INTRODUCCIÓN
En mi reflexión anterior, necesaria para comprender mínimamente la terminología conceptual de Gustavo Bueno, propuse una clasificación alternativa a la del padre del materialismo filosófico:
1-Supremacismo del AR
2- Liberalismo
3- Anarquismo
4- Socialdemocracia- holización democrática (Ferdinand Lassalle)
4- Supremacismo marxista- holización revolucionaria (retorno al jacobismo) que dará origen a 3 ideologías también revolucionarias:
-Supremacismo comunista- holización prepotente internacionalista.
-Supremacismo fascista- holización prepotente histórico-cultural
-Supremacismo nacionalsocialista- holización étnica y racial.
Tras la caída del primer supremacismo, representado por el Antiguo Régimen, las izquierdas liberales se propusieron, precisamente como primera obligación, no volver al pasado, es decir, no retornar a sociedades regidas por una razón supremacista que discriminara a los ciudadanos por razones de origen, raza o clase.
Sin embargo, Gustavo Bueno consideró legítima la Revolución bolchevique (supremacismo comunista), porque, como la francesa, siguió en la misma línea holizadora de igualar a los ciudadanos, ya no solo en lo político (igualdad jurídica) sino también en el terreno ideológico (igualdad social). Así, desde una perspectiva puramente materialista (supuestamente exenta de valoraciones morales) se justificó la operatividad del terror bolchevique como otrora se justificara el terror jacobino.
El fascismo y el nacionalsocialismo, en el parecer de Bueno, quedarían “deslegitimados”, es decir, permanecerían excluidos de pertenecer a las “izquierdas definidas”, por considerar que las holizaciones ensayadas por ambos no ampliaban, sino que restringían, las igualdades entre ciudadanos. Así, el fascismo discriminaría a los ciudadanos en base a desigualdades justificadas por una razón histórico-cultural, mientras que el nacionalsocialismo haría más tarde lo propio, justificando desigualdades raciales.
La base argumental de Bueno sería que el comunismo intentó ampliar la igualdad entre ciudadanos buscando erradicar las diferentes clases sociales para lo cual, primero, era necesario que la clase más desfavorecida (el proletariado) se erigiera en única conciencia legitimada para llevar a cabo tal misión igualadora.
NO HAY RAZÓN SIN MORAL
El error de Gustavo Bueno, que continúa siendo el mismo error de todos los que se siguen diciendo “comunistas”, es que siguió considerando moralmente aceptable el supremacismo marxista-leninista en base a su intencionalidad, obviando los hechos trágicos que fueron necesarios para poder consumar la idea en la realidad. Es decir, el comunismo es bueno porque tiene un fin “bueno”: igualar en torno a la idea de clase. Punto. El fascismo y el nacionalsocialismo serán “malos” por defender igualaciones a través de “irracionales” ideas culturales y/o raciales.
Un fin considerado justo (comunismo) le permite a Bueno legitimar la revolución (ruptura de la legalidad constitucional y liberal); le permite aceptar la dictadura proletaria (negación de la igualdad jurídica) y le permite asumir la reeducación para los disidentes, un eufemismo que albergaba la posibilidad de la creación de gulags, campos de exterminios de los jemeres rojos, matanzas maoístas…
Bueno argumentará que no hará valoraciones morales al excluir a fascistas y nacionalsocialistas del grupo de las “izquierdas”, sino que se regirá por un criterio objetivo: considerar como ideologías de izquierdas a aquellas que se obliguen a ampliar la igualdad jurídica del liberalismo alcanzado la igualdad social; una igualdad necesaria (buena y justa) demostrada por la razón científica, es decir, por el materialismo dialéctico y científico.
CRÍTICA
De entrada, hay en el comunismo (que se autodenominó a sí mismo “la liga de los justos” antes de la publicación de “El manifiesto comunista”) una flagrante contradicción al pretender ser portador de una moral buena y justa e incuestionable, en tanto que científica. Bueno solo asumirá, primera crítica, que la razón que no sea científica por fuer no será razón (será “irracionalidad”).
La segunda crítica giraría en torno a la construcción “ad hoc” de la teoría marxista, ya explicada por numerosos autores, y sobre la que no deseo profundizar por falta de tiempo (y ganas).
La tercera crítica, para mí más importante, es que si el mismo Gustavo Bueno justifica, como también hace el marxismo, que es necesario prescindir de valoraciones morales (judeocristianas y kantianas a la postre), para alcanzar un fin último en forma de sociedad igualitaria, la pregunta obligada sería:
¿No sería tan igualitaria una sociedad sin clases, como otra sin razas o sin diferentes tradiciones histórico-culturales?
Me explico: ¿si el comunismo y sus derivados no dudaron en exterminar a millones de inocentes (disidentes ideológicos y conciencias contrarias al marxismo) por qué no iban a hacer lo propio fascistas y nacionalsocialistas?
¿Por qué habría de ser más “justa” una sociedad uniformada por una sola clase (tras exterminar o someter a las demás clases) que otra sociedad uniformada por la raza (tras exterminar o someter a las demás razas)?
¿CÓMO SUPERA BUENO ESTOS SESGOS MORALES?
El propio Bueno, para justificar la discrepancia entre la teoría y la praxis (lo que decía ser el comunismo y lo que realmente fue) recurre a la “creación” de dos nuevos conceptos:
Perspectiva EMIC: lo que piensa un agente de sus actos, es decir, las ideas que se defienden desde una teoría.
Perspectiva ETIC: lo que sucede objetivamente en la realidad, lo que queda DEFINIDO.
Así, de esta manera, Gustavo Bueno justifica la “bondad apriorística” del comunismo (EMIC), pues la teoría era buena y justa y estaba perfectamente legitimada por una razón científica. Otra cuestión sería que los hechos que quedaran definidos en la realidad (ETIC) no coincidieran con un fin tan loable.
Desde estas mismas perspectivas, Bueno considera al nacionalsocialismo injusto, porque carecía de “bondad apriorística”; su razón no era científica, sino “irracional”, y en sus postulados teóricos (EMIC) ya se contemplaba una praxis acorde a los mismos.
OBJECCIÓN A LA DEFENSA DEL MARXISMO POR PARTE DE GUSTAVO BUENO
Cuando Marx, razón científica mediante y desde una perspectiva EMIC (teoría), pensó que sería necesario implantar una dictadura y “reeducar” a los disidentes tras el triunfo de la revolución, lo hizo siendo consciente de que la idea solo podría consumarse a través de una praxis que se sirviera de antropotécnicas represoras .
Quizás, efectivamente, Marx jamás pensó en los gulags que asesinarían a millones de personas inocentes, y que esa sería la manera en la que se definiría su teoría en la realidad (perspectiva ETIC). Quizás Marx pensara que sería posible implantar una dictadura de “buen rollo” para reeducar a los ciudadanos disidentes, en bonitos centros de recreo con tolerantes y persuasivos “formadores”. Sin embargo, Marx sabía muy bien cómo se llevó a cabo la Revolución Francesa, por lo que no cabe presuponerle ingenuidad ni humildad ontológica, sino prepotente supremacismo, que, a diferencia del nacionalsocialista, se cuidó mucho de enmascarar por tal de hacerlo aparecer moralmente “bueno y justo”.
lunes, 18 de febrero de 2019
martes, 12 de febrero de 2019
ABORTO Y METAFÍSICA (razón y moral)
INTRODUCCIÓN
Voy a intentar explicar por qué creo que el problema del aborto concierne a lo que los griegos llamaron primera filosofía o metafísica, entendiendo la metafísica como un saber “problemático”. El propio Ortega y Gasset, en su magnífico libro “¿Qué es filosofía? (que perfectamente podría haberse titulado “¿Qué es metafísica?), explicaba que filosofar consistía, precisamente, en el vano deporte (genial descripción) de hacer preguntas sobre las cuestiones más vitales (ser, mundo, vida, sentido y realidad…) para, luego, intentar hallar respuestas “sin miedo ni esperanza” (añado yo), ya que dichas cuestiones suelen conducir a callejones aporéticos (sin salida ni solución).
Defenderé una TESIS:
Resulta imposible, para el animal de realidades que
es el ser humano, prescindir de la metafísica a la hora abordar los problemas del ser y la realidad, a través, tan solo, de análisis de hechos (facticidad), acontecimientos y fenómenos.
La metafísica, como la “esencia”, podrá negarse,
pero seguirá formando parte intrínseca, indisociable, del “ser para la muerte”
que es el animal humano. Abordar el problema del aborto supondrá, por tanto,
enfrentar razón y moral, es decir, exigirá un esfuerzo intelectual para lograr
una síntesis conciliadora (coherencia) entre las dos o, al contrario, para
conseguir legitimar a una de las partes obviando a la otra.
¿QUÉ ES METAFÍSICA?
Propongo una sencilla, y espero que pedagógica definición, de lo que es la metafísica:
La metafísica es un saber que aborda las
“problemáticas” propias de la ontología
(sobre el ser) y la teodicea (sobre el sentido, el mal y Dios). Dicho saber es
problemático, aporético las más de las veces, porque nos obliga a los seres
humanos a lograr una coherencia lógica entre la razón (argumentos y fundamentos)
y la moral (justificación de nuestras acciones) que resulta muy difícil de
conseguir.Para poder defender, o no, el aborto, como en tantas otras cuestiones vitales y/o existenciales, será necesario argumentar y justificar, es decir, razonar y legitimar nuestras acciones según unos determinados valores ético-morales.
