viernes, 15 de agosto de 2014

La depresión desde una perspectiva filosófica.

Introducción.
La psicología en general considera la depresión como una enfermedad de la mente; la claudicación o desesperanza que mina el estado de ánimo de las personas inhibiéndoles a éstas las ganas de hacer, luchar y proyectar, impidiéndoles, en definitiva, el constante quehacer vital. Pero Unamuno, más sagaz, consideró que la enfermedad, en sí misma, radicaba en la propia esencia humana, es decir, sostenía que el hombre era un animal enfermo (ver "Del sentimiento trágico de la vida").

¿Cómo no ha de estar enfermo, ebrio de angustia y desesperanza, un ser conocedor y sabedor de que su destino último será inevitablemente la muerte? ¿Cómo puede obligarse a luchar y, aún más, tener ganas de vivir, un ser que sabe que algún día dejará de existir y perderá la consciencia de sí mismo y de su particular yo?
El ser humano es un ser enfermo en tanto padece y sufre lo que Unamuno denominó sentimiento trágico de vivir. Pero incluso aceptando que, realmente, todos los seres humanos seamos animales enfermos, infectados de nihilismo, náusea ante la vida o anonadamiento... ¿Cuáles serían los mecanismos o defensas psicológicas que permitirían a unos individuos superar y salvar el drama que es el vivir (Ortega)?

De entrada, y es opinión personal, creo que habría que entender la superación y la salvación de la angustia como metas u objetivos a alcanzar para, en última instancia, evitar el suicidio; es decir, no existe cura para la enfermedad del alma, pues lo único que podemos hacer es burlar dicha enfermedad a través de argucias y artimañas que nos permitan engañar a la existencia. Burlar y engañar, no hay más, por más que a tan taimados remedios se les haya pretendido dignificar con ropajes científicos (neurociencias) o pseudocientíficos (psicología).
¿Qué son los mecanismos de defensa psicológicos sino engaños programados por nuestra mente, a veces incluso inconscientemente, para evitar el sufrimiento? ¿Qué es una terapia, sino una burla orquestada y perfectamente dirigida por un profesional para conseguir que el paciente pueda llegar a autoengañarse a sí mismo?

Podríamos sostener que, potencialmente, todos los seres humanos, en tanto que infectados a priori del sentimiento trágico que supone el hecho de vivir, tenemos una predisposición a la depresión e incluso, en último término, podríamos llegar a desear nuestra propia autoinmolación o suicido vital.
Desde luego, la depresión, entendida como falta de ánimo o ausencia de ganas de vivir (hacer, interactuar, proyectar y planificar...) puede aparecer en la mayoría de las personas en algún momento de sus vidas, por cortos o breves períodos de tiempo, con mayor o menor intensidad. ¿Quién no se ha sentido deprimido en alguna ocasión?

Espiritualidad, engaño y poesía.

No voy a reflexionar sobre la depresión (el título de este pretencioso pseudoensayo ya da fe de ello) desde una perspectiva psicológica, menos aún desde el campo de las neurociencias o la neuropsiquiatría.
Sí, está comprobada científicamente la implicación de ciertos neurotransmisores (sustancias químicas) en el desarrollo de la depresión (serotonina, noradrenalina y dopamina). Pero las causas de las depresiones, además de biológicas, también pueden ser psicológicas o ambientales.
Ante un episodio depresivo, el paciente podrá ser más o menos consciente del porqué de su estado de ánimo apático y de su angustia, dependiendo de la gravedad o evidencia de las causas que lo provoquen. Resulta fácil establecer una relación causa-efecto cuando, por ejemplo, la persona deprimida ha sufrido la pérdida de un ser querido o sufre algún tipo de grave enfermedad.
Sin embargo, existe un tipo de depresión difícil de explicar: aquélla en la que el sujeto dice no saber por qué se siente decaído y triste; aquella en la que el sujeto desconoce por qué ha perdido las ganas de vivir.
La ciencia acude rauda ante este tipo de depresiones sin aparentes causas ambientales o psicológicas (dependientes de rasgos de personalidad) y nos propone una explicación desde la neuropsiquiatría o la herencia genética; y, por supuesto, tras la objetiva explicación científica, proporciona medicación para la cura, ahora sí entendida como solución, que no como superación o salvación.
La cura hace desaparecer la depresión, pero solo en algunos episodios depresivos que no son crónicos. Cuando la depresión es crónica, la medicación solo puede mantener artificialmente un adecuado estado de ánimo que le permita al individuo hacer una vida normal.

Y aquí quería llegar.
Muchos grandes pensadores, sospecho que Unamuno y Sartre entre ellos, por supuesto también Camus, fueron personalidades depresivas. ¿Quiénes, sino unos depresivos irredentos, sentirían sentimientos trágicos o náuseas ante el hecho absurdo de vivir? De hecho, el más sincero de todos ellos, Albert Camus, lo dijo con meridiana y sincera claridad: "Solo existe un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio". Y Camus aún fue más certero y preciso: "Se puede evitar el suicidio, pero no se puede evitar pensar en él".
¡Exacto! Podemos evitar el trágico y fatal final al que puede llevarnos la desesperación y la angustia existencial, pero no podemos evitar seguir pensado en el suicido como solución.

¿Por qué Camus creyó evitar el suicidio a través de la filosofía?
Pues porque desarrolló toda una auto-terapia, o autoengaño si se prefiere, para salvarse a sí mismo, que no curarse. La filosofía salva pero no cura; nos salva de desear autoinmolarnos en un determinado momento de debilidad, pero no nos cura de la enfermedad del alma que nos sumerge en la angustia existencial.
Me gusta referirme a la enfermedad del alma, utilizando conscientemente connotaciones espirituales, porque lo que está enfermo en el hombre, desde el principio de los tiempos, es su alma, su espíritu, su razón para vivir. La filosofía, por tanto, es una artimaña tan válida o tan poco válida como la religión: un engaño al cabo para permitirnos soportar el absurdo que es la existencia.
Ahora bien, dependiendo del grado de cinismo o hipocresía de las personas, éstas recurrirán a uno u otro tipo de engaño o argucia para salvarse a sí mismas del suicidio o autoinmolación vital.
Obsérvese que en varias ocasiones me he referido a la autoinmolación vital, una suerte de suicidio irresponsable al que también podemos llegar, como personas o grupos colectivos, tras la pérdida de referentes y valores morales, espirituales en definitiva. De hecho, Occidente camina imparable hacia una futura autoinmolación vital. Occidente no tiene cura, pero tampoco está por la labor de buscar una superación o salvación al nihilismo que le está matando lentamente, poco a poco. Pero ahora no toca tratar este polémico tema.

Clases de personas y sus respectivos tipos de engaños o autoengaños.

Decía, coincidiendo con Camus, que es inevitable pensar en el suicidio, al menos cuando se llega a la certeza (y yo temo haber llegado a ella) de que realmente la existencia es un completo absurdo sin sentido. Que se lo pregunten a Heidegger, incapaz al final de hallar el sentido del ser, por más que se obligara a preguntarse sobre él. O mejor aún, preguntémoselo a Wittgenstein, el gran filósofo resignado que claudicó ante la vida y optó por callar y dejarse morir.
Tengo la sospecha de que cuando una persona es terriblemente sincera consigo misma, hasta el punto de que se obliga a no mentirse o autoengañarse, como sea y con la artimaña que sea (religión, filosofía, arte, poesía...), solo le queda dejarse morir. Así, en verdad podríamos considerar a Wittgenstein como el último y único superhombre del pensamiento humano capaz de ser consecuente con la lógica pura que dictamina, sin sentimentalismos ni trampas existenciales, que la vida es una mierda; una gran farsa o absurdo, o un sueño, como dijera el poeta.
Todos los demás somos supervivientes, es decir, grandes fariseos, cínicos o hipócritas, que sabedores de que no existe cura para la enfermedad del alma, nos inventamos trampas y engaños para burlar la enfermedad, para superar la depresión y vivir, sin más, hasta que nos llega el morir.

