miércoles, 16 de diciembre de 2015

Estética, ética y "True detective".

Introducción
 
Hace ya tiempo que vengo deseando realizar una reflexión sobre las influencias de la estética en la ética. Llevo tiempo pensando, concretamente, en cómo las estéticas de las diferentes manifestaciones de la música rock, por ejemplo, se traducen en distintos posicionamientos ético-morales.
Quienes de jóvenes se sintieron atrapados por el gusto decadente y nihilista del punk, por ejemplo, suelen comulgar con ideologías de "izquierdas" en su madurez. De la misma manera, quienes mejor supieron degustar la épica trascendental del metal en su primera juventud, tenderán a abrazar ideologías más liberales y/o conservadoras. Hablamos, por supuesto, de probabilidades futuras, ya que el devenir de los propios proyectos vitales, así como las circunstancias que determinan a estos, también tendrán un peso importante en las elecciones futuras de los individuos.
 
True detective
 
Otro ejemplo: hace poco terminé de ver la 2ª temporada de la serie de tv "True detective", y me pareció magnífica y mucho mejor que la 1ª temporada. Sin embargo, cuál sería mi sorpresa al descubrir que la generalidad de los telespectadores le dedicaban críticas negativas y despiadadas. ¿Por qué, me pregunté sorprendido?
Para hallar la respuesta analicé las diferentes estéticas subyacentes en las dos temporadas de "True detective". Me di cuenta de que las opiniones críticas, en general, argumentaban a favor de la primera, señalando las intervenciones del detective Rust Cohle (McConaughey) como clave del éxito. Gustaba, y mucho, el personaje atormentado y existencialista del policía filósofo, que lo mismo citaba a Schopenhauer que a Nietzsche. Pero, sin duda, lo que sedujo al gran público fue la estética preciosista y mágico-decadente de la primera temporada, una estética al servicio de una historia patológica y enfermiza; la estética macabra de los psicópatas y los asesinos en serie.
¿Y qué estética subyacía en la 2ª temporada?
Los personajes de la segunda temporada también eran seres atormentados y atrapados por difíciles circunstancias vitales, pero la estética era diferente.
La segunda temporada apostó por la estética clásica de la tragedia griega; apostó por la épica heroica que intentaba abrirse paso, también, en una sociedad patológica y enfermiza.
El policía filósofo, depresivo y angustiado de la 1ª temporada (ebrio de humanismo decadente), fue sustituido por hombres y mujeres de carne y hueso; fue sustituido por policías de acción ("putos héroes", como denominaría el policía Velcoro a su compañero Woodrugh).
La primera temporada buceó en lo más sórdido del alma humana, en lo más enfermo y decadente, pero la segunda apostó por la acción heroica; rescató a los griegos de la Grecia clásica. De hecho, la mujer policía protagonista (maravillosa Raquel McAdams) se llamaba Antígona (Bezzerides).
 
Conclusión:
 
El éxito de la primera temporada, en  mi opinión, se debe a que el prototipo de hombre masa occidental de hoy comulgó a la perfección con una estética acorde a los tiempos presentes: nihilismo y decadencia moral; escenas de asesinatos macabros y la seductora historia de un asesino en serie, patológico y enfermizo.
Nunca, como en las sociedades actuales, los héroes fueron tan despreciados; nunca, como hoy, tuvieron tan poco valor el orgullo y la dignidad. Y a colación precisamente de estos valores, orgullo y dignidad, las mejores secuencias estéticas de la segunda temporada se sucedieron como un torrente en el último capítulo de la 2ª temporada: venganzas bien orquestadas (todo es personal en la vida), muertes heroicas, la de Frank, la de Woodrugh y la de Velcoro. Uno de los mejores finales de una serie, junto al perfecto y épico final de "Breaking bad".
Yo entiendo que en Occidente no se comprenda, ni se estremezcan las diminutas almas de los animales de lujo en que nos hemos convertido, cuando Frank, el prototipo de superhombre nietzscheano, muere por una "puta chaqueta". Comprendo que quienes arremetieron inmisericordes contra la 2º temporada de "True detective" no entendieran al hombre de carne y hueso que, pudiendo salvar su vida, tan solo entregando su chaqueta a un matón, no permitiese que éste le chulease y le arrebatase lo más preciado que poseía: su orgullo y su dignidad.
¿Y qué decir del glorioso sacrificio de Velcoro? Un anacronismo, sin duda, totalmente fuera de lugar en las sociedades actuales de Occidente, que solo entienden de pacifismos talanteros que les permitan pagar paces bizantinas, ya fuere poniendo el culo en pompa hacia la Meca o bajándose los pantalones sin ningún rubor ante el chuloputas o suprematismo dogmático de turno.
 
 
La estética determina la ética.
 
Siguiendo con mi teoría, según la cual "aceptamos una determinada filosofía dependiendo de la clase de personas que seamos" (Fichte), parto de la premisa de que es nuestra apriorística forma de ser, determinada por factores neurobiológicos, la que, a la postre, también gustará de una determinada estética. Y solo a través de la estética se llegará a la ética. 
El hombre, decía Zubiri, es un animal de realidades, y yo lo suscribo. Creo que la teoría de Zubiri, sobre la aprehensión de la realidad como intuición primera, acierta al señalar que la inteligencia es sentiente, es decir, que el proceso cognitivo de captar y elaborar la información del medio no se hace exclusivamente a través de la razón, sino también mediante los sentimientos y las voliciones, deseos y voluntades, de cada individuo.
 
Somos animales de realidades determinados neurobiológicamente, aunque, por supuesto, también estamos influenciados en gran medida por la segunda condición inherente al ser humano: el hecho de ser animales inevitablemente sociales.
 
Podríamos decir, aceptando el riesgo de pecar de reduccionistas, que la existencia del ser humano es un drama o conflicto constante entre nuestro yo y las circunstancias; entre nuestros deseos particulares y los imperativos de deber que imponen las normas y reglas sociales.
 
Pues bien, voy a intentar demostrar que el gusto por una determinada estética es el sentir más primigenio (aparecido a edad más temprana) y, por tanto, también será el más genuino e inherente al ser (idiosincrasia particular de cada individuo). Después, aceptadas o encontradas nuestras afinidades hacia determinados gustos estéticos (musicales, cinematográficos y artísticos en general), el tiempo y nuestra formación nos permitirán, legitimar, comme il faut!, dicha elección a través de la diosa razón.
 
Pero quede constancia de lo que pretendo defender: la estética determina la ética.
 
Primero: captamos la realidad del medio circundante a través de los sentidos, mediante la acción conjunta de razón, sentimientos y voliciones (inteligencia sentiente).
Segundo: determinados por nuestra particular genética o bagaje neurobiológico, sentiremos apego, predilección o gusto por unas concretas expresiones estéticas.
Tercero: una vez aceptadas y profundamente arraigadas en el yo nuestras preferencias estéticas, no tendremos más remedio que legitimarlas a través de la razón, es decir, justificaremos la elección de nuestros gustos ante los otros (la sociedad).
 
Así, podemos entender por qué la 1ª temporada de la magnífica "True detective" gustó mucho más que la 2ª, cuestión de estéticas y de éticas subyacentes a las mismas.
La estética de la primera temporada gustó más a unas masas inmersas en la decadencia y el relativismo moral; sedujo a un público que gusta de evadirse de la realidad a través de la magia y la ficción ("Juego de Tronos"), mal que sea a través de los senderos más patológicos y enfermizos del alma humana  ("Hannibal Lecter", "Walking dead").
Sin embargo, la 2ª temporada de "True detective" se aferra a la realidad; apela a los hombres de carne y hueso; apuesta por la épica de héroes anacrónicos, hoy día imposibles de entender e incapaces de seducir.

martes, 17 de noviembre de 2015

Causa primigenia u origen del yihadismo

A partir de los execrables atentados de París se están sucediendo tantos comentarios, cada uno de ellos conteniendo una parte de la verdad sobre el problema del terrorismo islámico, que me resulta casi imposible sintetizar y exponer de forma clara mi visión sobre el yihadismo.

Intentaré hacer una exposición, comprensiva y accesible, a partir de un criterio clave:  el origen y el porqué del yihadismo. Creo que dependiendo de cuál se considere que es la causa primera del yihadismo se apostará por unas u otras medidas (soluciones) para afrontarlo.

¿Cuál sería la causa primigenia del yihadismo o terrorismo islámico?

Se me antoja que lo primero que deberíamos hacer es dilucidar si el origen del terrorismo islámico es exógeno (variables externas al mundo islámico) o endógeno (surge como consecuencia inevitable de las propias enseñanzas y razón de ser del Islam: el Corán).

Origen exógeno del yihadismo: las causas externas del yihadismo se encontrarían en culpables externos, pero no en las propias enseñanzas del Corán.
Todos sabemos quiénes son los defensores de esta explicación, o mejor sería decir quiénes legitiman o justifican al yihadismo:

1) Los propios musulmanes: prácticamente todos sin excepción. Incluso el musulmán más aparentemente pacífico y reconciliador no puede evitar sentirse ofendido cuando se cuestionan o critican mínimamente determinados contenidos del Corán. Doy fe de ello y proporcionaré ejemplos reales a quienes los soliciten. Existe siempre una tendencia en la población musulmana, en general, a abusar del victimismo instrumental. Así, los errores cometidos en el pasado por Occidente (colonialismo, explotación y expolio de recursos) siguen todavía muy presentes en el subconsciente colectivo del mundo musulmán.

2) Sectores de la izquierda occidental: existe una determinada izquierda que, en aras de continuar y ser fieles a la sempiterna lucha de clases a nivel internacional, no duda en posicionarse junto a cualquier ideología o sociedades suprematistas que también tengan como enemigo común al opresor capitalismo burgués. Mirarán siempre hacia otro lado, tanto si una tropelía o barbaridad la comete un etarra, un dictador de Corea del Norte o un grupo de yihadistas. También, como la generalidad de musulmanes, tienden a legitimar su posicionamiento político-ideológico en base a dos sentimientos férreamente insertos en el subconsciente colectivo: victimismo y lucha.

Veamos las coincidencias formales entre Islam y marxismo:

Marxismo: teoría suprematista que, tras reconocer a la clase proletaria como víctima, legitima la lucha (dictadura proletaria) para proclamar una nueva conciencia o verdad: socialismo utópico.

Islam: religión suprematista que pretende liberal a los musulmanes (víctimas) de los adoradores de falsos dioses. Para ello legitima la yihad (lucha) para proclamar la conciencia o única verdad de Alá.

Conclusiones: tanto el marxismo como el mundo islámico en general (tanto los más radicales como los más "tibios") creen dogmáticamente en una determinada verdad (socialismo y Alá respectivamente). Y la creencia o fe ciega en dichas verdades les instará a legitimar la lucha, oposición y beligerancia, contra el resto de falsas conciencias (la falsa conciencia burguesa y el falso Dios judeocristiano respectivamente).
Por tanto, comunismo radical e Islam son aliados naturales frente a sus enemigos comunes que son el capitalismo burgués y el falso Dios judeocristiano. Así, ambos suprematismos legitimarán y justificarán la lucha yihadista para que los oprimidos musulmanes puedan defenderse de las amenazas externas de las sociedades capitalistas.

