¿O toda nuestra existencia es una constante lucha por resistir y sobrevivir a la realidad? ¿Afrontamos la realidad o nos evadimos de ella?

Siendo adolescente fui un gran lector aficionado al género literario de la ciencia ficción, y hoy todavía gusto de leer ficción en forma de ensayos filosóficos. Supongo que ello es debido a que existe una estrecha relación entre la ficción imaginada y el pensamiento metafísico, pues al cabo ambos son especulativos y se representan virtualmente en nuestras mentes.

Desde hace algún tiempo vengo preguntándome sobre el hecho de que cada vez más adolescentes, también jóvenes y adultos, se sumerjan durante horas y horas en los mundos virtuales de los videojuegos.
Al principio me pareció una actitud poco sana el hecho de que una persona, cualquiera, pudiera sustituir la realidad por la ficción; no me parecía muy normal, ni conveniente, que las nuevas generaciones, en vez de instruir sus mentes a través de lectura edificante, se dedicaran a jugar.
Sin embargo, tras algunas reflexiones, llegué a la conclusión de que el ser humano siempre, a lo largo de la historia, se ha evadido de la realidad de mil y una formas diferentes: rituales mágicos, mitos, creaciones literarias fantásticas, consumo de sustancias alucinógenas, espectáculos de masas...
¿Acaso la vida no es juego? ¿O era sueño?

La realidad es insoportable, no cabe duda, es siempre adversidad y drama, genera ansiedad y produce en los seres humanos ese sentimiento trágico que es el vivir, tan angustioso, al que se refiriera Unamuno.
¿Y qué hacía Unamuno, sino evadirse de la realidad a través de su magnífica obra literaria?
¿Acaso no es "Niebla", la historia atormentada de Augusto Pérez, una realidad misma en la ficción?
Decía Unamuno, y decía bien en mi parecer, que el personaje del Quijote ha conseguido ser más real que la persona de carne y hueso que otrora fuese Miguel de Cervantes; decía el genio de Salamanca que los personajes de la ficción, por más que el autor piense que es su creador, tienen vida propia, son dueños de su propia esencia y desarrollan su propia identidad.
Si Unamuno naciera hoy, en el seno de nuestras actuales sociedades, sin duda seguiría siendo un niño inteligente, curioso y creativo, pero tal vez, y digo solo tal vez, en vez de leer compulsivamente se dedicaría a jugar con una PlayStation o una Xbox. ¿Por qué no? ¿Acaso no somos hijos de nuestro tiempo?
Ortega y Gasset, cuando se refirió a las posibilidades del ser, contempló en cierta manera un tipo de realidad virtual, que sin llegar a ser todavía real (ser en el mundo), ya estaba siendo considerada como tal en la mente del sujeto. De hecho, fue Husserl, uno de los maestros de Ortega, quien al referirse a la conciencia la definió como un modo de ser intencional; objetos e ideas son tratados en la conciencia de tal manera que podemos especular previamente sobre ellos, considerando diferentes posibilidades de elección antes de ejecutar nuestros actos.
Resulta curioso, hoy, observar cómo las posibilidades de ser, que imaginó Julio Verne en sus novelas de ficción, llegaron a ser certezas en el mundo real. Y es que la ficción se da en la realidad; toda ficción se construye inevitablemente a partir de rasgos o retazos de realidad (notas de realidad, que diría Zubiri), de tal manera que la irrealidad (ficticia o imaginada) se convierte en transcendencia de la realidad misma.
Julián Marías, profundizando en la idea de posibilidad señalada por Ortega, análoga al concepto de potencia del ser heideggeriano, señaló que la elección de posibilidades suponía considerar dos tipos de trayectorias: las reales y las posibles.
Decía Julián Marías que las personas, como los proyectos colectivos, deben elegir, a lo largo del ex-sistere (de su ser ahí en el mundo) entre un conjunto de caminos o trayectorias posibles. La elección de la persona, como la de un grupo humano, supondrá la preferencia por una opción vital que, en tanto que elegida, configurará lo que será una trayectoria real, ya sea personal (individual) o histórica (colectiva).
Zubiri, también discípulo de Ortega, llegó más lejos todavía y fue uno de los primeros pensadores en referirse a lo que hoy conocemos como realidad virtual.
Decía Zubiri que los objetos e ideas tratados en la conciencia adquieren un modo de ser propio, es decir, en cierto sentido ya son (existen) en la mente del sujeto, y no solo como posibilidad o potencia, como hasta entonces consideraron Ortega o Heidegger, sino como un ser virtual, como otra forma del ser real, si se prefiere.

Si nos fijamos bien, Zubiri, no sé si consciente de ello, entronca así, finalmente, con el pensamiento unamuniano, y legitima al autor de "Niebla", a través de la razón, reconociéndole la parte de verdad contenida en su delirante imaginación, la cual sostenía, desde una perspectiva más propia del poeta que del filósofo, que los personajes de la ficción tenían vida propia.

Y ya cerrado el círculo, regresamos a la genialidad transparente de Unamuno, después de que los doctos pensadores, tras sesudas reflexiones y análisis metafísicos, llegasen a conclusiones parecidas a las que Don Miguel llegara, mucho antes, a través del camino de la intuición. De hecho, el camino de la intuición no es sino el camino de la poesía y el de la imaginativa creatividad, como bien supo verlo María Zambrano cuando dijo ver en Unamuno más a un poeta que a un filósofo al uso.
Pero Zubiri, filósofo de gran prestigio reconocido, se dio cuenta, como Unamuno, de que la realidad se aprehende antes que se comprende, es decir, antes del acto intelectivo que es la comprensión de la realidad por parte del individuo, éste, inmerso en la realidad misma, la capta en su totalidad a través de los sentidos y de manera intuitiva; la hace suya a través de la poesía, el arte, la literatura, la imaginación. Sí, también a través de la razón, pero con la inevitable participación de emociones, voliciones y un sentir espiritual, por decirlo de alguna manera, que caracteriza la esencia del ser humano.
¡Llegar al conocimiento a través de la intuición primaria! ¿Cabe otra manera de adquirir conocimientos?