Pero sospecho que Wittgenstein tan solo ha sido uno de los primeros mártires y que, poco a poco, a medida que el nihilismo y el anonadamiento, la angustia frente a la nada, se vaya instalando en nuestras maltrechas y débiles almas acabaremos por desenmascararnos a nosotros mismos y todas nuestra mentiras. ¿Queda algo de energía vital o espiritual, hoy, en las decadentes sociedades occidentales? No, porque, como Wittgenstein, cada vez hay más claudicantes, racionalistas ebrios de honestidad que se obcecan en matar la vida a fuer de negarse a hacer trampas; a fuer de negarse a autoengañarse y de negarse a utilizar las artimañas tradicionales de la religión, la mística, la fantasía. ¿Qué fue lo que acabó con el Reino de Fantasía sino la Nada (magnífico Michael Ende)?

De momento, negado el espíritu, solo nos queda la filosofía, moribunda, todo hay que decirlo, y por eso no es de extrañar que el vacío dejado por la religión y el pensamiento más "sesudo" haya sido ocupado al asalto por los poetas. ¡Y mucho cuidado con los poetas, con esos grandes fingidores y maestros de la mentira y el engaño! ¡Y cuidado especial con el poeta político!
Pero lleguemos a las tres clases básicas de personas:

1) Las religiosas y/o espirituales (incluyo místicas varias y tendencias cripto-budistas, tan de moda).

2) Las filosóficas y racionales (incluyo filósofos, metafísicos e ideólogos varios).

3) Las poéticas y artistas en general: actores, pintores, literatos y, sobre todo, políticos.

Dicha clasificación solo atiende a un criterio: el tipo de engaño o autoengaño utilizado por cada clase de persona para burlar la depresión, el drama de vivir o el sentimiento trágico de vivir.
Ninguna de estas clases de personas es honesta, pues todas han optado por dar sentido a sus vidas a través de diferentes engaños y argucias, es decir, todas han preferido mentir antes que morir.

Los religiosos y místicos: son los mentirosos que, hoy, resulta más fácil desenmascarar. De hecho, la creencia en dioses o entes espirituales ya solo puede sostenerse desde la fe irracional de algunas personas que, a través de dicho autoengaño, consiguen dar sentido a sus vidas y burlar la angustia frente a la muerte. Nada que objetar: sálvese, que no cúrese, el que pueda.

Los filósofos y racionalistas: todos en el mismo saco, desde los presocráticos, hasta los clásicos, pasando por Descartes, Hegel, Kant y hasta llegar a Nietzsche, el único con cierto atisbo de honestidad, que, sin embargo, también prefirió vivir, aunque solo fuese engañándose al creer que con su genial locura dejaba en evidencia al resto de hipócritas. Al final, pero, un embaucador más que supo cómo evitar el suicidio.

Los poetas y artistas en general: son los grandes embaucadores y fingidores, farsantes e hipócritas por excelencia. No en vano eran los preferidos de Nietzsche. Quizás otrora, el loco alemán acertó en ver en ellos una alternativa a las tradicionales religiones y filosofías del momento. Pero ahora sabemos, al menos algunos de nosotros, que la poesía no es más que el engaño más inmoral perpetrado por quienes pretenden salvarse a sí mismos, evitando el suicidio a costa de legitimar su arte como herencia para la humanidad y el bien común. A este tipo de poetas, tan dados a salvar sus culos a través de los ropajes de la bonhomía y fingidos altruismos, pertenece la peligrosa especie de los políticos.
¿Qué tienen en común cualquier ferviente creyente, de cualquier dogma religioso, y cualquier político con éxito? Pues que ambos saben cómo vender un necesario mensaje de esperanza para dar sentido a la existencia de las masas. Ambos seducen, los dos prometen; los dos se aprovechan de la desesperanza de los pueblos. Dios será el supremum que impartirá justicia para unos, y el Estado omnipresente será el medio a través del cual los otros alcanzarán su utópico paraíso en la Tierra.

¿Qué es la libertad, al cabo, comparada con el gozo de vivir sabiendo que en la otra vida nos irá mejor, o sabiendo que ningún esfuerzo será necesario cuando Papá Estado nos "mantenga bien cebados y castrados" proporcionándonos subvenciones, ayudas, prestaciones, subsidios...?

Todos los farsantes y sus engaños están ya desenmascarados. ¿Qué nos queda por hacer? ¿Qué podemos hacer para sobrevivir a la desesperanza? ¿Volvemos a erigir en dioses todopoderosos a los gurús de turno capaces de seducir y prometer utópicas felicidades a las masas?
Nunca, como hoy, los últimos hombres de carne y hueso estuvieron tan solos y desamparados.

Apéndice 1

Opinión personal: todos somos unos farsantes en tanto nos servimos de autoengaños para superar el sentimiento trágico de vivir.
La verdad desnuda, cruda y sin paños calientes, es que la vida, per se, no tiene sentido. Somos los seres humanos, a través de nuestra consciencia, heredada por el logos histórico si lo preferimos, quienes en cada época hemos creado sentidos para sobrellevar la carga de la existencia.
Es cierto que a lo largo del devenir de la historia los autoengaños se han ido perfeccionando, desde los más burdos que rendían culto a las fuerzas de la naturaleza, pasando por los autoengaños místicos-religiosos hasta llegar a los más recientes autoengaños de los diferentes suprematismos ideológicos.
Cada época, sintiendo el dolor trágico de la finitud del ser (el drama de vivir, que diría Ortega) ha creado, bien fuera a través de la fe o de la razón, sentidos para evitar el suicidio, individual y/o colectivo; para evitar la desidia existencial y conseguir que el ganado humano pudiera ser domesticado y criado conforme a unas creencias que habría de llevarle a salvadores fines últimos.

Hoy, cualquiera que se obligue a sincerarse frente a la verdad, sabe que no hay ningún fin último en la existencia humana, es decir, que ésta carece de sentido. Y es entonces cuando llegan los poetas, grandes cínicos conocedores de tan terrible realidad, para, a través de sus obras, salvarse ellos mismos y hacernos creer que los demás también podemos salvarnos aferrándonos a filosofías de la estética, del deporte y de los espectáculos para masas.
Unamuno fue un poeta, más que filósofo en el parecer de Zambrano (yo también lo creo), y por eso sabía muy bien que se autoengañaba a sí mismo cuando, sediento de eternidad, recurría a la irracionalidad del arte para calmar la sed de perdurabilidad que le reclamaba su atormentado yo; ansias de desear seguir siendo que la razón le negaba.

Apéndice 2

Creo que Unamuno, en su "Del sentimiento trágico de vivir" lo deja bien claro. Unamuno tenía hambre de eternidad, deseaba seguir viviendo y perdurando en el tiempo, y la fe le instaba a creer en ello. Sin embargo, la terca razón le dictaba (a través de inapelables argumentos que el propio Unamuno enumeró en "Del sentimiento trágico de vivir") que la creencia en la vida eterna (vida después de la muerte) era tan solo un autoengaño.
En realidad, Unamuno teme dejar de ser él mismo, pues, como bien señala en "Del sentimiento", ¿de qué le "valdría" seguir siendo, por ejemplo, en un paraíso perfecto donde perdiese la conciencia única y personal de su yo?
Somos seres enfermos en tanto somos conscientes de nuestra finitud y de que nuestro yo, singular y único, dejará de ser algún día; esto nos provoca angustia y puede llevarnos a la depresión (tema central de esta reflexión). Esta es la tragedia unamuniana.

Todos los farsantes lo son, tanto si son cínicos conscientes de su autoengaño como si son ilusos que creen ciegamente en el mismo. Esta es mi opinión.
No valen valoraciones referentes a la intencionalidad, pues la intencionalidad siempre es la misma: la salvación o cura del individuo ante al sinsentido de la existencia.
¿Era el párroco de "San Manuel Bueno, mártir", por ejemplo, un farsante?
Yo creo que sí, por más que su intencionalidad fuese "buena" y se obligara a ejercer su oficio, a pesar de haber perdido la fe, por tal de salvar a sus feligreses.
El problema radica, creo, en que otorgamos a la palabra farsante connotaciones negativas (¿valoración moral?). Si no gusta el término farsante, cambiémoslo por el de  comediantes, que sería también más del gusto de Unamuno.