Origen endógeno del yihadismo

1) Izquierda moderada o socialdemócratas: afortunadamente existe otra "izquierda" que reconoce que la causa primigenia del yihadismo es el Corán o, como mínimo, determinados versículos y capítulos del mismo. Sin embargo, instados por el buenismo y una errada visión de lo que significa ser una sociedad libre y democrática, claudican y ceden ante el mundo musulmán, creyendo que a través de la integración de sus ciudadanos se logrará "la paz perpetua kantiana" o imposibles "Alianzas entre civilizaciones". Son básicamente idealistas y pacifistas; siguen creyendo, pobres ilusos, en la validez de los tradicionales valores occidentales.

2) Liberalismo: los liberales, entre quienes me incluyo, lo tenemos claro: la causa primigenia y origen del yihadismo es la totalidad del Corán, no tan solo determinados pasajes del mismo. El liberalismo, celoso guardián de las libertades individuales, es consciente de que el Corán, en sí mismo, es un programa de vida o cosmovisión que aspira a ser el único válido para regir la humanidad. Punto y pelota. A partir de este reconocimiento, implícito en el propio Corán, por más lecturas interpretativas que se quieran hacer, solo cabe apelar a la autodefensa, mejor sería decir resurrección y/o reformulación, de nuestros propios valores occidentales; de nuestros propios programas de vida.
Si nuestros valores actuales ya no son válidos para salvar a la civilización occidental de la autoinmolación de su razón de ser, ya sea porque han sido relegados al olvido (víctimas del relativismo moral) o por estar sumidos en una imparable decadencia, entonces  se hace necesario reformular nuevos valores; se hace necesario proponer nuevos programas de vida alternativos al suprematismo islámico.

Nota: habría un tercer grupo (además de izquierdistas y liberales) que estaría conformado por un variopinto aglomerado de conservadores, suprematismos cristianos y/o ideológicos (véase Pegida en Alemania) que, de momento, no tienen suficiente peso. Aunque razones de peso no les falten en sus reivindicaciones y propuestas. Yo les considero como "la última bala" que debemos guardarnos en el cargador en caso de que las posiciones más "conciliadoras" fracasen, que será lo más probable.

Conclusiones: si no queremos que tomen fuerza los sectores más dogmáticos antimusulmanes, con el peligro que ello conllevaría en pérdidas de derechos y libertades, deberemos ser valientes y rescatar a Heidegger antes de que vuelvan a apropiárselo los extremistas radicales, es decir, tendremos que "civilizar" al estigmatizado pensador alemán y democratizarle lo suficiente como para que pueda salvaguardarnos del suprematismo musulmán, pero sin que por ello perdamos nuestras sacras libertades individuales.

Por todo lo expuesto, para mí la cuestión fundamental, para combatir al yihadismo, sería:

¿Cómo podemos rescatar y civilizar a Heidegger sin que por ello sufran merma los Derechos y libertades que hemos conseguido en Occidente con tanto esfuerzo y sacrificio?

Y con esta pregunta primera, enlazo con la otra pregunta, sin duda clave en el tema que nos ocupa:

¿Qué pasaría si la respuesta en defensa de unos valores exigiese no ser fiel a esos mismos valores?

domingo, 20 de septiembre de 2015

Derechos de los animales.

Hace tiempo que vengo "sospechando" que el peor enemigo del hombre, del hombre de carne y hueso quiero decir, es el humanismo.
Nuestro vecino humanista, el que vive junto a nosotros, se ha convertido en un animal de lujo, es decir, ya se ha olvidado de qué es la vida y considera propio de mentes provincianas el seguir preguntando por el sentido del ser.
El humanista perfecto ya no adora a "dioses, reyes ni tribunos" y se considera un animal tan privilegiado que no puede por menos que desear compartir su dicha y su dominio señorial con el resto de los seres vivos del planeta; ecologista, pacifista, vegetariano, o mejor aún vegano, son algunos de  los muchos calificativos que utiliza para definir y proclamar su bonhomía y supremacía moral por encima del resto de hombres libres, todavía aldeanos, todavía por domesticar.
Y es que el buen humanista no quiere mentes alcornoqueñas en la urbe civilizada y perfecta; no quiere animales salvajes (al menos que no hayan sido completamente domados) en su ciudad, en ese símil a pequeña escala de una soñada sociedad utópica donde no existan las penas ni las miserias.
El celoso humanista, celoso de su verdad, por supuesto, se jacta de ser el último defensor del bien y de la justicia a nivel universal, o planetario, como dijera alguno de los más insignes humanistas del socialismo más reciente.

El hombre de carne y hueso, por el contrario, aspira a ser libre, detesta esa ciudad uniformada y tan perfectamente normativizada y reglada que niega, insistente, su razón de ser. Los últimos hombres libres quieren seguir comiéndose a sus hermanos los animales, pero sin rencor y sin prepotencia, sino tan solo por mero instinto ancestral de supervivencia y por el placer (para qué negarlo) de sentir entre sus dientes un pedazo de carne jugosa.

Hace tiempo que el humanismo, a fuer de humano, demasiado humano, se volvió, paradójicamente, en el peor enemigo del hombre; se convirtió en un celoso y dogmático guardián de un novedoso y creciente supremacismo humanista.
Superado el supremacismo religioso, y estando bajo duda el suprematismo ideológico, no han faltado fieles desorientados, necesitados de promesas de esperanzas, pero sobrados de fe, dispuestos a soñar con un nuevo mundo ebrio de paz y armonía; paz y armonía para todos los seres vivos del planeta; también para nuestros hermanos animales, por supuesto.

Sin embargo, alguien dijo alguna vez, y dijo bien en mi parecer, que quien pretende quedar bien con todos acaba por no quedar bien con nadie. O dicho en Román paladino: no se puede estar al tiempo con Dios y con el Diablo.
No es de recibo, por ejemplo, que a quienes defienden con uñas y dientes los derechos de sus mascotas, les importe una higa (por decirlo suavemente) la libertad y los derechos de sus vecinos humanos.
Así, como la suerte de religión que es, el nuevo suprematismo humanista establece implícitamente una serie de mandamientos:

1) Si el hermano animal ladra insistentemente a las tantas de la madrugada, el hermano hombre deberá joderse.
2) Si el hermano animal se caga graciosamente en la vía pública, más tonto será el hermano hombre si pisa sus excrementos.
3) El hermano animal tiene derecho a correr libre en parques y jardines, y sin bozal, pues corresponde al hermano hombre salvaguardarse a sí mismo y a sus hijos si desea compartir espacios comunes con el hermano perro.
3) El hermano animal, al acercarse a olisquear o lamer a un hermano hombre desconocido, solo quiere jugar, en absoluto molestar ni vulnerar el espacio interpersonal de éste.
5) NO es propio del humanismo (del supremacismo humanista, se entiende) torturar o sacrificar a los hermanos animales. A los hermanos hombres que así lo hicieran habría que castrarlos (cita textual , y no de las más duras, que pueden leerse en páginas y organizaciones ecologistas y pro-derechos de los animales).
6) NO comerás hermanos animales. Y el hermano hombre que así lo hiciere demostrará ser un salvaje insensible que no merecerá formar parte de la especie humana.

Los defensores del supremacismo humanista señalan con el dedo a los últimos hombres libres y les acusan de especismo (¡toma palabro!); les acusan de discriminar y no respetar los derechos de todos los seres vivos del planeta, de sus hermanos animales en particular. Les acusan de no estar, todavía, lo suficientemente civilizados.

Resulta curioso, sin embargo, que nuestros ilustres humanistas, al tiempo que defienden y abogan por defender los Derechos de los animales, no les exijan a estos ninguna responsabilidad. Claro, no podrían, pues nuestros hermanos animales no son racionales ni inteligentes; ni, por lo tanto, pueden ser morales.
Estoy considerando, seriamente, reivindicar mi Derecho, como hermano hombre, a cambiar mi estatus jurídico o de especie al de hermano animal.
Me imagino que deberá resultar gratificante y una máxima expresión de libertad el poder corretear desnudo por las calles; poder cagar en cualquier esquina y, llegado el caso, poder olisquear las entrepiernas de bellos mancebos y doncellas (atención a la habilidad con que eludo la crítica feminista). ¡Qué deleite poder lamer a un hermano hombre cualquiera, y poder decir que solo queríamos jugar!
Pero claro, se me presentaría un problema: ¿Qué bondadoso hermano hombre me acogería como mascota para responsabilizarse de todas mis juguetonas acciones?
¿Qué hermano hombre le espetaría a los vecinos que si ladro por las noches es porque soy un ser libre sin responsabilidades?
¿Qué hermano hombre me dejaría cagar orgulloso en la vía pública y me defendería de esos hermanos hombres, tan estirados y pulcros, que me lo echarían en cara?

Por fis... ¿alguien quiere adoptarme como mascota?


sábado, 22 de agosto de 2015

"El hombre y la verdad", de Zubiri.

Hace ya algún tiempo me leí un pequeño libro del maestro Zubiri, titulado "el hombre y la verdad".
Intentaré hacer un resumen del mismo a partir de algunas notas que tomé en su día, y agradecería aportaciones y, sobre todo, correcciones, pues se me antoja que no realicé un análisis en exceso sistemático y pormenorizado del mismo.

¿Qué es la verdad?, se preguntó Zubiri, y para responder dicha cuestión nos ilustró con las respuestas dadas por algunos autores:

LA VERDAD COMO REALIDAD (óntica)

Parménides: "Verdad es lo que es". El filósofo griego identificaba Ser = verdad. La verdad es la verdad del TODO (lo que permanece inmutable), no la verdad del hombre, ya que la verdad se da por sí misma, sin mediación alguna, en la realidad. El ser humano debe descubrir la verdad recorriendo el camino de la verdad, que no es otro que el camino del ser, pues el SER no puede NO SER. El Ser es, así, esencia y existencia Presente y Real, pero no transcendente. Parménides se refiere al ser de las cosas (óntico) no al Ser del ser (ontológico), aunque existe discusión al respecto.

Platón: La verdad es la rectitud. La verdad pasa a considerarse, pues, un juicio, es decir, podrá ser o no ser. Si Parménides afirmaba que la Verdad lo era sin la mediación del hombre (era el hombre quien debía descubrirla tal cual era) Platón se referirá al descubrimiento de la idea y no de la apariencia (mito de la caverna) Lo auténticamente real es la idea que se encuentra entro de la realidad aparente.