EL PROBLEMA DE LA MORAL
El problema de la moral podría decirse que va
“parejo” al de la metafísica. Podría argumentarse, pecando de pedagógico
reduccionismo, que quienes niegan la metafísica niegan, al tiempo, la
existencia de una moral esencialista, absoluta y universal.
Todo comenzó con la crisis de la posmodernidad y la
“muerte de Dios”, que significó el certificado de defunción de los valores trascendentales (celestiales y/o suprasensibles); crisis que supuso la pérdida de fe en
que el ser humano fuese algo más que nada. Desde entonces, pocos creen que el
ser humano, además de un cuerpo mortal, sea un ser dotado de un soplo divino
que trascienda su indigente existencia.
Si la vida (existencia o ser-ahí en el mundo) de los
seres humanos es un absurdo (Camus) o un drama (Ortega) que provoca náusea
(Sartre) , anonadamiento (Heidegger) o el trágico sentimiento de vivir que
tanto atormentara a nuestro genial Unamuno; si vivir es un “sinsentido”, decía,
¿por qué hay vida en vez de nada? Y, más crucial, ¿si no hay salvación (de un alma
o yo inmortal) qué sentido tiene vivir, hacer, amar, odiar o filosofar, durante
una corta vida que acabará desvaneciéndose en el olvido, perdiéndose de la
memoria de los vivos como se pierden las lágrimas en la lluvia?
Solo nos queda una verdad: la vida. Sabemos que en
el mundo (el planeta Tierra) hay vida y que nosotros mismos somos vida. Sabemos
que todo lo que vive muere, pero, además, nosotros, los seres humanos, somos
responsables (en tanto que conscientes de nuestra finitud) no solo de nuestras
vidas, sino de todas las demás vidas. Estamos
religados al ser y la vida, al mundo y, en definitiva, a la realidad que nos
envuelve y en la que nos hallamos inmersos.
Hasta el asesino más vil, por más que sea un
psicópata, es consciente de que la vida es lo más importante que tiene un ser
vivo. La vida ya tiene esencia (sentido) en sí misma, pues es su propio fundamento. Esto es así porque el único sentido
del ser es perdurar (“durée” de Bergson), es seguir siendo (Spinoza), es
manifestarse y actualizarse durante un tiempo (ex-sistencia). Somos mientras
duramos por un tiempo limitado, pues la vida es la coincidencia del ser y el tiempo.
Terrible verdad.Así, si un psicópata es consciente de lo importante que es la vida (sagrada, diría yo si no se me acusara de místico-religioso y esencialista) también han de ser conscientes, forzosamente, quienes defienden el aborto como una elección legítima, es decir, como otra posibilidad, susceptible de ser elegida libremente, de entre las muchas que nos ofrece la realidad abierta.
Claro que todos somos conscientes de lo sagrada,
importante y única que es la vida en cualquiera de sus modos de ser, ya sea
como ser-ahí en el ex-sistere o como posibilidad de ser (todavía no-nata,
o todavía no arrojada a la realidad).Y, sin embargo, el asesino mata, como
también matan los padres que deciden abortar. Desde el punto de vista de la
razón lógica los dos cercenan vidas. Punto. La coherencia lógica no exige más
argumentos para señalar que ambos animales de realidades (asesino y abortista)
no han respetado la vida del “otro”. Pero los seres humanos, además de razón lógica, somos morales y, por tanto, estamos obligados a justificar nuestras acciones.
¿Qué diferencia hay, entonces, entre un asesino y un
abortista? Pues una diferencia moral, o metafísica, como se prefiera.
El aborto será legal o ilegal, aceptado o rechazado, dependiendo de la moral que institucionalice (haga suya) un
colectivo humano. La verdad institucionalizada se encargará, a través de la justificación de unos
determinados valores ético-morales, de legitimar, o no, la interrupción de la
vida de un no-nato, de un ser en potencia o un modo de ser que es posibilidad
de vida o pre-ser.
CONSTRUYENDO ESENCIAS (metafísica al cabo)
¿Cómo es posible, entonces, legitimar la acción de un abortista, sabiendo, objetivamente, que la razón define dicha acción como un atentado contra la vida?
Antes señalé que la posmodernidad supuso “la muerte
de Dios”, la falta de fe en valores morales suprasensibles. Se aceptó que si no
existía Dios tampoco existía el alma inmortal, ni, por tanto, existían esencias
(sentidos celestiales) más allá de aquellos sentidos que pudiera darse a sí
mismos (construcción mediante) los seres humanos en la realidad material y
terrenal.
Que no se acepte la existencia de esencias
suprasensibles tan solo quiere decir que los sentidos (significados y
valoraciones) que otorguemos a la vida y
al mundo (cosmovisiones ontológicas y/o teológicas) no podrán obtenerse a
través de revelaciones (religiones monoteístas) ni podrán desvelarse a través
de ideologías metafísicas. Así, las actuales sociedades occidentales ya solo
aceptarán aquellos sentidos que se construyan desde acciones y éticas
materiales y terrenales. ¿Pero, es esto posible? ¿Es posible articular una
ética consensuada prescindiendo de la metafísica?
Rotundamente no.
Si no creemos que la esencia precede a la existencia (perspectiva que considera una espiritualidad apriorística en los seres humanos), entonces deberemos obligarnos a construir esencias a lo largo de la existencia. Y dicha construcción, por fuer, estará en mayor o menor medida, inevitablemente, fundamentada metafísicamente, es decir, moralmente.
Podríamos decir que, todavía hoy, coexisten tres conciencias que podríamos definir a grandes rasgos de la siguiente manera, según su relación con la metafísica y la moral:
Podríamos decir que, todavía hoy, coexisten tres conciencias que podríamos definir a grandes rasgos de la siguiente manera, según su relación con la metafísica y la moral:
1) La
conciencia científica (neopositivismo y estructuralismo), que prescinde y niega
la metafísica, ergo también la moral. No necesita a ninguna de ellas para
desarrollar su conocimiento teoremático, que no problemático.
2) La
conciencia ideológica (hermenéutica y existencialismo) que intenta “recuperar”
los tradicionales valores morales (metafísicos al cabo), pero reconstruyéndolos
y reinterpretándolos, adaptándolos a los nuevos “dolores de la época” actual.
3) La
conciencia ilustrada (dialéctica racional) que pretende sustituir los
esencialismos (ideología) por puro racionalismo (constitucionalismo) y que, sin
embargo, seguirá mostrando PRETENSIONES ONTOTEOLÓGICAS en tanto que IDEALISTA
(moral).
Para el tema que nos ocupa prescindiremos de
considerar la conciencia científica, que no es que sea “amoral”, sino que,
sencillamente, es un saber para el que la moral y la metafísica no son necesarias
para desarrollar su conocimiento teoremático.
La confrontación, pues, quedará reducida al
antagonismo entre conciencias ideológicas y conciencias racionalistas, es
decir, entre quienes todavía creen en valores morales que tienen su raíz y
fundamento en la tradición histórico-religiosa (esencialistas) y entre quienes
sostienen (constitucionalistas) que solo a través de la razón se pueden
construir nuevas “éticas” o valores éticos que salven a la humanidad de sí
misma (léase de la barbarie).
LA TRAMPA DE LA RAZÓN ENDIOSADA
Ha llovido mucho desde que Horkheimer y Adorno
señalaran que “la razón misma es opresora y dominadora”. Los pensadores de la
Escuela de Frankfurt criticaron el hecho, hoy aceptado por todos, de que la
razón instrumental (la razón convertida en medio para alcanzar fines) era un
instrumento de conservación y dominio. Desde entonces, los amigos de la razón se han esforzado mucho por distanciarse no solo de los esencialismos (morales histórico-religiosas) sino también de la prepotencia que subyace, paradójicamente, en toda razón que se pretende ilustrada y liberadora.
Necesitaría páginas y páginas, y mucho tiempo, para
explicar cómo la Escuela de Frankfurt, con Habermas a la cabeza, logró en gran
medida articular una “dialéctica superadora” que conciliara razón y moral, es
decir, que proporcionara al ganado humano, que había de ser civilizado y
domesticado, una cosmovisión o sentido vital que no pecara de barbarie
esencialista ni de relativismo nihilista (falta de sentido).
Pero, precisamente, por pretender quedar bien con Dios y con el Diablo; es decir, por tal de superar dicho dualismo (razón y moral) y para no pecar de bárbara ni de nihilista, la conciencia racional se tornó idealista, pues no tenía más remedio que seguir aspirando a un idealismo universal. Lo hará sustituyendo la moral cristiana por la moral kantiana, heredera de la primera. Y para ello adoptará el mandato divino de la moral cristiana (no matarás) y lo reformulará como imperativo categórico moral:
Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad
siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación
universal.
¿Los defensores del aborto (sin entrar en consideraciones de supuestos o causas excepcionales) cumplirían con ese mandato o imperativo categórico moral kantiano?
Yo creo que no, a no ser que entendamos que matar a los no-natos constituya un principio de legislación universal. Y no lo es, desde luego, ni puede serlo, porque dicho principio de legislación universal, de serlo, atentaría contra la vida misma. No tendría ningún sentido un imperativo moral que atentase contra la vida, menos aún que atentara contra la propia vida humana. Dijo Heidegger, al respecto, que en el seno del propio humanismo se hallaba el germen de su propia autodestrucción.