Todos los que nos obligamos a salvarnos de la depresión, en última instancia del suicidio, no tenemos más remedio que seguir con la farsa, o con la comedia que es la vida, por tal de crear sentidos que justifiquen nuestra existencia. Y si no somos capaces de crearlos, como hiciera Marx a través de su dialéctica, por ejemplo,, nos decimos a nosotros mismos (de nuevo autoengañándonos) que el sentido de la vida no es otro que el de seguir buscando su sentido. Con afán deportivo, añadiría Ortega.

Apéndice 3

Los comentarios parecen haberse centrado en exceso en Unamuno. Y Unamuno, desde luego, no era el tema central de mi reflexión (la depresión).
Quizás, más que recurrir a Unamuno, deberíamos callar sobre lo que no se puede hablar (Wittgenstein). En este sentido, quizás el autor del "Tractatus" pudiera considerarse como el antagónico a los demás farsantes, o comediantes, obcecados en crear y/o buscar "sentidos" vitales.

"La alternativa (a la constante incertidumbre) es aferrarse a alguna explicación que se pretenda definitiva - tanto de sentido como de sinsentido - y que puede aparentar darnos la satisfacción de concluir nuestra búsqueda."

Por eso, para salvarnos o curarnos, debemos aferrarnos a alguna creencia que "burle" (o aparente dar satisfacción) al sinsentido que es el drama de vivir. De lo contrario, de no aferrarnos a alguna creencia (autoengaño en definitiva), corremos el peligro de deprimirnos.
El autoengaño (aunque solo proporcione breves descansillos) es una necesidad vital y no hay que verlo como una mentira premeditada, sino como una autojustificación de nuestra existencia que nos insta a luchar, a través de un constante quehacer, para no claudicar (deprimirnos) frente a la vida.
Nadie puede vivir en un constante espacio radical de incertidumbre (la vida) sin darse a sí mismo algunas treguas en forma de autoengaños o "burlas" que le alejen de la depresión.

Apéndice 4

Yo no me "acomodo" en ninguna creencia o petición de principio inapelable, pues de lo contrario no estaría argumentando, razón mediante, sobre el sinsentido de la existencia.
Sostengo una opinión, pero no me "acomodo" en ella, es decir, intento dar una explicación, desde un punto de vista filosófico, de la depresión, entendida ésta como desidia y ausencia de ganas de vivir.
¿Qué intento demostrar?
Apunto una evidencia clara (no diremos verdad, para no pecar de dogmático): para afrontar el drama de vivir hay que encontrarle un sentido a nuestra existencia.

Todos necesitamos creer en algo. Pero es que dicha necesidad de creer en algo puede llevarnos, efectivamente, tanto a creer en Dios, en Buda o Alá, como a creer en la Iglesia de la Cienciología, la francmasonería, utópicos suprematismos ideológicos (comunismo, nacionalsocialismo, anarquismo...) o, sencillamente, puede llevarnos a no creer en nada (en el sinsentido de la existencia).

Ahora bien, ahora que ya estamos de acuerdo en que podemos creer tanto en un sentido (fundamento o finalidad última de nuestra existencia) como en un sinsentido de la vida (somos seres para la muerte)... ¿Qué opciones tenemos para no "petrificarnos", es decir, para obligarnos y motivarnos al constante quehacer vital?

¡El autoengaño es la única opción!, tal es mi tesis.

Da igual si somos o no conscientes de ello, da igual si lo hacemos siendo fervientes creyentes o si tan solo recurrimos a pragmáticos instrumentalismos (decía William James, al respecto, que no era necesario creer, sino tan solo desear creer).

¿Y en qué consiste el autoengaño?

Pues en crear tablas de salvación, ya sea a través de la religión, ideologías, arte o filosofía.

¿Y por qué creamos tablas de salvación?

Pues por tal de mantener viva la esperanza de que vivimos por algo y para algo que nos trasciende.

Nos obligamos (autoengañamos) a tener esperanzas para encontrar un sentido o un porqué.
Y he aquí la esencia de todo autoengaño: la necesidad vital de tener la esperanza de ser algo más que nada; la esperanza de que, efectivamente, en el se rhumano haya un plus de esencia.

No digo, por tanto, que el autoengaño sea "malo", sino necesario, ni acuso a la humanidad de ser una farsante; no acuso porque no emito juicio alguno en términos morales, sino que me limito a explicar por qué, en todo superviviente que se obliga a resistir al drama de vivir, subyace un autoengaño. Llamadlo "mecanismo de defensa" si lo preferís, porque al cabo lo que hacemos para no vivir en la desesperación es "obligarnos a" tener esperanza en algo; en ese "algo" que ya es más que nada.

Apéndice 5

Afirmo que la vida es un sinsentido porque el mundo, en sí mismo, carecería de cualquier significado o fundamento si el ser humano (Dasein) no se lo otorgase.
La cuestión sería preguntarnos por qué el ser humano está necesitado de otorgar un sentido a su existencia.
Mi respuesta al respecto es clara y, como Camus, creo que toda acción destinada a crear y/o buscar sentidos (tales como la acción de filosofar) lo que pretende es evitar el suicidio, es decir, pretende buscar una cura o salvación frente a la depresión y la autoinmolación vital, tanto individual como colectiva.

Efectivamente, también podríamos argumentar lo siguiente:

Podría argumentarse en sentido opuesto, con otra petición de principio, que la vida tiene sentido porque es evidente que lo tiene, tal y como lo demuestra la experiencia de vivir.

Podría argumentarse que lo estructural y natural de la vida es la sensación de plenitud, que el ser humano es una estructura narrativa que tiende a la plenitud, a la coherencia, y que a veces cae en autoengaños limitantes que, finalmente, logra superar para volver a su estado normal de coherencia. Podríamos decir, añadiendo unos cuantos autores que le den un aire de autoridad a la argumentación, que eso es el círculo hermenéutico de Heidegger y la hermenéutica de Gadamer, y también el carácter narrativo de la vida del que hablan los fenomenólogos. Podríamos decir que la vida es un sistema que tiende al equilibrio y que la depresión es una enfermedad de ajuste.

Sí, pero dichas argumentaciones ya serían fruto de autoengaños filosóficos. Quienes creen en un sentido de la vida es porque tienen fe y esperanza en que todo responda a un porqué, da igual si religioso, ideológico o determinado por la física cuántica.
Por supuesto que es cuestión de perspectivas el que cada cual pueda creer que la vida tiene o no tiene sentido. Pero es que da igual que lo tenga o no lo tenga, porque estamos pre-programados socialmente para creer en sentidos y fines últimos que puedan facilitar la domesticación y cría del ganado humano.
La vida en sociedad diseña falsas conciencias, alienas a la individualidad, que pretenden engañar a las masas, pero de la manera más efectiva: haciendo que cada individuo se autoengañe a sí mismo por tal de que no sea consciente de que ha sido engañado por el ente social.


Apéndice 6

Lo que diferencia al hombre del animal son sus diferentes respuestas ante el medio; los animales responden tan solo a estímulos y están condicionados biológicamente para actuar mediante respuestas automáticas, mientras que el hombre, haciendo uso de su inteligencia sentiente, aprehende la realidad justificando (evaluando y eligiendo entre diferentes respuestas alternativas). El hecho de someter a juicio previo todas las acciones (por qué, cómo y para qué) hace que, antes o después, los seres humanos se cuestionen, también, el porqué de su existencia (su ser en sí) y, más tarde, el porqué de la existencia (sentido del ser ahí, en el mundo). Al no encontrar respuestas, se desespera y se angustia (pierde la esperanza) y es entonces, para evitar la consiguiente depresión y/o autoinmolación, cuando comienza a crear autoengaños (religiones, filosofías, arte, ideologías). Esta es la historia de la humanidad y así es la tendencia natural de los seres humanos.
La tendencia al suicidio es genuina, la primera, porque a través de su inteligencia el hombre, al no encontrar respuestas sobre el sentido del ser, se angustia. Después, tras sentir el dolor y la angustia, es cuando "se pone las pilas" y se dedica a trascendentalizarse, a dotarse de esencia y sentido, a través de los susodichos autoengaños.