LA VERDAD COMO REALIDAD Y ADECUACIÓN DEL INTELECTO A LAS COSAS

Aristóteles: La verdad consistirá en que sea cierto lo que se dice. Apela, como Platón, a un juicio, pero que ha de ser lógico.  Aristóteles ofrece una teoría de la verdad mucho más acabada. La tesis básica sobre la que se articula su pensamiento en este punto es que la obra del intelecto es adecuarse a la verdad: el producto propio de la razón es la verdad que, por sí misma, es independiente del sujeto en tanto que real.

LA VERDAD COMO TRANSCENDENS (ontológica)

Sto Tomás: La verdad es la conformidad o adecuamiento con las cosas. La verdad será ontológica y será auténtica cuando los atributos de los que está hecha también sean auténticos.
La verdad, hasta Sto Tomás, se definió, pues, como conformidad del pensamiento y del juicio objetivo sobre las cosas. Tomás sostiene que conocer es abstraer de las cosas lo universal que se encuentra contenido en ellas.
La verdad podrá ser, por tanto, atributo del pensamiento y atributo de las cosas.

LA VERDAD COMO CONSTRUCCIÓN DEL SUJETO

Kant: Aceptará que la verdad lo sea respecto al atributo de las cosas, es decir, cuando no haya discrepancia entre una cosa y lo que digamos sobre ella, pero señalará un problema al considerar la verdad como atributo del pensamiento.

Problema planteado por Kant: ¿El pensamiento está de acuerdo con las cosas porque éstas se reflejan realmente en nuestos juicios? ¿O el pensamiento está de acuerdo con las cosas dependiendo de la dirección de nuestro entendimiento (subjetividad)?
La verdad transcendental será, pues, una verdad puesta, o impuesta, por el hombre mismo, ya que se ha conformado a través del entendimiento.
La verdad de Kant se apoyará en la inteligibilidad, en los actos del entendimiento humano, pero obviará los atributos de la propia realidad.

LA VERDAD FENOMENOLÓGICA

Husserl: La verdad se da en un plano transcendental equidistante tanto del objeto-realidad (realismo) como de la idea-sujeto (idealismo). La verdad se da a través del fenómeno, que no es la realidad en sí misma ni la existencia del ente en si, sino una manifestación de la misma verdad o realidad.

LA VERDAD RESPECTO A LO REAL o como CONSTRUCTIVIDAD TRANSCENDENTAL

Zubiri reivindicará el papel de la realidad, y para ello definirá la inteligibilidad (los actos intelectivos) no sólo como juicios propios de la razón y la lógica (el entendimiento kantiano) sino también como actos volitivos y experiencias emocionales (inteligencia sentiente). La realidad lo es de suyo y la inteligencia (el sujeto) no juzga la adecuación del entendimiento cono la realidad, sino que aprehende la realidad misma.
Así, la verdad vuelve a encontrar su coincidencia con la realidad, porque la realidad, tal cual la percibimos, es fruto de la racionalidad, pero no sólo de la razón lógica sino también de las emociones y las voliciones.
La realidad se da a sí misma y es respectiva de otras realidades. A través de la intelección sentiente aprehendemos la realidad, de algo (cosa) que está formalmente presente como real, pues tiene carácter de suyo.

Hasta llegar a Zubiri se había asociado exclusivamente racionalidad con razón, cuando la racionalidad de los seres humanos es mucho más; es un atributo de la inteligencia para descubrir y aprehender la realidad a través de diferentes vías:
- Vías lógicas y cientifistas.
- Vías místicas y religiosas.

Todas las vías, en tanto que racionales, se valen de actos intelectivos a través de los cuales se puede llegar a hallar la verdad a partir de la aprehensión de la realidad.
La verdad, el Ser real se da de por sí, es aquello que se nos presenta en la impresión y tendrá carácter transcendente y será constructo (construcción) de la realidad. La verdad será una constructividad transcendental.

Nota: lo transcendental tiene dos caracteres: ser a priori respecto a las cosas (el Ser) y estar estructurado por sí mismo (no creado por el sujeto).

lunes, 10 de agosto de 2015

Hermann Hesse en "Los Hijos del III Reich"

Hace tiempo que deseaba ver "Los Hijos del III Reich", una miniserie alemana (dos capítulos) que narra las vivencias de un grupo de 5 amigos durante la II Guerra Mundial.
La serie es magnífica y cuenta con una excelente fotografía, un buen guión y una cuidadosa ambientación de la época. ¡Sobresaliente y muy recomendable!

Sin embargo, en esta breve entrada, no pretendo reflexionar sobre "Los Hijos del III Reich", sin duda una producción cinematográfica a la altura de otras dos grandes películas alemanas: "El Puente" ("Die Brücke") y "El Hundimiento" ("Der Untergang").
En esta ocasión (pues en otra, Dios dirá) mi intención es la de señalar la presencia del espíritu de Hermann Hesse en uno de los personajes: el joven Friedhelm (interpretado por el actor Tom Schilling).

Friedhelm es, sin duda, un viajero del Círculo (ver "El Viaje a Oriente, de Hesse), un ávido lector (¿intelectual?) que rechaza la guerra pero que se ve inmerso en la misma, víctima de las circunstancias.
El joven Friedhelm, tachado de cobarde por sus compañeros, intenta mantenerse al margen de lo que él considera la farsa nacionalsocialista. Así, vive apartado y estigmatizado por su grupo de iguales (compañeros de armas), mientras se dedica a leer libros.

Primera presencia del espíritu de Hermann Hesse.

Durante una de las lecturas de Friedhelm, la cámara realiza un significativo zoom (primer plano) para mostrarnos qué libro está leyendo: "Demian".
A quienes hemos leído "Demian" no se nos pueden escapar los evidentes paralelismos entre el protagonista de la novela de Hesse, el joven Emile Sinclair, y el estigmatizado Friedhelm:
Ambos jóvenes están perdidos y buscan un guía o un camino de salvación; los dos se sienten aislados del grupo, incomprendidos y ajenos al gregarismo uniformador que pretende "domarles". Sin embargo, mientras que Sinclair logra "salvarse" a través de su amistad con Demian (espíritu afín), Friedhelm no encuentra a un "igual" en el que reconocerse. De hecho, el hermano de Friedhelm es un héroe veterano, además del teniente que comanda su unidad, lo cual hace todavía mucho más difícil su situación.
Así pues, a falta de un guía o referente "salvador", Friedhelm acabará perdiéndose y dejará de ser un viajero del Círculo, dejará de buscarse a sí mismo y acabará fusionándose con la realidad; terminará aceptando su condición de soldado del III Reich, se "deshumanizará" y se endurecerá hasta acabar cometiendo actos inmorales que él mismo, antes de su "transformación", criticaba con apasionado fervor.

Segunda presencia del espíritu de Hermann Hesse.

Antes de la rendición completa de Friedhelm, frente a las adversas circunstancias, todavía parece quedar un atisbo de esperanza para él cuando llega un joven soldado de reemplazo.
El joven soldado recién llegado le confiesa su intención de ir a estudiar filosofía con Heidegger, a Friburgo, en cuanto acabe la guerra. Mientras, el ya resabiado Friedhelm, lo mira con desconfianza, pues, aunque moralmente derrotado y deshecho, todavía se resiste a renegar de sí mismo y rendirse ante los seductores cantos de sirena del nacionalsocialismo, una promesa suprematista que llegó a seducir a Heidegger, pero no a Hermann Hesse.

Tercera presencia del espíritu de Hermann Hesse.

Pero es cuando Friedhelm, finalmente, se rinde ante la realidad de las circunstancias, cuando la película nos regala la mejor secuencia en forma de un guiño, sin suda inspirado en "El lobo Estepario" y "El viaje a Oriente":
Friedhelm, agotado y decaído, reposa sentando junto a un árbol cuando, de repente, se le acerca un magnífico ejemplar de lobo (¿un lobo estepario?).
El lobo mira fijamente a Friedhelm por unos segundo y, finalmente, le gruñe, reprochándole en lo que se había convertido.
La figura del lobo de la estepa es recurrente en la obra de Hesse y,  además de dar título a su célebre novela "El lobo estepario", es una figura que está cargada de simbolismo: representa la auténtica libertad, la libertad de quienes se reconocen y se aceptan a sí mismos prescindiendo de las presiones gregarias del grupo; representa la supremacía de la voluntad del yo individual frente a las imposiciones y coacciones del yo colectivo y uniformador.
Una escena muy parecida acontece en "El viaje a Oriente", cuando el desorientado H.H, después de haber abandonado el Círculo de viajeros, es puesto a prueba por Leo por tal de ver si aún tiene salvación y puede redimirse de sus pecados: un lobo se cruza en el camino de H.H y solicita su atención, pero él se desentiende y lo rechaza. Prueba no superada, como se verá al final del relato.
En el caso de Friedhelm, es el propio lobo (su auténtico yo reprimido) el que se le aparece y se le encara para "afearle" su claudicación ante las circunstancias.

Cuarta presencia del espíritu de Hermann Hesse.

Lo lógico, siguiendo el recorrido de "autocuración" literario de las obras de Hermann Hesse, hubiese sido que tras la desorientada búsqueda y la transitoria claudicación llegase la redención o salvación del personaje (como sucede en los casos de "Demian", "El Lobo Estepario" o "El Viaje a Oriente).
Sin embargo, el joven Friedhelm, siguiendo los pasos de los protagonistas secundarios de "Bajo las ruedas" y "Gertrudis", opta por el suicidio vital; pierde la fe y la esperanza y se autoinmola lanzándose contra los enemigos.

A pesar del "pesimista" final, quizás obligado por tal de acentuar la crítica de lo que supuso el suprematismo nacionalsocialista, no cabe duda de que Hesse está presente en la excelente "los Hijos del III Reich" a través del angustiado personaje de Friedhelm.




miércoles, 29 de julio de 2015

Rescatando y pensando a Heidegger, a favor de Heidegger.


El ser humano nunca ha sido libre, pues siempre ha estado sumido en una existencia inauténtica a lo largo de toda la historia; siempre ha estado inmerso en sistemas sociales, ora despóticos ora demócratas-liberales, que, en mayor o menor medida, han ejercido la coacción en nombre de las diferentes prepotencias dominantes de turno (imperios, reinos, Estados...).

El género humano, en tanto que inevitablemente social, nunca ha podido (ni podrá) gozar de una auténtica libertad individual . Eso bien lo supo Heidegger, pero también fue consciente de ello Marx, el padre de una de las más importantes y revolucionarias teorías de la liberación: el marxismo. Tanto Heidegger como Marx se refirieron a la vida inauténtica que llevaban las masas (Das Man y alienación) explicándonos, cómo, en cierto modo, los proyectos de vida individuales no eran sino "pre-programas" o "diseños de vida" ideados por el ente social para que cada individuo desempeñara roles tal y como los ideólogos (domesticadores) los habían preconcebido (ver Marx y "las máscaras sociales").
Platón ( ver diálogo de "El  político" y "La República") y Nietzsche ("Así habló Zaratustra") fueron los primeros en reconocer al hombre como un animal social o político que debía ser domesticado (civilizado) por el Estado para, así, garantizar la paz y la convivencia .
Sin embargo, mientras que Platón puede considerarse como el precursor del actual humanismo, preocupado en civilizar a los ciudadanos por tal de alejarlos de su naturaleza más irracional, Nietzsche culpó precisamente al hombre (homo) por haberse empequeñecido y tornado mediocre en la medida que se tornaba "humanus" ("humano, demasiado humano).