¿Qué sucede cuando endiosamos la razón, cuando la erigimos en diosa todopoderosa; cuando decidimos que la razón es la única vía para hallar la verdad? ¿Qué sucede cuando queremos responder a las más graves y urgentes preguntas de la existencia (la vida) solo a través de la razón?
Pues sucede que fracasamos y nos frustramos, como le sucediera al decepcionado Heidegger después de preguntarse por el sentido del ser desde una vía metafísica tan aséptica que prescindió del espíritu de la tradición histórica para analizar la existencia. Intentó prescindir del espíritu para hallar y/o desvelar la esencia del mismo. ¿No es esto paradójico en sí mismo? Al final no encontró nada o, mejor dicho, se vio inmerso en una nada nihilista y desesperanzadora que, de nuevo, le hizo volver su vista hacia Dios (su célebre "solo un Dios puede salvarnos).
También pudiera sucedernos lo mismo que a Wittgenstein, mente privilegiada, que haciendo suyo el fracaso de Heidegger decidió volver a lo objetivable, a un nuevo neopositivismo centrado en el estudio y análisis del lenguaje, reconociendo que "de aquello sobre lo que no se podía hablar era mejor callar". Un acto de resignación y claudicación vital tan irresponsable como antideportivo, pues, como bien dijera Ortega, la vida no consiste en hallar respuestas, sino en el noble y aristocrático deporte de buscarlas, pero con fairplay, siendo conscientes de que muy probablemente no podremos hallar las respuestas a las preguntas más radicales sobre el ser y la vida.
Y así, volvemos a encontrarnos jugando, no ante una videoconsola, pero sí junto a la vida y en la vida, practicando el deporte de intentar ser nosotros mismos.
¿La vida es sueño, como decía Calderón, o es un juego? Quizás sueño y juego estén inevitablemente relacionados entre sí en esa otra realidad tan humana que es la realidad virtual.

¿Debemos callar sobre aquello de lo que no se puede hablar?
Quizás Wittgenstein se refiriera a que el lenguaje no puede hablarnos sobre determinados misterios a los que no podemos llegar a través de la razón humana. Pero por eso, precisamente, podemos y debemos hablar a través del arte y de la poesía, de la ficción y de la imaginación; por eso mismo debemos crear un mundo mágico y espiritual que nos aleje de la náusea de la nada y, como decía Camus: "nos aleje de la idea del suicidio".
Al final, de hecho, quizás solo se trate de eso, de evitar la depresión; de evitar perder las ganas de vivir. Quizás solo se trate de "resistir", sin miedo ni esperanza, creando y soñando, jugando, hasta que llegue el morir.

martes, 1 de abril de 2014

Democracia o de cómo engañar a las masas.

"El presunto igualitarismo y universalidad que toda cultura normativa cree poseer, puede conllevar a que bajo su nombre se justifiquen acciones políticas que bajo otro contexto no lo estarían".
(Gustavo Bueno).

La falacia de las mayorías. 

Este engaño, perpetrado por la mayoría de las democracias occidentales, seguramente sea el argumento erróneo más utilizado y generalizado en nuestras actuales sociedades, las cuales, como señala Gustavo Bueno, necesitan creerse garantes y defensoras de incuestionables principios igualitarios y universales para justificarse a sí mismas; para poder legitimarse en definitiva.
La falacia de las mayorías consiste básicamente en atribuir valor de bondad y justicia a aquellas ideas o conductas aprobadas por un mayor número de gentes. Se establece, de esta manera, una dictadura de la opinión (ya señalada por Platón frente a la amenaza sofista) a través de la cual se homogeniza el pensamiento para considerar aceptable (bueno y justo) todo aquello que sea democrático, es decir, todo lo que sea refrendado por la voluntad popular. Así, cualquier grupo, independientemente de su ideología, será aceptado socialmente si, previamente, acredita ser un buen y talantero demócrata; y ello a pesar de que sus ideas o aspiraciones pudiesen atentar contra irrenunciables principios de justicia o contra naturales referentes históricos-culturales.

No cabe duda de que nuestras actuales sociedades occidentales son el vivo ejemplo de democracias tomadas al asalto por los dictadores de la opinión; son sociedades secuestradas por los políticos sofistas que, valiéndose de la legitimidad otorgada a la falacia de las mayorías, no dudan en convertir la democracia en un medio a través del cual satisfacer los intereses de partido (parte de...).
Foucault vio sagazmente, en su obra "La verdad y las formas jurídicas", que el sofisma es, de hecho, la esencia misma del pensamiento racional occidental, cuya única finalidad es legitimar las aspiraciones de poder de los diferentes grupos oligárquicos. Pero, por supuesto, dentro de obligados marcos democráticos.

Moral no es lo mismo que bueno.

Decía Zubiri que toda acción humana es inevitablemente moral, es decir, siempre justificamos nuestras elecciones de entre la multitud de posibilidades que nos ofrecen las circunstancias, en base a criterios de bondad y justicia.
Zubiri sostenía que nadie es ni puede ser amoral, pues todo ser humano, a través del acto de elección que conlleva el ex-sistere, está llevando a cabo paralelamente una justificación del mismo.
El problema radica, por tanto, en consensuar o normativizar socialmente qué es lo que podemos aceptar como legítimamente bueno y justo. Me explico: cuando un psicópata asesina a otro ser humano no lo hace porque él mismo sea amoral, sino porque su propia moral le permite justificar su crimen. ¿Cómo lo justifica? Muy sencillo: en base a principios de placer y de poder que él considera buenos.
El psicópata mata, primero, porque ello le produce un inexplicable e irracional placer y, segundo, porque puede, en tanto su moral le permite poder hacerlo.
Recuerdo, al respecto, que cuando un fiscal le preguntó a un oficial nazi (durante los juicios de Núremberg) por qué mataba judíos, la respuesta de éste fue un lacónico y breve porque podía.