Apéndice 7

El "sentido" en sí mismo no es un autoengaño, sino una necesidad vital para positivar la muerte (lo efímero de nuestra existencia). Serían las creaciones (artísticas) y las búsquedas de vías (religiosas, filosóficas...), para hallar el sentido de la vida, las que constituirían los autoengaños propiamente dichos.


Apéndice 8

En mi planteamiento subyace un problema moral.
Desde el momento en que aceptamos el relativismo moral sabemos que no hay salvación ("Sin salvación, tras las huellas de Heidegger", de Sloterdijk), es decir, somos conscientes del sinsentido de la existencia (el hombre es un ser para la muerte).
Es entonces, cuando somos conscientes de que lo mismo da estudiar que drogarse, ver a Bergman o ver fútbol, ser "bueno" o "malo", cuando se hace necesario, por imperativo vital, recurrir al autoengaño.
 
Tenemos que crear valores positivos y para ello tenemos que justificarlos (acto moral). Pero dichos valores que, en efecto, son positivos y beneficiosos para seguir apostando por la vida (y alejarnos del hastío y/o la autoinmolación) no son valores a priori ni universales: no son verdades transcendentales, sino verdades instrumentales, elaboradas por la razón para dar sentido a nuestras vidas.
Pues bien, lo que sostengo es que dichas verdades instrumentales son autoengaños, en tanto las hemos creado a través de nuestra conciencia, pues hemos llegado a la conclusión de que tanto la verdad como la moral son relativas.

Los autoengaños, o justificaciones positivas para vivir (existir), se elaboran siempre a través de la razón, la cual se vale de diferentes vías (científicas, religiosas, filosóficas..).

Aquí quedó bien resumido:

¿Y en qué consiste el engaño que teje el psicólogo desde su consulta, el sacerdote desde su púlpito, el filósofo desde su cátedra o el ideólogo desde su poltrona? Consiste, sencillamente, en inventar un sentido; consiste en crear e imaginar lo que no puede ni podrá ser hallado: el sentido del ser.

Apéndice 9

Todo ser humano es moral en tanto que racional. Y ser moral significa que tenemos la necesidad (a priori) de justificar nuestros actos. Los griegos clásicos fueron unos grandes justificadores. De hecho, la moral entendida como virtud fue una de las más importantes creaciones de la historia del hombre, cuyo fin último era el de justificar las acciones humanas a través de valores de justicia y bondad. Quiero decir, con esto, que podríamos hablar de muchas morales: la moral del aristos vs la del esclavo, la moral judeocristiana vs la musulmana... Hay tantas morales (relativismo moral) como culturas, grupos humanos o psiques individuales. Yo sostengo, de hecho, que la libertad (gran autoengaño) consiste, tan solo, en poder elegir entre un abanico de engaños (vías de autocuración que den sentido a nuestras vidas).

El engaño que es reconocido conscientemente se convierte en autoengaño.
Curiosamente, no ha mucho, Peter Sloterdijk, haciendo suya la propuesta de William James, de instarnos a querer creer, se ha referido a la autohipnosis, que no sería más que un autoengaño, como yo sostenía, generado en nuestra psique por tal de salvarnos de la angustia.

El autoengaño (la creación o búsqueda mística, religiosa o filosófica), o autohipnosis de Sloterdijk, se elabora, precisamente, para superar la tristeza, la angustia o el sentimiento trágico de vivir.
No hay que ver connotaciones negativas y/o pesimistas en la necesidad de recurrir a autoengaños (ilusiones o creaciones de esperanza). De hecho, todos recurrimos a ellos, salvo quienes se rinden, dejan de crear y/o de buscar vías salvadoras y se abandonan a la autoinmolación vital.

Dicho de manera jocoso-cartesiana: "Me autoengaño, ergo existo".

Yo diría: nos autoengañamos para no reconocer como engaños las ilusiones y creencias que nos salvan de la angustia vital.

Apéndice 10

Podríamos decir que el ser humano, en tanto que inteligente (racional) necesita justificar sus actos, es decir, es inevitablemente moral.

Dejemos de lado el hecho de que el ser humano esté o no enfermo (definición en exceso poética de Unamuno) o de que el hombre sea un ser para la muerte (radical conclusión de Heidegger).
Lo que importa, para lo que pretendo explicar, es que la generalidad de los seres humanos (¿podría haber excepciones?) sienten en algún momento de su vida lo que Unamuno llamó el sentimiento trágico de vivir, y los psicólogos y psiquiatras consideran "desajustes" del estado de ánimo (labilidad emocional, apatía, anhedonia...) que suelen acompañar a estados de estrés y ansiedad y, en última instancia, pueden desembocar en una depresión.
Las depresiones más graves y persistentes en el tiempo pueden originar ideas autolesivas o de autoinmolación (suicidio).
Bien, la pregunta sería: ¿por qué hay personas que no perciben la vida como un sentimiento trágico o un drama que ha de ser vivido (Ortega)?
La psicología, la psiquiatría, la psicobiología y las neurociencias en general, responden rápidamente desde un punto de vista científico y proporcionan explicaciones para todos los desajustes o alteraciones del estado de ánimo (estrés, ansiedad, depresión, ideas suicidas...).

Estas explicaciones no nos interesan, porque estamos afrontando la depresión (y todo el conjunto de síntomas "antivitales" que suelen acompañarla) desde una perspectiva filosófica.

Queremos averiguar qué es lo que hace resistentes a algunas personas a la angustia existencial. ¿Cómo logran superar dicha angustia?

La angustia se supera a través de la creación; la creación entendida como constante quehacer; entendida como una constante lucha que nos proyecta en el tiempo y en el espacio y nos insta a superar circunstancias adversas.
La cura, en definitiva, consistiría en ser y hacer en la vida.

Estamos de acuerdo, pues, en que para no caer en la apatía de la depresión (inactividad), y poder seguir siendo y proyectándonos en la vida, necesitamos crear. Pero crear no es tan solo hacer, sino también idear y buscar.
Lo que digo es que los que son resistentes al drama de vivir lo son porque son creadores y/o buscadores.

Y lo que sostengo es que las creaciones, como las diferentes vías de búsqueda que utilizamos para hallar conocimientos, verdades o el sentido de la vida (vías místicas, religiosas, filosóficas, científicas, ideológicas...) son autoengaños necesarios para poder vivir sin miedo ni esperanza.
¡He aquí el gran propósito del autoengaño! Ayudarnos a vivir sin miedo (a la muerte) y sin esperanza (en otra vida o en la perdurabilidad eterna de nuestro ser).

Los autoengaños, por tanto, tienen una finalidad positiva: positivar la muerte (valga la redundancia) para sobrellevar el sinsentido de la existencia, ya sea creando o buscando sentidos o razones al ex-sitere (la vida). Pero el autoengaño, además de ser positivo y necesario, está construido desde una mentira, también positiva y necesaria.

Este doble carácter del autoengaño (como creación positiva y falsa a la vez) creo que puede no entenderse.

Ya he explicado por qué el autoengaño es positivo y necesario. ¿Pero por qué, además, el autoengaño es falso?

El autoengaño es falso (de ahí que lo denomine "autoengaño" y no creencia ilusoria, creencia moral o espiritual) porque todas las creaciones (artísticas, literarias, políticas...) y todas la vías de búsqueda (tanto racionales como irracionales) son falsas, es decir, solo existen como exigencias de la inteligencia humana; como ineludibles imperativos vitales, si se prefiere. Y no sirven para nada, en tanto ninguna nos salva de la muerte. Solo sirven para burlar la angustia ante la muerte y para hacernos creer que somos seres dotados de verdad o esencia transcendental.