Podríamos decir, grosso modo, que Marx reinterpretó el humanismo platónico, presente en la tradicional moral judeocristiana, mientras que Heidegger, como Nietzsche, señaló las flaquezas de ese humanismo tan "humano", que alejaba a los hombres de sus referentes naturales y los convertía en esclavos de la tecnología. Heidegger, en definitiva, criticó al humanismo para abogar por su superación.

Como se puede constatar, tanto Marx como Heidegger "sintieron" e hicieron suyos los dolores de una época: la decadencia de la civilización occidental, enfermedad de la postmodernidad que sumía al hombre en la angustia vital, la desesperanza y el nihilismo. Y ambos pensadores propusieron una cura o salvación para retornar al género humano su dignidad, para volverle a proveer de esperanza.

Y he aquí las curas, en forma de idearios políticos, que ambos pensadores defendieron frente a un mismo enemigo común: el liberalismo, al cual culparon de todos los males de una época, pero, sobre todo, de ser el padre legítimo del "inhumano" capitalismo:

Socialismo utópico: Marx fue el primero en hacer una deconstrucción, o reinterpretación, de la teoría de liberación del cristianismo, sirviéndose del materialismo histórico. Heidegger, más tarde, haría lo propio en "Ser y tiempo" sirviéndose de la fenomenología hermenéutica.
Lo que hizo Marx, en realidad, fue, como decía, una reinterpretación del cristianismo, es decir, creó una nueva "religión", laica si se prefiere, pero con los mismos fundamentos éticos-morales presentes en la tradición judeocristiana.
La teoría de la liberación socialista que proponía Marx estaba destinada a triunfar entre las masas porque, como veremos, no proponía nada nuevo, sino un nuevo cristianismo laico.
Las masas, desde la cuna "programadas" para que hicieran suyos los valores de las prepotencias dominantes (valores de la moral cristiana, y a la postre también kantiana) abrazaron con relativa facilidad la propuesta de liberación del marxismo: Marx y Engels fueron los nuevos mesías, "El manifiesto comunista" una suerte de reveladora tabla de los 10 mandamientos, y "El capital" la Biblia imprescindible para todo buen marxista que se preciara de serlo. No podían faltar ni el Dios supremo, ahora en forma de Estado omnipotente y protector, ni el prometido y esperanzador fin último, vida eterna en el otrora paraíso celestial frente a la vida justa y feliz en el "alcanzable" socialismo utópico.

El mensaje de Marx era claro: os prometo la salvación en la tierra con la certeza, materialismo dialéctico mediante, de que mi propuesta es terrenal, racional y científica, que en absoluto una ensoñación irracional que cree en Dioses salvadores.

Nacionalsocialismo: Sí, lo sé, objetivamente no podemos considerar a Heidegger como el creador de la teoría de liberación nacionalsocialista. En primer lugar, porque Heidegger se cuidó mucho de enfatizar en "Ser y tiempo" que sus preguntas sobre el sentido del ser partían de postulados ontológicos, que no políticos, y en segundo lugar, sencillamente, porque la deconstrucción que hizo Heidegger del cristianismo no consistió tan solo en "readaptarlo" o "reinterpretarlo" al servicio de una ideología, como sí hizo Marx, sino que intentó superarlo lo más asépticamente posible a través de la fenomenología. He aquí la diferencia fundamental entre el pensamiento de Marx y Heidegger: reinterpretación del humanismo (Marx) vs superación del humanismo (Heidegger).
Sin embargo, a nadie se le escapa que los conceptos, pretendidamente asépticos, que Heidegger utilizó en "Ser y tiempo" estaban cargados, cuanto menos, de sutiles connotaciones herederas de la moral judeocristiana. De hecho, el concepto de la cura o cuidado (el deseo de llegar a ser algo) nos recuerda a aquel otro "cuidado", tan agustino y cristiano, que nos insta a "aceptarnos, mejorarnos y superarnos".
En cualquier caso, y sin intención de realizar un análisis más detallado de las semejanzas entre los conceptos heideggerianos y cristianos, es necesario reivindicar y reconocerle a Heidegger su genialidad al intentar ir "más allá del bien y del mal", es decir, el haber visto con claridad que el humanismo, tanto en su versión más tradicional e histórica del judeocristianismo, como en la nueva copia pergeñada por el marxismo, había fracasado. No debemos olvidar que el propio Sartre dijo que "el existencialismo era un humanismo" y Marx calificó a su teoría de "humanismo real", seguramente para anteponerlo al "humanismo religioso".
Por tanto, del hecho de que Heidegger hiciera visible el fracaso del humanismo, no debemos concluir que éste fuese el creador de ninguna teoría de liberación, menos aún que fuese un teórico del nacionalsocialismo. ¿Fue Heidegger nacionalsocialista? Pudiera ser, pero esa no es la cuestión que estamos tratando.
Lo que estamos dilucidando es si Heidegger tuvo o no razón al señalar el fracaso del humanismo como método destinado a la domesticación y cría del ganado humano.

Pensar a Heidegger

Pues sí, hay que pensar a Heidegger, pero... ¿de verdad que solo cabe la opción de "pensar a Heidegger contra Heidegger, como dijera Habermas?
Yo me haría otra pregunta: ¿somos capaces de reconocer el fracaso del humanismo para, así, poder crear una superación del mismo, o preferimos seguir "reinventándolo" y readaptándolo a los nuevos tiempos por tal de seguir legitimando sus "supuestas" bondades, incuestionables e intocables?
El socialdemócrata Habermas, escorado más hacia el ala "izquierda", juega en casa, es decir, juega en los campos ya abonados de Occidente donde, a priori, es más fácil que proliferen y se reproduzcan sus ideas ebrias de humanismo justiciero disfrazado de "demócrata".
Habermas, para más inri, arrastra el estigma de ser "alemán viejo", un espíritu infectado de culpa que todavía no ha superado el pasado nazi de su nación. Por eso comprendemos a Habermas cuando reconoció sentirse "engañado" por Heidegger y, más recientemente, cuando atacó falazmente a Sloterdijk tildándole de "filonazi".
Si Habermas, como la generalidad de los pensadores occidentales, no son capaces de reflexionar libre y valientemente mirando "más allá del bien y del mal", como hicieran Nietzsche y Heidegger, o como hace actualmente Peter Sloterdijk, por favor, que se aparte del camino y deje el paso libre a nuevas propuestas de domesticación, o nuevos programas de vida (para no herir sensibilidades), que aspiren a salvar al hombre, al homo de carne y hueso que desea ser realmente libre sin las coacciones de ningún Estado suprematista y prepotentemente dominante.
¿Cuál fue el pecado de Heidegger?
En mi humilde opinión, su "pecado", peccata minuta en realidad, fue apostar por el "mal menor"; entre el suprematismo comunista que amenazaba Occidente y el fallido capitalismo, legitimado por las democracias liberales, apostó por la esencia de su ser alemán, por un nuevo e ilusionante proyecto vital en forma de III Reich. ¿Se equivocó? Pudiera ser, pero no más que otros pensadores de su época que, ebrios de cinismo, prefirieron seguir callando y apoyando a los diferentes suprematismos comunistas del planeta; tampoco se equivocó más que otros políticos hipócritas, como Churchill, capaces de reconocer que la "democracia", aunque imperfecta, era el mejor sistema conocido.
Pues bien, digo yo, ¡encontremos sistemas mejores!

Nuevo posthumanismo

Y en ello está Peter Sloterdijk, en pensar a Heidegger, pero no en su contra como hace Habermas para deslegitimarle con los recurrentes argumentos ad hominem del filonazismo, sino para encontrar mejores sistemas o, al menos, para hacer propuestas novedosas y valientes que superen al fracasado humanismo en una nueva era posthumanista.
No somos libres, ésta es la única y gran dolorosa verdad. Y no somos libres en Estados suprematistas, por supuesto, pero tampoco en Estados demócratas liberales que se jactan de garantizar las libertades individuales.
Sloterdijk lo ve muy claro, como claro lo vio Bakunin: no puede haber auténtica libertad ni verdadera democracia allí donde el individuo vive coaccionado, ya sea en un sistema manifiestamente despótico, o en otro que, arteramente, le hace creer que es libre.
Pero, como no podía ser de otra manera, de la misma manera que el "celoso" Marx se encargó de estigmatizar y silenciar las verdades del anarquismo libertario de Bakunin, así silencian a Sloterdijk, bien tachándole de "filonazi" (Habermas) o de "nietzscheano de izquierdas" (calificativo del ínclito Ramón Alcoberro, con el que, por cierto, mantengo una deuda pendiente a cuenta de Ortega).
¿Es Sloterdijk una suerte de anarcocapitalista o simplemente un pensador que se obliga a reflexionar más allá del bien y del mal?
¿Y qué significa pensar más allá del bien y del mal?
No significa prescindir de la moral, sino obligarnos a reflexionar más lejos y en profundidad "a pesar" de los constreñidos corsés morales; significa ser creativos para ver que el liberalismo, aunque mejor que cualquier suprematismo ideológico (comunista o nacionalsocialista) también coacciona e impide la auténtica libertad individual.
Cuando llegamos a la conclusión de que, a través de los actuales sistemas políticos conocidos, no podemos ser auténticamente libres de ninguna de las maneras, solo nos quedan dos opciones: o elegimos lo que creemos el mal menor (Heidegger) o seguimos reflexionando y haciendo nuevas propuestas (Sloterdijk) a través de la biotécnica, proponiendo el pago voluntario de impuestos o articulando peregrinas constituciones que reconozcan los derechos conjuntos de los hombres, la naturaleza y las máquinas en una nueva era posthumanista.
De la selección de la especie humana y de los nuevos métodos de cría y domesticación del animal de lujo humano, a través de la biotécnica y la ciencia genética, reflexionaremos en otra ocasión.





 

lunes, 8 de junio de 2015

"La Fragata infernal" o del victimismo instrumental.

"La fragata infernal" es una dolorosa e incómoda película que deja un amargo regusto final.
Como bien señala Peter Sloterdijk, en su magnífica "Crítica de la razón cínica", el pequeño relato de Herman Melville, titulado en realidad "Billy Budd", constituye un claro ejemplo de lo que el filósofo alemán denomina inversión moral-cultural, es decir, un ilustrativo caso donde la víctima pierde su inocencia en aras de perseguir una pérfida finalidad:

"El derecho se convierte en una instancia que puede ser utilizada como instrumento de una voluntad perversa" (Peter Sloterdijk).