Está claro que a los herederos de la moral judeocristiana, que hemos sido educados sobre las bases de unas creencias que defienden determinados valores de bondad y justicia, nos resulta imposible aceptar las justificaciones de psicópatas, nazis o stalinistas, dispuestos a justificar las muertes de otros seres humanos por tal de legitimar sus apetitos más irracionales, ya sean estos inexplicablemente placenteros como los del psicópata o producto de ensoñaciones de utópicos suprematismos.

Legitimar lo bueno.

Legitimar lo bueno será tanto como decidir qué es lo bueno, pero no aquello que pudiera ser bueno para un grupo reducido de visionarios o aislados iluminados (visión particular), sino que habrá de serlo para la generalidad de los seres humanos (visión universal). Para ello será necesario y obligado establecer un imperativo categórico ético-moral válido para todo el conjunto de la humanidad.
Kant, precisamente todo humanidad él, se ofreció voluntario para darnos la solución a problema tan transcendental, y dictaminó, a través de la razón, que ningún ser humano debe convertir a otro en un medio sacrificable que le permita la consecución de sus propios fines.

¿Cómo engañar a Kant?

El imperativo categórico de Kant se nos antoja inapelable, justo y, desde luego, henchido de universalidad, razón por la cual los otrora particularistas y defensores de utópicos suprematismos han de andarse con ojo; han de tener cuidado de no ser descubiertos, cuales vulgares felones, si desean violar tan sacro principio ético-moral. La humanidad ha aprendido de sus errores, y haciendo suyas las bases contenidas en "La paz perpetua" (de nuevo Kant) establece organismos internacionales (ONU) encargados de velar por el cumplimiento y la salvaguarda del que todavía, hoy, es un imperativo moral, repito, incuestionable.
¡Ah, pero el ser humano es incorregible! No puede evitar anteponer ancestrales imperativos vitales vs los civilizados imperativos morales que siguen aceptándose en la generalidad de las sociedades occidentales (hasta que a Rusia se le hinchen los webs, por cierto).
El nuevo objetivo de quienes añoran suprematismos o delirantes ensoñaciones será el de lograr engañar a Kant, pero de tal manera que su engaño pase por bueno, es decir, que aparezca legitimado ante los celosos guardianes del orden y la moral judeocristiana, kantiana a la postre.
Sabedores de que la verdad es relativa, quienes tienen sed y hambre de voluntad de poder, solo necesitan establecer nuevas verdades para aspirar a la consecución de sus deseos, pero poniendo mucho cuidado en legitimar dichos deseos otorgándoles carácter universal, es decir, otorgándoles obligada validez democrática.

¿Cómo legitimar deseos de poder?

Pues a través de la política. ¿Cómo si no?
Ya no vale enarbolar una pistola y vociferar un enérgico e irracional ¡siéntense, coño!, ahora hay que engañar con sutileza a las masas, de tal forma que ellas se crean libres y dueñas de sus destinos, cuando en realidad solo serán y desearán aquello que decidan que sean y deseen los diferentes grupos establecidos en los órganos de poder.

Vamos a legitimar mentiras:

Primer paso: recurrir a la falacia de las mayorías, argumentando que algo que es deseado por un gran número de gente es, necesariamente, bueno y justo. He aquí un primer engaño propio de sofistas de la política.

Segundo paso: reivindicar la democracia como único medio legítimo para poder engañar a las masas, es decir, para convencer al pueblo de que lo que ha deseado una minoría oligárquica es en realidad lo que decide y desea la ciudadanía.

Tercer paso: recurrir a la falacia del cambio, la cual postula que cambiar siempre es bueno, argumentando que el cambio, en sí mismo, es progreso. Se hará necesario, por tanto, negar lo actual y tradicional, acusándolo de caduco, retrógrado, dictatorial, etc... cuando en realidad se está estableciendo, como sagazmente observara Platón, una dictadura de opinión.

Cuarto paso: crear una voluntad popular mayoritaria.
Una vez se ha aceptado que lo bueno es aquello reconocido como tal por las mayorías, y aceptado que la democracia sea la única vía para arribar a cambios buenos, se hace necesario crear también una nueva verdad que será adoctrinada desde la cuna; será necesario crear y moldear las voluntades populares.
Ahora todo valdrá, desde tergiversar la historia (la realidad) hasta reinventarla, y todo para poder convencer a las masas de una nueva verdad en la medida que éstas seas desconvencidas de las verdades tradicionales; en la medida que los ciudadanos sean despojados y desarraigados de sus referentes histórico-culturales comunes que, al contrario que las "verdades" inventadas, sí tuvieron una trayectoria real en la historia.

Epílogo

Quien quiera obligarse a ver, entenderá qué tiene que ver el engaño moral que perpetran los sofistas de la política con las falacias de las mayorías y las falacias del cambio; comprenderá qué tiene que ver la manipulación y el adoctrinamiento de las masas para legitimar las voluntades populares.
El que quiera ver entenderá, en definitiva, cómo ha sido posible el gran engaño del independentismo catalán.
Y para quienes no quieran ver, pues eso, que sigan enarbolando pancartas y banderas, que sigan vociferando y apelando a un engaño institucionalizado y legitimado de forma tan bastarda.

domingo, 30 de marzo de 2014

Las tres muertes de José Antonio.

"Era simple condición humana: todo claudicante necesita a otros, del mismo modo que un traidor anhela que haya más traidores" (Pérez Reverte).