Como he explicado, los autoengaños nos hacen creer que los seres humanos tenemos una esencia transcendental. ¿Cómo consiguen "endiosarnos" los autoengaños hasta el punto de hacernos creer que el hecho de ser humanos es una esencia en sí misma?
Pues a través de razonamientos instrumentales, es decir, autoobligándonos a creer en lo que, en el fondo de nuestro ser, sabemos que no sirve para nada y es mentira.

¿Y qué es un razonamiento instrumental? Es un razonamiento que crea verdades, valores y "sentidos vitales" para salvar el relativismo, tanto de la verdad como de la moral; para salvar el sinsentido de la existencia, haciéndonos creer que "el ser es algo, más que nada" (Heidegger).

Apéndice 11

Yo no digo que la depresión no sea una enfermedad, que sí lo es. Lo que señalo es que hay formas de depresión que no se explican, al menos por completo, desde la psicología y/o la psiquiatría.
Desde luego, cuando Unamuno se refería (siempre a través de poéticas metáforas) a los hombres como "seres enfermos", en tanto que infectos de angustia existencial, creo que pensaba en un rasgo (¿existencial?) inherente a todos los seres humanos (¿un universal?).

Uno podría preguntarse, por ejemplo, si ese estado al que llamamos depresivo es constitutivo o no de todo ser humano.

Exacto, esta es la cuestión. Y yo sostengo que sí, que la depresión, además de entenderse como trastorno psíquico, puede entenderse como un rasgo constitutivo del ser humano.

Precisamente, Unamuno, aunque de forma poética, se refirió a la "enfermedad" del ser humano como un rasgo constitutivo del propio ser humano.
Yo creo que antes de que cualquier gran filósofo, sistemático y metodológico, pueda "apresar" la verdad de una hipótesis de forma rigurosa, siempre hay poetas y soñadores que, a través de la intuición, abren los caminos del conocimiento.
A este respecto, ha tiempo desarrollé una reflexión donde señalaba cómo Unamuno abrió el camino a Zubiri para que éste pudiese dar un paso más, superando a Husserl, Ortega y Marías, al demostrar (rigurosidad filosófica mediante) que la virtualidad en el pensamiento (modo de ser real en la conciencia) ya era una realidad en sí misma, realidad virtual o realidad en la ficción, pero realidad al cabo.


Estamos determinados psicobiológicmante, sin duda. Los avances de las neurociencias y la biogenética han demostrado  la existencia de determinados genes, cuya presencia, aumentan las probabilidades de desarrollar conductas concretas. Pero también hay un determinismo cultural que condiciona nuestra conducta, el que sostiene, razón instrumental mediante, la creencia en un sujeto transcendental. Yo creo que éste último determinismo, o creencia en una transcendentalidad del sujeto, es un necesario autoengaño para superar el relativismo moral, o para superar aporías circulares, como prefieras, pero no es en absoluto demostrable, ni siquiera filogenéticamente. 


Suscribo:
La antropología y la psicología llevan ventaja a los kantianos (idealistas) que todavía necesitan creer en un sujeto transcendental (conste que yo comparto dicha necesidad). Ambas ciencias ha tiempo que despojaron al ser humano de todos sus transcendens para dejar al denudo, tan solo, al hombre de carne y hueso; y para ello no tuvieron más remedio que buscar y mirar "más allá del bien y del mal".



Apéndice 12

Todos sabemos qué es la depresión; mucho más que una enfermedad, como bien se apunta aquí:
El ser humano a veces pierde el norte y no sabe ya qué quiere y no quiere hacer, sufre un vacío de motivos para vivir, todo parece ya hecho. Esto le quita motivación para esforzarse hasta en hacer el más mínimo esfuerzo, y le conduce a caer en rutinas de cansancio y apatía, cuyo extremo es el suicidio.

Vivimos tiempos convulsos. Nos ha tocado vivir, quizás, el ocaso de la civilización Occidental; vivimos, quienes somos conscientes de ello, el final del sueño humanista.
El humanismo ha fracasado, pues de tan buenista, bienintencionado y soñador que se obligó a ser, no pudo evitar dejarse morir y abandonarse a una irresponsable autoinmolación vital. Sin esperanzas no hay ilusión. Y esto, precisamente, es la depresión: ausencia de esperanzas e ilusiones para afrontar el quehacer vital.

Ya no se trata de una enfermedad (si es que alguna vez la depresión lo fue) sino del sentir generalizado de toda una generación. Toda una generación, en gran número al menos, sumida en la desesperanza e incapaz de encontrar razones por las que vivir y seguir luchando.

Y cuando alguien se siente incapaz de encontrar el "sentido" o el "porqué" de su existencia; cuando no consigue una razón por la que seguir manteniendo vivas las llamas de la esperanza y la ilusión, no tiene más remedio que autoengañarse; no tiene más remedio que obligarse a creer en algo, en una bella mentira creada artificiosamente por la razón humana; un bello y necesario autoengaño cuya única finalidad (instrumental) será la de seguir manteniéndonos vivos.

martes, 22 de julio de 2014

"El juego de Ender" (a vueltas con Esparta).

Nada nuevo me ha aportado "El juego de Ender", salvo el haber pasado un rato bastante entretenido.
Me resultó difícil evitar las consabidas comparaciones con la genial "Starship Troopers", la cual, a pesar de presentarse como cine de acción y palomitero (entretenimiento fácil de digerir) escondía grandes perlas, a veces incluso adornadas con brillantes dosis de humor corrosivo.
Llegados a cierta edad, creo, se agradecen más los guiños en forma de humor sarcástico que los rimbombantes planteamientos transcendentales plagados de rancia moralina.
Y es que "El juego de Ender", al final, se queda tan solo en eso: ñoña moralina adaptada al buenismo de los tiempos que corren. Ya saben, aquello que nos intentan hacer creer de que lo importante no es ganar, sino participar o saber perder. ¡Ja!

El argumento de la película nos presenta a una sociedad futura amenazada por insectos invasores (muy en la línea de la ya mencionada "Starship Troopers") y donde los ciudadanos libres aceptan el sacrificio voluntario de servir en el ejército para participar en programas de adiestramiento cuya finalidad será la de seleccionar a los mejores candidatos.
El programa para seleccionar a los mejores, diseñado en forma de juego, recuerda mucho al sistema castrense de la antigua sociedad espartana. Los niños son sometidos a duros entrenamientos, tanto físicos como psicológicos, para superar sucesivos retos que pondrán a prueba sus destrezas para el combate, pero también para la estrategia.
Pero aunque los exigentes instructores de Ender, sobre todo el mentor de éste, le considerarán un aguerrido líder espartano y un hábil estratega, a la altura de los mismísimos Julio César o Napoleón Bonaparte, el brillante joven evolucionará más hacia un comprensivo y democrático líder ateniense, empático y coleguita con sus subordinados.
La moralina que impregna toda la película no podrá evitar, como decía, acabar convirtiendo a todo un Alejandro Magno, capaz de superar con firmeza los difíciles nudos gordianos que le planteaba el juego, en un diplomático y carismático Obama. ¡Es lo que hay!

Así, resultará inevitable que, al final de la película, el heroico Ender, tras realizar la épica hazaña para la cual había sido entrenado, sucumba ante los sentimientos de culpa y los remordimientos que habrá de padecer todo individuo virtuoso: arrepentimiento final, como no podría ser de otra manera, y obligado acto de contrición para expiar el grave pecado de haber salvado a la humanidad a través de medios poco éticos: un genocidio, ni más ni menos, aunque fuese el de una civilización de bichos.
De hecho, Ender, como buen cristiano, después de destruir el planeta de los insectívoros, decidirá embarcarse en una nueva aventura para, cual sacrificado misionero, buscarle un nuevo hogar a la última reina insecto superviviente. Vamos, todo un noble gesto y un ruego a Dios, pero eso sí, después de haber estado dando con el mazo (ya sabéis, aquello de "a Dios rogando y con el mazo dando").