Ahora preguntemos: ¿por qué quienes no aceptan la pena de muerte para un asesino peligroso sí defienden. sin embargo,
el aborto?
Pues porque son humanistas, demasiado humanos, que han
subvertido la moral cristiana, cuyo mandamiento emanaba directamente de Dios,
sustituyéndola por una moral racional que emana de la voluntad, consensuada y
“negociada” por los hombres.
Así, nuestro endiosado humanismo ya no está tan
preocupado por respetar la vida como de defender lo humano y, sobre todo,
defender una interpretación torticera y falaz de lo que significa la libertad humana.
Y, claro,
cuando son los hombres quienes construyen, legislan y ejecutan leyes morales
siempre se peca de falta de humildad ontológica (Heidegger). O dicho en román
paladino, siempre se construyen morales a la medida de una conciencia, ya sea
religiosa, ideológica o racional. Siempre.
En Europa, por desgracia, se ha impuesto la moral humanista de una socialdemocracia irresponsable que pareciera buscar
insistentemente la autodestrucción de eso que ellos mismos han dado en llamar
“humanismo”. Un humanismo, demasiado humano, tan humano que incluso es capaz de
justificar la muerte de los no nacidos, pero se vanagloria, al tiempo, de
respetar la vida de cualquier vil asesino.
¿Por qué se justifica ese doble rasero moral? Pues,
como ya he señalado, porque se subvierte el mandato divino sustituyéndolo por una
mala interpretación de lo que significa la libertad individual.
No se ha comprendido (o se ha pervertido
intencionadamente) el significado de la voluntad autónoma kantiana, la cual
(según Kant) debía aceptar el cumplimiento de la máxima ley moral sin
coacciones, sin miedos a represalias, pero también sin instrumentalizarse, es
decir, sin utilizarse como medio para lograr un determinado fin.
Desde el momento en que cualquier padre justifica la
muerte de su hijo no-nato, ya sea en aras de garantizar su propio bienestar, o
alegando que lo hace ejerciendo “su” libre derecho para disponer de su cuerpo,
dicho padre se está olvidando de la vida y se está autoproclamando
excesivamente humano; un humano capaz, cuando le conviene, de traspasar los
límites morales más allá del bien y del mal (matando a su descendencia), pero
que, al tiempo, se redime, ante los demás y ante sí mismo, perdonando la vida de un execrable asesino.miércoles, 23 de enero de 2019
ENTIDADES POLÍTICAS VS ENTIDADES NACIONALES (a colación de Fernando Savater)
INTRODUCCIÓN
En España son muchos los “ideólogos marxistas” que,
desde hace décadas, insisten en seguir sosteniendo las tesis federalistas de
Manuel Azaña y del socialismo español (ahí siguen los cansinos defensores de la
“nación de naciones” y las “plurinacionalidades”). Pretenden, más o menos,
garantizar la autodeterminación de cada terruño con ínfulas de nación para
después integrarlos en un proyecto común más amplio. Pero en España ya
ensayamos (creativamente) esta esquizofrénica propuesta dándole forma de “pseudofederalismo”,
y obtuvimos como resultado nuestro nefasto sistema autonómico. No, gracias.
También en Europa, los habermasianos (seguidores de
Habermas) apuestan por una suerte de “federalismo europeo”; una supranacionalidad que trascienda la
razón de ser de las diferentes naciones, unificándolas en un proyecto común
superior que, además, debería llegar a ser transnacional,
es decir, debería tener capacidad para afrontar
unitariamente problemas globales (identitarios, económicos, ecológicos…)
situándose por encima de las decisiones políticas de cada nación.
UNA
BUENA NUEVA OS DOY: DESTERREMOS LAS NACIONES
Desterrar las naciones, tal parece ser el proyecto
que se ha empeñado en llevar a cabo la UE (Unión europea). De hecho, la
socialdemocracia europea cree que el concepto de nación es una hipóstasis, la sustantivación de una
idea etérea, ni real ni material, que alberga en su seno el peligro latente del
supremacismo. Cree que en todo nacionalismo subyace la perversa intención de acabar imponiendo “dogmas superiores”. No hay
nacionalismo bueno, sostienen todos los ideólogos de las izquierdas de una u
otra forma, ya sea desde la “creatividad jocosa” de Arcadi Espada, el argumento
falaz de Romero Sampayo o la racionalidad bien argumentada de Habermas y otros
pesos pesados del pensamiento ilustrado europeo.
Se han obcecado tanto en negar la realidad (sentido
y/o esencia) de la razón de ser de la nación española que, al final, han
despertado las iras reaccionarias del español medio. De la misma manera que en
toda Europa están surgiendo nuevos movimientos reaccionarios patrióticos,
tildados de “populistas” (Liga Norte en Italia, RN en Francia, NPD en Alemania…),
ha surgido en España VOX ; una derecha liberal, como ellos mismos dicen, de “extrema
necesidad”.
Y, efectivamente, VOX es de extrema necesidad,
porque la nación española está siendo rechazada, cuando no destruida desde
dentro, por todos los particularismos provincianos (vascos, catalanes, gallegos…)
que niegan la realidad material de la nación española, pues saben que sus ficticias naciones no podrán llegar-a-ser naciones reconocidas
internacionalmente mientras formen parte intrínseca de otra nación ya existente
(España).
También el nuevo
internacionalismo marxista pretende negar la nación española, como a tantas
otras, degradándola al rango de posnación
para, así, poderla convertir en “parte de” ese todo global, o entidad superior,
que intenta construirse en Europa con la ayuda de Soros y todos los enemigos de
Occidente.
Se me dirá que no, que ya no existe ese socialismo
marxista de antaño, empeñado en lograr una comunidad internacional de pueblos
unidos negando la realidad material de las diferentes naciones. Y yo pregunto:
¿Qué creerán las almas cándidas que pretende la
actual socialdemocracia europea valiéndose de los postulados habermasianos que
abogan por un supranacionalismo
unificador e integrador?
Cuando Jürgen Habermas aboga por construir entidades políticas en vez de entidades nacionales, lo que está
haciendo es reinventar y readaptar
las tesis marxistas a los nuevos tiempos poshumanistas; a los nuevos tiempos
del posnacionalismo.
Así, lo preocupante de la actual socialdemocracia
europea no es que siga siendo “marxista” en esencia; ni es preocupante su
loable (sí, loable) empeño por articular entidades políticas necesarias para
garantizar las libertades y DDHH de TODOS los ciudadanos. Esto no es lo
preocupante, al contrario, es deseable y bueno.
Lo preocupante es que, en aras de defender este idealista pensamiento buenista, se
abuse de tramposas analogías falaces
obcecadas en igualar, por ejemplo, a todas las religiones y a todos los
nacionalismos. EL FILÓSOFO FERNANDO SAVATER
En España, sin ir más lejos, el mismísimo Fernando Savater, sin ir más lejos, alertó, no ha mucho, del peligro que suponían los nacionalismos y las religiones. Esta alerta, proclamada por uno de los filósofos españoles más brillantes, se fundamenta, en mi opinión, en una cobarde igualación.
¿Qué subyace en este razonamiento tan perverso como
falaz? Pues subyace el deseo de imponer un igualitarismo “ingenuo” o falsamente
ingenuo (cínico). Se trata de uniformar y crear un único enemigo común, la
religión, a través de la igualación de los valores morales de los diferentes credos.
Se obvían, así, las importantes diferencias existentes, por ejemplo, entre la
religión cristiana y la musulmana.
Resultó perverso, falaz y torticero, que Savater
metiera a todas las religiones en el mismo saco cuando, en realidad, quería
referirse (y él lo sabe muy bien) al Islam. Savater es consciente de que
sería políticamente incorrecto
señalar al único supremacismo religioso que, a día de hoy, no solo no ha limado
su celo dogmático (como sí lo han hecho el judaísmo y el cristianismo), sino
que lo ha multiplicado. Sabe también Savater que no son en absoluto comparables
el nacionalismo supremacista que representó la Alemani nazi, el nacionalismo
chauvinista francés o el nacionalismo generador español. Lo sabe. Pero le
interesa igualarlos a todos por tal de, así, legitimar la esencia (sentido) de
“su ideología” filomarxista; para legitimar la defensa de la entidad política
por encima de la entidad nacional.
No comprende Savater, o no quiere ni le interesa
entender, que la entidad política (necesaria para preservar libertades y DDHH)
puede ser perfectamente COMPATIBLE con la entidad nacional (salvaguardar
nuestro legado histórico-cultural). No quiere ver que negar la mayor, es decir,
negar la realidad material de la nación que ya ES, lo único que consigue es
envalentonar a las “ficticias naciones” que pretenden llegar-a- ser. No se da cuenta de que arremeter contra el actual
catolicismo (que cometió errores y excesos en el pasado) supone fortalecer al
Islam impositor que sigue pretendiendo cometer excesos y someter a Europa a la
verdad de Alá.
lunes, 17 de diciembre de 2018
Sloterdijk, el hijo díscolo de Habermas (incluida crítica de Fernando López Laso)
Quienes hemos sido hijos y familiares de rojos, adoctrinados desde la cuna en la verdad de los "buenos y justos", sabemos muy bien que para romper con los lazos sentimentales con los que nos maniataron y secuestraron los ideólogos de victimismos y revanchismos históricos, solo cabe la VOLUNTAD DE SABER. Para poder librarnos del poder subyugador de seductoras conciencias sensibles solo cabe una férrea, fría y aséptica voluntad que nos inste a conocer la auténtica verdad, por cruda y desgarradora que ésta sea.