Introducción

Esta magnífica y sagaz observación sobre la naturaleza humana, extraída de "El francotirador paciente", última novela del genial Pérez Reverte, me ha hecho recordar el gusto, tan español, por la traición.
Nos podríamos remontar a la Hispania romana para señalar a Audax, Ditalcos y Minuros como los primeros traidores que ejercieron tan ignominioso oficio en la piel de toro. El asesinato de Viriato (lusitano) a manos de los citados traidores, despejó el camino de Roma para poder dominar y someter a los pueblos hispanos.
Mucho se ha especulado también sobre la traición de los hijos de Witiza contra el rey visigodo Rodrigo, facilitando la entrada de Tarik a la península y la posterior y rápida conquista de la misma. De nuevo, otro camino despejado merced a las traiciones y las luchas intestinas entre hispanos (visigodos) facilitó la conquista peninsular.
Ya en tiempos del Cid Campeador, el personaje de Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, pasó a la historia por ser el autor material del asesinato a traición del rey Sancho, al cual dio muerte, según especulaciones de la época, cuando éste se descuidó al ir a aliviar ciertas necesidades fisiológicas (¿cabe ser más traicionero?).
Otros traidores, la mayoría anónimos, han seguido los pasos de estos ilustres, y proliferan y se empeñan en dejar sus huellas, a lo largo de la historia, en lo que ha dado en conocerse como España.

Y es que la madre patria del Quijote, personaje tan español y soñador de grandes épicas, no ha podido evitar, de igual modo, parir a grandes envidiosos y traidores, a la postre la antítesis necesaria de toda heroicidad que pretenda aspirar a grandilocuentes Glorias.
Todo Alonso Quijano, ebrio de épica caballeresca, ha tenido por fuer que enfrentarse a los curas, barberos y bachilleres de turno de las Españas; todo bravo Cid Campeador, a pesar de ser noble caballero, ha tenido que servir a señores de poca altura y, en no pocas ocasiones, de baja catadura moral; todo Gran Capitán que hubiese luchado por la madre España ha sido expoliado por sus RRCC de turno, cuando no olvidado, como el bravo Blas de Lezo o, mucho más recientemente, Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro que ya nadie recuerda.

Sí, lo sé, como bien lo supo Nietzsche: los héroes no son mas que las creaciones de los poetas, pues sin los poemas épicos, que a lo largo de los tiempos han mitificado y cantado las gestas heroicas de los hombres, no existiría el espíritu de la memoria histórica ni existirían los grandes hombres. Digo espíritu, y digo bien, porque el espíritu es poesía irracional que pretende sublimar y dignificar la esencia humana acercándola a la inmortalidad.
Hoy, por ello, voy a ejercer de poeta, y voy a recordar y rescatar del olvido al último gran héroe de ese proyecto fallido de la historia que dio en llamarse España; voy a anteponer la poesía que promete frente a la que destruye; voy a homenajear la figura de un español, héroe por derecho propio, llamado José Antonio Primo de Rivera.

Las tres muertes de José Antonio

Dicen que los héroes solo mueren una vez, mientras que los cobardes mueren veces infinitas castigados y hostigados por los remordimientos de sus miserables y deshonrosos actos, mortificados por su falta de valor y gallardía. Pero en las sociedades que han aprendido a temer a la muerte, en la medida que han perdido la fe en la vida eterna, no hay cabida para héroes, pues ya no hay Glorias eternas que alcanzar. Queda, tan solo, un nihilismo desesperanzador que, no solo nos niega la promesa de una salvación futura, sino que borra, inmisericorde, la memoria de cualquier pasado que pudiera haber pecado de haber sido glorioso. Tal es el grave pecado de España: negarse a sí misma y a su pasado.

Desde la psicología, también nos han enseñado que las víctimas de crueles atrocidades y vejaciones, tales como violaciones, secuestros, torturas, etc..., en no pocas ocasiones son obligadas a revivir en su memoria segundas y terceras agresiones. Las víctimas son incapaces de superar el dolor sufrido en la misma medida en que la sociedad, en su conjunto, no hace justicia para dignificar y restaurar la condición de persona que le fue sustraída a la víctima tras la cosificación, y conversión en objeto, por parte de sus agresores.
Y hete aquí el otro grave pecado, no solo español en este caso, sino propio de la generalidad de la civilización occidental: haber despojado de dignidad y de esencia a las personas, cosificándolas y convirtiéndolas en meros entes orgánicos sin espíritu. Así, haciéndoles olvidar la preocupación por el sentido del ser, y ya desnudos de su esencia, los individuos pierden su condición de personas (condición necesaria para ser y proyectar) y devienen, tan solo, ganado humano susceptible de ser manipulado y adoctrinado. El camino hacia la autoinmolación de toda una civilización está despejado...

Pero no me toca ahora erigirme en salvador de Occidente, pues es metafísicamente imposible resucitar a los muertos y, además, yo he de callar, cual Heráclito, en tanto no paren de hablar los indóciles ciudadanos de Efeso henchidos de hipócrita corrección política.
Sí he de hacer mía, sin embargo, la observación de Pérez Reverte que señala que "todo claudicante necesita a otro, del mismo modo que el traidor anhela que haya más traidores".

Siempre hay que crucificar al mesías de turno que pueda aparecer con nuevas promesas de vida, eso es algo inherente al ser humano y a la dialéctica de la historia. Toda tesis o propuesta de proyectos de vida centrados en la tradición habrá de tener frente a sí, tarde o temprano, a su antítesis en forma de novedosa alternativa vital.
Cuando Sócrates se vio obligado a beber la cicuta, instado por su propio imperativo moral, lo hizo tras ser acusado por sus conciudadanos de renegar de los dioses de la ciudad e introducir otros dioses nuevos. Seguramente habrían otros motivos más oscuros y personales (envidias y rencores) que le granjearon a Sócrates las antipatías de sus vecinos, pero no deja de resultar significativa la manera en que a lo largo de la historia la envidia y el recelo ante lo mejor y más excelente se ha legitimado a través de un falso afán de justicia.
Jesucristo, de forma parecida, tuvo también su juicio justo en la forma de una farsa convenientemente legitimada por las autoridades romanas y fariseas.

Primera muerte de José Antonio.