En fin, todavía veré alguna vez más "Starship Troopers" (y ya van tres, según recuerdo) para relamerme con ese genial Michael Ironside que, cual mutilado Astray, se atrevía, ebrio de épica, a recordarnos que hubo un tiempo en que Occidente se salvó del dominio persa merced a los aguerridos espartanos, que no gracias a la inteligencia ateniense. Y es que, mientras "Starship Troopers", con toda su bufona grandilocuencia envuelta de sarcasmo, nos retrotrae a pretéritas épocas gloriosas, este juego de Ender, por el contrario, se limita a justificar la hipócrita y decadente civilización Occidental que, poco a poco, se obliga a autoinmolarse (con el beneplácito de Rusia).

Aciertos de la película.

Debía ser un actor carismático y curtido en papeles de "bueno" quien representara el rol del instructor exigente y, aparentemente, exento de escrúpulos morales. De no haber sido Harrison Ford el contrapunto al virtuoso Ender, el espectador rápidamente se hubiese posicionado, psicológica y moralmente, contra el sistema espartano que, por imperativo de supervivencia, había implantado la humanidad para salvarse de la invasión de los insectívoros.
Era necesario mostrarle al espectador, en un primer momento, que se trataba de algo tan simple como "matar o morir", por lo que el férreo adiestramiento que defendía Ford (mentor de Ender) debía ser justificado a través de imperativos vitales, que no morales.
Pero la trama argumental evoluciona, primero poniendo en duda los métodos "extremos" del exigente instructor, y más tarde presentándonos a un Ender rebelde que comienza a cuestionar las bondades del sistema: la finalidad de su entrenamiento, las cualidades de los mandos superiores...

¡Atención, spoiler!

Finalmente, Ender será engañado y realizará la última de las batallas, decisiva para aniquilar al enemigo, creyendo estar jugando; pensando que, en realidad, estaba llevando a cabo una de las muchas simulaciones virtuales necesarias para su entrenamiento.
De esta manera, a través del engaño, Ender aparecerá como víctima inocente ante los ojos del espectador (la moral occidental en definitiva) y Harrison Ford asumirá la culpa de ser el maquiavélico militar malvado que se obliga a cumplir con el vital deber de salvar a la humanidad.
Una vez más, reminiscencias de la genial "Algunos hombres buenos", del personaje de aquel magnífico Jack Nicholson dispuesto a todo por tal de cumplir con su deber, sabedor de que las masas, la moral occidental, nunca serían capaces de asumir la verdad.
¿Y cuál es la verdad?
La verdad es que para sobrevivir hay que vulnerar principios morales, pero dicha vulneración o violación de los mismos ha de hacerse a través de la mentira y el engaño. Más que nada porque las masas necesitan, desean y piden ser engañadas, para así tener sus conciencias tranquilas y, como Ender, no sentirse cómplices de la comisión de actos que pudieran ser contrarios a determinados principios ético-morales.



sábado, 12 de julio de 2014

"La envidia igualitaria", de Fernández de la Mora.

"La envidia igualitaria" es un interesante y desconocido libro de Gonzalo Fernández de la Mora; una obra inteligente que reflexiona sobre el pecado capital más característico de las Españas: la envidia. Y, seguramente, también sea una obra desconocida porque su autor presentó múltiples estigmas, todos ellos imperdonables en nuestro cainita país: fue un brillante intelectual, conservador y católico. Demasié pal cuerpo, que decían antes los chelis.

Gonzalo de la Mora escribió todo un libro para demostrar que la envidia igualitaria era (es y sigue siendo) el mal de nuestro tiempo; el mal de rechazar mérito y excelencia. En realidad podríamos decir, sin temor a errar, que la envidia igualitaria es un mal que asola a Occidente y a España de forma particularmente cruenta, desde hace siglos, seguramente desde que el hombre es hombre (recordemos a Abel y Caín).

La primera parte del libro, que ocupa una parte importante de la obra, se dedica a recoger textos y testimonios históricos de numerosos autores que vieron en la envidia un peligroso mal, un vil enemigo no solo para la paz espiritual de los individuos, sino también para la convivencia en sociedad.
De entre las muchas citas que se suceden en esta primera parte, a mí me han parecido especialmente acertadas y henchidas de verdad las siguientes:

1- "Que yo me atreva a decir lo que quiero y que quiera decir lo que debo esquivando la venganza divina y la envidia de los hombres" (Gorgias).

2- "Sé con certeza que los dioses son envidiosos" (Herodoto).

3- "En el caso de que yo fuese condenado, los que me habrían perdido no serían ni Meletos, ni Anito; serían las calumnias y la envidia" (Sócrates).

4- "El poder político desarrolla la envidia" (Platón).

5- "Escaparás de la envidia si no te expones a ser visto, si no te jactas de tus bienes, y si te alegras en privado" (Séneca). Significativo que fuese un cordobés de la antigua Hispania quien diera las primeras recetas contra los envidiosos.

6- "Sabía Pilatos que por envidia se lo habían entregado" (Evangelio) y "Jesús..., que había de ser envidiado, desconocido y crucificado" (Justino).

7- "Se pregunta el envidioso: ¿En qué soy menos que ése o aquél?, y ¿por qué no soy igual o superior a ellos" (Papa Gregorio I). Clara referencia al igualitarismo como hijo de la envidia.

8- "La envidia tergiversa en el peor sentido lo que es bueno" (Juan Luis Vives).

9- "Son envidiados los iguales que sobresalen" (Bacon).

10- "No hay envidioso que confiese que lo es, su mal es la hipocresía" (Quevedo).


Comentarios de las citas seleccionadas

Cita nº 1: resulta curioso que fuese Gorgias, un pensador presocrático, quien, en mi opinión, mejor descubriera y señalara cuál era el fin último de la insana envidia: enmudecer las voces disidentes y críticas con el gregarismo uniformador; acallar, en definitiva, a los más doctos y sabios por mor de garantizar la salvaguarda de los diferentes suprematismos de turno (ideológicos y/o religiosos) imperantes en cada época o período histórico.
Gorgias se animaba a sí mismo para ser valiente y atrevido para poder ser él mismo; para decir lo que pensaba sin sufrir la venganza de los dioses o, peor aún, padecer la envidia de los hombres.
Descubrimos en esta magnífica cita un primigenio temor del hombre libre a ser represaliado por poderes superiores: dioses o entes políticos (envidia de los hombres).
Nos señalaba Gorgias, indirectamente, que la única manera de esquivar la envidia era callando, permaneciendo silente y acrítico por tal de no despertar el interés de los comisarios políticos de turno. Y fue ante la sumisión del silencio prudente ante lo que se rebeló el pensador griego, instándose a sí mismo a tener valor para poder expresarse libremente.
Célebre es también la cita de Heráclito: "Yo he de callar, mientras hablen los corruptos ciudadanos de Efeso". Pero tratándose del orgulloso Heráclito, no podemos estar seguros de si su obligado silencio se correspondía más con la voluntad de mostrar desdén ante la mediocridad circundante o, como Gorgias, también intuyó que el silencio era el mejor recurso para esquivar las acciones de los corruptos, por lo general también rencorosos y envidiosos.
En cualquier caso, Homero nos propuso otra solución en su "Odisea", alternativa al silencio, para poder escapar de la venganza de los dioses (y de la envidia de los hombres, añado yo): no vanagloriarse ante los demás y permanecer en el anonimato.
Cuando Ulises hirió al gigantesco cíclope se cuidó mucho de gritarle: "¡Ha sido Nadie quien te ha herido!". De esta manera, Ulises no permitió que Polifemo supiera su verdadero nombre y, con ello, evitó que los dioses pudieran vengar las ansias revanchistas del cíclope. Pero con esta ingeniosa acción, Ulises también consiguió que su meritoria hazaña no obtuviese el aplauso o reconocimiento de los hombres, es decir, antepuso su salvaguarda a las ansias de Glorias. ¡Magnífica lección de supervivencia!