Siempre he sospechado que, en no pocas ocasiones, muchas causas políticas y/o ideológicas se han ataviado con los ropajes de un calculado victimismo por tal de lograr determinados fines.
La historia nos muestra numerosos ejemplos en los que ciertas conciencias, ebrias de su propia verdad, se victimizaron (o siguen victimizándose) convenientemente por tal de poder derrotar o superar a poderosos adversarios. Volveremos a ello más adelante.

¿Dónde estriba la "dolorosa" originalidad de "La fragata infernal?

La historia del grumete Billy Budd, un joven alegre y carismático, se me antoja cargada de numerosas connotaciones bíblicas. Por un lado, el personaje del bondadoso e inocente muchacho (Terence Stamp) simbolizaría la figura de Abel, mientras que el personaje del malvado suboficial de armas (Robert Ryan) ejercería de resentido y envidioso Caín.
Mientras veía la película tampoco pude evitar establecer comparaciones con los personajes unamunianos de la novela "Abel Sánchez"; ese sempiterno antagonismo entre el individuo jovial, vitalista y alegre (Abel Sánchez) y el ser atormentado y resentido (Joaquín Monegro).

Sin embargo, yo diría que aún podemos observar una analogía bíblica más evidente si consideramos al joven Billy Budd, inocente y puro, como una suerte de nuevo mesías, y al frustrado suboficial como un dogmático y férreo Caifás dispuesto a todo por tal de preservar su autoridad a base de un cumplimiento excesivamente estricto de las normas. De hecho, resultará del todo evidente que el capitán de la fragata (magnífico Peter Ustinov) acabará haciendo las veces de Poncio Pilato.

Veamos:
El grumete Billy Budd es sustraído a la fuerza (reclutado según las leyes del mar) del navío "Derechos del hombre" (significativo nombre) para servir en "El indomable", una fragata infernal donde la justicia es obviada por las implacables "leyes del mar", aplicadas en toda su crudeza por el malvado suboficial de armas. El mesiánico Billy, todo bondad e ingenuidad, pronto se hará amigo de toda la tripulación y se ganará las simpatías de los oficiales; de todos, salvo las del susodicho suboficial de armas, el cual sentirá un profundo odio y desprecio hacia el joven que, antes sus ojos, alcanzaba un inmerecido "estado de gracia" místico.

La originalidad de este "nuevo Caifás" (suboficial de armas) la encontraremos en la manera en que conseguirá "crucificar" al bondadoso mesías: convirtiéndose él mismo en víctima.
Después de acosar al joven Billy incesantemente y de crear numerosas amonestaciones falsas para que éste fuese castigado con el látigo, el perverso suboficial logrará finalmente que el pacífico y tranquilo grumete pierda los nervios y le agreda. Entonces, el malvado cae al suelo y se golpea mortalmente mientras esboza una perversa sonrisa, pues sabe que su muerte obligará (derecho marítimo en mano) a que Billy sea ejecutado según las leyes de la guerra en el mar. Y todo ello ocurre ante la presencia del capitán, que deberá optar por impartir justicia o aplicar las leyes.

El perverso malvado, en definitiva, lo que hace es valerse del derecho, el cual protege a las víctimas de sus agresores; pero para ello, perderá su inocencia como víctima, es decir, se convertirá en una víctima culpable. Así, el derecho, en teoría garante de la integridad de los inocentes, se convierte en instrumento de los malvados.

De nuevo, Pilato se lavará las manos. El capitán y el resto de oficiales, a pesar de desear salvar al joven Billy, acabarán sentenciándolo a morir ahorcado, cual si de una crucifixión se tratara.

Victimismo instrumental en la historia.

Todos conocemos o hemos conocido a algunos de esos niños taimados, inteligentes pero con un punto de perversidad, que saben cómo "pinchar" y acosar sibilinamente a otros compañeros, incluso más fuertes que ellos; que saben cómo molestarles y "chincharles" hasta lograr que estos pierdan el "autocontrol" y les suelten un tortazo. Entonces, la pequeña víctima, exenta de toda inocencia, solo tiene que llorar desconsoladamente y magnificar las consecuencias de la agresión para lograr que los profesores castiguen al agresor inocente. Éste, grosso modo, podría decirse que es el argumento central de "La fragata infernal".
Pero, ¿ y si en vez de un taimado niño fuese un suprematismo ideológico el que recurriese a esta inversión de la moral, convirtiendo el derecho en un instrumento al servicio de un determinado fin?
Hoy sabemos, por ejemplo, que el Alzamiento Nacional que desembocó en la Guerra Civil española fue provocado por la Komitern en connivencia con dirigentes del Frente Popular (ver aquí). Sabemos que el frentepopulismo que tomó las riendas de la II República vulneró la legalidad vigente y comenzó una impune cacería de "fachas" y clérigos con la única intención de provocar un Alzamiento que supusiera ese "tortazo" a través del cual pudiesen legitimar su condición de víctima y pedir socorro al Derecho internacional.
¿Qué hace actualmente el más reciente y nuevo suprematismo feminista, sino provocar y tensionar constantemente por tal de conseguir el "tortazo" de rigor que pueda legitimar sus reivindicaciones victimistas y, de paso, poner en evidencia al subyugador patriarcado dominante?

Hilando más fino, "sospechamos" que, en no pocas ocasiones, los servicios de inteligencia y el poder militar también recurren a este tipo de "victimización" e instrumentalización del derecho para legitimar una posterior agresión contra algún objetivo concreto.
También es sabido que los presos de ETA, para deslegitimar al Estado, en ocasiones se autoagredían o provocaban a las fuerzas de seguridad para que les agrediesen, y todo por tal de legitimar su lucha adquiriendo la condición necesaria de víctima.
No cabe duda de que ser víctima, ayer como hoy, puede ser muy rentable si a cambio, eso sí, se está dispuesto a perder la inocencia. ¿Pero a quién le preocupa perder la inocencia en un mundo donde impera un creciente relativismo moral y donde lo único que parece importar es lograr determinados fines, como sea y a través de la instrumentalización que sea?


lunes, 1 de junio de 2015

El feriante de los engaños (cuentecillo pseudofilosófico).

El feriante de este breve pero pedagógico cuento se enorgullecía de su trabajo, y ello a pesar de que algunas mentes preclaras, hace ya mucho tiempo de ello, desenmascararon y dejaron al desnudo al vulgar titiritero que en realidad era. Mas ello no amedrentaba a nuestro taimado maese Pedro, como gustaba de llamarse a sí mismo. ¡Al contrario!, cada vez que alguien le señalaba la inutilidad de su cotidiano quehacer, ora en un pueblo rebosante de gentes, ora en una pequeña aldea de apenas un puñado de habitantes, él se crecía, seguro de ser mucho más que un comediante o un vulgar farsante.

Nuestro singular maese Pedro sabía que la vida era sueño; y no necesitaba saber nada más. El malgastar el tiempo y la vida por aquello tan vano de saber por saber, esa gran trampa de la moral, se lo dejaba a los barberos, curas y bachilleres que siempre se jactaban de ser los más doctos y letrados en sus respectivos oficios.
Nuestro endiosado feriante no necesitaba saber más de lo que ya sabía, ni conocer más de lo que ya conocía, porque él poseía algo mucho más valioso que aquellos pequeños hombrecillos grises que se las daban de sabios; él tenía el poder de crear ilusiones.
Sabía, el muy ladino, que solo necesitaba crear novedosas y divertidas atracciones de feria para que largas filas de niños se rindieran ante su mágico poder ilusorio, siempre promesa de esperanza; sabía, el muy bribón, que la esperanza era, en realidad, el único alimento que necesitaban los hombres de carne y hueso (eternos púberes) antes de convertirse, por obra y gracia de la diosa civilización, en "demasiado humanos".

Pero al vanidoso feriante, tras muchos años de buen oficio, se le presentó un grave problema: se le habían acabo las ideas. O, mejor dicho y explicado: ya no era capaz de crear atracciones ilusionantes que fuesen promesas de esperanza; que significaran, en definitiva, un ansiado fin último por el que cualquier niño estuviese dispuesto a hacer una larga cola durante horas, ¿y por qué no de por vida?, se preguntaba henchido de locura en no pocas ocasiones...
Los niños, ciertamente, eran cada vez eran más exigentes, pero sobre todo impacientes. Sí, al principio todos formaban largas colas para experimentar las atracciones más sugestivas. Pero el goce que proporcionaba cada nueva atracción era breve y efímero; y los niños cada vez se cansaban y hastiaban más pronto de ellas. Pero lo peor de todo era la espera, la larga cola que debían hacer para disfrutar, tan solo, de un par de minutos de diversión. Los niños crecían rápido, y cada nueva generación era más exigente que la anterior. Pronto advirtieron que las largas esperas no eran rentables en términos vitales, aunque ellos, emulando la prepotente vanidad del feriante, prefirieron considerarlo en términos morales. ¡Qué injustas eran aquellas atracciones!

El feriante, gran conocedor del alma de los niños, sabía en realidad lo que estos querían: deseaban el goce eterno, la felicidad ininterrumpida en forma de una atracción vital que no tuviese fin, que nunca terminara. Los niños deseaban y necesitaban ser engañados; necesitaban creer en la existencia de una magnífica atracción que fuese justa ante sus ojos, es decir, que les proporcionara felicidad eterna sin pedirles a cambio ninguna aburrida espera ni ningún indeseable sacrificio.
Ciertamente, aquellos pequeños diosecillos vanidosos ya no eran niños; se habían convertido en humanos, en egocéntricas deidades, justificaciones de sí mismas, que solo ansiaban la felicidad como meta última en sus vidas.

El feriante se dio cuenta de que era imposible que, cada nueva temporada, pudiese tener construida una nueva y costosa atracción. ¿Qué esperaban de él aquellos indóciles caprichosos? ¿Deseaban ser felices por siempre, sin dar nada a cambio? ¿Acaso no sabían cuánto costaba mantener viva una ilusión? ¿Desconocían el trabajo y el esfuerzo que eran necesarios para construir cada una de sus atracciones? Si aquella panda de desagradecidos querían mentiras, él se las daría.

Pero en esas estaba nuestro feriante, urdiendo qué mentiras y engaños proporcionar a los infantes rebeldes, cuando por el horizonte se dibujó una figura en el Sol de Poniente; y aquella figura resultó ser otro feriante, mucho más osado y más cínico que él; pero, sobre todo, más hábil en el arte del engaño.
Ningún niño pudo resistirse a las promesas de diversión de aquel nuevo feriante, más joven y seductor, mesiánico y gran conocedor del alma infantil.
¡Aaaah, pobre maese Pedro, que tan bien creyese conocer el espíritu de los niños! Y sí, claro que lo conocía, y muy bien, pero tardó en darse cuenta de que los mejores titiriteros, como los más seductores feriantes, no son quienes se limitan a maquinar burdos engaños, sino quienes consiguen que los niños, por voluntad propia, se autoengañen y crean, fervientemente, en la felicidad que habrá de proporcionarles una ficticia atracción de feria.

viernes, 22 de mayo de 2015

"El viaje a Oriente" (análisis personal introspectivo).