Y aquí quería llegar tras esta larga pero necesaria introducción previa: a la crucifixión del mesías, en tanto que visionario y portador de poesía prometedora, que fue José Antonio.
Quien desee saber por qué le atribuyo a José Antonio el calificativo de visionario, profético al cabo, tan solo tiene que leer (vano consejo) lo que de su legado póstumo quedó recogido en sus "Obras Completas".
Mucho se ha especulado sobre el juicio que dictaminó la sentencia de muerte de José Antonio, pero nos bastará, tan solo, recordar algunas evidencias y hechos significativos del mismo, para encontrar inevitables analogías con las mismas farsas judiciales que en el pasado más lejano condenaron a Sócrates o al propio Jesucristo.

La primera evidencia que demuestra la falsedad e ilegitimidad de aquel juicio disfrazado de legalidad (no es lo mismo legal que justo y legítimo) fue el argumento por el que José Antonio fue acusado: tenencia ilícita de armas.
¡Tenencia ilícita de armas! Ese fue el mejor argumento que pudieron esgrimir quienes eran simpatizantes de los mismos pistoleros del PSOE que, tras el asesinato del joven estudiante universitario falangista Matías Montero, iniciaron una descontrolada escalada de criminalidad amparada por la ceguera voluntaria del gobierno frentepopulista. Acusaron de tenencia ilícita de armas al hijo de un militar (era fácil que tuviese acceso a las armas) que, sin embargo, jamás a lo largo de su joven vida truncada, se manchó las manos de sangre, como sí se las mancharon los militantes de izquierda que perpetraron más de una docena de asesinatos hasta que los diezmados falangistas decidieron, también, combatir al fuego con fuego.
Son conocidas al respecto, las críticas que recibió José Antonio por su tibieza y negativa a recurrir a la violencia desde un primer momento, hasta el punto que su persona fue motivo de burlas y se le llamó despectivamente, en círculos de la cobarde derecha de la CEDA, franciscano. Y esa misma derecha apoltronada y cobarde, que necesitaba a FE para defender sus bastardos intereses de los pistoleros, también cobardes y asesinos de la izquierda, se burló de las siglas FE explicando sarcásticamente que éstas eran el acrónimo de franciscanos españoles.

Segunda evidencia

Si pueril y miserable fue la razón por la que se acusó a José Antonio, a modo de vulgar pretexto para acabar ejecutándolo, no menos reprobable e ilegítimo fue el hecho de que la totalidad del jurado que habría de condenarle, estuviese constituido por militantes del Frente Popular. Para quien no lo sepa, en aquellos convulsos tiempos no era lo mismo ser un republicano cabal, como lo fue el docto y brillante Besteiro, o en menor medida pudieron serlo Prieto o Azaña, que los frentepopulistas bolchevizados como Dolores Ibárruri (La Pasionaria) o Largo Caballero (el Lenin español).
Más le hubiese valido a José Antonio haberse evitado aquella farsa de juicio y haber sido abatido a tiros, traicioneramente, como lo fueron muchos de sus camaradas falangistas.

Tercera evidencia

Dadas las simpatías y la amistad de José Antonio con muchos socialistas, entre ellos Indalecio Prieto, pocos creyeron que aquella farsa de juicio pudiese acabar con la sentencia a muerte del joven abogado falangista. Pero las circunstancias eran las que eran, y el afán de justicia ya hacía tiempo que había desaparecido en una España secuestrada y prisionera de la barbarie más irracional y cainita. Cuentan que el propio Manuel Azaña, tras intentar tímidamente que el castigo impuesto a José Antonio no fuese la máxima pena de muerte, ante las presiones del sector bolchevique más visceral y jacobino, no tuvo más remedio que hacerle llegar un mensaje de condolencia a José Antonio donde le reconocía ser tan prisionero como él de las circunstancias. Y las circunstancias exigían el sacrificio de un mártir y, sobre todo, satisfacer la sed de venganza de los exaltados bolcheviques que, frente al ¡Arriba España! vociferado por quienes se alzaron contra el gobierno de la II República, gritaban más fuerte y con más rabia ¡Viva la URSS!
La suerte estaba echada, y Manuel Azaña, como otrora hiciera Poncio Pilato, decidió lavarse las manos ante la sed de venganza de la turba revolucionaria; se doblegó y claudicó ante los seguidores de Barrabás, entonces reencarnados en los fervientes seguidores de una nueva religión laica que dio en llamarse marxismo-leninismo.
Mucho habría de arrepentirse Azaña, en sus memorias, de los graves errores cometidos durante su irresponsable gobierno. Mucho, seguramente, debió arrepentirse también de la muerte de José Antonio quien se dijera su amigo: Indalecio Prieto. Todavía no sabemos por qué, durante todo su exilio, Prieto fue el custodio de las últimas pertenencias de José Antonio, las cuales guardó celosamente en una maleta durante toda su vida.
Es cierto que todavía hoy quedan muchas cosas por saber y por esclarecer, pero de lo que no cabe duda es de que José Antonio, tras su primera muerte física, aún debería volver a ser crucificado en dos ocasiones más a lo largo de nuestra reciente historia, por tal de arrebatarle su esencia espiritual, primero, y más tarde por tal de negarle como posibilidad futura de ser.

Segunda muerte de José Antonio.