Peter Sloterdijk, filósofo alemán, ha realizado el duro y sacrificado recorrido de quienes se han obligado a buscar la VERDAD (con mayúsculas), superando sumisos vasallajes y los sentimentales servilismos que atan a muchos pensadores a trasnochadas ideologías (marxistas).
Nadie como Sloterdijk ha entendido a Heidegger; porque nadie como Sloterdijk se ha obligado a pensar a Heidegger desde Heidegger y no solo "contra Heidegger" (Habermas).
Sloterdijk no solo ha desenmascarado al marxismo como una prepotencia esquizofrénica (ver "Crítica de la razón cínica"); y no solo ha sabido ver que "el comunismo es un banco de odio", sino que ha visto "más allá del bien y del mal" y nos ha mostrado a un Heidegger "hijo de su tiempo", un tiempo en el que fueron muchos los pensadores y las conciencias que soñaron con "buenos y justos" supremacismos utópicos.
Sloterdijk no ha pecado de "hemiplejía moral" (genial Ortega) como sus mayores de la Escuela de Frankfurt (Adorno y Horkheimer) y ha reconocido lo que todavía hoy muchos se niegan a reconocer: tan supremacista fue la ideología marxista como la nacionalsocialista; ambas uniformadoras, totalitarias y negadoras de la sacra libertad individual.
Ninguno de los mayores de Sloterdijk se atrevió a desenmascarar esta cruda verdad. Ni Adorno ni Horkheimer en "Dialéctica de la ilustración", ni Erich Fromm en su magnífica "El miedo a la libertad" se atrevieron a cuestionar la moral de los buenos y justos. Siempre que se buscaba al culpable de cercenar las libertades individuales se señalaba al nacionalsocialismo, pero el prepotente y esquizofrénico marxismo se escapaba de rositas; esa suerte de "pseudofilosofía", como la definió Bertrand Russell, o "pseudomoral eslava" en palabras más acertadas de nuestro Ortega, siempre ha escapado impune al juicio de la historia escudándose en la maldad del nacionalsocialismo. Muchos olvidan, pero, que el comunismo, el genocida y vil comunismo, nació antes que cualquier forma de fascismo. De hecho, los fascismos son hijos bastardos, aunque nacionalistas, del pérfido comunismo. Y el comunismo, por más que les pese a los "buenos y justos", tan solo es la consumación operativa (praxis en la realidad) de la idealista e imposible teoría marxista.
Gracias, Sloterdijk, por obligarte a desnudar la verdad; esa verdad que cándidos humanistas, como papá Habermas, se empeñan en ocultarnos, disfrazándola de "buena y justa" verdad ilustrada.
Crítica de Fernando López Laso:
Pues se quedará vd. tan a gusto, D. Herrgoldmundo. Por refrescarle un poco la memoria me limitaré a decir que el Sr. Marcuse, uno de esos hemipléjicos morales que fueron según vd. todos esos judíos que son los mayores de Sloterdijk -según la insultante expresión que empleaba, y que no comparto- pues ese mismo Sr. Marcuse escribió un libro nada desdeñable, que lleva por título 'El marxismo soviético' y es una de las mejores aportaciones a la crítica del estalinismo y del marxismo del Diamat. Como si fuera lo mismo decir socialismo soviético, comunismo político y marxismo. Sin precisar lo suficiente, no cabe abordar estos problemas filosóficos.
Réplica a D. Fernando López Laso:
EL METAMORFISMO DE LA CONCIENCIA
Acabo de leerme, confieso que precipitadamente, un buen artículo de Fernando López Laso titulado "Metamorfismo de Marx".
No voy a discutirle a un filósofo de la talla de López Laso sus expertos conocimientos sobre Marx y el marxismo. Sí pretendo, pero, defenderme del cortés "ataque" con el que obsequió (en verdad fue un regalo su inteligente aportación) a una reflexión que escribí, prácticamente a vuelapluma, el otro día: "Sloterdijk, el hijo díscolo de Habermas".
Me "afeó" Don Fernando, e hizo bien, que hubiese obviado la crítica de Marcuse al marxismo; también me tiró de las orejillas por haber tildado de "hemipléjicos morales" a la generalidad de los filósofos de la Escuela de Frankfurt. Sin embargo, al recurrir al término acuñado por Ortega (hemiplejía moral) no pretendí insultar ni descalificar a tan brillantes pensadores, sino tan solo señalar lo que, por otra parte, es muy FÁCIL de comprobar: tanto en la obra de Adorno y Horkheimer ("Dialéctica de la Ilustración") como en la de Erich Fromm ("El miedo a la libertad") se critica constantemente, a lo largo de las páginas de dichas obras, la política operativa del nacionalsocialismo y, por ende, a Heidegger, mientras que se muestran mucho más benévolos y condescendientes con la política operativa marxista (comunismo).
Supongo que los pensadores de la Escuela de Frankfurt estaban interesados en legitimar la obra marxista. Nada que objetar, también Fernando López Laso la legitima y reivindica en su artículo "Metamorfismo de Marx". Tampoco nada que objetar.
A mí me parece muy bien que se legitimen y/o recuperen las bondades y verdades que subyacen en el marxismo, sobre todo en lo referente, como bien señala el propio López Laso, a la teoría económica de la plusvalía. El problema de la plusvalía (cómo efectuar un reparto justo de la riqueza) sigue planteándonos, efectivamente, una gran aporía que todavía queda por resolver. Todos estamos de acuerdo con Aristóteles: "no se trata simplemente de vivir, sino de vivir bien".
El problema, como también señala López Laso, es que la dialéctica o dinámica de la historia ha demostrado que la teoría sociológica que subyace en el marxismo, sobre todo la que hace referencia al endiosamiento de una única conciencia auténtica y universal (la proletaria), resulta hoy anácronica y obsoleta. Ya solo los muy ilusos, a fuer de "cándidos humanistas", siguen creyendo posible reinventar un comunismo que sea, al tiempo, operativo y también bueno y justo (véase Podemos). Pero, ¿bueno y justo para quiénes? ¿Para qué clase de personas? ¿Para qué conciencia colectiva?
Bueno, y aquí quería llegar, a la aceptación, espero que compartida por todos, de que la CONCIENCIA MARXISTA no es la única conciencia que lucha en el claro del bosque por tal de legitimarse como la única "buena y justa". En mi opinión, no solo la teoría marxista, como sucede con las rocas metamórficas, ha cambiado de forma según las alteraciones de temperatura y condiciones climáticas (entiéndase según las circunstancias históricas), sino que es la gran conciencia hegeliana la que se reinterpreta, o es puesta "al revés", según las diferentes lecturas, dolores o aburrimientos de cada época. Esto es lo que ha sabido ver Sloterdijk.
Peter Sloterdijk, como nuestros marxistas, también cree que la historia no ha llegado a su fin (tesis de Fukuyama). Pero el "hijo díscolo de Habermas" acepta que la realidad abierta ofrezca muchísimas más posibilidades alternativas a la cansina y constantemente "reinventada" propuesta marxista.
La política es la guerra
LA POLÍTICA ES LA GUERRA (¿o no?)
Las almas bellas (cándidos humanistas) volvieron a lanzarse a la yugular de Santiago Abascal, una vez más, para volver a deslegitimar la totalidad del discurso de VOX, extrayendo una frase contundente y polémica del mismo: “la política es la guerra”.
Ya antes, Abascal soltó un gran cagarro (más grave en mi opinión) al proclamar que “expulsarían al extranjero Echenique de España” (parafraseo). Para torpe e ingenuo, Abascal.
Solo un malvado fascista podría proclamar orgulloso y seguro de sí mismo que “la política es la guerra”. Cierto, solo a quienes los “cándidos ingenuos” llaman “fascistas” les está permitido proclamar honesta y abiertamente tan incómoda verdad, como ya antes hiciera el oscuro Heráclito. Porque lo que diferencia al “fascista” (entrecomillado malicioso) del “ingenuo humanista” (entrecomillado más malicioso todavía) no es el hecho de CREER en “una verdad”, sino el hecho de PROCLAMAR públicamente, o no, la verdad.
El ingenuo humanista, que tiene de “ingenuo” lo que yo de bolchevique, sabe perfectamente que “la política es la guerra”. Y lo sabe porque dicho enunciado (“la política es la guerra”) es un enunciado verdadero en tanto se puede fundamentar razonadamente. No lo digo yo, que podría ser tildado de “fascista inteligente” por mis detractores (que cada día son más), sino que lo escribió papá Habermas (buen y justo humanista) en su ensayo “Teorías de la verdad” (1972): “llamamos verdaderos a los enunciados que podemos fundamentar”. Pos fale.
Pero volvamos al oscuro Heráclito, a quien se le atribuye la siguiente frase:
“Πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι πάντων δὲ βασιλεύς, καὶ τοὺς μὲν θεοὺς ἔδειξε τοὺς δὲ ἀνθρώπους, τοὺς μὲν δούλους ἐποίησε τοὺς δὲ ἐλευθέρους”
“La guerra es padre y rey de todos, ha creado dioses y hombres; a algunos los hace esclavos, a otros libres” (traducción).