Comentaba en mi entrada anterior que la última lectura de "El viaje a Oriente", de Hermann Hesse, me había sugerido nuevas "sensaciones", muy diferentes a las que experimenté siendo mucho más joven, cuando leí por primera vez el introspectivo relato del escritor alemán.

Hoy "siento" de manera diferente este pequeño libro; lo saboreo de forma distinta y lo valoro desde una nueva perspectiva vital.
Cuando era joven tan solo vi "poesía" en este onírico relato de Hesse; disfruté con la fantasía que de él emanaba y me "distraje" paladeando su sugestiva prosa, seductora y hermosa a un tiempo.
Sí, es cierto que ya entonces percibí el carácter angustiado y atormentado del viajero H.H; es cierto que, de alguna manera, "comprendí" que éste era un ser "perdido" en el mundo que deseaba encontrar un camino "salvador". Sin embargo, no realicé ningún análisis reflexivo que me permitiese "profundizar" más allá, ni en la psicología del protagonista ni en el fin último de dicho relato.
No podía, entonces, llegar mucho más lejos en la lectura de "El viaje a Oriente", porque, de hecho, yo tampoco había llegado demasiado lejos en mi vida.

Y es que, durante la primera lectura que hice de "El viaje a Oriente", yo mismo era un alegre viajero del Circulo; alguien que todavía leía por placer y no por pura necesidad vital; era alguien que dibujaba y pintaba, y que todavía se deleitaba escuchando música embriagadora a todas horas.
Fui un joven que, en cierta manera, participó en "El viaje a Oriente", como los risueños Klingsor ("El último verano de Klingsor") y Goldmundo  ("Narciso y Goldmundo"). Era un joven que solo necesitaba amar y emborracharse de vida o, como le dijera en cierta ocasión a una amiga de la que hoy es mi mujer: "Solo necesitaba tener a mi chica cogida de la mano y en la otra mano una cerveza fresquita".
No me puedo quejar, pues todavía hoy, un par de décadas más tarde, sigo teniendo a la misma chica cogida de mi mano; y de tanto en tanto todavía me puedo permitir "evadirme" de la existencia, que no de la vida, saboreando néctares dionisíacos. Pero ya no soy aquel joven alegre y risueño de antaño. Sin duda he cambiado mucho.
Ahora estoy "perdido", como el angustiado H.H que abandonó el Círculo; y, como él, solo ansío volver a reencontrar el gusto por la vida. De la misma manera que el desorientado H.H dejó de tocar el violín y, peor aún, lo empeñó por un puñado de monedas, así, de forma parecida, dejé yo mismo de pintar y vendí mi preciada colección de discos de vinilo.
Perdidas la fe y la esperanza, ya solo me queda intentar "escribir" el relato de lo que fue mi particular viaje a Oriente. De hecho, intento, como el perdido H.H, entrar de nuevo en el Círculo, para salvarme y para poder seguir viajando; para no quedarme, tan solo, viendo pasar la vida mientras se llega la muerte.

Sí, en esta última lectura de "El viaje a Oriente" he reflexionado mucho más, pues es lo que tiene la metamorfosis vital que te transforma, de un alegre y despreocupado Goldmundo a un analítico y serio Narciso. No soy Goldmundo ni puedo ser ya Klingsor, el pintor vitalista; ni siquiera puedo aspirar a ejercer de loco caballero andante. Ahora soy todo sensatez sanchopancesca.

La vida me ha cambiado, y mi transformación también ha hecho mutar el "sentido" de aquellos libros que otrora configuraron mi biografía vital; y, por supuesto, también cambiaron a los protagonistas de las novelas que leí.
Ya poco me dice Hermann Hesse, porque no creo en Buda ni en la vida contemplativa; no creo en la vida fácil en el valle, ya sea en utópicos Paraísos celestiales o en terrenales y ricos jardines como los que disfrutó el despreocupado Siddharta en su juventud.

He comprendido que la vida no se desarrolla en un plácido valle, generoso y garante de recursos, y en cuyo seno la existencia humana transcurre sin problemas. Tampoco me vale el proceder cobarde de quienes construyen un búnquer virtual en su mente, donde dicen hallar la paz interior con ellos mismos y con el mundo.
He aceptado que no soy Klingsor, el despreocupado y vitalista pintor que también fuera compañero de H.H en el Círculo que viajaba a Oriente; ni soy, pues no me lo permiten mis circunstancias vitales, un loco Quijote, ni siquiera puedo ser el atormentado Hermann Hesse que podía permitirse el lujo de escribir, de la misma manera que los ociosos griegos elucubraron sobre el ser y otros ilustres pensadores se dedicaron al vano deporte de filosofar (Ortega y Gasset).

Los autoengaños están bien, son necesarios, pero no les están permitidos a los hombres de carne y hueso. Bien está que Buda, el místico espiritual, se autoengañase por tal de salvarse de la náusea de la nada; bien está que Cristo se autoengañase por tal de hacernos creer en la inmortalidad del alma.
Perdonado está, por supuesto, mi admirado Hermann Hesse, por haber sabido salvarse del suicidio a través de su introspectiva obra literaria y, de paso, por qué no decirlo, haber conseguido vivir de la palabra, que no de los hechos.

Pero mi salvación, estoy seguro de ello, no está en mi interior ni en la creación de bonitas palabras, sino en los hechos de la vida misma; está en la existencia de mis dos hijos, en el quehacer diario que me insta a salvar circunstancias adversas; en los pequeños placeres cotidianos que me recuerdan, mal que sea por breves instantes, que es mejor estar vivo que muerto.
La vida no es contemplación, sino constante quehacer y proyección futura.
¿Quién quiere ser un gordo Buda eternamente "sentado" y meditando?
¿Quién puede desear "viajar a Oriente" cuando es consciente de que es heredero y portador de aquella ancestral energía vital de Occidente, propia de hombres de carne y hueso?

jueves, 14 de mayo de 2015

"El viaje a Oriente" de Hermann Hesse.

Ha vuelto a caer en mis manos el pequeño librito "El viaje a Oriente", de mi estimado Hermann Hesse. Fue mi hija, el otro día, la que me lo entregó después de que el susodicho libro estuviese reposando, no sé durante cuánto tiempo, en su nutrida biblioteca, junto a otros libros.
De hecho, me confesó mi hija, me lo devolvía virgen e inmaculado, sin haber leído ni una sola de sus páginas y para poder "hacer sitio" a otras creaciones literarias más de su gusto.
Supongo que la lectura de "El viaje a Oriente" no era la más adecuada para una niña de 11 años que solo deseaba leer los "tochos" de literatura fantástica de Geronimo Stilton y Kika superbruja.
Ahora, con 13 años, a mi hija le ha dado por leer las novelas romántico-juveniles del ínclito John Greene. Bueno, me digo a mí mismo, poco a poco madurará, y quizás dentro de unos años comience a deleitarse con nuestros Unamuno o Pío Baroja; quizás incluso rebusque en mi egregia biblioteca las obras de Hermann Hesse. Allí estarán, esperándola pacientemente todas ellas.

Volví a releer "El viaje a Oriente", como no podría ser de otra manera, y no sin que antes mi mujer volviese a "señalarme" la patológica compulsión que me obliga a leer libros que ya he leído en otras ocasiones, o que me insta a ver películas que ya he visionado con anterioridad.
Y sin embargo, repetir lecturas no es ejercicio baladí, porque al releer una obra, sobre todo si han pasado unos años desde la última vez que fue leída, se extraen nuevas enseñanzas que otrora nos pasaron desapercibidas.
El libro es el mismo y su contenido sigue exponiendo las mismas ideas que cuando lo leí por primera vez, hace ya la friolera de 17 años. Y, sin embargo, ahora "El viaje a Oriente" se me antoja un libro diferente, distinto... Quizás sea yo quien ha cambiado, ¿tal vez sea yo "el diferente"?

¿Qué es "El viaje a Oriente"?

El libro constituye, en sí mismo, otro de los muchos análisis introspectivos con los que Hesse, a través de la catarsis literaria, intentó salvar su alma; un nuevo ensayo para salvarse de la nada y de la angustia vital.
El viaje a Oriente narra las andanzas y hazañas de un Círculo de viajeros que protagoniza una Cruzada hacia Oriente, siendo "Oriente" una metáfora para referirse a la meta espiritual que cada uno de los viajeros lleva a cabo. Todos los viajeros comparten el mismo viaje y el mismo fin último: buscarse (conocerse) a sí mismos y hallar "el sentido del ser". Pero a veces el grueso del grupo se divide y cada pequeño grupúsculo toma caminos diferentes, pues hay tantos caminos posibles para llegar al fin último (conocimiento) como deseos y voluntades individuales. De hecho, en numerosas ocasiones, algunos viajeros se pierden por algún tiempo y deambulan solitarios hasta que vuelven a reencontrarse con alguno de los grupos del Círculo. Otros, los que pierden definitivamente la fe y la esperanza durante el viaje, nunca regresarán y se olvidarán del Círculo y de todo lo que éste significó en sus vidas.

Pues bien, uno de los viajeros del Círculo que acabará por "perderse" será el propio Hermann Hesse, el cual será el narrador de tan peculiar historia y aparecerá con las siglas "H. H." (sus iniciales).
¿Y qué significará perderse u olvidarse del Círculo?
Olvidar el Círculo, que será tanto como abandonar la mística Cruzada a Oriente, significará perder la esperanza y la fe en cualquier referente espiritual; significará acabar sumido en la angustia existencial a la que aboca, irremediablemente, la razón. Olvidarse del Círculo sería el análogo a olvidarse de uno mismo y de las cuestiones más importantes sobre la vida, a las cuales solo se puede llegar a través de la irracionalidad inherente al ser humano: el arte, la poesía, la religión, la música, la imaginación...
Hermann Hesse, alma atormentada, reconocerá haberse perdido; confesará haber "huido" del Círculo, y se acusará a sí mismo de haber abandonado, cobardemente, el peregrinaje hacia Oriente que habría de darle un sentido a su vida y, por tanto, le salvaría de la nada.

Cuando el propio Hesse se da cuenta de que su vida fuera del Círculo, lejos de satisfacerle, tan solo le sume en el sentimiento trágico de vivir, intenta por todos los medios volver a participar en el viaje a Oriente, es decir, intentará "reencontrarse" a sí mismo para poder salvarse del suicidio.
¿Pero cómo podrá volver al Círculo y, así, recuperar la esperanza y la alegría de vivir?
El desorientado H. H. (Hermann Hesse) tan solo acertará a recordar a otro viajero: Leo, un compañero alegre y vitalista que era el "alma espiritual" del Círculo; que era un criado, servicial y solícito, amigo de todos y enemigo de nadie. Y lo recordará, a pesar de que el resto de integrantes y los hechos del propio viaje se iban borrando de su mente, porque antes de que él mismo (H.H) abandonase el Círculo, fue Leo quien desertó del grupo sin previo aviso, de repente. Pero H.H aún recordaba a Leo, sobre todo porque el desconfiado H.H llegó a creer que su compañero, antes de su huida, le robó un preciado medallón que él guardaba celosamente.
Así pues, H.H, tras mucho reflexionar, llegará a la conclusión de que para encontrar de nuevo al Círculo primero deberá dar con el paradero de Leo.