Al poco de morir Franco, en el año 1976, se dio la orden, todavía no se sabe muy bien quiénes, de que el legado intelectual de José Antonio (una amplia obra escrita compuesta por ensayos, poemas y relatos) fuese destruida. Por lo visto, alguno de los encargados de llevar a cabo tan miserable acción, guardó parte de la producción literaria del fundador de la falange, la cual ha llegado hasta nuestros días recopilada en sus "Obras Completas" (lectura que recomiendo fervientemente).
Lo significativo de semejante hecho es constatar el miedo, todavía existente en 1976, por tal de evitar que las siguientes generaciones tuviesen, al menos, la oportunidad de pensar por sí mismas, de cotejar diferentes fuentes informativas y, en definitiva, pudiesen contrastar distintas visiones o perspectivas de la historia.
Se intentó, de esta manera, matar a José Antonio espiritualmente, negándole su esencia como persona; intentando ocultar al mundo al poeta que admiraba a Lorca; intentado esconder una parte de la verdad de la historia de España. Se le cosificó.
¿Por qué?
Si en la primera muerte de José Antonio, a través de un falso juicio, fue la izquierda más cainita la responsable directa de su ejecución (si bien es cierto que numerosas fuentes ya apuntaron entonces al desinterés que tuvo Franco por salvar a José Antonio) no cabe duda de que en 1976 los únicos que tuvieron el poder para destruir el legado de José Antonio fueron los conservadores, aquellos mismos meapilas, muchos del Opus Dei, que otrora le calificaran de tibio franciscano y que entonces, tras la muerte del dictador, se dieron prisa en seguir moviendo los hilos que habrían de llevarnos a la farsa de una Transición cuya única finalidad sería (a los hechos me remito) legitimar la esencia bastarda de una partitocracia, ya denunciada por Ortega, cuya única finalidad sería servir sus propios intereses de clase política.
Una vez más, Roma (los monárquicos conservadores) tuvieron tanto o más interés que la turba judía (seguidores de Barrabás) en crucificar al portador de poesía prometedora de vida.

Tercera muerte de José Antonio

Si Zapatero hizo bueno a Suárez y a González, y en el parecer de muchos también a Aznar, es porque ha sido, sin lugar a dudas, el presidente más nefasto de la historia de España: el más falso e hipócrita de entre todos los fariseos habidos y por haber.
Zapatero, después de verse obligado a llevar a cabo una política dictada por el imperativo de las circunstancias, a favor del contubernio formalizado por la todopoderosa Banca y la clase política, no encontró mejor manera de reconciliarse con sus traicionados seguidores de la izquierda más radical, que la de resucitar antiguas rencillas y desenterrar a viejos y demonizados enemigos.
Después de mostrarse harto orgulloso, alzando el puño y entonando la internacional, se autoproclamó rojo auténtico y convencido feminista. Y todo por tal de legitimarse como ejemplo de justicia y bondad ante unas masas enfervorecidas a las que no tardaría en decepcionar.
Zapatero, como los irresponsables emperadores romanos de antaño, no dudó en esquilmar las arcas públicas endeudando al país (aumentando en exceso el déficit público), hipotecando a las futuras generaciones. Y todo para congraciarse con el pueblo. Su errado Plan-E, nueva suerte de circo romano, más orientado al espectáculo y a la propaganda de su persona que a la resolución de problemas reales, fue perpetrado con la única e insensata intención de comprar a las masas con pan circense para hoy y hambre desesperada para mañana". Su proceder fue más propio de un emperador endiosado del pasado que de un serio hombre de Estado del presente.
Finalmente, como un acorralado Nerón, huyó hacia adelante y se obstinó en el proceder, tan español, del sostenella y no enmendalla: Zapatero acabó incendiando España entera recurriendo al guerracivilismo, pues todo era válido por tal de seguir manteniendo inmaculada la imagen idealizada que de sí mismo tenía.
Donde los sociólogos vieron a un inocente seguidor del optimismo antropológico, yo siempre vi a un iluminado con tintes narcisistas, a alguien dispuesto a todo, incluso a dinamitar la convivencia en una ya de por sí maltrecha España, con tal de autojustificar su egocéntrico proceder. Gajes del oficio, supongo, que obligan a ver más allá de lo meramente aparente.
Y mientras el aprendiz de Nerón que fue Zapatero, orquestó una nueva persecución de los cristianos, ley de memoria histórica mediante, la grosera música de su tontiloca lira siguió castigando los oídos de aquellos que sí estaban educados para saber captar las notas más finas de la política.

La ley de memoria histórica se me antoja la última y más grave felonía cometida en España y supone, de hecho, el borrado, a través de la tergiversación y la manipulación, de una parte importante de nuestra memoria y de nuestra trayectoria histórica real; significa la ocultación, interesada y sectaria, de una parte de la verdad que a muchos pequeños nerones endiosados sigue molestando que se conozca.
La revanchista ley de memoria histórica de Zapatero constituye, en sí misma, otro falso e ilegítimo juicio, disfrazado de legalidad, cuyo único objetivo ha sido, una vez más, volver a matar a José Antonio.
Con esta tercera muerte de José Antonio, tras su muerte física, primero, y su posterior muerte espiritual durante el régimen, se ha pretendido negar a José Antonio como referente histórico para las siguientes generaciones. Se le ha negado como una posibilidad del ser susceptible de elección o, al menos, susceptible de ser tenida en consideración. Para ello se han retirado estatuas y monumentos que homenajeaban su figura, se han retirado placas de calles y plazas con su nombre. Se ha pretendido borrar y negar una realidad transcendente que llegó a ser verdad.

Epílogo

Algunos individuos obcecados en hacernos claudicar, están intentando reescribir la historia, y quieren despojar de esencia al español medio, negándole la realidad de una identidad histórica común, ocultándole parte de los hechos del pasado, sustrayéndole su herencia histórico-cultural, espiritual y religiosa. Y todo por tal convertir a la generalidad de los españoles en claudicantes y traidores; todo por tal de hastiarles cansinamente hasta conseguir que estos, desarraigados y desnudos de esencia, firmen una rendición incondicional frente a los tontilocos particularistas, ante los eternos descontentos que jamás serán contentados.
Pero, afortunadamente, todavía hay gente en España que lee, aunque de momento calle, porque solo cabe el silencio en quienes, como Heráclito, no consideran inteligente, ni prudente, hablar mientras sigan hablando los corruptos "ciudadanos" de Efeso.


viernes, 28 de marzo de 2014

Heidegger: "Solo un Dios puede salvarnos"

La actual crisis que asola a Occidente nos está despertando de un largo y acomodado letargo; nos está obligando a poner cuidado, una vez más, en las cuestiones vitales que más importan: ¿Qué es el hombre?, ¿tiene sentido nuestra existencia?, ¿hacia dónde se dirige la humanidad?