Cita nº 2: por supuesto que Herodoto podía decir con certeza que los dioses eran envidiosos, pues los moradores del Olimpo estaban hechos a imagen y semejanza de los hombres; con todas las bondades y virtudes humanas, pero también con todos sus vicios y miserias. Los dioses griegos eran envidiosos, vengativos y resentidos; eran dioses eternos, dotados de psicología de carne y hueso, que gustaban de retozar y jugar con los humanos, bien amándoles o haciéndoles la vida imposible. Con los dioses griegos se hacía cierto aquel bello aforismo de Nietzsche que sostenía que la mujer aprendía a odiar en la medida que olvidaba cómo seducir. Otro tanto sucedía con los dioses griegos: pobres de aquellos mortales que, no habiendo sucumbido a sus juegos seductores, osaran ningunearles desdeñando sus encantos sobrenaturales; pero pobre de aquellos, sobre todo, que se atreviesen a rechazar sus favores divinos.
La cuestión es: ¿los dioses crearon a los hombres? ¿O fueron los seres humanos quienes crearon a los dioses? Parece claro que han sido los pobres mortales de cada época quienes han proyectado sus miedos y deseos en la necesidad de crear dioses a su imagen y semejanza. Así, los dioses griegos semejaban seres humanos, pero eran inmortales y tenían poderes sobrenaturales; eran la representación de los deseos humanos hechos realidad a través de ficticias deidades. Pero los dioses provenientes de Oriente, que tanto influyeron en el primigenio cristianismo, fueron proyecciones resultantes de otros tipos de psicologías, humanas, demasiado humanas y antivitales; fueron dioses creados desde el miedo, cuando no desde el desprecio a la vida.

Cita nº 3: Sócrates lo vio con meridiana claridad: allí donde alguien se erigía en defensor del bien común o de las tradiciones de una época (cultura, ideologías, creencias religiosas...) siempre se hallaba oculta la insana envidia, el sempiterno recelo ante lo mejor y más excelente; el desprecio del mediocre incapaz de perdonar la soberbia y la prepotencia de quienes se creían mejores.
Solo sé que no se nada, proclamó el prudente filósofo griego. ¿Por qué se ninguneó a sí mismo el taimado Sócrates? ¿Quizás porque ya era sabedor del peligro que correría si despertaba la envidia de los hombres a través de actitudes prepotentes y orgullosas?
Solo cabe un tipo de prepotencia, de narcisismo tolerado por las masas: el que se disfraza convenientemente con los ropajes de la justicia y el bien común.
Resulta indecoroso, porque así lo exigieron los valores morales de los más timoratos, proclamar aquello de uno es para mí el mejor si es como miles (Heráclito). Sin embargo, nos han hecho creer que la virtud suprema consistirá en defender al débil y al oprimido; la mejor moral será la que defienda a los miles por encima de la superioridad de un uno que pudiera osar sobresalir entre la medianía de la masa.
Si una personalidad narcisista y prepotente, hoy, desease sublimar su imperiosa necesidad, programada biológicamente, de reivindicar su yo, debería hacerlo convenientemente disfrazada, de tal manera que su particularista necesidad de autoafirmación apareciese ante los demás como un altruismo interesado por el bien común.
A los individuos inseguros de sí mismos les cuesta mucho reconocer la inteligencia superior de algunos de sus semejantes, pues ello sería tanto como reconocer, implícitamente, sus propias limitaciones. Sin embargo, todos rinden pleitesía a la bondad superior; se inclinan ante quienes se muestran humildes y también sumisos; ante quienes parecen no desear tanto sobresalir como servir a los demás.
A las masas les gustan los disfraces del buenismo.

Cita nº4: decía Platón que el poder político desarrollaba la envidia. Yo diría más bien lo contrario: la envidia crea y da forma a ideologías que, a la postre, se insertarán en el subconsciente colectivo de las masas a través de políticas llevadas a cabo por manipuladoras pedagogías sociales.
La política solo es un medio, un mantra dogmático que habrá de repetirse machaconamente, desde escuelas y medios de comunicación, para domesticar a las masas (ideologizarlas) según los dictados de los programadores de vida de turno (ideólogos).
¿Qué sucedería si los ideólogos de un determinado programa de vida diseñaran un proyecto político desde el resentimiento y la envidia? Pues que tendríamos proyectos de vida en común articulados desde el phatos de sentimentalismos igualitarios: nadie es más que nadie, nadie vale más que nadie... Igualaríamos al docto con el necio, al prudente con el irresponsable, al sacrificado trabajador con el irredento reivindicador. Se daría forma, en definitiva, a un deshumanizado y antivital programa de vida comunista.

Cita nº5: me ha gustado especialmente esta advertencia de Séneca: "Escaparás de la envidia si no te expones a ser visto, si no te jactas de tus bienes, y si te alegras en privado", ya que constituye en sí misma toda una autolimitación y negación del propio yo. Viene a decirnos, en definitiva, que si no deseamos sufrir las iras de los envidiosos, mejor sería retirarnos a vivir en soledad, cuales ermitaños, a una montaña lejana. Pero como el común de los hombres debe vivir en sociedad, no cabe mayor precaución que la de ocultarse tras el disfraz de la humildad: ya sabéis, nada de jactarse o vanagloriarse ante los demás, pues nada disgusta más a un envidioso que la prepotencia y el orgullo de quienes se creen mejores y superiores. Humildad ante todo, hermanos.

Cita nº6: la cita escogida del Evangelio no tiene desperdicio: "Sabía Pilatos que por envidia se lo habían entregado". He aquí un claro ejemplo del despreciado que se convierte en despreciador. Resulta curioso cómo el judeocristianismo, desde su génesis a través de victimismos y sentimientos de inferioridad (sentirse despreciado) evoluciona hacia un estadio de supuesta superioridad moral que le permite erigirse en despreciador. El mismo Justino señaló que Jesús fue envidiado y por ello crucificado. ¿Acaso no le sucedió lo mismo, muchos siglos antes, al virtuoso Sócrates?
¿Qué subyace en estas morales que erigen la virtud como valor supremo de vida? ¿Acaso no despreciaba Sócrates a sus iguales, ninguneándoles y ridiculizándoles, a través de su superioridad moral disfrazada de humildad? ¿No despreciaba Jesucristo a sus supuestos iguales, con la mayor de las prepotencias, al asegurarles que él era, ni más ni menos, que el hijo de Dios? Y sin embargo, y a pesar de sus respectivas prepotencias, Sócrates despreció a los prepotentes aristois de manera parecida (disfrazado de virtud) a como Jesucristo despreció a los orgullosos gentiles. El orgulloso que desprecia al orgulloso. Siempre se trata de lo mismo: imponer una prepotencia sobre otra. La cuestión será, por tanto, conseguir taimadamente que la prepotencia propia parezca la mejor, la más moral y virtuosa ante las masas. Amén.

Cita nº7: el Papa Gregorio I decía que el envidioso se preguntaba "¿por qué no soy igual o superior a ellos? He ahí, de nuevo, una referencia a los sentimientos de inferioridad que subyacen en todo envidioso resentido ante lo mejor y más excelente. El judiocristianismo, sin embargo, supo cómo mitigar esta insana envidia, proclamando, tan pancho como ancho, que en realidad no hay nadie superior a los demás: todos somos iguales.
El primigenio igualitarismo descubría, así, que para contentar a las masas era más fácil igualar hacia la mediocridad generalizada que instar a los envidiosos a ser mejores a través de esfuerzo y sacrificio. Al envidioso, o individuo despreciado, se le convertía de esta manera en despreciador; se le enseñaba a despreciar al aristoi, al gentil y al noble, al tiempo que se le negaba la posibilidad de ser él mismo uno de los mejores. Y es que la resignación cristiana tan solo enseñaba eso: resignación. El despreciado no debe esforzarse en mejorarse, no al menos a través de los valores de superación y sacrificio del aristoi, sino que debe esforzarse en ser lo más humilde posible, lo más autolimitado posible, lo más resignado posible, hasta alcanzar la suprema virtud cercana a la autoimolación o negación de sí mismo. El virtuoso, como Sta Teresa, debe vivir en sí mismo sin poder vivir.

Cita nº8: ¿Qué decir de esta magnífica apreciación de Juan Luis Vives?
¿Todavía puede quedarnos alguna duda de que la envidia es el motor que transmuta valores y, por tanto, pervierte la vida misma? ¿Es casualidad que la moral más envidiosa haya sido la que decidiera qué es lo bueno y lo malo?