Popularmente, la frase ha trascendido traducida de la siguiente manera:
“La guerra es la madre de todas las cosas, a unos hombres hace siervos y a otros libres”.
Algunos sesudos estudiosos han visto en la frase de Heráclito una legitimación de la guerra como vía para resolver conflictos, pero otros, más inteligentes en mi opinión (¡será por interpretaciones!), han deducido que la “la madre de todas las cosas”, a la que se refería Heráclito, era la sempiterna lucha entre contrarios, el eterno conflicto entre “verdades” o conciencias, siempre en pugna por tal de justificar (legitimar) sus respectivas razones de ser-ahí en el mundo.
La guerra, pues, no sería solo sangre y vísceras en el campo de batalla (que también), sino que sería, sobre todo, lucha entre contrarios que se esforzarían en argumentar y fundamentar “sus verdades” a través de la POLÍTICA y sus vías comunicativas y dialogantes, y también a través de revoluciones y arteras argucias, como demostraré a continuación.
Así, como una forma de “guerra”, interpretó Marx la política, cuando, valiéndose de la dialéctica hegeliana, decidió que el fin último de la política debía ser el de TRANSFORMAR las sociedades para hacerlas más “buenas y justas”.
Marx, como Heráclito, entendió que para transformar una realidad, es decir, para imponer una nueva conciencia (una verdad al cabo) no bastaba con “razonar” para convencer al contrario con impecables argumentos, sino que era necesaria la REVOLUCIÓN. Y no solo eso, Marx comprendió que la guerra no acababa con la revolución, sino que debía continuar asentando e imponiendo el DOMINIO DE SU VERDAD a través de una necesaria DICTADURA PROLETARIA.
Pero Marx no era tonto ni Machado un “ganapán”, y por eso el “bueno y justo” Marx, pensó que, tras la dictadura proletaria, tampoco estaría de más un período de “reeducación” para acabar de convencer a los últimos ciudadanos disidentes (¿malosos fascistas?), para, así, “ayudarles” a hacer suya la conciencia marxista, la buena y justa “verdad” de Marx. Los gulags de Stalin, por cierto, se llamaban “campos de reeducación”.
Quienes se han lanzado a la yugular de Santiago Abascal son, precisamente, los herederos de Marx, ahora “reinventados” bajo la superioridad moral de la socialdemocracia habermasiana. Son esos “ingenuos”, que de ingenuos no tienen ni un pelo, que saben la verdad: la verdad es de quien la impone, no de quien mejor la fundamenta.
Si fuese cierto que la verdad solo DEBE legitimarse a través de la mejor fundamentación, entonces la política no necesitaría hacer “guerras sucias” (los GAL de Felipe González); no necesitaría que los últimos gobiernos socialistas hubiesen arribado al poder a través de un atentado terrorista (Madrid 2004) o mediante un “golpe” disfrazado con los ropajes de una moción de censura (Pedro Sánchez el traidor). Si la verdad solo triunfase a través de la argumentación razonada y fundamentada, como sostienen los “buenos y justos” socialdemócratas, entonces los socialistas no tendrían que haber recurrido a las “cloacas políticas” (Garzón, Villarejo y Delgado) para hacerle la guerra sucia al PP y alcanzar el poder, ni se verían obligados a crear tensión (Gabilondo y Zapatero) para “obtener ganancias en ríos revueltos”.
¿Ha quedado bien fundamentado que, en realidad, la política sí es la guerra? ¿Decís que No?
Pues aún expondré más argumentos...
La persona que ha criticado la frase de Santiago Abascal, afeándole que dijera que “la política es la guerra” es la misma que, tras tildar mis argumentaciones de “fascismo inteligente”, se jactó de “vencerme” a través de la palabra y el diálogo (eso cree él). Pero… ¿”vencerme”? ¿Qué lenguaje beligerante es ése? ¿NO se trataba de CONVENCER?
No, claro que no, NUNCA se ha tratado de convencer. He ahí el gran ardid cínico de los “ingenuos cándidos”, hacernos creer que se trata de “convencer” cuando ellos, en realidad, SABEN que se trata de legitimar cualquier forma de dominio que imponga “su verdad”.
Y saben hacerlo, legitimar formas “bastardas” para alcanzar el poder, digo, como han hecho TODOS al sellar un pacto de silencio tras el “golpe-moción” de Pedro. “No pienso tolerar que ningún fascista diga que la moción de Pedro Sánchez no es legítima” dijo un alma bella, que prefiere, al cabo, a “sus Utrillas” antes que a los Utrillas de los otros.
“Antes prefiero a Podemos que a VOX”, dijo otra alma bella, insaciable luchadora contra los malosos fascistas. Y es que, al final, todo se reduce a una “guerra”, como ingenuamente (éste sí, ingenuo de narices) reconoció Santiago Abascal.
La guerra entre verdades y conciencias. No hay más, solo que los "jóvenes conservadores", como llamó Habermas a los filósofos posmodernos, y más tarde al osado Sloterdijk, se obligan, como Abascal, a reconocer la verdad.
Las almas bellas (cándidos humanistas) volvieron a lanzarse a la yugular de Santiago Abascal, una vez más, para volver a deslegitimar la totalidad del discurso de VOX, extrayendo una frase contundente y polémica del mismo: “la política es la guerra”.
Ya antes, Abascal soltó un gran cagarro (más grave en mi opinión) al proclamar que “expulsarían al extranjero Echenique de España” (parafraseo). Para torpe e ingenuo, Abascal.
Solo un malvado fascista podría proclamar orgulloso y seguro de sí mismo que “la política es la guerra”. Cierto, solo a quienes los “cándidos ingenuos” llaman “fascistas” les está permitido proclamar honesta y abiertamente tan incómoda verdad, como ya antes hiciera el oscuro Heráclito. Porque lo que diferencia al “fascista” (entrecomillado malicioso) del “ingenuo humanista” (entrecomillado más malicioso todavía) no es el hecho de CREER en “una verdad”, sino el hecho de PROCLAMAR públicamente, o no, la verdad.
El ingenuo humanista, que tiene de “ingenuo” lo que yo de bolchevique, sabe perfectamente que “la política es la guerra”. Y lo sabe porque dicho enunciado (“la política es la guerra”) es un enunciado verdadero en tanto se puede fundamentar razonadamente. No lo digo yo, que podría ser tildado de “fascista inteligente” por mis detractores (que cada día son más), sino que lo escribió papá Habermas (buen y justo humanista) en su ensayo “Teorías de la verdad” (1972): “llamamos verdaderos a los enunciados que podemos fundamentar”. Pos fale.
Pero volvamos al oscuro Heráclito, a quien se le atribuye la siguiente frase:
“Πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι πάντων δὲ βασιλεύς, καὶ τοὺς μὲν θεοὺς ἔδειξε τοὺς δὲ ἀνθρώπους, τοὺς μὲν δούλους ἐποίησε τοὺς δὲ ἐλευθέρους”
“La guerra es padre y rey de todos, ha creado dioses y hombres; a algunos los hace esclavos, a otros libres” (traducción).
Popularmente, la frase ha trascendido traducida de la siguiente manera:
“La guerra es la madre de todas las cosas, a unos hombres hace siervos y a otros libres”.
Algunos sesudos estudiosos han visto en la frase de Heráclito una legitimación de la guerra como vía para resolver conflictos, pero otros, más inteligentes en mi opinión (¡será por interpretaciones!), han deducido que la “la madre de todas las cosas”, a la que se refería Heráclito, era la sempiterna lucha entre contrarios, el eterno conflicto entre “verdades” o conciencias, siempre en pugna por tal de justificar (legitimar) sus respectivas razones de ser-ahí en el mundo.
La guerra, pues, no sería solo sangre y vísceras en el campo de batalla (que también), sino que sería, sobre todo, lucha entre contrarios que se esforzarían en argumentar y fundamentar “sus verdades” a través de la POLÍTICA y sus vías comunicativas y dialogantes, y también a través de revoluciones y arteras argucias, como demostraré a continuación.
Así, como una forma de “guerra”, interpretó Marx la política, cuando, valiéndose de la dialéctica hegeliana, decidió que el fin último de la política debía ser el de TRANSFORMAR las sociedades para hacerlas más “buenas y justas”.
Marx, como Heráclito, entendió que para transformar una realidad, es decir, para imponer una nueva conciencia (una verdad al cabo) no bastaba con “razonar” para convencer al contrario con impecables argumentos, sino que era necesaria la REVOLUCIÓN. Y no solo eso, Marx comprendió que la guerra no acababa con la revolución, sino que debía continuar asentando e imponiendo el DOMINIO DE SU VERDAD a través de una necesaria DICTADURA PROLETARIA.
Pero Marx no era tonto ni Machado un “ganapán”, y por eso el “bueno y justo” Marx, pensó que, tras la dictadura proletaria, tampoco estaría de más un período de “reeducación” para acabar de convencer a los últimos ciudadanos disidentes (¿malosos fascistas?), para, así, “ayudarles” a hacer suya la conciencia marxista, la buena y justa “verdad” de Marx. Los gulags de Stalin, por cierto, se llamaban “campos de reeducación”.
Quienes se han lanzado a la yugular de Santiago Abascal son, precisamente, los herederos de Marx, ahora “reinventados” bajo la superioridad moral de la socialdemocracia habermasiana. Son esos “ingenuos”, que de ingenuos no tienen ni un pelo, que saben la verdad: la verdad es de quien la impone, no de quien mejor la fundamenta.