Mucho ha llovido desde que Heidegger, en su magnífica "Ser y tiempo", nos alertara de la necesidad de preguntarnos por el sentido del ser.
Decía Heidegger que el ser, envuelto en la cotidianidad, se nos había hecho demasiado familiar, hasta el punto de que la época de la Modernidad, con todos sus grandes avances científicos y técnicos, que nos alejaron del mundo natural, provocó su ocultación. La caída del ser provocó el olvido de la cuestión única y más transcendental de la que es responsable (pastor) el Dasein (el ser humano en sí y ahí): la vida.

Si el ser humano no se responsabiliza del ser; de su ser con el mundo, con la naturaleza, con la ecología, de su ser con los demás (relaciones sociales)... ¿Quién lo hará?
Nadie, desde luego.
No hay ningún filósofo y/o pensador que no esté de acuerdo en que solo a nosotros, al género humano, nos compete ser responsables de nuestro destino futuro; nos compete ser celosos guardianes y tener cuidado del ser (del ex-sistere ahí, en el mundo).

Sin embargo, para preguntarnos por el sentido del ser debemos, primero, tener claro cuál es el papel del hombre, cuál es el rol que desempeña el ser humano (Dasein) en su relación con su ex-sistere, con el mundo y sus circunstancias. Dependiendo de la relevancia que le otorguemos al hombre (a la humanidad, en definitiva) podremos justificar sus acciones a través de mayores o menores limitaciones ético-morales.
Llegados a este punto, chocan inevitablemente dos filosofías antagónicas en lo concerniente a decidir o definir qué es el hombre, es decir, definir cuál es la esencia del hombre.
Heidegger reconoce que la humanidad del hombre reside en su esencia (ver carta sobre el humanismo), y por ello le resulta obligado que nos preguntemos: ¿desde dónde y cómo se determina la esencia del hombre? Para poder responder esta cuestión tenemos, primero, que decidir si el hombre es el responsable del ser o tan solo es el ser en sí mismo:

El hombre es el pastor del ser (visión naturalista de Heidegger)

Cuando Heidegger sostiene que el hombre es el pastor del ser, está reconociendo que el hombre es el único capaz de preguntarse por el sentido transcendental (metafísico, místico o religioso) de su existencia. El ser humano es el único ser vivo que, para justificar su existencia, debe positivar la muerte, es decir, es el único ser viviente que, sabiendo que su existencia tendrá un fin, buscara un sentido a su ex-sistere. Según Heidegger, esencia y existencia coexisten y son lo mismo, pues el ser humano, en tanto consciente de que puede preguntarse sobre su ex-sistere también es inevitablemente es-sentia o posibilidad. Concluye Heidegger que la es-sentía, la posibilidad de ser, es descubierta a través del ex-sistere, pero solo si el Dasein (ser humano) pone cuidado en ello, es decir,  solo si orienta su vida a preguntarse por el sentido del ser a través de un retorno a la naturaleza y un alejamiento del mundo de la técnica.


El hombre es justificación de sí mismo (visión humanista de Karl Marx)

El marxismo, desde el mismo momento en que se proclama ateo, no tiene más remedio que justificar al hombre a través del propio hombre. El ser humano no tiene por qué poner cuidado en desvelar o desocultar ningún sentido del ser que esté fuera del alcance de la ciencia. Cualquier preocupación metafísica, mística o religiosa, inaccesible al materialismo científico y al empirismo, no son relevantes para el ex-sistere.
Sartre, al sostener que el existencialismo es un humanismo, hace predominar la existencia humana sobre la propia esencia: "L´existence précède l´essence", algo en lo que también estará de acuerdo Heidegger: primero existimos, es decir, somos arrojados desnudos a la realidad (Xavier Zubiri).
Sin embargo, Sartre, el gran justificador del humanismo, entendido éste como una suerte de religión incuestionable que legitima al hombre a través de sí mismo, sostendrá que la es-sentia o tanscendencia de los actos humanos no se dan ni se desvelan tras cuidado o búsqueda de la misma, sino que se construye.

Conclusión: Así pues, decidir desde dónde o cómo se determina la esencia del hombre, será tanto como decidir si el hombre, responsable de sus actos y, por ende, del mundo que le rodea, es un guardián o un creador.
La es-sentia, la posibilidad del ser a través de la cual el ser humano da sentido a su existencia, ¿debe encontrarse o hacerse?
¿La es-sentia ya está entre nos, oculta entre lo cotidiano, o debemos crearla? ¿Debemos conducirnos como pastores que descubren y guardan la esencia del ser, inmersa en la naturaleza, o debemos comportarnos como dioses, creando nuestra es-sentia a través de la ciencia y de la técnica?

Consecuencias o derivas ideológicas de ambos posicionamientos.

La época de la Modernidad, en palabras de Heidegger, supuso una caída u olvido por la cuestión del ser. La ciencia y la técnica empequeñecieron al hombre en la medida que lo alejaron del mundo natural. En realidad, sostenía Heidegger, la esencia del ser ha estado siempre delante de nuestras narices, formando parte de nuestra existencia, pero oculta tras las formas cotidianas de los entes materiales de los que cada vez somos más dependientes. Esclavos, diría yo.
Retornar a la naturaleza, y volver a revalorarizar las cuestiones importantes de la vida (sentido del ser), será lo que salve al hombre del nihilismo existencial, de la angustia de la nada y del miedo a no ser (muerte).
Sin embargo, el humanismo, que erige al hombre en Dios de sí mismo, no pretende vivir en comunión y armonía con su esencia (en la naturaleza), sino que intenta salvar al ser humano a través del alejamiento de éste del mundo natural, que será tanto como alejarle de sus instintos animales más irracionales; será tanto como alejarle de la posibilidad de encontrar y cuidar del sentido de su auténtico ser (llegar a ser uno mismo).
Se podría decir que Heidegger apuesta por una vida provinciana, todavía por civilizar completamente, frente a un humanismo urbanita que apuesta claramente por la vida civilizada a través del conocimiento científico y la técnica.
Heidegger propone que el hombre (homo) siga siendo hombre, pastor del ser en comunión con la naturaleza, y por eso en su "Carta sobre el humanismo" señala las debilidades de aquellas ideologías y/o filosofías empeñadas en convertir al hombre en humano (humanus) despojándole de su esencia primigenia y, por tanto, sumiéndole en el nihilismo existencial de la angustia y la desesperanza. 
Heidegger vio que el homo (hombre) transformándose en humanus ("humano, demasiado humano", que diría Nietzsche) se alejaba cada vez más, paradójicamente, de su condición de hombre libre.