Cita nº9. Dijo Bacon, el hijo de la Gran Bretaña, que "solo son envidiados los iguales que sobresalen". Y dijo bien, porque: ¿A quiénes habrían de envidiar los mediocres sino a los propios mediocres? ¿Pero un individuo sobresaliente podría envidiar a otro individuo excelente?
Yo creo que si un individuo es verdaderamente excelente, es decir, es consciente de su valía y posee una adecuada autoestima, no envidiará a sus iguales, pues de ellos podrá aprender y tomarlos como referentes o modelos ejemplares. El individuo excelente es dócil ante lo superior, mientras que el mediocre siempre arremete indócil (rebelde) contra todo aquello que escapa a sus posibilidades de ser (inteligencia, integridad personal, madurez emocional...). El mediocre, como la zorra de la fábula, ha aprendido a despreciar a los mejores, consciente de que él mismo jamás podrá alcanzar la excelencia de los mismos. ¡Qué verdes se le antojan al mediocre las uvas de la excelencia!

Cita nº10: Quevedo da un paso más: el envidioso por fuer ha de ser, además, hipócrita. Sabía el sarcástico escritor español que la hipocresía es el pecado propio de todo fariseo, y que no hay fariseo que no padezca del mal de la envidia.
Hay que envidiar, sí, pero con disimulo. Si el envidioso arremete contra el vecino que es más afortunado que él, deberá hacerlo reinterpretando el porqué de semejante desigualdad.
Desde luego, el envidioso no reconocerá que la fortuna de su vecino se pueda deber a que su igual sea persona más trabajadora y sacrificada; menos aún atribuirá el éxito de su vecino a que éste sea más inteligente que él mismo. Si el envidioso no es demasiado indócil, se contentará con achacar la fortuna de su vecino a la suerte. Pero si el envidioso es un rebelde como Dios manda, ebrio de revanchismo y de necesidad de autoafirmar su propia prepotencia, se dedicará a elaborar y desarrollar justificaciones sociales; deberá demostrar que si su vecino es mejor que él mismo, no será porque su prójimo tenga una mejor dotación genética o intelectual, sino porque las circunstancias le fueron más favorables. ¡Qué injusticia!

viernes, 27 de junio de 2014

Al ser le gusta bailar con máscaras (2ª parte)

En mi primera disertación sobre el tema de la personalidad, entendida como roles o máscaras programados socialmente, reflexioné tan espontánea como intuitivamente; y por ello, tras releerme, me ha quedado la sensación de que mi teoría sobre cómo se proyecta el ser en las sociedades actuales no quedó suficientemente explicada.
Concluía mi reflexión (ver aquí) de la siguiente manera:

Llegados a este punto alguien podría argumentar que, precisamente, nada hay más hipócrita que actuar oculto tras una máscara. Pero, paradójicamente, la única manera que tiene el Dasein, hoy, de ser él mismo, es poniéndose una máscara anónima para poder burlar la corrección política; para tener la auténtica libertad de poder criticar a la celosa y siempre vigilante hipócrita moral imperante.

Quizás no me expresé con suficiente claridad, sobre todo porque mis argumentaciones parecían contradictorias: ¿Cómo no habría de resultar hipócrita actuar oculto tras una máscara?
Pretendí explicar, o al menos esa fue mi intención, que la naturaleza humana no perdona a los que van de frente, a quienes se muestran desnudos y vulnerables al exhibir sus ideas y creencias.
La sociedad impone unas reglas no convencionales, un protocolo de buenas maneras que en España, no sé en otros lugares, ha dado en llamarse corrección política.
La corrección política supone, de facto, una sutil pero inflexible dictadura impuesta por las masas, es decir, por los deseos más irracionales y viscerales del subconsciente colectivo.
Hoy, en España, y mucho me temo que en la generalidad de Occidente, nada hay más dictatorial que ese buenismo bienintencionado, pero en muchas ocasiones errado, obcecado en maquillar -casi sería más correcto decir negar-  la realidad y las miserias humanas.

Ir contra la corrección política es tanto como ir contra el sentir de las masas en una época o período histórico determinado; supone granjearse la animadversión, ojerizas y recelos, de los vigilantes del sentir colectivo de la colmena. La colmena no quiere héroes, sino laboriosas y silentes obreras; no desea individuos libres, sino individuos que se crean libres en tanto asuman como propia la conciencia verdadera programada por la colmena (este párrafo que destaco en cursiva es clave para entender lo que pretendo explicar).

Curiosamente, leyendo a Sloterdijk ("Crítica de la razón cínica") he encontrado una brillante observación del filósofo alemán a colación de este tema de los héroes y las máscaras.
Sostenía Sloterdijk que la época actual, más que nunca, era la del ingenioso Ulises y no tanto la del angustiado Hamlet. Tampoco los tiempos presentes, añado yo, son propicios para idealistas Quijotes, aunque sí para supervivientes sanchopancescos.

Quizás nunca hayan sido tiempos de hamlets ni de quijotes, cuando ya el sagaz Homero, en un inteligente pasaje de la Odisea, convirtió a Ulises en Nadie; de eso hace ya muchos siglos.
Cuando Ulises atacó a Polifemo se cuidó mucho de preservar su anonimato gritándole al dolorido gigante que había sido Nadie quien le había herido. Así, cuando Polifemo reclamó la venganza de los dioses, estos no pudieron por menos que burlarse del gigante cíclope cuando éste les aseguró que había sido Nadie el causante de su dolor.
De esta ingeniosa manera, renegando de sí mismo, Ulises pudo escapar de la ira de los dioses, pues Nadie, en realidad, había sido el causante del daño a Polifemo.
Sin embargo, Hamlet se obstinó en atormentarse, ebrio de su propia mismedad (permítaseme este palabro para referirme a la necesidad que tenía de autoafirmarse a sí mismo) y de la necesidad de vengar y reivindicar la memoria de su padre.
Hamlet, al preguntarse por el ser y el no ser, es decir, al guiarse por transcendens existenciales (honor, dignidad, sacrificio...) acabó autoinmolándose, mientras que Ulises, pragmático y apegado a la vida, prefirió sobrevivir y esquivar la venganza de los dioses antes que alcanzar la gloria deseando que su nombre tuviese un eco en la eternidad.

Conclusión:

Los cínicos actuales, supervivientes natos como Ulises, han comprendido esta valiosa lección de vida: saben que los héroes están condenados a morir, bien en épicas y absurdas guerras o víctimas de las iras y venganzas de los dioses.
Y los cínicos saben que allí donde no llega la venganza de los dioses no tarda en arribar, sin embargo, la envidia revanchista de los hombres.
Aquiles, el más grande de los hombres, tuvo que morir en la guerra de Troya para dar fe de su condición de héroe, pero Ulises, el ingenioso y pícaro artero que engañó a los troyanos con un caballo de madera, sobrevivió y regresó finalmente a Ítaca.
¿Fue Ulises un héroe, en la acepción más tradicional del término? ¿O Ulises podría considerarse el arquetipo de un nuevo tipo de héroe?

¿Cómo se proyecta o se entiende la heroicidad en los tiempos presentes y a partir de la modernidad?

Los héroes actuales son héroes anónimos que no desean los aplausos de las masas, menos aún exponerse a sus rencores y envidias; son individuos que solo ansían sobrevivir y poder ser ellos mismos, mal que sea ocultos tras máscaras carnavalescas. El acto heroico, hoy, consiste en poder engañar a la conciencia programada del ente colectivo; consiste en poder esquivar la ira de las masas, en gritarles a éstas que es Nadie quien las acomete, pero sin pretensiones de alcanzar gloria alguna, sino tan solo por tal de prolongar la partida de ajedrez frente a la muerte.
El ser ha aprendido, por imperativo vital, a proyectarse desde un obligado y necesario anonimato que pueda garantizar su supervivencia.
Hoy, más que nunca, Sancho, el vulgar y mundano, sobrevive al épico y grandilocuente Quijote.
No son tiempos para la épica, ni para los héroes... al menos para los héroes que no lleven máscaras.