Si fuese cierto que la verdad solo DEBE legitimarse a través de la mejor fundamentación, entonces la política no necesitaría hacer “guerras sucias” (los GAL de Felipe González); no necesitaría que los últimos gobiernos socialistas hubiesen arribado al poder a través de un atentado terrorista (Madrid 2004) o mediante un “golpe” disfrazado con los ropajes de una moción de censura (Pedro Sánchez el traidor). Si la verdad solo triunfase a través de la argumentación razonada y fundamentada, como sostienen los “buenos y justos” socialdemócratas, entonces los socialistas no tendrían que haber recurrido a las “cloacas políticas” (Garzón, Villarejo y Delgado) para hacerle la guerra sucia al PP y alcanzar el poder, ni se verían obligados a crear tensión (Gabilondo y Zapatero) para “obtener ganancias en ríos revueltos”.
¿Ha quedado bien fundamentado que, en realidad, la política sí es la guerra? ¿Decís que No?
Pues aún expondré más argumentos...
La persona que ha criticado la frase de Santiago Abascal, afeándole que dijera que “la política es la guerra” es la misma que, tras tildar mis argumentaciones de “fascismo inteligente”, se jactó de “vencerme” a través de la palabra y el diálogo (eso cree él). Pero… ¿”vencerme”? ¿Qué lenguaje beligerante es ése? ¿NO se trataba de CONVENCER?
No, claro que no, NUNCA se ha tratado de convencer. He ahí el gran ardid cínico de los “ingenuos cándidos”, hacernos creer que se trata de “convencer” cuando ellos, en realidad, SABEN que se trata de legitimar cualquier forma de dominio que imponga “su verdad”.
Y saben hacerlo, legitimar formas “bastardas” para alcanzar el poder, digo, como han hecho TODOS al sellar un pacto de silencio tras el “golpe-moción” de Pedro. “No pienso tolerar que ningún fascista diga que la moción de Pedro Sánchez no es legítima” dijo un alma bella, que prefiere, al cabo, a “sus Utrillas” antes que a los Utrillas de los otros.
“Antes prefiero a Podemos que a VOX”, dijo otra alma bella, insaciable luchadora contra los malosos fascistas. Y es que, al final, todo se reduce a una “guerra”, como ingenuamente (éste sí, ingenuo de narices) reconoció Santiago Abascal.
La guerra entre verdades y conciencias. No hay más, solo que los "jóvenes conservadores", como llamó Habermas a los filósofos posmodernos, y más tarde al osado Sloterdijk, se obligan, como Abascal, a reconocer la verdad.
viernes, 30 de noviembre de 2018
Poshumanismo, posnacionalismo y posverdad
Con motivo de la presentación de su magnífica obra “Normas para el parque humano”, Sloterdijk soltó una de sus habituales “boutades”, que, por supuesto, siempre fundamenta y argumenta racionalmente, comme il faut! Dijo lo siguiente: “Tenemos que casarnos con las máquinas con las que compartimos nuestras vidas”. Simplemente genial.
Disfruto leyendo a Sloterdijk por dos motivos fundamentales. El primero, porque es un tío “hiperinteligente”, capaz de defender (fundamentar y argumentar) lo indefendible, lo cual demuestra que o bien es un GENIO (con mayúsculas) o es el más hábil de los sofistas. Las dos posibilidades me valen.
Ambas posibilidades, genio o extraordinario sofista, me sirven, porque lo segundo que más me gusta (me encanta en realidad) de Sloterdijk es comprobar cómo enerva y desenmascara a las nuevas ideologías disfrazadas de “talanterismo democrático”. A Habermas, su "maestro", lo sacó de sus casillas.
El racional y kantiano Habermas, el bueno y justo heredero de ideologías ebrias de prepotencia esquizofrénica (marxismo), no daba crédito a las propuestas poshumanistas del díscolo Sloterdijk:
“Superar el tradicional humanismo, endiosado y egocéntrico, por un nuevo poshumanismo más abierto a la vida, al mundo y a todas las posibilidades que nos ofrece la realidad abierta; abrirnos a un nuevo ecologismo, donde el hombre se hermane con el resto de seres vivos, pero también con las máquinas y las nuevas inteligencias artificiales”.
Menos le gustaron a Habermas las “supuestas” propuestas eugenésicas de Sloterdijk, en realidad nuevas antropotécnicas destinadas a hacer lo mismo que ha hecho y sigue haciendo nuestro talantero humanismo: “criar y engordar ganado humano en granjas-escuela”, por supuesto, añado yo, con el pienso adoctrinador de la ideología dominante de turno.
Que el ser humano debe ser civilizado y alejado de la barbarie (cebado ideológicamente) no lo discute nadie. La cuestión es decidir cómo llevar a cabo dicho proceso “civilizador” en las necesarias “granjas-escuelas” que conforman los sistemas educativos para, así, implantar las verdades institucionalizadas que cada cultura o sociedad hace “suyas”.
Habermas, el racional, sostiene que no nos vale (a todos nosotros) la verdad evidenciada por un solo sujeto (léase por una sola conciencia subjetiva), porque él desea “construir” una verdad bien argumentada y fundamentada, como hace Sloterdijk, por cierto, con ingeniosa facilidad. Pero, atención, el humanista kantiano también quiere una verdad cuya validez y reconocimiento sean consensuados. Será verdad, dirá Habermas, no solo la proposición que se corresponda con la realidad (Aristóteles) y esté bien fundamentada y argumentada racionalmente, sino que, además, consenso mediante, sea aceptada a través de una democracia deliberativa.
Sloterdijk, que bien podría ser considerado como el último “espíritu libre” o el nuevo Zaratustra de Occidente, replicará que lo que propone Habermas, al cabo, no deja de ser el mismo humanismo de siempre, pero reactualizado y adaptado a los nuevos tiempos: la misma antropotécnica de cría y engorde de ganado humano (primero teológica y más tarde marxista), ahora legitimada con ropajes democráticos. Vamos, que las verdades que antes institucionalizaban grupos de teólogos, y más tarde grupos de intelectuales marxistas, ahora debe ser consensuada por intelectuales demócratas. Pos fale!
Pero lo que me resulta más “curioso” es que Habermas haya criticado tan duramente la propuesta poshumanista de Sloterdijk, cuando, él mismo, ha “construido” una peculiar propuesta posnacionalista.
Habermas ha decidido porque sí, porque él lo vale, que su propuesta posnacionalista, que intenta superar los nacionalismos esencialistas de los siglos XIX y XX, es la repera de “buena y justa”. Y es una propuesta adecuada, la mejor, porque, según él, recupera el patriotismo ciudadano (patriotismo constitucional) pero alejándolo de la soberbia de los nacionalismos culturales. Dice al respecto:
“En una sociedad democrática no toda tradición cultural ni toda historia nacional son memorables: solo lo son aquellos momentos que enlazan con los principios de la democracia y con la historia de su implantación”.
¿Y qué hacemos con el grandioso descubrimiento de América? ¿No es “memorable” por haberse dado en tiempos donde no imperaban, precisamente, los principios democráticos? ¿Tiene la culpa la nación española de que la nación alemana solo fuese grande durante el breve período de tiempo en que se erigió como "imperio depredador" (SXIX y XX)?
PSICOANÁLISIS A HABERMAS
Habermas, por más que pretenda ocultarlo, se presenta como un nuevo “pastor del ser”, en absoluto como un “vecino del ser” (propuesta de Sloterdijk). Desde luego, el alemán es un pastor mucho más ilustrado e inteligente que nuestros pastores patrios (Pedro Sánchez y Pablo Iglesias). Pero, más listos o más tontos, todos los “pastores” deciden cómo debemos ser civilizados, educados y adoctrinados en “sus verdades”.
Por ejemplo, el nuevo gobierno de España (golpista y traidor) ha decidido que los traidores del procés (independentistas catalanes) no solo deben ser comprendidos, sino también amnistiados. En Navarra (¡quién te ha visto y quién te ve!) quieren impartir educación sexual a nuestros hijos; pero una educación ideologizada que adoctrine en “nuevas verdades” sobre qué es y cómo debe desarrollarse la identidad sexual (única y particular) de cada individuo, según los criterios de ideologías LGTB y de las nuevas corrientes feministas-sexológicas tan de "moda".
También están decidiendo en Asturias, un ejemplo más, que hay que implantar el bable (dialecto regional) en las escuelas, otorgándole rango de lengua vehicular y de obligado conocimiento para que los niños asturianos puedan llegar a ser hombres de provecho el día de mañana. Quieren enseñarles a niños españoles que hablan español (la segunda lengua más hablada en el mundo después del chino) que aprender un dialecto provinciano es necesario para la formación de su identidad provinciana.
Y suma y sigue…
¡He ahí algunas verdades consensuadas, sin duda bien argumentadas y fundamentadas! ¡Será por argumentos!
De hecho, si eres inteligente puedes argumentar y fundamentar la parida más peregrina y absurda que puedas imaginar. Tal es mi tesis.
Todas las “verdades” son paridas (creadas, imaginadas, soñadas, pre-sentidas…), primero, en una conciencia individual, y si dicha conciencia subjetiva tiene la suerte de trascender y de despertar la necesidad de creer de la gran conciencia colectiva (sociedad) entonces dejará de ser “ una parida” para ser reconocida como VERDAD. Nace, así, la POSVERDAD.