Críticas y propuestas para urbanizar la provincia heideggeriana

Uno de los principales críticos de Heidegger es Jürgen Habermas, el cual llegó a escribir aquel célebre "Pensar con Heidegger contra Heidegger". Y es que el sagaz Habermas, ferviente defensor de la socialdemocracia, todavía sigue viendo en el padre de "Ser y Tiempo" a un ideólogo del nacionalsocialismo, aunque no deja de reconocerle sus acertados análisis sobre el ser humano y la existencia. De ahí la necesidad de pensar con Heidegger para preguntar por el sentido del ser, pero contra Heidegger, para rebatir las recetas que éste propuso para superar el nihilismo, hijo de la Modernidad.
Habermas está de acuerdo, como lo está la generalidad de pensadores actuales, que es necesario articular un nuevo humanismo que no subyugue al ser humano y que le permita encontrarse consigo mismo, en completa libertad. Por ello opina que las ideas de Heidegger, sobre el retorno a la naturaleza y la defensa de construir un nuevo mundo espiritual, aunque válidas, son susceptibles de volver a utilizarse para legitimar nuevos fascismos.
En palabras del filósofo español Manuel Jiménez Redondo, Habermas propone urbanizar la provinciana heideggeriana a través de la socialdemocracia, conservando así las bondades de un retorno a la naturaleza y la necesidad de buscarle un sentido a la vida, pero civilizando lo suficiente al animal irracional, que es el hombre, para que no se torne en exceso salvaje (fascista).
Efectivamente, ya pocos pensadores, al menos de probada y excelsa valía, creen en el humanismo marxista, a la postre ideología subyugadora que, a fuer de proclamar defender los derechos y libertades de los hombres, a través del progresivo alejamiento de sus instintos más animales y naturales (proceso de civilización), los domesticaron tanto que acabaron convirtiéndoles en seres cobardes y acomodaticios, o en animales de lujo, como señalaría acertadamente Peter Sloterdijk.
Habermas, como antes hiciera Gadamer con su alternativa democristiana, propone superar lo que de barbarie pudiera quedar en las ideas de Heidegger; propone civilizar la provincia heideggeriana a través de una alternativa socialdemócrata.
Y es que Habermas, no solo critica la propuesta heideggeriana de retorno a la naturaleza, sino también la alternativa demócrata cristiana de Gadamer, por considerar que ésta peca todavía de exceso de verticalidad.

Pero Manuel Jiménez Redondo, gran conocedor y traductor de la obra de Habermas, se ha dado cuenta de que, a día de hoy, ni la socialdemocracia ni el democristianismo han logrado urbanizar satisfactoriamente la provincia heideggeriana. Así lo demuestra la grave crisis actual que padecemos, consecuencia de un errado humanismo que, intentando justificar al hombre a través de sí mismo, le ha alejado de sus referentes místicos y espirituales, sumiéndole en una nihilista crisis de valores.
Dice Jiménez Redondo que las masas, ahora, reclaman una radical democracia, tras ser conscientes del sucedáneo que, de la misma, les estaba proporcionando un humanismo que, para salvar al hombre de sí mismo, lo humanizaba (civilizaba) a través de una pedagogía social que, en el fondo, solo pretendía hacerle creer que era libre, cuando no era sino ganado humano cebado con pienso adoctrinador.
Y es que, el humanismo heredero de Marx, aunque enmendado para poder seguir siendo legitimado por las actuales socialdemocracias y alternativas democristianas, ha fracasado definitivamente al no ser capaz de salvar la agonizante civilización occidental.
Aquella opción vital que prescindió de la es-sentia y decidió olvidarse orgullosamente del cuidado de la misma, solo se ha estado dedicando, tras la II GM, a domesticar y civilizar al ser humano a través de granjas-escuelas. Se ha estado dedicando a convertir al ser humano en un animal de lujo, egoísta y materialista, al tiempo que le sustraía cualquier vestigio de irracional salvajismo.
También Peter Sloterdijk, heredero de la filosofía de Heidegger, ha señalado las falaces premisas conciliadoras de Habermas, obcecado en hacer malabarismos filosóficos por tal de reconciliar la verdad desvelada por Heidegger con la necesidad de civilizarle y seguir apostando por un humanismo en el que cada vez, por cierto, menos gente cree.
De hecho, Jiménez Redondo ya ha advertido desde su cátedra sobre algo que muchos temen en silencio: la constatación del fracaso del humanismo, responsable directo de la crisis de valores que asola Occidente, está propiciando el deseo, cada vez entre más descontentos, de retornar a la provincia heideggeriana.

Quizás ya no haya salvación o, como concluyera Heidegger, quizás solo un Dios puede salvarnos, porque sin Dios ¿Qué nos impide perpetrar un holocausto? ¿Qué nos impide lanzar bombas atómicas al enemigo? ¿Qué nos impide realizar manipulaciones genéticas que transgredan las leyes de la naturaleza? ¿Qué nos impide que nosotros mismos, los animales de lujo en que nos hemos convertido, ejerzamos de soberbios diosecillos?