El reencuentro de H.H con Leo, o consigo mismo.

H.H solo consigue recordar a Leo porque, como se verá a lo largo de la narración, el vitalista compañero simbolizaba, en realidad, al niño inocente y puro que todos somos antes de perder la fe y la esperanza; Leo era el mismísimo H.H, pero también era, al tiempo, todos y cada uno de los integrantes del Círculo; era el UNO absoluto, el supremum, o como Hermann Hesse se referirá a él en su novela: el Superior de los Superiores.
Leo era ante todo servicial y estaba al servicio de los demás, porque él era la vida misma; porque amaba y respetaba la música, la poesía, y cualquier manifestación mística y/o religiosa procedentes de cualquier cultura o de cualquier grupo humano. Leo era, en definitiva, la antítesis de la razón, pues la alegría que emanaba de alguien tan vivo y lleno de fe y esperanza solo podía nacer de la irracionalidad.

Conocerse a uno mismo es difícil, cuando no tarea imposible, pero es el deporte filosófico de preguntarnos sobre nosotros mismos, y sobre la vida (única verdad radical), lo que da sentido a nuestra existencia.
No importa que no hallemos respuestas a las preguntas más trascendentes sobre "el ser", como no importaba, realmente, que el viaje a Oriente de H.H no llevase a parte alguna; se trata en ambos casos de hacer camino y de caminar, hacia cualquier dirección, pero con alegría y esperanza.
Cuando se pierde la fe, la alegría y la esperanza, no importa en qué idea o meta, religión, misticismo, sueño o fantasía, se pierden las ganas de vivir; es entonces cuando abandonamos el Círculo (la vida) y quedamos sumidos en la angustia frente a la nada.
Y frente a la nada solo quedan dos alternativas: abandonarnos a una existencia inauténtica de autoinmolación que, en el peor de los casos, nos conducirá hacia el suicidio, o intentar reencontrarnos con el niño inocente que éramos cuando todavía creíamos en la magia, en los sueños y en la vida eterna.
Pero, como decía, si llegar a conocernos a nosotros mismos ya supone en sí mismo una ardua tarea, más difícil todavía resultará reencontrarnos después de habernos perdido en el Círculo, o en la vida; más difícil será recuperar la fe una vez la perdimos por dictamen de la todopoderosa diosa Razón.

Para que H.H pudiese encontrar a Leo, es decir, para que pudiera reencontrarse consigo mismo, primero tuvo que sentir un profundo arrepentimiento por haber abandonado el Círculo (la vida) y después tuvo que expiar sus culpas aceptando el castigo que le sería impuesto por la vida misma (Leo). Leo, de hecho, es el análogo al ser, o el sentido del ser, al cual solo podemos acceder a través de humildad ontológica (Heidegger), con alegría, pero también con atención reflexiva y expectante.
El viaje, como no podía ser de otra manera, acaba místicamente, con H.H fusionándose con Leo, con el UNO absoluto. La comunión final de H.H con y en "lo otro" se consuma tras la necesaria meditación reflexiva que le instó a conocerse a sí mismo y a conciliarse con el Ser,  la vida o Dios, como cada uno de nosotros prefiramos llamar al UNO o al Superior de los Superiores.

La relectura de "El viaje a Oriente" me ha hecho reflexionar sobre mí mismo y sobre las influencias de una misma obra literaria en diferentes momentos de nuestra vida. Ver aquí: "análisis personal introspectivo".

miércoles, 22 de abril de 2015

Razón cínica en "San Manuel Bueno, mártir", de Unamuno.

Leyendo la magnífica "Crítica de la razón cínica", de Sloterdijk, experimenté una suerte de liberación existencial muy parecida a la que, en su día, sentí con la lectura de "Del sentimiento trágico de la vida", del genial Miguel de Unamuno.
Después de mucho releer y reflexionar sobre mis admirados Ortega y Unamuno, he llegado a la conclusión de que estos dos PENSADORES (con mayúsculas) tuvieron la desgracia de ser profetas en las tierras de Occidente más yermas y estériles para la inteligencia: España. ¿Qué repercusión mediática habrían tenido las obras de nuestros dos autores patrios si estos hubiesen tenido la suerte de nacer en países más maduros y preparados para "soportar o manejar" la verdad?
¡Qué distintas, por ejemplo, se me antojan Alemania y España! Y, sin embargo, las filosofías de Ortega, como las de Unamuno y Zubiri, estuvieron sin duda a la altura de los grandes pensadores germanos: Husserl, Nietzsche, Heidegger...

La obra de Sloterdijk ("Crítica de la razón cínica") es minuciosa y sistemática; constituye, en mi opinión, un ambicioso y completo manual de filosofía que gira en torno a uno de los grandes temas filosóficos: la verdad. En esta obra, Sloterdijk se descubre ante el mundo como uno de los más grandes pensadores de los últimos tiempos. Yo diría, incluso, que estaría a la altura del mismísimo Kant, con la diferencia de que la transparencia y claridad de Sloterdijk hace mucho más digerible y comprensible su obra.
Si, en palabras de Ortega, la "claridad" debería ser cortesía obligada del filósofo, entonces no cabe duda alguna de que Sloterdijk es el filósofo más cortés que he leído, con el permiso, por supuesto, de nuestro Ortega, infatigable caballero siempre defensor de la claridad.

Pero seamos justos, porque la descarnada desocultación o desenmascaramiento de la verdad que hace Sloterdijk, con la maestría del filósofo, ya la hizo también nuestro Unamuno, solo que a través de la intuición y del leguaje poético; a través, sobre todo, de la literatura (ensayo, poesía, novela...).
Unamuno, como Sloterdijk, nos desvela un terrible secreto en su obra "Del sentimiento trágico de la vida"; un secreto guardado celosamente por los guardianes de la "verdad"; un secreto que no debe ser aireado inconscientemente por los ilustrados que lo custodian, porque las masas no saben manejar la verdad.

Contaba Unamuno en uno de sus artículos ("Almas sencillas", de 1933) cómo el prior de un monasterio castellano le recriminó su célebre obra "Del sentimiento trágico de vivir", diciéndole que lo que allí dijo era cosa que debía callarse, aunque se pensara, y si fuese posible incluso callárselo uno a sí mismo.
¿Pero cuál fue el terrible secreto que Unamuno desveló y que no solo debía callarse ante los demás, sino que, incluso, en palabras del prior, uno debía callarse a sí mismo?
Unamuno desenmascaró, ni más ni menos, que el cinismo prepotente y señorial de la religión, descubrió al mundo cómo un grupo de ilustrados cínicos (las élites intelectuales de la Iglesia) se obligaba a custodiar una falsa verdad por mor de salvaguardar la razón de ser de la humanidad; por mor de dar un sentido a la vida de los hombres de carne y hueso. Unamuno dejó al desnudo la razón utilitaria: ¿resulta útil y beneficioso mantener determinados engaños?
Unamuno bautizó a ese sentimiento agónico, de quienes viven a través de la razón utilitaria y según unas creencias en las que en realidad no creen, como un sentimiento trágico de vivir. Y así tuvo que hacerlo nuestro tan español Unamuno, porque él mismo era un alma atormentada que deseaba creer y se obligaba a creer, pero la terca razón le impedía creer con auténtica fe.
Pues bien, dicho sentimiento trágico, o conflicto entre fe y razón, que nos insta a defender una "verdad" utilitaria, es lo que Sloterdijk denomina razón cínica.
¿Qué es, al cabo, la razón cínica sino una verdad que se justifica a sí misma (sin importar su falsedad) diciéndose a sí misma que es buena en tanto que útil?

Sloterdijk, a lo largo de su reveladora obra "Crítica de la razón cínica", y como Unamuno, no solo desnudará (desenmascarará) las falacias de la razón cínica que subyacen en el supremacismo de las religiones, sino que irá más lejos y hará lo propio con el resto de "verdades" (conciencias verdaderas) surgidas de diferentes ideologías supremacistas, tales como el marxismo.
Sloterdijk demostrará, impecables argumentos de razón mediante, que la historia de la humanidad ha sido, y es, una lucha constante entre los diferentes grupos de poder por tal de imponer sus respectivas prepotencias señoriales; por mor de imponer unilateralmente sus respectivos programas de vida o de domesticación.
La historia avanza, y en la medida que unas prepotencias son desenmascaradas, es decir, en la medida que sus razones cínicas son descubiertas, otras, que se autolegitimarán como liberadoras, acabarán ocupando los vacíos de fe dejados por sus predecesoras, aunque no podrán evitar imponerse con parecida prepotencia señorial. Y esto es así porque las masas necesitan autoengañarse y ser engañadas. Cuando el engaño de Dios ya no pudo sostenerse entre las masas, aparecieron otras "verdades" dispuestas a llenar el hueco nihilista dejado por el suprematismo religioso. Aparecerían, así, a lo largo del SXX, los grandes supremacismos ideológicos derivados del marxismo, los cuales, volviendo a erigirse en nuevos señores cínicos, ebrios de razón utilitaria, acabarían imponiendo una conciencia verdadera a través de nuevos engaños y unilateralmente, eliminando (cosificando) cualquier otra posible conciencia antagónica.

Al respecto del autoengaño, Unamuno expresó lo siguiente en una entrevista concedida al escritor griego Nikos Kazantzaki:

El rostro de la verdad es terrible. ¿Cuál es nuestro deber? Ocultar la verdad al pueblo (... )Así es la vida. Engañar, engañar al pueblo para que el miserable tenga la fuerza y el gusto por vivir. Si supiera la verdad, ya no podría, ya no querría vivir. El pueblo tiene necesidad de mitos, de ilusiones; el pueblo tiene necesidad de ser engañado. Esto es lo que lo sostiene en la vida. Justamente acabo de escribir un libro sobre este asunto.

El libro al que se refiere Unamuno, al final de esta valiente reflexión, es "San Manuel Bueno, mártir", publicado en 1933.
Obsérvese que han pasado casi dos décadas desde que Unamuno expusiera el mismo problema del autoengaño en "Del sentimiento trágico de la vida" (1912), haciendo gala de un vasto conocimiento, tanto filosófico como de cultura general, que dificultaba la difusión de sus reflexiones entre un público poco instruido. Sin embargo, con la novela del heroico y campechano párroco, más clara y asequible a la comprensión de la generalidad de lectores, Unamuno pareciera que hubiese decidido hacer caso omiso a las advertencias de aquel prior que le censurara haber ejercido de imprudente Prometeo.