¿Quién nos iba a decir hace unas décadas que el “lenguaje inclusivo” iba a ser una posibilidad real del ser? ¿Quién nos iba a decir que España iba a caminar, imparable, hacia un nuevo conflicto civil?
Una posibilidad de ser, por peregrina que sea, solo puede llegar a ser si su antagónica se relaja, decide autoinmolarse y se olvida de la responsabilidad de sobrevivir (seguir siendo). No hay más.
Si Pedro y Pablo están logrando dinamitar los restos del naufragio de lo que otrora fue la gran nación española, es porque otros muchos, antes que ellos, les allanaron el camino. Y no solo les allanaron el camino quienes portaban internacionalistas banderolas rojas con hoces y martillos, todavía reivindicadas por no pocos nostálgicos, sino que el camino lo despejaron, sobre todo, los ACOMPLEJADOS que, instados por sentimientos de culpa, muchas veces infundados (véase la leyenda negra española) renegaron de sí mismos y del deber y la responsabilidad de ACEPTAR quiénes eran.
Habermas es uno de estos grandes acomplejados, un triste personaje que, aunque muy inteligente, quedó profundamente marcado por la barbarie nacionalsocialista. Como el nazismo estigmatizó, a través de sus actos, el concepto de “nación”, Habermas decidió prescindir del mismo y hablar de “posnación”. ¿En qué se diferencia de Sloterdijk cuando éste habla de poshumanismo? ¿Acaso no están hablando ambos de lo mismo pero sustituyendo el concepto “tabú” (¡qué bueno Freud!) por “neoconceptos” adaptados a los nuevos tiempos?
Sloterdijk, con su poshumanismo, no deja de hablarnos (al menos él es consciente) de humanismo; de una nueva manera de relacionarnos "en y con-el-otro". Y Habermas, con el término posnacionalismo, nos enseña un nuevo modo de autoafirmar nuestra identidad personal, pero prescindiendo de las tradicionales identidades nacionalistas. Habermas no tiene más remedio que crear su propia POSVERDAD para superar su particular trauma ante el objeto-concepto que es la “nación”, obligándose a pergeñar una síntesis (bien fundamentada y argumentada) a través de su propuesta del “patriotismo constitucional”.
Ya está, Habermas se ha curado, en lugar de decir “caca”, ahora dice “po-po”, y quiere "curar" a todos los europeos. Pero al sagaz psicoanalista le dará igual como llame Habermas a esa necesidad, tan HUMANA Y NATURAL, de sentir apego hacia su tierra (patria) y el lugar donde nació (nación). Lo que le importa a quien intenta ver más allá de la punta del inmenso iceberg que es la conciencia humana, no es que los conceptos tradicionales sean rebautizados, sino si las nuevas propuestas, neoconceptos o posverdades nos salvarán de los bárbaros.
¿Estamos a salvo con Sánchez e Iglesias en España? ¿Está a salvo Europa con la talantera socialdemocracia habermasiana?
Éstas son las preguntas cruciales y vitales que debemos responder.
martes, 6 de noviembre de 2018
Golpe de Estado en España (la izquierda subversiva de siempre)
Introducción
El mismísimo Mussolini señaló que "la fuente del fascismo era el
horror por la vida cómoda". Los
primeros pensadores que intuyeron que una vida cómoda era también,
inevitablemente, una vida "vacía de emociones", fueron Fichte y
Kierkegaard. Pero fue Heidegger, con su tesis sobre el "das Man" y la
vida inauténtica quien acabó descubriendo la estrecha relación entre la pérdida
de sentido de nuestras existencias y el hecho de vivir sin proyectos vitales
ilusionantes (ver también Ortega). De hecho, nuestro poético José Antonio
(orteguiano) también apeló a la revolución nacionalsindicalista desde la
defensa de una "España alegre y faldicorta"; apeló a la "poesía
prometedora" (esperanzadora) y a la ilusión como motor para lograr
que España fuese "una, grande y libre".Pero seamos justos, porque otros fascismos actuales (inteligentemente disfrazados de "demócratas") también han llamado a la movilización de las masas apelando a la "revolució dels somriures" (secesionismo catalán) o pidiendo "asaltar los cielos" con alegría y entusiasmo (Podemos). Las nuevas revueltas o "revoluciones" que están proliferando por toda Europa están siendo promovidas y dirigidas por las "izquierdas de siempre"; las sempiternas izquierdas antiliberales cuyo único afán consiste en transformar las sociedades que, paradójicamente, las toleran y les permiten dinamitar la convivencia y los marcos constitucionales desde dentro del propio sistema.
Pero el problema de las izquierdas comunistas-fascistas de hoy (de nuevo aliadas a través de renovados pactos de Ribbentrop-Molotov) es que son dogmáticas y harto beligerantes contra "el otro", contra las demás conciencias disidentes (liberales y conservadoras) que no comulgan con sus respectivas verdades. Nada nuevo bajo el Sol.
He conocido a gente inteligente, que yo
presuponía sensata, abrazar con entusiasmo, por ejemplo, el "procés
secesionista" en Cataluña: gente que, ante mi asombro, mutaba en cínica redomada
para afirmar, sin empacho, que lo sucedido en Cataluña no fue un "golpe de
Estado", sino una "pirula" (tradúzcase por ardid o trampa
artera). Personas inteligentes capaces de justificar lo injustificable
(estratagemas y violaciones anticonstitucionales y antidemocráticas) por tal
de, así, ver cumplidos sus sueños más utópicos: recuperar viejas repúblicas,
lograr articular Estados supremacistas (comunistas) y dinamitar viejas y
gloriosas naciones. Son los buenos y justos.
Hay gente que no puede soportar la verdad. De hecho, el genial Unamuno sostenía
que las masas, en realidad, deseaban ser "engañadas" por los
titiriteros, curas y bachilleres de turno (poetas todos). Sin embargo, lo
más grave, en mi parecer, es que hay demasiada gente que no sabe soportar,
estoica y dignamente, la insoportable levedad del ser. Hay demasiada gente
incapaz de recluirse y recogerse en su soledad para afrontar el sentimiento
trágico de la vida o el drama de vivir, como se prefiera. Hay demasiada gente
que confunde lo "cotidiano" con aburrimiento y hastío, porque son
incapaces de estar en paz consigo mismos, porque son incapaces de aceptar que
son, tan solo, "seres para la muerte".
En nuestras actuales sociedades del bienestar, donde la generalidad de la ciudadanía vive cómodamente, y también sumida en el aburrimiento, ya no es el dolor ante agravios e injusticias lo que moviliza a las masas, sino la promesa de emociones e ilusiones. Por eso, el victimismo de los procesistas es falso, por más que lo sobredimensionen y exageren; por este motivo ya no cuela el victimismo de Podemos, obsesionado en dibujarnos una España hundida en la pobreza y la precariedad, todavía en manos de malvados caciques franquistas.
En nuestras actuales sociedades del bienestar, donde la generalidad de la ciudadanía vive cómodamente, y también sumida en el aburrimiento, ya no es el dolor ante agravios e injusticias lo que moviliza a las masas, sino la promesa de emociones e ilusiones. Por eso, el victimismo de los procesistas es falso, por más que lo sobredimensionen y exageren; por este motivo ya no cuela el victimismo de Podemos, obsesionado en dibujarnos una España hundida en la pobreza y la precariedad, todavía en manos de malvados caciques franquistas.
Ahora sí, ahora sí es posible entender por qué las filas "dels revolucionaris dels somriures", como las filas de los cínicos podemistas, estaban plagadas de jóvenes pijitos, burgueses hijos de burgueses, que se aburrían y necesitaban más deporte vital para dar sentido a sus vidas.
Jóvenes aburridos y mayores nostálgicos y acomodados, también devorados por el hastío existencial, se han conjurado en Cataluña, y ahora también en España, para jugar el partido de sus vidas. Ya no les basta con proyectar sus ensoñaciones esquizofrénicas viendo jugar al Barça, ahora necesitan, además, ser ellos mismos los jugadores reales en un campo de juego real, obviando, irresponsablemente, los riesgos, también reales, que conlleva jugar tan peligroso partido.
Quienes no aprecian lo que de hermoso hay en la cotidianidad, en el milagroso hecho de vivir y sobrevivir un día más a la existencia, no han entendido nada; y, peor aún, serán susceptibles de ser seducidos por los cantos sirénidos de los poetas cuyo deporte preferido es siempre cazar "almas cándidas". ¿Pero quiénes son esas almas cándidas, supuestamente ingenuas, que se dejan seducir y cazar por pastores truhanes que les prometen hacer realidad bellos e imposibles sueños?
Los nuevos poetas (pastores del ser) han de ser necesariamente "demócratas"; y si no lo son, deben parecerlo y hacer creer a "los otros" que en verdad lo son. Los nuevos poetas, como los de otrora, se erigen en libertadores, en altruistas teóricos de la liberación dispuestos a emancipar a los hombres de sus servidumbres y vasallajes. ¿Pero de qué servidumbres y vasallajes han de "liberar" al hombre occidental de hoy estos poetas vendedores de sueños? Ya no hay amos y esclavos, ni señores y siervos; ni siquiera podría decirse que los malvados burgueses capitalistas de hoy nieguen las libertades y derechos del resto de ciudadanos (me niego a utilizar el concepto erróneo y perverso de "clase trabajadora"). ¿De qué hay que emancipar a los ciudadanos de hoy, muerto Dios y con él el poder de las religiones? Los reyes de ahora ya no tienen tampoco un poder absolutista; ni siquiera la actual aristocracia (duques, marqueses, condes...) conserva los privilegios de antaño (Antiguo Régimen).