Conclusión

Sloterdijk definirá al marxismo como una prepotencia esquizofrénica (ver aquí) y le acusará de convertirse en un nuevo cinismo señorial, dispuesto a salvaguardar su "verdad" incluso siendo consciente de la falsedad de la misma.
Y si Marx fue un gran cínico... ¿no podría decirse lo mismo del unamuniano "San Manuel Bueno"?
¿Qué instó a Unamuno a considerar a su humilde párroco como un mártir? ¿Acaso el "bueno" de Don Manuel no se comportaba como un gran cínico dispuesto a traicionar "la verdad" en aras de garantizar la felicidad de sus feligreses?
¿Y qué tienen en común los grandes supremacismos cínicos (religiosos o ideológicos)?
Pues que todos ellos se arrogan ser portadores de la verdad y la justicia.
Sí, lo sé, la verdad es terrible, y por eso necesitamos creer en cualquier mentira, aunque no deja de resultar "curioso" comprobar cómo, instados por la clase de persona que seamos, preferiremos unos u otros engaños. Y, al final, algunos privilegiados, o iluminados, se obcecan tanto en creer, que incluso pudieran pasar por fervientes y sinceros creyentes, puros e inocentes.
Pero si la verdad no existe, tampoco existe la inocencia. Todos somos culpables, y cómplices, de permitir, razón cínica mediante, que unos u otros supremacismos (el de los hunos o el de los hotros, que diría Unamuno) atenten contra lo más sagrado que es la VIDA y la libertad individual.


lunes, 20 de abril de 2015

Yihadismo, el transparente velo de la muerte.

Hace ya algunos años vi una interesante película francesa titulada "Entre les murs" (2008). La película en cuestión explicaba con bastante acierto los conflictos que se sucedían en una humilde clase de un colegio francés en un barrio marginal.
Muchas películas, desde que en 1967 la magnífica "Rebelión en las aulas" nos mostrara la problemática interacción entre profesores y alumnos, han intentado profundizar en el porqué del progresivo deterioro y decadencia de los sistemas educativos en el mundo Occidental.
La mayoría de los filmes que han abordado el creciente y preocupante tema de los "alumnos rebeldes" se han centrado en analizar los diferentes factores psicológicos y/o sociológicos que, en el parecer de nuestra humanista civilización occidental, han sido las causas primeras que explicarían la génesis y proliferación de alumnos conflictivos: desarraigo socio-cultural, entornos marginales, hijos de familias desestructuradas...

Y es que la bienintencionada civilización occidental, ebria de humanismo judeocristiano, jamás ha sido capaz de realizar, o ensayar al menos, valientes análisis que le obligaran a mirar "más allá del bien y del mal". Occidente, de hecho, lleva décadas culpabilizándose, cilicio en mano, de su propio declive, buscando la redención de sus pecados a través de una cobarde e imparable autoinmolación vital.
Los complejos de culpabilidad, los remordimientos y arrepentimientos, han doblegado a la otrora orgullosa y digna civilización occidental hasta el punto de que sus granjas-escuelas ya solo crían y ceban ganado humano resignado para ser sacrificado.

El análisis de cualquier conflicto, individual o colectivo, siempre estará sesgado por el tipo de ideología (filosofías o creencias religiosas) que subyazca en el mismo; estará sesgado por las motivaciones y/o intereses de "una parte" de las gentes o individuos que han hecho suya una ideología para imponerla.

¿Y QUÉ ES UNA IDEOLOGÍA?

Una ideología no es más que la justificación de la razón de ser de una determinada clase de personas.
Como bien dijera Ortega, y yo suscribo, el problema de España, como el de Occidente, no es tanto un conflicto entre clases sociales como entre clases de personas.
La dialéctica marxista, obcecada en sobredimensionar el peso de las variables socio-económicas en el análisis de la realidad, obvió la variable más relevante, a la postre la única verdad radical: la vida.
La vida no entiende de clases sociales ni de economías, solo entiende de hombres de carne y hueso; solo entiende de personas que se saben conscientes (portadoras de un yo unipersonal) e insertas en un entorno siempre hostil e incierto (circunstancias vitales).
Cuando un supremacismo cualquiera, ideológico o religioso, niega la vida misma, está negando la razón de ser de los hombres de carne y hueso; está negando la posibilidad de ser de una determinada clase de persona.

El ser siempre es posibilidad abierta a la vida, a la misma realidad. Bien decía Zubiri que "el hombre es arrojado desnudo a la realidad". Y una vez inmerso en la realidad que es la vida, añado yo, su orgullosa y salvaje desnudez es vestida, aunque mejor sería decir disfrazada o transvestida, con los ropajes domesticadores de la ideología social de turno. Pero... ¿con los ropajes de qué ideología?

¿QUÉ IDEOLOGÍA SE HA IMPUESTO EN OCCIDENTE?

Nuestras decadentes aulas, el fallido sistema educativo de Occidente en general, es consecuencia del rechazo ideológico de una determinada posibilidad del ser. Nuestras aulas ha tiempo que negaron la razón de ser de una clase de personas: la de aquellos hombres de carne y hueso orgullosos de ser pastores y custodios de la vida.
Nuestro sistema educativo, o pedagogía social, como lo bautizara acertadamente nuestro genial Unamuno, es hijo legítimo del antivital marxismo o, lo que es lo mismo, heredero de aquella perversa moral judeocristiana que Marx bien supo reinterpretar en beneficio exclusivo de una clase de personas; un tipo de personas que, cuales prepotentes diosecillos y en aras de la JUSTICIA, instaban a los últimos hombres libres a convertirse en humanos, demasiado humanos y civilizados; tan humanos como para poner la otra mejilla; tan civilizados como para preferir su propia autoinmolación vital antes que enfrentarse a sus miedos.

En Occidente, en definitiva, se ha impuesto la resignación cobarde y claudicante; se ha impuesto la moral del mártir vs la del guerrero; la del endiosado humano que se erige en esencia misma del ser vs la del celoso y responsable pastor del ser. Sartre, y con él todo el supremacismo marxista, se ha impuesto a Heidegger; la ciudad agustina, civilizada y tolerante, se ha impuesto a la barbarie de la provincia en comunión con la naturaleza. Vemos que todo en Occidente ha sido imposición... ¿sometimiento al cabo?

EL SOMETIMIENTO (ISLAM) Y LA PAZ SOCIAL

Si algo debemos reconocerle al Islam es su honestidad al proclamar, libre y sin miedos, su fin último en la historia: someter a la humanidad a los dictados de Alá, la única verdad.
El último supremacismo occidental que pretendió algo "parecido", proclamando su verdad henchido de prepotente orgullo, fue derrotado en la II GM por los mismos garantes de la moral judeocristiana que tan condescendientes y permisivos se muestran hoy con el Islam. ¿Por qué?
La película "Entre les murs" nos debería hacer reflexionar mucho, pero sobre todo en una escena, cuando un sufrido profesor debe soportar que sus alumnos musulmanes le critiquen por no utilizar nombres árabes en los ejemplos de su clase de lengua. El profesor es boicoteado porque sus alumnos defienden con orgullo una verdad para la que fueron adoctrinados. La política que sigue el centro educativo es la de poner siempre la otra mejilla, y no hacer nada por mor de comprar la paz social. Y, sin embargo, llegará un momento en el que el paciente profesor perderá los nervios y, por una nimiedad, será denunciado por una alumna, la cual pondrá en peligro su carrera como docente.
Resulta inevitable no ver la semejanza entre el tolerante y humanista profesor de "Entre les murs" y la actitud pasiva de la cobarde y claudicante civilización de Occidente; ambos siempre poniendo la otra mejilla, siempre encajando golpe tras golpe; siempre obcecados en comprar paces bizantinas y, total, para al final acabar siendo sometidos.

La vida lo llena todo, no entiende de "vacíos" ni de "negociaciones".
¿Alguien se atreverá a negarme esta VERDAD?
Toda domesticación social es sometimiento a una verdad, e incluso el hombre más de carne y hueso, libre y salvaje, está sujeto a las normas sociales de un clan o una tribu, ergo también es domesticado para aceptar y creer en determinadas verdades. Sin embargo, sí disponemos de un pequeño margen de libertad para decidir cómo queremos ser sometidos: ¿a través del miedo cobarde que nos insta a menospreciarnos, o a través de una voluntad de poder orgullosa y prepotente que nos reafirme?
Quiero decir, con todo lo expuesto anteriormente, que el hombre puro de carne y hueso no existe mas que como concepto, pues éste siempre estará inmerso o sometido a determinadas verdades a través de su socialización. Al final, siempre creeremos en lo que nos han hecho creer y desearemos aquello que, manipulación y condicionamiento social mediante, nos han hecho desear.
Así pues, no podemos culpar a los yihadistas por ser lo que son, pues nunca un fin último fue tan transparente y claro, honesto y sincero, como el de estos hombres de carne y hueso que matan y mueren como celosos pastores de la verdad (su verdad). Porque la vida sabe muy bien que dos razones de ser antagónicas no pueden coexistir al mismo tiempo y en un mismo espacio vital; siempre una verdad (razón de ser) someterá a la otra. No existen los "vacíos" ni las negociaciones vitales, porque los hombres de carne y hueso necesitan creer, sí o sí, y, como ya he dejado escrito en otras reflexiones, el que no crea en el Dios cristiano creerá en un dios musulmán, y el que no crea en dioses creerá en la cienciología, en espiritualismos cripto-budistas o en suprematistas Estados comunistas. La cuestión es creer en un absoluto o fin último.

Creer es una necesidad vital que nos "cura" del sentimiento trágico de vivir y nos aleja de la autoinmolación a la que nos insta el nihilismo desesperanzador.
Pero... ¿el humanismo judeocristiano nos salvará de la autoimolación?
¿Estaría ya muerta, de facto, la civilización Occidental, pero nadie se atreve a certificar su defunción?
¿Se podría considerar VIVA una verdad o razón de ser que permanece impasible ante los desmanes, violaciones, asesinatos, y crueles ejecuciones, que está perpetrando el Estado Islámico? ¿Cree realmente nuestra humanista civilización Occidental que la vida es "negociable"? ¿Cree de verdad que la paz se puede comprar? ¿Cree, todavía, que es posible una "Alianza entre Civilizaciones?

Occidente piensa y actúa como un alegre e inconsciente niño pequeño.
El otro día, viendo en la TV las noticias sobre las últimas ejecuciones del Estado Islámico, mi hijo acertó a pasar por allí, y curioso me preguntó:

- ¿Pero, por qué los matan?
- Porque son cristianos, le respondí.
-¿Y qué tiene de malo ser cristiano? - preguntó el pequeño.
- Nada - le respondí hipócritamente.
- ¡Pues vaya problema!- exclamó con júbilo mi hijo- pues que digan que no son cristianos y ¡ya está!
- De esta manera - concluyó mi hijo feliz- a lo mejor se salvan...

Y así, a través de su infantil autoengaño, mi hijo se marchó contento, como contentos y felices marchan quienes creen que la mejor manera de escapar al transparente velo de la muerte del yihadismo es comprando la paz social, aunque sea renegando de ellos mismos y de su herencia histórico-cultural.