Hay que emancipar a los hombres del Capitalismo, me dirán los más astutos poetas; emanciparlos de ese Capitalismo otrora salvaje (S XIX), y más tarde "civilizado", que supo adaptarse a las exigencias de los llamados "Estados del bienestar" (S XX). Un Capitalismo que ha sabido sobrevivir cediendo y reconociendo las libertades y derechos de "los otros"; un Capitalismo que sabe disminuir su celo dogmático y evitar convertirse en conciencia supremacista, porque lo único que desea es garantizar la estabilidad y la continuidad del sistema.
¡Ah, amigos, pero a los ojos de nuestros poetas el sistema sigue siendo injusto! Y para combatir las injusticias todo vale, desde perpetrar golpes de Estados hasta promover falsas mociones de censura por tal de alcanzar el ansiado poder. Todo vale. Y quienes no defienden abiertamente la comisión de golpes a la legalidad, se ponen de perfil y callan (para no perjudicar a sus "hijos de puta"); algunos incluso legitimarán acciones bastardas, tales como silenciar a los disidentes (Ábalos en Alsasua). Y serán muchos los que, a pesar de todo, seguirán negándose a aceptar la ayuda de "cirujanos de hierro"; porque, ante todo, hay que ser de "izquierdas". A nuestras izquierdas ni siquiera les vale que los nuevos "cirujanos" ya no promuevan ruidos de sables en los cuarteles; tanto les da que sean tan demócratas como ellos o que acaten la Constitución y la legalidad. No son de "los suyos". Antes el caos y la destrucción (antes Podemos que Vox dijo un "sabio") que aceptar la ayuda de "salvapatrias" esencialistas. En estas estamos.
Suerte tuvimos, en los albores del 36, que intelectuales de la talla de Ortega y Gasset, Unamuno, Baroja, Maeztu, y tantos otros, no tuviesen tantos remilgos; suerte tuvimos de que, entonces, todavía había muchos más ciudadanos dispuestos a defender la nación española de revoluciones frentepopulistas (bolcheviques).
Me hacen "gracia" nuestros poetas, los buenos y justos que critican la dependencia de la ciudadanía a poderes hipostasiados que emanan de las realidades materiales del Capitalismo y las naciones; poderes que pasan por naturales, cuando, en el parecer de nuestros poetas, no lo son. ¡Capitalismo y nación son elucubraciones esencialistas y metafísicas!, vociferan a los cuatro vientos, indignados o fingiendo indignación, porque la indignación, como el victimismo hábilmente calculado e instrumentalizado, son los versos de los que se vale la poesía seductora.
Digo yo, sin embargo, que para no ser realidades "naturales", sino ideas suprasensibles sustantivadas, tanto el sistema liberal capitalista como la razón de ser de las naciones han sabido pervivir, reciclarse y adaptarse a los dolores de las diferentes épocas. Y ello a pesar de que nunca faltan fascistas (izquierdas a la postre) dispuestos a transformar lo que es en lo que, según sus supremacistas conciencias, debería ser. La culpa, por supuesto, es de "los otros", de esa otra ciudadanía, no consciente y alienada, que todavía no ha abrazado la verdadera fe liberadora. ¡Malditos liberales!
Convengamos, sin embargo, que la idea de nación es un concepto hipostasiado. ¿Acaso no pecará de esa misma sustantivación el concepto de "posnación"? Si el nacionalismo es hipóstasis esencialista también lo será la idea de "posnacionalismo". ¿Qué tiene de natural, real y material, el idealismo que defiende la articulación de un gran estado universal "posnacional"? ¿Era más "natural" el concepto ideal del internacionalismo marxista (o el Estado supranacional europeo que defienden algunos hoy) que la idea de nación?
Materializar golpes de Estado
Para proponer una cura (poesía fascista) primero hay que provocar un "dolor anímico" en la conciencia (ser consciente de dicho dolor). Así, nuestras anestesiadas sociedades sumidas en el hastío de lo cotidiano, deberán recordar, despertar la memoria dormida y recuperar viejos agravios, antiguos resentimientos y pretéritas pérdidas emocionales. Habrá que crear una conciencia victimizada, porque el recuerdo es subjetivo, y por ello el poeta deberá crear un mito (un relato) que dé sentido y justifique una determinada voluntad de poder (poder ser). No valen todos los recuerdos; solo los que ayuden a operar (transformar la realidad) a través de cualquier medio (praxis marxista-leninista copiada también por el fascismo) que permita alcanzar loables fines. "Los relatos y las lágrimas van juntos" (Peter Sloterdijk).
Una vez se despierta el "dolor
anímico" y las masas (me niego a decir ciudadanía) ya creen ciegamente en relatos míticos, confeccionados para determinados fines, la partida podrá comenzar. A los individuos se les propondrá "jugar" el partido de una
época; se le instará a participar en el glorioso momento histórico que les ha tocado vivir. Ya no habrán excusas para refugiarse en el aburrimiento
cotidiano; el individuo anónimo podrá trascendentalizar su Yo alcanzando
ilusionantes fines supremos (proyectos de vida con formas de nuevas repúblicas o naciones ficticias). Pero toda acción conlleva una
reacción. Cuando el Estado es débil e inoperativo, y fracasa en su vital función de salvaguardar la legalidad institucional, el partido que habrá de
jugarse carecerá
de reglas y todo valdrá. No digamos si, además,
como está sucediendo en España, es un partido político con minoría parlamentaría
el que da un golpe y se hace con el poder.
Si el fascismo se disfraza de legitimidad democrática (gobierno del
PSOE sanchista) podrá engañar a muchos durante un breve período de tiempo, pero
una vez comiencen a visualizarse sus traiciones, mentiras e indignidades, solo
engañarán a unos pocos. Estos pocos serán los verdaderos creyentes. El problema radicará, como ya ha sucedido en Cataluña,
y ahora está sucediendo en España, en que estos "pocos" creyentes leales
logren el control del Estado a través de los medios de comunicación, la
educación y las FFAA (depuración de altos mandos del ejército). Me consta
que el gobierno golpista de Sánchez ya ha dado todos estos pasos.
Una democracia falsa, hipostasiada e idealizada, que tan solo es "papel mojado", es casi tan peligrosa, o más, que una dictadura que se materializa por las bravas. Pero los buenos y justos, siempre prestos a ver esencialismos en los nacionalismos, nunca han querido ver que la sustantivación de la "democracia", cosificada y susceptible de poder ser pervertida y mancillada por todos (dependiendo de los intereses particularistas de cada ideología), también podría resultar letal convirtiéndose en"el caballo de Troya" a través del cual puedan colarse"nuevos fascistas" (Sánchez y compañía en España).
Nadie se atreve a decirlo en voz alta (¡tan grande es ya el temor!) pero, en privado, cada vez más ciudadanos depositan sus esperanzas en el ejército, último garante de las libertades y derechos de TODOS los españoles. El ejército ha quedado como la única fuerza "viva" capaz de pararles los pies a los golpistas; golpistas tramposos y sin escrúpulos éticos (ya no digamos morales) dispuestos a todo. La ciudadanía, abandonada a su suerte y reclamando nuevas elecciones ante la artera ocupación del poder por parte de una conjura bien calculada de la antiEspaña, nada puede hacer, salvo vociferar, frustrarse y enojarse. Mientras, los golpistas hacen y deshacen según sus criterios ideológicos, troceando a España un poquito más cada día que pasa. Hasta los más optimistas, que ya no creen que nuestro castrado ejército tenga capacidad de reacción, piensan, de todas formas, que algo malo, triste y trágico pasará en los próximos meses.
Una democracia falsa, hipostasiada e idealizada, que tan solo es "papel mojado", es casi tan peligrosa, o más, que una dictadura que se materializa por las bravas. Pero los buenos y justos, siempre prestos a ver esencialismos en los nacionalismos, nunca han querido ver que la sustantivación de la "democracia", cosificada y susceptible de poder ser pervertida y mancillada por todos (dependiendo de los intereses particularistas de cada ideología), también podría resultar letal convirtiéndose en"el caballo de Troya" a través del cual puedan colarse"nuevos fascistas" (Sánchez y compañía en España).
Nadie se atreve a decirlo en voz alta (¡tan grande es ya el temor!) pero, en privado, cada vez más ciudadanos depositan sus esperanzas en el ejército, último garante de las libertades y derechos de TODOS los españoles. El ejército ha quedado como la única fuerza "viva" capaz de pararles los pies a los golpistas; golpistas tramposos y sin escrúpulos éticos (ya no digamos morales) dispuestos a todo. La ciudadanía, abandonada a su suerte y reclamando nuevas elecciones ante la artera ocupación del poder por parte de una conjura bien calculada de la antiEspaña, nada puede hacer, salvo vociferar, frustrarse y enojarse. Mientras, los golpistas hacen y deshacen según sus criterios ideológicos, troceando a España un poquito más cada día que pasa. Hasta los más optimistas, que ya no creen que nuestro castrado ejército tenga capacidad de reacción, piensan, de todas formas, que algo malo, triste y trágico pasará en los próximos meses.
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